Tuve que bajarlo de uno de los estantes más altos de mi biblioteca. Es un libro de bolsillo y papel de mala calidad que conservo descuajeringado. Como no estaban los pliegos cosidos, sino sólo las hojas fresadas y mal encoladas, el trajín de la lectura provocó en su día que muchas se fueran despegando. Igual les sucedió a otros muchos volúmenes de bolsillo comprados en la época y que tengo por casa con cuidado de no extraviar algunas de esas hojas desprendidas.
En el ejemplar tengo anotado que lo compré en julio de 1973 en Galería Artiza, una librería abierta unos años en la parte vieja de Pamplona en los setenta. Fue uno de los primeros libros que adquirí, borracho de ilusión, con algo del dinero ganado como músico en fiestas de pueblos y bodas. Ese mismo día me hice también con Groucho y yo, los desopilantes recuerdos de Groucho Marx.
Cuando leí el otro día que había muerto Ana María Moix me apeteció volver por unas horas a 24 x 24, veinticuatro entrevistas a escritores y artistas que la Moix había ido publicando previamente en el periódico Tele/eXprés bajo el título de “24 horas de la vida de…”. Son charlas en las que casi siempre la autora les inquiere sobre sus hábitos diarios, primero, y también sobre sus ideas y planes de trabajo.
Ahora no compraría un libro así. Libros de circunstancias, libros que hoy me saben a poco, libros de vocación efímera —y eso que hablamos de entrevistas mucho más extensas que las que actualmente se publican, al menos en papel, y que la Moix no desdeña entrometerse más de una vez en ellas con recuerdos y juicios personales, e incluso convierte la entrevista con Ana María Matute en un juego con la imaginación de la autora—. Pero debo ubicarme “cuando entonces”. Juan Ramón Jiménez dijo aquello de que un libro no dice lo mismo en ediciones diferentes, un principio que trato de tener presente siempre en mi trabajo. Con mucho mayor motivo puedo recordar algo más obvio: no leemos el mismo libro en edades distintas. Han pasado cuarenta años, y no en balde, desde que devoré este ramillete de encuentros de la Moix en la Barcelona de finales de los sesenta y primerísimos setenta.
Yo era un adolescente ávido de saber y repleto de ignorancias, y este libro me ayudó a tener un primer contacto sobre todo con escritores que me interesaban. Escritores (Barral, Gil de Biedma, Marsé, Vargas Llosa, García Márquez, Gimferrer, Donoso, Angel González, García Hortelano, Terenci Moix, Max Aub…) de quienes en ese tiempo no sabía nada o casi nada. Pero estaba torpemente seguro, a partir de los muy escasos puntos de referencia que me había ido construyendo en lecturas caóticas, de que me iban a interesar, de que debía enterarme directamente, leyéndolos, de lo que estaban haciendo. Para dar ese paso el libro resultó un preámbulo estupendo y útil; eso sí, para un momento determinado y en un contexto muy preciso.
Releyendo ahora a los entrevistados, es curioso encontrarse con el anuncio de proyectos que culminarían en libros que sin duda van a quedar en el canon de la literatura en castellano. Marsé estaba trabajando en Si te dicen que caí, García Márquez andaba enredado en El otoño del patriarca, Vargas Llosa escribía su monumental estudio sobre la teoría de la novela y la obra de García Márquez, García Hortelano daba los últimos toques a El gran momento de Mary Tribune, Carlos Barral ya escribía Años de penitencia, el primer volumen, y el mejor, de sus extraordinarias memorias, José Donoso acababa de publicar nada menos que El obsceno pájaro de la noche y ya planeaba Casa de campo, que salió varios años después, Terenci Moix escribía sobre su mitología cinematográfica, la cual, me parece, daría sus mejores libros, y se decía a punto de publicar la también valiosa El sexo de los ángeles, que tardó veinte años en ver la luz, Gil de Biedma anunciaba los pocos poemas que le faltaba por dar a la luz en una obra escasa y perfecta, mientras que la mucho más vieja Rosa Chacel diseñaba todavía muchos nuevos libros, Ana María Matute contagiaba a la Moix su entusiasmo por Olvidado rey Gudú, que no terminaría hasta veinticinco años más tarde, y Max Aub enseñaba la rabia, melancolía e incomprensión con la España reencontrada tras treinta años de exilio, y que luego atravesaría ese diario amargo que es La gallina ciega… Solo Dalí es tratado con desdén y simplismo en el libro, a partir de un encuentro en el que despliega su egolatría maleducada y teatrera. Y, ay, Vargas Llosa y García Márquez proclamaban su indestructible amistad, la misma que al año siguiente terminaría para siempre a trompadas y que convertiría el ensayo del primero sobre el segundo, García Márquez. Historia de un deicidio, en un título mítico e inencontrable a lo largo de casi cuarenta años.
