Esta novela de Penelope Fitzgerald, La librería, tiene muy poco de luminosa o jovial. La librería ambulante, que ayer comentaba, despedía confianza e ingenuidad. En cambio, el relato de las andanzas de una mujer mayor que abre una librería en una pequeña localidad costera en el este de Inglaterra, frente al Mar del Norte, rezuma desolación.
Vamos leyendo, y cuanto más crece ante nosotros la figura de la librera, Florence Green, una mujer pequeña, “delgada y huesuda, un poco insignificante vista desde delante y completamente insignificante por detrás”, pero llena de delicadeza y determinación, más desagrado suscitan la mayoría de los chismosos habitantes del pueblo, fisgones todos de todos, mezquinos ante el débil y sumisos frente al fuerte.
El empeño de la señora Green de abrir una librería en un pueblo azotado casi todo el año por los vientos húmedos y gélidos del Mar del Norte permite que se desaten los peores defectos de los lugareños. Gente solitaria la mayoría, excéntrica, de pocas palabras, pero no por ello revestida de coraje e independencia de juicio. Personas, en suma, que se apresuran a hacer coro al estúpido capricho de una mujer rica y aburrida que se vale de sus contactos.
En ese desvelamiento de las crudas relaciones de poder desempeñan un papel esencial los diálogos. Penelope Fitzgerald ha construido en ese dominio una novela admirablemente inglesa, si se me permite la obviedad. Nadie habla con claridad, nadie dice lo que quiere decir de frente y por derecho. Todo es elusivo, reticente, ambiguo. Las frases más banales están cargadas de doble o triple sentido agresivo o maledicente. Sólo Florence y el recluido señor Brundish, demasiado viejo para ser útil en la disputa, cargan sus silencios, o sus medidas y escasas palabras, de discreción y respeto.
Abundan las novelas sobre libros y librerías que despiden una fragancia esperanzada y optimista. No sólo La librería ambulante. Recuerdo también 84 Charing Cross Road. En esos relatos, con los que he disfrutado, pero de tono inequívocamente buenista, los libros hacen más libres y mejores a las personas. La cultura gana batallas solidarias, alimenta nobles sueños de hermandad que el éxito corona, aunque sea en un plano modesto.
Pero Penelope Fitzgerald no se hace ilusiones. La amarga lección que recibe la señora Green no alimenta la menor simpatía por un mundo rural que deja el ánimo aterido, como si la humedad que viene del Mar del Norte nos hubiera calado los huesos. Florence comprende pronto que “se había engañado a sí misma al dejarse convencer, por un momento, de que los seres humanos no se dividen en exterminadores y exterminados y que los exterminadores tienden a colocarse en la situación dominante en cuanto pueden.” Cruda lección que se constituye en el centro y cifra de esta hermosa novela.
Un ángulo me basta entre mis lares, un libro y un amigo, un sueño breve, que no perturben deudas ni pesares.
29 junio 2012
28 junio 2012
La librería ambulante
La librería ambulante, de Christopher Morley, no es un libro sobre librerías o sobre la pasión de leer. Es verdad que aparece un carromato habilitado como puesto de venta y vivienda que ofrece su mercancía variada (lo mismo Shakespeare que manuales de jardinería o de crianza de perros) por pueblos y caminos. Y que también comparece un pequeño gran hombre, el vendedor, con una habilidad descomunal para convencer a los campesinos que encuentra de que la lectura es una experiencia formidable, placentera y formativa. Pero este hombrecillo es, por encima de todo, un genio del marketing, un viajante con las mejores artes del charlatán.
A La librería ambulante la atraviesa otra ilusión: la libertad, el gozo de andar de acá para allá, sobre todo en verano, sin ruta ni orden prefijado, hablando con la gente confiada y hospitalaria, alojándose en sus casas, decidiendo el rumbo al albur de las circunstancias. También, sufriendo algunas penurias: malhechores de poca monta, tormentas que dejan el cuerpo empapado y aterido, malentendidos con la policía.
Helen McGill, la protagonista, harta de ser la criada de su desatento hermano, se arroja a una aventura quijotesca. Pero ese giro vital no surge de la nada. Está claro que en su interior borboteaban ya las ansias de cambio, de una dosis de épica en su doméstica y previsible existencia. La librería ambulante, ese Parnaso tan bien acondicionado para descansar y exponer los libros, es sólo el vehículo para una vida nueva, volcánica y dichosa. En todos nosotros laten deseos más o menos acallados de encontrar algo que nos falta, de colmar nuestro espíritu con una felicidad que se nos ha venido escapando. Helen, por fortuna, se topa en el deambular con lo más valioso, el amor y la libertad.
El mundo de La librería ambulante es optimista, ingenuo, confiado. Puede haber en él tedio, sumisión, ignorancia, pobreza. Pero no asoma lo tenebroso, terrible o maligno. La naturaleza es nuestra aliada, los hombres y las mujeres pueden entenderse y ser felices mientras disfrutan de una tarta de arándanos o de unas patatas. Y aunque en ese mundo no se lea nada, existe un respeto a los libros genuino y emocionante. Pasas un par de horas con este canto a la libertad y la aventura y dan ganas de tirarte a la carretera con un par de volúmenes como única provisión.
A La librería ambulante la atraviesa otra ilusión: la libertad, el gozo de andar de acá para allá, sobre todo en verano, sin ruta ni orden prefijado, hablando con la gente confiada y hospitalaria, alojándose en sus casas, decidiendo el rumbo al albur de las circunstancias. También, sufriendo algunas penurias: malhechores de poca monta, tormentas que dejan el cuerpo empapado y aterido, malentendidos con la policía.
Helen McGill, la protagonista, harta de ser la criada de su desatento hermano, se arroja a una aventura quijotesca. Pero ese giro vital no surge de la nada. Está claro que en su interior borboteaban ya las ansias de cambio, de una dosis de épica en su doméstica y previsible existencia. La librería ambulante, ese Parnaso tan bien acondicionado para descansar y exponer los libros, es sólo el vehículo para una vida nueva, volcánica y dichosa. En todos nosotros laten deseos más o menos acallados de encontrar algo que nos falta, de colmar nuestro espíritu con una felicidad que se nos ha venido escapando. Helen, por fortuna, se topa en el deambular con lo más valioso, el amor y la libertad.
El mundo de La librería ambulante es optimista, ingenuo, confiado. Puede haber en él tedio, sumisión, ignorancia, pobreza. Pero no asoma lo tenebroso, terrible o maligno. La naturaleza es nuestra aliada, los hombres y las mujeres pueden entenderse y ser felices mientras disfrutan de una tarta de arándanos o de unas patatas. Y aunque en ese mundo no se lea nada, existe un respeto a los libros genuino y emocionante. Pasas un par de horas con este canto a la libertad y la aventura y dan ganas de tirarte a la carretera con un par de volúmenes como única provisión.
26 junio 2012
Guillermo Herrero
El viernes estuve en el Instituto Plaza de la Cruz en un acto de despedida a dos profesores que se han jubilado este curso. Uno de ellos, Guillermo Herrero. Maestro en su primera juventud, después licenciado y desde 1977 profesor y luego catedrático de lo que ahora llamamos Educación Secundaria, tuvo el otro día una magnífica intervención, que dentro de su brevedad logró el punto justo de recapitulación personal y de mirada reflexiva y optimista sobre lo que ha sido una trayectoria de cuarenta y cinco años en la enseñanza. Guillermo, de verbo fácil, gracioso, chispeante, amable siempre, sabía que nos tenía ganados antes de empezar. Porque me atrevo a afirmar que se palpaba en la sala la admiración de casi todos los que le escuchábamos por lo mucho bueno que ha hecho, en diversos puestos, en tantos años dedicados a la enseñanza y a la política educativa. Una admiración que trasciende en gran medida las diferencias ideológicas, lo cual nunca es sencillo en esta tierra.
A Guillermo le ha dado tiempo además en ese largo camino a escribir algunos libros. Tengo un aprecio particular por el último, El Instituto, una historia del instituto de enseñanza media que se creó en Pamplona en 1845, dentro de la política educativa de los liberales de entonces de implantación de estos centros en todas las provincias españolas. Ese instituto que, como he dicho, desde 1977 ha sido el suyo. El libro pone el foco en un tema en principio bien ceñido, pero ofrece al lector atento más, mucho más.
Y es que El Instituto recorre sistemáticamente la trayectoria de ese centro público desde su creación en 1845 hasta 1960, y es exhaustivo, por ejemplo, en datos sobre planes de estudio y plantillas en esos 115 años, y también en la narración de diversos sucesos, algunos curiosos o chuscos, que acontecieron en sus aulas. Pero al mismo tiempo es un libro que enseña mucho sobre la Navarra de ese tiempo, sobre las mentalidades, los valores, los usos sociales y los cambios, a veces traumáticos, acontecidos en tantos años. Y digo traumáticos, sin ir más lejos, pensando en lo que supuso la guerra civil en el ámbito educativo, y en el Instituto en particular, con la depuración de algunos profesores republicanos y la reorientación del centro, en varios sentidos, en la postguerra.
Casualmente, estos días estaba leyendo ensayos de Isaiah Berlin, el formidable pensador liberal. Hay uno, El juicio político, que trata de desentrañar cuáles son las cualidades que adornan a los grandes políticos. Para Berlin, esas cualidades no conforman una ciencia, y desde luego no las proporciona sin más el estudio de la ciencia política, o de la sociología, o de disciplinas conexas. Y mucho menos se puede hablar de una ciencia social exacta. Nada de eso. El genio político tiene que ver mucho más con la sensibilidad, con la capacidad de entender y sintetizar la complejidad de ciertas situaciones en las que están mezclados muchos factores, con la claridad y decisión a la hora de elegir entre opciones contrapuestas. Hay en el político una sabiduría práctica sobre los seres humanos, un conocimiento que posee aquél que entiende una situación enrevesada, el que ve con lucidez lo que pasa y decide romper el nudo de factores e intereses diversos y actúar con decisión y prudencia. Todo ello no quiere decir que el genio político rechace el estudio de las ciencias sociales o de la filosofía o de otras disciplinas. En absoluto. Pero el juicio político, el buen juicio político, es otra cosa.
Guillermo Herrero ha ocupado diversos cargos de gestión desde 1984. Y en todos ellos lo ha hecho bien, cosa que reconocen incluso muchos adversarios de otros partidos. Pero, al mismo tiempo, creo que Navarra se ha perdido un político de raza. Guillermo hubiera debido tener otras responsabilidades más altas, si las cosas en la sociedad navarra, y sobre todo en su propio partido, lo hubiesen permitido. Su prudencia, su capacidad de conciliación, su entendimiento de la complejidad de intereses en juego, su diligencia reflexiva, su escasa capacidad para el sectarismo, creo que merecían mayores responsabilidades en la política. En una política, claro, noble y de altura. Que también existe, vaya que sí. Buena y larga jubilación, Guillermo.
A Guillermo le ha dado tiempo además en ese largo camino a escribir algunos libros. Tengo un aprecio particular por el último, El Instituto, una historia del instituto de enseñanza media que se creó en Pamplona en 1845, dentro de la política educativa de los liberales de entonces de implantación de estos centros en todas las provincias españolas. Ese instituto que, como he dicho, desde 1977 ha sido el suyo. El libro pone el foco en un tema en principio bien ceñido, pero ofrece al lector atento más, mucho más.
Y es que El Instituto recorre sistemáticamente la trayectoria de ese centro público desde su creación en 1845 hasta 1960, y es exhaustivo, por ejemplo, en datos sobre planes de estudio y plantillas en esos 115 años, y también en la narración de diversos sucesos, algunos curiosos o chuscos, que acontecieron en sus aulas. Pero al mismo tiempo es un libro que enseña mucho sobre la Navarra de ese tiempo, sobre las mentalidades, los valores, los usos sociales y los cambios, a veces traumáticos, acontecidos en tantos años. Y digo traumáticos, sin ir más lejos, pensando en lo que supuso la guerra civil en el ámbito educativo, y en el Instituto en particular, con la depuración de algunos profesores republicanos y la reorientación del centro, en varios sentidos, en la postguerra.
Casualmente, estos días estaba leyendo ensayos de Isaiah Berlin, el formidable pensador liberal. Hay uno, El juicio político, que trata de desentrañar cuáles son las cualidades que adornan a los grandes políticos. Para Berlin, esas cualidades no conforman una ciencia, y desde luego no las proporciona sin más el estudio de la ciencia política, o de la sociología, o de disciplinas conexas. Y mucho menos se puede hablar de una ciencia social exacta. Nada de eso. El genio político tiene que ver mucho más con la sensibilidad, con la capacidad de entender y sintetizar la complejidad de ciertas situaciones en las que están mezclados muchos factores, con la claridad y decisión a la hora de elegir entre opciones contrapuestas. Hay en el político una sabiduría práctica sobre los seres humanos, un conocimiento que posee aquél que entiende una situación enrevesada, el que ve con lucidez lo que pasa y decide romper el nudo de factores e intereses diversos y actúar con decisión y prudencia. Todo ello no quiere decir que el genio político rechace el estudio de las ciencias sociales o de la filosofía o de otras disciplinas. En absoluto. Pero el juicio político, el buen juicio político, es otra cosa.
Guillermo Herrero ha ocupado diversos cargos de gestión desde 1984. Y en todos ellos lo ha hecho bien, cosa que reconocen incluso muchos adversarios de otros partidos. Pero, al mismo tiempo, creo que Navarra se ha perdido un político de raza. Guillermo hubiera debido tener otras responsabilidades más altas, si las cosas en la sociedad navarra, y sobre todo en su propio partido, lo hubiesen permitido. Su prudencia, su capacidad de conciliación, su entendimiento de la complejidad de intereses en juego, su diligencia reflexiva, su escasa capacidad para el sectarismo, creo que merecían mayores responsabilidades en la política. En una política, claro, noble y de altura. Que también existe, vaya que sí. Buena y larga jubilación, Guillermo.
19 junio 2012
Juego de espejos
Ayer, lunes 18, último programa de la temporada de Juego de espejos, el programa de Luis Suñén en Radio Clásica donde cada semana charla con un invitado que, como reza la entradilla, no vive de la música pero vive con la música. Este curso el programa, que ha sufrido algún cambio de horario un tanto absurdo en los últimos años, se ha emitido los lunes de once a doce de la noche, un momento que le va como un guante al tono de conversación amable, de final del día, que le imprime Luis Suñén, poeta y editor muchos años que ha encontrado en la música, me parece, una estupenda manera de conciliar pasión y profesión. Todavía recuerdo el modo en que Trapiello recreó con no poca aspereza, en uno de los primeros volúmenes de sus diarios, una conversación muy decepcionante para él con Suñén sobre negocios editoriales que éste rechazaba. Pero Suñén ganó muchos enteros al aparecer en el encuentro la música. Trapiello detectó en el editor, en su manera de hablar de sus músicos preferidos, algo muy profundo y hermoso, un amor por la música que no tenía nada de banal o exhibicionista.
