21 mayo 2013

Los premios, para los amigos

En 1944, al escritor Ignacio Agustí, miembro del núcleo originario de la revista Destino y de la editorial del mismo nombre, se le ocurrió que sería bueno crear un premio que estimulase la escritura de novelas en castellano. Tuvo que vencer ciertas resistencias, porque no todos los miembros de ese grupo de Destino lo veían claro —Josep Vergés, el gerente y hombre clave en la editorial y en la revista, era un tacaño reconocido—, pero al fin nació el premio Nadal, llamado así en honor de Eugenio Nadal, redactor jefe de la revista muerto aquel mismo año. Agustí redactó en solitario las bases del premio y en agosto la revista lanzó la primera convocatoria, con una dotación de cinco mil pesetas y la fecha en que se haría público el fallo: la noche de Reyes del año siguiente.

Residía entonces en Sitges César González Ruano. El escritor, renombrado sobre todo por su faceta de articulista de prensa, había retornado a la España franquista después de un periplo de diez años por distintos países europeos no exento de episodios muy turbios. González Ruano, que coqueteaba, zalamero, con la gente de Destino porque quería publicar en la prestigiosa revista, se enteró de la convocatoria del premio y comenzó a escribir rápidamente una novela, convencido de que las cinco mil pesetas iban a ser suyas. Es más, comenzó una campaña, poco sutil, de extensión de la especie de que ya era prácticamente seguro su triunfo. Ninguno de los cinco miembros del jurado, cuenta Agustí en sus memorias, le había prometido nada, pero él propaló, incluso entre la gente de Sitges, el rumor de que su novela, escrita a la diabla, y engordada con líneas y más líneas de diálogos banales, contaba ya con el premio. Él tenía una trayectoria conocida detrás, llevaba muchos años escribiendo, su novela transcurría en el mismo Sitges, y la escribía a la vista de todos en un café del pueblo costero. ¿Quién tenía más títulos para alzarse con el galardón?

Los originales fueron llegando a Destino, y el día en que terminaba el plazo llegó el último de los veintiséis recibidos, el de una chica desconocida, Carmen Laforet. Su novela Nada entusiasmó a Agustí y a otros miembros del grupo y decidieron premiarla. Así se proclamó en la cena del seis de enero de 1945, la primera de una historia que llega hasta hoy mismo.

Al día siguiente, Ignacio Agustí pensó que debía cumplir un incómodo trámite: explicar a González Ruano lo sucedido, y los méritos que adornaban a la ganadora, Carmen Laforet. El escritor, como era previsible, los recibió furioso y enseguida lanzó sobre Agustí y Rafael Vázquez Zamora, que lo acompañaba, toda su rabia por haber sido relegado en beneficio de una primeriza, “esa señorita Pastoret o Mistinguet o Espinet”. Debemos, dijo:

estar entrando en la era gloriosa de la féminas que escriben. ¿Y escribe tan gloriosamente esa jovencita para que su obra prevalezca sobre la de autores consagrados, que llevan años rompiéndose los cuernos para escribir libros, que tienen los artículos por millares, con la audiencia de centenares de lectores? Díganme: ¿la obra premiada merece el bofetón público que acaban de darme?

No había argumento que calmase a González Ruano, imposible. Pero su enfado alcanzó el punto culminante cuando Agustí le pidió que antes de seguir bramando leyese la novela de Carmen Laforet. Era, le aseguró, sobresaliente, excepcional. González Ruano explotó:

Pero ¿es que no sabéis que en España, desde tiempo inmemorial, los premios se han dado siempre a los amigos? ¿Es que estamos soñando? ¡Dónde se ha visto que un premio sea para el que nos parezca mejor! Los premios se dan a los amigos, se convocan para los amigos, y así será siempre, afortunadamente. ¡Adónde iríamos a parar! ¿Es que pretendéis cambiar los hábitos del país? ¡Aviados estáis! ¡Pues estaría bueno…!

