17 abril 2007

Prosas apátridas

En abril de 1981 encontré, en uno de mis incontables y minuciosos escrutinios de la pamplonesa librería Auzolan —la primera, la de la calle San Gregorio— un librito que Tusquets había publicado en el 75. Tal vez había ido cogiendo polvo allí desde la apertura de la librería tres años antes, porque su aspecto no era, digamos, muy lozano –hoy es casi imposible que en una librería “normal” conserven un libro tanto tiempo: si no se vende, en tres meses como mucho se devuelve al distribuidor para dejar sitio a otra novedad—. Pero sólo ese día me fijé en él. El ejemplar era además parcialmente defectuoso: tenía un pliego repetido, lo que a primera vista desconcertaba al lector, que encontraba varios textos dos veces y debía reconstruir el puzzle.

Se trataba de la primera edición “mundial” de las Prosas apátridas de Julio Ramón Ribeyro, un autor que no me sonaba absolutamente de nada. Lo ojeé, en cinco minutos me atrapó y lo compré por cuatro perras. Esa misma noche lo devoré, con el deslumbramiento radical y venenoso que nos provocan ciertas ideas y palabras en la juventud —venenoso, me temo, precisamente por la juventud: la lucidez es una condena y un desastre si llega demasiado pronto—.

Aquella primera edición llevaba un magnífico y muy informativo prólogo de José Miguel Oviedo, autor ya entonces del mejor estudio sobre las grandes novelas de Vargas Llosa —las primeras, para entendernos—, y a quien, al correr del tiempo, acabé debiendo también el hallazgo del ensayista colombiano Nicolás Gómez Dávila. El prólogo de Oviedo desapareció en la edición completa de las prosas, que es de 1985, también en Tusquets –la que adquirí en el 81 tenía aproximadamente la mitad de las doscientas prosas de la definitiva, aunque esta, tampoco se piensen, sólo abulta 180 páginas de muy pequeño formato—, tal vez por desavenencias entre el autor y el estudioso, quizás porque Tusquets y Argos Vergara publicaron otros libros de Ribeyro a comienzos de los años ochenta y pensaron que ya no era necesaria la presentación que Oviedo hacía de su compatriota para los lectores no peruanos en el volumen con que yo me había tropezado en Auzolan.

En el prólogo de Oviedo me enteré de que la fortuna editorial de Ribeyro en Lima —donde, pese a vivir en París hacía muchos años, había publicado sus anteriores libros: tres novelas y varios tomitos de cuentos— era desastrosa, y que en las misérrimas ediciones peruanas abundaban las erratas y las páginas bailadas. Vamos, que a Ribeyro y a sus libros no los conocía nadie.

Con el tiempo supe que el peruano, además de una pésima salud que le tuvo en varias ocasiones a punto de la muerte, sobre todo por las dolencias de estómago y su adicción al tabaco, atesoraba pocos pero fervientes admiradores. Y supe, por las Prosas apátridas, pero también después por sus diarios (La tentación del fracaso) y por testimonios escritos de amigos suyos, que sufrió periodos de tremendos apuros económicos, rachas de obligados trabajos de supervivencia y, entreverada siempre con el paso corriente de los días, una aguda sensación de fracaso literario y vital y una melancolía asifixiante (“Pronto 48 años y sigo hablando conmigo mismo, dando vueltas en torno a mi imagen doblegada, roída por el orín del tiempo y la desilusión. Helado, seco, hueco, como una lápida en el más minúsculo cementerio serrano, mi propia lápida”). Al menos los últimos años de su vida, de nuevo en el Perú y roído por el cáncer, alcanzó un progresivo y relativo reconocimiento y una precaria paz interior. Fernando Ampuero, escritor y amigo de Ribeyro, escribió que éste fue, en esos primeros años noventa, un hombre “cálido y elegante como lo fuera en todo momento, pero pletórico de ideas, ávido de aventuras, con las ganas de vivir de un adolescente y dispuesto a celebrar tertulias tres veces por semana en bares, restaurantes o en la agradable terraza de su departamento barranquino mientras la noche avanzaba y la brisa marina nos refrescaba y revolvía el cabello”.

Ahora Seix-Barral ha reeditado en España las Prosas apátridas, y he visto en pocos días muchos comentarios y referencias sobre este pequeño volumen que inauguró, tras los cuentos y las novelas de los cincuenta y sesenta, una etapa editorial de Ribeyro de «preeminencia de lo autobiográfico y lo moralizante» (Sergio Franco). Cuando leí estas prosas yo no conocía a ensayistas y moralistas franceses como Montaigne, La Rochefoucauld, La Bruyere o Chamfort, así que no sabía de dónde venía el peruano en este librito. Pero, ya lo he dicho, mi experiencia lectora fue imborrable, he vuelto a ellas muchas veces, se las he regalado a varios amigos, me han hecho pensar y hablar con algunas almas afines, y hay prosas que han guiado y siguen haciéndolo mi mirada sobre ciertas regiones de la conducta humana. Ribeyro ha sido, por ejemplo como Cioran, un autor que estoy seguro de que me ha hecho daño, y que al mismo tiempo me ha exaltado y alumbrado en muchos momentos. En este conjunto de pequeños textos que, como dice el autor, “no se ajustan cabalmente a ningún género, pues no son poemas en prosa, ni páginas de un diario íntimo, ni apuntes destinados a un posterior desarrollo”, siendo a la vez todo eso, no sobra nada. En fin, cómo decirlo, lean a Ribeyro, y seguro que más de una vez tendrán ganas después, incluso tras varios años, de abrir el libro por cualquier página y entristecerse con unas líneas.

Me apetece terminar con esta prosa, una de las que enseña la columna vertebral del conjunto: «Nunca he podido comprender el mundo y me iré de él llevándome una imagen confusa. Otros pudieron o creyeron armar el rompecabezas de la realidad y lograron distinguir la figura escondida, pero yo viví entreverado con las piezas dispersas, sin saber dónde colocarlas. Así, vivir habrá sido para mí enfrentarme a un juego cuyas reglas se me escaparon y en consecuencia no haber encontrado la solución del acertijo. Por ello, lo que he escrito ha sido una tentativa para ordenar la vida y explicármela, tentativa vana que culminó en la elaboración de un inventario de enigmas. La culpa la tiene quizás la naturaleza de mi inteligencia, que es una inteligencia disociadora, ducha en plantearse problemas, pero incapaz de resolverlos. Si alguna certeza adquirí fue que no existen certezas. Lo que es una buena definición del escepticismo».

15 abril 2007

Tobias Wolff y Vida de este chico

Ayer sábado vi en Cuatro, de nuevo, Vida de este chico, la película de Michael Caton-Jones rodada a mediados de los noventa a partir de la historia de Tobias Wolff del mismo título. No está mal, otra vez pasé un estupendo rato con un film digno, aunque ni de lejos alcanza la riqueza de detalles, la hondura y la sutileza con que Wolff elaboró su relato. Tengo la mayor de las admiraciones cinéfilas por Robert de Niro, Leonardo di Caprio y la siempre espléndida Ellen Barkin, y los escenarios de la película -esos lugares montañosos del estado de Washinton en los años cincuenta, lejos de Seatle- aparecen igual que como me los imaginé en la lectura. Pero ves la película y pasa lo de casi siempre si el libro te impresionó: ofrecen un resumen de trazo grueso, una sinopsis del libro redactada con rotulador de punta muy gorda en la que, además, la poda brutal que se efectúa sobre aquel se acompaña, para facilitar supuestamente la vida al espectador, de conversaciones y datos auxiliares inventados por el guionista-adaptador que hacen el conjunto más explícito pero más simple, más obvio, más pobre. El personaje de Dwigth, el nuevo esposo de la madre de Wolff, resulta en la película demasiado en varios sentidos, particularmente demasiado violento en el sentido más físico del término, una caricatura de alguien que ya poseía en la historia de Wolff un carácter agresivo, pero que sobre ello era estúpido, vago, inconstante y fantoche. En el film no han podido resistir la tentación de simplificarlo, de convertirlo en un psicópata perpetuamente furioso que desde el primer momento quiere matar a Wolff y machacar a la madre de éste.

