26 abril 2006

Henry James como argumento

Acabo de abandonar un libro a la mitad, lo cual equivale a la admisión de un fracaso. Mientras que avanzar con pasión por un texto es una experiencia exaltante, que celebra la plenitud del buen vivir, la colisión entre libro y lector que nos empuja a dejarlo frustra o irrita, y además ensucia el tiempo invertido, que sentimos ya como despilfarrado. El fenómeno se repite con una frecuencia que sube con los años y las lecturas, aunque el remedio tan ensalzado a mi alrededor de desdeñar la curiosidad por las mesas de novedades y refugiarse en los valores clásicos y seguros creo que me situaría en una última vuelta del camino que todavía, será que me veo inmortal, me resisto a ocupar.

Pero hoy no podía continuar más descontento, después de tres días atravesando The Master (Retrato del novelista adulto), una más o menos novela sobre la vida de Henry James del escritor irlandés Colm Tóibín. Me interesaba mucho a priori, porque había leído las alabanzas de los periódicos y sobre todo porque tenía fresco un soberbio encuentro con el novelista. Hace cuatro meses en nuestra tertulia del sótano leímos Otra vuelta de tuerca. Eran días gélidos y parcos de luz, casi los más propicios para las historias de fantasmas y visiones. Recuerdo que en casa o repantingado en una butaca de la magnífica biblioteca de Yamaguchi, me demoré cuidadosa y gozosamente en la historia de los dos niños y la institutriz, mientras cavilaba sobre las trampas que coloca quien narra, las ambigüedades de ese juego tan fino que se trae James con el punto de vista para alimentar la duda de si los tiernos Miles y Flora son unos perversos o de si, por el contrario, asistimos a una narración delirante y trucada de su preceptora. El prodigio del escritor, tan medido y oscilante, dio pie a una jugosa controversia.

Ahora se publican a la vez dos novelas sobre Henry James. Una del siempre ameno –y algo más- David Lodge, sobre la que ya habrá tiempo de volver, y esta de Tóibín. Es curioso que los dos escritores se hayan fijado en un personaje a primera vista tan poco singular como este americano tan inglés. Rico de familia, estimulado por sus padres desde joven para que cultivara su espíritu y se olvidase de las vulgares preocupaciones y aficiones de gentes menos dotadas, Henry James no se casó, no se le conoció tampoco ninguna aventura sexual –hoy, es signo de los tiempos, abundan las cábalas sobre reprimidos deseos homosexuales- y se empeñó siempre en tener bien embridados sus sentimientos, pautado su tiempo y preservada una gran dosis de soledad, de modo que nada perturbara una vida de inteligente espectador ofrecida a la escritura, la lectura y una copiosa pero contenida vida social.

Estos libros proponen, sin embargo, una versión menos mortecina de esa andadura. James mantuvo siempre vivo el ideal de la autosuficiencia, la discreción y la estabilidad anímica -casi podemos decir que para alcanzarlo interpuso una cortina de hierro entre los anhelos y sufrimientos de sus semejantes y su reservada personalidad-. Pero no logró guarecerse frente a heladas rachas de angustia, soledad, deseo y decepción, un debe que, bien consciente, siempre asumió. Como dijo en cierta ocasión, «tal como estoy soy lo bastante feliz y lo bastante desdichado, y no deseo añadir nada a ningún plato de la balanza».

Lo malo del libro de Tóibín es que ni es una buena biografía ni levanta el vuelo como ente de ficción. James es un gigante, pesa mucho, y no es fácil olvidarse de todo lo que está documentado acerca de su vida y liberar la imaginación en direcciones arriesgadas. Tóibín, enfrentado a la tarea de escribir una novela y no una seudobiografía, resuelve el expediente vacilando a medio camino, como si tuviera el freno puesto. Quiere ser sutil, pero resulta agarrotado, torpe, soso. Sus decepcionantes resultados me recuerdan a los de la mayoría de las llamadas novelas históricas, que ni son buena historia ni dignas novelas. Así que, aunque yo haya tropezado por enésima vez y haya tenido que tirarme en marcha de un tren equivocado, me prometo volver a la obra del propio James, que supera mil veces a este libro en complejidad, o leer una buena biografía, sin subterfugios ni recreaciones.

23 abril 2006

Desnudos en el Kursaal

Spencer Tunick y sus fotografías en Donosti. «Volvamos al instante en el que cientos de glúteos ascendieron las escaleras del auditorio y, tras las primeras tomas, descendieron. En ese momento se puso de relieve que los seres humanos además de nuestras diferencias corporales también nos distinguimos por nuestros olores, y más aún cuando no pasamos por la ducha. Algunos de los modelos de ayer se decantaron por esta opción y nos dieron la oportunidad de comprobar que, junto a los tradicionales aromas desprendidos por las clásicas partes, existen hedores propios en la espalda o la nuca. Toda una nueva sensación que quedará en nuestra memoria, además de la sentida al permanecer en cueros tres horas rodeados de congéneres.»

Aitor Anuncibay en el Diario de Noticias

22 abril 2006

Arturo Cañas y nosotros

En mi pueblo han quemado esta madrugada la ferretería del portavoz de UPN en el ayuntamiento, un hombre con el que me he cruzado a veces en estos últimos tres años, él siempre custodiado por dos jóvenes que miraban los bajos de la camioneta del concejal y –siempre con atención recelosa— a todos los que nos topábamos con el trío.

Ya puestos, y como el fuego no sabe de límites exactos, y menos habiendo en la tienda pinturas y plásticos, los autores de la fechoría seguro que han calculado que los comercios contiguos y todos los pisos de encima iban a verse afectados. Si uno se pone a la faena, pues eso, se pone y pelillos a la mar. Además, mejor: con el miedo siempre ha crecido el número de vecinos que deseaban que los amenazados se fueran muy lejos, como apestados que sólo esparcen problemas a su alrededor. Ahora acabo de leer en internet que la ferretería ha sido arrasada, hay 56 vecinos desalojados y destrozos en una mercería y en otra tienda de ropa a la que el humo ha dejado el género inservible. En el paseo matutino he visto con mis ojos el aspecto desolado de todo el edificio, el tizne y la destrucción.

Toda la noche ha llovido intensamente, e imagino lo penoso que ha debido de ser el desalojo apresurado de los vecinos y lo que sentirán ahora, allí donde estén precariamente instalados. Supongo que en unos meses todo recuperará su aspecto normal, eso sí, después de los forcejeos con los seguros y las incontables molestias que sufrirán los agredidos. Pero a mí me interesa lo que ha pasado hoy y sigue pasando en estos momentos –y ello al margen, por irrelevante, de si la faena la han ejecutado los de la Cosa Nuestra o cachorros que se resisten a la tierna jubilación—.