¿Por qué recuerdo esta historia? Pues porque me ha venido a la cabeza con frecuencia desde que la leí en las memorias de Ignacio Agustí, Ganas de hablar. He participado en varios jurados de premios, casi todos en el ámbito de la provincia, y en ese espacio, donde el conocimiento, el trato y la vigilancia mutua son más estrechos y pegajosos, he encontrado más de una vez enfados como los del escritor madrileño. Y no sólo brotaban, tras la concesión del premio, en concursantes con solera, preteridos por ganadores a los que despreciaban, gentecilla que no podía lucir galones como ellos. Hasta ahí, todo normal. Lo incómodo es que la postura de González Ruano la defendieran en las deliberaciones, con más o menos explicitud, otros miembros del jurado que acudían con su decisión tomada en virtud de similares prejuicios, pactos, compromisos o conveniencias. Sólo les faltaba a esos jurados un detalle: el desparpajo de González Ruano, su carencia desacomplejada de frenos hipócritas.

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13 mayo 2013

De mierda

Hace unos días disfruté un buen rato con Jesús Pagola, el mejor encuadernador artesano que conozco en mi ciudad, un maestro en su oficio. Jesús es metódico, riguroso y detallista hasta el extremo, lleno de amor por su trabajo, lo que se advierte cuando mima los objetos que maneja con suma habilidad, o pondera morosamente, a quien se acerca a su taller, papeles, cartulinas o telas que emplea. He visto unos cuantos trabajos de Jesús Pagola, y le he encargado otros, y sus encuadernaciones especiales, siempre de acabado perfecto, otorgan a los libros que él viste con nuevos ropajes una presencia delicada y magnífica.

Jesús me citó para regalarme “un ejemplar de su libro”. ¿De qué libro, pensé? E imaginé una edición fastuosa de algún texto de otro autor. Pero no: el libro está escrito por el propio Jesús Pagola, lleva el título y subtítulo de El retrete. Estancia poética y contiene un conjunto de poemas jocosos, quevedescos, sobre, digamos sin ambages, la mierda y el cagar. Con estricta sujeción a los principios de la métrica (me dijo que en su tiempo leyó con pasión la Métrica española de Antonio Quilis), Jesús ofrece en su libro décimas, sobre todo, pero también sonetos y otras formas, siempre relativas al zambullo y el acto defecatorio.

Casualidades de la vida, había comprado yo días antes un volumen recién publicado, La materia oscura. Historia cultural de la mierda, de Florian Werner, excelente, lleno de información y análisis sobre un acto indispensable para el mantenimiento de nuestro metabolismo, el de defecar, y sobre la materia que excretamos, la mierda. Werner comienza proporcionando datos básicos sobre la materia oscura, su composición y peso real y metafórico en el mundo, pero pronto se introduce en las formas históricas de tratar socialmente con ella, y por tanto en la construcción cultural y social de la vergüenza y del asco. Y es que no siempre y en todo lugar, ni mucho menos, ha provocado la mierda las reacciones que motiva hoy en nuestras sociedades. Es bien llamativo el estudio de las formas modernas, al compás del “proceso de civilización” que estudió genialmente Norbert Elias, de hacer cada vez más reservado (vocacionalmente secreto) y casi invisible un acto esencial para la vida de todas las personas de cualquier época, lugar y condición social. Hoy podemos decir que se han generalizado los sentimientos que una princesa francesa manifestó en 1694: “A los acarreadores, a los soldados de la guardia, a los portadores de litera, al pueblo de esta índole, se lo concedo. Pero: los emperadores cagan, las emperatrices cagan, los reyes cagan, las reinas cagan, el Papa caga, los cardenales cagan, los príncipes cagan y los arzobispos y obispos cagan, los curas y los vicarios cagan. ¡Admitámoslo!, ¡el mundo está lleno de personas repugnantes!”. Es decir, vergüenza y asco —lo cual, insisto, está lejos de ocurrir en todo el mundo—, pero también disolución del orden social jerarquizado e inmutable de tantos siglos.