Aun y todo, insisto, la película se deja ver con interés. Y si alguien salta de ella al libro de Wolff, sobre el que toda recomendación es poca, pues miel sobre hojuelas.

A propósito de ese libro de Tobias Wolff, y de otro posterior también apasionante, En el ejército del faraón, escribí un artículo al que se puede echar un vistazo aquí, y que apareció en la revista digital La casa de los Malfenti (www.lacasadelosmalfenti.com), un empeño literario verdaderamente admirable de Belén Galindo, Roberto Goñi y Juanma Albizu del que acaba de aparecer el número 22, el de la primavera de 2007. Ellos tienen la generosidad de decir que la revista la hacen más personas. No, eso no es así exactamente. Sin ellos, sin su constancia y pericia, sin su invitación siempre amable, sin su activismo cordial, sencillamente no habría revista. Da gusto que haya gente como Belén, Roberto y Juanma, y es una suerte conocerlos.

10 abril 2007

Cesc Gay

El otro día vi en mi casa, tan ricamente, Ficción, la última película de Cesc Gay. Hace años me interesó, sin más, la que creo que fue su segunda película, Krampack. Pero la siguiente que dirigió, En la ciudad, la tengo situada en mi pequeño olimpo de películas españolas inolvidables. En ella unos cuantos amigos barceloneses cultos, acomodados y amables charlan en restaurantes, librerías, casas y bares. Sólo el espectador, por gracia de un guión muy bien medido que le anticipa estratégicamente ciertos datos, sabe que, en realidad, la mentira y la ocultación presiden sus relaciones.

Cesc Gay ha declarado recientemente que sus películas «se estructuran sobre personajes que no expresan lo que sienten. Sobre sentimientos que se reprimen ya sea de forma consciente o porque la esencia del personaje sea esa, la contención, el celo a la intimidad de forma absoluta, como un gesto de defensa, de protección de uno mismo». Esto, ciertamente, se puede aplicar a Krampack y Ficción. Pero sólo parcialmente a En la ciudad, película que tiene un tono más sombrío. Como dice un personaje de En picado, la última novela de Nick Hornby, «Nos pasamos tanto tiempo no diciendo lo que deseamos realmente porque sabemos que no podemos conseguirlo. Y porque suena a descortesía, a ingratitud, a deslealtad, a niñería, a banalidad. O porque estamos tan desesperados que fingimos que las cosas están bien, y si nos confesamos a nosotros mismos que no lo están nos da la impresión de cometer un error.» En la película de Cesc Gay hay mucho silencio, y en varias escenas los protagonistas callan los deseos o desdichas que nosotros sí conocemos. Pero también, cuando hablan, simulan ante sus amigos o parejas felicidades inexistentes, o normalidades mentirosas, o estados de placidez que esconden tormentos interiores. La última escena del film es inolvidable: alrededor de una gran paella de cumpleaños, la cuadrilla asiste al amago de explosión de verdad de la anfitriona, una tentativa que, al menos temporalmente, queda neutralizada por la fuerza del ritual amistoso, por frágil o falso que este sea. (Recuerdo haber leído, por cierto, unas declaraciones de Gay hace años en las que contaba cómo las lágrimas repentinas e inexplicadas de una amiga en una comida de un montón de gente fueron el motor de esta historia.)

Ficción es una película aparentemente mucho más sencilla, la historia de dos personas que han dejado por unos días a sus familias en la ciudad y se conocen en lo más alto del Pirineo catalán. Estas personas se atraen intensamente, pero no se atreven a vivir su amor. Dice su director, en la página web de la película, que «En el cine normalmente se contaría la historia del infiel, del que vive una aventura, y en último caso del que rompe la familia. Yo cuento lo no vivido, lo que se reprime, lo que a menudo ni se cuenta. Pienso que eso muchas veces no significa que no se viva con incluso mayor intensidad. Una vez más, son sentimientos íntimos y no compartidos.» El protagonista, que ha subido a la montaña a tratar de cerrar una crisis creativa, se da de bruces con una pasión que choca con su miedo, o tal vez con su sentido de la responsabilidad familiar. Hoy, como dice Gay, y puesto que vivimos un tiempo de exaltación sentimental y de exhortación a seguir en cada momento el camino que nos dicte el corazón, esperaríamos que los personajes tuvieran un lío, o incluso que rompieran con sus lazos familiares para vivir sin trabas el nuevo amor. Pero aquí lo que se nos cuenta es la fuerza de algo que, salvo en pequeña medida en la última escena, permanece sólo en el interior de los amantes, aunque sus miradas posean más de una vez una vehemencia dolorosa. La ficción del título creo que alude al poder de una “historia” que no cambia exteriormente el rumbo vital de unos personajes ubicados en un tiempo y un espacio “ficticio” por excepcional, pero sí los golpea con la violencia con que suelen hacerlo las buenas ficciones. El protagonista, el maravilloso Eduard Fernández, habla muy poco, pero revela mucho cuando es incapaz de dormir, o le invade la furia de cocinar, cortar madera o lavar el coche, o desvía el rostro en un bar ante el pánico a terminar sucumbiendo a su deseo. ¿Hace bien conteniéndose y ciñendo el relato amoroso únicamente al territorio de la ficción, de lo “no real”? ¿El miedo o la responsabilidad no acabarán pasándoles una abultada factura de infelicidad?

Cesc Gay filma espléndidamente la sugerencia, los gestos, las miradas, la tensión que apenas sin palabras inunda a los personajes, las acciones banales que van dibujándolos. En La noche se mueve, de Arthur Penn, el protagonista apunta con desdén que en las películas de Eric Rohmer, quintaesencia del cine europeo, ves crecer la hierba. Pues no sé qué diría si viera Ficción. Peor para él. Yo al menos he podido aquí, y con pasión, ver crecer la hierba de una historia que, con poca acción, sólo a través de detalles, transmite, como dice el propio Gay, más que una conclusión, «un estado de de ánimo».

06 abril 2007

La política de la claridad

La murga terrorista no cesa. Y la ceremonia política de la confusión no digamos. Batasuna es ilegal, pero su presencia pública, consentida y alentada por el Gobierno de Zapatero, es monótona y apabullante. ETA está en tregua hace un año, pero sus gentes siguen a quien quieren, preparan informes sobre esos “objetivos”, roban pistolas y hacen prácticas con ellas y guardan explosivos, así que nada indica que tengan la más remota intención de desaparecer. La mesa de negociación política (la segunda mesa, Otegi dixit, esencial en su estrategia) está, cierto, temporalmente descuajeringada, pero los intentos de casi todos los partidos por reunir los pedazos sueltos son evidentes, minimizando lo que haga falta los desmanes del mundo abertzale. “Sin Navarra, nada”, brama Otegi, mientras Zapatero muestra sobre el asunto una ambigüedad reticente que incomoda e irrita a más de un socialista navarro. Muchos empresarios, en fin, pagan la extorsión y callan.

