20 mayo 2007

Fernando Savater y la censura de "El País"

Me dicen que este artículo de Fernando Savater, que pudimos leer hace días en el sitio web de Basta Ya, la dirección del periódico "El País" se ha negado a publicarlo. Tal vez sea la primera vez que le censuran a Savater en más de treinta años de colaboración con el medio. Algo se está estropeando gravemente con la política sobre el terrorismo que lleva ZP, y a un puñado de lectores de siempre de "El País", casi el mismo periodo en mi caso, nos hace falta digerirlo y pensar qué hacer en el futuro -además de ponernos furiosos por la censura, claro, y tratar de que se difunda al máximo el texto-.

16 mayo 2007

Más nombres

Lila Downs. La cantante mexicana de moda. Su voz poderosa y cálida, y su guiso feliz de temas populares con nuevos y sorprendentes condimentos, prometían una buena tarde. Pero vino a Pamplona en baja forma, y entre la garganta dañada y la escasa pericia de los técnicos de sonido, resultó que sus músicos la tapaban y no se entendía una sílaba. Mejor nos olvidamos del directo y continuamos haciéndole voces en casa. El público, como casi siempre en el Gayarre, parecía recién llegado de la sala de profesores (y profesoras, mayormente) de una ikastola pública. Ya sé que exagero, pero sólo una miaja. Enseñantes, profesionales, abundantes funcionarios, progres y nacionalistas, todos y todas con sandalias y camiseta. Gente, no se piense, de un excelente pasar, que planea ya sus vacaciones en países exóticos, pero, eso sí, con la buena conciencia a rebosar. En ese ecosistema peculiar, de una ortodoxia estomagante, alguien no avisado puede imaginar que la lengua de Pamplona es el euskera. Por si el cantante que viene no se ha percatado -suele pasar-, siempre el más listo del euskaltegi le interpela en esa lengua. Es importante que a los forasteros les quede claro que somos muy de aquí. Lila Downs no entendía nada, pero, lista ella, olió el etnicismo y se arrancó en la lengua de su madre, india mixteca. Fue un momento de consternación. “La vida no vale nada / no vale nada la vida / empieza siempre llorando / y así llorando se acaba”, nos había recitado. Pero como su voz daba para poco y las cuerdas sangraban en los bises, tras mucho saludo en el vestíbulo de la gente maja (iepa, zer moduz, ze ba y otras contraseñas por el estilo), todos a la calle, a tomar unos potes y cumplir con el primer mandamiento del mundo moderno, el de divertirse hasta morir. La vida no vale nada.

Juan Cruz. El País ha tardado mucho en incluir blogs en su web, pero ahora que se ha lanzado no podía faltar el de Juan Cruz, un hombre siempre de la empresa y que, entre cuarenta o cincuenta ocupaciones, ejerce o ha ejercido las de reportero, corresponsal, columnista, entrevistador y tertuliano en la radio, editor en Alfaguara, alto ejecutivo y autor de una porrada de libros. ¿Pero de dónde saca el tiempo? Con su cáracter y sus contactos, está claro que Juan Cruz es la persona más adecuada para alimentar con veinte líneas al día una cierta clase de cuaderno de bitácora en apenas cinco minutos. Si yo llevara su vida, como soy más lento necesitaría el doble, diez minutos. Pero el procedimiento estaría chupado. Bastaría con, un día normal y corriente, narrar mi desayuno con García Márquez y otros escritores del boom, mi café de media mañana con Vargas Llosa mientras esperamos a Almudena Grandes hablando de los goles de Ronaldinho, el almuerzo con Carlos Fuentes en el que éste me transmitiría los saludos de Clinton, y la cena con Saramago, la conciencia vigilante de la humanidad. Entre medio, cabría una alusión a alguna de doscientas llamadas de móvil mantenidas, o cinco palabras sobre el encuentro inesperado con algún otro famoso en el puente aéreo, o referencias a mi intervención en alguna mesa redonda vespertina o a una discusión con alguno de los veinte o treinta taxistas a quienes habría parado en las calles de Madrid por la mañana o de Barcelona por la tarde. Y, al día siguiente, Gunther Grass en su casa del norte de Alemania, antes de volar a Malmoe para ver a Hening Mankell y volver pitando a opinar sobre el Getafe en El larguero. En fin, es un estilo de blog. Vladimir Nabokov, en un texto de presentación de su guión cinematográfico de Lolita, anotó los lugares, días y horas exactas de salida y llegada de sus muchos viajes, siempre con su esposa, e indicó puntualmente los números de litera o de camarote ocupados en cada tren o barco. ¿Para qué? «Si reproduzco estos detalles, y otros, recogidos en mi agenda, no es sólo por lo reconfortante que me resulta recordarlos, sino porque lamentaría muchísimo que permanecieran ignorados y desaprovechados». Pues eso.

15 mayo 2007

Nombres

Aurelio Arteta. Asistí el otro día a su charla en homenaje y memoria de Tomás Caballero, asesinado por ETA en 1998. Aurelio habló sobre —resumiendo demasiado— la clase de “justicia política” que se merecen unas víctimas en concreto, las directas o indirectas del terrorismo vasco. Fue una intervención magnífica, llena de razones y distingos (por ejemplo, entre distintos tipos de terrorismo, o entre diferentes clases de víctimas), y al mismo tiempo animada por la pasión que Aurelio lleva en sí y transmite a sus palabras y escritos. Hablar de Aurelio no me resulta fácil –aunque, justicia obliga, ha comparecido y volverá a hacerlo más de una vez en este blog—. Y es que no sólo es un amigo; es también lo más parecido a un maestro que he tenido en mi vida, en el sentido más alto que da a la palabra, por ejemplo, George Steiner. Aurelio es públicamente muchas cosas: el profesor minucioso y concienzudo que conocí en los tiempos gloriosos de Zorroaga, el ciudadano consciente que se ha tomado tan en serio, con tanto valor y tantos argumentos causas como la denuncia incansable del nacionalismo etnicista, o el autor mayúsculo de, entre otros, dos libros que es imprescindible leer antes de decir algo sobre la compasión y la admiración, sentimientos que pueden ser también virtudes morales. En fin, Aurelio, que vive aquí pero tiene unas preocupaciones y una dimensión intelectual que sobrepasan años luz las mugas de la provincia, sigue trabajando con una vitalidad estupenda. Aún nos queda mucho que aprender de él.

Rosa Belmonte. Los sábados leo el ABC, sobre todo por el suplemento de cultura, el mejor de la prensa española. En principio me pillaba muy lejos y no tenía ninguna referencia de ella, pero poco a poco me fui fijando en Rosa Belmonte, una escritora que no suele aparecer en el canon de columnistas pero que pergeña artículos formidables, por bobo o chorra que sea el tema elegido –que casi siempre lo es, la Belmonte es una especialista en hurgar en datos banales—. Su mirada no es dulce ni amable ni doliente. Pero atiende con mimo a los detalles, y lo hace poseída de un sentido del humor, una acidez y una mala leche extraordinarias. Con esas armas nos enseña la cara grotesca de ciertos famosos, de muchas costumbres modernas, de tantos tontos tópicos que circulan como mercancía intelectual de primera categoría. Encima, este sábado, y dentro de una nota nada tierna ni edificante sobre los niños, recordaba al gran W. C. Fields: “Ah, escuchar esos pequeños pasos andando por la casa. No hay nada como tener un enano de mayordomo”.

