12 marzo 2014

Escritores hacia 1970

Tuve que bajarlo de uno de los estantes más altos de mi biblioteca. Es un libro de bolsillo y papel de mala calidad que conservo descuajeringado. Como no estaban los pliegos cosidos, sino sólo las hojas fresadas y mal encoladas, el trajín de la lectura provocó en su día que muchas se fueran despegando. Igual les sucedió a otros muchos volúmenes de bolsillo comprados en la época y que tengo por casa con cuidado de no extraviar algunas de esas hojas desprendidas.

En el ejemplar tengo anotado que lo compré en julio de 1973 en Galería Artiza, una librería abierta unos años en la parte vieja de Pamplona en los setenta. Fue uno de los primeros libros que adquirí, borracho de ilusión, con algo del dinero ganado como músico en fiestas de pueblos y bodas. Ese mismo día me hice también con Groucho y yo, los desopilantes recuerdos de Groucho Marx.

Cuando leí el otro día que había muerto Ana María Moix me apeteció volver por unas horas a 24 x 24, veinticuatro entrevistas a escritores y artistas que la Moix había ido publicando previamente en el periódico Tele/eXprés bajo el título de “24 horas de la vida de…”. Son charlas en las que casi siempre la autora les inquiere sobre sus hábitos diarios, primero, y también sobre sus ideas y planes de trabajo.

Ahora no compraría un libro así. Libros de circunstancias, libros que hoy me saben a poco, libros de vocación efímera —y eso que hablamos de entrevistas mucho más extensas que las que actualmente se publican, al menos en papel, y que la Moix no desdeña entrometerse más de una vez en ellas con recuerdos y juicios personales, e incluso convierte la entrevista con Ana María Matute en un juego con la imaginación de la autora—. Pero debo ubicarme “cuando entonces”. Juan Ramón Jiménez dijo aquello de que un libro no dice lo mismo en ediciones diferentes, un principio que trato de tener presente siempre en mi trabajo. Con mucho mayor motivo puedo recordar algo más obvio: no leemos el mismo libro en edades distintas. Han pasado cuarenta años, y no en balde, desde que devoré este ramillete de encuentros de la Moix en la Barcelona de finales de los sesenta y primerísimos setenta.

Yo era un adolescente ávido de saber y repleto de ignorancias, y este libro me ayudó a tener un primer contacto sobre todo con escritores que me interesaban. Escritores (Barral, Gil de Biedma, Marsé, Vargas Llosa, García Márquez, Gimferrer, Donoso, Angel González, García Hortelano, Terenci Moix, Max Aub…) de quienes en ese tiempo no sabía nada o casi nada. Pero estaba torpemente seguro, a partir de los muy escasos puntos de referencia que me había ido construyendo en lecturas caóticas, de que me iban a interesar, de que debía enterarme directamente, leyéndolos, de lo que estaban haciendo. Para dar ese paso el libro resultó un preámbulo estupendo y útil; eso sí, para un momento determinado y en un contexto muy preciso.