Ya sé que la realidad ofrece más datos. Pero estos que he apiñado en pocos segundos son incontrovertibles. Después de tratar muchos años con nacionalistas, en Canadá un político puso en circulación un objetivo que en general me gusta y que aquí y ahora me parece urgente: la política de la claridad. Por eso me apetece recordar los puntos que el 23 de marzo leyó en Madrid el tantas veces admirable Fernando Savater, y que suscribieron Covite, el Foro de Ermua y Basta Ya. El manifiesto entero sigue en la página web de Basta Ya (www.bastaya.org), pero por si acaso lo quitan, copio aquí el núcleo de las cuatro reclamaciones que contiene. Así, recordando algo que la voraz realidad periodística hará olvidar muy pronto, quiero contribucir, desde mi diminuto ángulo, al Aberri Eguna del domingo próximo.

Primero. Que se mantenga con firmeza y sin rodeos la exclusión de Batasuna del sistema político, impidiendo que participe en las próximas elecciones municipales, autonómicas y forales si no se desvincula explícita e inequívocamente de la actividad terrorista de ETA, y no de la violencia en general.

Segundo. Rechazar con absoluta claridad cualquier forma de entrega de Navarra a la comunidad de la Gran Euskadi con que sueñan los terroristas. Por un camino u otro, aunque sea sinuoso y “light”, los de ETA y Batasuna consideran esencial para su proyecto político –y como precio al final de la violencia terrorista- apropiarse de Navarra.

Tercero. Una vez que acabe efectiva y totalmente la actividad terrorista, sólo deberá hablarse con ETA, y exclusivamente sobre la propia ETA, sobre su disolución y el modo en que sus militantes asumen las responsabilidades penales en las que hayan incurrido. No son aceptables mesas de partidos que obtengan refuerzos para la hegemonía nacionalista con pretexto del final de la violencia o que sencillamente fomenten dudas sobre la “insuficiencia” de la democracia estatutaria y constitucional hoy vigente.

Cuarto. Es urgente e imprescindible que los poderes públicos emprendan la investigación y en su caso el castigo penal de los pagos a ETA de particulares o entidades corporativas, extorsionadas por la banda mafiosa. En ese campo, la eximente de necesidad por miedo insuperable se convierte en franco amparo de la complicidad. Sin dinero, ETA se acaba: no debe haber más dinero para ETA.

05 abril 2007

Estampida

"Suena la sirena en las fábricas, las oficinas, los comercios. Todos corren, derechos a casa, para coger las maletas y salir zumbando. Que las vacaciones son cuatro días y dos se pierden en el trayecto. Hay que llegar cuanto antes, disfrutar sin parar, divertirse a rabiar, y sobre todo moverse, moverse mucho, moverse sin descanso. Suelta la corbata, deja los tacones; coge las mochilas y las zapatillas, rápido; el traje de neopreno, la llave del apartamento o la bicicleta, vamos; el traje de baño, por si acaso, o la guía de Praga y los billetes. Llegar, llegar, llegar es el mandato. Para patearse capitales europeas o rutas de senderismo, para escalar al pico más alto o sumergirse en fangos antiestrés. (...) Hacer, hacer, hacer, eso es vivir, al parecer; y luego contarlo si se tercia, porque hoy en día no eres nadie si no has visto el Iguazú, y es un fracasado el que no hace una escapada, aunque sea al infierno. Al grito de “luces, cámara, acción” da comienzo nuestra ficción desesperada. Huyamos."
Irene Lozano

04 abril 2007

Matemática estulta

En el artículo de un médico (y miembro del Comité Nacional de Prevención del tabaquismo: mayúsculas que no falten) que este lunes publicó el Diario de Navarra me doy de bruces, dentro de un alegato prohibicionista del tabaco en cualquier momento y lugar, con estas afirmaciones, por supuesto demostradas científicamente: “Sabemos hoy que en sólo 20 minutos pequeñas cantidades de humo son capaces de provocar que nuestra sangre empiece a formar coágulos y las arterias se estrechen aumentando el riesgo de sufrir un infarto o un proceso embólico cerebral. El estar sentado comiendo al lado de un fumador aumenta el riesgo de sufrir un infarto un 25 %”.

Estupor. ¿Cada vez que como al lado de un fumador mi sangre forma coágulos y mis arterias se estrechan? Si me pego seis horas hablando con un fumador, y doy fe de que lo he hecho muchas veces en la vida, ¿no debería haber muerto ya, tras el enésimo infarto? ¿Cuánto tiempo perviven los coágulos y los estrechamientos si me alejo del fumador? ¿Esto acontece, insisto, cada vez, o se puede hacer el cálculo acumulando proximidades durante, no sé, un año o cinco? ¿Y de qué grado de cercanía hablamos? ¿Es lo mismo cuarenta centímetros que un metro? ¿Les sucede lo mismo a todas las personas, y en el mismo porcentaje, y cada vez que comen al lado de alguien que fuma, al margen de cualquier otra circunstancia de su vida o del resto de sus hábitos?

Dicen que el tabaco mata, y según a quién y en qué circunstancias (detalles en los cuales muchos prohibicionistas naufragan lastimosamente), no dudo de que el neotópico tenga parte de verdad. Pero la estupidez de cualquier melón también, y me temo que con más rapidez, insidia y crueldad que los cigarrillos.

22 marzo 2007

No es esto, no es esto

"Tantas banderas por las calles de Pamplona –antes sólo enarboladas en las manifestaciones de los nacionalistas, especialmente de los que apoyan a ETA- nos van dando la medida de cómo se van armando los corazones. Porque, al menos en el pasado, tras las banderas venía la violencia, eran el símbolo que dirigía la horda hacia el enfrentamiento. Por eso las banderas son para ponerse nervioso. (...) No sé cómo fue el día en Pamplona, supongo que vibrante, con todos los manifestantes dispuestos a salvar Navarra, que es España, lo que da vértigo; de nuevo, tanto salvador".

Comentario de Teo Uriarte ("El País", 21 de marzo) a propósito de la manifestación del pasado día 17, convocada por UPN y CDN, "en defensa de Navarra".

08 febrero 2007

El señor Guevara y la confusión de la izquierda

«Desde un inocente cubículo de una universidad norteamericana o europea es fácil colgar pósteres del Che y seguir creyendo en la violencia redentora, en las abstracciones que niegan y asfixian a la realidad o en el llamado a un “hombre nuevo”. Esta anacrónica profesión de fe es un acto inadmisible de ignorancia sobre el desenlace opresivo de la Revolución cubana, en el cual el Che Guevara no es un responsable menor. Como Trotsky en la Unión Soviética, su imagen parece ennoblecerse con el exilio, la derrota y el martirio. Pero su fanatismo no palidece frente al de sus “colegas enemigos”. En lo que tiene de inercia ideológica, la Che-manía no sólo niega la tradición democrática de Occidente sino que deja de lado lo que a mi juicio es el único ángulo salvable de Guevara para nuestros días: la coherencia de su igualitarismo. Hay algo válido y aún necesario en esa aspiración utópica, sobre todo ahora que el fantasma del vacío recorre el mundo engullendo, como un hoyo negro, todo sentido de fraternidad. Pero la igualdad, impuesta desde arriba, ahoga un fin tal vez más preciado: la libertad. Por lo demás, desde Latinoamérica el paisaje se ve distinto: aquí estamos tratando de fortalecer nuestras frágiles democracias y nada más remoto de sus valores que las románticas e irresponsables aventuras de aquel condottiero del siglo XX.»

Enrique Krauze, en un impecable artículo del número de la revista Letras Libres de febrero de 2007 (gracias a R. V.)

07 febrero 2007

Matrimonio

Antonio Elorza escribe hoy en El País sobre la historiadora Marta Bizcarrondo, fallecida ayer: “A lo largo de un tercio de siglo estuvo casada con el también historiador Antonio Elorza, que no supo hacerla feliz”. ¿Qué yacimientos de conflicto, decepción, dolor y culpa se esconden tras este lacónico resumen de más de treinta años en común, tras esta inusual confesión pública?

