1.- Me preguntaba el otro día el señor de Passy por mi opinión acerca del Dietario voluble de Enrique Vila-Matas, que he traído a colación en las dos últimas entradas de esta bitácora. Debo decirle que me ha interesado bastante más que sus novelas. Formo parte del grupo de los que piensan que el escritor de Barcelona (ciudad con la que, se ve en este libro, mantiene una relación cada vez más conflictiva) goza hoy día un prestigio exagerado en la sociedad literaria. Tengo en el recuerdo dos libros suyos de valor digamos que dudoso, Lejos de Veracruz y París no se acaba nunca, y otro, Bartleby y compañía, de tema apasionante (el de los escritores sin obra o recluidos en un voluntario silencio tras su fulgurante arranque), pero en el cual Vila-Matas hilaba el recorrrido casi ensayístico por esos “raros” con una trama novelesca que más que otra cosa molestaba. En cambio, en el Dietario voluble hay momentos excelentes, fragmentos que, cierto, conviven con otros más flojos, algo que también sucede en sus novelas. Pero esos desequilibrios, esas graves caídas, que en una novela pueden hundirla, en una dietario, variado y disperso por naturaleza, son más justificables. Me ha bastado aquí con encontrar un puñado de referencias a libros y autores que me interesan, unos pocos momentos de vida muy bien narrados, y un catálogo de indignaciones por la marcha del mundo que, se compartan o no (comparto la mayoría), revelan una personalidad poderosa y atrayente.
2.- Pero el libro de Vila-Matas, sobre el que poco puedo añadir a lo que se está escribiendo en muchos medios de papel y blogs, me ha hecho pensar en otro asunto. Hace días un amigo decía que el personaje Vila-Matas que aparece en este diario tiene poco que ver con el Vila-Matas de carne y hueso, que a saber cuánto ha inventado el escritor en las cuitas, manías y admiraciones que vertebran al protagonista del dietario, un personaje tal vez urdido como cualquier otro de los que pueblan sus novelas.
3.- ¿Importa esta cuestión? ¿Desmerece algo el libro si está trufado de invenciones, o al menos de retoques en sus peripecias? Mientras leía Dietario voluble, La Vanguardia publicó un artículo sobre David Carr, un periodista americano que ha publicado unas memorias de sus años salvajes de politoxicómano y maltratador. Lo llamativo del libro es que Carr, «como no se fiaba de sus recuerdos, decidió investigar su propia vida: durante más de dos años entrevistó a sus camellos, a sus colegas de farra, a sus novias y a los jefes que le despidieron, y consultó también archivos médicos y judiciales». Es decir, Carr «ha verificado todos los datos de su biografía, consciente de que sus recuerdos están llenos de lagunas, y de que las historias que se contaba sobre sí mismo se iban transformando cada vez que las recordaba, ‘hasta convertirse en poco más que quimeras’». El libro resultante de sus pesquisas se titula La noche de la pistola, título que viene de un episodio que le sucedió tras uno de los varios despidos que sufrió por sus adicciones. Ese día Carr se lanzó al desenfreno, y acabó intentando entrar en casa de un amigo suyo que quería quitárselo de encima. Harto del acoso, el amigo sacó una pistola. O eso es lo que recordaba Carr. Porque «cuando veinte años después entrevista al amigo, este le dice que que nunca ha tenido pistola».
4.- Volvemos a lo mismo. Yo no conocía a David Carr, y las historias que nutren su libro son totalmente privadas. ¿Qué le añade a la obra que nos garantice, como si dijéramos ante notario, que todo lo que cuenta es totalmente cierto, comprobado, cotejado, garantizado por testimonios cruzados de amigos y amantes? ¿Y a mí qué? La historia de la pistola, por ejemplo, igual no le sucedió. Pero seguro que le pudo pasar a otro toxicómano como él. En la vida, en la ‘realidad’, siempre sucede lo más extraño y raro que podamos imaginarnos. Y, sobre todo, y como tantos escritores han dicho –por ejemplo Vargas Llosa-: ¿no cabe una verdad más honda en la mentira que en la realidad mostrenca y notarial? ¿No podemos aprender algo más hondo y perturbador en una ficción sobre un toxicómano y maltratador que en la cotidiana crónica de sucesos?