Sin embargo, la mierda, omnipresente pero cada vez mejor escondida, ha dado lugar a muchas teorías y asociaciones. De la realidad de la mierda, o de sus extensiones metafóricas, han escrito los médicos, pero también los ingenieros, los curanderos y chamanes, los teólogos, psicólogos y psicoanalistas, los poetas y artistas de vanguardia. Por ejemplo, sobre cómo aprovecharla para curar enfermedades, o explotarla en el humor, o de sus vínculos con la religión y la demonología, o sobre su significado en el psicoanálisis freudiano o en el arte contemporáneo más provocador. De todas estas cuestiones se ocupa Florian Werner en su paseo intelectual, documentado, ameno y riguroso.

Como señala el ensayista alemán, «probablemente pocas cosas sean tan capaces de provocar hilaridad en nuestro círculo cultural como una cagarruta, un chiste acerca de una cagarruta o simplemente un pedo escuchado desde lejos, al menos mientras la caca, la broma o el pedo no se acerquen demasiado al que se está riendo y el marco social permita tal hilaridad». La tradición humorística siempre recuerda nuestro ser terrenal y mortal y destruye cualquier seriedad dramática: no hay drama, como dice Werner, en el que los personajes interrumpan sus cogitaciones dolorosas para echarse un pedo o ir a cagar. Esa acción desliza el tono sin remedio hacia lo cómico o grotesco, y rebaja con deliberación varios grados a los humanos.

En esa tradición humorística se inscriben los poemillas de Jesús Pagola. En la literatura española sobran antecedentes de su empeño, desde los gloriosos como Quevedo a los de cualquier anónimo con ganas de ridiculizar o injuriar. Jesús Pagola sólo pretende divertirse y divertirnos; eso sí, recordando que, por mucha vergüenza o disimulo que gastemos, aquí se trata de algo en lo cual, literalmente, nos va la vida.

Mientras tengas buena mierda
que sacar el culo pueda,
todo irá como la seda.
Tenlo presente y recuerda
si no quieres que sea lerda
tu existencia como humano;
pues si quieres estar sano,
ten en cuenta que en tu vientre,
todo aquello que entre
debe salir por el ano.

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08 mayo 2013

Escribir (o no)

Gracias a los enlaces que coloca el náuGrafo, llego al excelente blog de Miguel Angel Hernández, de quien yo también estoy leyendo Intento de escapada. Y me gusta mucho su última entrada por el momento, Una vestidura incómoda, en particular por el empeño que (de)muestra de escribir, escribir, lo que sea, “no importa el contenido. Sólo escribir. Poner palabras una detrás de otra”. Yo no he publicado ninguna novela interesante, como sí lo es la de Hernández, y por la cual, presumo, anda de aquí para allá en tareas promocionales. Pero también me ha faltado tiempo en la última quincena para llegar a este blog, y no quiero pararme de nuevo, abandonar unos meses otra vez, dejarlo dormido de nuevo. Aunque, recurrentemente, han influido en el silencio, además, las dudas paralizantes, esa sensación que me asalta con frecuencia de que otros ya han dicho mucho mejor, infinitamente mejor, cualquier cosa que yo pueda apuntar en este ángulo.