16 octubre 2006

Lo que de verdad importa

En estos días de premios literarios sería fácil —y tal vez resultón en un blog— darle a la tecla acerca de los chanchullos de muchos premios, sin ir más lejos del Planeta, donde todo está cocinado antes de que el jurado haya puesto a calentar la cazuela, o de las maniobras trapaceras de algunas ilustres personalidades del mundo literario cuando se ponen en faena de juzgar y decidir sobre otros (recuerdo algunas historias muy divertidas en los diarios de José Luis García Martín en las que aparecen, con nombres y apellidos, eximios poetas convertidos en jurados sin escrúpulos). Pero se ha escrito demasiado de esta vertiente de la “sociedad literaria”. Me apetece en cambio rescatar unas líneas que salvé este verano del Manual de literatura para caníbales, de Rafael Reig. Esperaba mucho bueno de ese libro y recibí poco. Profundamente desequilibrado, con bastante menos gracia de la que aspira a tener, el libro de Reig arrea con saña a ciertos escritores célebres. Por ejemplo, a Rubén Darío, siempre macerado en alcohol, a Azorín, descrito como un personajillo obsesionado por auparse a lomos del artefacto promocional, bien ideado por él, de la generación del 98, o a José Ortega y Gasset, a juicio de Reig un vanidoso repulsivo que sólo suspiraba por las marquesas y los millonarios con chistera y chaqué. Poca cosa de valor ofrece con ello Reig. En esa demolición de prestigios se tira el agua sucia, pero también el niño del auténtico valor de esos escritores. Puestos a ser irreverentes, mejor resultado obtuvo Antonio Orejudo, amigo de Reig, que en Fabulosas narraciones por historias convirtió a estos y otros prohombres literarios en personajes de una novela a ratos –sólo a ratos, la verdad— desquiciada, hilarante y feroz.

En medio de los sarcasmos, Reig apunta algo que dejo aquí porque me interesa mucho más: «Al fin y al cabo, la literatura no es más que un tipo que está en su casa y se pone a escribir en pijama. Este individuo obstinado escribe y escribe, sin parar, hasta que consigue terminar un libro. Después otro sujeto lo imprime, otro lo distribuye y, al final del recorrido, siempre aparece otro, también en su casa, que se pone a leer sin zapatos, con los pies encima de la mesa. Este es el fenómeno literario. Pare usted de contar. Tipos cansados, con ojeras, que escriben en pijama. Mujeres adormiladas en un vagón de tren. Hombres que se descalzan para leer más cómodos. Niños absortos en un rincón del patio durante todo el recreo».

14 octubre 2006

Alfonso Reyes o tirando piedras contra mi tejado

Nueva visita a la feria del libro viejo y de ocasión. La tarde es deliciosa y la plaza del Castillo está muy animada, aunque, ay, comprando libros uno puede moverse con gran comodidad. Me llevo una antología del mexicano Alfonso Reyes, un verdadero sabio del que uno siempre saca algo valioso. Al azar encuentro estas líneas que, escritas en 1921, parecen preludiar lo que ahora tantos probamos con los blogs:«Ya no hay quien no escriba para el público artículos de dos o tres líneas. En estética, micro-realismo, y en estilo, monosilabismo. Así va el mundo. Y a juzgar por el aceleramiento de la vida, así como se ha dicho que la revista matará al libro, puede asegurarse que la nota matará al artículo. No se ve, antes de aventurarse en una lectura, si el asunto nos interesa, si la firma nos merece confianza: se ve si ocupa más de tres páginas. Los libros de notas –pulso febril del tiempo— serán la literatura de mañana, y ya casi son la de hoy». Claro que no podía imaginar Reyes, ¡en 1921!, lo que vendría muchos años después –aunque ya se ve que los pronósticos siempre son arriesgados: ni ha muerto el artículo extenso ni las revistas han matado a los libros; el día que estos mueran el crimen lo cometerán otros agentes—.

El fragmento termina con una observación de Reyes muy exacta, pero a la cual, a la altura de nuestros días, quisiera uno despojar de su punto lamentoso: «También los tratados de filosofía sistemática se van transformando en ‘ensayos’, palabra del escepticismo.» Sí, somos escépticos frente a los grandes sistemas, por eso apreciamos el fragmentismo, la sugerencia, la exaltación del individuo y la autonomía del comportamiento con respecto a las grandes creencias —que vemos como incómodos corsés que además ciegan el verdadero conocimiento de lo que hay—.

10 octubre 2006

Más fuertes que el amor

“Imagino a un hombre nacido sin corazón. Es bueno, al menos no es cruel; no es un libertino, se comporta bien, pero no tiene corazón.” Así describió la escritora Fenimore Woolson a un personaje, mientras tenía como modelo, por lo visto, a Henry James, de quien estaba enamorada. “Sin corazón” tiene el significado indudable, en este contexto, de “sin capacidad de enamorarse”. Porque James, que nunca conoció el amor, salvo el filial, sí fue un apasionado. ¡El autor, el autor!, de David Lodge, donde he encontrado la cita de Woolson, habla sobre todo de la angustiosa necesidad de James de reconocimiento literario. Tras el fracaso de su principal empeño teatral, en 1895, James escribió a su hermano que había pasado las horas más terribles de su vida. Y en 1909 cayó en una profunda depresión al comprobar el fracaso de ventas de la edición de su obra completa.

Hablábamos hoy de algunas personas conocidas y recordé esta lectura del verano (que, de paso, recomiendo vivamente, aunque no es la mejor novela de Lodge). ¿Amor? Parece evidente que para muchas personas hay pasiones mucho más intensas, incluso abrasivas.

Postal de verano

Feria del libro antiguo y de ocasión en la Plaza del Castillo. Compro una novela y entre sus páginas encuentro una postal corriente que reproduce el puerto de Fuenterrabía-Hondarribia (sic). En el reverso, las líneas que una mujer, seguro que joven, escribe el 23 de agosto de 1984 a una pareja amiga de Zaragoza. El arranque excita mi atención. “Queridos Ana y Chema, al fin hemos visto el mar”. ¿El mar por primera vez en la vida de la chica? ¿El mar una vez más, dentro del enésimo periplo vacacional? Prefiero inclinarme por la segunda hipótesis, más improbable pero no absurda para una parte de la población del interior español que aún no tenía en 1984 el actual poder adquisitivo y tampoco sufría la compulsión turística que hoy nos devora. La frase revela así, en especial con ese “al fin”, la alegre potencia, casi infantil, de los momentos iniciáticos.

Más intriga destila el final: “Ana, sobre lo que tú y yo sabemos, la cosa va funcionando, a veces me cuesta pero se logra”. ¿Qué era aquello que funcionaba sólo más o menos, con desfallecimientos ocasionales, y que la remitente no pudo evitar insinuar? ¿Qué le afligía o fatigaba tanto? ¿Su relación con quien también firma la postal? ¿Un viejo conflicto familiar o laboral en vías de remisión, pese a lo que “cuesta”? Por sorpresa me he topado con una pequeña confidencia que podría ser el motor para un ejercicio de taller de escritura. Sólo que aquí la materia prima la ponen las tribulaciones que asoman tras la letra menuda, casi escolar, de una mujer que en Fuenterrabía, un día de “fuerte sol”, escribió una postal de verano.

