Inquieta mucho a los nacionalistas vascos que en la enseñanza pública navarra el gobierno pueda impulsar con vigor el modelo lingüístico british, que combina como lenguas vehiculares del aprendizaje el castellano y el inglés, esta última con un 30 o 40 % de presencia en las clases. Temen que haya familias que lo encuentren mucho más atractivo para sus hijos que el modelo D, de inmersión en el euskera, que los nacionalistas llevan años defendiendo como el único válido.
¿Válido para qué? Pues sobre todo para que los alumnos acaben aprendiendo más o menos euskera, claro, según ellos la lengua propia de Euskal Herria, aunque no sea la materna ni la de uso habitual de más del 85% de los navarros. Y válido, tal vez por eso mismo, para contribuir a ciertos objetivos políticos esenciales. Como suele decir un amigo, el euskera es un idioma que viene con los contenidos puestos, como de fábrica. Y en Navarra, de modo particular, se trata de que la conciencia nacionalista vasca se fortalezca y extienda, de modo que se asienten las bases de la tan anhelada unión política de la gran Euskal Herria. Al final, como ha escrito Manuel Montero, el quid se halla en avanzar en la construcción nacional, o sea, en “amoldar la sociedad conforme a los esquemas que según los criterios nacionalistas son los propios de la identidad vasca”.
¿Y si hay padres que se siente atraídos por el modelo british? A ellos tal vez les deje fríos tanta construcción y tanta identidad, y deseen simplemente que sus retoños estudien en un modelo que podría proporcionarles un cierto dominio de la lengua inglesa, cada vez más imprescindible para encontrar trabajo y relacionarse en este mundo ancho y ajeno. En su ignorancia, pueden pensar esos padres que el inglés es la llave que permite acceder a una inmensa habitación, llena de riquezas y posibilidades de comunicación, mientras que el euskera, en fin, abre un habitáculo diminuto.
Como estas aspiraciones le estropean al nacionalismo sus designios, el tono del artículo del Diario de Noticias de Navarra donde leo la noticia es de un insidioso y despectivo que deja bien claras las intenciones prohibicionistas que le excitan. No quieren que coexistan modelos, sino que se eliminen los que no les agradan. Su plan, como decía Montero, “implica una notable agresividad”, dado que nos hallamos ante “un proyecto de actuación social que pasa por eliminar pluralidades e identidades, hasta que quede tan sólo la ‘personalidad colectiva’ del gusto del nacionalismo”.
En este ánimo coinciden todas las ramas del nacionalismo vasco. El periódico, tan proclive a la coalición Nafarroa Bai, echa mano sin remilgos, en su andanada contra el modelo british, de los juicios de dos miembros bien conocidos de Batasuna. Ahora que se habla tanto de las expectativas prometedoras de Nabai en las próximas elecciones, no puedo por menos que atender a las intenciones del vocero: “está por ver si el nuevo Gobierno que salga de las elecciones mantiene esta línea”. El nuevo gobierno con Nabai dentro, claro.
Un ángulo me basta entre mis lares, un libro y un amigo, un sueño breve, que no perturben deudas ni pesares.
04 mayo 2007
30 abril 2007
¿Qué podemos conocer?
Gracias a la hospitalidad de los amigos J. y R., cené con unos intelectuales rusos. V. había venido a impartir un seminario en una universidad vasca sobre la situación actual de su país, pero en Moscú es director, dentro de la Academia de Ciencias de Rusia, de un instituto de estudios sobre la Península Ibérica y América Latina –él mismo tiene publicado un libro de más de mil páginas sobre la transición española—. Parecía lógico aprovechar la ocasión para hablar de su país. Así que mientras dábamos cuenta de una exquisita ensalada templada, los navarros nos animamos a despotricar sobre el autócrata Putin, el espía Litvinenko, liquidado por el polonio, y la periodista Anna Politovskaya, asesinada hace unos meses. Vladimir nos escuchó un buen rato, hasta que, con la merluza al horno en la mesa, comenzó a hablar del brutal desmantelamiento del Estado en las épocas de Gorbachov y sobre todo de Yeltsin, la entrega de los recursos públicos a las mafias surgidas de la Nomenklatura (incluida la familia de Yeltsin) a partir de que se desmantelara el Partido Comunista, el caos que se adueñó del enorme país y la consiguiente ruina de millones de personas, sin ningún tipo de estructura estatal que las protegiera ni física ni económicamente. Ahora, aseguró, con Putin Rusia ha recuperado cotas de orden y prosperidad, gracias a un Estado que funciona de nuevo con relativa estabilidad, que garantiza la seguridad, ha reactivado vigorosamente la economía y ofrece algunos servicios sociales a capas cada vez más amplias de la población. Boris Yeltsin, se exaltaban al alimón V. y su mujer T., protagonizó la etapa más terrible. Los invitados rusos se mostraron, en fin, escépticos sobre las versiones extendidas en Occidente relativas a Litvinenko y la Politovskaya, dos personas que en su opinión no podían hacer ningún daño relevante a Putin, por lo cual resulta fantasioso pensar en que éste ordenara su asesinato.
¿Estaban equivocados estos visitantes rusos? ¿Qué plus de credibilidad les otorga, amén de su condición de estudiosos de los fenómenos sociopolíticos, el hecho de vivir allí y conocer de cerca los hechos? ¿Pero es que vivir allí garantiza un conocimiento más ajustado? ¿No hay muchas personas que viven en un lugar —no digamos si sólo lo visitan—, y únicamente ven lo que quieren, lo que sus ideas e intereses previos les incitan a contemplar o construir? ¿No habrá que tomar a V. y su esposa mucho más en serio por su calidad intelectual, su afán de estudiar los hechos con rigor y a través de procedimientos que les proporcionan más información y capacidad de análisis que a la media de la gente? ¿Pero no han caído mil veces los intelectuales, pese a ello, en falacias y mistificaciones sonrojantes?
Desde luego, en muy pocos días leí un ramillete de juicios sobre la Rusia actual, a veces complementarios a los de V. pero en ocasiones opuestos. Por ejemplo, sobre la significación de las muertes de Litvinenko y la Politovskaya, o respecto a la «predisposición hacia el autoritarismo en Rusia» (Alexander Kovakov), la débil presencia de gentes demócratas allí —y de la misma idea de democracia—, aunque al mismo tiempo subsistan libertades personales reales y efectivas (de nuevo Kovakov), o acerca de la inmensa popularidad de Putin, pese a la indudable represión o a la corrupción gigantesca que permite y alienta. Leí también, en Claves, una entrevista más antigua con la asesinada Politovskaya, en diálogo con Flores D’Arcais, hombre de izquierdas, donde la periodista trazaba un diagnóstico muy tenebroso del poder ruso actual, tras mirar especialmente a las brutalidades perpetradas en Chechenia. En fin, ayer mismo oí a Carlos Taibo hablar en una radio sobre Rusia, como tantas veces, y recordé el desdén con que V. se refirió a él, al considerarlo un “periodista” tremendamente condicionado en sus análisis por ideas políticas previas que actúan a modo de velo distorsionador.
Sólo tengo dudas, muchas dudas, y no sé si me las pueden despejar los medios, toda vez que los periódicos o las televisiones son casi siempre el eslabón más débil en la cadena del conocimiento, el más sujeto a errores o simplificaciones o clichés. Recuerdo haber escuchado hace años a Javier Ortiz la reflexión que él se hacía con frecuencia en París en los años sesenta y setenta al leer Le Monde: «Si sobre otros países deslizan en ese periódico los errrores y disparates que me encuentro sobre España, no me puedo fiar de una sola página, al menos de las de información internacional». Y cabe citar asimismo la manera en que muchísimos medios (sin ir más lejos, el New York Times) informan sobre los etarras todavía hoy, o sobre la historia de los vascos, con profusión de errores e interpretaciones de una preocupante indigencia.
Me interesa constatar, yendo más lejos, la enorme dificultad de conocer sólida y rigurosamente cualquier realidad política y social. Este es un desafío que ha generado ríos de tinta en el ámbito de la filosofía y metodología de las llamadas ciencias humanas y sociales (si es que podemos hablar de ciencias sociales, cuestión en la que tampoco hay consenso). Líbreme dios de caer en el escepticismo radical, o en la abstención de cualquier juicio, o de sostener la estupidez de que, visto lo díficil que es conocer con verdad, todas las interpretaciones son igualmente válidas. No, de ninguna manera. Pero uno lee, ve, escucha, y le asalta la perplejidad, y termina la cena con V. con la incómoda sensación de haber soltado tres o cuatro tonterías.
¿Estaban equivocados estos visitantes rusos? ¿Qué plus de credibilidad les otorga, amén de su condición de estudiosos de los fenómenos sociopolíticos, el hecho de vivir allí y conocer de cerca los hechos? ¿Pero es que vivir allí garantiza un conocimiento más ajustado? ¿No hay muchas personas que viven en un lugar —no digamos si sólo lo visitan—, y únicamente ven lo que quieren, lo que sus ideas e intereses previos les incitan a contemplar o construir? ¿No habrá que tomar a V. y su esposa mucho más en serio por su calidad intelectual, su afán de estudiar los hechos con rigor y a través de procedimientos que les proporcionan más información y capacidad de análisis que a la media de la gente? ¿Pero no han caído mil veces los intelectuales, pese a ello, en falacias y mistificaciones sonrojantes?
Desde luego, en muy pocos días leí un ramillete de juicios sobre la Rusia actual, a veces complementarios a los de V. pero en ocasiones opuestos. Por ejemplo, sobre la significación de las muertes de Litvinenko y la Politovskaya, o respecto a la «predisposición hacia el autoritarismo en Rusia» (Alexander Kovakov), la débil presencia de gentes demócratas allí —y de la misma idea de democracia—, aunque al mismo tiempo subsistan libertades personales reales y efectivas (de nuevo Kovakov), o acerca de la inmensa popularidad de Putin, pese a la indudable represión o a la corrupción gigantesca que permite y alienta. Leí también, en Claves, una entrevista más antigua con la asesinada Politovskaya, en diálogo con Flores D’Arcais, hombre de izquierdas, donde la periodista trazaba un diagnóstico muy tenebroso del poder ruso actual, tras mirar especialmente a las brutalidades perpetradas en Chechenia. En fin, ayer mismo oí a Carlos Taibo hablar en una radio sobre Rusia, como tantas veces, y recordé el desdén con que V. se refirió a él, al considerarlo un “periodista” tremendamente condicionado en sus análisis por ideas políticas previas que actúan a modo de velo distorsionador.
Sólo tengo dudas, muchas dudas, y no sé si me las pueden despejar los medios, toda vez que los periódicos o las televisiones son casi siempre el eslabón más débil en la cadena del conocimiento, el más sujeto a errores o simplificaciones o clichés. Recuerdo haber escuchado hace años a Javier Ortiz la reflexión que él se hacía con frecuencia en París en los años sesenta y setenta al leer Le Monde: «Si sobre otros países deslizan en ese periódico los errrores y disparates que me encuentro sobre España, no me puedo fiar de una sola página, al menos de las de información internacional». Y cabe citar asimismo la manera en que muchísimos medios (sin ir más lejos, el New York Times) informan sobre los etarras todavía hoy, o sobre la historia de los vascos, con profusión de errores e interpretaciones de una preocupante indigencia.
Me interesa constatar, yendo más lejos, la enorme dificultad de conocer sólida y rigurosamente cualquier realidad política y social. Este es un desafío que ha generado ríos de tinta en el ámbito de la filosofía y metodología de las llamadas ciencias humanas y sociales (si es que podemos hablar de ciencias sociales, cuestión en la que tampoco hay consenso). Líbreme dios de caer en el escepticismo radical, o en la abstención de cualquier juicio, o de sostener la estupidez de que, visto lo díficil que es conocer con verdad, todas las interpretaciones son igualmente válidas. No, de ninguna manera. Pero uno lee, ve, escucha, y le asalta la perplejidad, y termina la cena con V. con la incómoda sensación de haber soltado tres o cuatro tonterías.
28 abril 2007
Duda
"Respecto a las épocas que nos han precedido, en la edad de la tecnología el amor ha cambiado radicalmente de forma. Por un lado se ha convertido en el único espacio en el que el individuo puede realmente expresarse, más allá de los roles que está obligado a asumir en una sociedad técnicamente organizada; por otro lado este espacio, siendo el único en el cual el yo puede desplegarse y jugarse su libertad más allá de cualquier norma u ordenamiento preconstituido, se ha convertido en el lugar de la radicalización del individualismo, donde hombres y mujeres buscan en el tú el propio yo, y en la unión amorosa no tanto la relación con el otro, como la posibilidad de realizar su propio yo profundo, que ya no encuentra expresión en una sociedad técnicamente organizada, declinando la identidad de cada uno de nosotros según su idoneidad y funcionalidad en el sistema al que pertenecen.
Como efecto de esta extraña combinación, en nuestra época el amor se vuelve indispensable para la propia realización como nunca lo había sido antes, y al mismo tiempo imposible porque, en la relación amorosa, aquello que se busca no es el otro, sino más bien, a través del otro, la realización de uno mismo.
Umberto Galimberti. Las cosas del amor
(Las cursivas son del autor)
Como efecto de esta extraña combinación, en nuestra época el amor se vuelve indispensable para la propia realización como nunca lo había sido antes, y al mismo tiempo imposible porque, en la relación amorosa, aquello que se busca no es el otro, sino más bien, a través del otro, la realización de uno mismo.
Umberto Galimberti. Las cosas del amor
(Las cursivas son del autor)
23 abril 2007
Asignatura pendiente
Treinta años del estreno de Asignatura pendiente, la primera y muy exitosa película de José Luis Garci. A estas alturas, parece mentira que nos gustara tanto a tanta gente. Eso da la medida del profundo trastorno que el franquismo había causado en nuestras mentes. Como escribe Rodríguez Marchante en el ABC, España estaba entonces “todavía colgada psicológica y, tal vez, físicamente del gancho de años y años de dictadura”. Ahí tiene que estar la raíz del desvarío.
Lo más sorprendente –y lo que más mortifica- es que no éramos unos recién llegados al cine. Aun limitados por la burricie censoril franquista, habíamos visto lo mejor de la producción americana de los años treinta, cuarenta y cincuenta (John Ford, Billy Wilder, no sé, un buen puñado de obras excelsas), y encima, incluso en una diminuta y levítica ciudad como la Pamplona de los años setenta, llevábamos encima una buena tacada de, por ejemplo, películas checas, rusas, polacas, suecas, alemanas y francesas, y en versión original, gracias al Cine Club Lux o a las salas Rex, Xavier o Juventud. Pero salía Fiorella Faltoyano enseñando los pechos, o un desconocido Héctor Alterio en la cárcel y con jersey, en un trasunto obvio del valeroso Marcelino Camacho, o José Sacristán discurseando sobre cómo en el franquismo las gentes como él habían llegado tarde a la política, al amor, al sexo, a la libertad, y nos emocionábamos hasta la enajenación.
No entendíamos –algunos simplemente perdonaban por lo excepcional del momento- que Garci nos estaba vendiendo un acercamiento tosco, blando y dulzón a la cruel realidad, un acercamiento enfermo de hinchazón verbal en el cual, gracias por ejemplo al uso estratégico de la música (esa Luna de miel que cantaba Gloria Lasso), se extendía una auténtica infección sentimentaloide. Recuerdo haber leído una crítica de John Berger al uso de la música en La lista de Schindler. La hermosura de la melodía, decía Berger, está de más en la película, se da de bruces con la terrible sordidez de lo narrado y lo edulcora letalmente. Mutatis mutandis, y salvando las enormes diferencias entre ambas obras, creo que algo de eso sucedía en Asignatura pendiente.
Lo más sorprendente –y lo que más mortifica- es que no éramos unos recién llegados al cine. Aun limitados por la burricie censoril franquista, habíamos visto lo mejor de la producción americana de los años treinta, cuarenta y cincuenta (John Ford, Billy Wilder, no sé, un buen puñado de obras excelsas), y encima, incluso en una diminuta y levítica ciudad como la Pamplona de los años setenta, llevábamos encima una buena tacada de, por ejemplo, películas checas, rusas, polacas, suecas, alemanas y francesas, y en versión original, gracias al Cine Club Lux o a las salas Rex, Xavier o Juventud. Pero salía Fiorella Faltoyano enseñando los pechos, o un desconocido Héctor Alterio en la cárcel y con jersey, en un trasunto obvio del valeroso Marcelino Camacho, o José Sacristán discurseando sobre cómo en el franquismo las gentes como él habían llegado tarde a la política, al amor, al sexo, a la libertad, y nos emocionábamos hasta la enajenación.
No entendíamos –algunos simplemente perdonaban por lo excepcional del momento- que Garci nos estaba vendiendo un acercamiento tosco, blando y dulzón a la cruel realidad, un acercamiento enfermo de hinchazón verbal en el cual, gracias por ejemplo al uso estratégico de la música (esa Luna de miel que cantaba Gloria Lasso), se extendía una auténtica infección sentimentaloide. Recuerdo haber leído una crítica de John Berger al uso de la música en La lista de Schindler. La hermosura de la melodía, decía Berger, está de más en la película, se da de bruces con la terrible sordidez de lo narrado y lo edulcora letalmente. Mutatis mutandis, y salvando las enormes diferencias entre ambas obras, creo que algo de eso sucedía en Asignatura pendiente.
18 abril 2007
JR
«Quienes hayan tenido algún problema serio con su corazón, no podrán leer sin cierta angustia Elegía, la última obra de Philip Roth. Esa que termina: ‘Sin embargo, no se despertó. Paro cardíaco. Ya no existía, liberado de ser, entrando en la nada sin saberlo siquiera. Tal como había temido desde el principio.’ (...) Acaso una duda: ¿no existe quien prefiere ese irse sin saberlo, sin tiempo para el lamento de lo dejado?»
Con estas líneas arrancaba el comentario que el libro de Roth le suscitó a José Ramón Urío, y que resultó ser la antepenúltima de las entradas de su blog (www.ideas-en-el-aire.blogspot.com), un blog ahora varado en la red como un juguete roto. Hablamos de Elegía el 21 de diciembre, la última ocasión en que nos vimos, de cómo nos había golpeado a los dos -aunque yo sabía por supuesto que para él, que tenía el corazón dañado, el libro guardaba otro significado, el de esa angustia nada literaria que nombra en su texto-. En medio de jóvenes en plena bulla prenavideña que atestaban la cafetería, JR, sin dejar de comer con apetito, habló, como casi siempre, de la acuciante escasez de tiempo para leer y escribir, de las mil pejigueras del instituto, de los planes para la vacaciones y, cada dos por tres, de Platón, el filósofo que le iluminaba sin cesar y al que no puede dejar de traer a colación al término del comentario sobre Elegía. Casi no nos dejó hablar a D. y a mí. Vanidoso, egocéntrico, JR me irritaba con frecuencia –y se lo decía, la franqueza incluso brusca siempre estuvo presente entre nosotros-, pero al mismo tiempo era muy tierno y vulnerable, y su compañía me interesaba y estimulaba. Tras estar con él –y mira que estuvimos veces en más de trece años de amistad-, siempre quedaba algo zumbando en mi cabeza, una idea, una refutación, una sugerencia de lectura, una confidencia. JR fue, en buena medida, algo muy raro: un hombre libre. Por eso anduvo por el mundo chocando con no pocas personas. Pero esa impertinente libertad era parte esencial del atractivo que le hacía también ser amado por otras muchas.
Aquella noche hacía mucho frío, y José Ramón habló de cómo su corazón sufría con la gelidez, así que nos despedimos en la calle a toda velocidad. Quedamos en vernos a principios de año, nos escribimos varios correos, pero no pudo ser. El 16 de febrero el corazón le falló por última vez, como al protagonista de Elegía, y se marchó igual que él, «sin saberlo, sin tiempo para el lamento de lo dejado». Ahora estoy más solo. JR, te echo de menos.
Con estas líneas arrancaba el comentario que el libro de Roth le suscitó a José Ramón Urío, y que resultó ser la antepenúltima de las entradas de su blog (www.ideas-en-el-aire.blogspot.com), un blog ahora varado en la red como un juguete roto. Hablamos de Elegía el 21 de diciembre, la última ocasión en que nos vimos, de cómo nos había golpeado a los dos -aunque yo sabía por supuesto que para él, que tenía el corazón dañado, el libro guardaba otro significado, el de esa angustia nada literaria que nombra en su texto-. En medio de jóvenes en plena bulla prenavideña que atestaban la cafetería, JR, sin dejar de comer con apetito, habló, como casi siempre, de la acuciante escasez de tiempo para leer y escribir, de las mil pejigueras del instituto, de los planes para la vacaciones y, cada dos por tres, de Platón, el filósofo que le iluminaba sin cesar y al que no puede dejar de traer a colación al término del comentario sobre Elegía. Casi no nos dejó hablar a D. y a mí. Vanidoso, egocéntrico, JR me irritaba con frecuencia –y se lo decía, la franqueza incluso brusca siempre estuvo presente entre nosotros-, pero al mismo tiempo era muy tierno y vulnerable, y su compañía me interesaba y estimulaba. Tras estar con él –y mira que estuvimos veces en más de trece años de amistad-, siempre quedaba algo zumbando en mi cabeza, una idea, una refutación, una sugerencia de lectura, una confidencia. JR fue, en buena medida, algo muy raro: un hombre libre. Por eso anduvo por el mundo chocando con no pocas personas. Pero esa impertinente libertad era parte esencial del atractivo que le hacía también ser amado por otras muchas.
