17 abril 2006

Guardar el secreto de la destrucción

Una mujer en Berlín. La civilización, la urbanidad, los ritos educados no son más que trajes que muchos se arrancan con rapidez en tiempos de guerra. Abril-junio de 1945 en Berlín, los últimos e implacables bombardeos de los aviones aliados, la forzosa proximidad de los cuerpos en los sótanos-refugio, la irrupción de los rusos en una capital abandonada a su suerte, la violación repetida y acuciante de toda mujer que pillan, los simulacros de afecto hacia algunos oficiales, remedos fatalmente pervertidos por las relaciones de poder, el ingenio de los habitantes para sobrevivir -sobre todo, y creo que no es nada paradójico, de las mujeres, mejor adaptadas al medio, aunque queda en el aire el efecto que la brutalidad tuvo en su vida posterior-. Y, enseguida, el relato de cómo se teje, tras cada golpe y caída, una mínima y nueva estructura, un orden que aleje a los que quedan del hedor, la desesperación y el caos. «La gente se movía ‘por las calles entre las horrorosas ruinas realmente como si no hubiera pasado nada... y la ciudad hubiera sido siempre así’, escribió Alfred Doblin. El reverso de esa apatía fue la declaración del nuevo comienzo, el indiscutible heroísmo con que se abordaron sin demora los trabajos de desescombro y reorganización» (Sebald).

Qué libro. Más eficaz e inolvidable, creo, por el pudor y contención con que su autora registra los acontecimientos. Aunque al lector le queda la duda sobre el grado de reelaboración al que sometió la autora lo escrito en los cuadernos «en caliente» hasta convertirlo en el texto publicado varios años después. El escritor argentino Daniel Moyano dijo que «los escritores no estamos para duplicar la realidad; tenemos que trasladarla al lenguaje». Me parece que la sentencia vale para este libro. Su desconocida autora no quiso, claro, dar entrada a la ficción, sino hablar de lo real. Pero al trasladarlo al lenguaje eligió una manera contenida, escueta, casi fría, con lo cual le dio más verdad, mayor potencia. No eran precisos los detalles escabrosos o las teorías sobre lo sucedido. Tenemos los datos y con ellos el que lee puede componer su propia y vívida reconstrucción del terrible momento.

En el prólogo dice Enzensberger que el libro tuvo una pésima acogida en Alemania cuando se publicó a mediados de los años cincuenta. Como ha escrito Sebald en un libro que recomiendo igualmente con ardor, Historia natural de la destrucción, el llamado ‘milagro alemán’ tuvo un catalizador: «la corriente hasta hoy no agotada de energía psíquica cuya fuente es el secreto por todos guardado de los cadáveres enterrados en los cimientos de nuestro Estado, un secreto que unió entre sí a los alemanes en los años posteriores a la guerra y los sigue uniendo más de lo que cualquier objetivo (...) pudo unirlos nunca». Los alemanes han callado más de cincuenta años sobre el daño que sufrieron los últimos años de la guerra, cuando los aliados iban ganando la partida. ¿Vergüenza? ¿Deseo de no hablar de su propio sufrimiento para evitar así hacerlo sobre los imprescriptibles horrores nazis? Lo cierto es que la mudez incómoda y férrea ha existido todo este tiempo, y que testimonios tan demoledores, por locales que sean, como el de Una mujer en Berlín, fueron víctimas de la conjura del silencio.

2 comentarios:

MBear dijo...

Ricardo,Un saludo y ahí mi aportación a tu blog. Manolo.
"El ángel callaba", de Heinrich Böll (comentario escrito en marzo de 2004)En su crítico examen de la literatura alemana de post guerra (Sobre la historia natural de la destrucción, Anagrama 2003), W. G Sebald observa que los escritores alemanes de la llamada “generación del regreso” o de la “devastación”, es decir, de la inmediata post guerra, no parecen ser capaces de ver la realidad que les rodea y de crear un lenguaje adecuado para describirla. De esta regla general exceptúa a Heinrich Böll y su novela El ángel callaba, escrita en 1949 pero que tuvo que esperar a 1992 para ser publicada. Cuando la presentó por primera vez a la editorial, fue rechazada. Las razones del rechazo están claramente contenidas en las consideraciones de Paul Schaaf, lector de la editorial, enviadas a Böll en marzo de 1949: “En estos momentos, se observa una clara aversión del público hacia todos los libros relacionados con la guerra” y recomendaba a Böll que tratara temas “no menos comprometidos pero que se apartaran de la vivencia de la guerra, se situaran en el presente y encararan el futuro”.