El éxito del programa no depende sólo de Luis Suñén, claro. Ha habido invitados muy poco dotados para la conversación, con los que uno no se tomaría ni un café, por competentes que sean en otros ámbitos, y la selección musical de cada uno de ellos no siempre me ha interesado. Pero su conductor ha peleado por levantar todos los programas con su vivacidad amable y respetuosa, y ni un solo lunes ha faltado un tema, casi siempre clásico, pero también de jazz o pop, que no haya dejado mi ánimo mucho más confortado o incluso eufórico. ¡Viva el escapismo!, he pensado más de una vez este curso cuando abandonaba los horribles informativos para refugiarme en Juego de espejos, o en programas como En la nube, de Radio 3, donde he aprendido cosas que los tertulianos y su charleta sobre la crisis nunca enseñan.
En Juego de espejos no sólo se escucha exquisita música clásica. Recuerdo, en distintas temporadas, a invitados que trajeron al programa melodías evocadoras de instantes decisivos de su biografía, o los temas que oían en su casa familiar. José Luis Borau contó hace cuatro años el torrente de lágrimas que le desató un fragmento de la zarzuela La Gran Vía que escuchó en una librería de Nueva York y que consiguió transportarle al instante a su Zaragoza natal, al hogar en que su madre oía y canturreaba las grandes canciones de Chueca, Chapí o Moreno Torroba. Pero tirando de memoria sólo respecto a este último curso, y por citar lo mínimo, recuerdo programas como el monográfico de Rafael Pérez Sierra con sus fragmentos preferidos de Mozart, o los divertidos comentarios de Rafael Reig que acompañaron una selección musical perfecta, o la prolijidad didáctica en la charla del gran editor Gonzalo Pontón, o el programa con el autor de teatro Sanchís Sinisterra, nada simpático pero muy buen introductor de sus temas, o la poca gracia expresiva con que Fernando Valls, el crítico literario, presentó su ramillete, excelente, o la selección, tan amable, como de chill out, de Vanesa de Toledo… Mi programa preferido en el recuerdo es, no obstante, el que acogió a Kepa Murua, tantos años editor de Bassarai (editorial vasca en castellano que por desgracia tuvo que cerrar el pasado año), al que conozco y respeto muchísimo, y que habló de sus músicas con seriedad, sinceridad y emoción, y que en algún caso recordó las ocasiones vitales decisivas marcadas por una sinfonía, un cuarteto o una sonata pianística.
Todos los programas pueden descargarse de la página del programa. Cualquiera puede bajar y guardarse el que prefiera, y disfrutarlo después con una excelente calidad de sonido. Eso está muy bien. Yo, sin embargo, prefiero mil veces escuchar el programa cuando lo emiten, al tiempo que trajino por la casa con la cena o alguna lectura distraída. Los lunes de este curso he aguardado siempre ilusionado las conversaciones y la música de Juego de espejos. Ojalá aguante el programa, ojalá continúe Luis Suñén, ojalá siga la buena música aliviando el peso de nuestra vida.
15 junio 2012
¿Rememorar la batalla de Lácar?
El sábado día 9 se representó de nuevo en Lácar, una pequeña localidad de Tierra Estella, la batalla que en febrero de 1875 tuvo lugar en ella. Aquel día de hace 137 años los carlistas, los Requetés Voluntarios de Don Carlos VII, infligieron una severa derrota al ejército del rey Alfonso XII.
José Peña Ibáñez, un carlista donostiarra que tuvo importantes cargos en el periodismo y en la política de los años más puros del franquismo, en San Sebastián y en Madrid, escribió en 1940 un libro titulado Las guerras carlistas: antecedente del Alzamiento Nacional de 1936. En él narra la batalla de Lácar en estos términos: “los 12 batallones de D. Carlos (…) corrían hacia Lácar con alocado empeño, leones y no hombres semejaban, lanzándose sobre el campo liberal con denuedo desconocido. Soldados y pertrechos quedaron por las heredades y por los caminos. Cundió el pánico en los batallones de D. Alfonso y el desconcierto trocóse en ligera fuga, que por momentos acrecentaba el temor colectivo; era brioso el acuchillar de los carlistas, cuyas masas de bermejas boinas eran, al avanzar con huracanado ímpetu, como sanguinosa inundación, siendo Lácar tomado a la bayoneta. Huían los liberales en derrota, arrollados por aquellos combatientes que eran hijos de quienes contestaban: ¡A LA MUERTE!, cuando les preguntaban, al atacar Bilbao en la guerra de Cabrera y Zumalacárregui: ¿Adónde vais, bárbaros navarros? Media hora bastó. Sembrada de muertos aparecía la campiña, lúgubre y desolada en las postreras horas. Millares de bajas y de fusiles, tres piezas de artillería y enorme botín quedó en manos de las tropas de D. Carlos”.
Esta gesta de los bárbaros navarros, como orgullosamente escribe Peña Ibáñez, en la que murieron más de mil soldados liberales y los heridos fueron muchos más, es la que cada dos años gustan de revivir en Lácar unos voluntariosos actores aficionados, para solaz de todos los que quieran pasar la tarde. Pero está claro que en Lácar se cometió una matanza. ¿Como en otras batallas de esa guerra, de cualquier guerra? ¿Cómo las que también perpetraron los liberales o realistas? Seguro, pero no lo olvidemos: una matanza, una carnicería.
La gesta de Lácar quedó en la memoria carlista como un hito glorioso, hasta el punto de que en la rebelió de 1936 adoptó el nombre de Tercio de Lácar el batallón de voluntarios que desde Navarra, al poco de iniciarse la contienda, partió a conquistar el País Vasco. Como puede leerse todavía en la página de los requetés, bajo el expresivo título de “La historia se repite”, “Los voluntarios del Tercio de Lacar en los primeros días (lucharon) contra el Marxismo en la Columna del Coronel Beorlegui. (…) Sin duda, la mejor Unidad de Infantería tipo Batallón del Ejercito Nacional. ¡Lo mejor de lo mejor!”.
Los carlistas, tan orgullosos de Lácar, y tan satisfechos, al menos los más tradicionalistas, de su papel en la guerra del 36, establecen por tanto una firme continuidad histórica entre las dos guerras, y reivindican todos sus triunfos por igual. Es más, uno de los dos autores de un libro aparecido el año pasado sobre la actuación de los carlistas en el 36 (de título, vaya, Requetés), Pablo Larraz Andía, fue uno de los actores en la representación del sábado. Y si 1875 queda lejos, y puede ser motivo ya de petrificación teatral, 1936 sigue siendo una fecha muy conflictiva, que sangra en la memoria de mucha gente que todavía en 2012 no quiere olvidar, que no recuerda asépticamente, que se levantaría con dolor y rabia si se organizara hoy algo similar a lo de Lácar, pero sobre alguna matanza de 1936, aunque hayan pasado casi ochenta años. ¿Se admitiría alegremente hoy una reivindicación alegre y festiva de una matanza de republicanos de cualquier tendencia? ¿Acudiría la gente apaciblemente a matar la tarde en un juego teatral de ese tipo, o incluso inverso, es decir, en el que gentes de izquierdas masacraran a carlistas, falangistas y clérigos? Todo ello ha sido y es motivo de obras de arte serias, en las cuales hay una intención crítica y reflexiva. Pero festejar, como se hace en Lácar, es algo muy distinto.
En Lácar no solo había carlistas el pasado sábado. Y no puedo comprender que personas ajenas a lo que hoy es la diminuta cofradía carlista (conozco y aprecio a algunos de quienes intervinieron en el acto, y sé que sus ideas no tienen nada que ver con las ultramontanas) participen en el evento, actuando o mirando. Bien triste me parece que tanto los actores como los espectadores disfruten con la rememoración de una carnicería que, además, es asociada triunfalmente con otros momentos terribles y más recientes de nuestra historia. Y me parece radicalmente insuficiente que este año, ¡por vez primera!, los organizadores hayan deslizado una cierta justificación y disculpa del evento, al afirmar que la representación “quiso recordar esta contienda, pero (…) sobre todo quiso ser una llamada de atención sobre las consecuencias de la guerra ‘entre la gente humilde que sufre sus penalidades’”. ¿Vale con esta mala conciencia y esta “reorientación” del acto? Para mí, no.
Mucha gente dirá que esta mascarada sabatina es un pasatiempo inofensivo, una idea “lúdica” de la Asociación Turística Tierras de Iranzu para llevar gente a la zona, unos visitantes que antes y después de la función gasten un dinero en la hostelería de los pueblos cercanos. Y parte de eso hay, sin duda. La civilización del espectáculo y del ocio, la trivialización kitsch de la realidad, la explotación económica del consumo de lugares, la necesidad compulsiva de vivir hacia fuera, sin parar, moviéndose a donde sea, las ganas de llenar la tarde y echar unos potes… Todo ello explica parcialmente que se celebren esta clase de eventos. Pero la frivolidad y las ganas de divertirse tienen unos límites.
Hace años, Rafael Sánchez Ferlosio criticó frontalmente la conmemoración de la rebelió comunera de Castilla en Villalar, que en la transición fue aprovechada por varios partidos para una afirmación regionalista y una necesidad de distinción reivindicativa que él desentrañó con rabia. Su artículo se titulaba Villalar, por tercera y última vez. No sé cuántas ediciones lleva la representación de Lácar, pero dan ganas de gritar ya: ¡Por última vez! ¡Que se acabe ya!
José Peña Ibáñez, un carlista donostiarra que tuvo importantes cargos en el periodismo y en la política de los años más puros del franquismo, en San Sebastián y en Madrid, escribió en 1940 un libro titulado Las guerras carlistas: antecedente del Alzamiento Nacional de 1936. En él narra la batalla de Lácar en estos términos: “los 12 batallones de D. Carlos (…) corrían hacia Lácar con alocado empeño, leones y no hombres semejaban, lanzándose sobre el campo liberal con denuedo desconocido. Soldados y pertrechos quedaron por las heredades y por los caminos. Cundió el pánico en los batallones de D. Alfonso y el desconcierto trocóse en ligera fuga, que por momentos acrecentaba el temor colectivo; era brioso el acuchillar de los carlistas, cuyas masas de bermejas boinas eran, al avanzar con huracanado ímpetu, como sanguinosa inundación, siendo Lácar tomado a la bayoneta. Huían los liberales en derrota, arrollados por aquellos combatientes que eran hijos de quienes contestaban: ¡A LA MUERTE!, cuando les preguntaban, al atacar Bilbao en la guerra de Cabrera y Zumalacárregui: ¿Adónde vais, bárbaros navarros? Media hora bastó. Sembrada de muertos aparecía la campiña, lúgubre y desolada en las postreras horas. Millares de bajas y de fusiles, tres piezas de artillería y enorme botín quedó en manos de las tropas de D. Carlos”.
Esta gesta de los bárbaros navarros, como orgullosamente escribe Peña Ibáñez, en la que murieron más de mil soldados liberales y los heridos fueron muchos más, es la que cada dos años gustan de revivir en Lácar unos voluntariosos actores aficionados, para solaz de todos los que quieran pasar la tarde. Pero está claro que en Lácar se cometió una matanza. ¿Como en otras batallas de esa guerra, de cualquier guerra? ¿Cómo las que también perpetraron los liberales o realistas? Seguro, pero no lo olvidemos: una matanza, una carnicería.
La gesta de Lácar quedó en la memoria carlista como un hito glorioso, hasta el punto de que en la rebelió de 1936 adoptó el nombre de Tercio de Lácar el batallón de voluntarios que desde Navarra, al poco de iniciarse la contienda, partió a conquistar el País Vasco. Como puede leerse todavía en la página de los requetés, bajo el expresivo título de “La historia se repite”, “Los voluntarios del Tercio de Lacar en los primeros días (lucharon) contra el Marxismo en la Columna del Coronel Beorlegui. (…) Sin duda, la mejor Unidad de Infantería tipo Batallón del Ejercito Nacional. ¡Lo mejor de lo mejor!”.
Los carlistas, tan orgullosos de Lácar, y tan satisfechos, al menos los más tradicionalistas, de su papel en la guerra del 36, establecen por tanto una firme continuidad histórica entre las dos guerras, y reivindican todos sus triunfos por igual. Es más, uno de los dos autores de un libro aparecido el año pasado sobre la actuación de los carlistas en el 36 (de título, vaya, Requetés), Pablo Larraz Andía, fue uno de los actores en la representación del sábado. Y si 1875 queda lejos, y puede ser motivo ya de petrificación teatral, 1936 sigue siendo una fecha muy conflictiva, que sangra en la memoria de mucha gente que todavía en 2012 no quiere olvidar, que no recuerda asépticamente, que se levantaría con dolor y rabia si se organizara hoy algo similar a lo de Lácar, pero sobre alguna matanza de 1936, aunque hayan pasado casi ochenta años. ¿Se admitiría alegremente hoy una reivindicación alegre y festiva de una matanza de republicanos de cualquier tendencia? ¿Acudiría la gente apaciblemente a matar la tarde en un juego teatral de ese tipo, o incluso inverso, es decir, en el que gentes de izquierdas masacraran a carlistas, falangistas y clérigos? Todo ello ha sido y es motivo de obras de arte serias, en las cuales hay una intención crítica y reflexiva. Pero festejar, como se hace en Lácar, es algo muy distinto.
En Lácar no solo había carlistas el pasado sábado. Y no puedo comprender que personas ajenas a lo que hoy es la diminuta cofradía carlista (conozco y aprecio a algunos de quienes intervinieron en el acto, y sé que sus ideas no tienen nada que ver con las ultramontanas) participen en el evento, actuando o mirando. Bien triste me parece que tanto los actores como los espectadores disfruten con la rememoración de una carnicería que, además, es asociada triunfalmente con otros momentos terribles y más recientes de nuestra historia. Y me parece radicalmente insuficiente que este año, ¡por vez primera!, los organizadores hayan deslizado una cierta justificación y disculpa del evento, al afirmar que la representación “quiso recordar esta contienda, pero (…) sobre todo quiso ser una llamada de atención sobre las consecuencias de la guerra ‘entre la gente humilde que sufre sus penalidades’”. ¿Vale con esta mala conciencia y esta “reorientación” del acto? Para mí, no.
Mucha gente dirá que esta mascarada sabatina es un pasatiempo inofensivo, una idea “lúdica” de la Asociación Turística Tierras de Iranzu para llevar gente a la zona, unos visitantes que antes y después de la función gasten un dinero en la hostelería de los pueblos cercanos. Y parte de eso hay, sin duda. La civilización del espectáculo y del ocio, la trivialización kitsch de la realidad, la explotación económica del consumo de lugares, la necesidad compulsiva de vivir hacia fuera, sin parar, moviéndose a donde sea, las ganas de llenar la tarde y echar unos potes… Todo ello explica parcialmente que se celebren esta clase de eventos. Pero la frivolidad y las ganas de divertirse tienen unos límites.