Aquella noche hacía mucho frío, y José Ramón habló de cómo su corazón sufría con la gelidez, así que nos despedimos en la calle a toda velocidad. Quedamos en vernos a principios de año, nos escribimos varios correos, pero no pudo ser. El 16 de febrero el corazón le falló por última vez, como al protagonista de Elegía, y se marchó igual que él, «sin saberlo, sin tiempo para el lamento de lo dejado». Ahora estoy más solo. JR, te echo de menos.
17 abril 2007
Prosas apátridas
En abril de 1981 encontré, en uno de mis incontables y minuciosos escrutinios de la pamplonesa librería Auzolan —la primera, la de la calle San Gregorio— un librito que Tusquets había publicado en el 75. Tal vez había ido cogiendo polvo allí desde la apertura de la librería tres años antes, porque su aspecto no era, digamos, muy lozano –hoy es casi imposible que en una librería “normal” conserven un libro tanto tiempo: si no se vende, en tres meses como mucho se devuelve al distribuidor para dejar sitio a otra novedad—. Pero sólo ese día me fijé en él. El ejemplar era además parcialmente defectuoso: tenía un pliego repetido, lo que a primera vista desconcertaba al lector, que encontraba varios textos dos veces y debía reconstruir el puzzle.
Se trataba de la primera edición “mundial” de las Prosas apátridas de Julio Ramón Ribeyro, un autor que no me sonaba absolutamente de nada. Lo ojeé, en cinco minutos me atrapó y lo compré por cuatro perras. Esa misma noche lo devoré, con el deslumbramiento radical y venenoso que nos provocan ciertas ideas y palabras en la juventud —venenoso, me temo, precisamente por la juventud: la lucidez es una condena y un desastre si llega demasiado pronto—.
Aquella primera edición llevaba un magnífico y muy informativo prólogo de José Miguel Oviedo, autor ya entonces del mejor estudio sobre las grandes novelas de Vargas Llosa —las primeras, para entendernos—, y a quien, al correr del tiempo, acabé debiendo también el hallazgo del ensayista colombiano Nicolás Gómez Dávila. El prólogo de Oviedo desapareció en la edición completa de las prosas, que es de 1985, también en Tusquets –la que adquirí en el 81 tenía aproximadamente la mitad de las doscientas prosas de la definitiva, aunque esta, tampoco se piensen, sólo abulta 180 páginas de muy pequeño formato—, tal vez por desavenencias entre el autor y el estudioso, quizás porque Tusquets y Argos Vergara publicaron otros libros de Ribeyro a comienzos de los años ochenta y pensaron que ya no era necesaria la presentación que Oviedo hacía de su compatriota para los lectores no peruanos en el volumen con que yo me había tropezado en Auzolan.
En el prólogo de Oviedo me enteré de que la fortuna editorial de Ribeyro en Lima —donde, pese a vivir en París hacía muchos años, había publicado sus anteriores libros: tres novelas y varios tomitos de cuentos— era desastrosa, y que en las misérrimas ediciones peruanas abundaban las erratas y las páginas bailadas. Vamos, que a Ribeyro y a sus libros no los conocía nadie.
Con el tiempo supe que el peruano, además de una pésima salud que le tuvo en varias ocasiones a punto de la muerte, sobre todo por las dolencias de estómago y su adicción al tabaco, atesoraba pocos pero fervientes admiradores. Y supe, por las Prosas apátridas, pero también después por sus diarios (La tentación del fracaso) y por testimonios escritos de amigos suyos, que sufrió periodos de tremendos apuros económicos, rachas de obligados trabajos de supervivencia y, entreverada siempre con el paso corriente de los días, una aguda sensación de fracaso literario y vital y una melancolía asifixiante (“Pronto 48 años y sigo hablando conmigo mismo, dando vueltas en torno a mi imagen doblegada, roída por el orín del tiempo y la desilusión. Helado, seco, hueco, como una lápida en el más minúsculo cementerio serrano, mi propia lápida”). Al menos los últimos años de su vida, de nuevo en el Perú y roído por el cáncer, alcanzó un progresivo y relativo reconocimiento y una precaria paz interior. Fernando Ampuero, escritor y amigo de Ribeyro, escribió que éste fue, en esos primeros años noventa, un hombre “cálido y elegante como lo fuera en todo momento, pero pletórico de ideas, ávido de aventuras, con las ganas de vivir de un adolescente y dispuesto a celebrar tertulias tres veces por semana en bares, restaurantes o en la agradable terraza de su departamento barranquino mientras la noche avanzaba y la brisa marina nos refrescaba y revolvía el cabello”.
Ahora Seix-Barral ha reeditado en España las Prosas apátridas, y he visto en pocos días muchos comentarios y referencias sobre este pequeño volumen que inauguró, tras los cuentos y las novelas de los cincuenta y sesenta, una etapa editorial de Ribeyro de «preeminencia de lo autobiográfico y lo moralizante» (Sergio Franco). Cuando leí estas prosas yo no conocía a ensayistas y moralistas franceses como Montaigne, La Rochefoucauld, La Bruyere o Chamfort, así que no sabía de dónde venía el peruano en este librito. Pero, ya lo he dicho, mi experiencia lectora fue imborrable, he vuelto a ellas muchas veces, se las he regalado a varios amigos, me han hecho pensar y hablar con algunas almas afines, y hay prosas que han guiado y siguen haciéndolo mi mirada sobre ciertas regiones de la conducta humana. Ribeyro ha sido, por ejemplo como Cioran, un autor que estoy seguro de que me ha hecho daño, y que al mismo tiempo me ha exaltado y alumbrado en muchos momentos. En este conjunto de pequeños textos que, como dice el autor, “no se ajustan cabalmente a ningún género, pues no son poemas en prosa, ni páginas de un diario íntimo, ni apuntes destinados a un posterior desarrollo”, siendo a la vez todo eso, no sobra nada. En fin, cómo decirlo, lean a Ribeyro, y seguro que más de una vez tendrán ganas después, incluso tras varios años, de abrir el libro por cualquier página y entristecerse con unas líneas.
Me apetece terminar con esta prosa, una de las que enseña la columna vertebral del conjunto: «Nunca he podido comprender el mundo y me iré de él llevándome una imagen confusa. Otros pudieron o creyeron armar el rompecabezas de la realidad y lograron distinguir la figura escondida, pero yo viví entreverado con las piezas dispersas, sin saber dónde colocarlas. Así, vivir habrá sido para mí enfrentarme a un juego cuyas reglas se me escaparon y en consecuencia no haber encontrado la solución del acertijo. Por ello, lo que he escrito ha sido una tentativa para ordenar la vida y explicármela, tentativa vana que culminó en la elaboración de un inventario de enigmas. La culpa la tiene quizás la naturaleza de mi inteligencia, que es una inteligencia disociadora, ducha en plantearse problemas, pero incapaz de resolverlos. Si alguna certeza adquirí fue que no existen certezas. Lo que es una buena definición del escepticismo».
Se trataba de la primera edición “mundial” de las Prosas apátridas de Julio Ramón Ribeyro, un autor que no me sonaba absolutamente de nada. Lo ojeé, en cinco minutos me atrapó y lo compré por cuatro perras. Esa misma noche lo devoré, con el deslumbramiento radical y venenoso que nos provocan ciertas ideas y palabras en la juventud —venenoso, me temo, precisamente por la juventud: la lucidez es una condena y un desastre si llega demasiado pronto—.
Aquella primera edición llevaba un magnífico y muy informativo prólogo de José Miguel Oviedo, autor ya entonces del mejor estudio sobre las grandes novelas de Vargas Llosa —las primeras, para entendernos—, y a quien, al correr del tiempo, acabé debiendo también el hallazgo del ensayista colombiano Nicolás Gómez Dávila. El prólogo de Oviedo desapareció en la edición completa de las prosas, que es de 1985, también en Tusquets –la que adquirí en el 81 tenía aproximadamente la mitad de las doscientas prosas de la definitiva, aunque esta, tampoco se piensen, sólo abulta 180 páginas de muy pequeño formato—, tal vez por desavenencias entre el autor y el estudioso, quizás porque Tusquets y Argos Vergara publicaron otros libros de Ribeyro a comienzos de los años ochenta y pensaron que ya no era necesaria la presentación que Oviedo hacía de su compatriota para los lectores no peruanos en el volumen con que yo me había tropezado en Auzolan.
En el prólogo de Oviedo me enteré de que la fortuna editorial de Ribeyro en Lima —donde, pese a vivir en París hacía muchos años, había publicado sus anteriores libros: tres novelas y varios tomitos de cuentos— era desastrosa, y que en las misérrimas ediciones peruanas abundaban las erratas y las páginas bailadas. Vamos, que a Ribeyro y a sus libros no los conocía nadie.
Con el tiempo supe que el peruano, además de una pésima salud que le tuvo en varias ocasiones a punto de la muerte, sobre todo por las dolencias de estómago y su adicción al tabaco, atesoraba pocos pero fervientes admiradores. Y supe, por las Prosas apátridas, pero también después por sus diarios (La tentación del fracaso) y por testimonios escritos de amigos suyos, que sufrió periodos de tremendos apuros económicos, rachas de obligados trabajos de supervivencia y, entreverada siempre con el paso corriente de los días, una aguda sensación de fracaso literario y vital y una melancolía asifixiante (“Pronto 48 años y sigo hablando conmigo mismo, dando vueltas en torno a mi imagen doblegada, roída por el orín del tiempo y la desilusión. Helado, seco, hueco, como una lápida en el más minúsculo cementerio serrano, mi propia lápida”). Al menos los últimos años de su vida, de nuevo en el Perú y roído por el cáncer, alcanzó un progresivo y relativo reconocimiento y una precaria paz interior. Fernando Ampuero, escritor y amigo de Ribeyro, escribió que éste fue, en esos primeros años noventa, un hombre “cálido y elegante como lo fuera en todo momento, pero pletórico de ideas, ávido de aventuras, con las ganas de vivir de un adolescente y dispuesto a celebrar tertulias tres veces por semana en bares, restaurantes o en la agradable terraza de su departamento barranquino mientras la noche avanzaba y la brisa marina nos refrescaba y revolvía el cabello”.
Ahora Seix-Barral ha reeditado en España las Prosas apátridas, y he visto en pocos días muchos comentarios y referencias sobre este pequeño volumen que inauguró, tras los cuentos y las novelas de los cincuenta y sesenta, una etapa editorial de Ribeyro de «preeminencia de lo autobiográfico y lo moralizante» (Sergio Franco). Cuando leí estas prosas yo no conocía a ensayistas y moralistas franceses como Montaigne, La Rochefoucauld, La Bruyere o Chamfort, así que no sabía de dónde venía el peruano en este librito. Pero, ya lo he dicho, mi experiencia lectora fue imborrable, he vuelto a ellas muchas veces, se las he regalado a varios amigos, me han hecho pensar y hablar con algunas almas afines, y hay prosas que han guiado y siguen haciéndolo mi mirada sobre ciertas regiones de la conducta humana. Ribeyro ha sido, por ejemplo como Cioran, un autor que estoy seguro de que me ha hecho daño, y que al mismo tiempo me ha exaltado y alumbrado en muchos momentos. En este conjunto de pequeños textos que, como dice el autor, “no se ajustan cabalmente a ningún género, pues no son poemas en prosa, ni páginas de un diario íntimo, ni apuntes destinados a un posterior desarrollo”, siendo a la vez todo eso, no sobra nada. En fin, cómo decirlo, lean a Ribeyro, y seguro que más de una vez tendrán ganas después, incluso tras varios años, de abrir el libro por cualquier página y entristecerse con unas líneas.
Me apetece terminar con esta prosa, una de las que enseña la columna vertebral del conjunto: «Nunca he podido comprender el mundo y me iré de él llevándome una imagen confusa. Otros pudieron o creyeron armar el rompecabezas de la realidad y lograron distinguir la figura escondida, pero yo viví entreverado con las piezas dispersas, sin saber dónde colocarlas. Así, vivir habrá sido para mí enfrentarme a un juego cuyas reglas se me escaparon y en consecuencia no haber encontrado la solución del acertijo. Por ello, lo que he escrito ha sido una tentativa para ordenar la vida y explicármela, tentativa vana que culminó en la elaboración de un inventario de enigmas. La culpa la tiene quizás la naturaleza de mi inteligencia, que es una inteligencia disociadora, ducha en plantearse problemas, pero incapaz de resolverlos. Si alguna certeza adquirí fue que no existen certezas. Lo que es una buena definición del escepticismo».
15 abril 2007
Tobias Wolff y Vida de este chico
Ayer sábado vi en Cuatro, de nuevo, Vida de este chico, la película de Michael Caton-Jones rodada a mediados de los noventa a partir de la historia de Tobias Wolff del mismo título. No está mal, otra vez pasé un estupendo rato con un film digno, aunque ni de lejos alcanza la riqueza de detalles, la hondura y la sutileza con que Wolff elaboró su relato. Tengo la mayor de las admiraciones cinéfilas por Robert de Niro, Leonardo di Caprio y la siempre espléndida Ellen Barkin, y los escenarios de la película -esos lugares montañosos del estado de Washinton en los años cincuenta, lejos de Seatle- aparecen igual que como me los imaginé en la lectura. Pero ves la película y pasa lo de casi siempre si el libro te impresionó: ofrecen un resumen de trazo grueso, una sinopsis del libro redactada con rotulador de punta muy gorda en la que, además, la poda brutal que se efectúa sobre aquel se acompaña, para facilitar supuestamente la vida al espectador, de conversaciones y datos auxiliares inventados por el guionista-adaptador que hacen el conjunto más explícito pero más simple, más obvio, más pobre. El personaje de Dwigth, el nuevo esposo de la madre de Wolff, resulta en la película demasiado en varios sentidos, particularmente demasiado violento en el sentido más físico del término, una caricatura de alguien que ya poseía en la historia de Wolff un carácter agresivo, pero que sobre ello era estúpido, vago, inconstante y fantoche. En el film no han podido resistir la tentación de simplificarlo, de convertirlo en un psicópata perpetuamente furioso que desde el primer momento quiere matar a Wolff y machacar a la madre de éste.
Aun y todo, insisto, la película se deja ver con interés. Y si alguien salta de ella al libro de Wolff, sobre el que toda recomendación es poca, pues miel sobre hojuelas.
A propósito de ese libro de Tobias Wolff, y de otro posterior también apasionante, En el ejército del faraón, escribí un artículo al que se puede echar un vistazo aquí, y que apareció en la revista digital La casa de los Malfenti (www.lacasadelosmalfenti.com), un empeño literario verdaderamente admirable de Belén Galindo, Roberto Goñi y Juanma Albizu del que acaba de aparecer el número 22, el de la primavera de 2007. Ellos tienen la generosidad de decir que la revista la hacen más personas. No, eso no es así exactamente. Sin ellos, sin su constancia y pericia, sin su invitación siempre amable, sin su activismo cordial, sencillamente no habría revista. Da gusto que haya gente como Belén, Roberto y Juanma, y es una suerte conocerlos.
Aun y todo, insisto, la película se deja ver con interés. Y si alguien salta de ella al libro de Wolff, sobre el que toda recomendación es poca, pues miel sobre hojuelas.
A propósito de ese libro de Tobias Wolff, y de otro posterior también apasionante, En el ejército del faraón, escribí un artículo al que se puede echar un vistazo aquí, y que apareció en la revista digital La casa de los Malfenti (www.lacasadelosmalfenti.com), un empeño literario verdaderamente admirable de Belén Galindo, Roberto Goñi y Juanma Albizu del que acaba de aparecer el número 22, el de la primavera de 2007. Ellos tienen la generosidad de decir que la revista la hacen más personas. No, eso no es así exactamente. Sin ellos, sin su constancia y pericia, sin su invitación siempre amable, sin su activismo cordial, sencillamente no habría revista. Da gusto que haya gente como Belén, Roberto y Juanma, y es una suerte conocerlos.
10 abril 2007
Cesc Gay
El otro día vi en mi casa, tan ricamente, Ficción, la última película de Cesc Gay. Hace años me interesó, sin más, la que creo que fue su segunda película, Krampack. Pero la siguiente que dirigió, En la ciudad, la tengo situada en mi pequeño olimpo de películas españolas inolvidables. En ella unos cuantos amigos barceloneses cultos, acomodados y amables charlan en restaurantes, librerías, casas y bares. Sólo el espectador, por gracia de un guión muy bien medido que le anticipa estratégicamente ciertos datos, sabe que, en realidad, la mentira y la ocultación presiden sus relaciones.
Cesc Gay ha declarado recientemente que sus películas «se estructuran sobre personajes que no expresan lo que sienten. Sobre sentimientos que se reprimen ya sea de forma consciente o porque la esencia del personaje sea esa, la contención, el celo a la intimidad de forma absoluta, como un gesto de defensa, de protección de uno mismo». Esto, ciertamente, se puede aplicar a Krampack y Ficción. Pero sólo parcialmente a En la ciudad, película que tiene un tono más sombrío. Como dice un personaje de En picado, la última novela de Nick Hornby, «Nos pasamos tanto tiempo no diciendo lo que deseamos realmente porque sabemos que no podemos conseguirlo. Y porque suena a descortesía, a ingratitud, a deslealtad, a niñería, a banalidad. O porque estamos tan desesperados que fingimos que las cosas están bien, y si nos confesamos a nosotros mismos que no lo están nos da la impresión de cometer un error.» En la película de Cesc Gay hay mucho silencio, y en varias escenas los protagonistas callan los deseos o desdichas que nosotros sí conocemos. Pero también, cuando hablan, simulan ante sus amigos o parejas felicidades inexistentes, o normalidades mentirosas, o estados de placidez que esconden tormentos interiores. La última escena del film es inolvidable: alrededor de una gran paella de cumpleaños, la cuadrilla asiste al amago de explosión de verdad de la anfitriona, una tentativa que, al menos temporalmente, queda neutralizada por la fuerza del ritual amistoso, por frágil o falso que este sea. (Recuerdo haber leído, por cierto, unas declaraciones de Gay hace años en las que contaba cómo las lágrimas repentinas e inexplicadas de una amiga en una comida de un montón de gente fueron el motor de esta historia.)
Ficción es una película aparentemente mucho más sencilla, la historia de dos personas que han dejado por unos días a sus familias en la ciudad y se conocen en lo más alto del Pirineo catalán. Estas personas se atraen intensamente, pero no se atreven a vivir su amor. Dice su director, en la página web de la película, que «En el cine normalmente se contaría la historia del infiel, del que vive una aventura, y en último caso del que rompe la familia. Yo cuento lo no vivido, lo que se reprime, lo que a menudo ni se cuenta. Pienso que eso muchas veces no significa que no se viva con incluso mayor intensidad. Una vez más, son sentimientos íntimos y no compartidos.» El protagonista, que ha subido a la montaña a tratar de cerrar una crisis creativa, se da de bruces con una pasión que choca con su miedo, o tal vez con su sentido de la responsabilidad familiar. Hoy, como dice Gay, y puesto que vivimos un tiempo de exaltación sentimental y de exhortación a seguir en cada momento el camino que nos dicte el corazón, esperaríamos que los personajes tuvieran un lío, o incluso que rompieran con sus lazos familiares para vivir sin trabas el nuevo amor. Pero aquí lo que se nos cuenta es la fuerza de algo que, salvo en pequeña medida en la última escena, permanece sólo en el interior de los amantes, aunque sus miradas posean más de una vez una vehemencia dolorosa. La ficción del título creo que alude al poder de una “historia” que no cambia exteriormente el rumbo vital de unos personajes ubicados en un tiempo y un espacio “ficticio” por excepcional, pero sí los golpea con la violencia con que suelen hacerlo las buenas ficciones. El protagonista, el maravilloso Eduard Fernández, habla muy poco, pero revela mucho cuando es incapaz de dormir, o le invade la furia de cocinar, cortar madera o lavar el coche, o desvía el rostro en un bar ante el pánico a terminar sucumbiendo a su deseo. ¿Hace bien conteniéndose y ciñendo el relato amoroso únicamente al territorio de la ficción, de lo “no real”? ¿El miedo o la responsabilidad no acabarán pasándoles una abultada factura de infelicidad?
Cesc Gay filma espléndidamente la sugerencia, los gestos, las miradas, la tensión que apenas sin palabras inunda a los personajes, las acciones banales que van dibujándolos. En La noche se mueve, de Arthur Penn, el protagonista apunta con desdén que en las películas de Eric Rohmer, quintaesencia del cine europeo, ves crecer la hierba. Pues no sé qué diría si viera Ficción. Peor para él. Yo al menos he podido aquí, y con pasión, ver crecer la hierba de una historia que, con poca acción, sólo a través de detalles, transmite, como dice el propio Gay, más que una conclusión, «un estado de de ánimo».
