28 febrero 2011

Pensamiento positivo

Hoy hemos sabido que Uxue Barkos, la diputada y concejala de Nabai, padece un cáncer de mama. Y hace unos días Esperanza Aguirre también anunció que sufría la misma dolencia. Ambas han declarado que se retiran “unos días” para someterse a la operación y al tratamiento que necesitan. Pero que enseguida, eso, en unos días, están de vuelta en la lucha política.

¿Unos días? ¿Cómo el que tiene una gripe y falta una semana al trabajo?

Ojalá fuera cierto, lo digo de verdad, y seguro que hay casos donde así sucede efectivamente. Pero en la experiencia de muchas mujeres, las cosas no son así ni por el forro. Muchos tipos de cáncer se curan, o al menos se curan para tantos años que, entre medio, pueden sobrevenir otras enfermedades, otras ocasiones de muerte. Pero en general los tratamientos y las curaciones llevan tiempo, incluso mucho tiempo. Y en ese transcurso las y los enfermos de algún cáncer sienten, por ejemplo, terror, rabia, muchísimas incomodidades, profunda tristeza; y su equilibrio psicológico se tambalea, porque su vida ha sufrido un seísmo de gran magnitud.

En ese anuncio de las políticas de que la cosa se solucionará “en unos días” puede haber valentía, esperanza, optimismo. Vamos, pensamientos positivos. Y está muy bien sentir todo eso. Está muy bien que la vida te haya regalado la enorme suerte de una personalidad positiva. Y siempre es preferible y loable tener esperanza y fuerza en el trago.

Pero, por favor, no caigamos en la crítica implícita, o en la culpabilización, de todas aquellas personas enfermas que se sienten muy, muy desgraciadas, al menos unos meses de su vida, que sufren por los efectos secundarios. En fin, que aunque quisieran, no consiguen en absoluto sentirse alegres ni “positivas”.

De eso hablaba el otro día Elvira Lindo. Mucho cuidado con el pensamiento positivo obligatorio.

26 febrero 2011

Aguirre, el magnífico

Al comienzo de Aguirre, el magnífico, cuenta Manuel Vicent que Jesús Aguirre, en 1985, siendo ya Duque de Alba, se lo presentó al Rey diciéndole: “Majestad, le presento a mi futuro biógrafo” –a lo cual, por cierto, el Rey contestó, carcajeándose: “Coño, Jesús, pues como lo cuente todo, vas aviado”.

Veinticinco años después, Vicent ha publicado este libro, que no es desde luego una biografía, pero que que pivota alrededor de la figura de Jesús Aguirre, un personaje verdaderamente llamativo. Y creo que digo bien al llamarle personaje porque en Aguirre hubo siempre, allí por donde pasó, un juego de representaciones teatrales, máscaras, histrionismos, ocultaciones e imposturas, de modo que nadie, o casi nadie, podía distinguir, entre tantas brumas y veras, su auténtica personalidad, sus ambiciones, dolores y sentimientos más genuinos.

Sobre este hijo de madre soltera, que estudió en Alemania en los años cincuenta gracias a la ayuda de algunos ricos, ordenado sacerdote en los años sesenta, secularizado al acabar la década, y que se erigió en personaje clave de la edición de ensayos de calidad en España (en una época gloriosa de la editorial Taurus), leí elogios casi hiperbólicos ya en los primeros setenta en varios lugares, por ejemplo en la revista Triunfo o en el primer libro de Fernando Savater, loas insertas en pasajes que entonces ya citaban su vasta cultura y su lengua afilada. Con la Transición, Jesús Aguirre fue nombrado Director General de Música en el primer gobierno de la UCD, en 1977, lo que le sirvió, entre otras cosas, de trampolín para intimar con la Duquesa de Alba, hasta el punto de enamorarla y casarse con ella, y por tanto convertirse en Duque de Alba hasta su muerte, en 2001. Y todo ello mientras mantenía, toda su vida, relaciones homosexuales más o menos constantes y apenas discretas. (Juan García Hortelano, dice Vicent, le advirtió un día: “Jesús, tú no eres Duque de Alba. En realidad sólo has conseguido la beca Alba y si te vas de la lengua y no te portas bien, te la van a quitar”. Y eso que Aguirre se había metido tanto en el personaje aristocrático que, por ejemplo, al despedirse esa misma velada le dijo a Hortelano: “Mañana parto para el Milanesado”. ¡Como si fuera un duque del Medievo o del Renacimiento!)

Ya he dicho que Vicent no ha escrito una biografía, ni por asomo. Más bien ha recopilado una sucesión de estampas, en bastantes de las cuales, eso sí, Aguirre es el eje. Vicent fue testigo de algunas, y de otras no sabemos si ha hecho una reconstrucción fidedigna o se ha dejado llevar por la pulsión ficcional. Pero además de Aguirre, hay en el libro otros personajes (sin ir más lejos, el mismo Vicent, joven indeciso y un poco desorientado, la galerista Juana Mordó o una supuesta novia de entonces, Vicky Lobo, que más parece un arquetipo o resumen de muchas mujeres de la Transición), y varios pasajes donde Vicent ensaya una crónica muy sintética del momento político y social de España entre los 50 y los 80.

Con esta mezcolanza, el libro pierde fuerza. De hecho, esa misma sensación me asaltó hace años leyendo otros libros aproximadamente memorialísticos de Vicent, como Tranvía a la Malvarrosa o Jardín de Villa Valeria. Su estilo es muy poderoso, pero lo que funciona de maravilla en una columna, un relato de viajes o un retrato de alguien en tres folios, géneros en los que Vicent es un maestro, no sirve igual para un libro. Y los libros de Vicent acaban descoyuntados, porque el estilo no lo salva todo, no es suficiente para armar un gran libro.

Además, Aguirre, el magnífico tiene fragmentos donde Vicent suena a ya leído, como esos de ambiente o síntesis de época, y otros que, valiosos aisladamente, no acaban de tener pleno sentido en el conjunto. Es más, ese fluir de la memoria del autor parece querer establecer unas relaciones entre sucesos sociopolíticos y avatares biográficos de Aguirre que, en mi opinión, distan mucho de estar claras. Esas páginas de Vicente donde resume en pocos párrafos la historia de España son, insisto, como sus columnas. Pero aquí sobran.

Porque sobre la vida y las actitudes de Aguirre, que habrían bastado para llenar el libro, caben mejor interpretaciones psicológicas, o psicoanalíticas, que sociopolíticas. Su origen, en un ambiente cerradamente tradicional, como hijo de una madre soltera que debe pedir ayudas varias para que su hijo estudie, lo que no obsta para que Aguirre la desdeñe y casi oculte en sus épocas más rutilantes; la ausencia radical y despreocupada del padre, que tanto le afectó; su vanidad y afectación desatadas, o, sobre todo, su tremenda ambición de ascenso social, que no cejó ni siquiera al alcanzar la cumbre en la casa de Alba, son aspectos de una personalidad compleja, muy compleja, que los retazos que construye Vicent, por desopilantes o llamativos que sean, no alcanzan a describir cabalmente.

Porque el cura y duque fue muchas cosas más. Jesús Aguirre, me parece, se le ha escapado vivo al autor. Y no sólo porque él fuera un maestro en ocultarse, un especialista en escapismos, un enigma tras su brillantez verbal y social, sino porque Vicent quería otra cosa, montar un discontinuo retablo esperpéntico, y no un verdadero intento de comprender y explicar a Jesús Aguirre en todas sus facetas, incluso, que las hubo, en las más nobles o menos grotescas. (Al margen: no hay casi nada en el texto sobre los años en que, mucho antes de acabar los ochenta, pareció habérselo tragado la tierra. No publicó ningún libro más, dejó de ver, parece, a todos sus antiguos amigos, y se sumergió en otro mundo, o en otras ocupaciones. ¿Qué pasó? ¿Qué sintió e hizo en esos últimos quince años de su vida? ¿Estuvo deprimido? ¿Su matrimonio se hundió? ¿Siguió escribiendo, aunque no publicara? No sabemos nada, y desde luego Vicent casi no ha entrado en ese periodo en que él ya no lo trató.)

A Vicent le ha quedado, no obstante, un libro en general entretenido, que contiene anécdotas muy jugosas, episodios esperpénticos divertidos, y algunas frases, de Aguirre, o de sus “amigos”, que muestran un ingenio y una malicia en el uso del verbo que a los lectores nos hacen pasar un buen rato. Lástima que con todo ello no alcance para un libro de más calado.

21 febrero 2011

A menos

El otro día leí con interés una página del Diario de Navarra que analizaba el fracaso de José Antonio Camacho como entrenador del Osasuna. Entre otras cosas, el periodista, J. M. Esparza, resumía y ponía en claro comentarios que, de forma más discreta, ya habían ido apareciendo estos años pasados en los medios locales.

El periodista acusaba a Camacho de haber sido un vago en Pamplona. El de Cieza vino con mucho nombre, pero los jugadores pronto comprobaron con estupor que no preparaba los partidos, no daba instrucciones de estrategia y les solicitaba directamente que se autoorganizaran en el campo. “Sois profesionales y sabéis qué debéis hacer”, les decía. Con Camacho se instaló tal ambiente de flojera en los entrenamientos y en la preparación de los partidos que al final de su primera temporada todos los jugadores ya pidieron al presidente que lo echara.