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Por ejemplo: En abril tuve dos excelentes lecturas (entre otras decepcionantes), propuestas por la tertulia de Barañain: la enésima de Los muertos, el relato de Joyce, que en su brevedad es inagotable, y Los enamoramientos, de Javier Marías, que me hubiera gustado que en lugar de cuatrocientas páginas hubiese tenido mil o dos mil. Y pensé en escribir sobre el peso de los muertos en las dos historias, sobre las actitudes y reacciones de los vivos ante los fallecidos: olvidar, superar, aliarse con el tiempo, o quedarse anclado, atrapado en la ciénaga del dolor. Incluso me entusiasmé un día con unas páginas de Jon Juaristi sobre el relato de Joyce, y la relación entre los muertos, el nacionalismo irlandés, las voces ancestrales que tiran de los vivos para atraparlos y la angustia de Gabriel cuando descubre que no tenía ni idea de los verdaderos sentimientos de su mujer, del auténtico peso en la vida de ella de las voces ancestrales. Pero luego pensé que mejor callar, que sobre eso, o sobre lo que morosamente desmenuza Díaz-Varela, el personaje de Marías, a propósito de los muertos y los vivos, hay ya mucho escrito, y que nada interesante podría añadir yo; o que, en en el mejor de los casos, pergeñar algo no totalmente inane me llevaría mucho tiempo y esfuerzo. Después comencé En la orilla, la novela de Chirbes. La dejé en la página cuarenta, al menos por ahora, y dudo mucho de que vuelva a ella. Pero me ha sucedido lo mismo: explicar mi rechazo exigiría un análisis que ahora no puedo afrontar. Así que estamos igual: silencio. Y, al mismo tiempo, necesidad de escribir, de no abandonarme, de, al menos, apuntar algo. Lo que sea.

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19 abril 2013

Con Schopenhauer

Se me pasó el rato, tan ricamente, leyendo una pequeña obra teatral del siempre admirable Fernando Savater, El traspié. Una tarde con Schopenhauer. (Qué pena que su novela del año pasado, Los invitados de la princesa, tuviera escaso eco, con lo entretenida y aguda que era.) El traspié lo recordaba bien de hace años en la televisión pública, cuando era frecuente que se produjeran programas así, nada menos que una breve comedia filosófica. Pero leerla es otra cosa, en particular porque Savater hace un teatro de ideas en el cual, aprovechando en buena medida textos propios del filósofo, despliega ironía y gracia en los diálogos, en las réplicas y contrarréplicas. Brillan los conceptos, los argumentos sobre cómo vivir, los destellos magníficos sobre la fama, la vanidad, las mujeres, el matrimonio, la política o la muerte. Eso sí, es teatro, y por tanto nada de largos parlamentos o de argumentos como conferencias. Todo es ligero, rápido, chispeante, encantador, y el autor se las ingenia para introducir puntos de acción, de juego dramático e incluso de enredo erótico.

Pero comparece en la obra, claro, el pesimismo sin fisuras de Schopenhauer. El itinerario del hombre en este mundo, dice el filósofo, arranca de un traspié, «como si al entrar en la vida hubiésemos dado un paso en falso cuyas fatales consecuencias fuesen haciéndose paulatinamente más y más obvias. Salimos al escenario trompicando, hacemos esfuerzos por conservar el equilibrio, damos bandazos desordenados, nos tambaleamos más y más hasta caer finalmente para no levantarnos». He aquí el resumen de nuestra vida: «hermosa para ser contemplada pero no para ser vivida. El paisaje más bello nos encanta porque lo miramos desde fuera, como un decorado; pero el mundo no es un diorama: cada ser de los que viven en ese paisaje pasa penurias y arrostra esfuerzos, lucha, sufre, envejece y muere».

El traspié me ha parecido un sencillo pero sabroso aperitivo de entrada en la lectura de Schopenhauer, un filósofo que siempre concibió su filosofía como un edificio sólidamente cimentado en su primera gran obra, escrita con menos de treinta años (El mundo como voluntad y representación), pero de quien hoy se lee, al menos en fragmentos, parcialmente, su producción posterior. No creo que, por desgracia, casi nadie, salvo los profesionales del ramo, lea la fundamentación metafísica que está en su obra citada, pero sí mantiene gran vitalidad lo que escribió sobre la ética y, más en concreto, sobre cómo conducirse en la vida –y que para él se hallaba en íntima relación con el basamento contenido en su obra de juventud-.