Cesc Gay ha declarado recientemente que sus películas «se estructuran sobre personajes que no expresan lo que sienten. Sobre sentimientos que se reprimen ya sea de forma consciente o porque la esencia del personaje sea esa, la contención, el celo a la intimidad de forma absoluta, como un gesto de defensa, de protección de uno mismo». Esto, ciertamente, se puede aplicar a Krampack y Ficción. Pero sólo parcialmente a En la ciudad, película que tiene un tono más sombrío. Como dice un personaje de En picado, la última novela de Nick Hornby, «Nos pasamos tanto tiempo no diciendo lo que deseamos realmente porque sabemos que no podemos conseguirlo. Y porque suena a descortesía, a ingratitud, a deslealtad, a niñería, a banalidad. O porque estamos tan desesperados que fingimos que las cosas están bien, y si nos confesamos a nosotros mismos que no lo están nos da la impresión de cometer un error.» En la película de Cesc Gay hay mucho silencio, y en varias escenas los protagonistas callan los deseos o desdichas que nosotros sí conocemos. Pero también, cuando hablan, simulan ante sus amigos o parejas felicidades inexistentes, o normalidades mentirosas, o estados de placidez que esconden tormentos interiores. La última escena del film es inolvidable: alrededor de una gran paella de cumpleaños, la cuadrilla asiste al amago de explosión de verdad de la anfitriona, una tentativa que, al menos temporalmente, queda neutralizada por la fuerza del ritual amistoso, por frágil o falso que este sea. (Recuerdo haber leído, por cierto, unas declaraciones de Gay hace años en las que contaba cómo las lágrimas repentinas e inexplicadas de una amiga en una comida de un montón de gente fueron el motor de esta historia.)
Ficción es una película aparentemente mucho más sencilla, la historia de dos personas que han dejado por unos días a sus familias en la ciudad y se conocen en lo más alto del Pirineo catalán. Estas personas se atraen intensamente, pero no se atreven a vivir su amor. Dice su director, en la página web de la película, que «En el cine normalmente se contaría la historia del infiel, del que vive una aventura, y en último caso del que rompe la familia. Yo cuento lo no vivido, lo que se reprime, lo que a menudo ni se cuenta. Pienso que eso muchas veces no significa que no se viva con incluso mayor intensidad. Una vez más, son sentimientos íntimos y no compartidos.» El protagonista, que ha subido a la montaña a tratar de cerrar una crisis creativa, se da de bruces con una pasión que choca con su miedo, o tal vez con su sentido de la responsabilidad familiar. Hoy, como dice Gay, y puesto que vivimos un tiempo de exaltación sentimental y de exhortación a seguir en cada momento el camino que nos dicte el corazón, esperaríamos que los personajes tuvieran un lío, o incluso que rompieran con sus lazos familiares para vivir sin trabas el nuevo amor. Pero aquí lo que se nos cuenta es la fuerza de algo que, salvo en pequeña medida en la última escena, permanece sólo en el interior de los amantes, aunque sus miradas posean más de una vez una vehemencia dolorosa. La ficción del título creo que alude al poder de una “historia” que no cambia exteriormente el rumbo vital de unos personajes ubicados en un tiempo y un espacio “ficticio” por excepcional, pero sí los golpea con la violencia con que suelen hacerlo las buenas ficciones. El protagonista, el maravilloso Eduard Fernández, habla muy poco, pero revela mucho cuando es incapaz de dormir, o le invade la furia de cocinar, cortar madera o lavar el coche, o desvía el rostro en un bar ante el pánico a terminar sucumbiendo a su deseo. ¿Hace bien conteniéndose y ciñendo el relato amoroso únicamente al territorio de la ficción, de lo “no real”? ¿El miedo o la responsabilidad no acabarán pasándoles una abultada factura de infelicidad?
Cesc Gay filma espléndidamente la sugerencia, los gestos, las miradas, la tensión que apenas sin palabras inunda a los personajes, las acciones banales que van dibujándolos. En La noche se mueve, de Arthur Penn, el protagonista apunta con desdén que en las películas de Eric Rohmer, quintaesencia del cine europeo, ves crecer la hierba. Pues no sé qué diría si viera Ficción. Peor para él. Yo al menos he podido aquí, y con pasión, ver crecer la hierba de una historia que, con poca acción, sólo a través de detalles, transmite, como dice el propio Gay, más que una conclusión, «un estado de de ánimo».
06 abril 2007
La política de la claridad
La murga terrorista no cesa. Y la ceremonia política de la confusión no digamos. Batasuna es ilegal, pero su presencia pública, consentida y alentada por el Gobierno de Zapatero, es monótona y apabullante. ETA está en tregua hace un año, pero sus gentes siguen a quien quieren, preparan informes sobre esos “objetivos”, roban pistolas y hacen prácticas con ellas y guardan explosivos, así que nada indica que tengan la más remota intención de desaparecer. La mesa de negociación política (la segunda mesa, Otegi dixit, esencial en su estrategia) está, cierto, temporalmente descuajeringada, pero los intentos de casi todos los partidos por reunir los pedazos sueltos son evidentes, minimizando lo que haga falta los desmanes del mundo abertzale. “Sin Navarra, nada”, brama Otegi, mientras Zapatero muestra sobre el asunto una ambigüedad reticente que incomoda e irrita a más de un socialista navarro. Muchos empresarios, en fin, pagan la extorsión y callan.
Ya sé que la realidad ofrece más datos. Pero estos que he apiñado en pocos segundos son incontrovertibles. Después de tratar muchos años con nacionalistas, en Canadá un político puso en circulación un objetivo que en general me gusta y que aquí y ahora me parece urgente: la política de la claridad. Por eso me apetece recordar los puntos que el 23 de marzo leyó en Madrid el tantas veces admirable Fernando Savater, y que suscribieron Covite, el Foro de Ermua y Basta Ya. El manifiesto entero sigue en la página web de Basta Ya (www.bastaya.org), pero por si acaso lo quitan, copio aquí el núcleo de las cuatro reclamaciones que contiene. Así, recordando algo que la voraz realidad periodística hará olvidar muy pronto, quiero contribucir, desde mi diminuto ángulo, al Aberri Eguna del domingo próximo.
Primero. Que se mantenga con firmeza y sin rodeos la exclusión de Batasuna del sistema político, impidiendo que participe en las próximas elecciones municipales, autonómicas y forales si no se desvincula explícita e inequívocamente de la actividad terrorista de ETA, y no de la violencia en general.
Segundo. Rechazar con absoluta claridad cualquier forma de entrega de Navarra a la comunidad de la Gran Euskadi con que sueñan los terroristas. Por un camino u otro, aunque sea sinuoso y “light”, los de ETA y Batasuna consideran esencial para su proyecto político –y como precio al final de la violencia terrorista- apropiarse de Navarra.
Tercero. Una vez que acabe efectiva y totalmente la actividad terrorista, sólo deberá hablarse con ETA, y exclusivamente sobre la propia ETA, sobre su disolución y el modo en que sus militantes asumen las responsabilidades penales en las que hayan incurrido. No son aceptables mesas de partidos que obtengan refuerzos para la hegemonía nacionalista con pretexto del final de la violencia o que sencillamente fomenten dudas sobre la “insuficiencia” de la democracia estatutaria y constitucional hoy vigente.
Cuarto. Es urgente e imprescindible que los poderes públicos emprendan la investigación y en su caso el castigo penal de los pagos a ETA de particulares o entidades corporativas, extorsionadas por la banda mafiosa. En ese campo, la eximente de necesidad por miedo insuperable se convierte en franco amparo de la complicidad. Sin dinero, ETA se acaba: no debe haber más dinero para ETA.
Ya sé que la realidad ofrece más datos. Pero estos que he apiñado en pocos segundos son incontrovertibles. Después de tratar muchos años con nacionalistas, en Canadá un político puso en circulación un objetivo que en general me gusta y que aquí y ahora me parece urgente: la política de la claridad. Por eso me apetece recordar los puntos que el 23 de marzo leyó en Madrid el tantas veces admirable Fernando Savater, y que suscribieron Covite, el Foro de Ermua y Basta Ya. El manifiesto entero sigue en la página web de Basta Ya (www.bastaya.org), pero por si acaso lo quitan, copio aquí el núcleo de las cuatro reclamaciones que contiene. Así, recordando algo que la voraz realidad periodística hará olvidar muy pronto, quiero contribucir, desde mi diminuto ángulo, al Aberri Eguna del domingo próximo.
Primero. Que se mantenga con firmeza y sin rodeos la exclusión de Batasuna del sistema político, impidiendo que participe en las próximas elecciones municipales, autonómicas y forales si no se desvincula explícita e inequívocamente de la actividad terrorista de ETA, y no de la violencia en general.
Segundo. Rechazar con absoluta claridad cualquier forma de entrega de Navarra a la comunidad de la Gran Euskadi con que sueñan los terroristas. Por un camino u otro, aunque sea sinuoso y “light”, los de ETA y Batasuna consideran esencial para su proyecto político –y como precio al final de la violencia terrorista- apropiarse de Navarra.
Tercero. Una vez que acabe efectiva y totalmente la actividad terrorista, sólo deberá hablarse con ETA, y exclusivamente sobre la propia ETA, sobre su disolución y el modo en que sus militantes asumen las responsabilidades penales en las que hayan incurrido. No son aceptables mesas de partidos que obtengan refuerzos para la hegemonía nacionalista con pretexto del final de la violencia o que sencillamente fomenten dudas sobre la “insuficiencia” de la democracia estatutaria y constitucional hoy vigente.
Cuarto. Es urgente e imprescindible que los poderes públicos emprendan la investigación y en su caso el castigo penal de los pagos a ETA de particulares o entidades corporativas, extorsionadas por la banda mafiosa. En ese campo, la eximente de necesidad por miedo insuperable se convierte en franco amparo de la complicidad. Sin dinero, ETA se acaba: no debe haber más dinero para ETA.
05 abril 2007
Estampida
"Suena la sirena en las fábricas, las oficinas, los comercios. Todos corren, derechos a casa, para coger las maletas y salir zumbando. Que las vacaciones son cuatro días y dos se pierden en el trayecto. Hay que llegar cuanto antes, disfrutar sin parar, divertirse a rabiar, y sobre todo moverse, moverse mucho, moverse sin descanso. Suelta la corbata, deja los tacones; coge las mochilas y las zapatillas, rápido; el traje de neopreno, la llave del apartamento o la bicicleta, vamos; el traje de baño, por si acaso, o la guía de Praga y los billetes. Llegar, llegar, llegar es el mandato. Para patearse capitales europeas o rutas de senderismo, para escalar al pico más alto o sumergirse en fangos antiestrés. (...) Hacer, hacer, hacer, eso es vivir, al parecer; y luego contarlo si se tercia, porque hoy en día no eres nadie si no has visto el Iguazú, y es un fracasado el que no hace una escapada, aunque sea al infierno. Al grito de “luces, cámara, acción” da comienzo nuestra ficción desesperada. Huyamos."
Irene Lozano
Irene Lozano
04 abril 2007
Matemática estulta
En el artículo de un médico (y miembro del Comité Nacional de Prevención del tabaquismo: mayúsculas que no falten) que este lunes publicó el Diario de Navarra me doy de bruces, dentro de un alegato prohibicionista del tabaco en cualquier momento y lugar, con estas afirmaciones, por supuesto demostradas científicamente: “Sabemos hoy que en sólo 20 minutos pequeñas cantidades de humo son capaces de provocar que nuestra sangre empiece a formar coágulos y las arterias se estrechen aumentando el riesgo de sufrir un infarto o un proceso embólico cerebral. El estar sentado comiendo al lado de un fumador aumenta el riesgo de sufrir un infarto un 25 %”.
Estupor. ¿Cada vez que como al lado de un fumador mi sangre forma coágulos y mis arterias se estrechan? Si me pego seis horas hablando con un fumador, y doy fe de que lo he hecho muchas veces en la vida, ¿no debería haber muerto ya, tras el enésimo infarto? ¿Cuánto tiempo perviven los coágulos y los estrechamientos si me alejo del fumador? ¿Esto acontece, insisto, cada vez, o se puede hacer el cálculo acumulando proximidades durante, no sé, un año o cinco? ¿Y de qué grado de cercanía hablamos? ¿Es lo mismo cuarenta centímetros que un metro? ¿Les sucede lo mismo a todas las personas, y en el mismo porcentaje, y cada vez que comen al lado de alguien que fuma, al margen de cualquier otra circunstancia de su vida o del resto de sus hábitos?
Dicen que el tabaco mata, y según a quién y en qué circunstancias (detalles en los cuales muchos prohibicionistas naufragan lastimosamente), no dudo de que el neotópico tenga parte de verdad. Pero la estupidez de cualquier melón también, y me temo que con más rapidez, insidia y crueldad que los cigarrillos.
Estupor. ¿Cada vez que como al lado de un fumador mi sangre forma coágulos y mis arterias se estrechan? Si me pego seis horas hablando con un fumador, y doy fe de que lo he hecho muchas veces en la vida, ¿no debería haber muerto ya, tras el enésimo infarto? ¿Cuánto tiempo perviven los coágulos y los estrechamientos si me alejo del fumador? ¿Esto acontece, insisto, cada vez, o se puede hacer el cálculo acumulando proximidades durante, no sé, un año o cinco? ¿Y de qué grado de cercanía hablamos? ¿Es lo mismo cuarenta centímetros que un metro? ¿Les sucede lo mismo a todas las personas, y en el mismo porcentaje, y cada vez que comen al lado de alguien que fuma, al margen de cualquier otra circunstancia de su vida o del resto de sus hábitos?
Dicen que el tabaco mata, y según a quién y en qué circunstancias (detalles en los cuales muchos prohibicionistas naufragan lastimosamente), no dudo de que el neotópico tenga parte de verdad. Pero la estupidez de cualquier melón también, y me temo que con más rapidez, insidia y crueldad que los cigarrillos.
22 marzo 2007
No es esto, no es esto
"Tantas banderas por las calles de Pamplona –antes sólo enarboladas en las manifestaciones de los nacionalistas, especialmente de los que apoyan a ETA- nos van dando la medida de cómo se van armando los corazones. Porque, al menos en el pasado, tras las banderas venía la violencia, eran el símbolo que dirigía la horda hacia el enfrentamiento. Por eso las banderas son para ponerse nervioso. (...) No sé cómo fue el día en Pamplona, supongo que vibrante, con todos los manifestantes dispuestos a salvar Navarra, que es España, lo que da vértigo; de nuevo, tanto salvador".
Comentario de Teo Uriarte ("El País", 21 de marzo) a propósito de la manifestación del pasado día 17, convocada por UPN y CDN, "en defensa de Navarra".
Comentario de Teo Uriarte ("El País", 21 de marzo) a propósito de la manifestación del pasado día 17, convocada por UPN y CDN, "en defensa de Navarra".
11 marzo 2007
08 febrero 2007
El señor Guevara y la confusión de la izquierda
«Desde un inocente cubículo de una universidad norteamericana o europea es fácil colgar pósteres del Che y seguir creyendo en la violencia redentora, en las abstracciones que niegan y asfixian a la realidad o en el llamado a un “hombre nuevo”. Esta anacrónica profesión de fe es un acto inadmisible de ignorancia sobre el desenlace opresivo de la Revolución cubana, en el cual el Che Guevara no es un responsable menor. Como Trotsky en la Unión Soviética, su imagen parece ennoblecerse con el exilio, la derrota y el martirio. Pero su fanatismo no palidece frente al de sus “colegas enemigos”. En lo que tiene de inercia ideológica, la Che-manía no sólo niega la tradición democrática de Occidente sino que deja de lado lo que a mi juicio es el único ángulo salvable de Guevara para nuestros días: la coherencia de su igualitarismo. Hay algo válido y aún necesario en esa aspiración utópica, sobre todo ahora que el fantasma del vacío recorre el mundo engullendo, como un hoyo negro, todo sentido de fraternidad. Pero la igualdad, impuesta desde arriba, ahoga un fin tal vez más preciado: la libertad. Por lo demás, desde Latinoamérica el paisaje se ve distinto: aquí estamos tratando de fortalecer nuestras frágiles democracias y nada más remoto de sus valores que las románticas e irresponsables aventuras de aquel condottiero del siglo XX.»
Enrique Krauze, en un impecable artículo del número de la revista Letras Libres de febrero de 2007 (gracias a R. V.)
Enrique Krauze, en un impecable artículo del número de la revista Letras Libres de febrero de 2007 (gracias a R. V.)
07 febrero 2007
Matrimonio
Antonio Elorza escribe hoy en El País sobre la historiadora Marta Bizcarrondo, fallecida ayer: “A lo largo de un tercio de siglo estuvo casada con el también historiador Antonio Elorza, que no supo hacerla feliz”. ¿Qué yacimientos de conflicto, decepción, dolor y culpa se esconden tras este lacónico resumen de más de treinta años en común, tras esta inusual confesión pública?
16 octubre 2006
Lo que de verdad importa
En estos días de premios literarios sería fácil —y tal vez resultón en un blog— darle a la tecla acerca de los chanchullos de muchos premios, sin ir más lejos del Planeta, donde todo está cocinado antes de que el jurado haya puesto a calentar la cazuela, o de las maniobras trapaceras de algunas ilustres personalidades del mundo literario cuando se ponen en faena de juzgar y decidir sobre otros (recuerdo algunas historias muy divertidas en los diarios de José Luis García Martín en las que aparecen, con nombres y apellidos, eximios poetas convertidos en jurados sin escrúpulos). Pero se ha escrito demasiado de esta vertiente de la “sociedad literaria”. Me apetece en cambio rescatar unas líneas que salvé este verano del Manual de literatura para caníbales, de Rafael Reig. Esperaba mucho bueno de ese libro y recibí poco. Profundamente desequilibrado, con bastante menos gracia de la que aspira a tener, el libro de Reig arrea con saña a ciertos escritores célebres. Por ejemplo, a Rubén Darío, siempre macerado en alcohol, a Azorín, descrito como un personajillo obsesionado por auparse a lomos del artefacto promocional, bien ideado por él, de la generación del 98, o a José Ortega y Gasset, a juicio de Reig un vanidoso repulsivo que sólo suspiraba por las marquesas y los millonarios con chistera y chaqué. Poca cosa de valor ofrece con ello Reig. En esa demolición de prestigios se tira el agua sucia, pero también el niño del auténtico valor de esos escritores. Puestos a ser irreverentes, mejor resultado obtuvo Antonio Orejudo, amigo de Reig, que en Fabulosas narraciones por historias convirtió a estos y otros prohombres literarios en personajes de una novela a ratos –sólo a ratos, la verdad— desquiciada, hilarante y feroz.
En medio de los sarcasmos, Reig apunta algo que dejo aquí porque me interesa mucho más: «Al fin y al cabo, la literatura no es más que un tipo que está en su casa y se pone a escribir en pijama. Este individuo obstinado escribe y escribe, sin parar, hasta que consigue terminar un libro. Después otro sujeto lo imprime, otro lo distribuye y, al final del recorrido, siempre aparece otro, también en su casa, que se pone a leer sin zapatos, con los pies encima de la mesa. Este es el fenómeno literario. Pare usted de contar. Tipos cansados, con ojeras, que escriben en pijama. Mujeres adormiladas en un vagón de tren. Hombres que se descalzan para leer más cómodos. Niños absortos en un rincón del patio durante todo el recreo».
En medio de los sarcasmos, Reig apunta algo que dejo aquí porque me interesa mucho más: «Al fin y al cabo, la literatura no es más que un tipo que está en su casa y se pone a escribir en pijama. Este individuo obstinado escribe y escribe, sin parar, hasta que consigue terminar un libro. Después otro sujeto lo imprime, otro lo distribuye y, al final del recorrido, siempre aparece otro, también en su casa, que se pone a leer sin zapatos, con los pies encima de la mesa. Este es el fenómeno literario. Pare usted de contar. Tipos cansados, con ojeras, que escriben en pijama. Mujeres adormiladas en un vagón de tren. Hombres que se descalzan para leer más cómodos. Niños absortos en un rincón del patio durante todo el recreo».