Hace años, Rafael Sánchez Ferlosio criticó frontalmente la conmemoración de la rebelió comunera de Castilla en Villalar, que en la transición fue aprovechada por varios partidos para una afirmación regionalista y una necesidad de distinción reivindicativa que él desentrañó con rabia. Su artículo se titulaba Villalar, por tercera y última vez. No sé cuántas ediciones lleva la representación de Lácar, pero dan ganas de gritar ya: ¡Por última vez! ¡Que se acabe ya!
13 junio 2012
Fariseísmos
Desde que Rajoy ganó las elecciones y empezó a tomar medidas, una crítica feroz se repite todos los días en los diversos medios de la izquierda: el Partido Popular toma decisiones que no estaban en su programa electoral, es más, está haciendo cosas que había prometido no hacer.
Es cierto. Rajoy dijo que haría esto o lo otro, y no lo hace. Pero, sobre todo, dijo que no haría esto o aquello, incluso que nunca haría lo de más allá, y luego va y olvida sus promesas anteriores.
Puedo entender que los votantes del PP, no sé cuántos, se indignen con estos cambios. Se supone que ellos votaron por una determinada política, y ahora se encuentran con otra en ciertos terrenos. El contrato entre el PP y sus electores podría por tanto haberse quebrado, al menos parcialmente, y éstos sentirse estafados, indignados.
Sin embargo, las encuestas no indican ningún cambio sustancial en las intenciones de voto. Los que dieron su papeleta al PP en noviembre, hoy por hoy seguirían haciéndolo, con más o menos ilusión.
Claro que esto puede cambiar. En Andalucía, el PP perdió un número significativo de votos en las elecciones autonómicas respecto a las generales de cuatro meses antes. O sea, que al menos una parte de esos votos perdidos pudieron ser de personas decepcionadas con los cambios de postura de Rajoy en el tiempo que llevaba gobernando.
Y, por supuesto, en toda España el desencanto de los votantes del PP puede ir a más, conforme avance la legislatura, al ver que las cosas no mejoran con sus elegidos. Pero esa desafección todavía no se ha producido de forma significativa.
Los únicos ataques públicos que he leído a la política de Rajoy, lanzados desde las filas de sus votantes, han sido (pocos, la verdad) por no ser suficientemente radical en sus cambios: porque no ha ilegalizado el aborto en cualquier supuesto, porque detectan en él complejos y miedos “progres” que le frenan a la hora de aplicar una política más resueltamente derechista o conservadora, porque no se ha cargado la herencia socialista de forma más expeditiva… En suma, porque, dicen algunos votantes del PP, es un maricomplejines, como repite hace años la víbora Jiménez Losantos.
Pero me sorprende que, día a día, los ataques a Rajoy por “no cumplir sus promesas”, “por “mentir”, por “engañar a los españoles” (nada menos; ¿a qué españoles?), los lancen casi siempre personas que nunca, en ninguna circunstancia, han votado ni piensan hacerlo a los populares, personas que, al margen de lo que dijera o hiciera Rajoy, nunca le votarían.
Algunos ejemplos entre muchos: leo todos los días a opinadores de la izquierda como Nacho Escolar, con frecuencia escucho a Gemma Nierga o Angels Barceló en la SER, o a sus tertulianos, y todos ellos y ellas ni un solo día dejan de repetir el estribillo de cómo ha engañado Rajoy. “Dijo que no iba a subir el IRPF y lo subió el primer día; dijo que no subiría el IVA y lo va a elevar muy pronto; dijo que mantendría los servicios públicos y no para de efectuar recortes…” Todos los días, sin dejar uno. Y como estos opinadores que cito, muchos más, muchísimos más, clamando, borboteando su amarga decepción.
¿A ellos los ha engañado el Gobierno? ¿Es que votaron al PP y ahora, visto lo visto, se sienten traicionados? ¿A estos miembros conspicuos de la izquierda se les puede llamar decepcionados por la política de Rajoy?
La acusación, viendo quién la formula, es sorprendente, y no pasa de ser una argucia, un truco propagandístico y sentimentaloide, propio de la retórica política más blandegue. Estos "escandalizados" me parecen fariseos.
Su argucia es hipócrita y tramposa, insisto, porque hablamos de personas que tenían y tienen una posición perfectamente lejana a la del PP, personas a las cuales nada de lo que haga o deje de hacer Rajoy va a modificar sus planteamientos, bien lejanos a los de los populares.
Las decisiones del gobierno, y más en estos momentos, se deben criticar, o no, por sí mismas, al margen de si contradicen o no lo que prometió antes. Para criticar o elogiar a Rajoy basta con su política, con lo que hace, sea lo que prometió, sea algo muy distinto a lo que prometió.
Esa crítica a la cosa misma, a las medidas adoptadas, es la que me parece legítima en personas ajenas, muy ajenas, al Partido Popular. Gentes que me gustaría que dejaran ya de presentarse como pobres almas engañadas. Su lamento no es más que un seudoargumento, una trampa indigna en el debate político.
Dejo de lado una cuestión fundamental, a saber, cómo la realidad lleva a veces a rastras al político, cogido del gaznate; cómo determinadas situaciones excepcionales llevan al político a adoptar medidas excepcionales que contradicen lo que prometió. Pensando especialmente en quienes lo eligieron: ¿Debe dimitir? ¿Puede contradecirse y quedarse tan ancho, o confiar en que las siguientes elecciones refrendarán sus cambios y virajes? ¿Qué pinta en todo eso la ética de la responsabilidad y la ética de las convicciones? Pero este asunto exigiría mucho más espacio y profundidad.
Es cierto. Rajoy dijo que haría esto o lo otro, y no lo hace. Pero, sobre todo, dijo que no haría esto o aquello, incluso que nunca haría lo de más allá, y luego va y olvida sus promesas anteriores.
Puedo entender que los votantes del PP, no sé cuántos, se indignen con estos cambios. Se supone que ellos votaron por una determinada política, y ahora se encuentran con otra en ciertos terrenos. El contrato entre el PP y sus electores podría por tanto haberse quebrado, al menos parcialmente, y éstos sentirse estafados, indignados.
Sin embargo, las encuestas no indican ningún cambio sustancial en las intenciones de voto. Los que dieron su papeleta al PP en noviembre, hoy por hoy seguirían haciéndolo, con más o menos ilusión.
Claro que esto puede cambiar. En Andalucía, el PP perdió un número significativo de votos en las elecciones autonómicas respecto a las generales de cuatro meses antes. O sea, que al menos una parte de esos votos perdidos pudieron ser de personas decepcionadas con los cambios de postura de Rajoy en el tiempo que llevaba gobernando.
Y, por supuesto, en toda España el desencanto de los votantes del PP puede ir a más, conforme avance la legislatura, al ver que las cosas no mejoran con sus elegidos. Pero esa desafección todavía no se ha producido de forma significativa.
Los únicos ataques públicos que he leído a la política de Rajoy, lanzados desde las filas de sus votantes, han sido (pocos, la verdad) por no ser suficientemente radical en sus cambios: porque no ha ilegalizado el aborto en cualquier supuesto, porque detectan en él complejos y miedos “progres” que le frenan a la hora de aplicar una política más resueltamente derechista o conservadora, porque no se ha cargado la herencia socialista de forma más expeditiva… En suma, porque, dicen algunos votantes del PP, es un maricomplejines, como repite hace años la víbora Jiménez Losantos.
Pero me sorprende que, día a día, los ataques a Rajoy por “no cumplir sus promesas”, “por “mentir”, por “engañar a los españoles” (nada menos; ¿a qué españoles?), los lancen casi siempre personas que nunca, en ninguna circunstancia, han votado ni piensan hacerlo a los populares, personas que, al margen de lo que dijera o hiciera Rajoy, nunca le votarían.
Algunos ejemplos entre muchos: leo todos los días a opinadores de la izquierda como Nacho Escolar, con frecuencia escucho a Gemma Nierga o Angels Barceló en la SER, o a sus tertulianos, y todos ellos y ellas ni un solo día dejan de repetir el estribillo de cómo ha engañado Rajoy. “Dijo que no iba a subir el IRPF y lo subió el primer día; dijo que no subiría el IVA y lo va a elevar muy pronto; dijo que mantendría los servicios públicos y no para de efectuar recortes…” Todos los días, sin dejar uno. Y como estos opinadores que cito, muchos más, muchísimos más, clamando, borboteando su amarga decepción.
¿A ellos los ha engañado el Gobierno? ¿Es que votaron al PP y ahora, visto lo visto, se sienten traicionados? ¿A estos miembros conspicuos de la izquierda se les puede llamar decepcionados por la política de Rajoy?
La acusación, viendo quién la formula, es sorprendente, y no pasa de ser una argucia, un truco propagandístico y sentimentaloide, propio de la retórica política más blandegue. Estos "escandalizados" me parecen fariseos.
Su argucia es hipócrita y tramposa, insisto, porque hablamos de personas que tenían y tienen una posición perfectamente lejana a la del PP, personas a las cuales nada de lo que haga o deje de hacer Rajoy va a modificar sus planteamientos, bien lejanos a los de los populares.
Las decisiones del gobierno, y más en estos momentos, se deben criticar, o no, por sí mismas, al margen de si contradicen o no lo que prometió antes. Para criticar o elogiar a Rajoy basta con su política, con lo que hace, sea lo que prometió, sea algo muy distinto a lo que prometió.
Esa crítica a la cosa misma, a las medidas adoptadas, es la que me parece legítima en personas ajenas, muy ajenas, al Partido Popular. Gentes que me gustaría que dejaran ya de presentarse como pobres almas engañadas. Su lamento no es más que un seudoargumento, una trampa indigna en el debate político.
Dejo de lado una cuestión fundamental, a saber, cómo la realidad lleva a veces a rastras al político, cogido del gaznate; cómo determinadas situaciones excepcionales llevan al político a adoptar medidas excepcionales que contradicen lo que prometió. Pensando especialmente en quienes lo eligieron: ¿Debe dimitir? ¿Puede contradecirse y quedarse tan ancho, o confiar en que las siguientes elecciones refrendarán sus cambios y virajes? ¿Qué pinta en todo eso la ética de la responsabilidad y la ética de las convicciones? Pero este asunto exigiría mucho más espacio y profundidad.
10 junio 2012
La bofetada
El otro día hablaba con un distribuidor sobre la editorial RBA. Una gran empresa, que edita muchísimos títulos, demasiados para el escuálido mercado actual, que les pone unos precios peligrosamente altos, y que me temo que no consigue encontrar, al menos en literatura, el espacio que podría merecer. ¿Novela negra o policial? Muy bien, RBA publica a buenos autores, pero su cantidad de novedades y reimpresiones anega a cualquiera. ¿Recuperaciones de grandes libros agotados en otros sellos? Fenomenal, pero son tantas las recuperaciones que no creo que encuentren mucho comprador. ¿Novedades de literatura contemporánea? Lo bueno se pierde entre lo fallido y lo regular. Menos mal que las infinitas variantes y controversias que provoca el método de adelgazamiento de Pierre Dukan parecen producirles beneficios…
Es una pena que en ese maremágnum de novedades haya pasado casi desapercibida una novela que RBA publicó el año pasado, La bofetada, de Christos Tsiolkas, pese a la abundante y buena acogida crítica que tuvo. La bofetada es la obra de un escritor australiano hijo de inmigrantes griegos, y algunos de sus personajes principales comparten esa misma condición. Los ascendientes, en un país que se ha ido forjando con oleadas de llegados de muchos países, tienen su relevancia en lo que se nos cuenta. Familias griegas, en especial, que pelean por mantener su fidelidad a los lazos más tradicionales, en conflicto con la mezcolanza de la moderna Australia; aborígenes del propio país que todavía sufren los prejuicios de otros grupos; conversos al islamismo que buscan certezas profundas, un asidero sólido frente a la confusión de la modernidad; mujeres descendientes de la India o judías de tradición familiar que perdieron cualquier creencia muchos años atrás y se resisten perplejas y furiosas al revival religioso que observan alrededor; o, en fin, australianos “puros”, de familias de vieja procedencia inglesa, convertidos únicamente en uno más entre los muchos grupos componentes de la Australia contemporánea, radicalmente multicultural. Marcas étnicas y religiosas que atraviesan los grupos de amigos y las parejas y provocan desencuentros, recelos, incluso choques violentos.
Pero lo que Christos Tsiolkas presenta en La bofetada es, sobre ese fondo, un magnífico tapiz de conflictos éticos entre un grupo de familiares, amantes, matrimonios y amigos. Siguiendo, en distintos capítulos, las peripecias presentes y pasadas de ocho de esos personajes, y sus relaciones con otros muchos, las 540 páginas de la historia abordan varias cuestiones. Por ejemplo, ciertas ideas nuevas que se han convertido en el paradigma de la corrección política y provocan encontronazos entre quienes las aceptan y las rechazan; el peso opresivo y al mismo tiempo aceptado que tiene tantas veces la familia; la inseguridad angustiosa que se desencadena en ciertos adolescentes en el tránsito al mundo adulto; la utilización de los hijos para compensar otros muchos desastres vitales; o la crisis dolorosa que alrededor de los cuarenta azota a varios protagonistas: crisis sexual y sentimental, de proyectos de vida, de elecciones de futuro. Sobre estos asuntos Christos Tsiolkas nos muestra, no nos adoctrina; nos cuenta, pero deja al lector que saque conclusiones. Todos son asuntos de muchas caras, cada persona actúa con su mochila vital detrás. Tsiolkas narra con crudeza los problemas que revientan y es el lector quien, si quiere, juzga.
Tal vez, con todo, un gran eje vertebre La bofetada: los conflictos de diversas parejas. Decía el otro día el escritor israelí Abraham Yehoshua que “la relación de pareja (…) es la relación más profunda. Las relaciones biológicas, entre hermanos o padres, no se eligen. La de pareja se puede ir al traste en un solo golpe. Cómo mantener esto día a día es el mayor reto del ser humano”. Pues bien, en esta novela hay, en las parejas que aparecen, muchas diferencias de criterio, dudas, broncas, frustración e infelicidad acumuladas, violencia, miedo, trampas, mentiras y soluciones de compromiso. Las parejas no se rompen, y todos (y todas) aguantan lo que no está escrito, pero hay dinamita en ellas, hasta el punto de que muchos personajes de La bofetada viven con los nervios de punta, en una tensión que de cuando en cuando estalla en virulentas explosiones.