Releyendo ahora a los entrevistados, es curioso encontrarse con el anuncio de proyectos que culminarían en libros que sin duda van a quedar en el canon de la literatura en castellano. Marsé estaba trabajando en Si te dicen que caí, García Márquez andaba enredado en El otoño del patriarca, Vargas Llosa escribía su monumental estudio sobre la teoría de la novela y la obra de García Márquez, García Hortelano daba los últimos toques a El gran momento de Mary Tribune, Carlos Barral ya escribía Años de penitencia, el primer volumen, y el mejor, de sus extraordinarias memorias, José Donoso acababa de publicar nada menos que El obsceno pájaro de la noche y ya planeaba Casa de campo, que salió varios años después, Terenci Moix escribía sobre su mitología cinematográfica, la cual, me parece, daría sus mejores libros, y se decía a punto de publicar la también valiosa El sexo de los ángeles, que tardó veinte años en ver la luz, Gil de Biedma anunciaba los pocos poemas que le faltaba por dar a la luz en una obra escasa y perfecta, mientras que la mucho más vieja Rosa Chacel diseñaba todavía muchos nuevos libros, Ana María Matute contagiaba a la Moix su entusiasmo por Olvidado rey Gudú, que no terminaría hasta veinticinco años más tarde, y Max Aub enseñaba la rabia, melancolía e incomprensión con la España reencontrada tras treinta años de exilio, y que luego atravesaría ese diario amargo que es La gallina ciega… Solo Dalí es tratado con desdén y simplismo en el libro, a partir de un encuentro en el que despliega su egolatría maleducada y teatrera. Y, ay, Vargas Llosa y García Márquez proclamaban su indestructible amistad, la misma que al año siguiente terminaría para siempre a trompadas y que convertiría el ensayo del primero sobre el segundo, García Márquez. Historia de un deicidio, en un título mítico e inencontrable a lo largo de casi cuarenta años.

Pero es la muerte el factor que me asaltaba al paso constantemente en esta nueva visita a 24 x 24. He contado, y creo que sólo seis de los veinticuatro protagonistas del libro viven todavía, una triste cuarta parte. Los demás han muerto, y el recuerdo muy exacto, sobre tantos de ellos, de lo que publicaron al correr de los años, o de cómo los fui leyendo, incluso de aspectos de su vida que entonces no podía ni sospechar y que hemos conocido tras su muerte gracias a testimonios muy sobresalientes, tiñe esta apresurada relectura de nostalgia y pesar. Este libro no es en 2014 el que fue hace tantos años, y, claro, yo tampoco.

07 marzo 2014

Celine y los consejos para la mujer

No conocía la revista Clara, del grupo editorial RBA. Ahora sé que es una revista dirigida a las mujeres, con secciones de moda, belleza, nutrición, salud, hogar y cocina. Píldoras, textos breves, todo consejos: actualiza tu armario por muy poco, las claves para estar más guapa de la A a la Z, pequeños gestos que dañan tu piel, alimenta tu pelo desde dentro (??), cincuenta ideas para multiplicar el efecto de una dieta, recupera tu energía en quince días y sin fármacos…

De todo esto me he enterado porque vi en enero en un escaparate que con la compra de la revista regalaban un libro. Y no cualquiera: nada menos que De un castillo a otro, de Louis-Ferdinand Celine, el genial escritor francés, médico, antisemita, colaboracionista con los nazis, un prenda. Mal tipo, pero gran escritor, aunque no apto para todos los públicos, ni mucho menos.

El verbo incendiado de Celine, sus furiosas imprecaciones, su voz torrencial y rabiosa y victimista y misógina, una voz que en este libro desorienta al lector que no conozca episodios de su vida, en especial lo que le sucedió a partir de 1945, ¿cómo ha podido pensar algún cráneo privilegiado del marketing que podría casar con una revista como Clara? Ya sé que la editorial RBA publica demasiado, y que debe de tener almacenes llenos de libros invendidos a los que quiere dar salida. Pero el matrimonio entre este libro y la revista es de aurora boreal.

Eso sin contar con que la lectora que adquiera el pack y comience De un castillo a otro se va a encontrar en la primera página con estas palabras de Celine: ¡el parloteo de las mujeres es soberano!... los hombres chapucean leyes, las mujeres se ocupan de cosas serias: ¡la Opinión!... ¡la clientela de un médico está hecha por las señoras!... ¿no las tienes a tu favor?... ¡pega un salto y échate al agua…! ¿tus señoras son débiles mentales, rebuznan de idiotez?... ¡mejor que mejor! ¡Cuánto más limitadas, más zopencas, más rematadamente estúpidas, más poderosas son!