14 octubre 2006
Alfonso Reyes o tirando piedras contra mi tejado
Nueva visita a la feria del libro viejo y de ocasión. La tarde es deliciosa y la plaza del Castillo está muy animada, aunque, ay, comprando libros uno puede moverse con gran comodidad. Me llevo una antología del mexicano Alfonso Reyes, un verdadero sabio del que uno siempre saca algo valioso. Al azar encuentro estas líneas que, escritas en 1921, parecen preludiar lo que ahora tantos probamos con los blogs:«Ya no hay quien no escriba para el público artículos de dos o tres líneas. En estética, micro-realismo, y en estilo, monosilabismo. Así va el mundo. Y a juzgar por el aceleramiento de la vida, así como se ha dicho que la revista matará al libro, puede asegurarse que la nota matará al artículo. No se ve, antes de aventurarse en una lectura, si el asunto nos interesa, si la firma nos merece confianza: se ve si ocupa más de tres páginas. Los libros de notas –pulso febril del tiempo— serán la literatura de mañana, y ya casi son la de hoy». Claro que no podía imaginar Reyes, ¡en 1921!, lo que vendría muchos años después –aunque ya se ve que los pronósticos siempre son arriesgados: ni ha muerto el artículo extenso ni las revistas han matado a los libros; el día que estos mueran el crimen lo cometerán otros agentes—.
El fragmento termina con una observación de Reyes muy exacta, pero a la cual, a la altura de nuestros días, quisiera uno despojar de su punto lamentoso: «También los tratados de filosofía sistemática se van transformando en ‘ensayos’, palabra del escepticismo.» Sí, somos escépticos frente a los grandes sistemas, por eso apreciamos el fragmentismo, la sugerencia, la exaltación del individuo y la autonomía del comportamiento con respecto a las grandes creencias —que vemos como incómodos corsés que además ciegan el verdadero conocimiento de lo que hay—.
El fragmento termina con una observación de Reyes muy exacta, pero a la cual, a la altura de nuestros días, quisiera uno despojar de su punto lamentoso: «También los tratados de filosofía sistemática se van transformando en ‘ensayos’, palabra del escepticismo.» Sí, somos escépticos frente a los grandes sistemas, por eso apreciamos el fragmentismo, la sugerencia, la exaltación del individuo y la autonomía del comportamiento con respecto a las grandes creencias —que vemos como incómodos corsés que además ciegan el verdadero conocimiento de lo que hay—.
10 octubre 2006
Más fuertes que el amor
“Imagino a un hombre nacido sin corazón. Es bueno, al menos no es cruel; no es un libertino, se comporta bien, pero no tiene corazón.” Así describió la escritora Fenimore Woolson a un personaje, mientras tenía como modelo, por lo visto, a Henry James, de quien estaba enamorada. “Sin corazón” tiene el significado indudable, en este contexto, de “sin capacidad de enamorarse”. Porque James, que nunca conoció el amor, salvo el filial, sí fue un apasionado. ¡El autor, el autor!, de David Lodge, donde he encontrado la cita de Woolson, habla sobre todo de la angustiosa necesidad de James de reconocimiento literario. Tras el fracaso de su principal empeño teatral, en 1895, James escribió a su hermano que había pasado las horas más terribles de su vida. Y en 1909 cayó en una profunda depresión al comprobar el fracaso de ventas de la edición de su obra completa.
Hablábamos hoy de algunas personas conocidas y recordé esta lectura del verano (que, de paso, recomiendo vivamente, aunque no es la mejor novela de Lodge). ¿Amor? Parece evidente que para muchas personas hay pasiones mucho más intensas, incluso abrasivas.
Hablábamos hoy de algunas personas conocidas y recordé esta lectura del verano (que, de paso, recomiendo vivamente, aunque no es la mejor novela de Lodge). ¿Amor? Parece evidente que para muchas personas hay pasiones mucho más intensas, incluso abrasivas.
Postal de verano
Feria del libro antiguo y de ocasión en la Plaza del Castillo. Compro una novela y entre sus páginas encuentro una postal corriente que reproduce el puerto de Fuenterrabía-Hondarribia (sic). En el reverso, las líneas que una mujer, seguro que joven, escribe el 23 de agosto de 1984 a una pareja amiga de Zaragoza. El arranque excita mi atención. “Queridos Ana y Chema, al fin hemos visto el mar”. ¿El mar por primera vez en la vida de la chica? ¿El mar una vez más, dentro del enésimo periplo vacacional? Prefiero inclinarme por la segunda hipótesis, más improbable pero no absurda para una parte de la población del interior español que aún no tenía en 1984 el actual poder adquisitivo y tampoco sufría la compulsión turística que hoy nos devora. La frase revela así, en especial con ese “al fin”, la alegre potencia, casi infantil, de los momentos iniciáticos.
Más intriga destila el final: “Ana, sobre lo que tú y yo sabemos, la cosa va funcionando, a veces me cuesta pero se logra”. ¿Qué era aquello que funcionaba sólo más o menos, con desfallecimientos ocasionales, y que la remitente no pudo evitar insinuar? ¿Qué le afligía o fatigaba tanto? ¿Su relación con quien también firma la postal? ¿Un viejo conflicto familiar o laboral en vías de remisión, pese a lo que “cuesta”? Por sorpresa me he topado con una pequeña confidencia que podría ser el motor para un ejercicio de taller de escritura. Sólo que aquí la materia prima la ponen las tribulaciones que asoman tras la letra menuda, casi escolar, de una mujer que en Fuenterrabía, un día de “fuerte sol”, escribió una postal de verano.
Más intriga destila el final: “Ana, sobre lo que tú y yo sabemos, la cosa va funcionando, a veces me cuesta pero se logra”. ¿Qué era aquello que funcionaba sólo más o menos, con desfallecimientos ocasionales, y que la remitente no pudo evitar insinuar? ¿Qué le afligía o fatigaba tanto? ¿Su relación con quien también firma la postal? ¿Un viejo conflicto familiar o laboral en vías de remisión, pese a lo que “cuesta”? Por sorpresa me he topado con una pequeña confidencia que podría ser el motor para un ejercicio de taller de escritura. Sólo que aquí la materia prima la ponen las tribulaciones que asoman tras la letra menuda, casi escolar, de una mujer que en Fuenterrabía, un día de “fuerte sol”, escribió una postal de verano.
18 septiembre 2006
Babeando
El País extractaba ayer domingo un artículo del escritor y diputado argentino Miguel Bonasso en el que narra un encuentro reciente con Fidel Castro. Bonasso, autor de algunos libros valiosos, escritor político de ideas confusas tirando a siniestras, y que ha sido publicado aquí por la editorial batasuna Txalaparta, se topa primero con el médico personal del caudillo, quien anda “derrochando bonhomía”. Una “señora muy amable” le introduce después en la habitación del enfermo, donde la visión de éste le reconforta: “el nudo que yo traía en la garganta se aflojó de golpe. Puede sonar increíble, pero Fidel estaba tan lúcido y filoso como siempre”. Castro, seguro que para multiplicar el regocijo del argentino, le “subraya que su gran amigo Hugo Chávez se ha convertido en un líder mundial”. En esas anda desde luego el militarote bolivariano, al que sus arengas en “Aló presidente”, alimento del zapping, más le emparentan con Cantinflas, y por eso acaba de estrechar lazos fraternales, en una gira, con las grandes esperanzas de la revolución mundial. Por ejemplo, el últimamente reblandecido Gadafi, o el rozagante presidente iraní, o el gran timonel de Corea del Norte, otro figura.
Bonasso escucha embelesado a Fidel, el cual habla “con la misma intensidad de siempre, como si no hubiera pasado por el filo de la navaja dejando en terrible suspenso a millones de personas”. Y parece producirle un escalofrío la confesión del cubano de que quería terminar la corrección de las pruebas del libro de Ignacio Ramonet (Fidel Castro: biografía a dos voces) “porque no sabía de qué tiempo dispondría”. Tan tremendo le parece el momento a Bonasso, tan cargado de gravedad, que se cierne sobre la habitación “la sombra del gran límite, de la imposibilidad de toda posibilidad”. Sobrecogedor.
El tono babeante y genuflexo de todo el articulito es idéntico al que se gasta el propio Ramonet, quien, pese a las homilías llamando a la rebelión que nos asesta en Le Monde Diplomatique, aparece en el libro como un vocero de Castro tan entusiasta y rendido que en la presentación casi lo retrata como un superhombre, tal es el conjunto de virtudes y saberes que lo adornan. En fin, que Ramonet, en realidad, no ha tenido ningún remilgo en firmar lo que no es más que un panfleto autopropagandístico del propio tirano.
¿Pero qué condena es esta? ¿Es que no hay otro camino decente, con lo que ha caído en el mundo en los últimos veinte años, que el de esta cuadrilla de líderes desalineados pero despóticos y sus periodistas felpudo? ¿Es que la crítica y la resistencia a la globalización realmente existente tienen que estar en manos de esta jarca?
Bonasso escucha embelesado a Fidel, el cual habla “con la misma intensidad de siempre, como si no hubiera pasado por el filo de la navaja dejando en terrible suspenso a millones de personas”. Y parece producirle un escalofrío la confesión del cubano de que quería terminar la corrección de las pruebas del libro de Ignacio Ramonet (Fidel Castro: biografía a dos voces) “porque no sabía de qué tiempo dispondría”. Tan tremendo le parece el momento a Bonasso, tan cargado de gravedad, que se cierne sobre la habitación “la sombra del gran límite, de la imposibilidad de toda posibilidad”. Sobrecogedor.
El tono babeante y genuflexo de todo el articulito es idéntico al que se gasta el propio Ramonet, quien, pese a las homilías llamando a la rebelión que nos asesta en Le Monde Diplomatique, aparece en el libro como un vocero de Castro tan entusiasta y rendido que en la presentación casi lo retrata como un superhombre, tal es el conjunto de virtudes y saberes que lo adornan. En fin, que Ramonet, en realidad, no ha tenido ningún remilgo en firmar lo que no es más que un panfleto autopropagandístico del propio tirano.
¿Pero qué condena es esta? ¿Es que no hay otro camino decente, con lo que ha caído en el mundo en los últimos veinte años, que el de esta cuadrilla de líderes desalineados pero despóticos y sus periodistas felpudo? ¿Es que la crítica y la resistencia a la globalización realmente existente tienen que estar en manos de esta jarca?
13 septiembre 2006
El blog muerto
Un blog muerto, igual que cualquier otra web que no ha sido alimentada hace tiempo, produce una impresión penosa. Alguien, cabe suponer, tuvo una ilusión, un proyecto, lo sostuvo unos meses y luego, por mor del desánimo, de un desfallecimiento, de la simple pereza, lo dejó dormir sin propósito ni plan. El lector fiel o el esporádicamente curioso vuelven alguna vez a ese sitio, echan en segundos un vistazo, ven que no hay nada nuevo, abandonan con un click y pronto la página, o el blog, caen en el olvido. Este mínimo ángulo ha estado a punto de cerrarse, lo cual, seguro, a nadie importaba. Casi casi, vista su desidia, ni siquiera a quien habita en él.
El retorno comenzará con el apoyo en algunos poetas leídos o releídos en el periodo estival y de valor seguro. Merece la pena transcribir algunos de sus versos. Serán las muletas que, espero, ayudarán a volver a caminar lentamente.
El dolor de todos los que somos
En el café de El Sario -bendito oasis de media mañana- Pedro me habla de Sol de noviembre, el último poemario de Miguel d’Ors. Yo también lo disfruté en verano, animado por un diálogo entre el escritor y la profesora Ana Eire leído poco antes (“Conversaciones con poetas españoles contemporáneos”, editorial Renacimiento). Hace bastantes años que doy vueltas, con interés y emoción, a los poemas de Miguel d’Ors, y algunos versos me los sé de memoria. Desconozco el lugar que ocupa el autor en la poesía española, aunque él se ha quejado más de una vez, y vuelve amargamente al asunto en su charla con Ana Eire, de la marginación que padece por su catolicismo y su adscripción al Opus Dei (lo que a veces le arranca orgullo y desdén: “este placer divino de sentirse / detestado por toda la canalla”). No lo sé. Me parece evidente que, aun contando con las ridículas cifras de venta de la poesía, d’Ors tiene un público fiel y entusiasta que sigue su obra aunque nada tenga que ver con la Obra, perdón por el chiste malo. Hace veinte años, espoleado por el entusiasmo, regalé un montón de ejemplares de Es cielo y es azul, pese a que en ese librito es donde más se manifiesta “el enorme esquematismo intelectual a que su ideología religiosa le lleva a reducir la historia contemporánea” (García Martín). No me importó, la verdad. D’Ors es mucho más que un antiabortista. Hay en él una variedad de motivos, preocupaciones, argumentos y recursos técnicos que le otorgan estatura de poeta mayor.
Hoy, será por la tópica y tonta tristeza posvacacional, o tal vez por algo más hondo, me entran ganas de volver a uno de los temas insistentes en la poesía dorsiana: el dolor vital, el dolor que de verdad padece el hombre y poeta, sin máscaras ni fingimientos. Con ese material de la experiencia se contruyen sus versos. Como él mismo dice: “¿Dónde, si no en la vida vivida, podrían encontrarse los materiales para esa construcción?” Un dolor que no calma esa “paz del más absoluto dogmatismo” católico que asoma en sus libros, a veces parece que con forzado voluntarismo. No, la fe no alegra o serena su existencia corriente y moliente. “Anónimos y en prosa / se consumen mis años. / Qué pequeña mi vida. / ...Y que me duela tanto...”, se lamenta, un dolor que d’Ors asocia a las propias limitaciones, a la cárcel de su carácter (“Este trabajo amargo de ser yo”, concluye un poema). No es raro que sueñe con una salida, la que sea (“Cualquier cosa distinta / de estar aquí arañando / en esta soledad estas palabras. / Cualquier cosa distinta. Cualquier cosa / antes que la maldita realidad.”), y que anhele ser otro, bien el que fue en la infancia gallega, un paraíso del que le arrojaron violentamente al venir su familia a Pamplona -y, lo que es peor, al hacerse adulto-, bien cualquiera de las personas de las que envidia su modo de vida: parientes resueltos y alegres que gozaron extensa e intensamente, o personajes históricos de admirable trayectoria (“Y esta melancolía de no haber sido Stevenson / o el conde Henry Russell”).
Ahora bien, el poeta no se engaña. Huir, y hacerlo ante todo de uno mismo, ser otro, trasladarse a soñados lugares (ese mítico Wyoming de varios poemas), cifrar la felicidad en parajes hermosos donde vivir intrépidamente, no garantiza nada: “Pero tú sabes que la huida / nunca será verdad, / que vayas donde vayas / siempre te encontrarás / esta misma tristeza. / Que allá donde hayas ido / estarás siempre tú.” Porque si pesa tanto el “trabajo amargo de ser yo” (el poeta le confiesa a Ana Eire: “me llevo muy mal conmigo mismo”), no es extraño que la esperanza se desvanezca: “Ahora comprendo: lo hermoso es todo aquello donde no estoy yo.” O, dicho con otra feliz formulación, “Recuerda, te lo ruego / que yo soy esa ausencia, / que yo soy el extraño / que falta en todos esos lugares donde siempre / está mi corazón.”
El problema se complica porque el yo no es algo único y compacto. La persona, cuarteada, en guerra consigo misma, es una y su contraria, varias al mismo tiempo y muchas a lo largo del tiempo, en una escisión conflictiva que incluye a los yoes que uno hubiera podido ser y no fue pero golpean la conciencia, y también todos aquellos que uno tal vez alcance a ser y ya están de algún modo presentes hoy, ilusionando o inquietando el vivir. D’Ors le dice a Ana Eire en el libro citado, a propósito del desdoblamiento del yo: “En cierto momento empezaron a aparecer escisiones: el Miguel d’Ors real y los Miguel d’Ors ex-futuros, los que podían haber sido y no fueron. (...) Juego con el Miguel d’Ors real y con los Miguel d’Ors que fueron posibles en un momento y que se perdierorn. Son posibilidades que están ahí como fantasmalmente presentes, como vidas paralelas. Luego está el Miguel d’Ors consciente y el inconsciente. Hay un poema que se titula “D’Os” y digo: “Me pregunto / de qué estará hablando / en mis versos / ese desconocido / llamado / yo”.
Esta pelea aparece en varios poemas, así que me callo y transcribo uno de Sol de noviembre. Ah, y por supuesto me adhiero a lo que el amigo Pedro ha escrito en su blog (www.doscent.blogspot.com): “Saludo a Miguel d´Ors y lo propongo de candidato en este tiempo de candidatos a algo: a gran birloque, a vate menor, a gran iluso, a poeta maduro, a ministro plenipotenciario. Propongo a quien proceda que lo traiga para que el poeta hable, lea sus poemas, se le impongan medallas, aunque sean virtuales, aunque estén gastadas”.
Conversación con el otro
Lo sabemos los dos: somos muy diferentes
y coincidimos poco en opiniones
y costumbres: tú seco, altivo, formalista;
yo tímido, inseguro, con la lágrima fácil.
Tú miembro diligente
del Opus Dei; yo pecador, oveja
blanca y negra, y un tanto cimarrona,
del rebaño de Cristo, con muy poco entusiasmo
por los curas. Tú serio; yo proclive a reírme
del Sistema Solar,
de ti, de mí y aun de mi propia risa.
Tú un burgués sin problemas; yo un problema
bancario vitalicio. Tú huraño y solitario;
yo multitudinario de amistad
y solitario. Tú de derechas; yo todo
dificultades para diferenciar el asco
del comunismo y el del consumismo.
Pero después, fantasma advenedizo,
criatura del rencor, después de tantos
años de compartir el mismo nombre,
de llevarte a mi lado noche y día
junto a mi Ángel Custodio (vaya dúo),
de verte llegar siempre a todas partes
por delante de mí –y oír el alboroto,
hacer de tripas corazón, y adentro-,
después de tantas tortas
dirigidas a ti que terminaron
en mi cara, no es raro
que hayamos acabado comprendiéndonos
y hasta, de alguna forma, ya lo ves,
teniéndonos cariño.
El retorno comenzará con el apoyo en algunos poetas leídos o releídos en el periodo estival y de valor seguro. Merece la pena transcribir algunos de sus versos. Serán las muletas que, espero, ayudarán a volver a caminar lentamente.
El dolor de todos los que somos
En el café de El Sario -bendito oasis de media mañana- Pedro me habla de Sol de noviembre, el último poemario de Miguel d’Ors. Yo también lo disfruté en verano, animado por un diálogo entre el escritor y la profesora Ana Eire leído poco antes (“Conversaciones con poetas españoles contemporáneos”, editorial Renacimiento). Hace bastantes años que doy vueltas, con interés y emoción, a los poemas de Miguel d’Ors, y algunos versos me los sé de memoria. Desconozco el lugar que ocupa el autor en la poesía española, aunque él se ha quejado más de una vez, y vuelve amargamente al asunto en su charla con Ana Eire, de la marginación que padece por su catolicismo y su adscripción al Opus Dei (lo que a veces le arranca orgullo y desdén: “este placer divino de sentirse / detestado por toda la canalla”). No lo sé. Me parece evidente que, aun contando con las ridículas cifras de venta de la poesía, d’Ors tiene un público fiel y entusiasta que sigue su obra aunque nada tenga que ver con la Obra, perdón por el chiste malo. Hace veinte años, espoleado por el entusiasmo, regalé un montón de ejemplares de Es cielo y es azul, pese a que en ese librito es donde más se manifiesta “el enorme esquematismo intelectual a que su ideología religiosa le lleva a reducir la historia contemporánea” (García Martín). No me importó, la verdad. D’Ors es mucho más que un antiabortista. Hay en él una variedad de motivos, preocupaciones, argumentos y recursos técnicos que le otorgan estatura de poeta mayor.
Hoy, será por la tópica y tonta tristeza posvacacional, o tal vez por algo más hondo, me entran ganas de volver a uno de los temas insistentes en la poesía dorsiana: el dolor vital, el dolor que de verdad padece el hombre y poeta, sin máscaras ni fingimientos. Con ese material de la experiencia se contruyen sus versos. Como él mismo dice: “¿Dónde, si no en la vida vivida, podrían encontrarse los materiales para esa construcción?” Un dolor que no calma esa “paz del más absoluto dogmatismo” católico que asoma en sus libros, a veces parece que con forzado voluntarismo. No, la fe no alegra o serena su existencia corriente y moliente. “Anónimos y en prosa / se consumen mis años. / Qué pequeña mi vida. / ...Y que me duela tanto...”, se lamenta, un dolor que d’Ors asocia a las propias limitaciones, a la cárcel de su carácter (“Este trabajo amargo de ser yo”, concluye un poema). No es raro que sueñe con una salida, la que sea (“Cualquier cosa distinta / de estar aquí arañando / en esta soledad estas palabras. / Cualquier cosa distinta. Cualquier cosa / antes que la maldita realidad.”), y que anhele ser otro, bien el que fue en la infancia gallega, un paraíso del que le arrojaron violentamente al venir su familia a Pamplona -y, lo que es peor, al hacerse adulto-, bien cualquiera de las personas de las que envidia su modo de vida: parientes resueltos y alegres que gozaron extensa e intensamente, o personajes históricos de admirable trayectoria (“Y esta melancolía de no haber sido Stevenson / o el conde Henry Russell”).