18 septiembre 2006

Babeando

El País extractaba ayer domingo un artículo del escritor y diputado argentino Miguel Bonasso en el que narra un encuentro reciente con Fidel Castro. Bonasso, autor de algunos libros valiosos, escritor político de ideas confusas tirando a siniestras, y que ha sido publicado aquí por la editorial batasuna Txalaparta, se topa primero con el médico personal del caudillo, quien anda “derrochando bonhomía”. Una “señora muy amable” le introduce después en la habitación del enfermo, donde la visión de éste le reconforta: “el nudo que yo traía en la garganta se aflojó de golpe. Puede sonar increíble, pero Fidel estaba tan lúcido y filoso como siempre”. Castro, seguro que para multiplicar el regocijo del argentino, le “subraya que su gran amigo Hugo Chávez se ha convertido en un líder mundial”. En esas anda desde luego el militarote bolivariano, al que sus arengas en “Aló presidente”, alimento del zapping, más le emparentan con Cantinflas, y por eso acaba de estrechar lazos fraternales, en una gira, con las grandes esperanzas de la revolución mundial. Por ejemplo, el últimamente reblandecido Gadafi, o el rozagante presidente iraní, o el gran timonel de Corea del Norte, otro figura.

Bonasso escucha embelesado a Fidel, el cual habla “con la misma intensidad de siempre, como si no hubiera pasado por el filo de la navaja dejando en terrible suspenso a millones de personas”. Y parece producirle un escalofrío la confesión del cubano de que quería terminar la corrección de las pruebas del libro de Ignacio Ramonet (Fidel Castro: biografía a dos voces) “porque no sabía de qué tiempo dispondría”. Tan tremendo le parece el momento a Bonasso, tan cargado de gravedad, que se cierne sobre la habitación “la sombra del gran límite, de la imposibilidad de toda posibilidad”. Sobrecogedor.

El tono babeante y genuflexo de todo el articulito es idéntico al que se gasta el propio Ramonet, quien, pese a las homilías llamando a la rebelión que nos asesta en Le Monde Diplomatique, aparece en el libro como un vocero de Castro tan entusiasta y rendido que en la presentación casi lo retrata como un superhombre, tal es el conjunto de virtudes y saberes que lo adornan. En fin, que Ramonet, en realidad, no ha tenido ningún remilgo en firmar lo que no es más que un panfleto autopropagandístico del propio tirano.

¿Pero qué condena es esta? ¿Es que no hay otro camino decente, con lo que ha caído en el mundo en los últimos veinte años, que el de esta cuadrilla de líderes desalineados pero despóticos y sus periodistas felpudo? ¿Es que la crítica y la resistencia a la globalización realmente existente tienen que estar en manos de esta jarca?

13 septiembre 2006

El blog muerto

Un blog muerto, igual que cualquier otra web que no ha sido alimentada hace tiempo, produce una impresión penosa. Alguien, cabe suponer, tuvo una ilusión, un proyecto, lo sostuvo unos meses y luego, por mor del desánimo, de un desfallecimiento, de la simple pereza, lo dejó dormir sin propósito ni plan. El lector fiel o el esporádicamente curioso vuelven alguna vez a ese sitio, echan en segundos un vistazo, ven que no hay nada nuevo, abandonan con un click y pronto la página, o el blog, caen en el olvido. Este mínimo ángulo ha estado a punto de cerrarse, lo cual, seguro, a nadie importaba. Casi casi, vista su desidia, ni siquiera a quien habita en él.

El retorno comenzará con el apoyo en algunos poetas leídos o releídos en el periodo estival y de valor seguro. Merece la pena transcribir algunos de sus versos. Serán las muletas que, espero, ayudarán a volver a caminar lentamente.


El dolor de todos los que somos

En el café de El Sario -bendito oasis de media mañana- Pedro me habla de Sol de noviembre, el último poemario de Miguel d’Ors. Yo también lo disfruté en verano, animado por un diálogo entre el escritor y la profesora Ana Eire leído poco antes (“Conversaciones con poetas españoles contemporáneos”, editorial Renacimiento). Hace bastantes años que doy vueltas, con interés y emoción, a los poemas de Miguel d’Ors, y algunos versos me los sé de memoria. Desconozco el lugar que ocupa el autor en la poesía española, aunque él se ha quejado más de una vez, y vuelve amargamente al asunto en su charla con Ana Eire, de la marginación que padece por su catolicismo y su adscripción al Opus Dei (lo que a veces le arranca orgullo y desdén: “este placer divino de sentirse / detestado por toda la canalla”). No lo sé. Me parece evidente que, aun contando con las ridículas cifras de venta de la poesía, d’Ors tiene un público fiel y entusiasta que sigue su obra aunque nada tenga que ver con la Obra, perdón por el chiste malo. Hace veinte años, espoleado por el entusiasmo, regalé un montón de ejemplares de Es cielo y es azul, pese a que en ese librito es donde más se manifiesta “el enorme esquematismo intelectual a que su ideología religiosa le lleva a reducir la historia contemporánea” (García Martín). No me importó, la verdad. D’Ors es mucho más que un antiabortista. Hay en él una variedad de motivos, preocupaciones, argumentos y recursos técnicos que le otorgan estatura de poeta mayor.
Hoy, será por la tópica y tonta tristeza posvacacional, o tal vez por algo más hondo, me entran ganas de volver a uno de los temas insistentes en la poesía dorsiana: el dolor vital, el dolor que de verdad padece el hombre y poeta, sin máscaras ni fingimientos. Con ese material de la experiencia se contruyen sus versos. Como él mismo dice: “¿Dónde, si no en la vida vivida, podrían encontrarse los materiales para esa construcción?” Un dolor que no calma esa “paz del más absoluto dogmatismo” católico que asoma en sus libros, a veces parece que con forzado voluntarismo. No, la fe no alegra o serena su existencia corriente y moliente. “Anónimos y en prosa / se consumen mis años. / Qué pequeña mi vida. / ...Y que me duela tanto...”, se lamenta, un dolor que d’Ors asocia a las propias limitaciones, a la cárcel de su carácter (“Este trabajo amargo de ser yo”, concluye un poema). No es raro que sueñe con una salida, la que sea (“Cualquier cosa distinta / de estar aquí arañando / en esta soledad estas palabras. / Cualquier cosa distinta. Cualquier cosa / antes que la maldita realidad.”), y que anhele ser otro, bien el que fue en la infancia gallega, un paraíso del que le arrojaron violentamente al venir su familia a Pamplona -y, lo que es peor, al hacerse adulto-, bien cualquiera de las personas de las que envidia su modo de vida: parientes resueltos y alegres que gozaron extensa e intensamente, o personajes históricos de admirable trayectoria (“Y esta melancolía de no haber sido Stevenson / o el conde Henry Russell”).

Ahora bien, el poeta no se engaña. Huir, y hacerlo ante todo de uno mismo, ser otro, trasladarse a soñados lugares (ese mítico Wyoming de varios poemas), cifrar la felicidad en parajes hermosos donde vivir intrépidamente, no garantiza nada: “Pero tú sabes que la huida / nunca será verdad, / que vayas donde vayas / siempre te encontrarás / esta misma tristeza. / Que allá donde hayas ido / estarás siempre tú.” Porque si pesa tanto el “trabajo amargo de ser yo” (el poeta le confiesa a Ana Eire: “me llevo muy mal conmigo mismo”), no es extraño que la esperanza se desvanezca: “Ahora comprendo: lo hermoso es todo aquello donde no estoy yo.” O, dicho con otra feliz formulación, “Recuerda, te lo ruego / que yo soy esa ausencia, / que yo soy el extraño / que falta en todos esos lugares donde siempre / está mi corazón.”