04 marzo 2014

Memoria a dos voces

Dejé otro libro a medias porque me estaba aburriendo pero sobre todo porque me apetecía leer, sin más dilación, El invitado amargo, de Vicente Molina Foix y Luis Cremades. Dos hombres, en 1981, uno de treinta y cuatro años, el otro de apenas diecinueve, inician una relación amorosa. El mayor, Molina Foix, es un escritor ya para entonces de cierto prestigio, con varias novelas publicadas y elecciones literarias e intelectuales bastante consolidadas, todo lo promiscuo sexualmente que ha querido hasta ese momento pero sin ningún enamoramiento poderoso en su historial. El joven, Luis Cremades, está empezando en muchos terrenos: el sexo, la literatura, la sociología, las nuevas amistades que su llegada a Madrid y sus andanzas con Molina Foix y otras personas (otros amantes, con frecuencia) le van abriendo. Es un joven ávido de saber y vivir, que tantea y duda, inmaduro y brillante, inseguro y cortante.

La relación amorosa entre estos dos hombres dura menos de dos años y está plagada de enfados, rupturas y reconciliaciones. Molina Foix se descubre celoso (los celos son ese “invitado amargo” del título, en expresión de Shakespeare), y siente una rabia inocultable cuando su proyecto de una relación amorosa sólida y estable, casi matrimonial, en la cual él ejerza de modo natural un magisterio, tropieza con el desorden instintivo y las ansias de libertad de su joven amante, incómodo en un pacto que a él en ese momento le viene grande. El joven Cremades quiere estar cerca de Molina Foix y aprender de él, desde el primer momento aprecia lo mucho que recibe en la relación; pero inseguro, contradictorio, pobre, curioso en todos los sentidos y con ganas de comerse la vida a dentelladas, no está preparado para acomodarse sin más a los dulces proyectos de su amante.

El libro avanza en el contrapunto de los dos narradores, de dos voces que se complementan relatando, pero que también muestran a veces, inevitablemente, divergencias. Estas también aparecen en el tono. Mientras Molina Foix exhibe, y mucho más a la altura de 2013, un estilo maduro, preciso, elegante, siempre bien encadenado, la narración de Luis Cremades tiende a ser, en tono pero también en ritmo, más cortante, más ajustada lingüísticamente al caos vital, a una vida a la postre más difícil, azarosa y desordenada.

Diferencias de tono y ritmo que responden a estilos de escritura diversos, pero también a la disparidad de sus vidas. Y es que el libro no se limita a la rememoración del amor de principios de los ochenta, sino que se prolonga, con diferentes episodios, hasta nuestros días. Y ahí el contraste entre lo sucedido a los dos antiguos amantes no puede ser más estridente. El coqueto Molina Foix parece vivir (al menos es lo que nos cuenta) desde entonces un camino sin grandes sufrimientos ni sobresaltos, sin amores intensos pero con buenos acompañantes, en una andadura creativa perfectamente sostenida y laureada. Sólo la muerte de su madre o la de amigos como Vicente Aleixandre o Juan Benet, o su elección como Caballero Porta-Estandarte en 1990 en el Misteri de Elche, su ciudad natal (“el honor que más satisfacción me ha producido en la vida”), le trastornan, siquiera sea episódicamente.

Bien distinto es el trayecto de Luis Cremades, a quien zarandean accidentes vitales de toda clase: cambios de domicilio (en una errancia sin fin) y de dedicación profesional y situación económica, relaciones sentimentales y sexuales variadas, intermitentes afanes literarios, y, en fin, problemas graves de salud, los cuales, a la postre, condicionarán crudamente su existencia y se convertirán en otro “invitado amargo”, más cruel que los celos.

Una biografía agitada y dolorosa la de Cremades. En sus cambios de fortuna se transparenta el ansia feroz del grupo generacional que pagó un precio muy alto por vivir en el riesgo. Cremades todavía aguanta con su maltrecha salud, y es capaz de escribir páginas tan magníficas como las de este libro, pero amigos suyos como el también escritor Leopoldo Alas, y muchos otros, se quedaron en el camino por no transigir con los imperativos de la vida “madura” y “sensata”, por pelear hasta el fin pertrechados con la rabia y el libertinaje que tan prometedores parecían en los años ochenta.

