20 enero 2011

El rector de Justin, de Louis Auchincloss

Hace años que disfruto con los libros de Louis Auchincloss. Este abogado y escritor americano, que murió en enero de 2010, con 93 años, publicó durante más de seis décadas un nutrido conjunto de obras. Poco más de diez se han traducido al castellano, entre novelas y colecciones de relatos, a veces en versiones muy mediocres. Pese a tales limitaciones, podemos leer algunos libros de Auchincloss que merecen, y mucho, la pena. Por ejemplo, El rector de Justin, que en una nueva traducción ha sacado recientemente Libros del Asteroide —editorial, por cierto, que dio a la luz hace tres años otra magnífica novela del autor, La educación de Oscar Fairfax, sobre la que escribió con gran tino Roberto Valencia—.

Los personajes de Auchincloss son casi siempre profesionales acomodados, abogados de prósperos bufetes o ejecutivos de empresa. Muchos de ellos (como el propio Auchincloss, en realidad) tienen una sólida formación literaria y veleidades artísticas, que concilian con la intensa dedicación a las actividades jurídico-mercantiles, mucho más lucrativas. Al fondo del escenario, casi siempre en lugares secundarios, abundan las esposas que padecen los movimientos de sus maridos, o bien mujeres que han adquirido fortuna gracias a un esposo rico, del que lograron un buen divorcio, o que oportunamente falleció y les legó su fortuna. Esta gente puede mantener, al menos en apariencia, estrictos principios morales, vinculados a un protestantismo episcopaliano, o bien ser arribistas carentes de cualquier escrúpulo que luchan como fieras en la selva de los negocios o los pleitos.

En ese medio los personajes de Auchincloss toman decisiones, optan en dilemas morales, buscan con más o menos determinación su lugar en el mundo, con frecuencia enfrentados con padres poderosos a los que suceden en los negocios o defraudan por su carácter medroso o hedonista. La hipocresía, el apego, temor o rechazo a los convencionalismos de una sociedad acomodada y puritana, la culpa, la duda, el pragmatismo, la ironía y el cinismo son algunos de los elementos que condimentan su modo de actuar.

El rector de Justin, una de sus novelas más conocidas, se desplaza ligeramente hacia otro terreno, ya que el protagonista no es abogado, sino un clérigo episcopaliano, Francis Prescott, fundador y rector durante cincuenta años de un colegio elitista de educación secundaria, en Nueva Inglaterra, encargado de la formación preuniversitaria de futuros líderes de la industria o los despachos. Ese rector, partidario de una rigurosa formación clásica y humanística y del valor educativo de la disciplina y del deporte, es un hombre enérgico, formalista, severo, mordaz, seguro de sí mismo hasta la arrogancia, pero al mismo tiempo pragmático, astuto, mundano. Un hombre que ha querido, desde el inicio, imprimir su sello a todas las facetas del desenvolvimiento del colegio.

Auchincloss ha optado, para retratar a este hombre poderoso, por un narrador marginal pero cercano a él, un narrador sólo relativamente fiable porque su perspicacia psicológica es escasa, un joven profesor aspirante a clérigo, algo lerdo, inseguro, débil, asustado, que tal vez por eso mismo se convierte en admirador rendido y fiel depositario de las confidencias del rector, y también de las palabras y papeles de otras personas que en distintos momentos recordaron alguna época o episodio relevante en la vida de Prescott. Con el diario de ese testigo imperfecto y los documentos complementarios teje Auchincloss un retrato de Prescott que progresivamente va ganando en complejidad a los ojos del lector, ya que aparecen sus convicciones más rígidas y sus grandezas como líder omnímodo del colegio, pero también sus contradicciones, sus errores obstinados y algunas miserias asociadas a su condición de visionario inflexible. Al mismo tiempo se va ampliando el campo de juego y entran en escena personajes que convivieron o conviven con Prescott en alguna etapa de su vida: alumnos y exalumnos, amigos y enemigos, mujeres e hijas, gestores y mecenas del colegio —a los que Prescott desdeña pero necesita, porque sus donaciones económicas son vitales—.

En el cuadro de Auchincloss, como en todos sus libros, predominan los grises. Ni Prescott ni nadie es de una pieza, y precisamente la descripción de su discurrir vital, de sus encuentros y desencuentros, y las reflexiones sobre todo ello componen la materia de la novela. Las obras de todos los personajes están llenas de claroscuros. Cuando el libro arranca, Prescott tiene ochenta años y se resiste a abandonar el férreo control del colegio. Pero termina resignándose ante la evidencia de que sus alumnos, y los prósperos exalumnos, no son de la pasta que él hubiera querido, no poseen el carácter idealista, disciplinado y puro que él quiso imprimirles, y ya no secundan sumisamente sus designios. Son mucho más prácticos, acomodaticios y banales, mucho más entregados a la riqueza y a la ética capitalista más despiadada de lo que él soñó al crear el colegio. Los nuevos tiempos (la novela termina en 1945) van a acentuar esos rasgos, los viejos modelos van a ir derrumbándose, y Prescott comprende, no sin rabia y dolor, que su obra ya ha dejado de pertenecerle, que su peso moral va a ir evaporándose. Diario de un yuppie, novela de Auchincloss de 1980 que publicó Anagrama, describirá un estadio más avanzado en ese proceso de pérdida de los viejos modales caballerescos y puritanos.

Aunchincloss, un señor rico e influyente en Nueva York, fue siempre un escritor alejado de cualquier experimentalismo, y también de la complejidad estructural y estilística de escritores tan admirados por él como Proust o Henry James. De hecho, en este libro hay un fragmento en el cual satiriza, como propia de un trastornado, la escritura moderna que abandona los modos serenos y clásicos. Es un autor que apuesta todo el atractivo de sus libros a la composición de personajes psicológicamente bien delineados, que actúan y entran en disputas profesionales, sentimentales o de conciencia, y que saben analizar sus conductas. Personajes, muchas veces, que, como en esta novela, llevan un diario donde registran el acontecer cotidiano, vuelcan sus pensamientos más íntimos y se justifican con más o menos convicción. El lector asiste a esta indagación psicológica y moral un punto fascinado, siempre enganchado, disfrutando y pensando. Al menos, así he vivido yo todos los libros de Louis Auchincloss.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

El artículo es tan interesante, que me quedo con la sensación de que aunque mi tiempo no me dé como para leer sus novelas, tengo una idea precisa de la vida y los afanes de Auchinclos y de que hay por el mundo muchísima gente que merece la pena.
Gracias
(Peri)

Antonio Carrasco dijo...

Me lei "Diario de un yuppi" cuando salio en Anagrama hace 20 años. Por entonces se estaba poniendo de moda ese termino. Era muy joven y quiza no supe apreciarla del todo. La reeleré aa no mucho tardar.