Lo cierto es que El ángel callaba no trata de la guerra. En realidad, el relato se inicia el mismo día de la capitulación de Alemania y es una pintura de los supervivientes que emergen de las ruinas. La omnipresencia de la destrucción urbana provocada por los bombardeos está exigida por la realidad del escenario de la novela pero es también una poderosa metáfora narrativa que en Böll tiene un valor fundante de una nueva literatura. Lo que Sebald destaca admirativamente es el esfuerzo narrativo de Böll en la descripción de este mundo devastado para convertirlo en el centro de la experiencia existencial de sus personajes. La mayoría de los escritores alemanes de la inmediata post guerra, según Sebald, se entregaron a una literatura idealizante que a menudo recurría a nutrientes de antes de la guerra, como si buscaran el hilo conductor de la cultura alemana por debajo o al margen de la experiencia que había significado la guerra, convertida así en un ámbito vedado a la indagación literaria.

Böll, por el contrario, no se hurta a la conciencia de que la horrorosa experiencia de la guerra es el punto de partida de una nueva sociedad. No habla de episodios bélicos, ni menos entra en disquisiciones sobre las causas o las responsabilidades del desastre, aunque éstas no dejan de estar meridianamente claras por más que implícitas en el relato, pero constata de manera indeleble las huellas del sufrimiento de la población alemana que tiene que reconstruir el país. Alemania guardó silencio sobre esta experiencia y durante casi cincuenta años la relegó al olvido, porque la contricción (real o inducida) por la responsabilidad colectiva en el crimen nazi anegaba cualquier otro sentimiento posible. El principio rector de este estado de opinión era que los sufrimientos padecidos por los alemanes eran, al contrario que los de los demás pueblos europeos, merecidos con creces. La reunificación de Alemania, el fin de la guerra fría y la construcción europea han introducido un nuevo clima que permite la revisión de aquella experiencia. La publicación de esta primera novela de Böll, siete años después de su muerte y tres después de la caída del muro de Berlín, fue un síntoma de este cambio de opinión. La mencionada obra de Sebald, que es la trascripción de unas conferencias dadas en Zúrich sobre Guerra aérea y literatura, es otro síntoma, y aún se han registrado otros, más estridentes, como la opinión de Martín Walser, hace unos meses, exigiendo que Alemania deje de pedir perdón de una vez.

En El ángel callaba, Böll prefigura los grandes rasgos de su programa narrativo, que se desarrollará en novelas posteriores. El lector encuentra aquí las características líneas de tensión moral del Nobel alemán y su técnica narrativa de tono documental y estilo llano. Hans es un joven soldado de Wehrmacht, como lo fue Böll, que ha desertado en las últimas semanas de la guerra y ha estado a punto de ser fusilado por un consejo de guerra; un sargento, que ha participado en la corte marcial, le salva en último extremo del pelotón para que lleve a su mujer una carta. El soldado acepta, escapa y, al amanecer, el sargento es fusilado en su lugar. El suceso es evocado más tarde por Hans en un deliberado, aunque críptico, lenguaje religioso: otro muere para salvarte de tu muerte. Hans evoca este episodio con ira, pero en realidad, bajo la furia en el tono de las palabras, hay el reconocimiento de que este hecho misterioso comporta un imperativo moral para el superviviente.