En ese terreno Schopenhauer es de una fuerza y modernidad sorprendentes. Sus aforismos sobre el arte de saber vivir, y en general los ensayos contenidos en Parerga y Paralipomena, siguen reeditándose sin tregua, y pueden leerse como si estuviesen escritos hoy mismo; incluso toda la publicística de la autoayuda los saquea sin miramientos. Y eso que Schopenhauer es un autor nada blando o complaciente con muchas de las opiniones contemporáneas. Sus juicios son contundentes, su pesimismo sin fisuras, su mirada sobre la mayoría de los humanos feroz y despiadada, su elogio de la soledad y de la autodeterminación personal encendido, y su escepticismo y conservadurismo políticos desacomplejados. Además, Schopenhauer no es que fuera misógino: es que sostuvo siempre ideas sobre la inmutable “naturaleza” de las mujeres que hoy chirrían con estrépito, por decirlo suavemente, y alguna vez aparecen en sus escritos otros datos que son, en fin, hijos de los tópicos de su tiempo, por ejemplo sobre los negros.

Al día siguiente de leer El traspié visité al religioso capuchino del que hablé en la entrada anterior. Y el runrún de la experiencia me hizo sacar del estante Biografía del silencio, de Pablo d’Ors, un librito sobre las enseñanzas vitales que este sacerdote católico y budista zen ha extraído de la práctica diaria de la meditación a la que se entrega desde hace varios años, una meditación que es para él escuela del silencio, del aprendizaje de la soledad, del autonocimiento y, en suma, del acceso a una nueva manera de vivir y de situarse ante el mundo.

Y resulta que me sorprendieron las relaciones que encontré entre d’Ors y Schopenhauer. El punto de partida de ambos no puede ser más distinto, porque en d’Ors hay dos fundamentos, dos fuentes principales de creencia, el catolicismo y el budismo, mientras que en el filósofo alemán hay, en primer lugar, un sistema filósofico muy articulado, y en todo caso, y en lo que ahora viene a cuento, sólo el budismo tuvo una clara influencia en él. Y no encuentro en absoluto en d’Ors ese pesimismo radical que en Schopenhauer es decisivo. Pero, tal vez por el venero común de la gran filosofía griega, desde Platón hasta el estoicismo, hay elementos esenciales comunes: desde la necesidad de cuidar el silencio (Savater incluye una graciosa diatriba de Schopenhauer contra el ruido, y el empeño de d’Ors no tiene enemigo mayor, desde el título de su libro, que el ruido), hasta elementos mucho más profundos, y en particular la necesidad de fortalecer un núcleo personal que resista cualquier afectación exterior. Las personas no pueden estar a merced de sus propias pasiones o gustos, o de lo que les acontezca en su vida, ni tampoco de lo que hagan o digan o les suceda a los demás.

¿Alcanzó Schopenhauer el éxito en este programa de vida? Esa es otra cuestión, mucho más espinosa y que daría para bastantes más líneas. De hecho, uno de sus primeros biógrafos, William Wallace, escribe, y aquí vuelvo a recordar a Pablo d’Ors, que la devoción del filósofo alemán por Buda «quería significar que sus miradas se dirigían hacia el Nirvana, e indicaba que, en medio de la amargura, falsa gloria y eogísmo a que le llevaban su escesiva sensibilidad, apreciaba una vida interior en el santuario donde, por lo menos, podía anhelar la eterna tranquilidad del sabio, que ‘controlando sus sentidos, tranquilo, desapasionado, preparado para sufrirlo todo, asentado en el éxtasis, contempla dentro de sí mismo al Yo que es intacto, inmortal, y está más allá del temor’. La amable sonrisa en la cara de glorificada renunciación de Buda fue su consuelo contra sus propias aunque arraigadas debilidades».