No sé si las cosas sucedieron exactamente así. No soy ahora tan forofo como para haber seguido el asunto en detalle. Pero me interesa mucho la historia. En primer lugar como un ejemplo, muy verosímil, del fenómeno de la impostura, del abismo entre la imagen pública y la actuación privada y real de muchos personajes notorios.

Por no salir del terreno del deporte, así a botepronto me acuerdo de dos ejemplos un tanto extremos. En una película del siempre interesante Mario Camus, La vieja música, un entrenador de baloncesto con un supuesto prestigio notable en ligas norteamericanas llega a Lugo a dirigir al equipo local, y su segundo, su ayudante, descubre pronto que en realidad es un tipo que no tiene ni idea de cómo entrenar, que estamos ante un hombre que, bajo su seriedad y su prestancia, esconde una ignorancia absoluta del baloncesto. Más recientemente, otra película, Damned United, cuenta la historia de un entrenador de brillante trayectoria hasta que, sin la ayuda decisivo de su segundo, que se ha hartado de él, comprende aterrado que también carece de cualquier idea clara sobre lo que debe hacer con el Leed United, y fracasa con estrépito. Claro que en Osasuna la contribución del ayudante no ha sido tal: el segundo de Camacho, Pepe Carcelén, ha tenido todavía más fama de vago y jacarandoso que el murciano.

El episodio de Camacho tiene otra vertiente que me interesa más. Camacho fue de joven un gran lateral, trabajador, peleón, seguro, pero su trayectoria como entrenador, muy prometedora en sus inicios, dibuja con los años una pronunciada cuesta abajo, un declive que parece imparable.

¿Cuánta gente que conozco no va sufriendo una evolución similar a la de Camacho, de camino hacia versiones de sí mismo progresivamente peores? ¿Cuánta gente no es menos conforme pasan los años? Dejando de lado el inevitable declive físico, ¿cuánta gente tenía, o lo parecía al menos, más fuerza vital de joven, más arrojo, más curiosidad, más interés y más ganas de hacer cosas?

18 febrero 2011

Post-it

“Te ha llamado Magaly Marín”. Tengo un post-it sobre mi mesa de trabajo desde hace diez días que empieza así. Magaly, siempre tan amable, quería hablar conmigo de un asunto no muy urgente. A los dos días me la encontré en la calle y cruzamos tres palabras, porque ambos llevábamos prisa, y quedamos en ver cuándo podíamos charlar con más calma de lo que había motivado su llamada. No será posible. Esa misma jornada Magaly tuvo un ataque que la dejó agonizante, y a los tres días murió.

No me decido a tirar el post-it. No sé muy bien por qué, pero ahí lo tengo, inútil a estas alturas.

Hoy, al comienzo de una crítica de cine, leo en El País que “nuestras vidas penden de un hilo. Por mucho que nos aferremos al control, a la estabilidad, a la seguridad que nos ofrecen ciertos detalles de nuestro entorno, todo se puede ir a pique por un golpe del destino, por el azar, por un par de segundos arriba o abajo”.

Esto, ya sé, es un tópico, ese tipo de generalidades ciertas pero inevitablemente manidas. Sin embargo, yo miro con frecuencia el post-it.

25 enero 2011

Sukkwan Island

Un padre de mediana edad y un hijo que todavía, a sus trece años, no ha entrado en la adolescencia. Una cabaña muy aislada en Alaska, un lugar en el que la naturaleza impone elevadas exigencias. Para el padre, un retiro anhelado, la esperanza de regeneración, un entorno en que recuperar la serenidad, el equilibrio. El hijo, en cambio, no entiende bien el sentido de la aventura. El lugar lo atemoriza, las dificultades que plantea vivir en él saltan a la vista nada más llegar. Sólo ha aceptado estar ahí por los ruegos paternos. Tal vez, piensa en los mejores momentos, las cosas salgan más o menos bien. Pero su confianza, ya de entrada, es muy débil. Y eso que quiere ser útil, agradar a su padre; lo último que quisiera sería decepcionarle, aumentar su aflicción.

Pero nadie puede huir de sí mismo. Allá donde va, uno se lleva consigo, y el cambio de escenario, o la aventura romántica de sobrevivir en un entorno inhóspito, no arreglan nada cuando el dolor es muy hondo y uno lo acarrea por donde se mueva, da igual que sea una ciudad o ese paraje donde han acabado este padre y su hijo.

¿Cómo afecta a un chico la angustia incesante de su padre, la confusión desesperada? ¿Hasta qué punto le va minando al casi niño el descontrol paterno? Un chaval necesita confiar en su progenitor, sentirse seguro con él, saber que ha previsto las contingencias posibles, y sobre todo sentir la cálida tranquilidad que surge de la certeza de que el adulto tiene la madurez superior, de que posee las claves del vivir. Bien al contrario, en Sukkwan Island asistimos a la escenificación del daño que un padre brutalmente ensimismado, confundido y vacilante puede causar a su hijo.

David Vann, el autor, ha contado que su padre le pidió, cuando él tenía trece años, que lo acompañara durante una temporada en Alaska, en un paraje remoto y aislado. Él no quiso. Su padre se fue solo, y poco tiempo después se suicidó. La culpa ha perseguido desde entonces al escritor. ¿Qué habría pasado si hubieran ido juntos? Esa posibilidad desató su imaginación. El resultado se explora en este libro. Un texto que no hubiera valido nada, por supuesto, si el autor no hubiera sabido convertir su especulación, su juego imaginativo, en materia literaria de la más alta calidad.

22 enero 2011

Txelis

En 1980 me matriculé en filosofía en la Universidad del País Vasco, en San Sebastián. Yo había terminado una diplomatura en Pamplona, y fui a Donosti a engancharme con la que fue primera promoción de esa facultad. El impacto inicial al ver el edificio universitario, el día de la inscripción, resultó considerable. Aquellos muros se caían a pedazos. Y cuando comenzaron las clases, a finales de octubre, el panorama era mucho peor. Subíamos al alto de Zorroaga, al final de Anoeta, por una carretera miserable, hasta llegar a un yerbín descuidado donde cada uno aparcaba como podía, y que en aquellos días otoñales y lluviosos ya era un barrizal. En el edificio entraba el agua a chorros en más de un lugar, y en las clases algunas ventanas no tenían cristal. Recuerdo muy bien, por ejemplo, a Fernando Savater dando sus soberbias clases, impecablemente vestido, tras despojarse de su capa y de su gorra, y cómo mientras hablaba movía sus blancas y finas manos, en las que lucía dos o tres anillos. Pero nosotros veíamos que sus zapatos estaban perdidos de barro. Marca de la casa, o del lugar.

En esos años de Zorroaga, en realidad, poco nos importaba todo eso. Nos bastaba con disfrutar intensamente de lo que nos contaban los profesores, y que nosotros sorbíamos con avidez. La filosofía era en esas clases algo tan vivo y cautivador que salíamos pletóricos, vitaminados y en ebullición, deseando sumergirnos en interminables conversaciones que prolongaran el discurso docente, y en libros y más libros que nos esperaban y que necesitábamos leer.

En ese grupo de alumnos, Txelis ejercía aquellos primeros meses de líder indiscutible. Txelis, así sin más. Tardé tiempo en saber que se llamaba José Luis Álvarez Santacristina. Nadie lo había elegido para nada, pero él tenía madera de jefe y parecía nuestro delegado, la voz natural y autorizada de los estudiantes. Sólo hablaba en euskera (una vez le oí hablar en castellano, pero fue en una librería donde él acompañaba a una señora mayor), y sin embargo intervenía en todas las clases, aunque los profesores no entendieran nada de lo que les decía, y aunque un cuarenta o un cincuenta por ciento de sus compañeros tampoco nos enteráramos, o sólo parcialmente. En mangas de camisa en pleno invierno, mayor que nosotros (ahora sé que había sido seminarista), Txelis, al que en los ambientes abertzales de Donosti su fama de borroka le precedía, como me contó una compañera de clase, tenía una afinidad especialmente cordial con uno de los profesores más fascinantes, Víctor Gómez Pin, que cuando estaba inspirado nos dejaba boquiabiertos con sus clases sobre Kant, Freud o Levi Strauss.

Recuerdo un día en que Gómez Pin dejó que Txelis nos diera la clase. Tuvo que ser sobre Kant, porque en eso andábamos entonces. Yo no entendí nada o casi nada, por lo del euskera, pero, signo de los tiempos, tampoco me recuerdo molesto o inquieto: la culpa, pensábamos mansamente, estaba en nosotros, en quienes, de forma activa o pasiva, por convencidos o por estúpidos e irreflexivos, compartíamos los supuestos fundamentales del nacionalismo vasco y por tanto, al no saber euskera, éramos seres incompletos, limitados, inferiores.