He disfrutado no poco con La bofetada. Le sobran algunas páginas, es probable, y no todos los personajes están dibujados con la misma destreza. Pero Tsiolkas es un narrador notable, sabe contar y cautivar al lector, y en muchos, en muchísimos momentos, estas andanzas de australianos me han parecido, sustancialmente, no sé, de lo más pamplonesas.
Es una pena que en ese maremágnum de novedades haya pasado casi desapercibida una novela que RBA publicó el año pasado, La bofetada, de Christos Tsiolkas, pese a la abundante y buena acogida crítica que tuvo. La bofetada es la obra de un escritor australiano hijo de inmigrantes griegos, y algunos de sus personajes principales comparten esa misma condición. Los ascendientes, en un país que se ha ido forjando con oleadas de llegados de muchos países, tienen su relevancia en lo que se nos cuenta. Familias griegas, en especial, que pelean por mantener su fidelidad a los lazos más tradicionales, en conflicto con la mezcolanza de la moderna Australia; aborígenes del propio país que todavía sufren los prejuicios de otros grupos; conversos al islamismo que buscan certezas profundas, un asidero sólido frente a la confusión de la modernidad; mujeres descendientes de la India o judías de tradición familiar que perdieron cualquier creencia muchos años atrás y se resisten perplejas y furiosas al revival religioso que observan alrededor; o, en fin, australianos “puros”, de familias de vieja procedencia inglesa, convertidos únicamente en uno más entre los muchos grupos componentes de la Australia contemporánea, radicalmente multicultural. Marcas étnicas y religiosas que atraviesan los grupos de amigos y las parejas y provocan desencuentros, recelos, incluso choques violentos.
Pero lo que Christos Tsiolkas presenta en La bofetada es, sobre ese fondo, un magnífico tapiz de conflictos éticos entre un grupo de familiares, amantes, matrimonios y amigos. Siguiendo, en distintos capítulos, las peripecias presentes y pasadas de ocho de esos personajes, y sus relaciones con otros muchos, las 540 páginas de la historia abordan varias cuestiones. Por ejemplo, ciertas ideas nuevas que se han convertido en el paradigma de la corrección política y provocan encontronazos entre quienes las aceptan y las rechazan; el peso opresivo y al mismo tiempo aceptado que tiene tantas veces la familia; la inseguridad angustiosa que se desencadena en ciertos adolescentes en el tránsito al mundo adulto; la utilización de los hijos para compensar otros muchos desastres vitales; o la crisis dolorosa que alrededor de los cuarenta azota a varios protagonistas: crisis sexual y sentimental, de proyectos de vida, de elecciones de futuro. Sobre estos asuntos Christos Tsiolkas nos muestra, no nos adoctrina; nos cuenta, pero deja al lector que saque conclusiones. Todos son asuntos de muchas caras, cada persona actúa con su mochila vital detrás. Tsiolkas narra con crudeza los problemas que revientan y es el lector quien, si quiere, juzga.
Tal vez, con todo, un gran eje vertebre La bofetada: los conflictos de diversas parejas. Decía el otro día el escritor israelí Abraham Yehoshua que “la relación de pareja (…) es la relación más profunda. Las relaciones biológicas, entre hermanos o padres, no se eligen. La de pareja se puede ir al traste en un solo golpe. Cómo mantener esto día a día es el mayor reto del ser humano”. Pues bien, en esta novela hay, en las parejas que aparecen, muchas diferencias de criterio, dudas, broncas, frustración e infelicidad acumuladas, violencia, miedo, trampas, mentiras y soluciones de compromiso. Las parejas no se rompen, y todos (y todas) aguantan lo que no está escrito, pero hay dinamita en ellas, hasta el punto de que muchos personajes de La bofetada viven con los nervios de punta, en una tensión que de cuando en cuando estalla en virulentas explosiones.
He disfrutado no poco con La bofetada. Le sobran algunas páginas, es probable, y no todos los personajes están dibujados con la misma destreza. Pero Tsiolkas es un narrador notable, sabe contar y cautivar al lector, y en muchos, en muchísimos momentos, estas andanzas de australianos me han parecido, sustancialmente, no sé, de lo más pamplonesas.
07 junio 2012
Big Bang Theory y los raros
Siempre que puedo veo Big Bang Theory, la serie norteamericana que repite sin cesar Neox, tres episodios cada tarde. Big Bang tiene éxito en muchos países pero aquí congrega, creo, un reducido núcleo de seguidores incondicionales.
La fuerza de esta serie radica en la personalidad de los cuatro jóvenes científicos que la protagonizan, y en los conflictos y malentendidos con la llamada “gente normal”que su forma de ser provoca. Estos físicos e ingenieros poseen un cociente intelectual portentoso, son profesionalmente muy brillantes y precoces. Pero unas madres feroces, dominantes, los han marcado a hierro y fuego, y sea por eso, sea porque su infancia y juventud han estado volcadas en el estudio y nada en los juegos y afanes de la edad temprana, lo cierto es que estos genios veinteañeros almacenan una notable cantidad de neurosis, manías, inseguridades y torpezas sociales. Vamos, que son unos frikis de tomo y lomo. Su comportamiento es patoso en casi todos los ámbitos, sus aproximaciones a las mujeres tiran a desastrosas, y el infantilismo y la pusilanimidad de sus reacciones asoman cada dos por tres, sea entre ellos, sea cuando topan con cualquier ajeno al claustro universitario. Así que no es extraño que se refugien en un pequeño elenco de aficiones compartidas que conducen al límite de la adicción: los ordenadores, los comics, las películas de la Guerra de las Galaxias y Star Trek, los juegos basados en su pasión por los superhéroes y lo fantástico, cosas así. En esos terrenos son imbatibles. Pero fuera de semejante ámbito, seguro y acogedor, y donde se encuentran con otros raros como ellos, tienden al ridículo y al patetismo.
El personaje mejor trazado e hilarante es el más peculiar de los cuatro, Sheldon Cooper, quien, a diferencia de sus amigos, que sufren por su impericia social y sus fracasos con las mujeres, exhibe con jactancia no sólo su precoz genialidad, sino también el amplísimo catálogo de rutinas inflexibles, fobias y aficiones que tanto le singularizan. Sheldon es un raro irrecuperable, siempre veloz en el desplante y la insolencia ante cualquiera, un pitagorín muy poco dispuesto a pactar con la mediocridad y estulticia que encuentra a cada paso, un asexual que abomina del contacto físico, pelma hasta la asfixia cuando le interesa, impertinente, mandón e incluso odioso. Pero también, en ciertos momentos, un niño asustado y mimoso que reclama que le canten cancioncillas de su infancia mientras afloran los traumas que marcaron su vida familiar y las burlas y humillaciones que sufrió al ser estigmatizado por sus compañeros escolares, nada impresionados (o impresionados muy negativamente) ante su deslumbrante inteligencia.
Hablamos de una serie cómica, y que por tanto se mueve en la exageración caricaturesca. Una serie con episodios muy divertidos, en los cuales la gracia surge del chispazo constante que provoca el enfrentamiento de los científicos con la realidad, representada con frecuencia por su vecina Penny, una camarera de Nebraska que alucina con ellos a cada instante. Y también estalla el conflicto cuando se enfrentan entre sí los egos de esta panda de genios emocionalmente minusválidos. Pero contando, insisto, con que la serie respeta las convenciones de la comedia de situación, y que por tanto no tiene vocación “realista”, cuando me río con Big Bang no puedo dejar de recordar a unos cuantos profesores (y profesoras, vaya que sí) que conocí en los años que trabajé en una universidad. No digo que todos los docentes e investigadores fueran así, por supuesto, pero me acuerdo de gente a veces muy competente en su área, pero macilenta y solitaria, de mirada huidiza o, en ocasiones, agresivamente clasista (el modo en que te trataban revelaba su conciencia de casta superior, además de que disfrutaban, como Sheldon, remarcando que ellos eran doctores, gente especial). Profesores escondidos en sus despachos o laboratorios hasta altas horas, o comiendo solos cualquier cosa, gente terriblemente sosa, mal equipada para la alegría, el sentido del humor y la naturalidad. Hombres y mujeres que, más allá de su especialidad, en su trato eran setas, aburridos, muy aburridos.
Y sin embargo, y pese a que hablemos de personas que se alejan de lo común, hay algo que no quiero olvidar. Veo Big Bang Theory y me río mucho cuando los “normales” se quedan estupefactos con las cosas que dicen o hacen estos frikis. No los entienden, sus razonamientos y propuestas les parecen incomprensibles, absurdos. Pero es que en los “normales” de la serie reconozco la banalidad sofocante de nuestra vida cotidiana. Por lo menos estos científicos tienen una pasión superior, un genuino amor por el saber, su mente funciona con potencia en asuntos de mucha mayor hondura que los habituales en la vida social, y les cuesta una barbaridad someterse a las convenciones que imponen los “normales”. Son raros, y a veces insoportables, pero geniales. Y lo son en problemas y soluciones que no tienen nada que ver con las naderías en las que tantas veces los “normales” matamos nuestras neuronas. Estos frikis se desenvuelven mal en el mundo corriente, pero de su mente salen constantemente chispazos de vigor intelectual, arrebatos fulgurantes, puntos de vista y asociaciones mentales que les elevan sobre la grisura en que vivimos la inmensa mayoría.
“Cuando el apelativo de “normal” sirve para enaltecer a alguien, en lugar de para ignorarlo o incluso denigrarlo, proclamamos la uniformidad y la semejanza como máximas virtudes. Lo sepamos o no, celebramos la mediocridad como ideal, es decir, hacemos de la carencia de valor el valor más venerado. Y, al contrario, reservamos nuestra reprobación, más aún que para lo bajo, para lo que se distingue y se sale de la regla por arriba. Que nadie destaque, que nadie sobresalga, todos hemos de ser iguales: tales son los lemas normales del hombre normal. Su campaña, la guerra contra la diferencia y sobre todo contra la excelencia. Por haber malentendido la democracia, se confunde la debida igualdad de derechos con la impensable igualdad de capacidades. Por alejarse de la odiosa competitividad mercantil, se reniega tanto de la competición o emulación necesaria entre las destrezas humanas como del individuo competente. Todo lo raro, o sea, lo escaso y valioso, recibe enseguida un signo de interrogación y dispara la sospecha del individuo normal. La ética queda así literalmente puesta del revés”. (Aurelio Arteta. Tantos tontos tópicos)
La fuerza de esta serie radica en la personalidad de los cuatro jóvenes científicos que la protagonizan, y en los conflictos y malentendidos con la llamada “gente normal”que su forma de ser provoca. Estos físicos e ingenieros poseen un cociente intelectual portentoso, son profesionalmente muy brillantes y precoces. Pero unas madres feroces, dominantes, los han marcado a hierro y fuego, y sea por eso, sea porque su infancia y juventud han estado volcadas en el estudio y nada en los juegos y afanes de la edad temprana, lo cierto es que estos genios veinteañeros almacenan una notable cantidad de neurosis, manías, inseguridades y torpezas sociales. Vamos, que son unos frikis de tomo y lomo. Su comportamiento es patoso en casi todos los ámbitos, sus aproximaciones a las mujeres tiran a desastrosas, y el infantilismo y la pusilanimidad de sus reacciones asoman cada dos por tres, sea entre ellos, sea cuando topan con cualquier ajeno al claustro universitario. Así que no es extraño que se refugien en un pequeño elenco de aficiones compartidas que conducen al límite de la adicción: los ordenadores, los comics, las películas de la Guerra de las Galaxias y Star Trek, los juegos basados en su pasión por los superhéroes y lo fantástico, cosas así. En esos terrenos son imbatibles. Pero fuera de semejante ámbito, seguro y acogedor, y donde se encuentran con otros raros como ellos, tienden al ridículo y al patetismo.
El personaje mejor trazado e hilarante es el más peculiar de los cuatro, Sheldon Cooper, quien, a diferencia de sus amigos, que sufren por su impericia social y sus fracasos con las mujeres, exhibe con jactancia no sólo su precoz genialidad, sino también el amplísimo catálogo de rutinas inflexibles, fobias y aficiones que tanto le singularizan. Sheldon es un raro irrecuperable, siempre veloz en el desplante y la insolencia ante cualquiera, un pitagorín muy poco dispuesto a pactar con la mediocridad y estulticia que encuentra a cada paso, un asexual que abomina del contacto físico, pelma hasta la asfixia cuando le interesa, impertinente, mandón e incluso odioso. Pero también, en ciertos momentos, un niño asustado y mimoso que reclama que le canten cancioncillas de su infancia mientras afloran los traumas que marcaron su vida familiar y las burlas y humillaciones que sufrió al ser estigmatizado por sus compañeros escolares, nada impresionados (o impresionados muy negativamente) ante su deslumbrante inteligencia.
Hablamos de una serie cómica, y que por tanto se mueve en la exageración caricaturesca. Una serie con episodios muy divertidos, en los cuales la gracia surge del chispazo constante que provoca el enfrentamiento de los científicos con la realidad, representada con frecuencia por su vecina Penny, una camarera de Nebraska que alucina con ellos a cada instante. Y también estalla el conflicto cuando se enfrentan entre sí los egos de esta panda de genios emocionalmente minusválidos. Pero contando, insisto, con que la serie respeta las convenciones de la comedia de situación, y que por tanto no tiene vocación “realista”, cuando me río con Big Bang no puedo dejar de recordar a unos cuantos profesores (y profesoras, vaya que sí) que conocí en los años que trabajé en una universidad. No digo que todos los docentes e investigadores fueran así, por supuesto, pero me acuerdo de gente a veces muy competente en su área, pero macilenta y solitaria, de mirada huidiza o, en ocasiones, agresivamente clasista (el modo en que te trataban revelaba su conciencia de casta superior, además de que disfrutaban, como Sheldon, remarcando que ellos eran doctores, gente especial). Profesores escondidos en sus despachos o laboratorios hasta altas horas, o comiendo solos cualquier cosa, gente terriblemente sosa, mal equipada para la alegría, el sentido del humor y la naturalidad. Hombres y mujeres que, más allá de su especialidad, en su trato eran setas, aburridos, muy aburridos.
Y sin embargo, y pese a que hablemos de personas que se alejan de lo común, hay algo que no quiero olvidar. Veo Big Bang Theory y me río mucho cuando los “normales” se quedan estupefactos con las cosas que dicen o hacen estos frikis. No los entienden, sus razonamientos y propuestas les parecen incomprensibles, absurdos. Pero es que en los “normales” de la serie reconozco la banalidad sofocante de nuestra vida cotidiana. Por lo menos estos científicos tienen una pasión superior, un genuino amor por el saber, su mente funciona con potencia en asuntos de mucha mayor hondura que los habituales en la vida social, y les cuesta una barbaridad someterse a las convenciones que imponen los “normales”. Son raros, y a veces insoportables, pero geniales. Y lo son en problemas y soluciones que no tienen nada que ver con las naderías en las que tantas veces los “normales” matamos nuestras neuronas. Estos frikis se desenvuelven mal en el mundo corriente, pero de su mente salen constantemente chispazos de vigor intelectual, arrebatos fulgurantes, puntos de vista y asociaciones mentales que les elevan sobre la grisura en que vivimos la inmensa mayoría.