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12 abril 2013

De la vida retirada

Como queremos publicar el nuevo libro de un religioso capuchino, bajo con un compañero en transporte público al convento donde vive, el de Extramuros de Pamplona. Es un hombre mayor, incluso muy mayor, lo que acusa ya en el movimiento, en esos huesos y articulaciones que el frío y la humedad han castigado sin compasión este largo invierno. Pero su mente funciona despejada y su discurso es claro, perfectamente organizado. A sus años sigue dedicando casi ocho diarias a leer, transcribir viejos documentos y preparar sus artículos y libros. Lo hace en su propia habitación, que cumple además de despacho, pero también en la magnífica biblioteca y archivo del propio convento, o, si hace falta, y pese a su edad, en los muchos archivos que ha fatigado en la vida. Sus manos teclean torpemente en el ordenador, pero si uno deja de lado las erratas, sus escritos transmiten el saber hondo que sustenta cualquiera de sus afirmaciones.

Después de acordar los pormenores técnicos de la edición de su original, recorremos el archivo, la biblioteca y la iglesia del convento. Hay documentos, libros, grabados, óleos y un retablo de enorme belleza. El religioso se entusiasma ponderando lo que ojeamos. Todo está limpio, ordenado, silencioso. Lujos, ninguno. La calefacción está apagada en casi todas las estancias, los ordenadores son vetustos, las sillas nada ergonómicas, los muebles y la decoración espartanos.

Cuando salimos al fragor de la calle, sentimos físicamente el choque respecto al ámbito que acabamos de dejar. Viví quince años muy cerca de donde nos hallamos, y recuerdo con viveza el ruido, el tráfico, la excesiva vivacidad desordenada e inhóspita de ese enclave. Pero, ahí mismo, en el corazón de la zona, el convento parece una fortaleza de calma frente al estrépito de fuera, un mundo dentro del mundo.

Mientras caminamos hacia la parada del autobús hablamos de los aspectos seductores que tiene esa forma de vida para nosotros, y con mayor intensidad conforme nos vamos haciendo mayores: la quietud, el estudio, el silencio, la soledad imprescindible y gozosa (física, no psicológica), o la concentración, esa concentración que, decía un escritor, es la condición de posibilidad de la felicidad, porque concentrados estamos en lo que queremos estar, benditamente absortos, y en ese momento no queremos otra cosa, no nos falta nada, sólo queremos lo que en ese instante disfrutamos.

Sabemos que habría otros muchos factores a considerar en el caso concreto que hoy hemos conocido. Para empezar, la íntima vinculación de ese estilo vital con la experiencia religiosa. Y también, claro, y siendo más pedestres, con una determinada organización interna de la comunidad de religiosos que simplifica notablemente la vida de muchos de sus miembros y los descarga de las obligaciones domésticas para que se puedan dedicar sólo a la vida del espíritu.

Pero lo que surge enseguida en nuestra charla, y ya pensando en nosotros, es la eterna cuestión sin resolver de los deseos que nos siguen acosando (los que satisfacemos y los frustrados), el ansia de plenitud, las necesidades emocionales que no sabemos cómo colmar, y menos en esta vida moderna que ha multiplicado la oferta incitadora de experiencias “maravillosas”. Y de cómo todo eso nos empuja en la dirección contraria a la del modelo de vida que hoy hemos admirado. ¿El tiempo nos calmará y curará? ¿Sólo en la vejez dejaremos de lado la ansiedad y la insatisfacción, la búsqueda alocada de la felicidad, o nunca nos libraremos de los muchos compromisos, deseos, ansiedades e incordios en que vivimos atrapados, en que nos hemos atrapado voluntariamente?

Como muchos de mis contemporáneos, estaba convencido de que cuantas más experiencias tuviera y cuanto más intensas y fulgurantes fueran, más pronto y mejor llegaría a ser una persona en plenitud. Hoy sé que no es así: la cantidad de experiencias y su intensidad sólo sirve para aturdirnos. Vivir demasiadas experiencias suele ser perjudicial. No creo que el hombre esté hecho para la cantidad, sino para la calidad. Las experiencias, si vive uno para coleccionarlas, nos zarandean, nos ofrecen horizontes utópicos, nos emborrachan y confunden… Ahora diría incluso que cualquier experiencia, aun la de apariencia más inocente, suele ser demasiado vertiginosa para el alma humana, que solo se alimenta si el ritmo de lo que se le brinda es pausado. (Pablo d'Ors. Biografía del silencio)