Pero es la muerte el factor que me asaltaba al paso constantemente en esta nueva visita a 24 x 24. He contado, y creo que sólo seis de los veinticuatro protagonistas del libro viven todavía, una triste cuarta parte. Los demás han muerto, y el recuerdo muy exacto, sobre tantos de ellos, de lo que publicaron al correr de los años, o de cómo los fui leyendo, incluso de aspectos de su vida que entonces no podía ni sospechar y que hemos conocido tras su muerte gracias a testimonios muy sobresalientes, tiñe esta apresurada relectura de nostalgia y pesar. Este libro no es en 2014 el que fue hace tantos años, y, claro, yo tampoco.
Un ángulo me basta entre mis lares, un libro y un amigo, un sueño breve, que no perturben deudas ni pesares.
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12 marzo 2014
22 diciembre 2010
Es de libro. Un diario (V)
6 de septiembre
Feria del libro antiguo y de ocasión en San Sebastián. Visito esta feria hace años por estas fechas, y siempre encuentro, a muy buen precio, cosas que no me he decidido a comprar antes, por ejemplo de editoriales tan solventes como Tusquets y Anagrama. Hay además un librero que suele ofrecer, a precios muy bajos, gran parte de lo que ha publicado el Círculo de Lectores en los últimos tiempos. Hoy, entre otras cosas, compro por nueve euros el primer volumen de la edición del Círculo de las obras completas de Vargas Llosa, con los relatos de Los jefes, las novelas La ciudad y los perros y La casa verde, el extraordinario Los cachorros, y una conferencia sabrosísima, Historia secreta de una novela. En el catálogo del Círculo yo sabía que se vende a 45 euros. Por supuesto, ya tengo en varias ediciones todos esos libros, pero por nueve euros no me podía resistir.
Veo también que por cinco euros puedo llevarme la última novela de Tomas Pynchon, Contraluz. Lástima, la compré precisamente el mes pasado en el Círculo por treinta. Y eso que es un libro que intimida. Más de mil páginas que exigen, seguro, una ardua y morosa lectura. Necesitaré mucha calma y tiempo para poder hincarle el diente a Pynchon. Algo imposible de encontrar con la vida que llevo, o que llevamos. ¿Cuándo podré leerlo?
En el prólogo del volumen que he comprado de Vargas Llosa (¡ay, qué maravillosa claridad y elegancia en su exposición!) me sorprende encontrar una reticencia del autor, varias veces expresada, hacia su segunda novela, La casa verde. Vargas Llosa, que se recuerda muy distinto en los ya lejanos años sesenta, cree que complicó demasiado esta novela, atraído por el experimentalismo formal. Ese riesgo, desde luego, lo salvó muy bien conforme fue haciéndose mayor, y desapareció del todo hace muchos años. El problema para mí es que hace muchos años que sus libros no tienen interés, y cada vez se leen peor. ¿Desde cuándo no he disfrutado de verdad con una novela de Vargas Llosa? Me parece que desde Historia de Mayta, hace 25 años. Ah, sí, me interesaron mucho sus memorias, El pez en el agua. Pero novelas… Por ejemplo, no entiendo la veneración casi general por La fiesta del chivo. No quiero ir de raro, pero es que me aburrí tanto, me pareció tan previsible… Ni una sola página me invitaba a avanzar.
PD. Hoy, cuando estoy a punto de entregar estas notas (comienzos de octubre), han concedido a Vargas Llosa el premio Nobel. Me parece justo. Acabo de leer a Javier Cercas, y dice algo que comparto sin reservas: cuando uno ha escrito tres novelas como La ciudad y los perros, La casa verde y Conversación en la Catedral, ya se ha ganado ese premio. Da igual lo que escriba después, su aportación ya le hace merecedor del Nobel y de los premios que haga falta. Y, por supuesto, para concederle un premio que se supone que es literario, debería dar igual lo que opina sobre el comunismo o el liberalismo, o si cambia de opiniones políticas a lo largo de su vida. Todo eso son, en estos momentos, banalidades.
Justo hoy, también, leo en el blog de Alberto Olmos, Hikikomori, algo que relaciono inmediatamente con Vargas Llosa. A Olmos lo acaban de incluir, los de la revista Granta, en la lista de los veinticinco escritores en castellano menores de 35 años más prometedores. Y reflexionando sobre su edad, la ambición inmensa que puso en sus primeros esfuerzos literarios, y lo que supone la ambición en la literatura, dice: “Dudo mucho de que los autores mejoren con los años; estoy seguro de que empeoran. Los que ya hemos publicado cinco novelas o más nos damos cuenta de que no teníamos tantas cosas que decir, y de que cada día hay menos ilusión por decirlas. De principiante, uno no piensa más que en partir la historia de la literatura en dos; no tiene que atender a minucias como qué editorial publica o quién escribe o qué críticos critican. Se escribe a lo grande, de pequeño. Pero después va dando la impresión de que no merece la pena, al menos no merece la pena el derrame cerebral, el despellejamiento del alma, el darlo todo a un papel en blanco. Vivir es bello a veces, como dice Francisco Brines. Escribir bien no es bello nunca; es dolor. Y uno a veces quiere dejar de hacerse daño”. Vargas Llosa creo que hace años que quiso dejar de hacerse daño, aunque, por lo que dicen, sí mantuvo un régimen de trabajo espartano.