“Cuando el apelativo de “normal” sirve para enaltecer a alguien, en lugar de para ignorarlo o incluso denigrarlo, proclamamos la uniformidad y la semejanza como máximas virtudes. Lo sepamos o no, celebramos la mediocridad como ideal, es decir, hacemos de la carencia de valor el valor más venerado. Y, al contrario, reservamos nuestra reprobación, más aún que para lo bajo, para lo que se distingue y se sale de la regla por arriba. Que nadie destaque, que nadie sobresalga, todos hemos de ser iguales: tales son los lemas normales del hombre normal. Su campaña, la guerra contra la diferencia y sobre todo contra la excelencia. Por haber malentendido la democracia, se confunde la debida igualdad de derechos con la impensable igualdad de capacidades. Por alejarse de la odiosa competitividad mercantil, se reniega tanto de la competición o emulación necesaria entre las destrezas humanas como del individuo competente. Todo lo raro, o sea, lo escaso y valioso, recibe enseguida un signo de interrogación y dispara la sospecha del individuo normal. La ética queda así literalmente puesta del revés”. (Aurelio Arteta. Tantos tontos tópicos)
01 mayo 2012
10 abril 2012
Willy Toledo y los piquetes
Hace cinco meses me bastó con un par de ratos en librerías para leer gran parte de Razones para la rebeldía, el volumen en que Pascual Serrano pone en limpio distintas ocurrencias del actor Guillermo Willy Toledo. Entonces tuve muchas ganas de venir al blog a dar cuenta de la rabia alimentada por esa lectura. Pero eran días de otras ocupaciones bastante absorbentes, y además el escritor Daniel Gascón ya lo hizo mucho mejor que yo. En el blog de la revista Letras Libres publicó un post sobre el librito de Toledo, “un compendio de sus opiniones políticas en el que resulta difícil decidir si predomina lo inmoral, lo delirante o lo bobo”.
A Willy Toledo lo detuvieron el otro día en Madrid, acusado, parece, de haber participado en acciones violentas en un bar como miembro de un piquete que se lanzó a la calle en cuanto comenzó la huelga general del pasado día 29. Hoy el periódico El País, al que a veces se le nota mucho los intentos que hace de atraerse a lectores izquierdosos del desaparecido Público, dedica una página al asunto en la que está a un tris de santificar a este nuevo héroe de la izquierda (¡y él quejándose de "linchamiento mediático"!), por más que Willy Toledo, a poco que se lea lo que dice, lleno de retórica y truenos, y mucho más si se conoce el librito antes mencionado, no se recate en adscribirse a la extrema izquierda más desatada. Y delirante, como escribió Daniel Gascón, tal como demuestran en la entrevista sus alusiones a Orwell, que nos insultan a muchos y demuestran la clase de orate político que es.
Yo no sé, por supuesto, si Willy Toledo participó o no activamente en los incidentes. Lo que sí reconoce es que le faltó tiempo para unirse al piquete en cuanto empezó la huelga. Y ahí es donde renace mi rabia, al margen del episodio concreto. Porque entre los siete hechos probados que enumera la periodista no está uno que me parece evidente: los piquetes no cumplen ninguna función informativa ni pedagógica. Sólo sirven para coaccionar, asustar, forzar, amedrentar, humillar. Willy Toledo cita en sus declaraciones su “derecho constitucional”. Pero ese derecho, parece mentira tener que recordarlo, será el de huelga, ¡no el de andar con una partida por Madrid “informando” por las buenas o por las malas!
Me entristece que los sindicatos y los partidos de izquierda permanezcan sordos, ciegos y mudos antes esta antigualla de los piquetes. Que no lo vea Willy Toledo me resulta de todo punto lógico. Pero que sigan formándose y campando piquetes alimentados por los grandes sindicatos, y que nadie de izquierdas levante la voz contra ellos y pida su definitiva erradicación... Ahí, y no en los Willy Toledo, veo yo uno de los lastres herrumbrosos de la izquierda.
A Willy Toledo lo detuvieron el otro día en Madrid, acusado, parece, de haber participado en acciones violentas en un bar como miembro de un piquete que se lanzó a la calle en cuanto comenzó la huelga general del pasado día 29. Hoy el periódico El País, al que a veces se le nota mucho los intentos que hace de atraerse a lectores izquierdosos del desaparecido Público, dedica una página al asunto en la que está a un tris de santificar a este nuevo héroe de la izquierda (¡y él quejándose de "linchamiento mediático"!), por más que Willy Toledo, a poco que se lea lo que dice, lleno de retórica y truenos, y mucho más si se conoce el librito antes mencionado, no se recate en adscribirse a la extrema izquierda más desatada. Y delirante, como escribió Daniel Gascón, tal como demuestran en la entrevista sus alusiones a Orwell, que nos insultan a muchos y demuestran la clase de orate político que es.
Yo no sé, por supuesto, si Willy Toledo participó o no activamente en los incidentes. Lo que sí reconoce es que le faltó tiempo para unirse al piquete en cuanto empezó la huelga. Y ahí es donde renace mi rabia, al margen del episodio concreto. Porque entre los siete hechos probados que enumera la periodista no está uno que me parece evidente: los piquetes no cumplen ninguna función informativa ni pedagógica. Sólo sirven para coaccionar, asustar, forzar, amedrentar, humillar. Willy Toledo cita en sus declaraciones su “derecho constitucional”. Pero ese derecho, parece mentira tener que recordarlo, será el de huelga, ¡no el de andar con una partida por Madrid “informando” por las buenas o por las malas!
Me entristece que los sindicatos y los partidos de izquierda permanezcan sordos, ciegos y mudos antes esta antigualla de los piquetes. Que no lo vea Willy Toledo me resulta de todo punto lógico. Pero que sigan formándose y campando piquetes alimentados por los grandes sindicatos, y que nadie de izquierdas levante la voz contra ellos y pida su definitiva erradicación... Ahí, y no en los Willy Toledo, veo yo uno de los lastres herrumbrosos de la izquierda.
19 marzo 2012
Los idus de marzo y la política
El otro día fui al cine. Como ya he contado varias veces en este blog, no es algo que haga con frecuencia en los últimos años. Prefiero ver cine en casa. Pero aprovechando el fin de semana largo quise ver una película que, por lo que había leído, no podía esperar un tiempo a ver en DVD (ahora no me bajo nada en el ordenador, así que veo los estrenos con meses de retraso). Antes de que empezara, tuvimos que aguantar tres trailers de películas trepidantes, rugientes, frenéticas, repletas de violencia, destrucción y efectos especiales en dolby estereo. Cine de palomitas y multisalas de centro comercial.
Yo iba a ver Los idus de marzo, de George Clooney. Para empezar, un ritmo y un estilo opuestos a los de las películas anunciadas justo antes. Serenidad, clasicismo. Me interesó mucho la historia y me gustó la forma en que la conduce el cada día mejor actor y director americano. Un guión medido, teatral en el mejor sentido, un juego de planos, luces y sombras que centran la historia en las miradas, en el contacto físico muy cercano entre los personajes. Y todo con la contención y sentido de la elipsis que evita que nos distraigamos. Hay que atender a lo que importa.
¿Y qué importa? Pues los entresijos de la política realmente existente. Las mentiras, las jugadas tramposas, las ambiciones siempre como la otra cara de las ilusiones. ¿Política? Imagen, engaño, seducción, promesas como mercancías, sondeos y más sondeos, tipos con un fuerte sentido de la realidad y por tanto de la trapacería. ¿Ideas, convicciones, teorías? Na, eso hay que saber administrarlo al servicio de intereses superiores.
El protagonista, ese asesor presidencial joven, idealista pero deseoso de medrar, aprende de golpe qué hay en la trastienda, qué flaquezas y deseos es preciso tapar. Y decide, en cuestión de horas, que sí, que quiere meter las manos en la porquería y manchárselas lo que haga falta. Porque lo que más le gusta es el poder, la influencia, manejar los hilos. Bienvenido al club, acaban reconociendo con forzada deportividad los perdedores de la batalla.
Esa pasión es superior a la del dinero. Hay, claro está, mucha gente en política porque es su manera de ganarse la vida, porque fuera de la política no disponen de una salida laboral ni remotamente tan apetecible como la que proporcionan los partidos y los cargos institucionales. Pero hay personas que aman sobre todo estar, mandar, influir, pertenecer a la pomada, participar en ese juego que vienen a simbolizar muy bien los rituales que pautan la vida de los políticos: el minué de saludos y abrazos, reconocimientos, palmadas y besos, conversaciones triviales o directamente estúpidas que componen la urdimbre de tantos actos, inauguraciones, homenajes, celebraciones y reuniones en las que los políticos se reconocen y miden entre sí, se celebran a sí mismos, chismorrean, se ríen con falsa jovialidad mientras aguantan la copa, comen algo o escuchan discursos estupefacientes.
Los protagonistas de Los idus de marzo podrían ganar más dinero y tranquilidad trabajando en empresas o en la universidad. Pero no quieren eso, ni hablar, y sólo se refieren a ello como la salida que aguarda a los derrotados. Prefieren las jornadas interminables, la excitación de la incertidumbre, el esquema amigo-enemigo, el chalaneo calculado con los periodistas, la exhibición de su poder ante los novatos y las becarias atraídas por el gran circo. Prefieren diseñar promesas, idear eslogans, filtrar verdades o bulos. Les gusta el regate corto, la atención obsesiva a sus smartphones, tuitear bullshit, pura charlatanería.
En mi experiencia, he conocido a gente que siempre ha vivido en ese mundo, esforzados de la reunión y el activismo dispuestos a lo que toque, a lo que haya que decir y hacer en cada momento, con un estómago imbatible. Pero me interesan más quienes, tras haber desarrollado una actividad profesional incluso brillante, descubren ese mundo y caen subyugados. Descubren que les embriagan el poder, siquiera sea a pequeña escala, la influencia, la capacidad de decidir y, siempre, el juego de rituales que acompaña a la política. Y si se les acaba de pronto, tal vez demasiado pronto, sufren una abstinencia devoradora. Muchos han llorado amargamente al conocer el fin de su cargo, hay quien ponía junto a su firma "exdirector general" mucho tiempo después de su destitución, incluso en las comunicaciones más informales y privadas, o quien se ofreció mendicante al partido al que había destrozado el día anterior porque no podía soportar el vacío de poder, de su pequeño poder, lleno de invitaciones a cenas cursadas por alcaldes o reyezuelos en cualquier entidad.
En una escena casi final en Los idus de marzo vemos alejarse al maravilloso Philip Seymour Hoffman, un actor con una presencia física descomunal, turbadora. Perdedor, intrigado porque algo que se le escapa lo ha vencido, pero al mismo tiempo resignado. Ha perdido, pero volverá. Mientras tanto, dice, ganará un millón de dolares en un buen empleo. Pero lo que él quiere no es eso, sino lo que ha dejado atrás: la negociación secreta, la consigna movilizadora acuñada en un momento de inspiración, el papel de negro redactor de un buen discurso si hace falta, la sonrisa de suficiencia entre bambalinas cuando las cosas han salido bien y el poder parece al alcance de la mano. Además, si es preciso, el hachazo brutal, el golpe helado del que manda sin contemplaciones, con el grado justo de tiranía. Volverá. Está hecho para eso, para la política realmente existente.
Yo iba a ver Los idus de marzo, de George Clooney. Para empezar, un ritmo y un estilo opuestos a los de las películas anunciadas justo antes. Serenidad, clasicismo. Me interesó mucho la historia y me gustó la forma en que la conduce el cada día mejor actor y director americano. Un guión medido, teatral en el mejor sentido, un juego de planos, luces y sombras que centran la historia en las miradas, en el contacto físico muy cercano entre los personajes. Y todo con la contención y sentido de la elipsis que evita que nos distraigamos. Hay que atender a lo que importa.
¿Y qué importa? Pues los entresijos de la política realmente existente. Las mentiras, las jugadas tramposas, las ambiciones siempre como la otra cara de las ilusiones. ¿Política? Imagen, engaño, seducción, promesas como mercancías, sondeos y más sondeos, tipos con un fuerte sentido de la realidad y por tanto de la trapacería. ¿Ideas, convicciones, teorías? Na, eso hay que saber administrarlo al servicio de intereses superiores.
El protagonista, ese asesor presidencial joven, idealista pero deseoso de medrar, aprende de golpe qué hay en la trastienda, qué flaquezas y deseos es preciso tapar. Y decide, en cuestión de horas, que sí, que quiere meter las manos en la porquería y manchárselas lo que haga falta. Porque lo que más le gusta es el poder, la influencia, manejar los hilos. Bienvenido al club, acaban reconociendo con forzada deportividad los perdedores de la batalla.
Esa pasión es superior a la del dinero. Hay, claro está, mucha gente en política porque es su manera de ganarse la vida, porque fuera de la política no disponen de una salida laboral ni remotamente tan apetecible como la que proporcionan los partidos y los cargos institucionales. Pero hay personas que aman sobre todo estar, mandar, influir, pertenecer a la pomada, participar en ese juego que vienen a simbolizar muy bien los rituales que pautan la vida de los políticos: el minué de saludos y abrazos, reconocimientos, palmadas y besos, conversaciones triviales o directamente estúpidas que componen la urdimbre de tantos actos, inauguraciones, homenajes, celebraciones y reuniones en las que los políticos se reconocen y miden entre sí, se celebran a sí mismos, chismorrean, se ríen con falsa jovialidad mientras aguantan la copa, comen algo o escuchan discursos estupefacientes.
Los protagonistas de Los idus de marzo podrían ganar más dinero y tranquilidad trabajando en empresas o en la universidad. Pero no quieren eso, ni hablar, y sólo se refieren a ello como la salida que aguarda a los derrotados. Prefieren las jornadas interminables, la excitación de la incertidumbre, el esquema amigo-enemigo, el chalaneo calculado con los periodistas, la exhibición de su poder ante los novatos y las becarias atraídas por el gran circo. Prefieren diseñar promesas, idear eslogans, filtrar verdades o bulos. Les gusta el regate corto, la atención obsesiva a sus smartphones, tuitear bullshit, pura charlatanería.