Ahora bien, el poeta no se engaña. Huir, y hacerlo ante todo de uno mismo, ser otro, trasladarse a soñados lugares (ese mítico Wyoming de varios poemas), cifrar la felicidad en parajes hermosos donde vivir intrépidamente, no garantiza nada: “Pero tú sabes que la huida / nunca será verdad, / que vayas donde vayas / siempre te encontrarás / esta misma tristeza. / Que allá donde hayas ido / estarás siempre tú.” Porque si pesa tanto el “trabajo amargo de ser yo” (el poeta le confiesa a Ana Eire: “me llevo muy mal conmigo mismo”), no es extraño que la esperanza se desvanezca: “Ahora comprendo: lo hermoso es todo aquello donde no estoy yo.” O, dicho con otra feliz formulación, “Recuerda, te lo ruego / que yo soy esa ausencia, / que yo soy el extraño / que falta en todos esos lugares donde siempre / está mi corazón.”
El problema se complica porque el yo no es algo único y compacto. La persona, cuarteada, en guerra consigo misma, es una y su contraria, varias al mismo tiempo y muchas a lo largo del tiempo, en una escisión conflictiva que incluye a los yoes que uno hubiera podido ser y no fue pero golpean la conciencia, y también todos aquellos que uno tal vez alcance a ser y ya están de algún modo presentes hoy, ilusionando o inquietando el vivir. D’Ors le dice a Ana Eire en el libro citado, a propósito del desdoblamiento del yo: “En cierto momento empezaron a aparecer escisiones: el Miguel d’Ors real y los Miguel d’Ors ex-futuros, los que podían haber sido y no fueron. (...) Juego con el Miguel d’Ors real y con los Miguel d’Ors que fueron posibles en un momento y que se perdierorn. Son posibilidades que están ahí como fantasmalmente presentes, como vidas paralelas. Luego está el Miguel d’Ors consciente y el inconsciente. Hay un poema que se titula “D’Os” y digo: “Me pregunto / de qué estará hablando / en mis versos / ese desconocido / llamado / yo”.
Esta pelea aparece en varios poemas, así que me callo y transcribo uno de Sol de noviembre. Ah, y por supuesto me adhiero a lo que el amigo Pedro ha escrito en su blog (www.doscent.blogspot.com): “Saludo a Miguel d´Ors y lo propongo de candidato en este tiempo de candidatos a algo: a gran birloque, a vate menor, a gran iluso, a poeta maduro, a ministro plenipotenciario. Propongo a quien proceda que lo traiga para que el poeta hable, lea sus poemas, se le impongan medallas, aunque sean virtuales, aunque estén gastadas”.
Conversación con el otro
Lo sabemos los dos: somos muy diferentes
y coincidimos poco en opiniones
y costumbres: tú seco, altivo, formalista;
yo tímido, inseguro, con la lágrima fácil.
Tú miembro diligente
del Opus Dei; yo pecador, oveja
blanca y negra, y un tanto cimarrona,
del rebaño de Cristo, con muy poco entusiasmo
por los curas. Tú serio; yo proclive a reírme
del Sistema Solar,
de ti, de mí y aun de mi propia risa.
Tú un burgués sin problemas; yo un problema
bancario vitalicio. Tú huraño y solitario;
yo multitudinario de amistad
y solitario. Tú de derechas; yo todo
dificultades para diferenciar el asco
del comunismo y el del consumismo.
Pero después, fantasma advenedizo,
criatura del rencor, después de tantos
años de compartir el mismo nombre,
de llevarte a mi lado noche y día
junto a mi Ángel Custodio (vaya dúo),
de verte llegar siempre a todas partes
por delante de mí –y oír el alboroto,
hacer de tripas corazón, y adentro-,
después de tantas tortas
dirigidas a ti que terminaron
en mi cara, no es raro
que hayamos acabado comprendiéndonos
y hasta, de alguna forma, ya lo ves,
teniéndonos cariño.
25 julio 2006
Lecciones de los maestros
Hace dos meses, justo después de mi lectura de Lecciones de los maestros, de George Steiner, Aurelio Arteta, buen amigo, me envió el precioso texto que había escrito para que se leyera en el homenaje que unos profesores de la Universidad de Cádiz tributaban a su colega de filosofía José Luis Rodríguez Sández, que acaba de jubilarse y a quien Aurelio conoció y admiró en Madrid hace ya bastantes años. Este fin de semana, en un estupendo encuentro con amigos, lleno de helados, bebidas, viandas y mucha conversación, no sé por qué terminamos hablando un buen rato de la vida universitaria, de cómo, dicen, la investigación va ganando la partida a la docencia, de profesores que dan sus clases a la diabla y sólo atienden a los artículos y proyectos que les reportan promoción académica e ingresos. En esas charlas siempre me viene a la memoria, como contraejemplo, la figura de José Luis, quien hace exactamente treinta años fue mi profesor en COU en el Instituto Padre Moret (Irubide).
En 1976 venía yo de un colegio de curas en el que todo era mediocre: nosotros, el profesorado, la atmósfera, los resultados y mi propio ánimo. Para colmo, había equivocado de raíz la dirección de mis estudios, condenándome a varios años de estéril dedicación a una electrónica que nadie reconocería hoy. Así que, pese al interés que extrañamente me suscitaba la filosofía, mis ridículos conocimientos de la materia (o también, claro, de historia o de literatura, que también me atraían) eran fruto del autodidactismo más estricto. Llegué por ello a Irubide con ganas de comerme el mundo, de escuchar de verdad, de aprender, de encontrar al fin algo y alguien que aliviara mi desorientación, y por fortuna encontré algunos profesores excelentes, como Santiago Arellano en Lengua y Javier Medrano en Literatura. Pero ninguno alcanzaba la estatura magistral de José Luis Rodríguez Sández.
Llegaba éste al aula, siempre con traje y corbata, y con movimientos pausados sacaba unas cuartillas de su cartera, que a lo largo de la hora apenas consultaba, y encendía el primero de los cigarrillos 1-X-2 que le veríamos consumir sin cesar. No le recuerdo más de un minuto sin fumar, ni siquiera cuando padeció unas neuralgias aliviadas con intensa medicación. (Y, por cierto, estoy seguro de que a nadie molestaba lo más mínimo ese trasiego con el tabaco. Eran otros tiempos.) Tras este breve preámbulo comenzaba su clase. Las virtudes como profesor de José Luis Rodríguez comprendían, como escribió Alejandro Rossi a propósito de José Gaos, “desde las más externas –el cuidado en la modulación de la voz, el manejo del gesto, la elegancia en el decir, la concepción de la hora académica como una pieza acabada, con un final que se ajustara no sólo a las exigencias del tema, sino a ciertos cánones de composición dramática- hasta esas otras excelencias que eran el resultado de la erudición filosófica, de su escrúpulo interpretativo, del trabajo intenso que, invariablemente, ponía al servicio de cada lección”.
José Luis sólo en ocasiones escribía algún dato en la pizarra: un autor, un título. No empleaba métodos innovadores, “activos” o “progresistas”, ni convertía sus clases en un coloquio “democrático” en que socializar cualquier ocurrencia o tontería de los alumnos, lo que le hubiera podido servir para salvar la obligación sin dar golpe. Era, sin más, un profesor que dominaba profundamente su materia y sabía transmitir a unos jovenzuelos, con admirable claridad, los problemas esenciales que han enfrentado los grandes filósofos y las respuestas que les han dado. En el camino, se permitía hacer frecuentes referencias, que siempre venían a cuento, a la presencia de esas cuestiones en la literatura, la historia, la teoría política e incluso la teología. Armado de un profundo amor a la palabra, la cual administraba con extremo cuidado, desbrozó aquel curso con paciencia y rigor el programa de historia de la filosofía (la selectividad era una barrera insoslayable), sin caer nunca en el descriptivismo exhaustivo y ramplón en que he visto despeñarse a otros profesores (del tipo “éste dijo esto y el otro dijo aquello”). José Luis siempre sintetizaba el corazón de los problemas. Secundariamente, nos dio pistas muy atinadas y útiles sobre lo que podíamos hallar al año siguiente en la universidad (por ejemplo, en la única existente entonces en Navarra, la del Opus, en la cual había trabajado unos años pero donde, según se intuía por sus palabras, no lo había pasado demasiado bien).
Ha escrito Manuel Arranz, a propósito del libro de Steiner, que “sin duda aprendemos algo cuando leemos, pero para que haya enseñanza tiene que haber magisterio, y no puede haber magisterio sin oralidad. Esto no contradice la autoridad de los textos en la que se basan muchas veces las enseñanzas. Pero esas mismas enseñanzas, sobre todo en la edad temprana, más que transmitidas deben ser inoculadas”. Si pienso en el caso de José Luis Rodríguez creo que esa diferencia entre transmisión e inoculación resulta irrelevante: la calidad de sus clases actuaba ya como una suerte de poderoso afrodisíaco intelectual. Años después, cuando por mor de su influencia estudié filosofía en Zorroaga, sólo como alumno de Fernando Savater, Víctor Gómez Pin o Tomás Pollán, por ejemplo (o, por suerte, de algún profesor más, como el propio Aurelio), volví a sentir esa poderosa excitación que nos impulsaba, tras de clase, a correr a los libros donde seguir atiborrándonos de vitaminas cerebrales. Únicamente lamento no haber atendido el par de invitaciones de José Luis para continuar charlando fuera de la clase, por culpa de la timidez y de mi dedicación, aquellos tiempos, a reuniones y actividades políticas izquierdistas que, claro está, nada hicieron cambiar la Transición pero me robaron muchas energías.
Los buenos profesores abundan menos que los buenos artistas, dice Steiner. José Luis Rodríguez Sández ha sido buen profesor toda su carrera, estoy seguro. Es casi un tópico señalar que hoy en los institutos las cosas no son nada fáciles, y no parece que las probatinas de métodos y más métodos “renovadores” hayan podido hacer frente con éxito a los muy conplejos obstáculos que desazonan y desalientan a tantos profesores de secundaria. Frente a ello, ¿es posible mantener alguna clase de excelencia en la Universidad? ¿Tal vez un poquito más, si se tiene clara la importancia de la docencia y no se obsesiona el docente con la promoción y las guerrillas departamentales? José Luis, que en 1976 era catedrático de instituto, volvió a su tierra sevillana y al cabo de unos años, supongo que al menos en parte por buscar mejores escenarios para su magisterio, saltó de nuevo a la Universidad, ya no privada sino pública, para provecho y regocijo de los estudiantes de Cádiz. Allí ha continuado siendo, Aurelio Arteta dixit, “una de las escasas figuras de sabio que teníamos a mano”, como lo fue en aquel imborrable curso pamplonés, para mí y seguro que al menos para varios de mis compañeros.
En 1976 venía yo de un colegio de curas en el que todo era mediocre: nosotros, el profesorado, la atmósfera, los resultados y mi propio ánimo. Para colmo, había equivocado de raíz la dirección de mis estudios, condenándome a varios años de estéril dedicación a una electrónica que nadie reconocería hoy. Así que, pese al interés que extrañamente me suscitaba la filosofía, mis ridículos conocimientos de la materia (o también, claro, de historia o de literatura, que también me atraían) eran fruto del autodidactismo más estricto. Llegué por ello a Irubide con ganas de comerme el mundo, de escuchar de verdad, de aprender, de encontrar al fin algo y alguien que aliviara mi desorientación, y por fortuna encontré algunos profesores excelentes, como Santiago Arellano en Lengua y Javier Medrano en Literatura. Pero ninguno alcanzaba la estatura magistral de José Luis Rodríguez Sández.
Llegaba éste al aula, siempre con traje y corbata, y con movimientos pausados sacaba unas cuartillas de su cartera, que a lo largo de la hora apenas consultaba, y encendía el primero de los cigarrillos 1-X-2 que le veríamos consumir sin cesar. No le recuerdo más de un minuto sin fumar, ni siquiera cuando padeció unas neuralgias aliviadas con intensa medicación. (Y, por cierto, estoy seguro de que a nadie molestaba lo más mínimo ese trasiego con el tabaco. Eran otros tiempos.) Tras este breve preámbulo comenzaba su clase. Las virtudes como profesor de José Luis Rodríguez comprendían, como escribió Alejandro Rossi a propósito de José Gaos, “desde las más externas –el cuidado en la modulación de la voz, el manejo del gesto, la elegancia en el decir, la concepción de la hora académica como una pieza acabada, con un final que se ajustara no sólo a las exigencias del tema, sino a ciertos cánones de composición dramática- hasta esas otras excelencias que eran el resultado de la erudición filosófica, de su escrúpulo interpretativo, del trabajo intenso que, invariablemente, ponía al servicio de cada lección”.
José Luis sólo en ocasiones escribía algún dato en la pizarra: un autor, un título. No empleaba métodos innovadores, “activos” o “progresistas”, ni convertía sus clases en un coloquio “democrático” en que socializar cualquier ocurrencia o tontería de los alumnos, lo que le hubiera podido servir para salvar la obligación sin dar golpe. Era, sin más, un profesor que dominaba profundamente su materia y sabía transmitir a unos jovenzuelos, con admirable claridad, los problemas esenciales que han enfrentado los grandes filósofos y las respuestas que les han dado. En el camino, se permitía hacer frecuentes referencias, que siempre venían a cuento, a la presencia de esas cuestiones en la literatura, la historia, la teoría política e incluso la teología. Armado de un profundo amor a la palabra, la cual administraba con extremo cuidado, desbrozó aquel curso con paciencia y rigor el programa de historia de la filosofía (la selectividad era una barrera insoslayable), sin caer nunca en el descriptivismo exhaustivo y ramplón en que he visto despeñarse a otros profesores (del tipo “éste dijo esto y el otro dijo aquello”). José Luis siempre sintetizaba el corazón de los problemas. Secundariamente, nos dio pistas muy atinadas y útiles sobre lo que podíamos hallar al año siguiente en la universidad (por ejemplo, en la única existente entonces en Navarra, la del Opus, en la cual había trabajado unos años pero donde, según se intuía por sus palabras, no lo había pasado demasiado bien).
Ha escrito Manuel Arranz, a propósito del libro de Steiner, que “sin duda aprendemos algo cuando leemos, pero para que haya enseñanza tiene que haber magisterio, y no puede haber magisterio sin oralidad. Esto no contradice la autoridad de los textos en la que se basan muchas veces las enseñanzas. Pero esas mismas enseñanzas, sobre todo en la edad temprana, más que transmitidas deben ser inoculadas”. Si pienso en el caso de José Luis Rodríguez creo que esa diferencia entre transmisión e inoculación resulta irrelevante: la calidad de sus clases actuaba ya como una suerte de poderoso afrodisíaco intelectual. Años después, cuando por mor de su influencia estudié filosofía en Zorroaga, sólo como alumno de Fernando Savater, Víctor Gómez Pin o Tomás Pollán, por ejemplo (o, por suerte, de algún profesor más, como el propio Aurelio), volví a sentir esa poderosa excitación que nos impulsaba, tras de clase, a correr a los libros donde seguir atiborrándonos de vitaminas cerebrales. Únicamente lamento no haber atendido el par de invitaciones de José Luis para continuar charlando fuera de la clase, por culpa de la timidez y de mi dedicación, aquellos tiempos, a reuniones y actividades políticas izquierdistas que, claro está, nada hicieron cambiar la Transición pero me robaron muchas energías.
Los buenos profesores abundan menos que los buenos artistas, dice Steiner. José Luis Rodríguez Sández ha sido buen profesor toda su carrera, estoy seguro. Es casi un tópico señalar que hoy en los institutos las cosas no son nada fáciles, y no parece que las probatinas de métodos y más métodos “renovadores” hayan podido hacer frente con éxito a los muy conplejos obstáculos que desazonan y desalientan a tantos profesores de secundaria. Frente a ello, ¿es posible mantener alguna clase de excelencia en la Universidad? ¿Tal vez un poquito más, si se tiene clara la importancia de la docencia y no se obsesiona el docente con la promoción y las guerrillas departamentales? José Luis, que en 1976 era catedrático de instituto, volvió a su tierra sevillana y al cabo de unos años, supongo que al menos en parte por buscar mejores escenarios para su magisterio, saltó de nuevo a la Universidad, ya no privada sino pública, para provecho y regocijo de los estudiantes de Cádiz. Allí ha continuado siendo, Aurelio Arteta dixit, “una de las escasas figuras de sabio que teníamos a mano”, como lo fue en aquel imborrable curso pamplonés, para mí y seguro que al menos para varios de mis compañeros.
22 julio 2006
Julio Cortázar y el encierrómetro
Julio Cortázar nos regaló, dentro de sus Historias de cronopios y famas, así, por las buenas, sin negocio alguno ni universidad que acometiera estudios “científicos” previos, unas muy útiles instrucciones para subir una escalera. Dada la vocación de servicio público que anima este blog, no me resisto a reproducir unas líneas: “Las escaleras se suben de frente, pues hacia atrás o de costado resultan particularmente incómodas. (...) Para subir una escalera se comienza por levantar esa parte del cuerpo situada a la derecha abajo, envuelta casi siempre en cuero o gamuza, y que salvo excepciones cabe exactamente en el escalón. Puesta en el primer peldaño dicha parte, que para abreviar llamaremos pie, se recoge la parte equivalente de la izquierda (también llamada pie, pero que no ha de confundirse con el pie antes citado), y llevándola a la altura del pie, se la hace seguir hasta colocarla en el segundo peldaño, con lo cual en éste descansará el pie, y en el primero descansará el pie”.
Ahora, unos avispados forofos del argentino han puesto en circulación el “encierrómetro”, una aplicación informática que, “tomando como referencia los diversos factores que concurren en un encierro, permite al usuario conocer el índice de riesgo al que se enfrenta en la carrera”. Perfecto. Estoy seguro de que todas las mañanas de las pasadas fiestas los animados a medirse con los morlacos en la vieja Iruña se sometían previa y voluntariamente al test, y que los que no alcanzaban la puntuación adecuada, bien por derrengamiento, cojera o sobrepeso circunstancial, o merluza macroscópica, factores de los que no habían sido conscientes hasta realizar la sencilla prueba, abandonaban al punto el peligroso intento. Y es que cada día nos es dado comprobar con alborozo que, como en la edad de oro de la zarzuela, las ciencias adelantan que es una barbaridad.
Donde más resplandece la admiración por Cortázar es en la advertencia que acompaña en la web a tan científico y productivo cuestionario: “El resultado final del índice ofrecido por el Encierrómetro sólo es válido en el caso de que tu intención sea participar en el encierro iniciando tu carrera antes del paso de los toros, dejando que te vayan alcanzando porque tienes la intención de correr cerca y por delante de ellos, y una vez alcanzado, corriendo durante unos metros (los que puedas, en función de la velocidad del toro y la tuya) delante de alguno de ellos a una distancia no superior a 8-10 metros”. No me extraña que uno de los “divinos” de la carrera, esos que llevan muchos años corriendo, se atreviera a insinuar en la prensa, con toda caridad y discreción, que, hombre, la ocurrencia del programita puede ser útil para “algunos extranjeros”que, ya se sabe, piensan que lo normal es subir una escalera hacia atrás o de costado, o que el encierro se corre detrás de los toros o a tres kilómetros de ellos.
Ahora, unos avispados forofos del argentino han puesto en circulación el “encierrómetro”, una aplicación informática que, “tomando como referencia los diversos factores que concurren en un encierro, permite al usuario conocer el índice de riesgo al que se enfrenta en la carrera”. Perfecto. Estoy seguro de que todas las mañanas de las pasadas fiestas los animados a medirse con los morlacos en la vieja Iruña se sometían previa y voluntariamente al test, y que los que no alcanzaban la puntuación adecuada, bien por derrengamiento, cojera o sobrepeso circunstancial, o merluza macroscópica, factores de los que no habían sido conscientes hasta realizar la sencilla prueba, abandonaban al punto el peligroso intento. Y es que cada día nos es dado comprobar con alborozo que, como en la edad de oro de la zarzuela, las ciencias adelantan que es una barbaridad.
Donde más resplandece la admiración por Cortázar es en la advertencia que acompaña en la web a tan científico y productivo cuestionario: “El resultado final del índice ofrecido por el Encierrómetro sólo es válido en el caso de que tu intención sea participar en el encierro iniciando tu carrera antes del paso de los toros, dejando que te vayan alcanzando porque tienes la intención de correr cerca y por delante de ellos, y una vez alcanzado, corriendo durante unos metros (los que puedas, en función de la velocidad del toro y la tuya) delante de alguno de ellos a una distancia no superior a 8-10 metros”. No me extraña que uno de los “divinos” de la carrera, esos que llevan muchos años corriendo, se atreviera a insinuar en la prensa, con toda caridad y discreción, que, hombre, la ocurrencia del programita puede ser útil para “algunos extranjeros”que, ya se sabe, piensan que lo normal es subir una escalera hacia atrás o de costado, o que el encierro se corre detrás de los toros o a tres kilómetros de ellos.