Empezamos las clases en octubre, y en marzo de 1981 Txelis desapareció. Su presencia era tan ostensible que su ausencia no lo fue menos. Pero nadie habló del asunto, al menos delante de mí. Todos entendimos, sin asomo de duda, que habría pasado “al otro lado” por algo relacionado con ETA. Ese “otro lado”, Euskadi Norte o Iparralde, que entonces, tiempos todavía de Giscard, era para los etarras la Casa de Tócame Roque, su lugar (bastante) seguro.

En los años posteriores salió en los periódicos que en algún momento Txelis había pasado a ser uno de los jefes de ETA. Y, al mismo tiempo, supe por otras vías, amicales (y por tanto más seguras), que Txelis seguía estudiando al tiempo que producía los comunicados y textos de ETA (¿se acuerdan de la alternativa KAS, publicitada hasta la náusea?), que los profesores de Zorroaga lo habían calificado y aprobado para que terminara la carrera, y que gracias a la intermediación decisiva de Víctor Gómez Pin había llegado a ser doctor en filosofía por la Sorbona. Todo eso sucedía, hay que recordarlo, mientras ETA mataba a mansalva y muchos seguíamos, al menos en parte, en la inopia. Aristóteles, Kant, Wittgestein… Muy interesante todo, entre citas con los pistoleros, redacción de todas las justificaciones del pistolerismo y el coche bomba, reuniones, adjudicación de “encargos” y más reuniones. (Es muy llamativo que en los años ochenta, con todos los crímenes horrendos que cometía ETA, muchos profesores de la UPV hicieran tantos esfuerzos a favor de Txelis y otros colegas suyos, como si se pudiera olvidar a qué se dedicaban sobre todo…)

Luego vino lo que ya sabemos por los periódicos: su detención con el resto de la cúpula de ETA en 1992, y su transformación, en las cárceles, en un disidente de la banda, al compás, se dice, de una intensificación de su fe religiosa. Este domingo pasado “El Mundo” traía un reportaje sobre él donde se hablaba de la tesis doctoral de teología que está terminando sobre los curas Setién y Ellacuría, y de cómo aprovecha sus salidas diarias de la cárcel (ya sólo duerme en ella) para ir habitualmente a misa y comulgar.

El Estado ha sido, está siendo, muy clemente con Txelis. En poco tiempo, con sólo 18 años de prisión efectiva, estará libre totalmente. Aunque sólo fuera por eso, ¿es justificable su silencio, o que sus poquísimas manifestaciones públicas se hayan hecho para hablar de Dios, amar al prójimo como a uno mismo y glosar las florecillas del campo? ¿No es exigible que diga algo, claro, razonado y sincero, sobre lo que verdaderamente nos importa a los ciudadanos? ¿Cuál es el grado de su arrepentimiento? ¿Cuál es su explicación de lo que ha hecho, y de lo que le ha alejado de ETA? Sobre todo ello, como de nada que tenga que ver con aquellos años, ha dicho Txelis una sola palabra pública. Lo poquísimo que sabemos de sus posiciones políticas, de hecho, se debe a que la policía ha interceptado comunicaciones internas en las cárceles.

No podemos pedir nada a los que no se arrepienten nunca de haber matado. Con ellos sólo cabe aplicar el peso de la ley. No hacen falta palabras. Pero los que se arrepienten, ¿no están obligados a hablar, a explicarse, a pedir perdón públicamente? ¿No es repugnante que Txelis adopte una pose ofendida y silente cuando un periodista le pregunta algo sobre su pasado y su presente político?

Como esto es un blog, no voy a entrar en consideraciones más extensas sobre el problema del arrepentimiento. Pero ¿es suficiente con decir “lo siento”? Un día oí a Gustavo Bueno afirmar que los terroristas sólo tendrían una salida digna: el suicidio. No me pareció ningún disparate. ¿Cómo se convive con el pasado? ¿Cómo se sitúa frente a él un exterrorista?

20 enero 2011

El rector de Justin, de Louis Auchincloss

Hace años que disfruto con los libros de Louis Auchincloss. Este abogado y escritor americano, que murió en enero de 2010, con 93 años, publicó durante más de seis décadas un nutrido conjunto de obras. Poco más de diez se han traducido al castellano, entre novelas y colecciones de relatos, a veces en versiones muy mediocres. Pese a tales limitaciones, podemos leer algunos libros de Auchincloss que merecen, y mucho, la pena. Por ejemplo, El rector de Justin, que en una nueva traducción ha sacado recientemente Libros del Asteroide —editorial, por cierto, que dio a la luz hace tres años otra magnífica novela del autor, La educación de Oscar Fairfax, sobre la que escribió con gran tino Roberto Valencia—.

Los personajes de Auchincloss son casi siempre profesionales acomodados, abogados de prósperos bufetes o ejecutivos de empresa. Muchos de ellos (como el propio Auchincloss, en realidad) tienen una sólida formación literaria y veleidades artísticas, que concilian con la intensa dedicación a las actividades jurídico-mercantiles, mucho más lucrativas. Al fondo del escenario, casi siempre en lugares secundarios, abundan las esposas que padecen los movimientos de sus maridos, o bien mujeres que han adquirido fortuna gracias a un esposo rico, del que lograron un buen divorcio, o que oportunamente falleció y les legó su fortuna. Esta gente puede mantener, al menos en apariencia, estrictos principios morales, vinculados a un protestantismo episcopaliano, o bien ser arribistas carentes de cualquier escrúpulo que luchan como fieras en la selva de los negocios o los pleitos.

En ese medio los personajes de Auchincloss toman decisiones, optan en dilemas morales, buscan con más o menos determinación su lugar en el mundo, con frecuencia enfrentados con padres poderosos a los que suceden en los negocios o defraudan por su carácter medroso o hedonista. La hipocresía, el apego, temor o rechazo a los convencionalismos de una sociedad acomodada y puritana, la culpa, la duda, el pragmatismo, la ironía y el cinismo son algunos de los elementos que condimentan su modo de actuar.

El rector de Justin, una de sus novelas más conocidas, se desplaza ligeramente hacia otro terreno, ya que el protagonista no es abogado, sino un clérigo episcopaliano, Francis Prescott, fundador y rector durante cincuenta años de un colegio elitista de educación secundaria, en Nueva Inglaterra, encargado de la formación preuniversitaria de futuros líderes de la industria o los despachos. Ese rector, partidario de una rigurosa formación clásica y humanística y del valor educativo de la disciplina y del deporte, es un hombre enérgico, formalista, severo, mordaz, seguro de sí mismo hasta la arrogancia, pero al mismo tiempo pragmático, astuto, mundano. Un hombre que ha querido, desde el inicio, imprimir su sello a todas las facetas del desenvolvimiento del colegio.

Auchincloss ha optado, para retratar a este hombre poderoso, por un narrador marginal pero cercano a él, un narrador sólo relativamente fiable porque su perspicacia psicológica es escasa, un joven profesor aspirante a clérigo, algo lerdo, inseguro, débil, asustado, que tal vez por eso mismo se convierte en admirador rendido y fiel depositario de las confidencias del rector, y también de las palabras y papeles de otras personas que en distintos momentos recordaron alguna época o episodio relevante en la vida de Prescott. Con el diario de ese testigo imperfecto y los documentos complementarios teje Auchincloss un retrato de Prescott que progresivamente va ganando en complejidad a los ojos del lector, ya que aparecen sus convicciones más rígidas y sus grandezas como líder omnímodo del colegio, pero también sus contradicciones, sus errores obstinados y algunas miserias asociadas a su condición de visionario inflexible. Al mismo tiempo se va ampliando el campo de juego y entran en escena personajes que convivieron o conviven con Prescott en alguna etapa de su vida: alumnos y exalumnos, amigos y enemigos, mujeres e hijas, gestores y mecenas del colegio —a los que Prescott desdeña pero necesita, porque sus donaciones económicas son vitales—.

En el cuadro de Auchincloss, como en todos sus libros, predominan los grises. Ni Prescott ni nadie es de una pieza, y precisamente la descripción de su discurrir vital, de sus encuentros y desencuentros, y las reflexiones sobre todo ello componen la materia de la novela. Las obras de todos los personajes están llenas de claroscuros. Cuando el libro arranca, Prescott tiene ochenta años y se resiste a abandonar el férreo control del colegio. Pero termina resignándose ante la evidencia de que sus alumnos, y los prósperos exalumnos, no son de la pasta que él hubiera querido, no poseen el carácter idealista, disciplinado y puro que él quiso imprimirles, y ya no secundan sumisamente sus designios. Son mucho más prácticos, acomodaticios y banales, mucho más entregados a la riqueza y a la ética capitalista más despiadada de lo que él soñó al crear el colegio. Los nuevos tiempos (la novela termina en 1945) van a acentuar esos rasgos, los viejos modelos van a ir derrumbándose, y Prescott comprende, no sin rabia y dolor, que su obra ya ha dejado de pertenecerle, que su peso moral va a ir evaporándose. Diario de un yuppie, novela de Auchincloss de 1980 que publicó Anagrama, describirá un estadio más avanzado en ese proceso de pérdida de los viejos modales caballerescos y puritanos.