En mi experiencia, he conocido a gente que siempre ha vivido en ese mundo, esforzados de la reunión y el activismo dispuestos a lo que toque, a lo que haya que decir y hacer en cada momento, con un estómago imbatible. Pero me interesan más quienes, tras haber desarrollado una actividad profesional incluso brillante, descubren ese mundo y caen subyugados. Descubren que les embriagan el poder, siquiera sea a pequeña escala, la influencia, la capacidad de decidir y, siempre, el juego de rituales que acompaña a la política. Y si se les acaba de pronto, tal vez demasiado pronto, sufren una abstinencia devoradora. Muchos han llorado amargamente al conocer el fin de su cargo, hay quien ponía junto a su firma "exdirector general" mucho tiempo después de su destitución, incluso en las comunicaciones más informales y privadas, o quien se ofreció mendicante al partido al que había destrozado el día anterior porque no podía soportar el vacío de poder, de su pequeño poder, lleno de invitaciones a cenas cursadas por alcaldes o reyezuelos en cualquier entidad.
En una escena casi final en Los idus de marzo vemos alejarse al maravilloso Philip Seymour Hoffman, un actor con una presencia física descomunal, turbadora. Perdedor, intrigado porque algo que se le escapa lo ha vencido, pero al mismo tiempo resignado. Ha perdido, pero volverá. Mientras tanto, dice, ganará un millón de dolares en un buen empleo. Pero lo que él quiere no es eso, sino lo que ha dejado atrás: la negociación secreta, la consigna movilizadora acuñada en un momento de inspiración, el papel de negro redactor de un buen discurso si hace falta, la sonrisa de suficiencia entre bambalinas cuando las cosas han salido bien y el poder parece al alcance de la mano. Además, si es preciso, el hachazo brutal, el golpe helado del que manda sin contemplaciones, con el grado justo de tiranía. Volverá. Está hecho para eso, para la política realmente existente.
14 marzo 2012
Gritos privados, silencios públicos
El otro día participé en un foro de discusión de gentes vinculadas con la cultura. Enseguida surgió la situación de los grupos musicales, teatrales y de danza de Navarra, y el nuevo sistema de ayudas que el Gobierno ha puesto en marcha en 2012 para ellos. Alguna persona señaló, en ese ámbito tan recogido y privado en que estábamos, que las ayudas concedidas, y que acababan de hacerse públicas, no habían estado acertadas. ¿Por qué? Pues porque hay grupos, dijo, que no tienen una calidad en su trayectoria que justifique las cantidades que han logrado.
Esos grupos no se han estado callados en los últimos meses en la esfera pública. Antes al contrario, han organizado una buena gresca en los medios, en el Parlamento e incluso en la calle, ya que temían que el nuevo método de reparto pudiera dejarles sin las suculentas cantidades que llevaban varios años obteniendo para desarrollar su trabajo.
En esos meses de constante y conflictiva presencia pública de los que se veían ya sin dinero nadie, públicamente, ha juzgado su hacer con criterios de buena o mala calidad artística. Se ha hablado mucho, con más o menos tino o demagogia, de la función social de la cultura, de puestos de trabajo o de criterios de gasto público, y más en época de crisis.
Y siendo ciertamente importantes todas esas dimensiones del conflicto, en ningún momento se ha dicho: el resultado artístico de las actividades de este o aquel grupo es bueno, malo o regular. Y lo es por esto, por esto y por esto.
Comentarios privados seguro que ha habido bastantes. Públicos, ninguno. En la provincia los gritos se dan en privado, en el círculo de colegas o amigos. En público no hay ni susurros. En la provincia no se conocen críticos que, en público, se apliquen a razonar con claridad, y del modo más razonado y documentado posible, cuál es la opinión que una obra les ha merecido. En todo caso, lo harán si se habla de gente que no se conoce, o de nulo poder de influencia, o de extranjeros que nos pillan muy lejos.
No se sabe si los silencios son debidos a la inanidad de los productos “navarros” o al deseo de “no meneallo”. En un mundo reducido, en el que gran parte de los interesados se conocen, casi todo se queda en el estadio del chismorreo. De este modo se cultiva una actitud que recuerda a la del mono de la fábula de Monterroso, que quería ser escritor satírico pero siempre se contenía para evitar que sus amigos de todos los pelajes se sintieran aludidos en sus sátiras.
Ay, la necesidad de una crítica seria, libre, desprejuiciada… Cuánto se habla de ella, y qué poco se practica. El otro día vi que me habían ingresado en cuenta 32 euros. Y es que me descontaron en esa misma cuenta hace pocos meses la suscripción anual a la Revista de Libros, pero en diciembre la Fundación Caja Madrid-Bankia (en una miserable decisión con derecho a capítulo aparte), que la sostenía, resolvió cerrarla, y ahora me devuelven una parte de lo que pagué. Yo, desde luego, hubiera seguido abonando muy gustoso esa suscripción muchos años, porque era una revista de artículos largos, informativos y analíticos, llenos con frecuencia de comentarios desarrollados con la extensión necesaria, ponderados y sagaces sobre los libros que se criticaban. Y, a veces, eran artículos durísimos con el libro que fuera, feroces a la hora de señalar sus defectos. Lo cual también tenía un gran valor, una incuestionable utilidad intelectual.
Ese estilo crítico no lo encuentra uno en las mugas forales casi nunca. Aquí criticar, discriminar, distinguir, es decir, separar lo bueno de lo malo, y por tanto señalar lo malo, el falso producto, el falso prestigio…, casi nunca, al menos en público. ¿Hay que ser muy rico, muy mayor y estar enfermo para ser libre?
Esos grupos no se han estado callados en los últimos meses en la esfera pública. Antes al contrario, han organizado una buena gresca en los medios, en el Parlamento e incluso en la calle, ya que temían que el nuevo método de reparto pudiera dejarles sin las suculentas cantidades que llevaban varios años obteniendo para desarrollar su trabajo.
En esos meses de constante y conflictiva presencia pública de los que se veían ya sin dinero nadie, públicamente, ha juzgado su hacer con criterios de buena o mala calidad artística. Se ha hablado mucho, con más o menos tino o demagogia, de la función social de la cultura, de puestos de trabajo o de criterios de gasto público, y más en época de crisis.
Y siendo ciertamente importantes todas esas dimensiones del conflicto, en ningún momento se ha dicho: el resultado artístico de las actividades de este o aquel grupo es bueno, malo o regular. Y lo es por esto, por esto y por esto.
Comentarios privados seguro que ha habido bastantes. Públicos, ninguno. En la provincia los gritos se dan en privado, en el círculo de colegas o amigos. En público no hay ni susurros. En la provincia no se conocen críticos que, en público, se apliquen a razonar con claridad, y del modo más razonado y documentado posible, cuál es la opinión que una obra les ha merecido. En todo caso, lo harán si se habla de gente que no se conoce, o de nulo poder de influencia, o de extranjeros que nos pillan muy lejos.
No se sabe si los silencios son debidos a la inanidad de los productos “navarros” o al deseo de “no meneallo”. En un mundo reducido, en el que gran parte de los interesados se conocen, casi todo se queda en el estadio del chismorreo. De este modo se cultiva una actitud que recuerda a la del mono de la fábula de Monterroso, que quería ser escritor satírico pero siempre se contenía para evitar que sus amigos de todos los pelajes se sintieran aludidos en sus sátiras.
Ay, la necesidad de una crítica seria, libre, desprejuiciada… Cuánto se habla de ella, y qué poco se practica. El otro día vi que me habían ingresado en cuenta 32 euros. Y es que me descontaron en esa misma cuenta hace pocos meses la suscripción anual a la Revista de Libros, pero en diciembre la Fundación Caja Madrid-Bankia (en una miserable decisión con derecho a capítulo aparte), que la sostenía, resolvió cerrarla, y ahora me devuelven una parte de lo que pagué. Yo, desde luego, hubiera seguido abonando muy gustoso esa suscripción muchos años, porque era una revista de artículos largos, informativos y analíticos, llenos con frecuencia de comentarios desarrollados con la extensión necesaria, ponderados y sagaces sobre los libros que se criticaban. Y, a veces, eran artículos durísimos con el libro que fuera, feroces a la hora de señalar sus defectos. Lo cual también tenía un gran valor, una incuestionable utilidad intelectual.
Ese estilo crítico no lo encuentra uno en las mugas forales casi nunca. Aquí criticar, discriminar, distinguir, es decir, separar lo bueno de lo malo, y por tanto señalar lo malo, el falso producto, el falso prestigio…, casi nunca, al menos en público. ¿Hay que ser muy rico, muy mayor y estar enfermo para ser libre?
13 marzo 2012
Testamento en Praga
El 23 de febrero de 1981, a las pocas horas de que comenzara el golpe de estado de Tejero, empecé a leer Testamento en Praga, de Teresa Pamies. Y toda la noche, mientras escuchaba en un transistor el desarrollo de la intentona militar, estuve con el libro, que devoré con fruición, en especial después de que sobre la una de la mañana aquélla pareciera despeñarse en el fracaso.
No tengo ahora una idea precisa del libro. Pero sí recuerdo el diálogo que lo construye y vertebra entre, de una parte, el testimonio de Tomás Pamies, el padre de la escritora, comunista muerto en Praga en 1966, después de muchos años de exilio a partir de la derrota de 1939, y por otro lado el contrapunto de la narración de la hija, que confronta su comunismo “abierto”, entusiasta de la “Primavera de Praga” abortada por los soviéticos, con el comunismo del padre, mucho más elemental y rocoso.
Aun sin saber cuánto retocó la hija los escritos de su padre, Tomás Pamies, son éstos los más valiosos del libro. Pobreza, infancia en la Lérida rural más profunda, luchas, cárceles, comunismo primero entusiasta y luego ya inquebrantable, exilio… No tengo memoria de los hechos concretos, pero sí está presente en mí, más de treinta años después, la voz sencilla y radical de Tomás Pamies, un comunista de la época dorada y, por eso mismo, terrible.
Podría volver a Testamento en Praga, que en innumerables ediciones conoció una relativa celebridad y que no me costaría nada encontrar en mi biblioteca. Pero no quiero. No soy el mismo de cuando entonces, y no me apetece, tal vez, caer en la decepción. Prefiero conservar, hoy que ha muerto Teresa Pamies a los 93 años, el recuerdo puro y febril de aquella noche en vela, en que no pude acostarme hasta terminar las historias del padre y la hija, de dos comunistas hasta el final.
No tengo ahora una idea precisa del libro. Pero sí recuerdo el diálogo que lo construye y vertebra entre, de una parte, el testimonio de Tomás Pamies, el padre de la escritora, comunista muerto en Praga en 1966, después de muchos años de exilio a partir de la derrota de 1939, y por otro lado el contrapunto de la narración de la hija, que confronta su comunismo “abierto”, entusiasta de la “Primavera de Praga” abortada por los soviéticos, con el comunismo del padre, mucho más elemental y rocoso.
Aun sin saber cuánto retocó la hija los escritos de su padre, Tomás Pamies, son éstos los más valiosos del libro. Pobreza, infancia en la Lérida rural más profunda, luchas, cárceles, comunismo primero entusiasta y luego ya inquebrantable, exilio… No tengo memoria de los hechos concretos, pero sí está presente en mí, más de treinta años después, la voz sencilla y radical de Tomás Pamies, un comunista de la época dorada y, por eso mismo, terrible.
Podría volver a Testamento en Praga, que en innumerables ediciones conoció una relativa celebridad y que no me costaría nada encontrar en mi biblioteca. Pero no quiero. No soy el mismo de cuando entonces, y no me apetece, tal vez, caer en la decepción. Prefiero conservar, hoy que ha muerto Teresa Pamies a los 93 años, el recuerdo puro y febril de aquella noche en vela, en que no pude acostarme hasta terminar las historias del padre y la hija, de dos comunistas hasta el final.
20 febrero 2012
Chéjov en el hospital
De pronto todo se trastoca: citas, compromisos, el ritmo laboral. La enfermedad de mi padre nos obliga a entrar de nuevo en una vida extraña, tediosa y extenuante, paralela a la “normal”, en esa vida que padecen los enfermos internados, en primer lugar, pero también quienes los cuidan. Esta vez el ingreso se produce en una clínica que atiende sobre todo a ancianos. Abundan por tanto familiares cuarentones y cincuentones. Veo por los pasillos mucho chándal, caras macilentas, abotargadas (la luz tampoco ayuda nada), revistas de pasatiempos, y carros con pañales, sábanas y toallas que las auxiliares mueven cada dos por tres. La comida, como los viejos deben comer poco, es de supervivencia, en cantidad y calidad. El aburrimiento es cósmico, así que hay mucha televisión encendida, por la que cobran una tasa diaria que debería permitirnos ver no la basura de la TDT, sino la colección completa, y con extras, de Los Soprano, The Wire y A dos metros bajo tierra. Para ser justos, hay que decir que la atención de todo el personal es excelente, y que los discursos sobre la importancia de una buena sanidad pública ganan aquí alma corazón y vida. Los pacientes, con una calidad de vida mermada por los achaques y la edad, se van acercando a la niñez, así que no quieren admitir ninguna mejoría en su estado, supongo que por miedo de que los cuidadores aprovechemos cualquier reconocimiento de avance para huir de estampida hacia la vida de fuera, esa que hemos debido abandonar temporalmente –y que tampoco es nada del otro mundo, claro, pero al menos resiste mejor el tedio-.
Por pura casualidad las primeras horas en urgencias, interminables, me pillan leyendo El pabellón número 6, una novela corta de Chéjov. La biblioteca de Barañain ha organizado una tertulia esta semana sobre Chéjov, a partir de la lectura dramatizada de Tío Vania que un grupo prepara hace tiempo. No había leído El pabellón número 6 y me causa una impresión formidable, casi tanta como la que se dice que le provocó a Lenin. Hay en ella una descripción descarnada y brutal de la atención médica en la Rusia de finales del XIX, y en particular de la psiquiátrica. Me hace recordar la impresión que ¡casi cien años después! tuve en el manicomio de Pamplona al ver a enfermos mentales mezclados con gente desgraciada, pobre y un poco lela, en un revoltijo nada científico, de una sordidez color de rata. Pero hay más en Chéjov, mucho más. Por ejemplo, la manera en que uno puede ser clasificado como loco en cuanto disienta de las costumbres establecidas, al menos en comunidades pequeñas, cerradas y miserables. Y, como tantas otras veces en el autor ruso, un lamento desesperado por la indolencia de gentes instruidas que deberían impulsar mejoras pero no lo hacen, médicos y altos funcionarios que se acomodan al ambiente de estupidez obtusa y corruptelas que devora toda ilusión reformista. Aplazar, divagar, perorar, cifrar las mejoras en un futuro muy lejano, matar el tiempo, frustrarse… Motivos recurrentes en Chéjov, en sus cuentos, en sus bellísimas obras de teatro.
Mi padre mejora. Ya no se ahoga por el simple esfuerzo de levantar el brazo. Entrecierra los ojos, aburrido, mata las horas como puede, y sueña con volver a su gustosa independencia. Osasuna, a tono con la coyuntura, nos decepciona el sábado con su juego penoso, como de pelotón en patio infantil. Mejor apagamos la luz, a ver si en el dormir hay misericordia.
