27 diciembre 2010

Es de libro (IX)

29 de septiembre

Anteayer presenté una conferencia que dio en Pamplona Juan Cruz, periodista de El País y escritor, y que además fue varios años el director de la editorial Alfaguara. Juan Cruz tiene fama de muy listo e hiperactivo, y en el poco rato que puedo verlo en acción lo confirma, antes y después de la charla y mientras cenamos. Curioso, pregunta mucho a todos los que le presentan y cuenta infinidad de anécdotas, recuerda al instante los nombres de quienes lo rodean y los saca a colación con soltura instantánea, y todo lo hace mientras maneja diestramente dos móviles con los que no para de enviar y recibir mensajes y de llamar.

Me comprometí hace tiempo a esos cuatro minutos de presentación porque sabía que eso me obligaría, gozosamente, a leer Egos revueltos. Una memoria personal de la vida literaria, que, como el subtítulo indica, son los recuerdos de Juan Cruz sobre los escritores que ha conocido en su vida —no sólo, claro, en los años en que ejerció como mandamás de Alfaguara—. El libro tiene un título formidable, y merece mucho la pena. Son recuerdos sin sangre, porque la voluntad de Juan Cruz es la contraria: celebrar lo mucho que el contacto personal con los grandes nombres de la literatura le ha dado en su vida, desde que muy joven, periodista en Tenerife, soñaba con plantarse en la casa de Guillermo Cabrera Infante en Londres, impresionado por la lectura de Tres tristes tigres.

Después de la cena y las despedidas, E. y yo acompañamos a Juan Cruz al hotel. Mañana, nos dice entre frecuentes miradas a sus móviles, tiene muchas cosas que hacer en Madrid. En los días siguientes, me entero por su blog de que está en México, en Nueva York, en Colombia, en... Y entre tanto no dejan de aparecer entrevistas que hace a personas de toda clase. Su voluntad sigue siendo la de comerse la vida con avidez, sin descanso ni freno. ¿De dónde sacará además la fuerza, la concentración y la calma que requieren la escritura de sus libros, algunos magníficos, y que por otra parte publica con puntualidad anual?


1 de octubre

Estamos comenzando la edición de un libro que cabe incluir en la casilla de los complicados. Muchas fotografías, textos de distintos tipos y autores, incluso un documentalista, un director editorial y un diseñador que debe poner en página todo lo que los demás vayan entregándole, de acuerdo con las pautas marcadas por el director. Cada uno de los que intervienen tiene sus rutinas, sus manías, su ego más o menos hinchado y sus fobias.

Mi función es la de mediador. Actúo por encima, o por debajo, de todos ellos. Y es tarea difícil, muchas veces incómoda: templar gaitas, atender a cada uno como se merece, pero al mismo tiempo vigilar que el proyecto no encalle ni se salga de madre... ¿Tengo la paciencia, la habilidad y la firmeza necesarias? Dudo.

Juan Cruz, en Egos revueltos, tiene páginas muy valiosas sobre cómo debe gestionar un editor los egos de los autores. Cómo debe ponerse al servicio de ellos, animarlos, cuidarlos, frenarlos a veces. El libro de Diane Athill que he citado en este diario también es ilustrativo en muchos fragmentos de su delicado y complejo modo de conducirse con los autores. Y recuerdo también las memorias de un editor que más me han entretenido en muchos años: Editar la vida, de Michael Korda, un libro verdaderamente cautivador. El autor cuenta sus andanzas retocando textos de novelistas, pero también de actrices, cantantes, personas con el ego no revuelto, sino desatado, hipertrofiado, personajes repletos de exigencias, fragilidades y, siempre, susceptibilidad. No conozco otras memorias de un editor tan divertidas como las de Korda.

5 de octubre

Hoy ha sido un mal día, lleno de pejigueras y exigencias estúpidas, un día extremadamente “moderno”, muy de nuestra época. Tal vez por eso, he dejado muy pronto el libro que estaba leyendo, y me he acordado de unas palabras de Philip Roth que Rodrigo Fresán recoge en su diario: “La clave no es trasladar libros a pantallas electrónicas. No es eso. No. El problema es que el hábito de la lectura se ha esfumado. Como si para leer necesitáramos una antena y la hubieran cortado. No llega la señal. La concentración, la soledad, la imaginación que requiere el hábito de la lectura. Hemos perdido la guerra. En veinte años, la lectura será un culto… Será un hobby minoritario. Unos criarán perros y peces tropicales, otros leerán».

No me gustan nada los lamentos apocalípticos. Pero me da rabia sospechar que ya soy un dinosaurio. En fin, puede que todo se reduzca a eso: ha sido un mal día.

3 comentarios:

el náuGrafo dijo...

Hace un par de semanas lo vi en la presentación del poemario y libro de diario de FF Casanova. Llegó y habló, y siempre con intensidad (y ese punto empalagoso). Pero es de admirar -y aprender- su capacidad para, zas, ponerse a hablar de un tema y concentrarse en ese, como si no hubiera más temas en la faz de la tierra. Creo que a mí eso me resulta, ya, físicamente imposible.

Anónimo dijo...

"Deshacer una biblioteca, sea por traslado, sea por hartazgo, es una de las tareas más interesantes que puede acometer un humano que haya superado la edad de los asuntos importantes".
Felix de Azúa
Saludos. Pedro

ayacam dijo...

Es verdad, Pedro, lo que dice Félix de Azúa apunta a un bello ideal de desprendimiento. Todavía no estoy preparado, pero espero sentir algún día esa necesidad de despojamiento. Saludos.