En Cámera café hay un personaje, Arturo Cañas, que además de chófer del presidente es el matón y extorsionador de la oficina. Resulta un sujeto repugnante, pero lo curioso es que todos sus compañeros tratan de caerle bien. Le bailan el agua, le consuelan en sus escasos momentos de flaqueza y, por supuesto, están dispuestos a minimizar y olvidar con presteza sus desmanes. En un delirante sketch recuerdo que Arturo incluso lloraba —y sus colegas de trabajo le consolaban— al recordar los traumas de su infancia. Entendimos que su brutalidad, como nos dicen algunos listos que pasa siempre con la violencia, tenía causas ancladas en el profundo pasado.

Llevaba yo unos cuantos días acordándome de los compañeros de Arturo Cañas cuando veía a tantos intentando “reposicionarse” (perdón por el palabro) en la nueva situación política. Hoy he vuelto del desayuno desalentado, y, me temo, en pocos minutos oiré a un Jesús Quesada cualquiera hablando de que estos incidentes no deben entorpecer el “ilusionante proceso”, o incluso a un trasunto del más patético Julián Palacios que, después de que Arturo le estampe diez veces la cabeza contra la máquina de café estará dispuesto, faltaría más, a dejarle las llaves de su piso para una de sus farras.

17 abril 2006

Guardar el secreto de la destrucción

Una mujer en Berlín. La civilización, la urbanidad, los ritos educados no son más que trajes que muchos se arrancan con rapidez en tiempos de guerra. Abril-junio de 1945 en Berlín, los últimos e implacables bombardeos de los aviones aliados, la forzosa proximidad de los cuerpos en los sótanos-refugio, la irrupción de los rusos en una capital abandonada a su suerte, la violación repetida y acuciante de toda mujer que pillan, los simulacros de afecto hacia algunos oficiales, remedos fatalmente pervertidos por las relaciones de poder, el ingenio de los habitantes para sobrevivir -sobre todo, y creo que no es nada paradójico, de las mujeres, mejor adaptadas al medio, aunque queda en el aire el efecto que la brutalidad tuvo en su vida posterior-. Y, enseguida, el relato de cómo se teje, tras cada golpe y caída, una mínima y nueva estructura, un orden que aleje a los que quedan del hedor, la desesperación y el caos. «La gente se movía ‘por las calles entre las horrorosas ruinas realmente como si no hubiera pasado nada... y la ciudad hubiera sido siempre así’, escribió Alfred Doblin. El reverso de esa apatía fue la declaración del nuevo comienzo, el indiscutible heroísmo con que se abordaron sin demora los trabajos de desescombro y reorganización» (Sebald).

Qué libro. Más eficaz e inolvidable, creo, por el pudor y contención con que su autora registra los acontecimientos. Aunque al lector le queda la duda sobre el grado de reelaboración al que sometió la autora lo escrito en los cuadernos «en caliente» hasta convertirlo en el texto publicado varios años después. El escritor argentino Daniel Moyano dijo que «los escritores no estamos para duplicar la realidad; tenemos que trasladarla al lenguaje». Me parece que la sentencia vale para este libro. Su desconocida autora no quiso, claro, dar entrada a la ficción, sino hablar de lo real. Pero al trasladarlo al lenguaje eligió una manera contenida, escueta, casi fría, con lo cual le dio más verdad, mayor potencia. No eran precisos los detalles escabrosos o las teorías sobre lo sucedido. Tenemos los datos y con ellos el que lee puede componer su propia y vívida reconstrucción del terrible momento.

En el prólogo dice Enzensberger que el libro tuvo una pésima acogida en Alemania cuando se publicó a mediados de los años cincuenta. Como ha escrito Sebald en un libro que recomiendo igualmente con ardor, Historia natural de la destrucción, el llamado ‘milagro alemán’ tuvo un catalizador: «la corriente hasta hoy no agotada de energía psíquica cuya fuente es el secreto por todos guardado de los cadáveres enterrados en los cimientos de nuestro Estado, un secreto que unió entre sí a los alemanes en los años posteriores a la guerra y los sigue uniendo más de lo que cualquier objetivo (...) pudo unirlos nunca». Los alemanes han callado más de cincuenta años sobre el daño que sufrieron los últimos años de la guerra, cuando los aliados iban ganando la partida. ¿Vergüenza? ¿Deseo de no hablar de su propio sufrimiento para evitar así hacerlo sobre los imprescriptibles horrores nazis? Lo cierto es que la mudez incómoda y férrea ha existido todo este tiempo, y que testimonios tan demoledores, por locales que sean, como el de Una mujer en Berlín, fueron víctimas de la conjura del silencio.

Mauricio o Baroja a destiempo

Sobre la obra de Eduardo Mendoza tengo opiniones de lo más corrientes. Es decir, me parecen soberbias sus tres novelas extensas y «serias» –La verdad sobre el caso Savolta, La ciudad de los prodigios y Una comedia ligera-, muy estimable El año del diluvio, y entretenidas las novelas humorístico-picarescas (en especial las dos primeras; mucho menos La aventura del tocador de señoras). Pero me reí con ganas al comienzo de ellas y cada vez menos conforme avanzaban. Creo que es normal y no depende sólo del talento de Mendoza. Salvo a ciertos atletas de la carcajada, a la mayoría de la gente le resulta fatigoso y poco natural mantener durante horas la contracción muscular que provocan las gracias, en especial si se trata de algo tan difícil como el humor escrito. Por buenos que sean los chistes o las situaciones cómicas, decae la respuesta. Hasta con mis admirados Faemino y Cansado resulta imposible sostener similar intensidad de la risa a lo largo de todo su espectáculo, y eso que ahí juegan también los recursos vocales y gestuales.

Ahora Mendoza ha publicado Mauricio o las elecciones primarias, una novela insatisfactoria, un pelín aburrida y anticuada en algunos de sus modos narrativos. Mendoza ha repetido con frecuencia que la novela de sofá está agotada. Pues vaya: la historia de Mauricio está contada como la de la marquesa que salió de casa a las cinco. La voz del narrador omnisciente, que cose los fragmentos a la manera más decimonónica, arroja a lo largo del texto reflexiones y generalizaciones sin demasiados miramientos ni sutilezas, de forma un tanto destartalada. Ahí sí que se reconoce la huella de Baroja, que el escritor ha admitido.