5.- ¿Es tan importante saber si las cosas ocurrieron exactamente así en el caso de los recuerdos familiares o más íntimos de alguien? Un gran escritor, Tobias Wolff, no se ha cansado de repetir que en sus textos memorialísticos (Vida de este chico, o En el ejército del faraón), quiso ceñirse fielmente a sus recuerdos, sin maquillarlos, exagerarlos o insuflarles unos perfiles ‘novelescos’ que no poseían. Sin embargo, su empeño por marcar con claridad las normas del juego deja, diríamos que por fuerza, algunos cabos sueltos. Así, ya en los agradecimientos con que arranca Vida de este chico admite su resistencia a modificar en el texto final algunos puntos que otras personas recordaban de modo diferente, «porque éste es un libro de memorias, y la memoria tiene su propia historia que contar», con lo cual abre una puerta a las deformaciones del recuerdo o, quién sabe, a la irrupción de elementos ficticios. Pero ¿no puede esta posible deformación enseñarnos algo universal, algo que, aunque no le sucediera exactamente así a Wolff, nos muestra una verdad que nos atañe de manera muy directa?
6.- Testimonio en contrario: hace años, Arcadi Espada alertó sobre lo que, para él, era un grave peligro de los libros de recuerdos, de las memorias, y también, cabría decir, de dietarios como el de Vila-Matas: la ‘novelización de los hechos’, una ‘infección literaria’ que, según Espada, aqueja ya hoy al periodismo -el cual, apunta, tras A sangre fría, el célebre reportaje novelado de Truman Capote, ha sufrido mucho por esta enfermedad-. Arcadi reivindicaba una nítida distinción entre lo real y lo ficticio, una delimitación que consideraba nuclear en los periódicos. Pero, y esto es lo que nos interesa más ahora, Arcadi reclamaba asimismo esa clara demarcación en el género memorialístico y en cierto tipo de historias semiliterarias. Según él, que tomaba pie en Soldados de Salamina, de Javier Cercas, y en Vivir para contarla, las memorias de García Márquez, «es muy importante distinguir entre lo que es real y lo que no. ¿Cuándo sabemos qué ocurrió y qué no, dónde está la línea divisoria? Quiero que me digan dónde empiezan los hechos y dónde las ficciones».
Espada abominaba pues de la tentación de adornar o recrear nuestra vida, de la búsqueda del efecto dramático o de la invención del dato que redondee lo contado, que le confiera un orden y un sentido que la vida real, la vida que nos toca vivir, en su inacabamiento, en su carácter informe, no posee. El autor, claro que sí, en ocasiones se ve seducido por una lógica narrativa que regale brillo, orden o un final efectista a episodios vitales que no gozaron de tales cualidades.
7.- Y, sin embargo, yo creo que la exigencia de verdad no es de ningún modo la misma si pensamos en la vertiente pública, política, social, de ciertas las personas, que si leemos historias privadas o íntimas. No debemos pedir lo mismo si se nos cuentan las conversaciones con otros hombres públicos, o su actuación en sucesos de trascendencia política o social, que en el caso del recuerdo de alguien sin relevancia pública, alguien que nos cuenta la vida de su familia, o anécdotas sentimentales, o sus andanzas con el alcohol u otro tipo de drogas.
Nos gustaría, por ejemplo, que Santiago Carrillo hubiera escrito unas memorias más llenas de verdad que las que urdió, tramposas a más no poder. O no digamos Manuel Fraga, o muchos otros dirigentes políticos que han maquillado incontables episodios en los que tuvieron una actuación que ahora les interesa tapar o desfigurar. En casos así, no tengo duda de que hay que reivindicar la necesidad de la verdad. Como dice David Carr, y creo que es perfectamente aplicable y necesario a las memorias de personas con proyección socio-política, «la verdad es singular y las mentiras son plurales, pero la historia, los hechos tal como sucedieron, es a la vez inmutable y en gran parte imposible de conocer. Hay una camino no hacia la Verdad, sino hacia menos mentiras».
Coda (que tiene que ver más con anteriores entradas que con ésta): «Siempre sintonizaré más con un hombre perdido en el último muelle del último puerto del mundo que con un coro de hombres de acción tratando, por ejemplo, de cambiar la patria. ¡Los hombres de acción! ¡Los activos! Me acuerdo de lo que pensaba Flaubert de esa buena gente: ‘Hay que ver cómo se cansan los hombres de acción y nos cansan a los demás por no hacer nada. ¡Y qué vanidad más boba la que nace de una turbulencia baldía! ¿Qué ha quedado de todos los Activos, de Alejandro, de Luis XIV, etc.? El pensamientos es eterno, como el alma, y la acción es mortal, como el cuerpo’.» (Enrique Vila-Matas. Dietario voluble)
Un ángulo me basta entre mis lares, un libro y un amigo, un sueño breve, que no perturben deudas ni pesares.