21 julio 2006
Mi principal sentimiento es el miedo
Incapaz de parar, repantingado en la playa o al fresco abrigo de los bares o trasnochando, he devorado Memoria del miedo, de Andrew Graham-Yooll, un racimo de historias que participan de la memoria personal, la crónica y el análisis político y que en sucesivas oleadas dibujan el cuadro de los terribles años setenta en Argentina, esos que comienzan con el asesinato del general Aramburu por cuenta de un grupo peronista entonces flamante, los Montoneros, que presencian seguidamente, entre 1971 y 1976, la violencia constante y brutal de militares, paramilitares y guerrilleros de toda laya, y que se internan en el túnel más atroz cuando en marzo de ese último año el ejército deja de lado cualquier formalismo y, en medio de la indiferencia de gran parte de la población, acomete la eliminación sistemática de quienes se habían resistido con las armas a sus designios.
Graham-Yooll, hijo de escoceses, miembro de una comunidad británica que mantuvo en Argentina su lengua, sus colegios y muchas de sus costumbres, y periodista en un diario editado allí en inglés, The Buenos Aires Herald, escribió este libro al comienzo de su exilio londinense, abrumado por el extrañamiento y por el recuerdo del horror que había conocido antes de escapar a los seis meses del golpe, a punto de que lo detuvieran. Para entonces Graham-Yooll tenía consolidada, pese a los lazos amistosos, su interpretación del laberinto argentino: “El conflicto civil nació de la rivalidad política, pero más aún de las emociones personales que eran invocadas como motivos de venganza. Un individuo se lanzaba a vengar a un militante hecho pedazos por una granada; un oficial decidía vengar a un colega que había sido blanco de otra venganza. Aumentaban las víctimas; los jefes de los grupos rivales asumían la responsabilidad de los desmanes y ordenaban escaladas terroristas como forma de mantener su autoridad y de tratar de ganar adeptos entre los vacilantes. Así el conflicto avanzaba hacia la guerra.”
A la luz de esta visión, queda claro que Graham-Yooll no era un peronista de ninguna de las varias facciones que enaltecían al viejo caudillo al tiempo que se mataban entre sí, ni un nacionalista de ninguna clase (tal vez por su curiosa condición de argentino criado a veinte kilómetros de Buenos Aires en un medio más british que el de Cambridge), ni un convencido de las virtudes emancipadoras de las metralletas ni un derechista enfangado en el exterminio de zurdos. En uno de los capítulos más conmovedores del libro, en el que cuenta cómo se involucra en la ayuda a la postre inútil a una joven montonera, Graham-Yooll cita a Mario Eduardo Firmenich, líder del grupo armado, que dictaminó en una rueda de prensa, con criminal arrogancia: “A aquellos que están en el medio, les aconsejamos que se hagan a un lado cuando empiece la guerra”. “Si se pudiera odiar a un hombre por una sola frase”, le dice Graham a la guerrillera, “ése sería tu jefe, y ésa la frase. Tan claro, tan asesino; con esa frase hizo que centenares de personas creyeran que tenían que elegir de qué lado estaban; trataron de esconderse, y decidieron... morir.” Y es que Graham-Yooll, en el fuego cruzado de aquellos años, no tiene dudas respecto a su ubicación: “En el medio, como siempre”. A lo cual la joven replica: “Sí, estás en el medio, pero no sos neutral. Estás en el medio de un lío”.
En medio del lío y no neutral. De esa delicada posición brota el valor moral de un hombre que ve lo que pasa y se atreve, lleno de temor, a contarlo. Amigo de muchos escritores y periodistas fascinados por la violencia, y sólo muy ligeramente protegido por su profesión y por el medio en que trabajaba, Graham-Yooll se forzaba a redactar informaciones y denuncias políticas que le fueron granjeando el odio de los militares sin ganarle el aprecio de los guerrilleros. En esos años de plomo, e incluso cuando en marzo del 76 el terror se desnude totalmente, el angloargentino será incapaz de permanecer al margen de lo que sucede, si bien no se hace ninguna ilusión sobre la utilidad del esfuerzo: “Había muchos artículos en los que me animaba a hacer breves referencias a la anormalidad política... Después temblaba pensando en la reacción. Era un círculo estúpido, más que vicioso, en el que yo me obligaba a informar y luego esperaba aterrado las posibles consecuencias. Lo que era peor: era un ejercicio agotador con el que se lograba muy poco.”
El miedo, siempre el miedo, omnipresente en el libro. “El terror paraliza; la histeria avergüenza; el miedo humilla. Las dos primeras sensaciones son incidentales y se desvanecen; el miedo es un compañero constante”. El miedo que desvela sin remedio, que sobresalta por cualquier nimiedad, el miedo que hace mearse y cagarse a un fotógrafo secuestrado por matones de la derecha peronista, el miedo del que nacen sarpullidos o eccemas, el miedo a un paquete sospechoso o ante un Falcon sin matrícula, el miedo al teléfono, la noche o la calle vacía. Miedo que alcanza el paroxismo cuando los militares, en su labor aniquiladora, se lanzan tras el golpe a torturar y matar también a familiares de los guerrilleros, o a sus amigos, o a cualquier persona que pudiese haberles ayudado levemente, o incluso a pibes que hipotéticamente podían convertirse en resistentes años después. “Es bueno recordar el miedo, para no repetirlo”, dice el autor. Pero acto seguido no puede dejar de preguntarse, con amarga retórica, sobre lo que, pese a todo lo que acontecía, dominaba en gran parte de los argentinos: se sentían “en el medio” pero además querían ser, más que neutrales, indiferentes: “¿cómo pudimos, toda una sociedad, vivir en compañía del miedo como si fuera normal? ¿Cómo pudimos, como país, vivir diciendo: “por algo será, o en algo andará’”?
Este breve acopio de citas no da cuenta cabal en absoluto de la riqueza de datos y matices del libro. Días después de “comérmelo” he vuelto con emoción admirativa a la historia del pobre fotógrafo aterrado, o a la de la patada del periodista a uno de los muchos cadáveres que “aparecían” en los bosques cercanos al aeropuerto de Ezeiza, o a la de la joven viuda montonera consumida por el miedo y la soledad física y afectiva, o a la de la liberación, tras nueve meses de secuestro, del millonario Jorge Born, una representación en la que tiene un papel relevante un Graham-Yooll ya muy mal visto por el poder y frustrado porque sabe que no podrá contar en su periódico nada de lo presenciado; o a la historia de sus últimos días en el país, en septiembre del 76, cuando el sinvivir devora su vida familiar y laboral; o a la historia final del encuentro con dos torturadores que años después escupen ante él retazos de sus fechorías, en un tenso diálogo que se corta como el desenlace de un gran cuento. Historias que funcionan como el mejor de los relatos gracias al talento narrativo de Graham-Yooll, y que muestran las enormes posibilidades que en manos de un periodista de raza tiene la realidad si pasa por el cedazo de la (buena) elaboración lingüística.
Los amigos de Graham-Yooll estaban, ya lo he dicho, mucho más en el lado de la guerrilla que en el de los milicos. Y cuando retorna unos días a Argentina en 1980, todavía con miedo porque la dictadura pervive (hasta 1994 no volverá definitivamente, para dirigir The Buenos Aires Herald), su tono es casi elegiaco en la remembranza de tantas vidas segadas, de tanto dolor desparramado y tantos huecos en su propio espacio vital. Pero el periodista no se deja ganar sólo por los sentimientos, o, mejor dicho, por un sentimentalismo mutilado o parcial. Así que cuando resume, en ese prólogo que siempre se escribe en último término, su balance del periodo, sigue aferrado a ese “medio” desde el que vivió el desollamiento de Argentina: “Todavía me siento perturbado por la locura de los jóvenes rebeldes. Encontraban explicaciones para el asesinato con el tono de voz de una conversación normal, y el desatino apenas se notaba entre tantas muertes diarias, en un país donde la muerte era parte de la vida. Sigo atónito por la furia de la represión: por la crueldad ciega de los seres humanos más primitivos, por el cálculo frío de los intrigantes.”
Graham-Yooll, hijo de escoceses, miembro de una comunidad británica que mantuvo en Argentina su lengua, sus colegios y muchas de sus costumbres, y periodista en un diario editado allí en inglés, The Buenos Aires Herald, escribió este libro al comienzo de su exilio londinense, abrumado por el extrañamiento y por el recuerdo del horror que había conocido antes de escapar a los seis meses del golpe, a punto de que lo detuvieran. Para entonces Graham-Yooll tenía consolidada, pese a los lazos amistosos, su interpretación del laberinto argentino: “El conflicto civil nació de la rivalidad política, pero más aún de las emociones personales que eran invocadas como motivos de venganza. Un individuo se lanzaba a vengar a un militante hecho pedazos por una granada; un oficial decidía vengar a un colega que había sido blanco de otra venganza. Aumentaban las víctimas; los jefes de los grupos rivales asumían la responsabilidad de los desmanes y ordenaban escaladas terroristas como forma de mantener su autoridad y de tratar de ganar adeptos entre los vacilantes. Así el conflicto avanzaba hacia la guerra.”
A la luz de esta visión, queda claro que Graham-Yooll no era un peronista de ninguna de las varias facciones que enaltecían al viejo caudillo al tiempo que se mataban entre sí, ni un nacionalista de ninguna clase (tal vez por su curiosa condición de argentino criado a veinte kilómetros de Buenos Aires en un medio más british que el de Cambridge), ni un convencido de las virtudes emancipadoras de las metralletas ni un derechista enfangado en el exterminio de zurdos. En uno de los capítulos más conmovedores del libro, en el que cuenta cómo se involucra en la ayuda a la postre inútil a una joven montonera, Graham-Yooll cita a Mario Eduardo Firmenich, líder del grupo armado, que dictaminó en una rueda de prensa, con criminal arrogancia: “A aquellos que están en el medio, les aconsejamos que se hagan a un lado cuando empiece la guerra”. “Si se pudiera odiar a un hombre por una sola frase”, le dice Graham a la guerrillera, “ése sería tu jefe, y ésa la frase. Tan claro, tan asesino; con esa frase hizo que centenares de personas creyeran que tenían que elegir de qué lado estaban; trataron de esconderse, y decidieron... morir.” Y es que Graham-Yooll, en el fuego cruzado de aquellos años, no tiene dudas respecto a su ubicación: “En el medio, como siempre”. A lo cual la joven replica: “Sí, estás en el medio, pero no sos neutral. Estás en el medio de un lío”.
En medio del lío y no neutral. De esa delicada posición brota el valor moral de un hombre que ve lo que pasa y se atreve, lleno de temor, a contarlo. Amigo de muchos escritores y periodistas fascinados por la violencia, y sólo muy ligeramente protegido por su profesión y por el medio en que trabajaba, Graham-Yooll se forzaba a redactar informaciones y denuncias políticas que le fueron granjeando el odio de los militares sin ganarle el aprecio de los guerrilleros. En esos años de plomo, e incluso cuando en marzo del 76 el terror se desnude totalmente, el angloargentino será incapaz de permanecer al margen de lo que sucede, si bien no se hace ninguna ilusión sobre la utilidad del esfuerzo: “Había muchos artículos en los que me animaba a hacer breves referencias a la anormalidad política... Después temblaba pensando en la reacción. Era un círculo estúpido, más que vicioso, en el que yo me obligaba a informar y luego esperaba aterrado las posibles consecuencias. Lo que era peor: era un ejercicio agotador con el que se lograba muy poco.”
El miedo, siempre el miedo, omnipresente en el libro. “El terror paraliza; la histeria avergüenza; el miedo humilla. Las dos primeras sensaciones son incidentales y se desvanecen; el miedo es un compañero constante”. El miedo que desvela sin remedio, que sobresalta por cualquier nimiedad, el miedo que hace mearse y cagarse a un fotógrafo secuestrado por matones de la derecha peronista, el miedo del que nacen sarpullidos o eccemas, el miedo a un paquete sospechoso o ante un Falcon sin matrícula, el miedo al teléfono, la noche o la calle vacía. Miedo que alcanza el paroxismo cuando los militares, en su labor aniquiladora, se lanzan tras el golpe a torturar y matar también a familiares de los guerrilleros, o a sus amigos, o a cualquier persona que pudiese haberles ayudado levemente, o incluso a pibes que hipotéticamente podían convertirse en resistentes años después. “Es bueno recordar el miedo, para no repetirlo”, dice el autor. Pero acto seguido no puede dejar de preguntarse, con amarga retórica, sobre lo que, pese a todo lo que acontecía, dominaba en gran parte de los argentinos: se sentían “en el medio” pero además querían ser, más que neutrales, indiferentes: “¿cómo pudimos, toda una sociedad, vivir en compañía del miedo como si fuera normal? ¿Cómo pudimos, como país, vivir diciendo: “por algo será, o en algo andará’”?
Este breve acopio de citas no da cuenta cabal en absoluto de la riqueza de datos y matices del libro. Días después de “comérmelo” he vuelto con emoción admirativa a la historia del pobre fotógrafo aterrado, o a la de la patada del periodista a uno de los muchos cadáveres que “aparecían” en los bosques cercanos al aeropuerto de Ezeiza, o a la de la joven viuda montonera consumida por el miedo y la soledad física y afectiva, o a la de la liberación, tras nueve meses de secuestro, del millonario Jorge Born, una representación en la que tiene un papel relevante un Graham-Yooll ya muy mal visto por el poder y frustrado porque sabe que no podrá contar en su periódico nada de lo presenciado; o a la historia de sus últimos días en el país, en septiembre del 76, cuando el sinvivir devora su vida familiar y laboral; o a la historia final del encuentro con dos torturadores que años después escupen ante él retazos de sus fechorías, en un tenso diálogo que se corta como el desenlace de un gran cuento. Historias que funcionan como el mejor de los relatos gracias al talento narrativo de Graham-Yooll, y que muestran las enormes posibilidades que en manos de un periodista de raza tiene la realidad si pasa por el cedazo de la (buena) elaboración lingüística.
Los amigos de Graham-Yooll estaban, ya lo he dicho, mucho más en el lado de la guerrilla que en el de los milicos. Y cuando retorna unos días a Argentina en 1980, todavía con miedo porque la dictadura pervive (hasta 1994 no volverá definitivamente, para dirigir The Buenos Aires Herald), su tono es casi elegiaco en la remembranza de tantas vidas segadas, de tanto dolor desparramado y tantos huecos en su propio espacio vital. Pero el periodista no se deja ganar sólo por los sentimientos, o, mejor dicho, por un sentimentalismo mutilado o parcial. Así que cuando resume, en ese prólogo que siempre se escribe en último término, su balance del periodo, sigue aferrado a ese “medio” desde el que vivió el desollamiento de Argentina: “Todavía me siento perturbado por la locura de los jóvenes rebeldes. Encontraban explicaciones para el asesinato con el tono de voz de una conversación normal, y el desatino apenas se notaba entre tantas muertes diarias, en un país donde la muerte era parte de la vida. Sigo atónito por la furia de la represión: por la crueldad ciega de los seres humanos más primitivos, por el cálculo frío de los intrigantes.”
16 julio 2006
Socorrer al necesitado
El otro día detuvieron a Pablo Muñoz, director del Diario de Noticias (de Navarra y de Gipuzkoa). Tras 72 horas en una comisaría, incomunicado y supongo que desazonado, harto y aburrido, Garzón encontró un rato para interrogarlo. Total, y como casi todo el mundo suponía, para soltarlo tras la declaración con una fianza relativamente ridícula. Qué frivolidad procesal. Estoy de acuerdo con los que han tildado el arresto de chapuza y, por eso mismo, de atropello. Visto lo visto, ¿no hubiera sido más lógico y correcto que Muñoz, si aparecía citado en documentos o en testimonios de otras personas, fuera llamado a declarar, sin el trago previo de la detención, a la postre eludible por casi nada? ¿O es que alguien pensó en serio que podía huir?
Sin embargo, leo hoy domingo una entrevista a Muñoz en el propio periódico que dirige y me asaltan varias preguntas. Dejo de lado la flagrante inexactitud que afirma de que “el empresario extorsionado es la auténtica víctima del terrorismo” (¿no hay y ha habido víctimas mucho más sufrientes?); puede deberse, como tantas veces sucede, a la poca pericia de los redactores de su medio a la hora de reproducir lo dicho. Lo relevante es que parece que el director se dedicaba a la intermediación entre empresarios y etarras desde hace tiempo y con relativa regularidad, en una suerte de segunda (¿o primera?) ocupación.
Sostiene Muñoz que como ya no existe desde hace años en Iparralde la posibilidad de que el etarra “señor Robles” hable con los empresarios chantajeados y/o recoja el dinero, hace falta alguien que ayude a éstos y los ponga en contacto con sus extorsionadores, eso sí, como dice hábilmente, “sólo” cuando el “advertido” no quiere aportar ni un euro a la causa. “¿A dónde podía acudir el empresario en el caso de quisiera pagar o resolver esa situación?”, se pregunta (contradictoriamente). Pues a él mismo. ¿Cuándo comenzó a correr la voz entre los afectados de que el director de periódicos también hacía este noble trabajo en el “sector público voluntario”, que decíamos en tiempos? ¿Sabía a quién tenía que dirigirse para “resolver la situación”? ¿Había un canal permanentemente abierto y estable?
No tengo ninguna vocación de juez o policía, pero sólo con lo que insinúa Muñoz mi curiosidad ciudadana se ha visto notablemente excitada. Estoy seguro de que su declaración del viernes fue apasionante y muy rica en detalles. Aquí hay una gran historia, no cabe duda, y espero que algún día la conozcamos, aunque sus materiales primarios sean la extorsión, la vileza y el miedo. Menos mal que los materiales secundarios son los que componen la acción intermediadora, “cargada”, dice Muñoz, “de ética y moralidad”. Así sea.
Sin embargo, leo hoy domingo una entrevista a Muñoz en el propio periódico que dirige y me asaltan varias preguntas. Dejo de lado la flagrante inexactitud que afirma de que “el empresario extorsionado es la auténtica víctima del terrorismo” (¿no hay y ha habido víctimas mucho más sufrientes?); puede deberse, como tantas veces sucede, a la poca pericia de los redactores de su medio a la hora de reproducir lo dicho. Lo relevante es que parece que el director se dedicaba a la intermediación entre empresarios y etarras desde hace tiempo y con relativa regularidad, en una suerte de segunda (¿o primera?) ocupación.
Sostiene Muñoz que como ya no existe desde hace años en Iparralde la posibilidad de que el etarra “señor Robles” hable con los empresarios chantajeados y/o recoja el dinero, hace falta alguien que ayude a éstos y los ponga en contacto con sus extorsionadores, eso sí, como dice hábilmente, “sólo” cuando el “advertido” no quiere aportar ni un euro a la causa. “¿A dónde podía acudir el empresario en el caso de quisiera pagar o resolver esa situación?”, se pregunta (contradictoriamente). Pues a él mismo. ¿Cuándo comenzó a correr la voz entre los afectados de que el director de periódicos también hacía este noble trabajo en el “sector público voluntario”, que decíamos en tiempos? ¿Sabía a quién tenía que dirigirse para “resolver la situación”? ¿Había un canal permanentemente abierto y estable?
No tengo ninguna vocación de juez o policía, pero sólo con lo que insinúa Muñoz mi curiosidad ciudadana se ha visto notablemente excitada. Estoy seguro de que su declaración del viernes fue apasionante y muy rica en detalles. Aquí hay una gran historia, no cabe duda, y espero que algún día la conozcamos, aunque sus materiales primarios sean la extorsión, la vileza y el miedo. Menos mal que los materiales secundarios son los que componen la acción intermediadora, “cargada”, dice Muñoz, “de ética y moralidad”. Así sea.
28 junio 2006
Aprendiendo a ser justos
Se acaba el curso en las tertulias sobre libros que funcionan en la biblioteca de Barañain. Y para celebrarlo, algo nuevo y especial, un viaje a Barcelona de más de cuarenta personas. Feliz idea del alma de estos clubes de lectura, Jesús Arana, que llega a buen puerto un fin de semana de junio en el que sustituimos el tórrido mediodía navarro por la deliciosa noche con que nos recibe la capital catalana. Hemos leído en el curso varias novelas de Eduardo Mendoza, Juan Marsé y Enrique Vila-Matas, y aunque no podemos encontrarnos personalmente con ellos, no perdemos el tiempo. Jesús y el magnífico equipo que trabaja en esta iniciativa (Juana Mari, Tere, Begoña) han preparado un buen programa, lleno pero sin agobios y, claro, con la premisa de la libertad total de movimientos de cada quien, según sus fuerzas y manías (como la de comprar libros en el mercado de Sant Antoni, tentación a la que corremos algunos). Cena con la tertulia de la biblioteca del Carmelo, itinerarios por el barrio del Poble Sec y por los escenarios de algunas novelas de Mercè Rodoreda, y sabroso encuentro con la escritora Gemma Lienas, más que su novela. Antes, después y en medio, múltiples charletas entre nosotros sobre libros y vida, vida y libros, que para muchos no está claro si en esto fue antes el huevo o la gallina.