“Mi amor por Luis fue un amor sin resguardo, el más cierto, el más excitante y desequilibrante de mi vida, y, pese al devenir de dos años felices y tormentosos, el más perdurable. Del suyo no puedo más que especular, dudar, creer”. Así resume Molina Foix el nervio vital de este libro. Dos vidas, dos hombres muy diferentes pero que nunca dejaron de recordarse, que con su breve relación sellaron un vínculo discontinuo pero profundo, si bien sólo en la madurez esa ligazón ha limado las aristas más hirientes.

Dejo de lado otra vertiente esencial del libro, el relato desinhibido de varias peripecias de escritores que se cruzaron en la vida de estos actores principales: Aleixandre, Savater, Lourdes Ortiz, Juan Benet, Emma Cohen, Umbral, Luis Antonio de Villena. Sobre todos ellos aportan, casi siempre Molina Foix, anécdotas y reflexiones bastante jugosas, algunas sumamente aceradas. En cualquier caso, y para los que apreciamos cada día más los libros que trabajan sobre la memoria, este libro es un alimento de primera calidad.

23 septiembre 2013

Nada nos pertenece

Mi padre salió de casa por su propio pie, el lunes 26 de agosto, y ya no volvió. No volverá nunca al piso en que ha vivido los últimos cincuenta años. Ese día me cité con él a las nueve de la mañana en la puerta del centro de salud de la Milagrosa, y mientras esperábamos a que nos tocara la consulta aún hicimos algunos comentarios banales.

Pero en veinte minutos estaba en Urgencias del hospital. Le operaron de urgencia de una obstrucción intestinal, y le pronosticaron una rápida recuperación. Pero dos días después sufrió un ictus, y en ese momento arrancó un vertiginoso deterioro que nueve días más tarde terminó con su muerte.

Esos nueve días mi padre osciló entre la angustia y desazón por la insuficiencia respiratoria que se le había disparado y que le extenuaba, los penosos esfuerzos por comunicar sus demandas, ya que con el ictus su voz descendió al nivel de un susurro apenas inaudible, y la perplejidad con que verificaba que los nuevos problemas que aparecían a diario le transformaban en un enfermo cada vez más sufriente. Sólo la morfina, catorce horas antes de morir, alivió y disimuló el desastre que su cuerpo expresaba.

Mi padre apreciaba mucho su independencia, y había conseguido alcanzar los ochenta y siete años en una libertad muy gustosa. Aunque muy sociable y jovial, en especial con aquellas amigas y vecinas con las que podía quitarse el traje de padre formal, casi circunspecto, no tenía ningún temor a la soledad, incluso cuando se quedó viudo. Disfrutaba en casa del periódico, del café y los frutos secos, de las películas del oeste y el fútbol, e incluso, hasta un año antes de su muerte, de las horas de ensayo con el saxofón alto que había aprendido a tocar en su pueblo casi de niño y que le ayudó no poco a mantener a la familia en varias épocas. En el piso ha quedado un montón de cintas de casete que se grabó tocando boleros, jotas y valses. Además escribía: recuerdos del pueblo, de la gente que había conocido, de su vida de músico. Escribía mucho y a la diabla, en papeles que luego revolvía con fotografías, facturas y recortes de periódico.

Ese mañana del 26 de agosto mi padre dejó su piso atiborrado, desordenado, con mil papeles y enseres por aquí y por allí, casi convencido (y digo casi porque los días anteriores un leve temor lo acosaba, al haber perdido su tradicional buen apetito) de que en un rato retornaría para desayunar y leer la prensa. Seguro que si se hubiera sentido seriamente enfermo habría sido más cuidadoso antes de abandonar el domicilio.