El problema se complica porque el yo no es algo único y compacto. La persona, cuarteada, en guerra consigo misma, es una y su contraria, varias al mismo tiempo y muchas a lo largo del tiempo, en una escisión conflictiva que incluye a los yoes que uno hubiera podido ser y no fue pero golpean la conciencia, y también todos aquellos que uno tal vez alcance a ser y ya están de algún modo presentes hoy, ilusionando o inquietando el vivir. D’Ors le dice a Ana Eire en el libro citado, a propósito del desdoblamiento del yo: “En cierto momento empezaron a aparecer escisiones: el Miguel d’Ors real y los Miguel d’Ors ex-futuros, los que podían haber sido y no fueron. (...) Juego con el Miguel d’Ors real y con los Miguel d’Ors que fueron posibles en un momento y que se perdierorn. Son posibilidades que están ahí como fantasmalmente presentes, como vidas paralelas. Luego está el Miguel d’Ors consciente y el inconsciente. Hay un poema que se titula “D’Os” y digo: “Me pregunto / de qué estará hablando / en mis versos / ese desconocido / llamado / yo”.

Esta pelea aparece en varios poemas, así que me callo y transcribo uno de Sol de noviembre. Ah, y por supuesto me adhiero a lo que el amigo Pedro ha escrito en su blog (www.doscent.blogspot.com): “Saludo a Miguel d´Ors y lo propongo de candidato en este tiempo de candidatos a algo: a gran birloque, a vate menor, a gran iluso, a poeta maduro, a ministro plenipotenciario. Propongo a quien proceda que lo traiga para que el poeta hable, lea sus poemas, se le impongan medallas, aunque sean virtuales, aunque estén gastadas”.


Conversación con el otro

Lo sabemos los dos: somos muy diferentes
y coincidimos poco en opiniones
y costumbres: tú seco, altivo, formalista;
yo tímido, inseguro, con la lágrima fácil.
Tú miembro diligente
del Opus Dei; yo pecador, oveja
blanca y negra, y un tanto cimarrona,
del rebaño de Cristo, con muy poco entusiasmo
por los curas. Tú serio; yo proclive a reírme
del Sistema Solar,
de ti, de mí y aun de mi propia risa.
Tú un burgués sin problemas; yo un problema
bancario vitalicio. Tú huraño y solitario;
yo multitudinario de amistad
y solitario. Tú de derechas; yo todo
dificultades para diferenciar el asco
del comunismo y el del consumismo.

Pero después, fantasma advenedizo,
criatura del rencor, después de tantos
años de compartir el mismo nombre,
de llevarte a mi lado noche y día
junto a mi Ángel Custodio (vaya dúo),
de verte llegar siempre a todas partes
por delante de mí –y oír el alboroto,
hacer de tripas corazón, y adentro-,
después de tantas tortas
dirigidas a ti que terminaron
en mi cara, no es raro
que hayamos acabado comprendiéndonos
y hasta, de alguna forma, ya lo ves,
teniéndonos cariño.

25 julio 2006

Lecciones de los maestros

Hace dos meses, justo después de mi lectura de Lecciones de los maestros, de George Steiner, Aurelio Arteta, buen amigo, me envió el precioso texto que había escrito para que se leyera en el homenaje que unos profesores de la Universidad de Cádiz tributaban a su colega de filosofía José Luis Rodríguez Sández, que acaba de jubilarse y a quien Aurelio conoció y admiró en Madrid hace ya bastantes años. Este fin de semana, en un estupendo encuentro con amigos, lleno de helados, bebidas, viandas y mucha conversación, no sé por qué terminamos hablando un buen rato de la vida universitaria, de cómo, dicen, la investigación va ganando la partida a la docencia, de profesores que dan sus clases a la diabla y sólo atienden a los artículos y proyectos que les reportan promoción académica e ingresos. En esas charlas siempre me viene a la memoria, como contraejemplo, la figura de José Luis, quien hace exactamente treinta años fue mi profesor en COU en el Instituto Padre Moret (Irubide).

En 1976 venía yo de un colegio de curas en el que todo era mediocre: nosotros, el profesorado, la atmósfera, los resultados y mi propio ánimo. Para colmo, había equivocado de raíz la dirección de mis estudios, condenándome a varios años de estéril dedicación a una electrónica que nadie reconocería hoy. Así que, pese al interés que extrañamente me suscitaba la filosofía, mis ridículos conocimientos de la materia (o también, claro, de historia o de literatura, que también me atraían) eran fruto del autodidactismo más estricto. Llegué por ello a Irubide con ganas de comerme el mundo, de escuchar de verdad, de aprender, de encontrar al fin algo y alguien que aliviara mi desorientación, y por fortuna encontré algunos profesores excelentes, como Santiago Arellano en Lengua y Javier Medrano en Literatura. Pero ninguno alcanzaba la estatura magistral de José Luis Rodríguez Sández.

Llegaba éste al aula, siempre con traje y corbata, y con movimientos pausados sacaba unas cuartillas de su cartera, que a lo largo de la hora apenas consultaba, y encendía el primero de los cigarrillos 1-X-2 que le veríamos consumir sin cesar. No le recuerdo más de un minuto sin fumar, ni siquiera cuando padeció unas neuralgias aliviadas con intensa medicación. (Y, por cierto, estoy seguro de que a nadie molestaba lo más mínimo ese trasiego con el tabaco. Eran otros tiempos.) Tras este breve preámbulo comenzaba su clase. Las virtudes como profesor de José Luis Rodríguez comprendían, como escribió Alejandro Rossi a propósito de José Gaos, “desde las más externas –el cuidado en la modulación de la voz, el manejo del gesto, la elegancia en el decir, la concepción de la hora académica como una pieza acabada, con un final que se ajustara no sólo a las exigencias del tema, sino a ciertos cánones de composición dramática- hasta esas otras excelencias que eran el resultado de la erudición filosófica, de su escrúpulo interpretativo, del trabajo intenso que, invariablemente, ponía al servicio de cada lección”.

José Luis sólo en ocasiones escribía algún dato en la pizarra: un autor, un título. No empleaba métodos innovadores, “activos” o “progresistas”, ni convertía sus clases en un coloquio “democrático” en que socializar cualquier ocurrencia o tontería de los alumnos, lo que le hubiera podido servir para salvar la obligación sin dar golpe. Era, sin más, un profesor que dominaba profundamente su materia y sabía transmitir a unos jovenzuelos, con admirable claridad, los problemas esenciales que han enfrentado los grandes filósofos y las respuestas que les han dado. En el camino, se permitía hacer frecuentes referencias, que siempre venían a cuento, a la presencia de esas cuestiones en la literatura, la historia, la teoría política e incluso la teología. Armado de un profundo amor a la palabra, la cual administraba con extremo cuidado, desbrozó aquel curso con paciencia y rigor el programa de historia de la filosofía (la selectividad era una barrera insoslayable), sin caer nunca en el descriptivismo exhaustivo y ramplón en que he visto despeñarse a otros profesores (del tipo “éste dijo esto y el otro dijo aquello”). José Luis siempre sintetizaba el corazón de los problemas. Secundariamente, nos dio pistas muy atinadas y útiles sobre lo que podíamos hallar al año siguiente en la universidad (por ejemplo, en la única existente entonces en Navarra, la del Opus, en la cual había trabajado unos años pero donde, según se intuía por sus palabras, no lo había pasado demasiado bien).

Ha escrito Manuel Arranz, a propósito del libro de Steiner, que “sin duda aprendemos algo cuando leemos, pero para que haya enseñanza tiene que haber magisterio, y no puede haber magisterio sin oralidad. Esto no contradice la autoridad de los textos en la que se basan muchas veces las enseñanzas. Pero esas mismas enseñanzas, sobre todo en la edad temprana, más que transmitidas deben ser inoculadas”. Si pienso en el caso de José Luis Rodríguez creo que esa diferencia entre transmisión e inoculación resulta irrelevante: la calidad de sus clases actuaba ya como una suerte de poderoso afrodisíaco intelectual. Años después, cuando por mor de su influencia estudié filosofía en Zorroaga, sólo como alumno de Fernando Savater, Víctor Gómez Pin o Tomás Pollán, por ejemplo (o, por suerte, de algún profesor más, como el propio Aurelio), volví a sentir esa poderosa excitación que nos impulsaba, tras de clase, a correr a los libros donde seguir atiborrándonos de vitaminas cerebrales. Únicamente lamento no haber atendido el par de invitaciones de José Luis para continuar charlando fuera de la clase, por culpa de la timidez y de mi dedicación, aquellos tiempos, a reuniones y actividades políticas izquierdistas que, claro está, nada hicieron cambiar la Transición pero me robaron muchas energías.