08 abril 2013

Lecturas fallidas

El curso de los días de un lector voraz, o simplemente muy constante, no está jalonado tan solo de éxitos, experiencias lectoras inolvidables, libros adictivos, descubrimientos fastuosos. Qué va. En parte lo llena un rosario de lecturas fallidas, decepciones, esperanzas defraudadas. O, incluso, de libros que serán muy buenos, pero que, sencillamente, no son para nosotros: o por su tema, o por su forma de abordar éste, o por su género, o por lo que sea. Uno viene al blog, casi siempre, a dar cuenta de los entusiasmos. Pero no se olvide que, entre medio, la trama de la vida se ha llenado también de lecturas sosas, aburridas, irritantes, en ocasiones desalentadoras.

Admiro a quienes aciertan siempre. Son lectores que se enfrentan sólo a obras clásicas, indiscutibles, canonizadas por el juicio sostenido de varias generaciones. Eso les permite saltar de una obra maestra a otra sin mancharse. No pierden el tiempo, seleccionan invariablemente con tino, y todos los libros les proporcionan mucho provecho.

Bien que lo siento, pero no puedo sujetarme a su infalible y estricto criterio. Formo parte del grupo de los lectores que, devorados por una curiosidad omnívora, picoteamos un menú menos refinado. Atendemos en demasía a las incitaciones de la actualidad, a lo que encontramos en las mesas de novedades, a las recomendaciones de las revistas o suplementos, o de amigos bienintencionados. El resultado: nos damos batacazos de cuando en cuando y dilapidamos un tiempo precioso. Y lo peor es que no aprendemos con los golpes: seguimos dando crédito a juicios hiperbólicamente encomiásticos, a elogios de la última novedad que nos venden como sensacional y que luego, en nuestro verdadero sentir, no encontramos en absoluto de tal nivel, o en muy pequeña medida.

Eso me ha sucedido muchas veces, claro. Pongo tres ejemplos: no hago más que leer ditirambos sobre la última novela de Rafael Chirbes, que salió el mes pasado. No la he leído, pero las anteriores, incluida Crematorio, o La larga marcha, tenían fallos ostensibles, fragmentos tópicos, de cosa muy sabida. La última novela del ubicuo Patricio Pron, El espíritu de mis padres sigue subiendo en la lluvia, me pareció, salvo en su arranque, tediosa y oscura sin necesidad. Y la enormemente alabada El día de mañana, de Ignacio Martínez de Pisón, es digna y entretenida, pero no magnífica. Por desgracia podría extenderme mucho rato recordando lecturas decepcionantes de los últimos años.

El último chasco, y éste clamoroso: El club de lectura del final de tu vida, de Will Schwalbe. Me interesan mucho, de entrada, y ello por razones profesionales y personales, los libros que tienen que ver con la lectura, con las conversaciones sobre libros (que siempre lo son al mismo tiempo sobre la vida) y con el fenómeno de los clubes de lectura. Y, por lo que había leído en El País, el planteamiento de este libro, contar el cáncer terminal de la madre del autor y las conversaciones sobre libros que mantienen madre e hijo en ese tramo tan duro de la vida, parecía prometedor. El resultado arruina las promesas. Ni las referencias a las lecturas comunes de los dos personales superan casi nunca el nivel más sumario, ni lo doloroso de la situación abre la puerta a un relato vigoroso o profundo. Estamos ante un libro americano en el sentido más superficial del término, cercano a la enunciación de muchos tópicos bienintencionados y a la autoayuda más ramplona.