El otro día decía el escritor Juan Pedro Aparicio, sobre su habitación de trabajo algo que, me parece, se puede aplicar a una casa entera, al piso de cualquiera: “De un tiempo a este parte tengo una fuerte conciencia de que nada de lo que me rodea me pertenece, pues todo quedará cuando ya no esté. Y así, este lugar, estas cuatro paredes que consideré tan mías, que hasta me parecieron yo mismo, empiezo a sentirlas como ese autobús del que uno se baja tras hacer un recorrido entre paradas”.

Ahora nos queda a sus hijos el esfuerzo de desbrozar lo que merece la pena y no entre lo mucho que ha dejado mi padre. Ya nada le pertenece. Él vivió muchos años en ese piso, pero se ha muerto dejando todo abandonado, en el apresuramiento del que piensa que ya habrá tiempo para volver a sus pertenencias, para revisarlas y depurarlas, para dejarlas bien ordenadas, en perfecto estado de revista.

24 julio 2013

Gratis total

Escucho este último mes con insistencia Lobos sin dueño, una antología en tres cedés de los mejores temas de Pablo Guerrero. Disfruto con este cantautor desde hace cuarenta años, cuando, preadolescente -un poco raro, la verdad-, conocí el LP que incluía el mítico A cántaros, un vinilo que machaqué tanto que dejé para el arrastre. Ahora, a sus casi sesenta y siete años, la voz de Pablo Guerrero es apenas un hilo ronco, un hilo que se quiebra con frecuencia y tiene vedados muchos registros. Así que el músico Luis Mendo, en funciones de arreglista, ha optado en esta selección por respetar, en muchísimos cortes, la voz del cantautor extremeño tal como se recogió en las grabaciones de estos cuatro decenios, y mezclarla ahora con nuevas bases instrumentales. Este compromiso limita las posibilidades de Mendo. Impide, sobre todo, que las canciones más antiguas sean renovadas radicalmente, cantadas de otros modos o con otros ritmos. Pero peor hubiera sido forzar a Pablo Guerrero a interpretarlas con su voz actual, que da para muy poco, y que sólo se acomoda bien a sus últimas composiciones, ideadas ya en función de sus posibilidades vocales presentes.

30 euros me ha costado el estuche de Pablo Guerrero. Los he pagado con gusto, porque algo de ese dinero, espero, terminará llegándole al músico y (magnífico) poeta. El mundo de la cultura vive tiempos terribles, y me temo que a Guerrero le saldrán ahora muy pocos recitales. Así que, más en esta situación, piratear su música, bajármela gratis, me hubiera parecido como robarle a un músico callejero el dinero que la gente le ha ido echando en el estuche de su instrumento. Bien sé que Warner, la disquera que distribuye este recopilatorio, retendrá un buen porcentaje. Pero quiero que cobren algo Guerrero y todos aquellos que han intervenido, empezando por el gran Luis Mendo, el viejo músico de Suburbano. Y el todo gratis instalado hoy en el acceso a la música grabada no veo cómo puede ayudar a estos artistas a que obtengan algún ingreso por su esfuerzo. ¿Están obligados muchos músicos viejos, para sobrevivir, a subirse a un escenario aunque les fallen las fuerzas, ya que nada deben esperar de sus grabaciones?

Todo gratis, acceso universal y libre a la cultura. Engañiflas, bellas palabras que encubren la pillería del que, simplemente, puede arramblar gratis con algo y lo hace, al margen de cualquier otra consideración. Muchos quieren teorizar este proceder, y por tanto justificarlo. Ya.