Feria del libro antiguo y de ocasión en San Sebastián. Visito esta feria hace años por estas fechas, y siempre encuentro, a muy buen precio, cosas que no me he decidido a comprar antes, por ejemplo de editoriales tan solventes como Tusquets y Anagrama. Hay además un librero que suele ofrecer, a precios muy bajos, gran parte de lo que ha publicado el Círculo de Lectores en los últimos tiempos. Hoy, entre otras cosas, compro por nueve euros el primer volumen de la edición del Círculo de las obras completas de Vargas Llosa, con los relatos de Los jefes, las novelas La ciudad y los perros y La casa verde, el extraordinario Los cachorros, y una conferencia sabrosísima, Historia secreta de una novela. En el catálogo del Círculo yo sabía que se vende a 45 euros. Por supuesto, ya tengo en varias ediciones todos esos libros, pero por nueve euros no me podía resistir.
Veo también que por cinco euros puedo llevarme la última novela de Tomas Pynchon, Contraluz. Lástima, la compré precisamente el mes pasado en el Círculo por treinta. Y eso que es un libro que intimida. Más de mil páginas que exigen, seguro, una ardua y morosa lectura. Necesitaré mucha calma y tiempo para poder hincarle el diente a Pynchon. Algo imposible de encontrar con la vida que llevo, o que llevamos. ¿Cuándo podré leerlo?
En el prólogo del volumen que he comprado de Vargas Llosa (¡ay, qué maravillosa claridad y elegancia en su exposición!) me sorprende encontrar una reticencia del autor, varias veces expresada, hacia su segunda novela, La casa verde. Vargas Llosa, que se recuerda muy distinto en los ya lejanos años sesenta, cree que complicó demasiado esta novela, atraído por el experimentalismo formal. Ese riesgo, desde luego, lo salvó muy bien conforme fue haciéndose mayor, y desapareció del todo hace muchos años. El problema para mí es que hace muchos años que sus libros no tienen interés, y cada vez se leen peor. ¿Desde cuándo no he disfrutado de verdad con una novela de Vargas Llosa? Me parece que desde Historia de Mayta, hace 25 años. Ah, sí, me interesaron mucho sus memorias, El pez en el agua. Pero novelas… Por ejemplo, no entiendo la veneración casi general por La fiesta del chivo. No quiero ir de raro, pero es que me aburrí tanto, me pareció tan previsible… Ni una sola página me invitaba a avanzar.
PD. Hoy, cuando estoy a punto de entregar estas notas (comienzos de octubre), han concedido a Vargas Llosa el premio Nobel. Me parece justo. Acabo de leer a Javier Cercas, y dice algo que comparto sin reservas: cuando uno ha escrito tres novelas como La ciudad y los perros, La casa verde y Conversación en la Catedral, ya se ha ganado ese premio. Da igual lo que escriba después, su aportación ya le hace merecedor del Nobel y de los premios que haga falta. Y, por supuesto, para concederle un premio que se supone que es literario, debería dar igual lo que opina sobre el comunismo o el liberalismo, o si cambia de opiniones políticas a lo largo de su vida. Todo eso son, en estos momentos, banalidades.
Justo hoy, también, leo en el blog de Alberto Olmos, Hikikomori, algo que relaciono inmediatamente con Vargas Llosa. A Olmos lo acaban de incluir, los de la revista Granta, en la lista de los veinticinco escritores en castellano menores de 35 años más prometedores. Y reflexionando sobre su edad, la ambición inmensa que puso en sus primeros esfuerzos literarios, y lo que supone la ambición en la literatura, dice: “Dudo mucho de que los autores mejoren con los años; estoy seguro de que empeoran. Los que ya hemos publicado cinco novelas o más nos damos cuenta de que no teníamos tantas cosas que decir, y de que cada día hay menos ilusión por decirlas. De principiante, uno no piensa más que en partir la historia de la literatura en dos; no tiene que atender a minucias como qué editorial publica o quién escribe o qué críticos critican. Se escribe a lo grande, de pequeño. Pero después va dando la impresión de que no merece la pena, al menos no merece la pena el derrame cerebral, el despellejamiento del alma, el darlo todo a un papel en blanco. Vivir es bello a veces, como dice Francisco Brines. Escribir bien no es bello nunca; es dolor. Y uno a veces quiere dejar de hacerse daño”. Vargas Llosa creo que hace años que quiso dejar de hacerse daño, aunque, por lo que dicen, sí mantuvo un régimen de trabajo espartano.
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