Mendoza se ha referido en las entrevistas al marco social, político y ciudadano en que sitúa las peripecias de los personajes, y ha otorgado a éstas un carácter emblemático. Pero ahí se engaña o nos engaña. Nada sustancial hay en el texto que relacione lo individual y lo social, o que muestre convincentemente la influencia de la Barcelona de mediados de los ochenta en la vida de Mauricio o sus amigos. La ciudad es sólo un irrelevante escenario. Poco hay también sobre la política de los socialistas en el poder entonces en España, y nada acerca de la de los pujolistas en Cataluña. El paso de Mauricio por la política es muy breve y pintoresco y no deja huella en su vida, salvo su conocimiento de “la Porritos”. La política es algo, eso sí, sobre lo que discursea Mendoza o peroran los personajes (todos con el mismo tono expresivo, sin distinción), en el peor estilo barojiano, un postizo desvaído y tosco, nada que brote del encadenamiento de las acciones.

La única subtrama conseguida es la del devenir sentimental de Mauricio y Clotilde, y, como contraste menos logrado, la relación de Mauricio con la gente de Santa Coloma de Gramanet. Entre Mauricio y Clotilde predomina lo insatisfactorio. No hay romanticismo, sólo reticencias y guerrilla de posiciones, rupturas transitorias y reconciliaciones poco ardorosas. Frente a ellos, gente de muy poca altura aunque “moderna”, se alzan la Porritos o Brihuegas. El amor de la primera por Mauricio es genuino, y el atrabiliario Brihuegas representa los valores del militante de base. Pero ni Mauricio tiene nada que ver con Brihuegas ni los vínculos con la pobre Porritos son otros que los de la vanidad y, después, la mala conciencia y la culpa. El dentista, aunque lúcido en ocasiones, no se sale de su círculo, esa burguesía catalana repleta de personas industriosas pero convencionales, trapaceras, adictas a la doble moral, superficiales y acomodaticias. Las familias de los dos protagonistas, o el abogado Macarrós, o Fontán y su novia, quintaesencian a la burguesía menos presentable, pero son el ámbito en que Mauricio está decidido a vivir. Como piensa en cierto momento, el seguro y aburrido mundo de Clotilde «le parecía cada vez más placentero. Allí también había problemas, pero la mayor parte se podían solucionar aplicando la razón y los demás desaparecían solos, con el paso del tiempo».

Para ser justos, hay cosas valiosas en el libro: la gracia de algunos diálogos, y dentro de estos de algunas expresiones, lo que da fe del estupendo oído de Mendoza y de su habilidad para mezclar registros lingüísticos; la adjetivación precisa, de brochazos perfectamente definitorios; el sabio uso de la elipsis y del sobreentendido, o, en fin, el empleo feliz de la hipérbole, algo que suele ser también lo más salvable del Mendoza columnista.

Qué pena. Guardo imborrables experiencias de lectura de Mendoza y por eso me fastidia más esta decepción. Así que prefiero quedarme con la dolorosa constatación de Mauricio cuando decide aferrarse a su acomodado mundo. Será ficticio, pero es que «en el mundo real las cosas no tienen solución por la obcecación y el empecinamiento de las personas. La naturaleza humana prefiere el mal de todos a la transacción. Que se venga el mundo abajo antes de ceder un palmo».

13 abril 2006

Errando

Una tarjeta anuncia un congreso: advierto con sorpresa que lo orgamiza el Gobierno de Navarra. Hace poco otro envento contaba, según un lujoso tríptico, «con el patocinio» de una gran empresa. Una conferencia en la universidad versa acerca de la Contitución española: debe de ser la que quedará, un poco más enteca, tras los nuevos estatutos de autonomía. Y un libro reciente estudia «La aventura del movimietno». Mucho riesgo veo en tal singladura. Menos mal que el subtítulo me tranquiliza: «El desarrollo piscomotor de 0 a 6 años»; entiendo: lo piscomotor está en boga.

«¡Las erratas son las últimas que abandonan el barco!», dijo cierta día, desesperado, Manuel Seco. Para los que trabajamos vigilando libros y folletos el temor a ellas es constante y causa de no pocas mortificaciones. Un impreso puede estropearse por muchos motivos y en cualquier momento de la producción, pero las erratas delatan siempre una inadvertencia, un descuido, un lamparón que acusa al editor. He tenido algo que ver con las que he citado, tontas y desalentadoras; al verlas, definitivas, no brota más que la rabia culpable.

Pero hay erratas con galanura, jocosas a fuer de disparatadas. Hipólito Escolar, fundador de la editorial Gredos, recuerda en sus memorias que en un célebre soneto anónimo el primer verso ganó en contundencia con el desliz: «No me mueve ni Dios para quererte». Y el título del primer capítulo de la obra de Bousoño «Teoría de la expresión poética» adquirió con el concurso del error un significado distinto e intenso: «La poseía como comunicación».

En fin, José Esteban, en su entretenido «Vituperio (y algún elogio) de la errata», cuenta la equívoca dedicatoria que un escritor padeció: «Dedico estos artículos a la Condesa de..., cuyo exquisito busto conocemos bien todos sus amigos». ¿Sería el exquisito gusto que justificaba la dedicatoria original una forma desviada de nombrar lo que le importaba de verdad?

Claro que a un artículo de Antonio Machado el error del linotipista le hizo ganar un sentido con frecuencia muy exacto: «Por ello he dicho siempre a los jóvenes: adelante con vuestra jumentud».

03 abril 2006

Eloy Sánchez Rosillo

En junio de 1990 compré en la cuesta de Moyano Autorretratos, de Eloy Sánchez Rosillo, tras el impacto que me produjo un poema leído al azar. El librero, un sujeto torvo y zorruno, como muchos de los que se dedican al libro de viejo y saldo, me pidió 50 pesetas por el ejemplar. En el hotel lo abrí y se cayó al suelo una tarjeta personal del autor, blanca, clásica, con su dirección y teléfono, que no sé por qué milagro había sobrevivido a los trasiegos. Además, en la página tres, y de su propia mano, el poeta había escrito: “Para Miguel García-Posada, con un saludo muy cordial de su amigo”. Y bajo la bella firma, “Murcia, 15 de mayo de 1989”. Qué bonita es la amistad. ¿Cuánto le habría pagado el de Moyano a García-Posada, el poderoso crítico, por vender al peso este y, supongo, otros muchos libros obsequiosamente obsequiados por sus autores?

El sábado le dieron el Premio de la Crítica a Sánchez Rosillo por su último libro, La certeza. Me gusta la noticia. No soy un lector sistemático de poesía, pero el tono narrativo, o meditativo, nunca oscuro, que tienen sus versos me interesa, emociona y hace pensar. Ya sé que entre los escasos lectores que tiene la poesía hay quienes piensan que la del poeta murciano es demasiado sencilla, prosaica, a veces pedestre. Allá cada cual en este terreno con sus gustos y fantasmas, y que les aproveche a los epígonos de las vanguardias, a los que atienden solo a la sonoridad de las palabras y a los seguidores del último Valente. Yo prefiero copiar aquí un poema del libro ahora premiado.