Thorton Wilder. Veo que se ha publicado La mujer de Andros, novela de Wilder que permanecía inédita en castellano.Y me acuerdo con pena de Los idus de marzo, del mismo autor. Pena porque ya la he leído tres veces, la última este verano, y no puedo a estas alturas descubrirla. Otra novela de Wilder, El puente de San Luis Rey, o Nuestra ciudad, una gran obra teatral sobre la que vi también una bonita película, me interesaron mucho. Pero se nota en este blog, supongo, que me adscribo a la corriente de los epicúreos no convencionales, aquellos que pueden decir, con González Iglesias, “La puerta del jardín no la cerramos nunca/ porque nos apasiona la política”. Y Los idus de marzo es una reflexión señera sobre el poder, y por tanto sobre las virtudes, vicios, tentaciones y peligros del político y de sus secuaces o enemigos. Cartas y notas de toda condición le ayudan al escritor americano a, más allá de la historia, imaginar un artefacto en el que aparecen, bien vivos, el carisma, la egolatría, la ambición, el sentido de la oportunidad y de la elección, y toda suerte de cálculos e intrigas. Ya digo, qué bonito sería leerla por vez primera.

10 mayo 2007

Coda sobre políticos y 'negros'

Escribo sobre los asesores y me encuentro al día siguiente en El País con datos muy apetitosos sobre Henry Guaino, un ‘negro’ muy listo que ha estado detrás de las grandes comparecencias públicas de Nicolas Sarkozy. Con sus discursos, argumentarios y consejos ha contribuido no poco al triunfo del político. La tarea era complicada: «Había que cambiar la imagen del ministro del Interior, del hombre duro, ambicioso y antipático, del policía de la porra, por la de un futuro presidente, un hombre carismático, humano, capaz de ser amado, de entrar en el imaginario del país. Guaino sentó a Sarkozy en el diván del psicoanalista y le pidió que le contara cosas, que le explicara experiencias de su infancia, que recordara instantes en los que se hubiera emocionado. El candidato recordó su visita al memorial del Holocausto, el Yad Vashem, y también el viaje al convento de Tibéhirine, en Argelia, poco después de que siete monjas trapenses fueran degolladas por fanáticos islamistas. Y también, probablemente, más de un episodio de su infancia que no ha trascendido. De aquella sesión nace el famoso 'he cambiado', una frase repetida hasta diez veces el 14 de enero (día en que Sarkozy se presentó como candidato), justificada por el hecho de "haber sufrido". El sufrimiento, la victimización. Dos elementos que han sido claves en esta campaña en la que, ante todo, estaba en juego la propia personalidad de Sarkozy, "inquietante", según se dejaba caer tanto desde el campo enemigo como —muy a menudo— desde su propio campo».
La propia noticia resulta, en sí, contradictoria con la condición esencial de un asesor, de un 'negro', el cual debe permanecer siempre en la oscuridad, fuera de los focos, innombrado. Cuando el asesor salta al escenario no sólo traiciona en buena medida su cometido; erosiona además la credibilidad de su contratador, de su jefe. ¿No estaremos contemplando en ese momento la vanidad del asesor, quien no se habrá resistido a esparcir insinuaciones entre allegados y periodistas sobre la verdadera autoría de la pieza teatral representada por Sarkozy?

Me llama la atención la profesionalidad con que Guaino se preparó para su aportación. Muchos 'negros', sea por su misma lejanía del político, sea por resistencias de éste, no llegan a conocerlo con la profundidad suficiente como para poner en su boca palabras que realmente parezcan de él. Hacen, con frecuencia, un trabajo 'estándar', afincado en los tópicos y las generalidades. En cambio, Guaino, se nos dice —supongo que figuradamente—, “sentó a Sarkozy en el diván del psicoanalista y le pidió que le contara cosas”. Ese esfuerzo de documentación tuvo una incuestionable utilidad dentro del esfuerzo de construir una hermosa careta para el político, de manera que éste pudiera presentarse en el teatro con las palabras y rasgos más apreciados por los electores. La mascarada urdida por el asesor presentó a Sarkozy como “un hombre transformado”, “humano”, “capaz de ser amado”, “sufriente” y, como es ley de hierro actualmente, “víctima” –cuántas comillas necesitan las palabras en este teatro político para adelgazarlas de engaño—. La máscara taparía su ambición, dureza, antipatía y, según han contado muchas personas que conocen al ahora presidente, iracundia. En el mercado político, en el cual la televisión gana peso sin cesar, las personas que en tiempo de elecciones despidan siquiera un ligerísimo aroma de arrogancia o irascibilidad, por muy competentes y honradas que sean, tienen las de perder. En cambio, mostrarse sufriente, y no digamos víctima, cotiza muy alto –en las elecciones y en el conjunto de la vida, claro—.

No dudo de que Segolene Royal también habrá ensayado con sus asesores las formas más adecuadas de construirse una identidad electoralmente atractiva. No veo diferencias notables, en punto a seducir, entre los diferentes políticos, todos ellos obligados a someterse a las mismas exigencias espectaculares, que en Francia han incluido, más allá de las cualidades “personales” citadas (se posean verdaderamente o no, eso poco importa), una definición entusiasta sobre la identidad, Francia, su origen y su destino. Así que me quedo con unas palabras de Zygmunt Bauman en su libro Modernidad líquida: «Ahora que el reino de la política se reduce a la confesión pública, a la exhibición pública de la intimidad y al examen y censura públicos de las virtudes y vicios privados; ahora que el tema de la credibilidad de la gente en público reemplaza la consideración de qué es y qué debería ser la política; ahora que la visión de una sociedad buena y justa está ausente del discurso político, no es raro que (tal como observara Sennett hace ya veinte años) las personas “se conviertan en espectadores pasivos de un personaje político que les ofrece sus sentimientos y sus intenciones, en vez de sus actos, para que los consuman”. Sin embargo, los espectadores no esperan mucho más de los políticos, tal como sólo esperan de otros personajes ante las candilejas nada más que un buen espectáculo. Y así el espectáculo de la política, al igual que otros espectáculos públicos, se convierte en un mensaje incesante y monótono que repite y repite la prioridad de la identidad sobre los intereses, o en una constante lección pública que reitera que la identidad es lo que importa, y que lo que cuenta es quién es cada uno y no lo que hace».

08 mayo 2007

Zapatero, versión oficial

Hace tiempo trabajé como asesor de un político. Fue sólo un año, pero me pareció que habían transcurrido décadas, repletas además de jornadas laborales de doce o catorce horas. Es un desempeño de límites imprecisos, en el que los cometidos se perfilan al albur de las necesidades del jefe. Redactas sus discursos o sus intervenciones parlamentarias, escribes prólogos de libros o catálogos, o artículos de opinión, textos que firmará él, o bien informes reservados sobre asuntos pendientes o problemones que surgen de pronto; le organizas asimismo algunos viajes, con programa de encuentros, encaje de bolillos protocolario y hasta reserva de restaurantes; eres el intermediario con otros jefes menores que te transmiten sus quejas o a los que hay que hacer entender lo que el mandamás desea; gestionas peticiones, enchufes o reclamaciones de gente de lo más variopinta; te conviertes en interlocutor especial de ciertos periodistas, para los que a veces ejerces como garganta profunda; llamas a personas con quienes hay pendencias, por lo que es conveniente negociar, pero que el jefe no quiere ni ver... No sé, por ahí van las cosas. Aunque es cierto que el elenco de cometidos se amplía en ciertas personas en curiosas direcciones. Conocí asesores que exhibían cualificaciones más resultonas, del género amigotes de timba o karaoke en las noches del político, o títulos poco universitarios, del estilo correosos secuaces a la hora de ingerir espirituosos de más de cuarenta grados, o expertos en peinados o en nudos de corbata. En general, el asesor es también alguien con quien el jefe se desprende de la máscara oficial, cambia de registro verbal hacia zonas más populares de la lengua y da rienda suelta a su ironía, sarcasmo o furia con adversarios, alcaldes y concejales, subordinados y correligionarios (ya dijo Andreotti que en la vida hay tres clases de personas: los amigos, los enemigos y los compañeros de partido).