22 julio 2013

Kate Atkinson

Para las vacaciones, por pocos días que sean, uno fabula grandes planes. Mientras se trabaja siempre falta tiempo para leer con calma y profundidad. Pero entonces se transita de un libro a otro de forma nada conflictiva. Los hay que resultan maravillosos y los hay que resultan un fiasco. Normal. Pero en vacaciones uno quiere acertar de pleno, y hacerlo además con esos libros densos, incluso físicamente voluminosos y pesados, que no pueden leerse tirados sobre un sofá o hamaca, sino sobre una mesa, y que durante el año han sido relegados en favor de lecturas más breves (que no más ligeras, o no siempre).

Cuando llega el momento de la verdad las cosas no son tan sencillas: hace demasiado calor, la pausa vacacional siempre la manchan algunas pejigueras domésticas, brotan las dudas, uno no sabe qué leer primero, y puede que justo en ese momento los libros más extensos y duros se resistan, o se empiece con ellos pero a lo peor se hagan cuesta arriba.

En ese estado de ánimo un tanto desazonante, un día de muchísimo calor y tras dos arranques de ensayos que no acababan de engancharme, choqué con una novela comprada hace tiempo a sugerencia de mi amiga B. Ella trajo a colación un día el nombre de Kate Atkinson, novelista inglesa que no me sonaba de nada.

Descubrí que casi todos sus libros —que no son muchos— estaban traducidos, incluidos los cuatro que ha escrito sobre policías, detectives y asesinos (los dos primeros en la editorial Circe y los más recientes en Lumen). Son novelas criminales, estas cuatro, de lectura adictiva, pero con una altura literaria que desborda las fronteras del género. En todas ellas la autora mueve a muchos personajes, urde varias historias entre las que poco a poco descubriremos sus conexiones. Y en todas el pasado de los personajes continúa invadiendo su presente. Porque en los tiempos pretéritos sus familias fueron cualquier cosa menos felices, y hay demasiados muertos reales y metafóricos mal enterrados en la memoria, niños que quedaron marcados de varias maneras, dolores antiguos que siguen atravesando las pieles más resistentes, asuntos que no se cerraron o lo hicieron en falso y que en el presente de la historia se convertirán en bombas que acaban explotando.

En las cuatro novelas el hilo conductor es el detective Jackson Brodie. Pero un rasgo que distingue las tramas de Atkinson de las de otros cultivadores del género es que Brodie no coloniza todas las historias. Al contrario: su presencia casi nunca es decisiva, o lo es sólo en momentos muy específicos. El detective se integra en el tapiz narrativo como uno más en el vasto mundo de conflictos afectivos y sociales al que accedemos. A Brodie, que aporta sus propios traumas y perplejidades, las cosas no le salen muy bien, y su imagen dista mucho de la del detective omnipresente y sagaz que protagoniza tantas novelas negras.

De las cuatro novelas, la mejor es, creo, la primera que he leído, Esperando noticias. Pero las otras tres, Expedientes, Incidentes, y la última, publicada este mismo año, Me desperté temprano y saqué al perro, se inscriben igualmente en la mejor tradición inglesa de las novelas psicológico-policiales, una rama literaria en la que, en tiempos, aprecié mucho ciertos títulos de Ruth Rendell, autora muy prolífica pero en sus mejores momentos nada menor.

He vuelto al trabajo. He dejado sobre la mesa libracos que deberán seguir esperando, al menos hasta agosto, cuando pueda pillar más días de asueto. Pero no me arrepiendo de haber dedicado una semana a las novelas de Kate Atkinson. Ricas, complejas, llenas de detalles inteligentes, de personajes poderosos y muy bien matizados —los niños, por ejemplo, siempre son magníficos—, de conflictos nada sencillos, de referencias a ese pasado inglés de los sesenta y setenta que tanto me interesa… Bueno, al final no han sido días desperdiciados, qué va.