Aunchincloss, un señor rico e influyente en Nueva York, fue siempre un escritor alejado de cualquier experimentalismo, y también de la complejidad estructural y estilística de escritores tan admirados por él como Proust o Henry James. De hecho, en este libro hay un fragmento en el cual satiriza, como propia de un trastornado, la escritura moderna que abandona los modos serenos y clásicos. Es un autor que apuesta todo el atractivo de sus libros a la composición de personajes psicológicamente bien delineados, que actúan y entran en disputas profesionales, sentimentales o de conciencia, y que saben analizar sus conductas. Personajes, muchas veces, que, como en esta novela, llevan un diario donde registran el acontecer cotidiano, vuelcan sus pensamientos más íntimos y se justifican con más o menos convicción. El lector asiste a esta indagación psicológica y moral un punto fascinado, siempre enganchado, disfrutando y pensando. Al menos, así he vivido yo todos los libros de Louis Auchincloss.

27 diciembre 2010

Es de libro (IX)

29 de septiembre

Anteayer presenté una conferencia que dio en Pamplona Juan Cruz, periodista de El País y escritor, y que además fue varios años el director de la editorial Alfaguara. Juan Cruz tiene fama de muy listo e hiperactivo, y en el poco rato que puedo verlo en acción lo confirma, antes y después de la charla y mientras cenamos. Curioso, pregunta mucho a todos los que le presentan y cuenta infinidad de anécdotas, recuerda al instante los nombres de quienes lo rodean y los saca a colación con soltura instantánea, y todo lo hace mientras maneja diestramente dos móviles con los que no para de enviar y recibir mensajes y de llamar.

Me comprometí hace tiempo a esos cuatro minutos de presentación porque sabía que eso me obligaría, gozosamente, a leer Egos revueltos. Una memoria personal de la vida literaria, que, como el subtítulo indica, son los recuerdos de Juan Cruz sobre los escritores que ha conocido en su vida —no sólo, claro, en los años en que ejerció como mandamás de Alfaguara—. El libro tiene un título formidable, y merece mucho la pena. Son recuerdos sin sangre, porque la voluntad de Juan Cruz es la contraria: celebrar lo mucho que el contacto personal con los grandes nombres de la literatura le ha dado en su vida, desde que muy joven, periodista en Tenerife, soñaba con plantarse en la casa de Guillermo Cabrera Infante en Londres, impresionado por la lectura de Tres tristes tigres.

Después de la cena y las despedidas, E. y yo acompañamos a Juan Cruz al hotel. Mañana, nos dice entre frecuentes miradas a sus móviles, tiene muchas cosas que hacer en Madrid. En los días siguientes, me entero por su blog de que está en México, en Nueva York, en Colombia, en... Y entre tanto no dejan de aparecer entrevistas que hace a personas de toda clase. Su voluntad sigue siendo la de comerse la vida con avidez, sin descanso ni freno. ¿De dónde sacará además la fuerza, la concentración y la calma que requieren la escritura de sus libros, algunos magníficos, y que por otra parte publica con puntualidad anual?


1 de octubre

Estamos comenzando la edición de un libro que cabe incluir en la casilla de los complicados. Muchas fotografías, textos de distintos tipos y autores, incluso un documentalista, un director editorial y un diseñador que debe poner en página todo lo que los demás vayan entregándole, de acuerdo con las pautas marcadas por el director. Cada uno de los que intervienen tiene sus rutinas, sus manías, su ego más o menos hinchado y sus fobias.

Mi función es la de mediador. Actúo por encima, o por debajo, de todos ellos. Y es tarea difícil, muchas veces incómoda: templar gaitas, atender a cada uno como se merece, pero al mismo tiempo vigilar que el proyecto no encalle ni se salga de madre... ¿Tengo la paciencia, la habilidad y la firmeza necesarias? Dudo.

Juan Cruz, en Egos revueltos, tiene páginas muy valiosas sobre cómo debe gestionar un editor los egos de los autores. Cómo debe ponerse al servicio de ellos, animarlos, cuidarlos, frenarlos a veces. El libro de Diane Athill que he citado en este diario también es ilustrativo en muchos fragmentos de su delicado y complejo modo de conducirse con los autores. Y recuerdo también las memorias de un editor que más me han entretenido en muchos años: Editar la vida, de Michael Korda, un libro verdaderamente cautivador. El autor cuenta sus andanzas retocando textos de novelistas, pero también de actrices, cantantes, personas con el ego no revuelto, sino desatado, hipertrofiado, personajes repletos de exigencias, fragilidades y, siempre, susceptibilidad. No conozco otras memorias de un editor tan divertidas como las de Korda.

5 de octubre

Hoy ha sido un mal día, lleno de pejigueras y exigencias estúpidas, un día extremadamente “moderno”, muy de nuestra época. Tal vez por eso, he dejado muy pronto el libro que estaba leyendo, y me he acordado de unas palabras de Philip Roth que Rodrigo Fresán recoge en su diario: “La clave no es trasladar libros a pantallas electrónicas. No es eso. No. El problema es que el hábito de la lectura se ha esfumado. Como si para leer necesitáramos una antena y la hubieran cortado. No llega la señal. La concentración, la soledad, la imaginación que requiere el hábito de la lectura. Hemos perdido la guerra. En veinte años, la lectura será un culto… Será un hobby minoritario. Unos criarán perros y peces tropicales, otros leerán».

No me gustan nada los lamentos apocalípticos. Pero me da rabia sospechar que ya soy un dinosaurio. En fin, puede que todo se reduzca a eso: ha sido un mal día.

26 diciembre 2010

Es de libro. Un diario (VIII)

18 de septiembre

Hace poco más de un año, agobiado por la proliferación selvática de libros en casa, tuve que gastarme mis ahorros (y los que no tenía, claro, para lo que obtuve “ayuda” de una caja de ahorros) en comprar un local situado justo al lado del portal en que vivo. Por su amplitud, y la altura de sus techos, podré meter ahí en el futuro varios miles más de libros. Pero bajar algunos, los que sea, de mi casa a ese local, es algo que hago con cierto sufrimiento. Siento que los libros que dejan mi casa y pasan a ubicarse en el nuevo hogar sufren una inocultable degradación que los coloca en la antesala de su eliminación, al menos de su eliminación en mi biblioteca. Es inevitable la operación, pero me incomoda.

Hoy he organizado una cita con amigos en casa, y me veo obligado a quitar, de la mesa donde cenaremos, unos ochenta libros que se han ido quedando ahí, a falta de un sitio mejor del hogar donde depositarlos. Como ésos no quiero que vivan todavía en la bajera (¡están recién comprados!), debo expulsar otros de casa para que los de la mesa encuentren acomodo. Los volúmenes camino de la bajera siento que van a una premuerte. La operación me lleva un gran rato, porque en ella me asaltan dudas constantemente, y la tarde se me va tomando decisiones que oscilan entre la dureza y la piedad.

25 de septiembre

Voy a la feria del libro antiguo y de ocasión de Pamplona. Entre ofertas que merecen un examen detenido, hay muchísima morralla. Son libros, ¡una cantidad pavorosa!, que no es que ahora estén de saldo, es que resulta increíble que hace tiempo alguien se tomara el trabajo de publicarlos. Lo primero por su contenido, claro, absurdo, disparatado, efímero. Pero también por otros factores: traducciones anónimas y delictivas de grandes obras de la literatura universal, cubiertas que provocan traumatismos oculares irreversibles, encuadernaciones tan zafias o precarias que no permiten que el libro se abra ni una sola vez sin que se descuajeringue.

Lo peor es que me compro dos libros que ya tenía. Y mucho más preocupante es que los compro entusiasmado. Uno de ellos, El último negro, de Ramón Buenaventura, tuve la intención de leerlo en cuanto lo adquirí, hace años, pero entonces cierta novela se cruzó por el camino y la de Buenaventura quedó relegada y cayó en el olvido. Hasta hoy, que la he vuelvo a comprar. El otro, El libro de mi madre, es de Albert Cohen. Vuelvo a casa, pasan varias horas, y de pronto tengo un pálpito; busco ese volumen, lo encuentro muy pronto. Incluso tiene páginas subrayadas, unas seis o siete. Está claro que lo empecé… El resto del día se me va en melancólicas fruslerías sobre el tiempo que pasa y el deterioro de mi memoria, que de joven era formidable. Ah, y en leer El libro de mi madre. Me interesa mucho, como tantos otros que abordan el recuerdo del padre o de la madre del escritor (Richard Ford, Simenon, Kafka, Paul Auster, etc.); ¡pero es que al mismo tiempo leerlo es ya una cuestión de orgullo!