Por pura casualidad las primeras horas en urgencias, interminables, me pillan leyendo El pabellón número 6, una novela corta de Chéjov. La biblioteca de Barañain ha organizado una tertulia esta semana sobre Chéjov, a partir de la lectura dramatizada de Tío Vania que un grupo prepara hace tiempo. No había leído El pabellón número 6 y me causa una impresión formidable, casi tanta como la que se dice que le provocó a Lenin. Hay en ella una descripción descarnada y brutal de la atención médica en la Rusia de finales del XIX, y en particular de la psiquiátrica. Me hace recordar la impresión que ¡casi cien años después! tuve en el manicomio de Pamplona al ver a enfermos mentales mezclados con gente desgraciada, pobre y un poco lela, en un revoltijo nada científico, de una sordidez color de rata. Pero hay más en Chéjov, mucho más. Por ejemplo, la manera en que uno puede ser clasificado como loco en cuanto disienta de las costumbres establecidas, al menos en comunidades pequeñas, cerradas y miserables. Y, como tantas otras veces en el autor ruso, un lamento desesperado por la indolencia de gentes instruidas que deberían impulsar mejoras pero no lo hacen, médicos y altos funcionarios que se acomodan al ambiente de estupidez obtusa y corruptelas que devora toda ilusión reformista. Aplazar, divagar, perorar, cifrar las mejoras en un futuro muy lejano, matar el tiempo, frustrarse… Motivos recurrentes en Chéjov, en sus cuentos, en sus bellísimas obras de teatro.
Mi padre mejora. Ya no se ahoga por el simple esfuerzo de levantar el brazo. Entrecierra los ojos, aburrido, mata las horas como puede, y sueña con volver a su gustosa independencia. Osasuna, a tono con la coyuntura, nos decepciona el sábado con su juego penoso, como de pelotón en patio infantil. Mejor apagamos la luz, a ver si en el dormir hay misericordia.
13 febrero 2012
Mi primer destino
El 11 de febrero de 1982, hace ahora treinta años, llegué en autobús a un pueblo de la Ribera, a mi primer día de trabajo como maestro. Mi primer destino. La enseñanza, a priori, me parecía un buen oficio, pero también un vehículo para algunos de los sueños de emancipación cultural y política que movían impetuosamente mi ánimo. En el pueblo, grande, muy feo, tan irregular en su trama urbana y sus construcciones como todos los de la Ribera, nos recibió el director de la escuela en su segundo despacho, el bar donde a diario echaba una copa y unos párrafos después de comer. Era un hombre más ocupado y preocupado con la granja de pollos que poseía que con la gestión educativa. En la sala de profesores, donde esa misma tarde asistí a mi primera reunión “de coordinación”, se podía cortar el aire: dos maestros acababan de romper su matrimonio poco antes y la hostilidad entre ellos, feroz, impregnaba cualquier diálogo didáctico. Ella desapareció del pueblo al curso siguiente. Desde el primer día me sorprendió que la gente me parase por la calle para preguntarme cualquier cosa: de dónde era, los años que tenía, si estaba casado, cómo se portaba en clase éste o aquél. Mi torpeza tímida administraba mal esas inquisiciones tan directas. Por suerte, todavía existían las casas de los maestros, y en una vacía que me dejaron me instalé. Por las tardes me refugiaba en la biblioteca pública, donde preparaba las clases y leía los libros que yo mismo llevaba, entre cuchicheos adolescentes. Los viernes a las cinco salíamos disparados unos cuantos hacia Pamplona.
Mi cabeza estaba atiborrada de sueños y teorías, y llevaba unos cuantos años en reuniones con enseñantes de izquierdas y abertzales, en particular en Adarra, un movimiento de renovación pedagógica entonces muy pujante en ciertos colegios. Sin embargo, en el pueblo donde yo había caído los maestros, la gran mayoría matrimonios de “propietarios definitivos”, vivían ajenos a todos mis anhelos ingenuos y radicales. Necesité poco tiempo para ver que mi conocimiento de la gente de la enseñanza era muy escaso, y que los deseos y las buenas intenciones no eran suficientes. Pero me temo que esa ignorancia, impaciencia y dogmatismo que me empujaban se tradujeron más de una vez en soberbia y destemplanza.
Esas mismas ensoñaciones de revolución pedagógica chocaron también con lo que me encontré en el aula. A la hora de la verdad me costó mucho acostumbrarme al trato con niños. Había en ellos una alegría instintiva y una vitalidad desordenada que desarmaban mis planes y me descontrolaban. Además, mis alumnos sólo tenían nueve años, y yo estaba acostumbrado a moverme cómodo entre generalizaciones y abstracciones que aquellos chicos y chicas no entendían. Me costó tiempo, mucho más del que duré en este primer pueblo, en hablar a los niños de una manera más llana, más ajustada a su nivel y edad. Ese aprendizaje fue difícil. Por suerte, los niños y niñas de aquel pueblo resultaron tan cálidos y entusiastas que, pese a mi torpe bisoñez, las cosas salieron mucho mejor de lo que yo merecía.
Dejé el pueblo a los dos meses. Mi segundo centro estaba al lado de Pamplona, pero resultó mucho más áspero en todos los sentidos. Mientras, chicos y sobre todo chicas del colegio ribereño estuvieron bastante tiempo escribiéndome, contándome anécdotas infantiles, llenos de ilusión y cariño. Tarde, como pasa casi siempre con los aprendizajes, entendí todo lo que había perdido o menospreciado al abandonar aquel centro, mi primer destino.
Mi cabeza estaba atiborrada de sueños y teorías, y llevaba unos cuantos años en reuniones con enseñantes de izquierdas y abertzales, en particular en Adarra, un movimiento de renovación pedagógica entonces muy pujante en ciertos colegios. Sin embargo, en el pueblo donde yo había caído los maestros, la gran mayoría matrimonios de “propietarios definitivos”, vivían ajenos a todos mis anhelos ingenuos y radicales. Necesité poco tiempo para ver que mi conocimiento de la gente de la enseñanza era muy escaso, y que los deseos y las buenas intenciones no eran suficientes. Pero me temo que esa ignorancia, impaciencia y dogmatismo que me empujaban se tradujeron más de una vez en soberbia y destemplanza.
Esas mismas ensoñaciones de revolución pedagógica chocaron también con lo que me encontré en el aula. A la hora de la verdad me costó mucho acostumbrarme al trato con niños. Había en ellos una alegría instintiva y una vitalidad desordenada que desarmaban mis planes y me descontrolaban. Además, mis alumnos sólo tenían nueve años, y yo estaba acostumbrado a moverme cómodo entre generalizaciones y abstracciones que aquellos chicos y chicas no entendían. Me costó tiempo, mucho más del que duré en este primer pueblo, en hablar a los niños de una manera más llana, más ajustada a su nivel y edad. Ese aprendizaje fue difícil. Por suerte, los niños y niñas de aquel pueblo resultaron tan cálidos y entusiastas que, pese a mi torpe bisoñez, las cosas salieron mucho mejor de lo que yo merecía.
Dejé el pueblo a los dos meses. Mi segundo centro estaba al lado de Pamplona, pero resultó mucho más áspero en todos los sentidos. Mientras, chicos y sobre todo chicas del colegio ribereño estuvieron bastante tiempo escribiéndome, contándome anécdotas infantiles, llenos de ilusión y cariño. Tarde, como pasa casi siempre con los aprendizajes, entendí todo lo que había perdido o menospreciado al abandonar aquel centro, mi primer destino.
08 febrero 2012
Margarita Leoz
Poco a poco, demorándome intencionadamente, dejando tiempo entre relato y relato, y alternando con otras ocupaciones de lectura, he leído Segunda residencia, de Margarita Leoz, que Tropo editores acaba de publicar. Este conjunto de historias, magnífico, y que me apresuro a recomendar vivamente por si alguien abandona este blog a los quince segundos, conforma un pequeño catálogo de insatisfacciones y dolores de las gentes de hoy, un muestrario de pequeñas desdichas, decepciones y angustias en sordina que podemos encontrar en nuestros amigos, en nosotros mismos. Como tituló su libro otra escritora, Mercedes Cebrián, cabe decir que en Segunda residencia nos topamos con el malestar al alcance de todos.
Esa impresión global nos invade sin que la autora se lance a narrar aventuras trepidantes, agónicas peripecias o subrayados dramáticos. Aquí, contadas como a media voz, sin gritos ni explicaciones didácticas, leemos, por ejemplo, historias de profesoras solitarias y médicas aburridas, preadolescentes asustadas o jóvenes que no saben canalizar su desorientación ni colmar sus deseos, parejas que del amor sólo recuerdan algunos gestos que el tiempo ya transformó en muecas, mujeres que quieren cambiar su vida pero no acaban de decidirse, o psiquiatras tan perdidos como sus pacientes.
En esas vidas no hay nada personalmente exaltante. Aunque tampoco grandes tragedias, al menos en el presente. Sólo en tres cuentos hay viejas heridas graves que marcan, en distintos grados, la realidad actual: un episodio de acoso escolar, o sobre todo la muerte de un hijo o de un hermano. Pero lo habitual es que la vida de los protagonistas de estos cuentos sea anodina, muy de tonos grises. No hay asomo de exaltación romántica ni épica, el amor ya nunca es arrebatado o fulgurante, el sexo, las pocas veces que se menciona, es una ausencia lacerante aunque silenciosa, o no tiene nada de bello o gozoso (incluso las comparaciones, en algún momento, recuerdan su componente animalesco). El trabajo es rutinario, las conversaciones siempre banales, y las costumbres diarias tediosas o un poco estúpidas. Y, para sobrevivir sin derrumbes, varios de esos personajes se protegen con la resignación, el autoengaño, la jovialidad forzada, o sencillamente tirando del viejo recurso de esconder la cabeza bajo el ala. De hecho, en los mejores relatos del libro anida una expectativa de cambio, o una amenaza de explosión, de ruptura vital, o de algo ominoso. Pero esa tensión no llega a materializarse, muere sin reventar. Nadie pega un giro a su vida, y nadie encara abiertamente su aflicción.
Mientras leía Segunda residencia recordé un artículo de José María Guelbenzu a propósito de Tobías Wolff, escritor al que guardo especial devoción y que me parece que también es del gusto de Margarita Leoz, lo que se nota en su libro. En ese texto Guelbenzu establece dos principios especialmente pertinentes a la hora de entender y disfrutar los relatos de la autora. El primero señala que “si algo distingue a la literatura es que, al dirigirse a la imaginación del lector, al tener que ponerla en movimiento y fecundarla, necesita de un arma sustancial a la escritura literaria: la sugerencia. Al contrario que la evidencia, propia del discurso lógico, la sugerencia es el alma de la expresión literaria; sin ella, incluso en los textos más limpios y directos, la narrativa o la poesía caerían en el vacío”.
Margarita Leoz maneja el arma de la sugerencia con suma destreza. Estos relatos —sin caer en el minimalismo extremo o en el despojamiento llevado al límite, que a veces, en otros libros, dejan al lector perplejo o perdido, sin datos básicos que le orienten— pivotan sobre la sugerencia. Muchos conflictos están sólo entrevistos, apuntados, implícitos. Ese equilibrio entre decir y no decir, entre mostrar y esconder, entre contar y dejar abiertas las puertas de la interpretación del lector, la autora lo administra con cuidado. Se trata de evitar lo obvio, de contar sólo lo imprescindible para que nosotros, los lectores, entendamos estas vidas pardas, carentes de paz y bienestar. Y el libro obtiene sus cotas más altas cuando más diestra es la escritora en la sugerencia, cuando, depurando y depurando, más y mejor confía en el lector y en su poder de lectura y comprensión.
La segunda nota de Guelbenzu complementa a la primera: “La otra parte del alma de la expresión literaria, la que encarna la sugerencia, es la creación de las imágenes literarias adecuadas a la intención, cuyo valor emocional y simbólico es lo que determina la gran escritura”. Pues bien, los cuentos de Margarita Leoz están repletos de detalles que funcionan como poderosas imágenes, las cuales van creando el clima del relato, ese tono emocional y simbólico que de pronto golpea nuestra sensibilidad y nos hace identificar y reconocer las claves de esas existencias y la fealdad del mundo: mínimos gestos, o bien acciones muy corrientes pero llenas de sentidos ambiguos; empleo literario de objetos domésticos, o ropas, o miradas o bien olores que ayudan a dotar a lo contado de otras complejidades; comparaciones exactas que nos iluminan sobre una acción o un lugar; palabras o expresiones muy corrientes pero que definen a los personajes, o bien otras que restallan de pronto al disonar de un registro lingüístico más neutro. Estos recursos para crear imágenes dan a las historias su temperatura literaria más elevada, y cuando están mejor combinados producen relatos que dejan al lector un soberbio regusto.
Margarita Leoz se aprovecha del realismo. Pero la etiqueta de “realismo literario” obliga a mil matizaciones si no queremos caer en la confusión. Desde luego, el realismo de la autora no tiene nada de costumbrismo chato ni obvio, ni gusta del detallismo prolijo. Sin ir más lejos, es un realismo, creo, muy, muy lejano al de tantos escritores (y escritoras) españoles que parecen, ¡en 2012!, contemporáneos del genial Galdós, como si nada se hubiera escrito después. No, me parece que Margarita Leoz ha tenido que leer a muchos escritores que, en la filiación de Chéjov (escritores, por ejemplo, de la extraordinaria narrativa corta norteamericana del siglo XX), han jugado con la sugerencia, con el poder de las imágenes, con el minimalismo y la sutileza, con el poder del lector para dotar de sentido y sensibilidad al relato que se mueve entre el decir y el callar. Jugando en ese campo del equilibrio, Segunda residencia crea una mirada propia, desolada, feroz pero nada estridente, sobre lo que vivimos, sobre esta pobre, esta decepcionante vida nuestra.
Esa impresión global nos invade sin que la autora se lance a narrar aventuras trepidantes, agónicas peripecias o subrayados dramáticos. Aquí, contadas como a media voz, sin gritos ni explicaciones didácticas, leemos, por ejemplo, historias de profesoras solitarias y médicas aburridas, preadolescentes asustadas o jóvenes que no saben canalizar su desorientación ni colmar sus deseos, parejas que del amor sólo recuerdan algunos gestos que el tiempo ya transformó en muecas, mujeres que quieren cambiar su vida pero no acaban de decidirse, o psiquiatras tan perdidos como sus pacientes.