Ambiente fenomenal en el grupo. El propio Jesús Arana, en un artículo que recomiendo desde ya y que apareció en el verano de 2005 en la revista La casa de los Malfenti (www.lacasadelosmalfenti.com) escribió que “Una idea hermosa que está detrás de los grupos de lectura es la que acierta a formular Adolfo Marsillach en sus memorias cuando dice: ‘En el fondo de mi corazón sólo considero compatriotas a quienes leyeron los mismos libros que yo he leído’. Con toda la exageración que puede haber en esta frase es cierto que encierra una verdad: un bagaje de lecturas compartidas, además de ayudar a los miembros a identificarse con el grupo en la medida que tienen unas referencias culturales comunes cada vez mayores, los hace partícipes de una misma experiencia y esto, se quiera o no, une”. Se quiere, se quiere. Desde luego, en Barañain he conocido a gente admirable, o a gente que, al menos, pone en el encuentro algunas de sus mejores facetas y su disposición más cordial y atenta.
La lectura, escribió Gabriel Zaid, es una conversación, pero que en primera instancia se produce entre el lector y lo escrito, y por tanto implica silencio y soledad. Sin embargo, del movimiento intelectual, anímico, espiritual que ponen en juego los libros brota naturalmente el impulso de hablar con semejantes sobre lo que hemos leído y definir mejor lo pensado y sentido. Y es que sucede con frecuencia que sólo en el diálogo, en el intercambio discursivo en alta voz, toman forma en nosotros mismos determinadas ideas que la lectura había ido animando pero que permanecían más o menos borrosas. Leemos, hablamos, pensamos, y hay una interacción que afila cada fase del proceso y las dispara a todas por caminos progresivamente más fértiles. Es cierto que a veces en la tertulia, como sucede en cualquier encuentro, la conversación es desordenada y fútil, pero en general no sólo se enriquece el proceso que he descrito; asoman además, con ocasión de los libros, intensos retazos de vida, verdad, felicidad, duda o dolor. No puedo concebir una utilidad más noble para la lectura.
Desde luego en Barañain, lo dice también Jesús Arana en su artículo, “los grupos de lectura están compuestos por personas con profesiones de lo más heterogéneas, con distintos niveles de estudios, con creencias muy diversas y pertenecientes a diferentes clases sociales y sin embargo todas tienen en común algo: pasión por la lectura, curiosidad intelectual, gusto por la conversación, mentalidad abierta, capacidad para respetar las opiniones de los demás. (...) Así definidos, son un fenómeno que responde a un tipo de sociedad donde los espacios para la conversación han dejado de ser algo natural y es necesario crearlos”. Yo añadiría un matiz: hablar ya hablamos en la vida ordinaria, mucho, a veces demasiado, por ejemplo por teléfono. Pero en las tertulias sobre libros no se trata de un tipo de conversación sobre hechos u objetos, o sobre naderías, una conversación de grado cero. Sin necesidad de profundizar en técnicas narrativas o de caer en la erudición, hay en la conversación en Barañain la suficiente calidad reflexiva y vital como para que muchos días salgamos en un estado de deliciosa ebullición, incluso si el libro es malo o no ha prendido en el grupo. Porque un mal libro también puede dar lugar a un excelente debate.
Habría muchos días para rememorar. Por ejemplo, y salvando las enormes distancias de calidad, recuerdo cómo una novela de Benjamin Constant y otra de Laura Mintegi nos dieron pie a charlar sobre el amor mucho más allá de la hora fijada. Una mala obrita de Aitor Arana nos animó a escudriñar con vehemencia en los deseos y dilemas sexuales, lo mismo que Catherine Millet. Enrique Vilá Matas nos llevó por los caminos de la vanidad y de la narración como ejercicio seductor. El corazón de las tinieblas, de Conrad, suscitó un apasionado debate sobre el colonialismo y los crueles delirios humanos. Y un soberbio cuento de Jokin Muñoz sacó al aire los temores de padres y madres sobre la vida y destino de sus hijos.
Conseguir que funcione bien una tertulia requiere cierta organización, sobre todo si los participantes son muchos y no deben comprar los libros -se les dejan en préstamo-. Si además incluimos la extensión de la idea a otras bibliotecas hasta que ha prendido, con el atento asesoramiento del propio Jesús Arana, y conseguir de vez en cuando encuentros con autores, y articular actividades complementarias como lecturas poéticas, actuaciones musicales y sesiones de cuentacuentos, cabe atisbar el esfuerzo que está detrás de la actividad. Borges enumeró en su poema Los justos algunas acciones que pueden hacer las personas (Un hombre que cultiva su jardín, como quería Voltaire // El que agradece que en la tierra haya música // Una mujer y un hombre que leen los tercetos finales de cierto canto // El que acaricia a un animal dormido...) y que parecen mínimas, privadas, casi irrelevantes. Sin embargo, culmina el poema, “esas personas, que se ignoran, están salvando el mundo”. Durante muchos años consideré que por bellos que fueran los versos, la conclusión era metafórica o simplemente exagerada. Ahora ya no estoy tan seguro. Supongo que para salvar al mundo hace falta la gran política, y los planes generales, y la acción colectiva y los propósitos personales de largo alcance. Pero los pequeños actos de justicia o compasión, la asunción irrenunciable de nuestras propias responsabilidades, la implicación serena o entusiasta en modestos pero hermosos proyectos..., todo eso adquiere cada día más valor a mis ojos. En Barañain, por ejemplo, en la acción infatigable de Jesús y de los demás trabajadores de la biblioteca, acción que ha tejido una red de cultura que crece y crece, pienso que tenemos una muestra de lo que se puede hacer para llegar a ser justos.
Ambiente fenomenal en el grupo. El propio Jesús Arana, en un artículo que recomiendo desde ya y que apareció en el verano de 2005 en la revista La casa de los Malfenti (www.lacasadelosmalfenti.com) escribió que “Una idea hermosa que está detrás de los grupos de lectura es la que acierta a formular Adolfo Marsillach en sus memorias cuando dice: ‘En el fondo de mi corazón sólo considero compatriotas a quienes leyeron los mismos libros que yo he leído’. Con toda la exageración que puede haber en esta frase es cierto que encierra una verdad: un bagaje de lecturas compartidas, además de ayudar a los miembros a identificarse con el grupo en la medida que tienen unas referencias culturales comunes cada vez mayores, los hace partícipes de una misma experiencia y esto, se quiera o no, une”. Se quiere, se quiere. Desde luego, en Barañain he conocido a gente admirable, o a gente que, al menos, pone en el encuentro algunas de sus mejores facetas y su disposición más cordial y atenta.
La lectura, escribió Gabriel Zaid, es una conversación, pero que en primera instancia se produce entre el lector y lo escrito, y por tanto implica silencio y soledad. Sin embargo, del movimiento intelectual, anímico, espiritual que ponen en juego los libros brota naturalmente el impulso de hablar con semejantes sobre lo que hemos leído y definir mejor lo pensado y sentido. Y es que sucede con frecuencia que sólo en el diálogo, en el intercambio discursivo en alta voz, toman forma en nosotros mismos determinadas ideas que la lectura había ido animando pero que permanecían más o menos borrosas. Leemos, hablamos, pensamos, y hay una interacción que afila cada fase del proceso y las dispara a todas por caminos progresivamente más fértiles. Es cierto que a veces en la tertulia, como sucede en cualquier encuentro, la conversación es desordenada y fútil, pero en general no sólo se enriquece el proceso que he descrito; asoman además, con ocasión de los libros, intensos retazos de vida, verdad, felicidad, duda o dolor. No puedo concebir una utilidad más noble para la lectura.
Desde luego en Barañain, lo dice también Jesús Arana en su artículo, “los grupos de lectura están compuestos por personas con profesiones de lo más heterogéneas, con distintos niveles de estudios, con creencias muy diversas y pertenecientes a diferentes clases sociales y sin embargo todas tienen en común algo: pasión por la lectura, curiosidad intelectual, gusto por la conversación, mentalidad abierta, capacidad para respetar las opiniones de los demás. (...) Así definidos, son un fenómeno que responde a un tipo de sociedad donde los espacios para la conversación han dejado de ser algo natural y es necesario crearlos”. Yo añadiría un matiz: hablar ya hablamos en la vida ordinaria, mucho, a veces demasiado, por ejemplo por teléfono. Pero en las tertulias sobre libros no se trata de un tipo de conversación sobre hechos u objetos, o sobre naderías, una conversación de grado cero. Sin necesidad de profundizar en técnicas narrativas o de caer en la erudición, hay en la conversación en Barañain la suficiente calidad reflexiva y vital como para que muchos días salgamos en un estado de deliciosa ebullición, incluso si el libro es malo o no ha prendido en el grupo. Porque un mal libro también puede dar lugar a un excelente debate.
Habría muchos días para rememorar. Por ejemplo, y salvando las enormes distancias de calidad, recuerdo cómo una novela de Benjamin Constant y otra de Laura Mintegi nos dieron pie a charlar sobre el amor mucho más allá de la hora fijada. Una mala obrita de Aitor Arana nos animó a escudriñar con vehemencia en los deseos y dilemas sexuales, lo mismo que Catherine Millet. Enrique Vilá Matas nos llevó por los caminos de la vanidad y de la narración como ejercicio seductor. El corazón de las tinieblas, de Conrad, suscitó un apasionado debate sobre el colonialismo y los crueles delirios humanos. Y un soberbio cuento de Jokin Muñoz sacó al aire los temores de padres y madres sobre la vida y destino de sus hijos.
Conseguir que funcione bien una tertulia requiere cierta organización, sobre todo si los participantes son muchos y no deben comprar los libros -se les dejan en préstamo-. Si además incluimos la extensión de la idea a otras bibliotecas hasta que ha prendido, con el atento asesoramiento del propio Jesús Arana, y conseguir de vez en cuando encuentros con autores, y articular actividades complementarias como lecturas poéticas, actuaciones musicales y sesiones de cuentacuentos, cabe atisbar el esfuerzo que está detrás de la actividad. Borges enumeró en su poema Los justos algunas acciones que pueden hacer las personas (Un hombre que cultiva su jardín, como quería Voltaire // El que agradece que en la tierra haya música // Una mujer y un hombre que leen los tercetos finales de cierto canto // El que acaricia a un animal dormido...) y que parecen mínimas, privadas, casi irrelevantes. Sin embargo, culmina el poema, “esas personas, que se ignoran, están salvando el mundo”. Durante muchos años consideré que por bellos que fueran los versos, la conclusión era metafórica o simplemente exagerada. Ahora ya no estoy tan seguro. Supongo que para salvar al mundo hace falta la gran política, y los planes generales, y la acción colectiva y los propósitos personales de largo alcance. Pero los pequeños actos de justicia o compasión, la asunción irrenunciable de nuestras propias responsabilidades, la implicación serena o entusiasta en modestos pero hermosos proyectos..., todo eso adquiere cada día más valor a mis ojos. En Barañain, por ejemplo, en la acción infatigable de Jesús y de los demás trabajadores de la biblioteca, acción que ha tejido una red de cultura que crece y crece, pienso que tenemos una muestra de lo que se puede hacer para llegar a ser justos.
26 junio 2006
Muerte en Orihuela
El sábado la televisión vasca emitió un programa en recuerdo del cantautor Imanol, que murió hace dos años en Orihuela. Me contaron que sus últimos tiempos fueron muy duros y que necesitó más de una vez la ayuda económica de amigos para salir adelante. Los artistas como Imanol no lo han tenido fácil casi nunca, porque su música no es de cuarentaprincipales, pero es que además él, aun cantando sobre todo en euskera, se había convertido en un proscrito para el poder nacionalista. Desde que en 1986 comenzó a plantar cara a los postulados y las fechorías del nacionalismo etarra, se cernió sobre Imanol un veto rotundo de los ayuntamientos donde Herri Batasuna gobernaba o controlaba las concejalías de cultura y euskera, esas concejalías que suelen dejar en sus zarpas hasta los partidos no nacionalistas. Después, a medida que Imanol seguía evolucionando, vivió el ninguneo de parte del mundo nacionalista “moderado”. Y ya se sabe que las antipatías políticas se traducen siempre en ausencia de contratos y actuaciones, en este caso en pueblos, ikastolas y eventos de toda laya donde los nacionalistas tienen la sartén por el mango y el mango también. Imanol, harto y pobre, acabó yéndose de Euskadi y buscando con sus excelentes discos en castellano nuevas posibilidades.
Escuché a Imanol por primera vez en pleno monte, un gélido domingo de enero de 1977, cerca del monasterio de Iranzu, en el fin de fiesta de unas jornadas de convivencia de la organización juvenil de LCR-ETA VI, escisión de ETA devenida en troskista. Aquel día yo era sólo un invitado, miembro de otra peña comunista. Imanol, un antiguo etarra exiliado y resistente ya en el París de los primeros setenta, cantó algunos temas de la época en que había musicado, con el seudónimo de Mikel Etxegaray, poemas de Mikel Azurmendi. Pero recuerdo en especial una canción popular sobre los forjadores vascos que, furiosos por la explotación que padecen, planean quemar las fábricas y liquidar a los patronos. Todo muy de la época. Hacía un frío que pelaba, pero vibramos igual que si Urbasa fuese sierra Maestra, y nos sentíamos prestos para cualquier intrépida acción que implantase el anhelado poder proletario y popular. Desde entonces, y durante veinticinco años, compré sus discos y le vi muchas veces en Pamplona, ora en buenos auditorios, ora en modestos centros de barrio, sólo con su guitarra o junto a diversos músicos.
Imanol fue cada vez más un excelente cantor de la naturaleza (de “todos los colores del verde”, que diría Raimon), de los sentimientos y de los romances populares del país, pero también, como todos los grandes músicos vascos, un hombre con una inevitable dimensión pública. Sólo que mientras los grandes nombres, por calidad y prestigio, como Mikel Laboa, Benito Lertxundi o Xabier Lete, han estado siempre en posiciones nítidamente nacionalistas y han podido moverse en la democracia peneuvera con absoluta comodidad y salir al mundo con el beneplácito de todas las progresías, y Oskorri hace muchos años que se hizo perdonar su inicial “marxismo-españolismo”, Imanol se movió políticamente, en un cambio similar al de otras muchas gentes, pero de altos costes para su vida y carrera. Así, tuvo que soportar insultos ya en los setenta por cantar algunos temas en castellano, o amenazas por participar en el homenaje a Yoyes a raíz de su asesinato, o la feroz campaña de muchos nacionalistas cuando, tras las pintadas contra él, dio un paso adelante y organizó el festival de Anoeta en 1989 en el que contó con la solidaridad de amigos como Sabina, Labordeta, Javier Krahe o Luis Pastor (qué miserables resultan ahora, en la distancia, las evasivas o reservas que balbucieron entonces las vacas sagradas de la música vasca), o la estigmatización que desde entonces le acompañó.
Pero él siguió trabajando, siempre a su aire, sin encajar exactamente en ninguna posición partidista y sin sectarismos a la hora de elegir versos de poetas euskaldunes de todos los colores ideológicos para sus músicas. Imanol encarnaba muy bien la ilusión de un País Vasco normal, sin matonismos ni identidades historicistas, el sueño de un vasquismo civilizado y radicalmente abierto. A la postre, su fracaso fue nuestro fracaso, y no es casualidad que algunos de sus amigos acabaran creando la plataforma Basta Ya, nombre que, para los sectores que incrementaron su hartazgo en la misma dirección que Imanol, lo dice todo en dos palabras.
Es verdad que, hablando de un artista, eso no es lo más relevante. Todavía hoy paladeo con frecuencia muchas de sus canciones, la energía, dulzura o melancolía que rezuman, su voz grave, potente pero muy bien modulada y tantas veces doliente, que supo conjuntar en tantos temas con amigos. En el documental he podido revisitar dúos memorables con Paco Ibáñez, Amaya Uranga, Ainhoa Arteta, Labordeta o incluso Georges Moustaki, con quien hizo en euskera una preciosa canción de aires griegos, así como algunas de sus interpretaciones a capella, de inusual intensidad. Pero, por desgracia, me quedo con un momento de su trayectoria, alrededor de 1985-86, que enlaza fatalmente el arte y la política. Imanol había publicado en dos años un par de discos soberbios, “Oroituz” y sobre todo “Mea kulparik ez”, llenos de temas, como Ilun ikarak, que continúan expandiendo una rara emoción. Pero en ese punto de plenitud artística, tal vez el más elevado de su trayectoria, se vio involucrado como “tonto útil” en la fuga de Sarrionaindía y Pikabea de Martutene que organizó Mikel Antza, luego gran gurú etarra. Y a poco de sacar el segundo álbum vino la “ejecución” de Yoyes, la reacción indignada de Imanol y el comienzo de sus peores incomodidades, esas que culminaron con su muerte, “como del rayo”, en Orihuela, que no era ni su pueblo ni el mío, hace ahora dos años.
Escuché a Imanol por primera vez en pleno monte, un gélido domingo de enero de 1977, cerca del monasterio de Iranzu, en el fin de fiesta de unas jornadas de convivencia de la organización juvenil de LCR-ETA VI, escisión de ETA devenida en troskista. Aquel día yo era sólo un invitado, miembro de otra peña comunista. Imanol, un antiguo etarra exiliado y resistente ya en el París de los primeros setenta, cantó algunos temas de la época en que había musicado, con el seudónimo de Mikel Etxegaray, poemas de Mikel Azurmendi. Pero recuerdo en especial una canción popular sobre los forjadores vascos que, furiosos por la explotación que padecen, planean quemar las fábricas y liquidar a los patronos. Todo muy de la época. Hacía un frío que pelaba, pero vibramos igual que si Urbasa fuese sierra Maestra, y nos sentíamos prestos para cualquier intrépida acción que implantase el anhelado poder proletario y popular. Desde entonces, y durante veinticinco años, compré sus discos y le vi muchas veces en Pamplona, ora en buenos auditorios, ora en modestos centros de barrio, sólo con su guitarra o junto a diversos músicos.
Imanol fue cada vez más un excelente cantor de la naturaleza (de “todos los colores del verde”, que diría Raimon), de los sentimientos y de los romances populares del país, pero también, como todos los grandes músicos vascos, un hombre con una inevitable dimensión pública. Sólo que mientras los grandes nombres, por calidad y prestigio, como Mikel Laboa, Benito Lertxundi o Xabier Lete, han estado siempre en posiciones nítidamente nacionalistas y han podido moverse en la democracia peneuvera con absoluta comodidad y salir al mundo con el beneplácito de todas las progresías, y Oskorri hace muchos años que se hizo perdonar su inicial “marxismo-españolismo”, Imanol se movió políticamente, en un cambio similar al de otras muchas gentes, pero de altos costes para su vida y carrera. Así, tuvo que soportar insultos ya en los setenta por cantar algunos temas en castellano, o amenazas por participar en el homenaje a Yoyes a raíz de su asesinato, o la feroz campaña de muchos nacionalistas cuando, tras las pintadas contra él, dio un paso adelante y organizó el festival de Anoeta en 1989 en el que contó con la solidaridad de amigos como Sabina, Labordeta, Javier Krahe o Luis Pastor (qué miserables resultan ahora, en la distancia, las evasivas o reservas que balbucieron entonces las vacas sagradas de la música vasca), o la estigmatización que desde entonces le acompañó.
Pero él siguió trabajando, siempre a su aire, sin encajar exactamente en ninguna posición partidista y sin sectarismos a la hora de elegir versos de poetas euskaldunes de todos los colores ideológicos para sus músicas. Imanol encarnaba muy bien la ilusión de un País Vasco normal, sin matonismos ni identidades historicistas, el sueño de un vasquismo civilizado y radicalmente abierto. A la postre, su fracaso fue nuestro fracaso, y no es casualidad que algunos de sus amigos acabaran creando la plataforma Basta Ya, nombre que, para los sectores que incrementaron su hartazgo en la misma dirección que Imanol, lo dice todo en dos palabras.
Es verdad que, hablando de un artista, eso no es lo más relevante. Todavía hoy paladeo con frecuencia muchas de sus canciones, la energía, dulzura o melancolía que rezuman, su voz grave, potente pero muy bien modulada y tantas veces doliente, que supo conjuntar en tantos temas con amigos. En el documental he podido revisitar dúos memorables con Paco Ibáñez, Amaya Uranga, Ainhoa Arteta, Labordeta o incluso Georges Moustaki, con quien hizo en euskera una preciosa canción de aires griegos, así como algunas de sus interpretaciones a capella, de inusual intensidad. Pero, por desgracia, me quedo con un momento de su trayectoria, alrededor de 1985-86, que enlaza fatalmente el arte y la política. Imanol había publicado en dos años un par de discos soberbios, “Oroituz” y sobre todo “Mea kulparik ez”, llenos de temas, como Ilun ikarak, que continúan expandiendo una rara emoción. Pero en ese punto de plenitud artística, tal vez el más elevado de su trayectoria, se vio involucrado como “tonto útil” en la fuga de Sarrionaindía y Pikabea de Martutene que organizó Mikel Antza, luego gran gurú etarra. Y a poco de sacar el segundo álbum vino la “ejecución” de Yoyes, la reacción indignada de Imanol y el comienzo de sus peores incomodidades, esas que culminaron con su muerte, “como del rayo”, en Orihuela, que no era ni su pueblo ni el mío, hace ahora dos años.