25 diciembre 2010

Es de libro. Un diario (VII)

16 de septiembre

En el trabajo hemos tenido un lío de esos que se producen de vez en cuando. Un libro ha salido mal, y la culpa del desaguisado no está clara. Puede ser de quien lo compuso, de quien lo imprimió, de quien hizo de coordinador editorial en nuestra propia oficina, o puede ser que las culpas estén repartidas entre todas las partes. Como a lo peor hay que repetir la impresión, y es un libro caro, quiero hablar con todos antes de decidir nada. Eso me empuja a algo que me gusta, aunque no lo hago con la frecuencia debida: visitar la imprenta. Es una imprenta grande, con maquinaria muy sofisticada. Tratamos el problema que me ha traído, y luego, ya más relajados, la situación del sector. Entre recuerdos, algunas noticias más o menos chismosas sobre gente del oficio y algunas risas, los de la imprenta se lamentan, con datos apabullantes, de la crisis, y de cómo ha golpeado a todo el sector de las artes gráficas. Hablamos de personas que conozco, que son muy buenas en lo suyo pero han caído en el paro más negro, y ya no encontrarán otro trabajo. Vuelvo a la oficina con el ánimo sombrío. Y recuerdo un hombre que conocí cuando yo empezaba, un verdadero experto, en tiempos, en la linotipia, y luego, cuando éstas desaparecieron, en la fotocomposición. Un corrector formidable, además. Un día, tras una crisis anterior, que dejó las empresas de composición reducidas a la mínima expresión, me lo encontré cortando entradas en la puerta de los cines Carlos III. Nos sonreímos incómodamente, y no dijimos nada.

23 diciembre 2010

Es de libro. Un diario (VI)

10 de septiembre

Ayer cené en casa de una pareja de clase media, de esas que todos los meses ingresan más de cinco mil euros. Hablamos de novelas policiacas, lo cual parece ser ahora sinónimo de novelas de nórdicos. Los anfitriones son personas que están atentas a todas las novedades del género. Pero eso sí: novelas que puedan sacar de la biblioteca cercana a su casa. Porque nunca compran un libro. Todos los leen aprovechando el servicio de préstamo. No es el único caso que conozco, por supuesto. Muchos de mis conocidos se proveen de libros de la misma manera.

A veces, pero no siempre, esas personas se refieren a la falta de espacio en su casa, o, incluso, y eso ya me parece más sorprendente, a lo caros que son los libros. Estamos hablando de personas que visten buena ropa (¡que esa sí que es cara!), que viven en buenas casas, y que te asestan, a la menor, su último viaje a Estambul, Nueva York o Siria. Sé que vivimos en una época que reivindica el gratis total en la cultura, tontería que no comparto si no introducimos distingos de varias clases. Pero, hombre, lo de caro es relativo, ¿no? Al menos para ellos.

Ya sé que no sería nada fácil instrumentarlo, pero creo que el criterio debería ser muy otro: el servicio de préstamo de las bibliotecas deberían poder usarlo casi exclusivamente quienes todos los meses tienen que ajustar al céntimo sus gastos: las personas en paro, los estudiantes, los pobres. Y en todo caso, creo, y muy ocasionalmente, la ínfima minoría de los bibliómanos, aquellos que además de comprar libros sin parar tienen tal necesidad de consultar volúmenes, de probar todos los libros, que también podrían caer en la ruina si no tuvieran esa clase de ayuda para su patología.

Luego, pensando en esos acomodados que consumen sólo libros en préstamo, con lo que obstaculizan el acceso a ellos a quienes de verdad más los necesitan, se me ocurre una explicación adicional. Esas personas pertenecen a la mayoría que nunca lee algo dos veces. C. S. Lewis dice que “el signo inequívoco de que alguien carece de sensibilidad literaria es que, para él, la frase ‘Ya lo he leído’ es un argumento inapelable contra la lectura de un determinado libro”. Para esas personas, sigue Lewis, un libro leído es un libro muerto, “como una cerilla quemada, un billete de tren utilizado o el periódico del dia anterior: ya lo habían usado”.

22 diciembre 2010

Es de libro. Un diario (V)

6 de septiembre

Feria del libro antiguo y de ocasión en San Sebastián. Visito esta feria hace años por estas fechas, y siempre encuentro, a muy buen precio, cosas que no me he decidido a comprar antes, por ejemplo de editoriales tan solventes como Tusquets y Anagrama. Hay además un librero que suele ofrecer, a precios muy bajos, gran parte de lo que ha publicado el Círculo de Lectores en los últimos tiempos. Hoy, entre otras cosas, compro por nueve euros el primer volumen de la edición del Círculo de las obras completas de Vargas Llosa, con los relatos de Los jefes, las novelas La ciudad y los perros y La casa verde, el extraordinario Los cachorros, y una conferencia sabrosísima, Historia secreta de una novela. En el catálogo del Círculo yo sabía que se vende a 45 euros. Por supuesto, ya tengo en varias ediciones todos esos libros, pero por nueve euros no me podía resistir.

Veo también que por cinco euros puedo llevarme la última novela de Tomas Pynchon, Contraluz. Lástima, la compré precisamente el mes pasado en el Círculo por treinta. Y eso que es un libro que intimida. Más de mil páginas que exigen, seguro, una ardua y morosa lectura. Necesitaré mucha calma y tiempo para poder hincarle el diente a Pynchon. Algo imposible de encontrar con la vida que llevo, o que llevamos. ¿Cuándo podré leerlo?

En el prólogo del volumen que he comprado de Vargas Llosa (¡ay, qué maravillosa claridad y elegancia en su exposición!) me sorprende encontrar una reticencia del autor, varias veces expresada, hacia su segunda novela, La casa verde. Vargas Llosa, que se recuerda muy distinto en los ya lejanos años sesenta, cree que complicó demasiado esta novela, atraído por el experimentalismo formal. Ese riesgo, desde luego, lo salvó muy bien conforme fue haciéndose mayor, y desapareció del todo hace muchos años. El problema para mí es que hace muchos años que sus libros no tienen interés, y cada vez se leen peor. ¿Desde cuándo no he disfrutado de verdad con una novela de Vargas Llosa? Me parece que desde Historia de Mayta, hace 25 años. Ah, sí, me interesaron mucho sus memorias, El pez en el agua. Pero novelas… Por ejemplo, no entiendo la veneración casi general por La fiesta del chivo. No quiero ir de raro, pero es que me aburrí tanto, me pareció tan previsible… Ni una sola página me invitaba a avanzar.

PD. Hoy, cuando estoy a punto de entregar estas notas (comienzos de octubre), han concedido a Vargas Llosa el premio Nobel. Me parece justo. Acabo de leer a Javier Cercas, y dice algo que comparto sin reservas: cuando uno ha escrito tres novelas como La ciudad y los perros, La casa verde y Conversación en la Catedral, ya se ha ganado ese premio. Da igual lo que escriba después, su aportación ya le hace merecedor del Nobel y de los premios que haga falta. Y, por supuesto, para concederle un premio que se supone que es literario, debería dar igual lo que opina sobre el comunismo o el liberalismo, o si cambia de opiniones políticas a lo largo de su vida. Todo eso son, en estos momentos, banalidades.

Justo hoy, también, leo en el blog de Alberto Olmos, Hikikomori, algo que relaciono inmediatamente con Vargas Llosa. A Olmos lo acaban de incluir, los de la revista Granta, en la lista de los veinticinco escritores en castellano menores de 35 años más prometedores. Y reflexionando sobre su edad, la ambición inmensa que puso en sus primeros esfuerzos literarios, y lo que supone la ambición en la literatura, dice: “Dudo mucho de que los autores mejoren con los años; estoy seguro de que empeoran. Los que ya hemos publicado cinco novelas o más nos damos cuenta de que no teníamos tantas cosas que decir, y de que cada día hay menos ilusión por decirlas. De principiante, uno no piensa más que en partir la historia de la literatura en dos; no tiene que atender a minucias como qué editorial publica o quién escribe o qué críticos critican. Se escribe a lo grande, de pequeño. Pero después va dando la impresión de que no merece la pena, al menos no merece la pena el derrame cerebral, el despellejamiento del alma, el darlo todo a un papel en blanco. Vivir es bello a veces, como dice Francisco Brines. Escribir bien no es bello nunca; es dolor. Y uno a veces quiere dejar de hacerse daño”. Vargas Llosa creo que hace años que quiso dejar de hacerse daño, aunque, por lo que dicen, sí mantuvo un régimen de trabajo espartano.

21 diciembre 2010

Es de libro. Un diario (IV)

1 de septiembre

Ayer un distribuidor me regaló un libro todavía no publicado. En realidad, me dio un montón de hojas toscamente encoladas, con una falsa cubierta, de una novela francesa. Es una prueba todavía repleta de erratas. La novela se publicará dentro de unos meses. Me he sentido un privilegiado, alguien que está en posesión de un pequeño adelanto, de un secreto, del secreto de un libro que en su momento se espera que sea un best seller.

Hoy R., un amigo, me ha regalado varios libros. R. es el coordinador de la sección de críticas de libros en una revista literaria, y por ese desempeño recibe constantemente paquetes y cajas con las novedades de todas las editoriales. R. no parece tan entusiasmado como yo con esos envíos que amenazan con abarrotar su estudio en cuatro días. Y más de una vez he leído comentarios de otros críticos, también abrumados con los paquetes de novedades que no cesan de llegarles.