Ahora

Sí, es verdad que la vida, a mi edad, no merece
en muchas ocasiones demasiado la pena.
Los días son iguales, y míseros transcurren
sin sorpresa, ni canto, ni consuelo.
Alguien que vive en la indigencia soy
cuando recuerdo o sueño que alguna vez las cosas
fueron de otra manera.

Pero llega de pronto —como hoy sucede— un día
que siendo igual que todos es del todo distinto,
piadoso y pleno sin porqué, radiante,
un día que me hace desdecirme, afirmar
que ahora también, y siempre, es hermoso estar vivo,
que si no le pedimos a destiempo
y a nuestro antojo y sin mesura dádivas,
la vida sabrá ser generosa y clemente.
Alzo los ojos hacia el cielo azul
de este día imprevisto.
Y el sol va derramando sobre mí a manos llenas
todo el oro del mundo.

02 abril 2006

Adiós a los grandes sueños

Vuelvo a ver El declive del imperio americano, la película canadiense de mediados de los ochenta. En 2004 tuvo éxito una suerte de continuación, Las invasiones bárbaras: los mismos actores casi veinte años después. Es mejor El declive, pero la visión de su secuela nos dio pie al recuerdo nostálgico de aquellos ochenta y de lo que sosteníamos y sentíamos entonces. Me gustan estas oportunidades que a veces ofrece el cine de sentir el tiempo, retomando personajes que han envejecido como nosotros. Por ejemplo, en El Padrino III me emociona, igual a un muy mayor Michael Corleone-Al Pacino, la canción que canta su hijo, quien no sabe que es la misma que muchos años antes sirvió de fondo a la siciliana historia de amor de su padre. La efusión sentimental del mafioso corre paralela a la del espectador que en 1972, mucho más joven -otra persona-, vio la primera parte de la trilogía.

El declive del imperio americano es el declive de los grandes empeños colectivos y el consecuente refugio en los placeres individualistas. La era del vacío, que diría por aquellos años Gilles Lipovetski. No hay otra aventura ilusionante que la privada. ¿Sublimar? Tampoco ayuda gran cosa, aunque no quede otro recurso. Uno de los vehículos privilegiados de la sublimación, la pasión por el trabajo, o ha desaparecido o no pasa de ser un frágil remedo con el que no nos engañamos. Lo dice uno de los profesores-historiadores protagonistas: “Yo sé que nunca seré un Arnold Toynbee o un Fernand Braudel. Por eso sólo me queda el sexo o el amor. No hago distinciones”. (No es extraño que en Las invasiones bárbaras la relación con los estudiantes sea cruel y estúpida.) Y su amiga, la que ha escrito precisamente el ensayo que da título a la película, advierte al joven amante impresionado por su brillante retórica: “Hablar no cuesta nada. Tú no me escuches y tócame.”

Sospecha: a pesar de la obra que nos han dejado, ¿no pensarían Toynbee o Braudel lo mismo que el mediocre historiador?

Salvar el día

Me gustan las mañanas de sábado. Desayuno moroso con mucho café y abundante canallesca, que además trae suplementos sobre libros y música –y otras hierbas menos aromáticas, como viajes, motor e iglesia: hay que tener estómago para no echarse a perder con esos comistrajos-. Más tarde es posible oír y escuchar música a un volumen respetable: los vecinos, creo, pueden soportarlo sin que les sofoquen las ganas de asesinarme.

Hoy, una de esas coincidencias que en una novela sólo se atreve a urdir Paul Auster. Abro, como tantos días, un libro cualquiera para leer dos páginas mientras escucho el quinteto para clarinete y cuerda de Mozart y de pronto me encuentro, en los Cuadernos de Cioran, con la siguiente anotación: “Estoy escuchando el quinteto para clarinete... que ha marcado mi vida. Siempre que lo escucho, no puedo olvidar que Mozart lo escribió al mismo tiempo que el Réquiem... es decir, durante el último año de su vida”.

No quiero ponerme estupendo, que diría Valle Inclán, ni exquisito, y me da pavor exhibir una imagen excelsa para la que me faltan condiciones. Pero desde hace muchos años, todavía en la época de un elemental tocadiscos monoaural, escucho ese quinteto mozartiano con asombro admirativo. Creo que fue una de las primeras composiciones “clásicas” que disfruté sin mácula de esnobismo, afectación o pose, o simplemente sin el esfuerzo que sí hice en otros casos para aficionarme a una música que no estaba ni remotamente en mi medio amical ni familiar, un esfuerzo que regala el premio del deleite estético pero más de una vez también la conciencia sobrepuesta y satisfecha de ser elevado. Es como si uno se dijera: “Aquí estoy, disfrutando con una música fuera de toda sospecha. Qué culto y selecto soy”.

Con Mozart no hay nada de eso: todo es fácil, directo y natural, aunque su música sea de una riqueza fastuosa. Enfermo, con apuros económicos que le obligaban a trabajar intensamente,“Mozart compuso en sus seis últimos meses en la tierra más obras que muchos autores en toda su existencia” (Xavier Pujol). Entre ellas, La flauta mágica, el inacabado Requiem y este concierto para clarinete y cuerda que hoy, como tantas otras veces, basta para salvar el día.

29 marzo 2006

Una juventud en Argentina

Este viernes 24, cuando se cumplían treinta años del golpe militar en Argentina que dio paso al asesinato de veintidosmil militantes y simpatizantes izquierdistas y peronistas, me acordé de Enrique Lynch. El pasado junio me contó, una mañana casi veraniega, retazos de su juventud en Argentina, cuando fue militante radical y clandestino.

Hablando en una terraza por encima de las sórdidas melodías que a tres metros ejecutaba un cruel acordeonista («acordeón: instrumento en armonía con los sentimientos de un asesino», escribió Ambrose Bierce), rememoró Lynch su adhesión revolucionaria juvenil a una ensalada de nacionalismo, peronismo, castrismo y unos bocados de cristianismo. Y glosó las habilidades adquiridas por él y tantos otros jóvenes, muchos de ellos de menos de veinte años («preparar bombas y espoletas de tiempo y de alivio de presión, asaltar una comisaría, reventar coches, clavar una bayoneta de modo que la víctima no grite, quemar papel sin que haga humo ni deje ningún rastro, escribir con tinta invisible e inventar y procesar claves, armar y desarmar una pistola Colt 45 con los ojos cerrados y memorizar incontables números de teléfono»). No es extraño, visto este elenco de destrezas, que Lynch se refiriese en varias ocasiones a la fascinación por las armas, los fierros, que pervive hoy mismo en tantos activistas de entonces.