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05 octubre 2008
23 septiembre 2008
La segunda conversación
En un cuento del escritor americano John Cheever, Reunión, un hijo que no ha visto a su padre en tres años se reúne con él en Nueva York para pasar hora y media, aprovechando una escala en un viaje. Al hijo, el narrador, le emociona el encuentro con el padre divorciado, e imagina un futuro donde los dos hombres renovarán y soldarán hasta la muerte los lazos que los vinculan. Pero la cita resulta un completo desastre. Bien sea en los bares a los que van, bien en el puesto donde quiere comprar un periódico, el sencillo acto de pedir una ginebra o la prensa lo acompaña el padre de mensajes adicionales repletos de desprecio, chulería, arrogancia y agresividad. En cada conversación, por breve que sea, el padre enfurece a las personas a las que se dirige, y el ambiente bronco, destemplado y casi explosivo que de inmediato origina se le hace a su hijo insoportable. “Aquella fue la última vez que vi a mi padre”, termina, harto, el narrador.
Me ha venido a la memoria el cuento de Cheever observando cómo se comportan algunas personas que tengo cerca últimamente, y que poseen la misma cualidad siniestra que ese padre. Son gentes que saben introducir, en conversaciones banales, en intercambios que bastaría con que fuesen civilizados, cargas constantes de hostilidad, observaciones ajenas a la conversación principal, pero entrelazadas con ella, que pronto enrarecen la atmósfera, que la van electrizando y estropeando de la peor manera posible. Su tono, sus pullas, su altanería, sus ganas de regalar a la menor una lección que nadie les ha pedido, o sus muletillas sobre la propia conversación (no me interrumpas que estoy hablando, parece que no entiendes lo que te digo, te he dicho mil veces, tú como siempre, qué fácil es decir eso, etcétera) crean, como si dijéramos, una segunda y tensa conversación adicional que con frecuencia acaba desplazando a la primera, la cual pierde importancia en beneficio de esa segunda cada vez más conflictiva.
Como dice Enrique Vila-Matas, esas personas se merecen una actitud que no siempre es fácil: no darse por enterados ante sus ataques, practicar la indiferencia.
Observación colateral: “Es insoportable lo que me produce la búsqueda diaria de personas amables, educadas, con buen carácter. Cada día me siento más fatigado de todos esos seres que nos tratan tan mal. Es insoportable el malhumor general, la mala educación reinante. Cuanto más avanzamos en el estado del bienestar, más horrible y malhumorada se vuelve la gente. Tal vez es consecuencia de que ese bienestar lo estamos alcanzando por medio de luchas encarnizadas. Lo cierto es que el buen carácter es, de todas las cualidades morales, la que más necesita nuestro mundo, y seguramente el buen carácter es consecuencia de la tranquilidad y no de progresos bestiales”. (Enrique Vila-Matas. Dietario voluble)
Me ha venido a la memoria el cuento de Cheever observando cómo se comportan algunas personas que tengo cerca últimamente, y que poseen la misma cualidad siniestra que ese padre. Son gentes que saben introducir, en conversaciones banales, en intercambios que bastaría con que fuesen civilizados, cargas constantes de hostilidad, observaciones ajenas a la conversación principal, pero entrelazadas con ella, que pronto enrarecen la atmósfera, que la van electrizando y estropeando de la peor manera posible. Su tono, sus pullas, su altanería, sus ganas de regalar a la menor una lección que nadie les ha pedido, o sus muletillas sobre la propia conversación (no me interrumpas que estoy hablando, parece que no entiendes lo que te digo, te he dicho mil veces, tú como siempre, qué fácil es decir eso, etcétera) crean, como si dijéramos, una segunda y tensa conversación adicional que con frecuencia acaba desplazando a la primera, la cual pierde importancia en beneficio de esa segunda cada vez más conflictiva.
Como dice Enrique Vila-Matas, esas personas se merecen una actitud que no siempre es fácil: no darse por enterados ante sus ataques, practicar la indiferencia.
Observación colateral: “Es insoportable lo que me produce la búsqueda diaria de personas amables, educadas, con buen carácter. Cada día me siento más fatigado de todos esos seres que nos tratan tan mal. Es insoportable el malhumor general, la mala educación reinante. Cuanto más avanzamos en el estado del bienestar, más horrible y malhumorada se vuelve la gente. Tal vez es consecuencia de que ese bienestar lo estamos alcanzando por medio de luchas encarnizadas. Lo cierto es que el buen carácter es, de todas las cualidades morales, la que más necesita nuestro mundo, y seguramente el buen carácter es consecuencia de la tranquilidad y no de progresos bestiales”. (Enrique Vila-Matas. Dietario voluble)
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