Así que no es raro que en la cuesta de Moyano, en Madrid, haya podido comprar este bibliómano más de una vez ejemplares que tenían dentro la tarjeta de saludo del autor, o del editor, a veces con unas líneas en las que se rogaba al crítico que reseñara el libro en cuestión. El otro día, por ejemplo, compré por internet un libro de Patricio Pron, el escritor argentino, que contenía una tarjeta de la responsable de comunicación de la editorial. En ella había escrito a mano: por deseo expreso del autor. El que lo había recibido gratis, antes de vendérselo a la librería de ocasión donde yo lo adquirí, había tomado notas de uno de los relatos que incluía, y ahí las había abandonado, tal vez porque en otro relato, en la primera página, había rodeado con un círculo todos los “que” que se había encontrado. Y eran muchos, ciertamente, aunque a mí no me molestaban.

Yo, que salvo en contadísimas excepciones me compro y pago mis libros, sí he tenido varias veces esa sensación de agobio por motivos algo relacionados: cuando he sido jurado de premios y he tenido que leer muchas cosas infumables, o cuando, sin premio por medio, he debido leer por obligación o por compromiso. Peor aún: cuando he debido opinar públicamente atendiendo no al libro, sino a consideraciones, digamos, sociales.

20 diciembre 2010

Es de libro. Un diario (III)

29 de julio

Hace dos meses me visitó una pareja. Él, cuarentón, ella de veintipocos años. Viven en Cataluña. Su aspecto es modesto, aunque en su conversación eran muy educados. Sin móvil, estuvieron mandándome correos electrónicos desde ordenadores de bibliotecas públicas de Pamplona en los que solicitaban verse conmigo. Querían saber qué pueden escribir sobre Navarra. No son de aquí, no han escrito nunca sobre esta tierra, me dijeron que trabajaban en una asesoría legal. En realidad no han escrito nunca ningún libro. Pero estaban dispuestos a tratar el tema navarro que yo les indicara. Cualquiera. Historia, geografía, etnología, naturaleza, instituciones… Parecían atreverse con todo. Yo me quedé un poco desconcertado. No sabía por dónde empezar a explicarles que las cosas no funcionan así, que es más lógico que ellos tengan claro, lo primero, qué les interesa estudiar y que luego, ya escrito lo que fuera —sin encargo previo, compromiso ni adelanto económico—, veríamos si tenía interés o no publicarlo.

La despedida fue muy correcta. Pero no debieron de quedarse satisfechos. Un compañero en otro departamento me dice hoy que acaban de visitarle a él exactamente con el mismo planteamiento. No han arrancado todavía, no tienen nada que enseñar. Pero, por lo que me ha contado, no logré convencerles en absoluto.

19 diciembre 2010

Es de libro. Un diario (II)

9 de julio

He venido, aprovechando que estoy de vacaciones muy cerca, a la Semana Negra de Gijón. Hace dos años también me acerqué un viernes, el primero de la feria, que dura diez días. Entonces todavía celebraban la cita con la novela negra y policial en la playa de Poniente, en el centro de la ciudad. Ahora la ubican al lado de otra playa, la del Arbeyal, mucho menos principal, más proletaria, en una zona en que coexisten edificios muy modernos con naves de un polígono industrial en declive, un polígono típico de ese Gijón (de esa Asturias, en realidad) que a partir de finales de los años setenta se fue hundiendo y se ha visto obligada a buscar nuevos modos de supervivencia económica y mudar su piel. La feria queda encajonada entre la playa, que hoy está muy nutrida, y un césped donde se agolpan un buen número de mujeres (sólo mujeres) tomando el sol en topless.

Lo primero que se encuentra el visitante es un real de feria. Hay barracas clásicas, como la noria, los autos de choque o los caballitos, junto a otras más novedosas. Pero domina brutalmente la cháchara estentórea del hombre de la tómbola. Parece el mismo hombre de todas las tómbolas de barracas del mundo, con el mismo tono que ya oíamos de niños, hablando de muñecas para el caballero o la señora.

Abundan los puestos de comida. Comida turca, cubana, salchichas, bocadillos de todas clases, intensas fritangas que al calorazo de la media tarde marean al visitante al revolverse con los sabores de los puestos de dulces. Y muchos puestos solidarios en los que se venden camisetas y objetos tontos de artesanía.

Libros no hay muchos, la verdad. La mayoría de las casetas venden volúmenes ajenos a la temática del encuentro. Sólo el puesto de la librería Negra y Criminal, de Barcelona, tiene la entidad que el evento reclama. Hay otros estands más modestos con oferta de algo de novela negra, y alrededor de ellos lugares donde se vende ocultismo y otras patrañas, o estudios sobre el materialismo dialéctico y el imperialismo, o biografías de revolucionarios mexicanos, cubanos y argentinos, o todos los saldos de la editorial asturiana Júcar, ya fenecida, donde siempre hay algo que merece la pena (compro, por quinta vez, Adolphe, de Benjamin Constant, maravilloso librito). Por suerte, encuentro además dos o tres puestos en los cuales el bibliópata puede hacerse, a precios bajísimos, con ediciones muy solventes de Senectud, de Italo Svevo, los Diarios de Tolstoi, El mundo de ayer, de Stefan Zweig, o La muerte de Virgilio, de Hermann Broch. Volúmenes, como se ve, escasamente policiales, pero que siempre viene bien comprar, aunque ya se tengan.

Se supone que el lugar central de esta semana es la carpa en que se celebrarán los debates entre escritores y las presentaciones de libros del género. Pero hoy los escritores estarán llegando a Gijón, calculo, en el tren que les trae de Madrid, y luego se correrán su primera juerga nocturna por la ciudad. Hasta mañana no se arrimarán a esta carpa, tardíos y resacosos. Hoy las ciento y pico sillas del lugar están vacías, y sólo dos técnicos andan probando micrófonos.

En tiempos fui un loco de la novela negra y policial. Hoy el género sigue de moda, y los editores no saben ya a qué nuevo autor nórdico publicar, embarcados en la búsqueda frenética de otro Stieg Larsson. Pero yo no soy el mismo. En los últimos tiempos sólo he leído la última pesquisa de los guardias civiles de Lorenzo Silva, La estrategia del agua, que me ha parecido peor que las anteriores, aunque su factura es solvente, y La vida fácil, de Richard Price. Pero Price, de quien recuerdo novelas buenísimas, como Clockers y Freedomland, cada vez es menos encasillable en el género. En La vida fácil la intriga no importa nada. Lo que hace Price es retratar a unos policías con vidas muy aperreadas, y en especial analizar cómo un crimen descalabra a una familia. Gran novela realista, sin más adjetivos.

18 diciembre 2010

Es de libro. Un diario (I)

En muy pocos días, la revista TK, que editan los bibliotecarios (y bibliotecarias, claro, que son mayoría) de Navarra va a publicar un pequeño diario que fui escribiendo entre junio y octubre. La idea, como cuento allí, surgió leyendo con gran placer un diario del escritor argentino Rodrigo Fresán. En ese rato de lectura se me ocurrió ir pergeñando uno yo, que recogiese historias mínimas de un bibliómano, de un hombre que vive en parte alrededor de los libros, que lee los que puede (siempre muy pocos, poquísimos, por definición), y que además trabaja haciendo libros, más exactamente moviendo todos los hilos para lograr que los libros de otros salgan bien hechos, aunque no acaba de considerarse exactamente un editor.

En este blog voy a publicar algunas de las entradas del diario. Y además intercalaré, cuando me apetezca, entradas nuevas escritas en los últimos meses, después de que entregara a los amigos de TK este Es de libro.

30 de junio

Algo cada vez más difícil de alcanzar en mi propia ciudad: el gusto de estar en una librería sin hablar con nadie, sin topar con conocidos, sin verme obligado a saludar. Ser invisible, totalmente ignorado, desconocido. No tener que mantener conversaciones con los libreros, o con amigos que me distraen de lo que quiero: vagabundear, tal vez comprar, dudar, volver sobre mis pasos, ojear y hojear las novedades, o irme sin comprar nada. La libertad asociada al anonimato.


4 de julio

Necesito poseer los libros, comprarlos, que sean míos, leerlos o reelerlos cuando quiera. Me gusta comprarlos, disfruto mucho en la operación demorada en la librería, pero tal vez no leerlos hasta años después, o comprar incluso por si acaso, o comprar algunos que me interesan dudosamente.

Tengo una amiga, sin embargo, que no tiene ningún sentido posesivo, ningún afán de conservación. Compra libros, los lee —o los abandona si le aburren—, y luego me los revende, a un precio que solemos regatear, en un juego divertido. Así me hice anteayer con el Diario del hombre pálido, de Juan Gracia Armendáriz, que tenía intención de comprar pero se me había ido quedando atrás en mis rastreos por las librerías. Bendito negocio he hecho. Es un texto lleno de sabiduría en su composición, el libro de un escritor que encuentra el tono más ajustado para contarnos su pelea de hombre enfermo que quiere ser más, mucho más que un hombre enfermo, que vive como puede, ama, hace deporte, lee y escribe, y convive con otros enfermos en sesiones de diálisis contadas maravillosamente. Un hombre que a veces se desespera un poco por las limitaciones que padece, pero casi siempre conserva la esperanza. Juan, al que conozco un poco y con el que he disfrutado algunas conversaciones sobre las lecturas de cada quien, ha conseguido no sólo su mejor libro hasta ahora, sino un libro mayor. Su lectura me ha hecho pasar un fin de semana perfecto, y me alegro de que esté teniendo una notable repercusión. Recuerdo, por ejemplo, entre las muchas referencias al libro que han ido apareciendo en suplementos, periódicos y otros medios, un magnífico y extenso post de Vicente Verdú, que vio una entrevista a Juan en CNN+ y se quedó impresionado. Este libro se merece una legión de lectores.