Aprendí mucho, y la experiencia espoleó mi reflexión sobre las formas concretas que adopta el ejercicio del poder, aun en un ámbito modesto. Me ayudó a pensar, por ejemplo, en la distancia que media entre las palabras públicas y las privadas, o en la dificultad de calibrar las situaciones en su verdadera complejidad, o en el instinto que es preciso desarrollar para saber cuándo y cómo actuar frente a un determinado problema, e incluso en cómo retroceder ante las resistencias a un proyecto, o en la manera en que hay que medir los tiempos y prever las reacciones de los actores políticos y sociales. Creció entonces mi pasión no sólo por el estudio de los grandes pensadores del arte de lo posible –Maquiavelo siempre al fondo-, sino también, más humildemente, por las películas o series o libros que muestran la relación entre los dirigentes y sus asesores, sean estos jefes de gabinete o de prensa, expertos en comunicación o como quiera llamárseles.

En el caso de los libros, es sabido que los propios políticos, cuando se embarcan en la tarea de rememorar su andadura, se deslizan muchas veces hacia el repertorio de justificaciones y autoalabanzas –hay excepciones excelsas, faltaría más; me viene a la cabeza un modelo en castellano, la potencia descriptiva y reflexiva de Azaña-. En cambio, el testimonio de quien ha permanecido a su lado suele aportar una mirada más objetiva, más descarnada o cruda de las costumbres, elecciones, justificaciones o miserias del que manda. Franco, sin ir más lejos, hubiera perpetrado unas memorias autocomplacientes y bien trufadas de las obsesiones que anidaban en su pequeña alma, y por tanto a la medida de su estatura moral (no hay más que ver su guión de la película Raza, festín para cualquier psicoanalista). Su primo, Franco Salgado-Araujo, registró sin embargo un arsenal de datos que ayudan a entender más ricamente lo terrible y grotesco del tipejo de Ferrol y el tiempo que protagonizó.

Viajando con ZP, un libro de Javier Valenzuela (editorial Debate) recién editado y sobre el que me abalancé, decepciona profundamente. Valenzuela fue durante veinte meses el jefe de prensa de Rodríguez Zapatero para las relaciones internaciones. Le acompañó en ese periodo en sus más de cincuenta viajes a distintos países, asistió a casi todas las entrevistas oficiales de Zapatero con mandatarios de todo el mundo, le asesoró y fue una suerte de portavoz en su área, al tiempo que le organizaba los encuentros con periodistas de medios extranjeros que visitaban la Moncloa. Estuvo por tanto en situación de hablar muchas veces con el presidente, sus ministros y otros colegas asesores, de vivir los intríngulis de sus reacciones y decisiones. Y le tocó escuchar, no cabe duda, reflexiones y anécdotas que podrían regalarnos claves para entender mejor a los políticos que tuvo próximos, empezando por el propio protagonista del libro.

Casi nada de eso asoma en el volumen. Valenzuela anuncia al comienzo que se ha guardado información. Ya se nota, ya. El Zapatero del libro, esa marca ZP que actúa como reclamo en el título, sólo comparece aquí en el escenario, nunca en las bambalinas. El autor dice que “el presidente del gobierno español es mejor en privado que en público, donde cierta timidez parece envararle, dándole a veces un aire frío y destartalado”. Sin embargo, el personaje que nos encontramos leyendo a Valenzuela sólo compone la figura oficial, y a lo largo de las páginas emite casi en exclusiva la clase de declaraciones genéricas y de buenas intenciones que se evacuan de normal tras las entrevistas con otros mandatarios. Las transcripciones de reuniones entre jefes de estado o de gobierno están preñadas de idéntico tono diplomático, entendido este adjetivo como sinónimo -lo dice el diccionario- de circunspecto, sagaz, disimulado. Uno barrunta, mientras lee, que si nadie habla con más claridad, esas reuniones al más alto nivel en la política internacional son una turrada. O eso, o que se nos ha escamoteado aquello que hubiera tenido un tono más personal y sabroso, los fragmentos de discurso más sutil, o más crudo, que, seguro, los políticos se arrojan en sus encuentros.

Es verdad que en algunos momentos, y dentro del espíritu nítidamente elogioso que muestra Valenzuela hacia la figura y actuación de Zapatero, se espolvorean apuntes críticos. Este, dice el autor, no sabe trabajar en equipo ni repartir responsabilidades con orden y concierto, y es bueno en la corta distancia y en la visión estratégica pero no tiene una visión a medio plazo de los problemas, a meses vista, con lo cual puede acabar liquidándolos a matacaballo (como aconteció con el estatuto de Cataluña). Todo ello, según Valenzuela, es fruto de la sensación que transmite de disfrutar de una excesiva seguridad en sí mismo y una igualmente desmesurada confianza en su suerte, en su baraka. Pero esas gotas de acíbar están aisladas, no guardan relación con lo narrado en el resto del libro ni se deducen de lo que en él se explicita.

Valenzuela reserva un gran lujo de detalles, el grueso del texto, a su propia idea de una determinada política exterior, que identifica con la del mismo Zapatero. En ese rimero de análisis –sobre las prioritarias relaciones con Europa, América Latina o el Magreb, o sobre la guerra de Irak y las tormentas con Bush y sus neocons, o acerca de la necesidad de respetar la política interna de cada país, por distantes ideológicamente que se hallen sus dirigentes, sean estos Putin, Berlusconi o Buteflika, por ejemplo-, que no dejan de albergar interés por momentos, se consume el libro. Pero, ¿y Zapatero? ¿Dónde está? ¿Es un hombre que habla en privado como si se estuviera dirigiendo a la asamblea de la ONU? ¿Nunca cambia de registro? No lo creo, por su bien y el nuestro.

Únicamente nos está permitido asistir a la política espectáculo, a la que iluminan los focos, al universo tedioso de las ruedas de prensa y las declaraciones oficiales. Nunca oímos una palabra que no sea protocolaria, no atisbamos otra verdad, no se nos regala ni una charla off the record. Así que nada raro resulta, a la postre, que Valenzuela facilite un día en Barcelona a Chirac y Zapatero que, como es costumbre de hace mucho tiempo en Berlusconi, se maquillen antes de presentarse ante los medios. No sé por qué muestra Zapatero cierta renuencia. Por obra de Valenzuela, su maquillaje en este libro, como el del resto de dirigentes que aparecen, abarca mucho más que el rostro.

04 mayo 2007

Juan Antonio González Iglesias

Javier Fresán, que atiende a tantas cosas, y a todas muy bien, me deja leer una preciosa entrevista que le ha hecho al poeta Juan Antonio González Iglesias con motivo de la aparición de su último libro, Eros es más. La euforia de la lectura me conduce de nuevo a dos libros anteriores de González Iglesias, Esto es mi cuerpo y Un ángulo me basta. El título de este último viene de un verso de la Epístola moral a Fabio que Andrés Fernández de Andrada escribió a comienzos del siglo XVII. Un ángulo me basta lo descubrí un tórrido día estival de 2003, y se convirtió para mí en un texto de guardia y auxilio, como las farmacias, o como una puerta de socorro. Al mes siguiente tuve la fortuna de toparme por dos euros con la impecable, agotada y para mí desconocida edición que el sello Crítica dio a la luz hace años de la Epístola. En ella, además del largo poema de Fernández de Andrada se encuentran páginas muy penetrantes de Dámaso Alonso y Francisco Rico, dos sabios de la filología y el análisis literario.