02 julio 2013

Remordimiento

El sentido de un final, de Julian Barnes, cuenta la historia de un hombre nada especial. Anthony (Tony) Webster es relativamente culto y ha tenido en la vida un buen pasar, pero él mismo se conceptúa como no demasiado brillante ni perspicaz. En su primera juventud, años sesenta, sufrió por su torpeza con las mujeres. Ese tiempo, para él igual que para muchos más, no fue el de gran liberación, sino todavía el de las dificultades de relación y la penuria sexual. Por suerte, Tony no ha sido un hombre arrebatado, de extremos emocionales. Lo ha protegido su robusta capacidad para sortear grandes decepciones y tormentos, para desenvolverse en las zonas templadas del sentimiento, al abrigo de dolores intensos. Pero en la jubilación debe padecer la rememoración parcial, confusa, intrigada y a la postre preñada de remordimientos de ciertos episodios de aquella lejana juventud.

Dos motivos recorren este narración y desencadenan la aflicción y el malestar del protagonista: la escasa fiabilidad de nuestra memoria y la deficiente comprensión de lo que nos sucede. En la primera parte Tony Webster resume los hechos esenciales de su juventud, incluidos aquellos que, pasados cuarenta años, comprobaremos que exigen una revisión. Porque ni la memoria acredita una gran solvencia ni, lo que es más grave, Tony interpretó adecuadamente las relaciones con sus amigos o con su novia de entonces y la familia de ésta. Un joven inseguro, acomplejado, resentido y torpón difícilmente podía captar con justeza el entramado de relaciones en que vivía, y por tanto mal podía responder con la suficiente amplitud de miras.

El problema es que la imagen que se ha forjado Tony Webster de sí mismo como alguien moderadamente dichoso, tranquilo, al que nada conturba en demasía, salta por los aires al enfrentarse a su conducta de cuarenta años antes, cuando enseñó ante su novia y el amigo más admirado un rostro «agresivo, celoso y maligno». Tal vez sofocado por el resentimiento y la inseguridad, escribió cosas que ahora le remuerden vivamente y le hacen reconocer que «mi yo más joven había vuelto para abochornar a mi yo más viejo con lo que aquel había sido, o era, o en ocasiones era capaz de ser». Con el agravante de que Tony comprende que entonces sus palabras no pudieron ser más hirientes y premonitorias. Y esa constatación lo desestabiliza: «La misma acción de nombrar algo que posteriormente sucede —de desear un mal específico, y que ese mal acontezca— produce todavía un escalofrío de otro mundo». De ahí su intenso remordimiento.

Reconocer que en la historia que se había contado de su propia vida (a sí mismo y a los demás) había «astutos cortes» produce en Webster otro grado de remordimiento más corrosivo y hondo. Y es que le obliga a repensar la versión plácida, abundante en pequeños placeres y carente de grandes dolores, que se había construido de su propio acontecer. El resultado del nuevo examen no puede ser más desolador: «Yo renuncié a la vida, desistí de estudiarla, la tomé como venía. Y así, por primera vez, empecé a sentir un remordimiento más general —algo entre la compasión y el odio a mí mismo— por toda mi vida. (…) Había querido que la vida no me molestara demasiado, y lo había conseguido; y qué lamentable era. (…) Una medianía era lo que había sido desde que dejé el colegio. Una medianía en la universidad y el trabajo; una medianía en la amistad, la lealtad, el amor; un mediocre, sin duda, en el sexo». No es extraño que Anthony Webster termine su historia hallando en sí mismo «desasosiego, un gran desasosiego».

He leído con pasión esta novela de Julian Barnes. Me he dejado llevar por su serena fluidez, por su agudeza a la hora de interpretar nuestros motivos y actos. Barnes es un grande de la novela —he admirado muchas suyas anteriores—, pero navega también con comodidad por el ensayo y la filosofía, y en sus novelas (buenas historias, eso siempre) tal unión de registros está muy bien engastada.

Pero hay algo más importante y profundo. Por encima o debajo de cualquier examen de sus méritos literarios, todos los lectores encontramos de tanto en tanto novelas que nos tocan algún nervio vital. Esta ha sido para mí una de ellas.