La novela se inicia cuando Böll busca a la mujer del sargento, Frau Gompertz, en las ruinas de la ciudad destruida (Colonia) y la primera visión en la noche es el bulto de un ángel desencastrado del muro de una iglesia por efecto de los bombardeos, que mira meditativamente un lirio que tiene en las manos. La búsqueda de la viuda del militar fusilado será el inicio de un periplo desorientado por entre las ruinas de la ciudad en el que encontrará a los demás personajes, todos ellos relacionados unos con otros por diferentes vínculos que tienen el denominador común de la búsqueda de sentido a la situación que padecen: es una comunidad de espectros en busca del alma. Böll desvela la trama a través de un protagonista-testigo, trasunto del autor, que se mide con la realidad mediante una mezcla de virtudes teologales (fe y esperanza) y de espíritu crítico. Lo que anhela Hans es una vida humana conducida por la compasión, la tolerancia y el amor. Lo que encuentra en cambio es un muy codificado sistema de relaciones humanas, dominada por el interés y el desprecio. De esta trama forma parte la Iglesia católica, al menos, sus clérigos y rituales. Los personajes comparecen en el drama investidos de rasgos morales identificatorios. Así, frau Gompertz es un mujer misericordiosa y compasiva, viuda de guerra; su cuñado, Fischer (Geldfischer, pescador de dinero, lo moteja Böll), un rapaz especulador, ex nazi ahora vinculado al aparato administrativo de la diócesis católica y representante de un burguesía que “siempre está políticamente a salvo”; Regina, la joven desolada y piadosa, que ha perdido a su bebé en un bombardeo y acoge en su casa a Hans, con la que se unirá, es María Magdalena o la Verónica. Otros personajes menores, la mayor parte de los cuales son curas, monjas y médicos, parecen figuraciones en el límite fronterizo de lo divino en el mundo: ejercen la caridad con modales humanos.

Este esquema de una comunidad que vive en el ámbito de la fe católica, diseccionada por un testigo moralmente herido, se repetirá con mayor maestría en Opiniones de un payaso, la obra más afamada del autor. El carácter primerizo de la novela que ahora nos ocupa se advierte en cierta falta de gravidez de los personajes, en la predeterminación que parece reinar en la trama y en el abuso de la adjetivación para enfatizar los estados de ánimo que Böll quiere inducir en el lector. Pero estos rasgos de impericia no ocultan a un narrador de primera clase y un observador sutil e insobornablemente crítico. Cuesta poco creer que el manuscrito fuera rechazado por la editorial en 1949.

Pero el rasgo más relevante de la novela, o, al menos, el que me llevó a buscarla y leerla, inducido por el comentario de Sebald, es la visión de los personajes que surgen de la ruinas. Todos ellos sufren una particular forma de trauma caracterizado por una mezcla de embotamiento emocional, desorientación y vacío. La acuciosa descripción que Böll ofrece de las formas de las ruinas, de los detalles de la devastación en el interior de las viviendas, de los gestos y palabras entrecortados y absortos de los personajes, de los elementos mínimos del ajuar que les rodea, revelan el trauma acaecido. Veamos cómo lo dice Sebald: Casi no nos ha llegado nada de los que, en las semanas y meses que siguieron a la destrucción, sucumbieron al asco existencial; pero, al menos Hans, el narrador principal de El ángel callaba, se horroriza al pensar en tener que reanudar la vida, y nada le parece más lógico que renunciar sencillamente, “bajar las escaleras y dirigirse a la noche”. Significativamente, a muchos de los héroes de Böll les falta todavía, decenios más tarde, una auténtica voluntad de vivir” .

P.S. Un azar que no sé como calificar ha querido que la redacción de este comentario coincidiese con un atentado terrorista en Madrid que ha costado la vida a unas 198 personas (ocurrió ayer y el número de víctimas mortales se ampliará) y ha dejado heridos a otras mil quinientas. La reflexión sobre lo escrito por Böll me ha producido un consuelo que hace unos años hubiera calificado de “escapista”. Puedo especular sobre la experiencia de Böll y sus personajes hace sesenta años, pero las palabras me rechazan si intento pensar en nuestra propia situación. ¿Qué pasó ayer en los trenes de cercanías de Madrid?, ¿qué significa esa erupción de horror que alcanzó a miles de personas, en su mayor parte de clases trabajadoras, y no sólo inocentes sino completamente desprevenidas, que se vieron despojadas de su vida, amputadas, golpeadas y privadas de sus seres queridos? Bien, unos tipos asesinos se cargan de explosivos y los hacen detonar en un tren, o en varios a la vez, como en este caso: son los malos. Bien, de acuerdo. Unámonos, pues, frente al terrorismo, defendamos la democracia, etcétera. Bien, de acuerdo, y dentro de una hora participaré en una manifestación que sacará a millones de españoles a la calle. Poblemos todos los espacios de expresión pública de condenas con hiperbólicos adjetivos: periódicos, la tele, pasquines en las paredes, banderas a media asta. Bien, de acuerdo, hagámoslo. Pero, ¿quién recupera el instante anterior en el que aún vivían esas doscientas personas cuyos despojos esperan en los pabellones de la Feria de Madrid para ser identificados y enterrados?