Lynch cree que en ese tiempo fue «muy competente, muy serio, nada liberal y nada demócrata». Pero abandonó al ver que se estaba convirtiendo «en un militante profesional, sin convicción en lo que estaba haciendo», y que además «la ‘praxis revolucionaria’ era una vorágine descontrolada, un auténtico disparate». Simplemente, se cansó de todo aquello. Como me dijo, no hizo cosas imprudentes o asesinas, pero perdió diez años.

Para entender mejor el terrible punto de inflexión que supuso el 24 de marzo de 1976 viene a cuento recordar que en los primeros años de lucha, todavía adolescente, Lynch perteneció al Comando Camilo Torres, «un pequeño grupo de militantes muy decididos, que se habían adherido a la teoría foquista, es decir, intentaban crear un foco de conflicto armado para generar un movimiento de liberación nacional que desencadenase una situación revolucionaria, lo que supuestamente habría de permitir el asalto al poder». Lynch lo abandonó para ingresar en uno más moderado, las Juventudes Revolucionarias Peronistas, pero varios de sus compañeros, poseídos por la creencia foquista, se convirtieron en el núcleo originario de los Montoneros, el grupo guerrillero más potente y feroz de la Argentina anterior al golpe militar.

De hecho, en un apasionante libro sobre esos años, Galimberti, que reconstruye la época tomando como eje al personaje de ese nombre, un aventurero, admirador de Lenin y de José Antonio Primo de Rivera, que comenzó en los años sesenta organizando su propio grupo, saltó luego a la dirigencia de las juventudes peronistas y terminó en los montoneros, se lee que los militares habían precisado sus planes golpistas en un documento, Orden de Batalla del 24 de marzo, ¡distribuido seis meses antes de tal fecha! Pues bien, ese texto, y otros que detallaban el plan de exterminio de la guerrilla, eran conocidos por los montoneros. Pero, señalan los autores, «Montoneros omitió el alerta sobre el golpe de Estado porque empezó a buscarlo. Creía que con los militares en el poder, el pueblo iba a desenmascarar a su verdadero enemigo. Y cuanto más intensa fuera la violencia hacia el pueblo, mayor sería la conciencia de éste para combatirlo. El golpe iba a acelerar la estrategia de guerra revolucionaria. Cuanto peor, mejor».

Este cálculo no pudo ser más erróneo. Los Montoneros, el Ejército Revolucionario del Pueblo, las Fuerzas Armadas Revolucionarias y otros grupos más reducidos, llevaban años enfebrecidos con lo que ellos mismos consideraban una guerra. Pero cuando llegó el 24 de marzo se toparon con la realidad de la absoluta desigualdad de fuerzas. Además, para «buena parte de la sociedad civil, la misma que cuatro años antes había recibido con simpatía a los guerrilleros, el golpe de Estado supuso un alivio y una esperanza: la de que los militares pudieran imponer el orden y la paz sobre un territorio minado de cuerpos baleados y torturados, con bombas y secuestros cotidianos» (Galimberti).

Según Lynch, «hay algo de injusto en cargar las culpas exclusivamente sobre los militares argentinos; no porque no hayan sido en efecto una banda de asesinos genocidas, sino porque la verdad es que toda la sociedad argentina fue cómplice de aquel crimen de Estado: la Iglesia, los partidos políticos, los sindicatos, las organizaciones de empresarios y muchísimos intelectuales, incluso algunos de los que años después figuraron en la Comisión que investigó los crímenes. Todo el mundo sabía lo que estaba pasando, y como querían que el ejército acabara con la guerrilla, hacían como que miraban para otro lado».

Peronismo, montoneros, guerra popular y revolucionaria, nacionalismo, foquismo, ejecuciones y desapariciones, torturas, mal consentido al mirar para otro lado... «Argentina fue desollada», escribió Alberto Manguel.

23 marzo 2006

Novela y venganza

Compré en Moyano a mitad de precio La segunda mujer, novela de Luisa Castro que ha obtenido un suculento premio. Mientras la leía pensé en lo justo que había sido pagar la mitad. Atendiendo al valor literario de la novela me la tenían que haber regalado, y además un paquetito de bombones, pero como ejercicio vengativo y ocasión para volver a las turbias relaciones entre la verdad y la ficción, trae cuenta pagar nueve euros.

En La segunda mujer Luisa Castro cuenta, dicen, el nacimiento, paraíso e infierno de su relación sentimental con Xavier Rubert de Ventós, conspicuo filósofo pero también personaje muy relevante en la política catalana en los últimos años en su calidad de intelectual orgánico del tripartito catalán y consejero áulico o muñidor del príncipe Maragall. Para los que no sepan quién es la novelista ni su ex-marido, el juicio que les merezca el libro podrá atender sólo a criterios literarios. Pero en el corto ciclo que este libro va a tener, antes de que el olvido haga su trabajo, es significativo, y no se puede desdeñar en aras a una supuesta autonomía del texto, el empeño vengativo, el dolor y la rabia que ha puesto la autora en su retrato de Gaspar-Rubert.

Luisa Castro ha repetido en todas las entrevistas, claro, que no es verdad lo que parece, que ni ella es Julia Varela, la joven enamorada y luego asqueada, ni el crítico Gaspar es Rubert. Pero este empeño parece más que otra cosa un ardid, a juicio de gente que conoce a ambos, o una manera nada fina de tirar la piedra y esconder la mano, o una argucia incluso para sortear posibles quejas. (Hace unos años Carlos Barral tuvo serios quebrantos judiciales por culpa de sus ataques a un tal Gracia, un ejecutivo que le amargó un tiempo su vida editorial y al que hizo aparecer en su seudonovela Penúltimos castigos. Por cierto, tras sufrir pleitos y condenas, Barral, que siempre defendió el estatuto novelesco del libro, convirtió prudentemente a “la hiena” Gracia en García.)

Arcadi Espada señaló hace tiempo que «es muy importante distinguir entre lo que es real y lo que no. ¿Cuándo sabemos qué ocurrió y qué no, dónde está la línea divisoria? Quiero que me digan dónde empiezan los hechos y dónde las ficciones». El asunto parece, así, en general, tremendamente peliagudo, y habrá que volver sobre él. Pero aplicada la reclamación a este caso creo que es pertinente. Porque si se emplea una estructura novelesca para ajustar cuentas, la ficción acaba contaminando fatalmente a la realidad. Y los lectores avisados, y en Cataluña parece que son muchos, es lógico que lean La segunda mujer y se pregunten: ¿cuánto de Rubert hay en Gaspar?; ¿de verdad es así el exquisito intelectual?; ¿es tan mezquino, pusilánime, manipulador e incluso delincuente y maltratador de su propia hija como la escritora lo presenta? ¿O es todo o parte sólo una invención? No lo sabemos, y siendo algunos de los cargos materia de código penal, no creo que la confusión sea baladí.