Este conjunto de cabos que se han ido entrelazando en mis lecturas tiene mucho que ver con el aliento que quisiera insuflar a este intermitente blog. Por eso le puse el nombre que lleva, con el ánimo horaciano que González Iglesias anuncia en el prólogo de su libro. Ahí dibuja cabalmente un programa vital —otra cosa es que en mí tal programa no pase de ser una aspiración, una tendencia llena de retrocesos y contradicciones—. Ángulo, dice el poeta, «es un hermoso término romano para nombrar nuestro lugar en el mundo. Las dos líneas que lo delimitan muestran de modo geométrico nuestra búsqueda de la felicidad. En todas partes –dice el proverbio latino— busqué la tranquilidad, pero en ninguna la encontré, sino en mi rincón y con un libro. Ángulo es el lugar para la serenidad, porque, entre otras cosas, es el lugar para la lectura». En nuestro idioma, termina, «un ángulo me basta sigue siendo una expresión sencilla y algo enigmática. (...) Sigue indicando desentendimiento de las vanidades del mundo y protección frente a sus amenazas».

Me gustan y conmueven los poemas de González Iglesias. Así que me voy a permitir reproducir uno, que además bascula en buena medida sobre esos objetivos que tantos buscamos. La felicidad libre de euforia es la felicidad que casi no se nota pero nos regala serenidad, la tranquilidad de los días sin dolor que tejen una trama humildemente gozosa.

Una felicidad libre de euforia

Dame pobres placeres repetidos,
no un único diamante en la memoria (José Luis García Martín)


Existe
una felicidad libre de euforia,
una felicidad
sostenida de días, que suceden
sin sucederse, libres
de vértigo también,
una felicidad que no atrae
la atención de los dioses, porque apenas
es. Los que la transitan,
paso a paso, no notan el camino.
Una felicidad sin entusiasmo,
sin acontecimientos. El amor,
como el sol en la fronda, se difunde
humildemente.
Esos días el sueño significa
dormir, más que soñar. En sus dominios
nunca hay que levantarse a medianoche
para limpiar las sábanas de arena,
porque no ha habido playa
ni combate. Mas sí serenidad
de otra manera,
como lo que perdura. Y no es inercia.
Ni llama. No hay herida,
y no ciega la espada al mensajero.
Últimamente pienso mucho en esto.
No sé si la he tenido. No recuerdo.
He encontrado dos líneas en que pido
una felicidad libre de euforia.
Y, si no la he tenido, me pregunto
por qué sé describir tan justamente
ese país en el que nunca he estado.

El modelo british y sus enemigos

Inquieta mucho a los nacionalistas vascos que en la enseñanza pública navarra el gobierno pueda impulsar con vigor el modelo lingüístico british, que combina como lenguas vehiculares del aprendizaje el castellano y el inglés, esta última con un 30 o 40 % de presencia en las clases. Temen que haya familias que lo encuentren mucho más atractivo para sus hijos que el modelo D, de inmersión en el euskera, que los nacionalistas llevan años defendiendo como el único válido.

¿Válido para qué? Pues sobre todo para que los alumnos acaben aprendiendo más o menos euskera, claro, según ellos la lengua propia de Euskal Herria, aunque no sea la materna ni la de uso habitual de más del 85% de los navarros. Y válido, tal vez por eso mismo, para contribuir a ciertos objetivos políticos esenciales. Como suele decir un amigo, el euskera es un idioma que viene con los contenidos puestos, como de fábrica. Y en Navarra, de modo particular, se trata de que la conciencia nacionalista vasca se fortalezca y extienda, de modo que se asienten las bases de la tan anhelada unión política de la gran Euskal Herria. Al final, como ha escrito Manuel Montero, el quid se halla en avanzar en la construcción nacional, o sea, en “amoldar la sociedad conforme a los esquemas que según los criterios nacionalistas son los propios de la identidad vasca”.

¿Y si hay padres que se siente atraídos por el modelo british? A ellos tal vez les deje fríos tanta construcción y tanta identidad, y deseen simplemente que sus retoños estudien en un modelo que podría proporcionarles un cierto dominio de la lengua inglesa, cada vez más imprescindible para encontrar trabajo y relacionarse en este mundo ancho y ajeno. En su ignorancia, pueden pensar esos padres que el inglés es la llave que permite acceder a una inmensa habitación, llena de riquezas y posibilidades de comunicación, mientras que el euskera, en fin, abre un habitáculo diminuto.

Como estas aspiraciones le estropean al nacionalismo sus designios, el tono del artículo del Diario de Noticias de Navarra donde leo la noticia es de un insidioso y despectivo que deja bien claras las intenciones prohibicionistas que le excitan. No quieren que coexistan modelos, sino que se eliminen los que no les agradan. Su plan, como decía Montero, “implica una notable agresividad”, dado que nos hallamos ante “un proyecto de actuación social que pasa por eliminar pluralidades e identidades, hasta que quede tan sólo la ‘personalidad colectiva’ del gusto del nacionalismo”.

En este ánimo coinciden todas las ramas del nacionalismo vasco. El periódico, tan proclive a la coalición Nafarroa Bai, echa mano sin remilgos, en su andanada contra el modelo british, de los juicios de dos miembros bien conocidos de Batasuna. Ahora que se habla tanto de las expectativas prometedoras de Nabai en las próximas elecciones, no puedo por menos que atender a las intenciones del vocero: “está por ver si el nuevo Gobierno que salga de las elecciones mantiene esta línea”. El nuevo gobierno con Nabai dentro, claro.

30 abril 2007

¿Qué podemos conocer?

Gracias a la hospitalidad de los amigos J. y R., cené con unos intelectuales rusos. V. había venido a impartir un seminario en una universidad vasca sobre la situación actual de su país, pero en Moscú es director, dentro de la Academia de Ciencias de Rusia, de un instituto de estudios sobre la Península Ibérica y América Latina –él mismo tiene publicado un libro de más de mil páginas sobre la transición española—. Parecía lógico aprovechar la ocasión para hablar de su país. Así que mientras dábamos cuenta de una exquisita ensalada templada, los navarros nos animamos a despotricar sobre el autócrata Putin, el espía Litvinenko, liquidado por el polonio, y la periodista Anna Politovskaya, asesinada hace unos meses. Vladimir nos escuchó un buen rato, hasta que, con la merluza al horno en la mesa, comenzó a hablar del brutal desmantelamiento del Estado en las épocas de Gorbachov y sobre todo de Yeltsin, la entrega de los recursos públicos a las mafias surgidas de la Nomenklatura (incluida la familia de Yeltsin) a partir de que se desmantelara el Partido Comunista, el caos que se adueñó del enorme país y la consiguiente ruina de millones de personas, sin ningún tipo de estructura estatal que las protegiera ni física ni económicamente. Ahora, aseguró, con Putin Rusia ha recuperado cotas de orden y prosperidad, gracias a un Estado que funciona de nuevo con relativa estabilidad, que garantiza la seguridad, ha reactivado vigorosamente la economía y ofrece algunos servicios sociales a capas cada vez más amplias de la población. Boris Yeltsin, se exaltaban al alimón V. y su mujer T., protagonizó la etapa más terrible. Los invitados rusos se mostraron, en fin, escépticos sobre las versiones extendidas en Occidente relativas a Litvinenko y la Politovskaya, dos personas que en su opinión no podían hacer ningún daño relevante a Putin, por lo cual resulta fantasioso pensar en que éste ordenara su asesinato.

¿Estaban equivocados estos visitantes rusos? ¿Qué plus de credibilidad les otorga, amén de su condición de estudiosos de los fenómenos sociopolíticos, el hecho de vivir allí y conocer de cerca los hechos? ¿Pero es que vivir allí garantiza un conocimiento más ajustado? ¿No hay muchas personas que viven en un lugar —no digamos si sólo lo visitan—, y únicamente ven lo que quieren, lo que sus ideas e intereses previos les incitan a contemplar o construir? ¿No habrá que tomar a V. y su esposa mucho más en serio por su calidad intelectual, su afán de estudiar los hechos con rigor y a través de procedimientos que les proporcionan más información y capacidad de análisis que a la media de la gente? ¿Pero no han caído mil veces los intelectuales, pese a ello, en falacias y mistificaciones sonrojantes?