14 diciembre 2010

Manuel Bear y el timo de las brujas

Conozco a Manuel Bear hace bastantes años. No me atrevo a proclamarme amigo suyo, porque igual él lo considera una presunción o un equívoco. No conviene dar por hecho lo que nunca se ha hablado con claridad, y ya se sabe que los hombres gastamos un borroso pudor sobre estos asuntos. Pero sí puedo asegurar que le tengo en gran aprecio, y que he disfrutado muchas veces de su compañía y de su inteligencia, punzante e irónica como pocas.

Adicto a la prensa como soy, Manolo ya me pareció un excelente periodista cuando comencé a leerlo hace muchos años, y lo seguí en sus diversas etapas en los medios navarros en que trabajó. Pero siempre he pensado que, más allá del ejercicio del periodismo y de sus servidumbres y mangancias, en Manolo hay un excelente escritor. Recuerdo muy bien algunos sueltos en el Diario de Navarra en los ochenta, y sobre todo admiré en los noventa muchos de los breves que publicaba en el Diario de Noticias, así como algunas columnas perfectamente construidas en su breve paso posterior por El Correo. En todos esos textos refulgía, muchas veces a enorme altura, y a despecho de sus pocas líneas, el filo de una visión a veces soliviantada, otras ácida, o compasiva, o hilarante, perfectamente armada a partir de un hecho mínimo, de una metáfora bien desplegada, de una frase de algún protagonista de la actualidad. Manolo mostró entonces sus mejores artes de escritor de prensa, las propias de quien posee, sin un gramo de grasa retórica, una mirada culta, libre y acerada sobre la vida pública de esta comunidad.

Ahora Manuel Bear ha dado a la luz una magnífica síntesis sobre el mundo de la brujería, dentro de la colección que, con el expresivo subtítulo de ¡Vaya timo! -toda una declaración de principios- lleva años poniendo en las librerías la editorial Laetoli. Como advierte Manolo desde el principio, no es un libro destinado a “disuadir a nadie sobre la inconveniencia de creer” en las brujas. No, el autor sabe que hay mucha gente que tiene una relación muy problemática con la razón y el sentido de la realidad, y que las brujas son “uno de los frutos más tenaces de la imaginación”. Por eso, y más allá de convencer o no, lo que pretende en este libro es servirse de la bibliografía más solvente para trazar un panorama del origen y desarrollo de la creencia en las brujas y de la muy problemática entidad de éstas, y, al mismo tiempo, contarnos las reacciones que tal creencia provocó durante varios siglos, en especial en los poderes civiles y religiosos.

Manolo Bear no se empeña en disuadir a los que creen que las brujas vuelan, organizan akelarres y tienen poderes mágicos. Pero eso no significa ni de lejos que su punto de vista, por informado y serio que sea, acabe resultando blando, falsamente tolerante, ubicado en la equidistancia más o menos comprensiva con esas creencias, y por tanto también con las percepciones extrasensoriales, las capacidades de las echadoras de cartas o las videntes, u otras diversiones de ese jaez. Nada de eso. El libro está trufado, aquí y allí, de alfilerazos jocosos, de sarcamos muy divertidos, de sentencias fulminantes sobre este universo de fantasías. Como dice el autor, “La brujería y las artes asociadas son un diálogo equívoco y fugaz entre dos individuos que no se conocen a sí mismos, no se conocen entre sí y no conocen la materia de la que están hablando, porque de otro modo no sería un saber oculto el negocio que los ocupa”. Menos mal que esa “impostura participada” es, al menos en nuestros días, un “juego consentido, aunque no siempre inocuo”.

Pero el fenómeno de las brujas no puede despacharse sólo con ironía, o con una colección de escépticas andanadas. Ya digo que eso es más fácil hoy, porque la experiencia de tratos con las brujas modernas tiene un campo de juego bien delimitado e incruento. Vivimos un tiempo en que “la credulidad de los usuarios tiene por lo general un límite de seguridad al que se llega pronto. Nadie arriesga nada de valor por lo que le diga una pitonisa”. Sin embargo, durante siglos las cosas estuvieron teñidas de colores mucho más oscuros. Porque la supuesta realidad de las brujas fue un arquetipo misógino, muy misógino, que sirvió como coartada, en la Edad Moderna, para “un gigantesco ajuste de cuentas de los poderes civil y eclesiástico con las sociedades tradicionales”, el cual condujo a la persecución sobre todo de mujeres que, torturadas salvajemente, inventaban cualquier cosa.

Esa “caza de brujas” estuvo asociada a otros muchos factores, por ejemplo a las delaciones fantasiosas a las que el poder civil y religioso dio crédito -aun siendo con frecuencia obra ¡de niños de ocho o nueve años!-, o a los odios y venganzas vecinales como motor de denuncias y procesos, o a la histeria popular o de los poderosos ante epidemias, cambios sociales o disidencias o “herejías” religiosas, o a la activación del mecanismo del chivo expiatorio, con la iglesia haciendo desempeñar al invento del “Diablo” un papel de motor de muchos rituales, confesados por las pobres “brujas” mientras sufrían tormento… Ahí tenemos algunas de las razones que explican las torturas, condenas y hogueras en que se vio envuelta Europa durante demasiado tiempo. Esa parte de la historia está narrada, en el libro de Manolo Bear, lógicamente con acentos más graves.

En comparación con esos siglos de delaciones, procesos disparatados y violencia planificada y brutal, los siglos XIX y XX han tenido un tono inofensivo. Manolo explica muy bien la relevancia de los folcloristas y antropólogos en la adquisición de “respetabilidad” y “credibilidad” de las brujas, y se detiene con viveza y humor en algunos personajes importantes en los ritos brujeriles de estos siglos, y en las variantes más modernas del fenómeno. “La magia moderna siempre termina en un grupo de individuos ataviados con mallas de danza o en cueros que se contorsionan y recitan mantras para captar y conducir la energía, como si formaran un parque eólico viviente. Es una magia ensimismada y abstracta, con rasgos de club social y de programa de autoayuda”, resume casi al fin.

Me he reído no pocas veces con este libro, me ha hecho pensar, me ha recordado cosas que me interesaron en otro tiempo, y más de una vez me ha llenado de melancolía. Contiene el resumen de algunos episodios señeros de la historia universal de la infamia, y por otro lado, por el lado de los adeptos a esas creencias, nos recuerda que la racionalidad crítica y desprejuiciada no ha cautivado nunca a demasiada gente. Si todo eso está contado con la gracia, agilidad y elegancia que Manolo Bear despliega, qué más se puede pedir. Admirable libro, de verdad, quién escribiera así.

09 diciembre 2010

Los que van y vienen en los deportes de la COPE

Yo también me he pasado a los deportes de la COPE. Mientras conduzco, o cocino, o limpio, o como algo, me gusta escuchar la radio. Y los fines de semana soy de los que han abandonado Carrusel deportivo, de la cadena SER, para seguir oyendo (y a veces, no siempre, escuchando) a Paco González y su gente. Yo también, por seguir subido a esta ola, pienso que la SER ha cometido un grave error al echar a estos animadores de la radio deportiva. Lo peor es que todo se haya debido a un problema, parece evidente, de egos revueltos (que diría uno de PRISA y por tanto de la SER a muerte, Juan Cruz). Es decir, de chulerías enfrentadas, testículos sobre la mesa, amenazas, faroles y desplantes –en el relato del propio Paco González que leí, a las órdenes “por cojones” y a gritos del director de la SER, Daniel Anido, él respondió, en un alarde de finura, que “eso lo va a hacer tu prima la coja” y un portazo; lo siguiente fue su despido-.

Paco González, Pepe Domingo Castaño y su troupe mantienen en la COPE el estilo ya consolidado en sus muchos años de Carrusel deportivo, y que en tres meses ha producido un cierto vuelco en las audiencias: agilidad, humor, un cierto gamberrismo, peleas más o menos teatralizadas entre forofos, publicidad “vivida” y “dramatizada” por Castaño, y una poderosa masculinidad en el tono general, un ambiente de juerga de hombres, con toques inevitables de cachondina y machismo. Esto último no me gusta nada, pero también siento en lo más hondo, tal vez por mi edad, que el fútbol es una cosa de hombres. En mi infancia y juventud, al menos, que es cuando lo viví con religiosa intensidad, no había mujeres en los estadios, y una forofa era un especimen extrañísimo. Hoy las cosas parece que están cambiando, pero a estas alturas no veo claro que las cosas hayan mejorado por ello, es decir, porque las mujeres puedan ser tan bestias como los hombres en los campos; no sé si van a mejor, al menos en términos de disminución de la burricie asociada a la testosterona y el machismo.