07 junio 2006
El valor de dos centavos
He leído Dos centavos. Un diario, de Pedro Charro Ayestarán (ediciones Eunate). Como de los diez seguidores que debe de tener este ángulo un par ya han censurado la extensión de mis notas, por si acaso huyen enseguida de su lectura me apresuro a decir que el libro de Charro es espléndido y que sería bueno que tuviese muchos compradores y, quién sabe, lectores.
Me interesan desde siempre los diarios, o los dietarios (la distinción entre los dos términos es peliaguda y lábil), y los he leído de muchas clases. Sin ánimo de agotar el muestrario, me vienen a la mente los que contienen sólo los hechos más menudos de la vida de su autor. Otros vuelan majestuosamente por los excelsos pensamientos filosóficos o los comentarios sobre libros o películas, y no dejan que nos asomemos apenas a la cotidianeidad de quien está al fondo. Y otros mezclan adecuadamente los ingredientes y entonces, creo, semejan una buena conversación. Como en ésta, en el diario deben estar presentes la reflexión general y la anécdota, lo elevado y lo trivial, la especulación y la confidencia, el pensamiento riguroso y los mínimos sucedidos. Creo, en todo caso, que a riesgo de caer en la inanidad, los detalles son esenciales en un diario. Como les aconseja Charro a sus alumnos de un taller de escritura, hay que “dar cuenta de lo particular, de lo que bien mirado no puede importar a nadie. (Eso es, justamente, lo que más interesa a todo el mundo.)” Y en ese sentido, el diario, este diario de Charro por ejemplo, se aproxima a la literatura.
En todo caso, un diario publicado siempre es una construcción, un producto en el que comparece el hombre o la mujer que lo va tejiendo, pero donde se selecciona a partir de los cuadernos originales y por eso mismo se oculta, se cuenta pero se calla. Incluso se manipulan fechas y nombres, o se transmutan anécdotas, de modo que el diarista siempre compone un personaje. Ello no resta a priori interés al resultado, en absoluto, toda vez que en los buenos diarios el lector, que normalmente no conoce al escritor, sin embargo encuentra en él, en su forma de contar la vida, un espejo en que mirar su propia existencia y someterla a escrutinio.
Un diario admite todo, es un género tan flexible que algunos autores incluyen en él poemas, o semirrelatos de varia extensión o, por qué no, como hace Charro, desde el texto de una intervención en un congreso de psicoanalistas en Argentina hasta columnas publicadas en la prensa en el periodo en que este diario se iba forjando y que, vemos ahora, guardan una relación orgánica con sus anotaciones privadas y lo deslizan en otra legítima dirección, la del ensayo.
Pedro Charro no ha dado a la luz un diario íntimo, pero sí sumamente personal. Aquí tenemos a alguien que en 2004 se hace consciente de cambios vitales significativos. Un hombre en un momento de transición, que se angustia algunos días por ver lo que el tiempo ha hecho con él (“Un dietario, un diario, es un ejercicio de lucidez sobre el tiempo”), pero también por las decisiones que ha tomado, es decir, por lo que él ha hecho para reorientar el curso de sus cosas. Es un hombre que se ha atrevido a cambiar de trabajo, a dejar una posición profesional establecida y solvente, pero que teme no poder ganarse la vida con sus nuevas y variadas ocupaciones. Un hombre que ha ido cambiando de ideas, por lo que ahora se ve más maduro y comprensivo, pero que al mismo tiempo no puede dejar de añorar el que fue tiempo atrás. Un hombre al que le gustaría tener un carácter más contundente, incluso mal genio, pegar más de una vez un puñetazo encima de la mesa ante el espectáculo de la estupidez o la maldad. Un hombre, en fin, con unos hijos que le hacen más responsable y le inspiran al tiempo, con sus preguntas y obstinaciones, minirrelatos melancólicos o de una curiosa gracia.
Hay otro cambio fundamental. 2004 es el año en que Charro siente que ha hallado su propio estilo en la escritura, la manera que se ajusta mejor a sus aspiraciones, lo cual casi le llena de euforia. La columna Dos centavos, que publica en septiembre, marca, en cierto modo, un antes y un después. “Siento la extraña sensación de haber llegado al final, es decir, al principio. Que algo ha cristalizado, se ha precipitado; que, sin pensarlo, he aprendido a escribir de otra forma, (...) he encontrado un cierto estilo. (...) Todo camino lleva a alcanzar mayor ligereza, a desprenderse de peso, a hacerse más desenvuelto, a mostrarse natural, a parecer fácil. Debería dar saltos de alegría si no tuviera este pánico a perder de pronto el don”.
No sorprende por ello que en la presentación señale que el diario gusta “porque nos gusta lo breve, lo fragmentario, lo sugerente, más que lo sistemático”. Y es que es un género que le va como anillo al dedo porque le permite mostrar más que demostrar, sugerir y no sentenciar. Le permite un estilo depurado, más elemental, para decir mucho cada vez con menos, un modo narrativo o ensayístico en el que la sugerencia es más potente que la explicitud. Como dijo Bela Bartok, “cuanto más madura uno, más experimenta la necesidad de proceder por medios económicos, de expresarse más simplemente”. Pedro Charro no escribe, ni quiere, tratados sistemáticos, escritos rotundos y combativos, sino apuntes enlazados casi por asociación azarosa, por recuerdo y evocación. Pero es tal su convicción de que ha encontrado en el diario un vehículo expresivo adecuado que llega a anotar: “Dudas sobre la valía de lo escrito. Y de pronto, reivindicación del diario: Estas notas sobre las que vuelvo, a las que no daba importancia, son justamente la obra en cuestión, lo que auténticamente estoy escribiendo. Como si la escritura, para poder ser algo, necesitase quitarse importancia, ser indeliberada, casi secreta”.
Este diario tiene otra línea de fuerza. Pedro Charro lee y toma notas recurrentemente sobre el filósofo Heidegger y el poeta Ezra Pound, dos figuras gigantescas que sin embargo padecieron esa forma de miserable estulticia, tan habitual en los intelectuales del siglo XX, que les llevó a abrazar con entusiasmo la causa del totalitarismo, en este caso del fascismo y del nazismo. Como dice en relación con esa ilusión totalitaria, “las tonterías más torpes e interesadas, la ceguera para lo obvio y la falta de coraje moral, se encuentran por doquier, pero más a menudo entre los intelectuales, entre idealistas muy puros”. No es nada raro que este juicio tan taxativo le incline hacia lo mejor del inagotable y poliédrico liberalismo: “Ponerse de parte del individuo y de la libertad conduce con el tiempo a abandonar la izquierda y colocarse en un liberalismo más o menos radical, en un posibilismo lúcido y un poquito desencantado”.
Del análisis del mal en la Europa del siglo XX transita el autor en varias ocasiones al del mal en nuestra sociedad, la catástrofe del terrorismo, encima comprendido o consentido por tantos. Ante él abandona cualquier tono dubitativo o ambiguo: “Esta historia hedionda (la de la indiferencia y el desprecio ante el sufrimiento provocado por el terrorismo nacionalista vasco), esta realidad que no quisimos ver, esto que clama desde entonces es, quizás, el acontecimiento central de todos estos años.” El libro contiene páginas emocionantes por ejemplo sobre el sufrimiento de la familia Ulayar, que, además del asesinato del padre en 1979, debe padecer el silencio cobarde o cómplice de tanta gente y durante tantos años, y el ignominioso enaltecimiento del asesino, hijo predilecto del pueblo.
Hay más, mucho más en este diario. Pero creo que debo parar. Me da pena no haber dicho nada sobre la relación del autor con el psicoanálisis y los grupos de lectura en el habla, o sobre lo que les cuenta en el congreso de Buenos Aires, o sobre la ironía como rasgo frecuente de su estilo, o sobre... En fin, si con lo que he apuntado consigo animar a alguien a darse un buen paseo por este admirable libro, me doy por satisfecho. Y espero que no se enfaden conmigo más, por pelma, esos dos de lo que hablé al principio.
Me interesan desde siempre los diarios, o los dietarios (la distinción entre los dos términos es peliaguda y lábil), y los he leído de muchas clases. Sin ánimo de agotar el muestrario, me vienen a la mente los que contienen sólo los hechos más menudos de la vida de su autor. Otros vuelan majestuosamente por los excelsos pensamientos filosóficos o los comentarios sobre libros o películas, y no dejan que nos asomemos apenas a la cotidianeidad de quien está al fondo. Y otros mezclan adecuadamente los ingredientes y entonces, creo, semejan una buena conversación. Como en ésta, en el diario deben estar presentes la reflexión general y la anécdota, lo elevado y lo trivial, la especulación y la confidencia, el pensamiento riguroso y los mínimos sucedidos. Creo, en todo caso, que a riesgo de caer en la inanidad, los detalles son esenciales en un diario. Como les aconseja Charro a sus alumnos de un taller de escritura, hay que “dar cuenta de lo particular, de lo que bien mirado no puede importar a nadie. (Eso es, justamente, lo que más interesa a todo el mundo.)” Y en ese sentido, el diario, este diario de Charro por ejemplo, se aproxima a la literatura.
En todo caso, un diario publicado siempre es una construcción, un producto en el que comparece el hombre o la mujer que lo va tejiendo, pero donde se selecciona a partir de los cuadernos originales y por eso mismo se oculta, se cuenta pero se calla. Incluso se manipulan fechas y nombres, o se transmutan anécdotas, de modo que el diarista siempre compone un personaje. Ello no resta a priori interés al resultado, en absoluto, toda vez que en los buenos diarios el lector, que normalmente no conoce al escritor, sin embargo encuentra en él, en su forma de contar la vida, un espejo en que mirar su propia existencia y someterla a escrutinio.
Un diario admite todo, es un género tan flexible que algunos autores incluyen en él poemas, o semirrelatos de varia extensión o, por qué no, como hace Charro, desde el texto de una intervención en un congreso de psicoanalistas en Argentina hasta columnas publicadas en la prensa en el periodo en que este diario se iba forjando y que, vemos ahora, guardan una relación orgánica con sus anotaciones privadas y lo deslizan en otra legítima dirección, la del ensayo.
Pedro Charro no ha dado a la luz un diario íntimo, pero sí sumamente personal. Aquí tenemos a alguien que en 2004 se hace consciente de cambios vitales significativos. Un hombre en un momento de transición, que se angustia algunos días por ver lo que el tiempo ha hecho con él (“Un dietario, un diario, es un ejercicio de lucidez sobre el tiempo”), pero también por las decisiones que ha tomado, es decir, por lo que él ha hecho para reorientar el curso de sus cosas. Es un hombre que se ha atrevido a cambiar de trabajo, a dejar una posición profesional establecida y solvente, pero que teme no poder ganarse la vida con sus nuevas y variadas ocupaciones. Un hombre que ha ido cambiando de ideas, por lo que ahora se ve más maduro y comprensivo, pero que al mismo tiempo no puede dejar de añorar el que fue tiempo atrás. Un hombre al que le gustaría tener un carácter más contundente, incluso mal genio, pegar más de una vez un puñetazo encima de la mesa ante el espectáculo de la estupidez o la maldad. Un hombre, en fin, con unos hijos que le hacen más responsable y le inspiran al tiempo, con sus preguntas y obstinaciones, minirrelatos melancólicos o de una curiosa gracia.
Hay otro cambio fundamental. 2004 es el año en que Charro siente que ha hallado su propio estilo en la escritura, la manera que se ajusta mejor a sus aspiraciones, lo cual casi le llena de euforia. La columna Dos centavos, que publica en septiembre, marca, en cierto modo, un antes y un después. “Siento la extraña sensación de haber llegado al final, es decir, al principio. Que algo ha cristalizado, se ha precipitado; que, sin pensarlo, he aprendido a escribir de otra forma, (...) he encontrado un cierto estilo. (...) Todo camino lleva a alcanzar mayor ligereza, a desprenderse de peso, a hacerse más desenvuelto, a mostrarse natural, a parecer fácil. Debería dar saltos de alegría si no tuviera este pánico a perder de pronto el don”.
No sorprende por ello que en la presentación señale que el diario gusta “porque nos gusta lo breve, lo fragmentario, lo sugerente, más que lo sistemático”. Y es que es un género que le va como anillo al dedo porque le permite mostrar más que demostrar, sugerir y no sentenciar. Le permite un estilo depurado, más elemental, para decir mucho cada vez con menos, un modo narrativo o ensayístico en el que la sugerencia es más potente que la explicitud. Como dijo Bela Bartok, “cuanto más madura uno, más experimenta la necesidad de proceder por medios económicos, de expresarse más simplemente”. Pedro Charro no escribe, ni quiere, tratados sistemáticos, escritos rotundos y combativos, sino apuntes enlazados casi por asociación azarosa, por recuerdo y evocación. Pero es tal su convicción de que ha encontrado en el diario un vehículo expresivo adecuado que llega a anotar: “Dudas sobre la valía de lo escrito. Y de pronto, reivindicación del diario: Estas notas sobre las que vuelvo, a las que no daba importancia, son justamente la obra en cuestión, lo que auténticamente estoy escribiendo. Como si la escritura, para poder ser algo, necesitase quitarse importancia, ser indeliberada, casi secreta”.
Este diario tiene otra línea de fuerza. Pedro Charro lee y toma notas recurrentemente sobre el filósofo Heidegger y el poeta Ezra Pound, dos figuras gigantescas que sin embargo padecieron esa forma de miserable estulticia, tan habitual en los intelectuales del siglo XX, que les llevó a abrazar con entusiasmo la causa del totalitarismo, en este caso del fascismo y del nazismo. Como dice en relación con esa ilusión totalitaria, “las tonterías más torpes e interesadas, la ceguera para lo obvio y la falta de coraje moral, se encuentran por doquier, pero más a menudo entre los intelectuales, entre idealistas muy puros”. No es nada raro que este juicio tan taxativo le incline hacia lo mejor del inagotable y poliédrico liberalismo: “Ponerse de parte del individuo y de la libertad conduce con el tiempo a abandonar la izquierda y colocarse en un liberalismo más o menos radical, en un posibilismo lúcido y un poquito desencantado”.
Del análisis del mal en la Europa del siglo XX transita el autor en varias ocasiones al del mal en nuestra sociedad, la catástrofe del terrorismo, encima comprendido o consentido por tantos. Ante él abandona cualquier tono dubitativo o ambiguo: “Esta historia hedionda (la de la indiferencia y el desprecio ante el sufrimiento provocado por el terrorismo nacionalista vasco), esta realidad que no quisimos ver, esto que clama desde entonces es, quizás, el acontecimiento central de todos estos años.” El libro contiene páginas emocionantes por ejemplo sobre el sufrimiento de la familia Ulayar, que, además del asesinato del padre en 1979, debe padecer el silencio cobarde o cómplice de tanta gente y durante tantos años, y el ignominioso enaltecimiento del asesino, hijo predilecto del pueblo.
Hay más, mucho más en este diario. Pero creo que debo parar. Me da pena no haber dicho nada sobre la relación del autor con el psicoanálisis y los grupos de lectura en el habla, o sobre lo que les cuenta en el congreso de Buenos Aires, o sobre la ironía como rasgo frecuente de su estilo, o sobre... En fin, si con lo que he apuntado consigo animar a alguien a darse un buen paseo por este admirable libro, me doy por satisfecho. Y espero que no se enfaden conmigo más, por pelma, esos dos de lo que hablé al principio.
04 junio 2006
Charlatanería
Hace diez días, en la presentación de un libro que repasa los cien años de una escuela pública intervino el viejo escritor que hace mucho tiempo nos cautivó con su poderoso aliento faulkneriano, pero que ni sé desde cuándo sólo desparrama escritos muy menores por los periódicos. El salón lucía una buena entrada de las madres y padres que llevan sus retoños al centro. Como en éste hay una nutrida y creciente matrícula en la línea de enseñanza en euskera, no pocos de esos progenitores son profesionales, acomodada clase media: médicas e ingenieros, profesores en otros centros, toda suerte de funcionarios con monovolumen y sofisticadas bicicletas de montaña. Eso sí, gente maja, progres muy viajados y, sobre todo, amantes de lo euskaldun, que ya sabemos que en esta tierra progresismo y vasquismo han dado en ser términos casados hasta la muerte. En ese ambiente el viejo escritor dijo, sin quitarse la boina y con gesto ceñudo, que a la escuela pública sólo van los republicanos y los pobres y menesterosos. Dejando aparte la primera condición, porque lo del republicanismo va en la mente y no se nota a simple vista, lo de pobres y menesterosos resultaba, oído allí, simplemente hilarante.
En algunos barrios, sobre todo de las grandes ciudades, sí se acerca a la verdad la sentencia del viejo escritor. Es la escuela pública en español la que acoge a los pobres, incluyendo en tal condición, claro es, a los gitanos y a los inmigrantes que no paran de llegar y que los centros privados ahuyentan implacablemente. Pero donde yo vivo, y en todo el País Vasco, la enseñanza en euskera actúa como una barrera tan disuasoria como las que coloca la privada para librarse de quienes no interesan, de modo que a las líneas del modelo D acude un alumnado casi exclusivamente autóctono en el que los pobres y menesterosos lo serán de espíritu, no sé, porque de otra cosa ni por el forro.
Cuando el viejo escritor largó su sentencia no había en la sala gitanos ni inmigrantes, esos que por cierto acuden a la diminuta línea de enseñanza en castellano y a los cuales muchos de los padres de euskera quisieran ver lejos de “su” colegio. No, lo que dijo el viejo escritor era, más que una clamorosa inexactitud, una aseveración que, por muchas licencias poéticas que estemos dispuestos a concederle a un fabulador, entra de lleno en la categoría de bullshit, una expresión sobre la que un filósofo ha escrito un librito enjundioso y que se puede traducir como charlatanería. Bullshit acostumbran a ser por ejemplo los discursos de los políticos y los publicitarios, palabrería excretada por quienes, más que la verdad, que exige aburridos datos y distingos cuidadosos, aprecian la “sinceridad”.
Nuestro viejo escritor es desde luego “muy sincero”, lo que se nota en el tono dolorido con que siempre se pronuncia, y estoy seguro de que no hay en él la más mínima intención de mentir. Pero es que la charlatanería no juega en el terreno de la verdad y la mentira, sino en el de la manipulación emotiva, en el campo de las resonancias afectivas que confirman y refuerzan nuestras elecciones primarias. Así que se dice, con bullshit, lo que hay que decir, en este caso lo que a la próspera parroquia le regala los oídos y le gusta imaginar, y el pacto entre el discurso y el auditorio queda soldado. Como susurró satisfecha detrás de mí una madre, “estos hombres mayores son siempre los mejores”. Más progres si cabe y con la conciencia en inmejorables condiciones, al acabar el acto muchos se fueron “de potes”, como es de rigor.
En algunos barrios, sobre todo de las grandes ciudades, sí se acerca a la verdad la sentencia del viejo escritor. Es la escuela pública en español la que acoge a los pobres, incluyendo en tal condición, claro es, a los gitanos y a los inmigrantes que no paran de llegar y que los centros privados ahuyentan implacablemente. Pero donde yo vivo, y en todo el País Vasco, la enseñanza en euskera actúa como una barrera tan disuasoria como las que coloca la privada para librarse de quienes no interesan, de modo que a las líneas del modelo D acude un alumnado casi exclusivamente autóctono en el que los pobres y menesterosos lo serán de espíritu, no sé, porque de otra cosa ni por el forro.
Cuando el viejo escritor largó su sentencia no había en la sala gitanos ni inmigrantes, esos que por cierto acuden a la diminuta línea de enseñanza en castellano y a los cuales muchos de los padres de euskera quisieran ver lejos de “su” colegio. No, lo que dijo el viejo escritor era, más que una clamorosa inexactitud, una aseveración que, por muchas licencias poéticas que estemos dispuestos a concederle a un fabulador, entra de lleno en la categoría de bullshit, una expresión sobre la que un filósofo ha escrito un librito enjundioso y que se puede traducir como charlatanería. Bullshit acostumbran a ser por ejemplo los discursos de los políticos y los publicitarios, palabrería excretada por quienes, más que la verdad, que exige aburridos datos y distingos cuidadosos, aprecian la “sinceridad”.
Nuestro viejo escritor es desde luego “muy sincero”, lo que se nota en el tono dolorido con que siempre se pronuncia, y estoy seguro de que no hay en él la más mínima intención de mentir. Pero es que la charlatanería no juega en el terreno de la verdad y la mentira, sino en el de la manipulación emotiva, en el campo de las resonancias afectivas que confirman y refuerzan nuestras elecciones primarias. Así que se dice, con bullshit, lo que hay que decir, en este caso lo que a la próspera parroquia le regala los oídos y le gusta imaginar, y el pacto entre el discurso y el auditorio queda soldado. Como susurró satisfecha detrás de mí una madre, “estos hombres mayores son siempre los mejores”. Más progres si cabe y con la conciencia en inmejorables condiciones, al acabar el acto muchos se fueron “de potes”, como es de rigor.
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