Desde luego, en muy pocos días leí un ramillete de juicios sobre la Rusia actual, a veces complementarios a los de V. pero en ocasiones opuestos. Por ejemplo, sobre la significación de las muertes de Litvinenko y la Politovskaya, o respecto a la «predisposición hacia el autoritarismo en Rusia» (Alexander Kovakov), la débil presencia de gentes demócratas allí —y de la misma idea de democracia—, aunque al mismo tiempo subsistan libertades personales reales y efectivas (de nuevo Kovakov), o acerca de la inmensa popularidad de Putin, pese a la indudable represión o a la corrupción gigantesca que permite y alienta. Leí también, en Claves, una entrevista más antigua con la asesinada Politovskaya, en diálogo con Flores D’Arcais, hombre de izquierdas, donde la periodista trazaba un diagnóstico muy tenebroso del poder ruso actual, tras mirar especialmente a las brutalidades perpetradas en Chechenia. En fin, ayer mismo oí a Carlos Taibo hablar en una radio sobre Rusia, como tantas veces, y recordé el desdén con que V. se refirió a él, al considerarlo un “periodista” tremendamente condicionado en sus análisis por ideas políticas previas que actúan a modo de velo distorsionador.

Sólo tengo dudas, muchas dudas, y no sé si me las pueden despejar los medios, toda vez que los periódicos o las televisiones son casi siempre el eslabón más débil en la cadena del conocimiento, el más sujeto a errores o simplificaciones o clichés. Recuerdo haber escuchado hace años a Javier Ortiz la reflexión que él se hacía con frecuencia en París en los años sesenta y setenta al leer Le Monde: «Si sobre otros países deslizan en ese periódico los errrores y disparates que me encuentro sobre España, no me puedo fiar de una sola página, al menos de las de información internacional». Y cabe citar asimismo la manera en que muchísimos medios (sin ir más lejos, el New York Times) informan sobre los etarras todavía hoy, o sobre la historia de los vascos, con profusión de errores e interpretaciones de una preocupante indigencia.

Me interesa constatar, yendo más lejos, la enorme dificultad de conocer sólida y rigurosamente cualquier realidad política y social. Este es un desafío que ha generado ríos de tinta en el ámbito de la filosofía y metodología de las llamadas ciencias humanas y sociales (si es que podemos hablar de ciencias sociales, cuestión en la que tampoco hay consenso). Líbreme dios de caer en el escepticismo radical, o en la abstención de cualquier juicio, o de sostener la estupidez de que, visto lo díficil que es conocer con verdad, todas las interpretaciones son igualmente válidas. No, de ninguna manera. Pero uno lee, ve, escucha, y le asalta la perplejidad, y termina la cena con V. con la incómoda sensación de haber soltado tres o cuatro tonterías.

28 abril 2007

Duda

"Respecto a las épocas que nos han precedido, en la edad de la tecnología el amor ha cambiado radicalmente de forma. Por un lado se ha convertido en el único espacio en el que el individuo puede realmente expresarse, más allá de los roles que está obligado a asumir en una sociedad técnicamente organizada; por otro lado este espacio, siendo el único en el cual el yo puede desplegarse y jugarse su libertad más allá de cualquier norma u ordenamiento preconstituido, se ha convertido en el lugar de la radicalización del individualismo, donde hombres y mujeres buscan en el tú el propio yo, y en la unión amorosa no tanto la relación con el otro, como la posibilidad de realizar su propio yo profundo, que ya no encuentra expresión en una sociedad técnicamente organizada, declinando la identidad de cada uno de nosotros según su idoneidad y funcionalidad en el sistema al que pertenecen.
Como efecto de esta extraña combinación, en nuestra época el amor se vuelve indispensable para la propia realización como nunca lo había sido antes, y al mismo tiempo imposible porque, en la relación amorosa, aquello que se busca no es el otro, sino más bien, a través del otro, la realización de uno mismo.

Umberto Galimberti. Las cosas del amor
(Las cursivas son del autor)

23 abril 2007

Asignatura pendiente

Treinta años del estreno de Asignatura pendiente, la primera y muy exitosa película de José Luis Garci. A estas alturas, parece mentira que nos gustara tanto a tanta gente. Eso da la medida del profundo trastorno que el franquismo había causado en nuestras mentes. Como escribe Rodríguez Marchante en el ABC, España estaba entonces “todavía colgada psicológica y, tal vez, físicamente del gancho de años y años de dictadura”. Ahí tiene que estar la raíz del desvarío.

Lo más sorprendente –y lo que más mortifica- es que no éramos unos recién llegados al cine. Aun limitados por la burricie censoril franquista, habíamos visto lo mejor de la producción americana de los años treinta, cuarenta y cincuenta (John Ford, Billy Wilder, no sé, un buen puñado de obras excelsas), y encima, incluso en una diminuta y levítica ciudad como la Pamplona de los años setenta, llevábamos encima una buena tacada de, por ejemplo, películas checas, rusas, polacas, suecas, alemanas y francesas, y en versión original, gracias al Cine Club Lux o a las salas Rex, Xavier o Juventud. Pero salía Fiorella Faltoyano enseñando los pechos, o un desconocido Héctor Alterio en la cárcel y con jersey, en un trasunto obvio del valeroso Marcelino Camacho, o José Sacristán discurseando sobre cómo en el franquismo las gentes como él habían llegado tarde a la política, al amor, al sexo, a la libertad, y nos emocionábamos hasta la enajenación.

No entendíamos –algunos simplemente perdonaban por lo excepcional del momento- que Garci nos estaba vendiendo un acercamiento tosco, blando y dulzón a la cruel realidad, un acercamiento enfermo de hinchazón verbal en el cual, gracias por ejemplo al uso estratégico de la música (esa Luna de miel que cantaba Gloria Lasso), se extendía una auténtica infección sentimentaloide. Recuerdo haber leído una crítica de John Berger al uso de la música en La lista de Schindler. La hermosura de la melodía, decía Berger, está de más en la película, se da de bruces con la terrible sordidez de lo narrado y lo edulcora letalmente. Mutatis mutandis, y salvando las enormes diferencias entre ambas obras, creo que algo de eso sucedía en Asignatura pendiente.

18 abril 2007

JR

«Quienes hayan tenido algún problema serio con su corazón, no podrán leer sin cierta angustia Elegía, la última obra de Philip Roth. Esa que termina: ‘Sin embargo, no se despertó. Paro cardíaco. Ya no existía, liberado de ser, entrando en la nada sin saberlo siquiera. Tal como había temido desde el principio.’ (...) Acaso una duda: ¿no existe quien prefiere ese irse sin saberlo, sin tiempo para el lamento de lo dejado?»

Con estas líneas arrancaba el comentario que el libro de Roth le suscitó a José Ramón Urío, y que resultó ser la antepenúltima de las entradas de su blog (www.ideas-en-el-aire.blogspot.com), un blog ahora varado en la red como un juguete roto. Hablamos de Elegía el 21 de diciembre, la última ocasión en que nos vimos, de cómo nos había golpeado a los dos -aunque yo sabía por supuesto que para él, que tenía el corazón dañado, el libro guardaba otro significado, el de esa angustia nada literaria que nombra en su texto-. En medio de jóvenes en plena bulla prenavideña que atestaban la cafetería, JR, sin dejar de comer con apetito, habló, como casi siempre, de la acuciante escasez de tiempo para leer y escribir, de las mil pejigueras del instituto, de los planes para la vacaciones y, cada dos por tres, de Platón, el filósofo que le iluminaba sin cesar y al que no puede dejar de traer a colación al término del comentario sobre Elegía. Casi no nos dejó hablar a D. y a mí. Vanidoso, egocéntrico, JR me irritaba con frecuencia –y se lo decía, la franqueza incluso brusca siempre estuvo presente entre nosotros-, pero al mismo tiempo era muy tierno y vulnerable, y su compañía me interesaba y estimulaba. Tras estar con él –y mira que estuvimos veces en más de trece años de amistad-, siempre quedaba algo zumbando en mi cabeza, una idea, una refutación, una sugerencia de lectura, una confidencia. JR fue, en buena medida, algo muy raro: un hombre libre. Por eso anduvo por el mundo chocando con no pocas personas. Pero esa impertinente libertad era parte esencial del atractivo que le hacía también ser amado por otras muchas.