Digo que Paco González mantiene en Tiempo de juego el estilo ya consolidado hace años, pero tengo la sensación de que lo ha acentuando. Hay más gamberrismo ahora en su programa que en los años de la SER, un tono un poco más brutico y desenfadado, y eso que todavía no ha llegado el más chulo del lugar, el por otra parte excelente radiofonista que es Manolo Lama. Y más de un día he pensado: ¿qué les parecerá todo esto a los oyentes de siempre de la COPE? ¿No vivirán un cierto conflicto entre los excelentes ingresos publicitarios que estos de deportes han traído y, por otro lado, el tono que desprenden sus programas, tan poco coherente con el de los curas, los Kikos, Cañizares y Roucos? Es cierto que durante varios años han tenido en antena a sujetos tan peculiares como el pequeño gran hombre, don Federico. Pero, dejando aparte su estilo faltón, el gritón y brillante aragonés remaba en la misma barca ideológica que la cadena. A veces adelantaba al PP por la derecha, y no era tampoco un católico muy regular, pero, matices al margen, era muy del PP. Paco González y su gente, en cambio, no parecen ser más que de ellos mismos, y su discurso suena tan escéptico, tan poco inflamado, tan disonante con el habitual en la COPE...

El otro día, en el magnífico blog del gran poeta que es Enrique García Máiquez –casi tan gran poeta como católico a machamartillo y desacomplejado hombre de derechas- encontré un post significativo sobre el rumbo de la COPE en los últimos meses. Me parece, a tenor de lo que escribe, y mucho más aún leyendo a sus hinchas en los comentarios, que a Tiempo de juego nos hemos pasado mucha más gente de la que en principio parecen indicar los datos del Estudio General de Medios. Porque unos, muchos, hemos llegado, y otros, no sé cuántos, se han ido. Parece que no deben de ser pocos los oyentes antiguos de la cadena de los obispos que han migrado a otras radios más frikis, o simplemente más coherentes, como Radio María, esRadio (la de don Federico) o Intereconomía.

08 diciembre 2010

Vecinos

Nos juntamos en una sala de la iglesia más cercana a nuestras casas, un lugar que supongo dedicado habitualmente a cursillos prematrimoniales y amenidades de ese cariz. Hace un frío que pela, y mientras dure la reunión todos permaneceremos con los abrigos puestos, y más de uno con bufanda. La luz, de fluorescentes, es muy justa, en el límite de la escasez, y esparce en el ambiente una precariedad añadida. Con todo, no es mal sitio. De vez en cuando, paseando, sorprendo otras comunidades en las que los vecinos charlan y discuten apostados en el portal, mientras se recuestan incómodos sobre los buzones o la puerta del ascensor o las jardineras, en unas condiciones pronto tan penosas que los asuntos, más que acordarse, se asesinan antes de que todos los asistentes huyan hacia arriba al trote.

Cuando llego, con trece minutos de retraso sobre la hora marcada en la convocatoria, sólo hay dos personas en la antesala, tan pocas que no se atreven a entrar. Así que soy el primero en sentarme, en una silla del fondo y de pasillo, porque así tendré más expedita la salida. En segunda convocatoria alcanzamos la cifra de nueve asistentes. Teniendo en cuenta que somos casi cien los llamados, el número de los presentes revela el impacto de la convocatoria en el ánimo de mis convecinos. Nueve personas vamos a decidir por cien.

He tenido que hacer un gran esfuerzo para obligarme a acudir a esta reunión de la comunidad de vecinos. Más de un año no lo he hecho. Pero es que hay un asunto importante en el orden del día, que afecta a un buen número de vecinos, y sobre el que urge tomar decisiones. Los presentes son los habituales, esos que ya conozco de otros años, y que siempre me sorprenden por su conocimiento detallado, casi exhaustivo, de las incidencias producidas no sólo en su portal, sino también en los de los demás. Entre ellos destaca sobremanera el presidente, un joven amable y listo que parece haber encontrado su misión vital en esta comunidad de propietarios, a la que dedica días y noches, y sobre la que conoce todo: seguros de continente y contenido, facturas, morosos, luces normales y de emergencias, cerraduras, canalones y desciegues, goteras, ascensores, bordillos y papeleras, depósitos y calderas… Nada escapa a su minucioso escrutinio y a su incansable búsqueda de mejores posibilidades y soluciones. Él se queja, aunque salta a la vista que con escasa convicción, de que hay gente que le llama o se presenta en su piso a cualquier hora, porque no hay día en que no surja alguna incidencia con el agua caliente, la temperatura de la calefacción, las bombillas o los jovenzuelos gamberros. Él siempre está ahí, al pie del cañón, y la administradora señala, entre risas y veras, el cordial pero implacable control al que la somete a ella este presidente obsesivamente entregado.

Hoy la reunión discurre con relativa presteza, y en dos horas damos cuenta del orden del día. Pero he conocido, en esta y en otras comunidades, reuniones tediosas, caóticas, desesperantes. Asambleas a las que era imposible encontrarles un orden mínimo, un solo argumento que trascendiese el interés particular más desaforado. Reuniones que han discurrido entre intervenciones soporíferas, alfilerazos, susceptibilidades, abiertos enfrentamientos, argumentos que de egoístas resultaban disparatados, y un progresivo espesamiento que terminaba dando al encuentro una calidad tan borrosa que impedía saber de qué se estaba tratando o qué podíamos votar.

Hay miles de libros sobre la democracia participativa y la democracia representativa. Y muchos también sobre la deliberación en democracia, y las condiciones ideales para esa democracia deliberativa. Recuerdo ahora, por ejemplo, un buen artículo de Félix Ovejero sobre la deliberación en el libro El saber del ciudadano, que coordinó Aurelio Arteta. Pero en ese texto Ovejero comienza hablando de una reunión de escalera, y de las condiciones para que se convierta en un ejercicio auténtico de democracia deliberativa. Uff, no por favor, podía haber elegido otro ejemplo. Yo, cada vez que acudo a una reunión de vecinos crezco en misantropía, y pienso en lo difícil que resulta que nos entendamos en la proximidad, del íntimo disgusto que nos provocan nuestros semejantes en ciertos ambientes, de cuánto podemos hablar sobre el desinterés de millones de personas en los asuntos públicos, y de cómo las reuniones de vecinos son el grado cero de la democracia y la demostración más dolorosa de que la democracia representativa, en cualquier ámbito, tiene presente pero también tiene futuro. Vaya que sí lo tiene.

06 diciembre 2010

Sherlock Holmes y nosotros

Ayer vi por enésima vez La vida privada de Sherlock Holmes, de Billy Wilder. Una de las cadenas surgidas con la TDT, laSexta Tres, nos regala cada noche películas valiosas, la mayoría de los años setenta. Y ayer tocaba esta maravilla de Wilder, de la que él abomina porque los productores se la destrozaron en el montaje final. Pero lo que podemos ver es oro puro, hasta el punto de que cabe pensar a qué alturas hubiera llegado el film si no llega a ser por los cortes que le infligieron.

Me interesa comentar sólo uno de los aspectos de esta película tan deliciosamente inglesa. Hay en ella una entrada en acción encantadora, la descripción inicial de las rutinas de los protagonistas. Esas rutinas, que tanto ayudan a vivir, especialmente en la edad adulta. Y hay en esas conductas una ilustración primera de la discreción en el trato humano, de la contención, del pudor. Holmes y Watson viven instalados en unas sólidas costumbres, muy bien cuidados por la señora Hudson. Representan la normalidad burguesa, respetable, urbana, cómoda, educada, irónica (Holmes, no Watson, que no se entera de nada o casi nada; su presencia, especular, es la modesta del testigo lerdo, siempre razonable y convencional).

Pero esa superficie de su vida y conducta esconde furores y carencias que la entrada en acción de la supuesta viuda belga permitirá aflorar con violencia. Todo el andamiaje de la personalidad de Holmes, en especial su misoginia, la seguridad arrogante que posee en sus inmensos poderes deductivos, y su autosuficiencia sentimental, sufrirán una brutal acometida. El Holmes del final ha sido derrotado en todos los sentidos, da igual que el caso haya quedado resuelto.

Por eso es tan ilustrativa la última escena. El recurso a la cocaína, que ya es muy revelador, en épocas de calma, de hasta qué punto la normalidad es precaria y epidérmica, es mucho más necesario en Holmes cuando ciertas pasiones han tambaleado los cimientos de su personalidad. No hace falta hablar con claridad, no hay que dar muchas explicaciones. Pero hasta Watson entiende, casi sin palabras, que las soluciones habituales no valen en ciertos momentos. La vida oculta es muy poderosa, y sus ansias y dolores reclaman paliativos más potentes. Un final perturbador, y muy poco edificante, para una lección sobre la vida. La de Sherlock Holmes, pero también la de todos nosotros.