Los buenos profesores abundan menos que los buenos artistas, dice Steiner. José Luis Rodríguez Sández ha sido buen profesor toda su carrera, estoy seguro. Es casi un tópico señalar que hoy en los institutos las cosas no son nada fáciles, y no parece que las probatinas de métodos y más métodos “renovadores” hayan podido hacer frente con éxito a los muy conplejos obstáculos que desazonan y desalientan a tantos profesores de secundaria. Frente a ello, ¿es posible mantener alguna clase de excelencia en la Universidad? ¿Tal vez un poquito más, si se tiene clara la importancia de la docencia y no se obsesiona el docente con la promoción y las guerrillas departamentales? José Luis, que en 1976 era catedrático de instituto, volvió a su tierra sevillana y al cabo de unos años, supongo que al menos en parte por buscar mejores escenarios para su magisterio, saltó de nuevo a la Universidad, ya no privada sino pública, para provecho y regocijo de los estudiantes de Cádiz. Allí ha continuado siendo, Aurelio Arteta dixit, “una de las escasas figuras de sabio que teníamos a mano”, como lo fue en aquel imborrable curso pamplonés, para mí y seguro que al menos para varios de mis compañeros.

22 julio 2006

Julio Cortázar y el encierrómetro

Julio Cortázar nos regaló, dentro de sus Historias de cronopios y famas, así, por las buenas, sin negocio alguno ni universidad que acometiera estudios “científicos” previos, unas muy útiles instrucciones para subir una escalera. Dada la vocación de servicio público que anima este blog, no me resisto a reproducir unas líneas: “Las escaleras se suben de frente, pues hacia atrás o de costado resultan particularmente incómodas. (...) Para subir una escalera se comienza por levantar esa parte del cuerpo situada a la derecha abajo, envuelta casi siempre en cuero o gamuza, y que salvo excepciones cabe exactamente en el escalón. Puesta en el primer peldaño dicha parte, que para abreviar llamaremos pie, se recoge la parte equivalente de la izquierda (también llamada pie, pero que no ha de confundirse con el pie antes citado), y llevándola a la altura del pie, se la hace seguir hasta colocarla en el segundo peldaño, con lo cual en éste descansará el pie, y en el primero descansará el pie”.

Ahora, unos avispados forofos del argentino han puesto en circulación el “encierrómetro”, una aplicación informática que, “tomando como referencia los diversos factores que concurren en un encierro, permite al usuario conocer el índice de riesgo al que se enfrenta en la carrera”. Perfecto. Estoy seguro de que todas las mañanas de las pasadas fiestas los animados a medirse con los morlacos en la vieja Iruña se sometían previa y voluntariamente al test, y que los que no alcanzaban la puntuación adecuada, bien por derrengamiento, cojera o sobrepeso circunstancial, o merluza macroscópica, factores de los que no habían sido conscientes hasta realizar la sencilla prueba, abandonaban al punto el peligroso intento. Y es que cada día nos es dado comprobar con alborozo que, como en la edad de oro de la zarzuela, las ciencias adelantan que es una barbaridad.

Donde más resplandece la admiración por Cortázar es en la advertencia que acompaña en la web a tan científico y productivo cuestionario: “El resultado final del índice ofrecido por el Encierrómetro sólo es válido en el caso de que tu intención sea participar en el encierro iniciando tu carrera antes del paso de los toros, dejando que te vayan alcanzando porque tienes la intención de correr cerca y por delante de ellos, y una vez alcanzado, corriendo durante unos metros (los que puedas, en función de la velocidad del toro y la tuya) delante de alguno de ellos a una distancia no superior a 8-10 metros”. No me extraña que uno de los “divinos” de la carrera, esos que llevan muchos años corriendo, se atreviera a insinuar en la prensa, con toda caridad y discreción, que, hombre, la ocurrencia del programita puede ser útil para “algunos extranjeros”que, ya se sabe, piensan que lo normal es subir una escalera hacia atrás o de costado, o que el encierro se corre detrás de los toros o a tres kilómetros de ellos.

21 julio 2006

Mi principal sentimiento es el miedo

Incapaz de parar, repantingado en la playa o al fresco abrigo de los bares o trasnochando, he devorado Memoria del miedo, de Andrew Graham-Yooll, un racimo de historias que participan de la memoria personal, la crónica y el análisis político y que en sucesivas oleadas dibujan el cuadro de los terribles años setenta en Argentina, esos que comienzan con el asesinato del general Aramburu por cuenta de un grupo peronista entonces flamante, los Montoneros, que presencian seguidamente, entre 1971 y 1976, la violencia constante y brutal de militares, paramilitares y guerrilleros de toda laya, y que se internan en el túnel más atroz cuando en marzo de ese último año el ejército deja de lado cualquier formalismo y, en medio de la indiferencia de gran parte de la población, acomete la eliminación sistemática de quienes se habían resistido con las armas a sus designios.

Graham-Yooll, hijo de escoceses, miembro de una comunidad británica que mantuvo en Argentina su lengua, sus colegios y muchas de sus costumbres, y periodista en un diario editado allí en inglés, The Buenos Aires Herald, escribió este libro al comienzo de su exilio londinense, abrumado por el extrañamiento y por el recuerdo del horror que había conocido antes de escapar a los seis meses del golpe, a punto de que lo detuvieran. Para entonces Graham-Yooll tenía consolidada, pese a los lazos amistosos, su interpretación del laberinto argentino: “El conflicto civil nació de la rivalidad política, pero más aún de las emociones personales que eran invocadas como motivos de venganza. Un individuo se lanzaba a vengar a un militante hecho pedazos por una granada; un oficial decidía vengar a un colega que había sido blanco de otra venganza. Aumentaban las víctimas; los jefes de los grupos rivales asumían la responsabilidad de los desmanes y ordenaban escaladas terroristas como forma de mantener su autoridad y de tratar de ganar adeptos entre los vacilantes. Así el conflicto avanzaba hacia la guerra.”

A la luz de esta visión, queda claro que Graham-Yooll no era un peronista de ninguna de las varias facciones que enaltecían al viejo caudillo al tiempo que se mataban entre sí, ni un nacionalista de ninguna clase (tal vez por su curiosa condición de argentino criado a veinte kilómetros de Buenos Aires en un medio más british que el de Cambridge), ni un convencido de las virtudes emancipadoras de las metralletas ni un derechista enfangado en el exterminio de zurdos. En uno de los capítulos más conmovedores del libro, en el que cuenta cómo se involucra en la ayuda a la postre inútil a una joven montonera, Graham-Yooll cita a Mario Eduardo Firmenich, líder del grupo armado, que dictaminó en una rueda de prensa, con criminal arrogancia: “A aquellos que están en el medio, les aconsejamos que se hagan a un lado cuando empiece la guerra”. “Si se pudiera odiar a un hombre por una sola frase”, le dice Graham a la guerrillera, “ése sería tu jefe, y ésa la frase. Tan claro, tan asesino; con esa frase hizo que centenares de personas creyeran que tenían que elegir de qué lado estaban; trataron de esconderse, y decidieron... morir.” Y es que Graham-Yooll, en el fuego cruzado de aquellos años, no tiene dudas respecto a su ubicación: “En el medio, como siempre”. A lo cual la joven replica: “Sí, estás en el medio, pero no sos neutral. Estás en el medio de un lío”.