Aquella noche hacía mucho frío, y José Ramón habló de cómo su corazón sufría con la gelidez, así que nos despedimos en la calle a toda velocidad. Quedamos en vernos a principios de año, nos escribimos varios correos, pero no pudo ser. El 16 de febrero el corazón le falló por última vez, como al protagonista de Elegía, y se marchó igual que él, «sin saberlo, sin tiempo para el lamento de lo dejado». Ahora estoy más solo. JR, te echo de menos.

17 abril 2007

Prosas apátridas

En abril de 1981 encontré, en uno de mis incontables y minuciosos escrutinios de la pamplonesa librería Auzolan —la primera, la de la calle San Gregorio— un librito que Tusquets había publicado en el 75. Tal vez había ido cogiendo polvo allí desde la apertura de la librería tres años antes, porque su aspecto no era, digamos, muy lozano –hoy es casi imposible que en una librería “normal” conserven un libro tanto tiempo: si no se vende, en tres meses como mucho se devuelve al distribuidor para dejar sitio a otra novedad—. Pero sólo ese día me fijé en él. El ejemplar era además parcialmente defectuoso: tenía un pliego repetido, lo que a primera vista desconcertaba al lector, que encontraba varios textos dos veces y debía reconstruir el puzzle.

Se trataba de la primera edición “mundial” de las Prosas apátridas de Julio Ramón Ribeyro, un autor que no me sonaba absolutamente de nada. Lo ojeé, en cinco minutos me atrapó y lo compré por cuatro perras. Esa misma noche lo devoré, con el deslumbramiento radical y venenoso que nos provocan ciertas ideas y palabras en la juventud —venenoso, me temo, precisamente por la juventud: la lucidez es una condena y un desastre si llega demasiado pronto—.

Aquella primera edición llevaba un magnífico y muy informativo prólogo de José Miguel Oviedo, autor ya entonces del mejor estudio sobre las grandes novelas de Vargas Llosa —las primeras, para entendernos—, y a quien, al correr del tiempo, acabé debiendo también el hallazgo del ensayista colombiano Nicolás Gómez Dávila. El prólogo de Oviedo desapareció en la edición completa de las prosas, que es de 1985, también en Tusquets –la que adquirí en el 81 tenía aproximadamente la mitad de las doscientas prosas de la definitiva, aunque esta, tampoco se piensen, sólo abulta 180 páginas de muy pequeño formato—, tal vez por desavenencias entre el autor y el estudioso, quizás porque Tusquets y Argos Vergara publicaron otros libros de Ribeyro a comienzos de los años ochenta y pensaron que ya no era necesaria la presentación que Oviedo hacía de su compatriota para los lectores no peruanos en el volumen con que yo me había tropezado en Auzolan.

En el prólogo de Oviedo me enteré de que la fortuna editorial de Ribeyro en Lima —donde, pese a vivir en París hacía muchos años, había publicado sus anteriores libros: tres novelas y varios tomitos de cuentos— era desastrosa, y que en las misérrimas ediciones peruanas abundaban las erratas y las páginas bailadas. Vamos, que a Ribeyro y a sus libros no los conocía nadie.

Con el tiempo supe que el peruano, además de una pésima salud que le tuvo en varias ocasiones a punto de la muerte, sobre todo por las dolencias de estómago y su adicción al tabaco, atesoraba pocos pero fervientes admiradores. Y supe, por las Prosas apátridas, pero también después por sus diarios (La tentación del fracaso) y por testimonios escritos de amigos suyos, que sufrió periodos de tremendos apuros económicos, rachas de obligados trabajos de supervivencia y, entreverada siempre con el paso corriente de los días, una aguda sensación de fracaso literario y vital y una melancolía asifixiante (“Pronto 48 años y sigo hablando conmigo mismo, dando vueltas en torno a mi imagen doblegada, roída por el orín del tiempo y la desilusión. Helado, seco, hueco, como una lápida en el más minúsculo cementerio serrano, mi propia lápida”). Al menos los últimos años de su vida, de nuevo en el Perú y roído por el cáncer, alcanzó un progresivo y relativo reconocimiento y una precaria paz interior. Fernando Ampuero, escritor y amigo de Ribeyro, escribió que éste fue, en esos primeros años noventa, un hombre “cálido y elegante como lo fuera en todo momento, pero pletórico de ideas, ávido de aventuras, con las ganas de vivir de un adolescente y dispuesto a celebrar tertulias tres veces por semana en bares, restaurantes o en la agradable terraza de su departamento barranquino mientras la noche avanzaba y la brisa marina nos refrescaba y revolvía el cabello”.

Ahora Seix-Barral ha reeditado en España las Prosas apátridas, y he visto en pocos días muchos comentarios y referencias sobre este pequeño volumen que inauguró, tras los cuentos y las novelas de los cincuenta y sesenta, una etapa editorial de Ribeyro de «preeminencia de lo autobiográfico y lo moralizante» (Sergio Franco). Cuando leí estas prosas yo no conocía a ensayistas y moralistas franceses como Montaigne, La Rochefoucauld, La Bruyere o Chamfort, así que no sabía de dónde venía el peruano en este librito. Pero, ya lo he dicho, mi experiencia lectora fue imborrable, he vuelto a ellas muchas veces, se las he regalado a varios amigos, me han hecho pensar y hablar con algunas almas afines, y hay prosas que han guiado y siguen haciéndolo mi mirada sobre ciertas regiones de la conducta humana. Ribeyro ha sido, por ejemplo como Cioran, un autor que estoy seguro de que me ha hecho daño, y que al mismo tiempo me ha exaltado y alumbrado en muchos momentos. En este conjunto de pequeños textos que, como dice el autor, “no se ajustan cabalmente a ningún género, pues no son poemas en prosa, ni páginas de un diario íntimo, ni apuntes destinados a un posterior desarrollo”, siendo a la vez todo eso, no sobra nada. En fin, cómo decirlo, lean a Ribeyro, y seguro que más de una vez tendrán ganas después, incluso tras varios años, de abrir el libro por cualquier página y entristecerse con unas líneas.

Me apetece terminar con esta prosa, una de las que enseña la columna vertebral del conjunto: «Nunca he podido comprender el mundo y me iré de él llevándome una imagen confusa. Otros pudieron o creyeron armar el rompecabezas de la realidad y lograron distinguir la figura escondida, pero yo viví entreverado con las piezas dispersas, sin saber dónde colocarlas. Así, vivir habrá sido para mí enfrentarme a un juego cuyas reglas se me escaparon y en consecuencia no haber encontrado la solución del acertijo. Por ello, lo que he escrito ha sido una tentativa para ordenar la vida y explicármela, tentativa vana que culminó en la elaboración de un inventario de enigmas. La culpa la tiene quizás la naturaleza de mi inteligencia, que es una inteligencia disociadora, ducha en plantearse problemas, pero incapaz de resolverlos. Si alguna certeza adquirí fue que no existen certezas. Lo que es una buena definición del escepticismo».