Una enseñanza de la novela de Böll es que la guerra no cambia a los seres humanos. Los tritura, los noquea, puede incluso dejarlos muertos en vida, pero no los cambia. De la ruinas de la ciudad devastada surgen como fantasmas los supervivientes, pero, en la medida en que empiezan a relacionarse, reproducen de nuevo los mecanismos de dominación de unos sobre otros, más o menos parecidos a las que hubo antes de la devastación. La joven Regina, que ha perdido su bebé en los bombardeos y está muerta de hambre, tiene que dar su sangre para salvar la vida de la hija del ricacho del lugar, que entrega a la donante una limosna en pago. En medio de la iniquidad de la post guerra, el cura párroco no tiene otra preocupación respecto a su desorientado feligrés que la convivencia de éste con una mujer, la infeliz y abnegada Regina, al margen del sacramento del matrimonio. El obispo entrega a un colaborador corrupto una imagen artística de culto para pagar sus servicios. Las ruinas están afuera, los rodean por todas partes, pero ellos siguen a lo suyo. Ayer, el estupor y la consternación se había adueñado del país y la matanza de Madrid impregnaba el aire hasta el punto de que resultaba imposible hablar con los compañeros de trabajo o con los vecinos por miedo a decir alguna inconveniencia. Un luto real nos envolvía a todos. Hoy, los periódicos han aparecido en la calle profusamente cargados con la información de la tragedia, hasta el punto de que parecían chorrear sangre, pero también con sus columnistas y editorialistas habituales. He leído a unos cuantos y puedo decir que no decían nada distinto a lo que dicen cada día sobre el terrorismo; es más, el mensaje central de buena parte de estos comentaristas era: ya lo decía yo, como si la matanza hubiera sido un desarrollo de sus razonamientos. Y lo decían con su estilo habitual, más tolerable en unos que en otros. Desde luego, esta especie de perseverancia en el ser debiera persuadir a los terroristas sobre el nulo efecto de sus acciones, pero, si todo el mundo persevera, los terroristas no son una excepción.

El aluvión de información fragmentaria que ha producido la tragedia ofrece algunos ejemplos de que cada uno vive y muere (aunque unos mueren más que otros) en su propio mundo. En la tercera de ABC de hoy, uno de nuestros gurús nacionales, Jon Juaristi, el presidente del Instituto Cervantes, exponía con su característico estilo entre salmódico y sentencioso, que lo ocurrido ayer en Madrid debía convencer a los obtusos españoles de que estábamos en una guerra contra el terrorismo (acreditada tesis de Bush/Aznar) en el que nacionalistas vascos, islamistas radicales y una nueva judeofobia (Juaristi se ha convertido al judaísmo) forman un magma amenazante contra el que hay que defenderse, rechazaba el “humanismo blando” y reafirmaba enfáticamente la superioridad de nuestra sociedad en la que “nos hemos dado una ley para ser desiguales” (cito de memoria). Me he preguntado si de verdad yo pertenezco a la comunidad de los que se han dado un ley para consagrar la desigualdad. ¿Qué quería decir Juaristi en esta desmelenada catilinaria? La respuesta me ha parecido encontrarla en el testimonio de una de las víctimas de la matanza, tomado al vuelo en un telediario. Era un chico joven, de unos veintitantos, y de aspecto manifiestamente proletario. Al parecer, la periodista le había preguntado por los culpables. Ha mirado hacia un lado, como buscando las palabras, y luego, de una manera meditativa y en voz baja ha dicho algo así: “los culpables son los que han puesto las bombas, pero (y aquí ha dudado) los políticos se pintan las manos de blanco (el símbolo de rechazo al terrorismo) y también son culpables... de algo para lo que no hay palabras...” He aquí un hombre al que le faltaban las palabras, por todas las que le sobraban a Juaristi. Son dos supervivientes de las ruinas.

rekopurl dijo...

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