Casi al final del libro me asaltan de nuevo las dudas. Esto, me digo, tiene que ser una novela. Y es que leo que Julia Varela, la sufrida escritora protagonista, es «la mejor escritora de su generación». No, imposible, esta Julia no puede ser Luisa Castro, la cual, si es la mejor escritora de su generación, que venga dios y lo vea.

Escepticismo

¿Pero de verdad ha llegado el tiempo de la ilusión? ¿No estamos un poco tontería? ¿No contribuimos a engordar a los medios de masas, que necesitan, con desesperación, construir cada día un «acontecimiento histórico»? Menos mal que Telecinco mantiene la serenidad y no nos arrebata la enésima repetición de las historietas crueles de Camera café.

Hoy mismo escribe Florencio Domínguez que «una característica singular de estas situaciones es la forma en que se retuerce la lógica cotidiana a la hora de interpretar los movimientos del terrorismo, de tal forma que nunca podemos estar seguros de si estamos contemplando la realidad o su reflejo en un espejo deformante».

No, ojalá me equivoque, pero no creo que estemos ni de lejos en una paz con justicia. Contra el barullo, otra cita, traída aquí gracias a Aurelio Arteta, a quien tanto admiro. Recordaba Aurelio el otro día a Günter Anders, quien denunció que, en procesos como el que ahora parece que va a tomar velocidad hay un peligro cierto: «al final nadie asume responsabilidad alguna, y lo único que queda es la tierra carbonizada de las víctimas y la radiante buena conciencia de los necios».

La ópera, en casa

Uno escucha en casa ópera, en cedés o en la radio (magnífico El fantasma de la ópera, todos los sábados en Radio Clásica) y se lo pasa tan ricamente. El sonido es excelente, los cantantes nunca fallan y no hace falta prestar la menor atención a lo que dicen. Lo único que importa es la música, la calidad de las voces y, con suerte, la maravilla de la conjunción entre ellas.

Pero una ópera en un teatro o auditorio es otra cosa. Muchos de los argumentos que sostienen músicas bellísimas son, y no nos habíamos dado cuenta, dramones infumables, pastiches inverosímiles o tragedias risibles a fuerza de hiperbólicas. Así que, al igual que sucede en el teatro moderno, cada día es más frecuente que los directores de escena hagan de las suyas y traten de animar el espectáculo trasponiendo la acción a épocas más cercanas, introduciendo decorados rompedores y efectos visuales llamativos, y peleando por insuflar más movilidad a unos actores-cantantes que tienden al hieratismo, a la solemnidad y rigidez que el esfuerzo vocal requiere casi intrínsecamente -y que al tiempo muestra su poco talento actoral-.

Confieso mi escaso entusiasmo ante el resultado. Los desajustes entre el original del siglo dieciocho o diecinueve y la versión contemporánea chirrían, y el resultado, salvo excepciones, no pasa de un quiero y no puedo, o de un plato con sabores mal casados. Además, preferiríamos no leer el texto en pantallas: mejor ignorar qué dicen los cantantes.

Ambrose Bierce escribió, en su inagotable Diccionario del diablo, que la ópera es una «obra dramática que representa la vida en otro mundo cuyos habitantes no hablan sino que cantan, no se mueven sino que hacen aspavientos y no tienen opinión sino actitudes». Bierce no conoció los nuevos medios de grabación y reproducción. Con ellos rescatamos lo único que, a la postre, salva la ópera: la música. Y como en casa en ningún sitio, a ser posible con buenas versiones, marcando nosotros los tiempos de audición y perdiendo el miedo a seleccionar o eliminar fragmentos.

16 marzo 2006

Homenaje a Gabriel Zaid

Más estanterías en casa. Con estas flamantes, agoto las posibilidades de ocupación. Cuando las baldas estén abarrotadas, no cabrán más libros en ninguna estancia. Sólo los baños serán zona liberada. Al contrario que el protagonista de La casa de papel, el libro sobre enfermos de libros del uruguayo Carlos Domínguez, que “había dejado de bañarse con agua caliente para evitar el vapor”, yo no creo que pueda habituarme nunca al agua fría.

Estoy en la pesadilla de Los demasiados libros, que diría Gabriel Zaid, el ensayista mexicano que siempre deja caer pequeñas perlas a su paso. Uno ama los libros de tal modo que sueña con tenerlos todos. Pero la lectura no es el amor al libro como objeto, ni mucho menos el coleccionismo del que atesora ejemplares valiosos como otros sellos o monedas: es una singladura con su propio ritmo, y que en mi caso tiende a la morosidad. Melancolía: me moriré sin haber leído muchos de los que tengo y de los que seguirán entrando —no sé a dónde—.

Además, y como les sucede incluso a los lectores más dedicados, de vez en cuando sufro punzadas de duda angustiosa. ¿La vida está en otra parte? Ello sin contar con que, como tituló Martín Vigil una novela indescriptiblemente mala, pero de imborrable recuerdo adolescente, la vida sale al encuentro: la vida de las pejigueras y las mojigangas, las molestias inaplazables y los requerimientos sociales –que al mismo tiempo uno busca con gusto y a veces con ansiedad—.

El bibliómano que además es lector no tiene ninguna gana de dar el pego o alardear. “Tener a la vista libros no leídos es como girar cheques sin fondos: un fraude a las visitas”, dice Zaid. No, no. Creo más bien que, “toda biblioteca personal es un proyecto de lectura” (Gaos). Sólo que el empeño del lector bulímico se topa con la realidad, y el proyecto, fatalmente, queda, como el personaje de Calvino, demediado.

14 marzo 2006

El eslabón perdido

Escribía el otro día en el periódico Rafael Conte (pronto, dicen, entrará con sus puritos malolientes en la Real Academia representando a los críticos literarios) que la nueva edición castellana de Edad de hombre, de Michel Leiris, publicada por la editorial Laetoli, recupera “la espléndida traducción del gran escritor chileno que fue Mauricio Wazquez”. ¿Espléndida? ¿Ha leído Conte esa traducción de 1979? ¿Sabe de qué habla? Wacquez fue un novelista apreciable, pero su traducción de Leiris es infame, tanto que cabe sospechar que en realidad firmó algo subcontratado a un ignorante en cualquier lengua viva o muerta, aunque eso sí, todavía peor pagado que él. Y el editor de entonces, me temo, apuntaló el desastre con erratas de grueso calibre. La edición de Laetoli, en cambio, es modélica, pero sé que lo es por los desvelos del editor, que se propuso enmendar el chandrío que tenía entre manos, y sobre todo gracias al anónimo corrector (no consta en la página de créditos), quien ha hecho una labor espléndida de acicalamiento de aquel texto seudocastellano. Mauricio Wacquez continúa figurando como traductor, pero el editor y el corrector son los artífices de una publicación que, ahora sí, nos regala al verdadero Leiris.