15 abril 2007

Tobias Wolff y Vida de este chico

Ayer sábado vi en Cuatro, de nuevo, Vida de este chico, la película de Michael Caton-Jones rodada a mediados de los noventa a partir de la historia de Tobias Wolff del mismo título. No está mal, otra vez pasé un estupendo rato con un film digno, aunque ni de lejos alcanza la riqueza de detalles, la hondura y la sutileza con que Wolff elaboró su relato. Tengo la mayor de las admiraciones cinéfilas por Robert de Niro, Leonardo di Caprio y la siempre espléndida Ellen Barkin, y los escenarios de la película -esos lugares montañosos del estado de Washinton en los años cincuenta, lejos de Seatle- aparecen igual que como me los imaginé en la lectura. Pero ves la película y pasa lo de casi siempre si el libro te impresionó: ofrecen un resumen de trazo grueso, una sinopsis del libro redactada con rotulador de punta muy gorda en la que, además, la poda brutal que se efectúa sobre aquel se acompaña, para facilitar supuestamente la vida al espectador, de conversaciones y datos auxiliares inventados por el guionista-adaptador que hacen el conjunto más explícito pero más simple, más obvio, más pobre. El personaje de Dwigth, el nuevo esposo de la madre de Wolff, resulta en la película demasiado en varios sentidos, particularmente demasiado violento en el sentido más físico del término, una caricatura de alguien que ya poseía en la historia de Wolff un carácter agresivo, pero que sobre ello era estúpido, vago, inconstante y fantoche. En el film no han podido resistir la tentación de simplificarlo, de convertirlo en un psicópata perpetuamente furioso que desde el primer momento quiere matar a Wolff y machacar a la madre de éste.

Aun y todo, insisto, la película se deja ver con interés. Y si alguien salta de ella al libro de Wolff, sobre el que toda recomendación es poca, pues miel sobre hojuelas.

A propósito de ese libro de Tobias Wolff, y de otro posterior también apasionante, En el ejército del faraón, escribí un artículo al que se puede echar un vistazo aquí, y que apareció en la revista digital La casa de los Malfenti (www.lacasadelosmalfenti.com), un empeño literario verdaderamente admirable de Belén Galindo, Roberto Goñi y Juanma Albizu del que acaba de aparecer el número 22, el de la primavera de 2007. Ellos tienen la generosidad de decir que la revista la hacen más personas. No, eso no es así exactamente. Sin ellos, sin su constancia y pericia, sin su invitación siempre amable, sin su activismo cordial, sencillamente no habría revista. Da gusto que haya gente como Belén, Roberto y Juanma, y es una suerte conocerlos.

10 abril 2007

Cesc Gay

El otro día vi en mi casa, tan ricamente, Ficción, la última película de Cesc Gay. Hace años me interesó, sin más, la que creo que fue su segunda película, Krampack. Pero la siguiente que dirigió, En la ciudad, la tengo situada en mi pequeño olimpo de películas españolas inolvidables. En ella unos cuantos amigos barceloneses cultos, acomodados y amables charlan en restaurantes, librerías, casas y bares. Sólo el espectador, por gracia de un guión muy bien medido que le anticipa estratégicamente ciertos datos, sabe que, en realidad, la mentira y la ocultación presiden sus relaciones.

Cesc Gay ha declarado recientemente que sus películas «se estructuran sobre personajes que no expresan lo que sienten. Sobre sentimientos que se reprimen ya sea de forma consciente o porque la esencia del personaje sea esa, la contención, el celo a la intimidad de forma absoluta, como un gesto de defensa, de protección de uno mismo». Esto, ciertamente, se puede aplicar a Krampack y Ficción. Pero sólo parcialmente a En la ciudad, película que tiene un tono más sombrío. Como dice un personaje de En picado, la última novela de Nick Hornby, «Nos pasamos tanto tiempo no diciendo lo que deseamos realmente porque sabemos que no podemos conseguirlo. Y porque suena a descortesía, a ingratitud, a deslealtad, a niñería, a banalidad. O porque estamos tan desesperados que fingimos que las cosas están bien, y si nos confesamos a nosotros mismos que no lo están nos da la impresión de cometer un error.» En la película de Cesc Gay hay mucho silencio, y en varias escenas los protagonistas callan los deseos o desdichas que nosotros sí conocemos. Pero también, cuando hablan, simulan ante sus amigos o parejas felicidades inexistentes, o normalidades mentirosas, o estados de placidez que esconden tormentos interiores. La última escena del film es inolvidable: alrededor de una gran paella de cumpleaños, la cuadrilla asiste al amago de explosión de verdad de la anfitriona, una tentativa que, al menos temporalmente, queda neutralizada por la fuerza del ritual amistoso, por frágil o falso que este sea. (Recuerdo haber leído, por cierto, unas declaraciones de Gay hace años en las que contaba cómo las lágrimas repentinas e inexplicadas de una amiga en una comida de un montón de gente fueron el motor de esta historia.)

Ficción es una película aparentemente mucho más sencilla, la historia de dos personas que han dejado por unos días a sus familias en la ciudad y se conocen en lo más alto del Pirineo catalán. Estas personas se atraen intensamente, pero no se atreven a vivir su amor. Dice su director, en la página web de la película, que «En el cine normalmente se contaría la historia del infiel, del que vive una aventura, y en último caso del que rompe la familia. Yo cuento lo no vivido, lo que se reprime, lo que a menudo ni se cuenta. Pienso que eso muchas veces no significa que no se viva con incluso mayor intensidad. Una vez más, son sentimientos íntimos y no compartidos.» El protagonista, que ha subido a la montaña a tratar de cerrar una crisis creativa, se da de bruces con una pasión que choca con su miedo, o tal vez con su sentido de la responsabilidad familiar. Hoy, como dice Gay, y puesto que vivimos un tiempo de exaltación sentimental y de exhortación a seguir en cada momento el camino que nos dicte el corazón, esperaríamos que los personajes tuvieran un lío, o incluso que rompieran con sus lazos familiares para vivir sin trabas el nuevo amor. Pero aquí lo que se nos cuenta es la fuerza de algo que, salvo en pequeña medida en la última escena, permanece sólo en el interior de los amantes, aunque sus miradas posean más de una vez una vehemencia dolorosa. La ficción del título creo que alude al poder de una “historia” que no cambia exteriormente el rumbo vital de unos personajes ubicados en un tiempo y un espacio “ficticio” por excepcional, pero sí los golpea con la violencia con que suelen hacerlo las buenas ficciones. El protagonista, el maravilloso Eduard Fernández, habla muy poco, pero revela mucho cuando es incapaz de dormir, o le invade la furia de cocinar, cortar madera o lavar el coche, o desvía el rostro en un bar ante el pánico a terminar sucumbiendo a su deseo. ¿Hace bien conteniéndose y ciñendo el relato amoroso únicamente al territorio de la ficción, de lo “no real”? ¿El miedo o la responsabilidad no acabarán pasándoles una abultada factura de infelicidad?

Cesc Gay filma espléndidamente la sugerencia, los gestos, las miradas, la tensión que apenas sin palabras inunda a los personajes, las acciones banales que van dibujándolos. En La noche se mueve, de Arthur Penn, el protagonista apunta con desdén que en las películas de Eric Rohmer, quintaesencia del cine europeo, ves crecer la hierba. Pues no sé qué diría si viera Ficción. Peor para él. Yo al menos he podido aquí, y con pasión, ver crecer la hierba de una historia que, con poca acción, sólo a través de detalles, transmite, como dice el propio Gay, más que una conclusión, «un estado de de ánimo».

06 abril 2007

La política de la claridad

La murga terrorista no cesa. Y la ceremonia política de la confusión no digamos. Batasuna es ilegal, pero su presencia pública, consentida y alentada por el Gobierno de Zapatero, es monótona y apabullante. ETA está en tregua hace un año, pero sus gentes siguen a quien quieren, preparan informes sobre esos “objetivos”, roban pistolas y hacen prácticas con ellas y guardan explosivos, así que nada indica que tengan la más remota intención de desaparecer. La mesa de negociación política (la segunda mesa, Otegi dixit, esencial en su estrategia) está, cierto, temporalmente descuajeringada, pero los intentos de casi todos los partidos por reunir los pedazos sueltos son evidentes, minimizando lo que haga falta los desmanes del mundo abertzale. “Sin Navarra, nada”, brama Otegi, mientras Zapatero muestra sobre el asunto una ambigüedad reticente que incomoda e irrita a más de un socialista navarro. Muchos empresarios, en fin, pagan la extorsión y callan.