En medio del lío y no neutral. De esa delicada posición brota el valor moral de un hombre que ve lo que pasa y se atreve, lleno de temor, a contarlo. Amigo de muchos escritores y periodistas fascinados por la violencia, y sólo muy ligeramente protegido por su profesión y por el medio en que trabajaba, Graham-Yooll se forzaba a redactar informaciones y denuncias políticas que le fueron granjeando el odio de los militares sin ganarle el aprecio de los guerrilleros. En esos años de plomo, e incluso cuando en marzo del 76 el terror se desnude totalmente, el angloargentino será incapaz de permanecer al margen de lo que sucede, si bien no se hace ninguna ilusión sobre la utilidad del esfuerzo: “Había muchos artículos en los que me animaba a hacer breves referencias a la anormalidad política... Después temblaba pensando en la reacción. Era un círculo estúpido, más que vicioso, en el que yo me obligaba a informar y luego esperaba aterrado las posibles consecuencias. Lo que era peor: era un ejercicio agotador con el que se lograba muy poco.”

El miedo, siempre el miedo, omnipresente en el libro. “El terror paraliza; la histeria avergüenza; el miedo humilla. Las dos primeras sensaciones son incidentales y se desvanecen; el miedo es un compañero constante”. El miedo que desvela sin remedio, que sobresalta por cualquier nimiedad, el miedo que hace mearse y cagarse a un fotógrafo secuestrado por matones de la derecha peronista, el miedo del que nacen sarpullidos o eccemas, el miedo a un paquete sospechoso o ante un Falcon sin matrícula, el miedo al teléfono, la noche o la calle vacía. Miedo que alcanza el paroxismo cuando los militares, en su labor aniquiladora, se lanzan tras el golpe a torturar y matar también a familiares de los guerrilleros, o a sus amigos, o a cualquier persona que pudiese haberles ayudado levemente, o incluso a pibes que hipotéticamente podían convertirse en resistentes años después. “Es bueno recordar el miedo, para no repetirlo”, dice el autor. Pero acto seguido no puede dejar de preguntarse, con amarga retórica, sobre lo que, pese a todo lo que acontecía, dominaba en gran parte de los argentinos: se sentían “en el medio” pero además querían ser, más que neutrales, indiferentes: “¿cómo pudimos, toda una sociedad, vivir en compañía del miedo como si fuera normal? ¿Cómo pudimos, como país, vivir diciendo: “por algo será, o en algo andará’”?

Este breve acopio de citas no da cuenta cabal en absoluto de la riqueza de datos y matices del libro. Días después de “comérmelo” he vuelto con emoción admirativa a la historia del pobre fotógrafo aterrado, o a la de la patada del periodista a uno de los muchos cadáveres que “aparecían” en los bosques cercanos al aeropuerto de Ezeiza, o a la de la joven viuda montonera consumida por el miedo y la soledad física y afectiva, o a la de la liberación, tras nueve meses de secuestro, del millonario Jorge Born, una representación en la que tiene un papel relevante un Graham-Yooll ya muy mal visto por el poder y frustrado porque sabe que no podrá contar en su periódico nada de lo presenciado; o a la historia de sus últimos días en el país, en septiembre del 76, cuando el sinvivir devora su vida familiar y laboral; o a la historia final del encuentro con dos torturadores que años después escupen ante él retazos de sus fechorías, en un tenso diálogo que se corta como el desenlace de un gran cuento. Historias que funcionan como el mejor de los relatos gracias al talento narrativo de Graham-Yooll, y que muestran las enormes posibilidades que en manos de un periodista de raza tiene la realidad si pasa por el cedazo de la (buena) elaboración lingüística.

Los amigos de Graham-Yooll estaban, ya lo he dicho, mucho más en el lado de la guerrilla que en el de los milicos. Y cuando retorna unos días a Argentina en 1980, todavía con miedo porque la dictadura pervive (hasta 1994 no volverá definitivamente, para dirigir The Buenos Aires Herald), su tono es casi elegiaco en la remembranza de tantas vidas segadas, de tanto dolor desparramado y tantos huecos en su propio espacio vital. Pero el periodista no se deja ganar sólo por los sentimientos, o, mejor dicho, por un sentimentalismo mutilado o parcial. Así que cuando resume, en ese prólogo que siempre se escribe en último término, su balance del periodo, sigue aferrado a ese “medio” desde el que vivió el desollamiento de Argentina: “Todavía me siento perturbado por la locura de los jóvenes rebeldes. Encontraban explicaciones para el asesinato con el tono de voz de una conversación normal, y el desatino apenas se notaba entre tantas muertes diarias, en un país donde la muerte era parte de la vida. Sigo atónito por la furia de la represión: por la crueldad ciega de los seres humanos más primitivos, por el cálculo frío de los intrigantes.”

16 julio 2006

Socorrer al necesitado

El otro día detuvieron a Pablo Muñoz, director del Diario de Noticias (de Navarra y de Gipuzkoa). Tras 72 horas en una comisaría, incomunicado y supongo que desazonado, harto y aburrido, Garzón encontró un rato para interrogarlo. Total, y como casi todo el mundo suponía, para soltarlo tras la declaración con una fianza relativamente ridícula. Qué frivolidad procesal. Estoy de acuerdo con los que han tildado el arresto de chapuza y, por eso mismo, de atropello. Visto lo visto, ¿no hubiera sido más lógico y correcto que Muñoz, si aparecía citado en documentos o en testimonios de otras personas, fuera llamado a declarar, sin el trago previo de la detención, a la postre eludible por casi nada? ¿O es que alguien pensó en serio que podía huir?

Sin embargo, leo hoy domingo una entrevista a Muñoz en el propio periódico que dirige y me asaltan varias preguntas. Dejo de lado la flagrante inexactitud que afirma de que “el empresario extorsionado es la auténtica víctima del terrorismo” (¿no hay y ha habido víctimas mucho más sufrientes?); puede deberse, como tantas veces sucede, a la poca pericia de los redactores de su medio a la hora de reproducir lo dicho. Lo relevante es que parece que el director se dedicaba a la intermediación entre empresarios y etarras desde hace tiempo y con relativa regularidad, en una suerte de segunda (¿o primera?) ocupación.

Sostiene Muñoz que como ya no existe desde hace años en Iparralde la posibilidad de que el etarra “señor Robles” hable con los empresarios chantajeados y/o recoja el dinero, hace falta alguien que ayude a éstos y los ponga en contacto con sus extorsionadores, eso sí, como dice hábilmente, “sólo” cuando el “advertido” no quiere aportar ni un euro a la causa. “¿A dónde podía acudir el empresario en el caso de quisiera pagar o resolver esa situación?”, se pregunta (contradictoriamente). Pues a él mismo. ¿Cuándo comenzó a correr la voz entre los afectados de que el director de periódicos también hacía este noble trabajo en el “sector público voluntario”, que decíamos en tiempos? ¿Sabía a quién tenía que dirigirse para “resolver la situación”? ¿Había un canal permanentemente abierto y estable?

No tengo ninguna vocación de juez o policía, pero sólo con lo que insinúa Muñoz mi curiosidad ciudadana se ha visto notablemente excitada. Estoy seguro de que su declaración del viernes fue apasionante y muy rica en detalles. Aquí hay una gran historia, no cabe duda, y espero que algún día la conozcamos, aunque sus materiales primarios sean la extorsión, la vileza y el miedo. Menos mal que los materiales secundarios son los que componen la acción intermediadora, “cargada”, dice Muñoz, “de ética y moralidad”. Así sea.