Se ha convertido en un lugar común entre las gentes del libro lamentar la desaparición en el sector de figuras como los revisores técnicos o de traducciones, o los correctores de estilo o de pruebas, que antes aseguraban al menos la pulcritud de los textos publicados. La extensión implacable de un modo de actuar guiado sólo por la lógica financiera merma la calidad de los productos que compramos en las librerías.

Conozco a algunos de estos mediadores, que compensan las frecuentes carencias del autor o traductor. Son revisores y correctores que poseen saberes enciclopédicos, y capaces de enmendar disparates sintácticos, de encontrar el nombre correcto de alguien a quien el autor citó a la buena de dios, de advertir incongruencias en fechas, de poner signos de puntuación en su sitio y no como si el autor los hubiera espolvoreado sobre el texto. Pero son personas condenadas a cobrar tarifas ridículas, pese a lo cual las editoriales (sobre todo los grandes grupos) prescinden cada vez más de sus servicios, confiando en las nuevas tecnologías como si de una pócima mágica se tratara. Un eslabón esencial del proceso editorial está desapareciendo, y eso se nota en muchos libros.

Pero todo no está perdido, ni mucho menos. Quedémonos con el rigor y excelencia con que sellos como Laetoli afrontan su producción. Lo primero de todo el texto, siempre el texto.

09 marzo 2006

El sótano

Nuestra tertulia sobre un libro se celebra, más o menos quincenalmente, en una cafetería céntrica, un comercio se supone que con clientela fiel y nutrida pero anclado, calculo, como poco en los años sesenta del siglo pasado (qué raro resulta tener que escribir esto del siglo pasado; siento aún que acabamos de empezar éste). Es una cafetería con espeso olor a serrín, humedad y aceites muy usados en la que se pueden ver deportes televisados a todas horas. Fútbol, pero también otros más improbables: billar, tenis de mesa, patinaje sobre hielo, triatlón o arrastre de camiones, esto último siempre a cargo de robustos australianos o leñadores de Montana.

El local tiene además un sótano que conserva el mismo mobiliario que conocí hace más de treinta años, cuando endulzábamos nuestra ilusión adolescente, de amistad y primeros amores, con tostadas de nata y mermelada y mucho schweps de naranja. Hay mesas bajas y sillas de cuero sin tapizar, que recuerdan por su asiento y respaldo a las de tela que emplean los directores de cine en los rodajes, y además, cerca de las paredes, otras mesitas diseñadas por un liliputiense, con sillas igualmente diminutas y muy bajas en las cuales el cliente se hunde y pierde la dignidad sin remedio. En este sótano y en estas sillas tomamos algo y hablamos de libros.

Todavía pasea por el sótano la misma camarera ceñuda de mi juventud, pero sus funciones actuales se asemejan a las vagas y protocolarias de una reina madre. El que de verdad atiende a los clientes es un joven que cojea ostensiblemente. Es un profesional con años de experiencia, se ve, salvo en el detalle de que calcula los precios de modo aproximativo, en función de un criterio cambiante y propio. Pero su esforzada, casi dolorosa inestabilidad al caminar carga la atmósfera de una expectación ominosa. Se acerca lentamente con las consumiciones pedidas, se agacha para depositarlas sobre la bajísima mesita y contenemos el aliento y la palabra, a medias avergonzados por nuestro acaloramiento sobre las virtudes o defectos del libro, a medias temerosos de que los cafés y las cervezas vuelquen sobre nuestras piernas con estrépito de líquidos y vidrios. Cuando todo ha quedado dispuesto en el reducido espacio, hay un suspiro de alivio que inyecta nuevos bríos a nuestras discrepancias sobre los engaños de la primera persona narrativa y el estilo libre indirecto.

Por lo demás el sitio es perfecto. Podemos levantar la voz sin miedo a molestar, bien porque en muchas ocasiones nadie más se ha aventurado a descender a esta céntrica catacumba, bien porque nuestras esporádicas acompañantes son señoras que componen tertulias mudas mientras saborean las tostadas y sandwiches de antaño. No nos miran, pero nosotros sí cavilamos sobre sus motivos para llegarse a este remoto agujero. Un día vimos a una joven y arrullante pareja ocupar sillas como las nuestras. Pero sentarse a veinte centímetros del suelo obliga a las piernas a flexiones inverosímiles, y así no hay manera, la pasión topa con serios obstáculos.

Algún miembro de la tertulia insiste cíclicamente en que debemos explorar otros lugares de conversación. Pero las tentativas se han saldado hasta el momento con sonados fracasos. El horror al silencio hace muchos años que alcanzó a los bares y las gentes, y en casi todos la música y el griterío español obligan a un esfuerzo auditivo que descentra y aburre. Pero el día que nos internamos en un centro cívico, nuestros propios decibelios soliviantaron a los jubilados. A hurtadillas, con miradas graves, levantaban las gafas de los periódicos y teclados para mostrar su censura por la estridencia con que uno despreciaba los libros de Javier Marías y otro aseveraba que después de Faulkner la novela se quedó exhausta allá en la cima.

Un día, me temo, nos vamos a encontrar con el sótano clausurado, porque ni para pagar la luz compensará tenerlo abierto. Pero antes, más miedo me da, el camarero y su bandeja acabarán abalanzándose sobre nosotros, y su azoramiento y el nuestro, juntos y multiplicados, disolverán por el camino de la vergüenza esta frágil convivencia intermitente.

05 marzo 2006

Extraña forma de vida

“El ideal es éste, claro: una vida muy austera, el amor imprescindible, buenos amigos escogidos, mucho estudio, mucha concentración y pocos entretenimientos. Pero la civilización de nuestros días no favorece esta clase de vida, avanza en el sentido opuesto: la nuestra es una época de puro divertissement, en el peor sentido de la expresión. Todo el mundo procura distraerse, es decir, no concentrarse en sí mismo. Los recién casados, por ejemplo, se embarcan en viajes al remoto Oriente en vez de empezar a conocerse a fondo en la soledad de los hayedos. Ocurre entonces que la gente muere sin saber siquiera hasta qué punto puede llegar a ser digna una vida, tanto la solitaria como la compartida. Esta furia por los viajes exóticos, por mover el cuerpo en las discotecas, por salir a cenar y tomar una copa (antes sólo las tomábamos en Navidad, cosa muy razonable), por vestirse fashion, y patrañas de este estilo, todo esto son cosas por las cuales, yo por lo menos, no experimento ningún interés”.