«Los libros siempre habían sido para nosotros dos una manera de sacar a colación y explorar temas que nos preocupaban pero que nos resultaban incómodos, y también nos habían dado temas de conversción cuando estábamos estresados o ansiosos», escribe, casi al principio del libro, Will Schwalbe. Y uno piensa: esto tiene buena pinta, hay que seguir leyendo. Lástima que, tras acabar el libro, el lector no pueda estar más que tristemente de acuerdo con algo que recuerda poco después: «Todos tenemos mucho más por leer de lo que podemos leer y mucho más por hacer de lo que podemos hacer». Sí, y perdiendo el tiempo con las lecturas fallidas se nos va la vida.

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04 abril 2013

Talento y poder de los maestros

Año 2007. En la Universidad Pública de Navarra se presenta un libro a los medios de comunicación. Como no estamos en verano —época muy apropiada para estas ruedas de prensa, ya que el vacío informativo y la necesidad de llenar páginas o noticieros incrementan, y mucho, la afluencia de periodistas—, tememos que acudan pocos a la de hoy.

La realidad supera a nuestras expectativas. Corren los minutos, pasa la hora anunciada de inicio del acto, y no ha venido nadie.

Cuando nos hallamos al borde de suspenderlo, aparece una periodista muy joven, sofocada por la prisa, y con cara de no tener ni remota noción del tema del libro o del curriculum del autor. Le han dicho que venga y punto. La prensa local no da para más.

Pero este autor no es de los que se arredran por tan mínima audiencia. Tras dos minutos de introducción del editor, toma la palabra. Desde el primer momento su discurso es claro, denso, repleto de datos y conclusiones.

Sólo que, si no se cuenta a las tres personas que asistimos por estar implicados en la edición del volumen, ya digo que su exposición se dirige a una periodista, una, quien, además de grabar sus palabras, toma notas sin pausa, inundada por el torrente de hechos y juicios que desparrama el autor.

Pasan diez, veinte, cuarenta minutos. El torrente prosigue, vigoroso, rotundo. Mi inquietud crece. La escena va adquiriendo tintes delirantes. La chica, con cara de agotada, sobre el minuto treinta ha dejado de escribir.

Miro al editor, que con un mínimo gesto parece compartir mi nerviosismo, miro al autor e inmediatamente al reloj, por ver si comprende que ya se han sobrepasado todos los límites temporales. Nada: está feliz, habla que te habla, siempre mirando fijamente a la joven.

A los cincuenta minutos, tan fresco y vital, atiende a nuestros gestos y termina. Antes de que invite a la moza a que le formule alguna pregunta, ésta sale disparada, a la carrera. La encerrona ha terminado para ella. Al día siguiente comprobaré que el periódico publica una gacetilla, no más de diez líneas.

El surrealismo que la escena ha ido ganando no me oculta otra dimensión esencial. Y es que el autor ha impartido una soberana lección. Hemos podido disfrutar de una persona enamorada de su objeto de estudio, llena de entusiasmo por lo que ha descubierto y concluido. Se trata de un auténtico maestro, uno de esos profesores que ennoblecen la universidad, un sabio que me hubiera hecho feliz como alumno, uno de los que te forman de verdad.

Hoy, mientras desayuno, leo que ha muerto Antonio Beltrán, grandísimo especialista de nivel mundial sobre Galileo. Él era quien hace seis años vino a Pamplona a presentar un libro extraordinario y monumental, exhaustivo,Talento y poder, que, como reza su subtítulo, historia las relaciones entre Galileo y la iglesia católica. Es uno de los libros más valiosos, sin duda, entre los publicados por la editorial Laetoli, radicada en Pamplona pero abierta al saber sin fronteras.

El filósofo Manuel Cruz, que escribe en El País el emocionado recuerdo del amigo, dice que Antonio Beltrán era una de esas «aves majestuosas que atraviesan la sala en que nos encontramos, derramando sobre nosotros su belleza, su inteligencia y su bondad. Es su luz la que ilumina por completo la estancia. Nos damos cuenta en el momento en el que desaparecen. Entonces todo cuanto había pierde el brillo y color que parecía pertenecerle, y se impone la verdad: la luz se fue con ellas. Quedamos en penumbra, infinitamente más pobres y solos».

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