Ya sé que la realidad ofrece más datos. Pero estos que he apiñado en pocos segundos son incontrovertibles. Después de tratar muchos años con nacionalistas, en Canadá un político puso en circulación un objetivo que en general me gusta y que aquí y ahora me parece urgente: la política de la claridad. Por eso me apetece recordar los puntos que el 23 de marzo leyó en Madrid el tantas veces admirable Fernando Savater, y que suscribieron Covite, el Foro de Ermua y Basta Ya. El manifiesto entero sigue en la página web de Basta Ya (www.bastaya.org), pero por si acaso lo quitan, copio aquí el núcleo de las cuatro reclamaciones que contiene. Así, recordando algo que la voraz realidad periodística hará olvidar muy pronto, quiero contribucir, desde mi diminuto ángulo, al Aberri Eguna del domingo próximo.

Primero. Que se mantenga con firmeza y sin rodeos la exclusión de Batasuna del sistema político, impidiendo que participe en las próximas elecciones municipales, autonómicas y forales si no se desvincula explícita e inequívocamente de la actividad terrorista de ETA, y no de la violencia en general.

Segundo. Rechazar con absoluta claridad cualquier forma de entrega de Navarra a la comunidad de la Gran Euskadi con que sueñan los terroristas. Por un camino u otro, aunque sea sinuoso y “light”, los de ETA y Batasuna consideran esencial para su proyecto político –y como precio al final de la violencia terrorista- apropiarse de Navarra.

Tercero. Una vez que acabe efectiva y totalmente la actividad terrorista, sólo deberá hablarse con ETA, y exclusivamente sobre la propia ETA, sobre su disolución y el modo en que sus militantes asumen las responsabilidades penales en las que hayan incurrido. No son aceptables mesas de partidos que obtengan refuerzos para la hegemonía nacionalista con pretexto del final de la violencia o que sencillamente fomenten dudas sobre la “insuficiencia” de la democracia estatutaria y constitucional hoy vigente.

Cuarto. Es urgente e imprescindible que los poderes públicos emprendan la investigación y en su caso el castigo penal de los pagos a ETA de particulares o entidades corporativas, extorsionadas por la banda mafiosa. En ese campo, la eximente de necesidad por miedo insuperable se convierte en franco amparo de la complicidad. Sin dinero, ETA se acaba: no debe haber más dinero para ETA.

05 abril 2007

Estampida

"Suena la sirena en las fábricas, las oficinas, los comercios. Todos corren, derechos a casa, para coger las maletas y salir zumbando. Que las vacaciones son cuatro días y dos se pierden en el trayecto. Hay que llegar cuanto antes, disfrutar sin parar, divertirse a rabiar, y sobre todo moverse, moverse mucho, moverse sin descanso. Suelta la corbata, deja los tacones; coge las mochilas y las zapatillas, rápido; el traje de neopreno, la llave del apartamento o la bicicleta, vamos; el traje de baño, por si acaso, o la guía de Praga y los billetes. Llegar, llegar, llegar es el mandato. Para patearse capitales europeas o rutas de senderismo, para escalar al pico más alto o sumergirse en fangos antiestrés. (...) Hacer, hacer, hacer, eso es vivir, al parecer; y luego contarlo si se tercia, porque hoy en día no eres nadie si no has visto el Iguazú, y es un fracasado el que no hace una escapada, aunque sea al infierno. Al grito de “luces, cámara, acción” da comienzo nuestra ficción desesperada. Huyamos."
Irene Lozano

04 abril 2007

Matemática estulta

En el artículo de un médico (y miembro del Comité Nacional de Prevención del tabaquismo: mayúsculas que no falten) que este lunes publicó el Diario de Navarra me doy de bruces, dentro de un alegato prohibicionista del tabaco en cualquier momento y lugar, con estas afirmaciones, por supuesto demostradas científicamente: “Sabemos hoy que en sólo 20 minutos pequeñas cantidades de humo son capaces de provocar que nuestra sangre empiece a formar coágulos y las arterias se estrechen aumentando el riesgo de sufrir un infarto o un proceso embólico cerebral. El estar sentado comiendo al lado de un fumador aumenta el riesgo de sufrir un infarto un 25 %”.

Estupor. ¿Cada vez que como al lado de un fumador mi sangre forma coágulos y mis arterias se estrechan? Si me pego seis horas hablando con un fumador, y doy fe de que lo he hecho muchas veces en la vida, ¿no debería haber muerto ya, tras el enésimo infarto? ¿Cuánto tiempo perviven los coágulos y los estrechamientos si me alejo del fumador? ¿Esto acontece, insisto, cada vez, o se puede hacer el cálculo acumulando proximidades durante, no sé, un año o cinco? ¿Y de qué grado de cercanía hablamos? ¿Es lo mismo cuarenta centímetros que un metro? ¿Les sucede lo mismo a todas las personas, y en el mismo porcentaje, y cada vez que comen al lado de alguien que fuma, al margen de cualquier otra circunstancia de su vida o del resto de sus hábitos?

Dicen que el tabaco mata, y según a quién y en qué circunstancias (detalles en los cuales muchos prohibicionistas naufragan lastimosamente), no dudo de que el neotópico tenga parte de verdad. Pero la estupidez de cualquier melón también, y me temo que con más rapidez, insidia y crueldad que los cigarrillos.

22 marzo 2007

No es esto, no es esto

"Tantas banderas por las calles de Pamplona –antes sólo enarboladas en las manifestaciones de los nacionalistas, especialmente de los que apoyan a ETA- nos van dando la medida de cómo se van armando los corazones. Porque, al menos en el pasado, tras las banderas venía la violencia, eran el símbolo que dirigía la horda hacia el enfrentamiento. Por eso las banderas son para ponerse nervioso. (...) No sé cómo fue el día en Pamplona, supongo que vibrante, con todos los manifestantes dispuestos a salvar Navarra, que es España, lo que da vértigo; de nuevo, tanto salvador".

Comentario de Teo Uriarte ("El País", 21 de marzo) a propósito de la manifestación del pasado día 17, convocada por UPN y CDN, "en defensa de Navarra".

08 febrero 2007

El señor Guevara y la confusión de la izquierda

«Desde un inocente cubículo de una universidad norteamericana o europea es fácil colgar pósteres del Che y seguir creyendo en la violencia redentora, en las abstracciones que niegan y asfixian a la realidad o en el llamado a un “hombre nuevo”. Esta anacrónica profesión de fe es un acto inadmisible de ignorancia sobre el desenlace opresivo de la Revolución cubana, en el cual el Che Guevara no es un responsable menor. Como Trotsky en la Unión Soviética, su imagen parece ennoblecerse con el exilio, la derrota y el martirio. Pero su fanatismo no palidece frente al de sus “colegas enemigos”. En lo que tiene de inercia ideológica, la Che-manía no sólo niega la tradición democrática de Occidente sino que deja de lado lo que a mi juicio es el único ángulo salvable de Guevara para nuestros días: la coherencia de su igualitarismo. Hay algo válido y aún necesario en esa aspiración utópica, sobre todo ahora que el fantasma del vacío recorre el mundo engullendo, como un hoyo negro, todo sentido de fraternidad. Pero la igualdad, impuesta desde arriba, ahoga un fin tal vez más preciado: la libertad. Por lo demás, desde Latinoamérica el paisaje se ve distinto: aquí estamos tratando de fortalecer nuestras frágiles democracias y nada más remoto de sus valores que las románticas e irresponsables aventuras de aquel condottiero del siglo XX.»

Enrique Krauze, en un impecable artículo del número de la revista Letras Libres de febrero de 2007 (gracias a R. V.)