Si uno cree que no tiene que distraerse, que debe concentrarse, pues lo hace, y esto da sentido a su vida. (...). Recuerde lo que decía Agustín en las Confesiones: “Los hombres van a admirar la altura de las montañas, la enorme agitación del mar, la anchura de los ríos, la inmensidad del océano y el curso de los astros; pero se olvidan de sí mismos”. Quiero decir que ya es totalmente improbable que alguien me encuentre jamás en las playas del Caribe o de safari en Kenia. No estoy por tonterías ni tengo ganas de perder el tiempo. Quiero estar en casa –lugar del que me muevo tan poco como me resulta posible—, quiero leer con calma el periódico cada día, frecuentar y cuidar a los amigos, dar las clases lo mejor que pueda, mimar a mi equipo de profesores de la Universidad de Barcelona, escuchar tanta música como pueda, ahora que todavía oigo, procurar no sentir envidia por nadie, dosificar la animadversión que me despiertan ciertas personas, aumentar mi biblioteca, contemplar escaparates iluminados, pasear tranquilamente por las calles cuando hace buen tiempo y, como decía aquél, comerme un buen bistec de vez en cuando".
Jordi Llovet

01 marzo 2006

Lejos de la lectura

Turno para renovar el carnet de identidad. Como también se expiden pasaportes, muchos inmigrantes, y en conjunto una mezcolanza popular, macilenta, contaminada por lo funcional y sórdido del lugar. Recuerdo la primera vez que saqué el DNI, todavía en el franquismo y el antifranquismo. Temor, toda la prevención del mundo, la sensación de que los policías nos vigilaban, y la sospecha de que las “funcionarias” que atendían, con aire de mujeres excesivas, eran amantes de los subinspectores, o hijas del cuerpo, o se ganaban un sobresueldo como confidentes. Eran otros tiempos.

Hoy, en la espera, nada mejor que un libro. Son diez minutos sólo, pero por suerte uno se aleja del lugar y se asoma felizmente a las sutiles conversaciones de aristócratas ingleses. El placer se acrecienta, además, por lo exiguo de las posibilidades. Y es que en los sitios de espera uno siempre ha sentido que no puede hacer más que eso, leer, y esa constricción proporciona una concentración suplementaria y deliciosa a poco que el libro merezca la pena.

La funcionaria que me atiende hace notar que ahora, en la cola, casi nunca ve a alguien leyendo. Antes no era extraño, dice, pero hoy en día lo habitual es abismarse en la minipantalla del móvil, que alberga, por lo visto, petróleo comunicativo. Ella, que se confiesa también adicta a la lectura, me habla como si perteneciéramos los dos a una logia masónica, una hermanda de raros condenada a la extinción.

Desde hace poco tiempo está comenzado a organizarse en Pamplona un congreso sobre la lectura. Pero basta pasarse por aquí, o por cualquier consulta médica o estación o aeropuerto, para ver que el personal ocupa, no ya su tiempo de ocio, sino también estos tiempos forzadamente dispuestos, en otras cosas. Aquí hay materia de estudio, y mucho hueco para la melancolía. Decía el otro día el editor Antonio Ventura, en una reunión preparatoria del evento, que no cabe esperar que la lectura nos haga más buenos o felices. Yo creo que sí, según y cómo, y a veces. Pero, Ventura dixit, sin lectura no hay pensamiento simbólico que valga. Y eso se va a acabar notando hasta en los manuales de instrucciones más elementales.

La voz de Truman Capote

Capote. No sabe uno si admirar más el guión, tan redondo, o el ritmo que el director le ha dado al fluir de ese fragmento de la vida del escritor. Un fragmento en el que está todo: su inteligencia literaria -un afilado cuchillo en la mantequilla de la realidad-; su egotismo desaforado, su talento para la manipulación de quienes le rodeaban, su gusto compulsivo por el chisme y la frivolidad cruel, su dolor macerado en alcohol, su necesidad de esconderse ante los problemas.

Al final me quedo con la voz. Philip Seymour Hoffman, el actor, le ha dotado al personaje de un tono que permanece en el recuerdo. Capote aún debía de ser más chillón, pero en la película ese inglés arrastrado, amanerado y lánguido, informa muchísimo sobre Capote, una loca sin complejos. No hace falta entender una palabra de inglés para captar todas las raras cualidades que vienen con la voz.

Curiosidad por las vidas ajenas

Sólo los falsos aseguran que la vida privada de los demás no importa. Sólo los desconfiados rehúyen los chismes. Sólo los mentirosos dicen: prefiero no saberlo. Esto escribía el otro día Elvira Lindo en los papeles. Completamente de acuerdo. Hombre, quedaría más elegante apoyarse en la autoridad de Goethe o Thomas Mann, pero uno encuentra sus asideros donde saltan, y además me juego el cuello a que los citados aplaudirían sin reservas el dictamen de Elvira Lindo.

Y es que uno se encuentra mucho mejor, y más cómodo, en compañía de quienes muestran un genuino interés por las vidas de los demás, por sus peripecias sentimentales y laborales, por sus gustos, gestos y manías, por sus deseos y aflicciones. El desinterés, el olímpico desdén del discreto, no suele encubrir más que hipocresía o egolatría hipertrofiada hasta el autismo.

Además, no entiendo cómo se puede ser amante de la literatura sin ese interés primero, sincero, directo, claro y sin tapujos por las incidencias vitales de otras personas. La literatura, casi toda la literatura, sólo es apta para curiosos, para gente a la que le interesa las andanzas muy particulares del projimo. Gente a la cual, por qué no, le gustaría mirar por el ojo de la cerradura, enterarse de lo que pasa en la intimidad, gente empeñada en entender su propia vida, y a la que le va mucho, por ello, en conocer los deseos, dolores, gustos y sueños de otros y otras.

Y no se trata sólo de la literatura. Leemos también memorias, autobiografías, biografías o diarios porque satisfacen ese mismo impulso natural y saludable, y porque pensamos que de ahí sacaremos ejemplos y contraejemplos útiles para nuestra propia existencia, el saber de vidas paralelas, o muy poco paralelas, que despejará nuestra confusión, o al menos nos regalará el triste consuelo de la identificación dolorosa sin salida.

Es cierto que en la literatura, o en el cine, hay ejemplos excelsos de empleo del silencio, del secreto, de lo inexpresado y sólo sugerido, del laconismo, de lo no dicho o apuntado muy veladamente, de la discreción y la reserva extrema sobre las incidencias particulares. Pero para andar por el mundo prefiero mil veces la curiosidad, y en correspondencia, la expresión franca de lo que pasa, de aquello que nos sucede, alegra o acongoja.

Evidentemente, no todas las incidencias particulares provocan idéntica curiosidad. El mundo está lleno de conversaciones de grado cero en las cuales las palabras sólo transportan la trivialidad más chata y tediosa. Y, por otra parte, ¡claro!, la curiosidad debe ir acompañada de un uso prudente de la discreción. Ser curioso no es ser chismoso sin discriminación. Pero esto es una obviedad.