En esas vidas no hay nada personalmente exaltante. Aunque tampoco grandes tragedias, al menos en el presente. Sólo en tres cuentos hay viejas heridas graves que marcan, en distintos grados, la realidad actual: un episodio de acoso escolar, o sobre todo la muerte de un hijo o de un hermano. Pero lo habitual es que la vida de los protagonistas de estos cuentos sea anodina, muy de tonos grises. No hay asomo de exaltación romántica ni épica, el amor ya nunca es arrebatado o fulgurante, el sexo, las pocas veces que se menciona, es una ausencia lacerante aunque silenciosa, o no tiene nada de bello o gozoso (incluso las comparaciones, en algún momento, recuerdan su componente animalesco). El trabajo es rutinario, las conversaciones siempre banales, y las costumbres diarias tediosas o un poco estúpidas. Y, para sobrevivir sin derrumbes, varios de esos personajes se protegen con la resignación, el autoengaño, la jovialidad forzada, o sencillamente tirando del viejo recurso de esconder la cabeza bajo el ala. De hecho, en los mejores relatos del libro anida una expectativa de cambio, o una amenaza de explosión, de ruptura vital, o de algo ominoso. Pero esa tensión no llega a materializarse, muere sin reventar. Nadie pega un giro a su vida, y nadie encara abiertamente su aflicción.
Mientras leía Segunda residencia recordé un artículo de José María Guelbenzu a propósito de Tobías Wolff, escritor al que guardo especial devoción y que me parece que también es del gusto de Margarita Leoz, lo que se nota en su libro. En ese texto Guelbenzu establece dos principios especialmente pertinentes a la hora de entender y disfrutar los relatos de la autora. El primero señala que “si algo distingue a la literatura es que, al dirigirse a la imaginación del lector, al tener que ponerla en movimiento y fecundarla, necesita de un arma sustancial a la escritura literaria: la sugerencia. Al contrario que la evidencia, propia del discurso lógico, la sugerencia es el alma de la expresión literaria; sin ella, incluso en los textos más limpios y directos, la narrativa o la poesía caerían en el vacío”.
Margarita Leoz maneja el arma de la sugerencia con suma destreza. Estos relatos —sin caer en el minimalismo extremo o en el despojamiento llevado al límite, que a veces, en otros libros, dejan al lector perplejo o perdido, sin datos básicos que le orienten— pivotan sobre la sugerencia. Muchos conflictos están sólo entrevistos, apuntados, implícitos. Ese equilibrio entre decir y no decir, entre mostrar y esconder, entre contar y dejar abiertas las puertas de la interpretación del lector, la autora lo administra con cuidado. Se trata de evitar lo obvio, de contar sólo lo imprescindible para que nosotros, los lectores, entendamos estas vidas pardas, carentes de paz y bienestar. Y el libro obtiene sus cotas más altas cuando más diestra es la escritora en la sugerencia, cuando, depurando y depurando, más y mejor confía en el lector y en su poder de lectura y comprensión.
La segunda nota de Guelbenzu complementa a la primera: “La otra parte del alma de la expresión literaria, la que encarna la sugerencia, es la creación de las imágenes literarias adecuadas a la intención, cuyo valor emocional y simbólico es lo que determina la gran escritura”. Pues bien, los cuentos de Margarita Leoz están repletos de detalles que funcionan como poderosas imágenes, las cuales van creando el clima del relato, ese tono emocional y simbólico que de pronto golpea nuestra sensibilidad y nos hace identificar y reconocer las claves de esas existencias y la fealdad del mundo: mínimos gestos, o bien acciones muy corrientes pero llenas de sentidos ambiguos; empleo literario de objetos domésticos, o ropas, o miradas o bien olores que ayudan a dotar a lo contado de otras complejidades; comparaciones exactas que nos iluminan sobre una acción o un lugar; palabras o expresiones muy corrientes pero que definen a los personajes, o bien otras que restallan de pronto al disonar de un registro lingüístico más neutro. Estos recursos para crear imágenes dan a las historias su temperatura literaria más elevada, y cuando están mejor combinados producen relatos que dejan al lector un soberbio regusto.
Margarita Leoz se aprovecha del realismo. Pero la etiqueta de “realismo literario” obliga a mil matizaciones si no queremos caer en la confusión. Desde luego, el realismo de la autora no tiene nada de costumbrismo chato ni obvio, ni gusta del detallismo prolijo. Sin ir más lejos, es un realismo, creo, muy, muy lejano al de tantos escritores (y escritoras) españoles que parecen, ¡en 2012!, contemporáneos del genial Galdós, como si nada se hubiera escrito después. No, me parece que Margarita Leoz ha tenido que leer a muchos escritores que, en la filiación de Chéjov (escritores, por ejemplo, de la extraordinaria narrativa corta norteamericana del siglo XX), han jugado con la sugerencia, con el poder de las imágenes, con el minimalismo y la sutileza, con el poder del lector para dotar de sentido y sensibilidad al relato que se mueve entre el decir y el callar. Jugando en ese campo del equilibrio, Segunda residencia crea una mirada propia, desolada, feroz pero nada estridente, sobre lo que vivimos, sobre esta pobre, esta decepcionante vida nuestra.
04 febrero 2012
Antonio Martínez Sarrión
Aprovechando un viaje a Madrid me acerco a la cuesta de Moyano. Entre otros libros, compro, rebajado, Escaramuzas, de Antonio Martínez Sarrión. Ya estuve a punto de adquirirlo en una librería hace mes y medio. Pero los anteriores dietarios suyos me decepcionaron, y no me decidí. Ahora lo compro, empujado por la leve rebaja de precio. Craso error. Martínez Sarrión tiene una prosa torpona, pesada, fatigosa; la fluidez elegante, o la ironía, le son ajenas. Lo peor es que más de la mitad del libro es perfectamente trivial, innecesaria. Toda la parte, digamos, política. En la otra, las anotaciones sobre lecturas o preferencias estéticas, hay detalles que me interesan, aunque la novedad es muy escasa. Casi todo lo dijo y repitió Sarrión en los dietarios anteriores y en sus memorias.
Martínez Sarrión no enseña nada que nos haga avanzar un milímetro en el conocimiento del mundo. Y tampoco es capaz de decir lo ya consabido de otra manera, al menos con un punto de vista o una gracia que nos seduzca. Sus imprecaciones certifican que el mundo es injusto, el desastre absoluto. Y los americanos, no digamos. Así, a lo grande, nada menos. Y encima la inmensa mayoría de los intelectuales son sinvergüenzas, imbéciles o cobardes. Menos mal que él, nos advierte, resistirá hasta la muerte.
Para la gimnasia del insulto es suficiente con tirar de recortes de prensa o con citas mutiladas. A veces ni eso: basta con hablar de oídas. Así, hay latigazos a otros escritores sobre la base de referencias bastardas, en plan “creo recordar que Fulano dijo”, o “más o menos Mengano vino a decir que”. Y en alguna ocasión, cae en la vileza. Por ejemplo, cuando interpreta a Savater “psicológicamente”, apoyádose en los gustos literarios de éste. Tiene gracia que Sarrión, que en su vida pública ha sido de una discreción tal que nadie hubiera dicho que es tan radical como se destapa en sus dietarios (llevo mil años leyendo periódicos y nunca le he visto pronunciarse en artículos sobre asuntos de actualidad), acuse a Savater, que se ha jugado la vida y el prestigio intelectual mil veces en la plaza pública y en polémicas con cualquiera, de vivir con una “actitud peterpanesca”. Avilantez.
“En definitiva, una amistad sólida consiste en querer lo mismo y rechazar lo mismo”, cita Martínez Sarrión a Salustio. Esta concepción de la amistad, que merecería no pocas matizaciones, él parece interpretarla, a tenor de este libro, con suma restricción: las querencias y rechazos en las posturas políticas. ¿Ahí se acaba el mundo? Dogmatismo, sectarismo, malas artes y pobreza en la argumentación… Uf, qué pocas ganas dan de ser amigo de gente así.
Martínez Sarrión no enseña nada que nos haga avanzar un milímetro en el conocimiento del mundo. Y tampoco es capaz de decir lo ya consabido de otra manera, al menos con un punto de vista o una gracia que nos seduzca. Sus imprecaciones certifican que el mundo es injusto, el desastre absoluto. Y los americanos, no digamos. Así, a lo grande, nada menos. Y encima la inmensa mayoría de los intelectuales son sinvergüenzas, imbéciles o cobardes. Menos mal que él, nos advierte, resistirá hasta la muerte.
Para la gimnasia del insulto es suficiente con tirar de recortes de prensa o con citas mutiladas. A veces ni eso: basta con hablar de oídas. Así, hay latigazos a otros escritores sobre la base de referencias bastardas, en plan “creo recordar que Fulano dijo”, o “más o menos Mengano vino a decir que”. Y en alguna ocasión, cae en la vileza. Por ejemplo, cuando interpreta a Savater “psicológicamente”, apoyádose en los gustos literarios de éste. Tiene gracia que Sarrión, que en su vida pública ha sido de una discreción tal que nadie hubiera dicho que es tan radical como se destapa en sus dietarios (llevo mil años leyendo periódicos y nunca le he visto pronunciarse en artículos sobre asuntos de actualidad), acuse a Savater, que se ha jugado la vida y el prestigio intelectual mil veces en la plaza pública y en polémicas con cualquiera, de vivir con una “actitud peterpanesca”. Avilantez.
“En definitiva, una amistad sólida consiste en querer lo mismo y rechazar lo mismo”, cita Martínez Sarrión a Salustio. Esta concepción de la amistad, que merecería no pocas matizaciones, él parece interpretarla, a tenor de este libro, con suma restricción: las querencias y rechazos en las posturas políticas. ¿Ahí se acaba el mundo? Dogmatismo, sectarismo, malas artes y pobreza en la argumentación… Uf, qué pocas ganas dan de ser amigo de gente así.
02 febrero 2012
Carlos Pérez Merinero
Hace tres días murió Carlos Pérez Merinero, novelista y hombre del cine. Pero su fallecimiento ha tenido escasa resonancia. Internet registra muy pocos textos tras la muerte, y de escasa entidad, salvo el cariñoso recuerdo de Rafael Reig. Me parece que con los años se había convertido en un autor bastante marginal. Y, sin embargo, su muerte no sólo me ha hecho recordar otros tiempos en mis lecturas y en mis ideas, sino también, gracias a lo que dice Reig, algo que me irrita mucho en los últimos años a propósito del punto de vista en la literatura.
Recuerdo muy bien a Pérez Merinero desde que, en los años setenta, siendo él un joven profesor universitario y yo un adolescente que deglutía libros sin orden ni concierto, leí con voluntad de estudio sus escritos sobre el cine español, que firmaba con su hermano David. Marxista muy radical entonces, Pérez Merinero era de los que pensaban que “El cine, en una formación social capitalista, es un Aparato Ideológico de Estado y, por tanto, cumple la función estructural de todo AIE: la reproducción de las relaciones de producción dominantes, es decir, las relaciones de explotación capitalistas”. Estudiar esta jerga (y cosas mucho más duras, que piadosamente omito) era normal entre la gente con la que yo me movía políticamente.
A partir de 1981 Pérez Merinero, que había abandonado la universidad, comenzó a publicar sus novelas negras, negrísimas, brutales. Y siempre estuvo vinculado al cine, como guionista y director. Participó en la escritura de unas cuantas películas, como la muy conocida Amantes, de Vicente Aranda. Pero la mayoría no tuvieron ese éxito, y una de las últimas en que intervino en el guión, El ciclo Dreyer, la vimos cuatro gatos. Incluso dirigió un largo, Rincones del paraíso, con actores notables, como Juan Diego. Pero es un film casi clandestino: pasó cuatro días por un par de salas de España, lo cual, para un director, y con lo que cuesta levantar y rodar una película, es, digamos, la cifra del fracaso. Luego dirigió otros proyectos que nacieron ya al margen, y que, como dice de sí misma la editorial Pepitas de Calabaza, tuvieron “menos proyección que un cinexin”.
Yo leí casi todas sus novelas de los años ochenta, en tiempos donde todavía devoraba novela policiales, o negras, o detectivescas o similares. Y tengo muy presentes en la memoria la primera y más vendida, Días de guardar, en la gran colección de Bruguera, y en 1986 la que más me impresionó, La mano armada. Son historias, como dice Rafael Reig, que “salpican sangre y semen. Sus personajes son antihéroes de verdad, no para uso de la gazmoñería contemporánea, son machistas, salidos, crueles, brutales, egoístas, un poco neuróticos y casi siempre muy desdichados”. Pérez Merinero ha continuado en la brecha hasta el final; su última novela se publicó hace cuatro meses. Pero las editoriales donde publicaba eran cada vez más enclenques, y no sé si esas novelas han circulado más allá de un diminuto círculo de lectores. Confieso que yo le había perdido la pista.
Las novelas más salvajes de Pérez Merinero están escritas en primera persona. El protagonista absoluto y narrador hace chistes y juegos de palabras de pésimo gusto, se va por los cerros de Úbeda y nos cuenta las brutalidades de todo tipo que comete. Escuchamos esa voz, vemos cómo funciona la mente de ese personaje, qué desea y hace, y el efecto que provoca en nosotros es el de la repugnancia, aunque al mismo tiempo entendemos mejor unas cuantas cosas sobre los deseos, la violencia, la crueldad, sobre el fondo más oscuro de la mente.
Esa voz que narra a lo bestia no es la del escritor, sino la del personaje fruto de su imaginación. No sé cómo era Pérez Merinero ni cómo vivía, qué le gustaba o sentía, si era machista o autoritario o coleccionista de barcos, si seguía siendo marxista leninista o posmoderno nihilista, futbolero u obseso sexual. Sólo sé que en sus novelas acertó a crear personajes potentes, literariamente atractivos, por mucho que fueran tipejos que perseguían violentamente sus obsesiones y resultasen detestables. Pero eran personajes, y lo que hacían o decían no tenía por qué representar en absoluto al autor.
Da un poco de vergüenza repetir estas obviedades. Pero es que periódicamente se organizan linchamientos de escritores a los que se confunde con sus personajes, a los que se critica por las ideas (por ejemplo, racistas, o machistas, o clasistas o simplemente estúpidas) que manifiestan esos personajes en cuentos o novelas. Es lo que tiene la ignorancia del abecé de la literatura.
No hablo de oídas. En algún concurso literario en que he participado como jurado me ha tocado defender relatos en los cuales el autor o autora había creado un personaje que, en primera persona, contaba y justificaba sus fechorías: maltratadores de mujeres, racistas desaforados. Y por mucho que algunos quisiéramos situar la discusión en parámetros de técnica y calidad literaria, y de que explicáramos que juzgar muy convincente literariamente la descripción de la mente de un asesino no es lo mismo que hacer apología del crimen, siempre había quien rechazaba la obra con argumentos morales, o con tópicos bienintencionados pero tontos sobre lo negativo del personaje y la conveniencia de premiar, mejor, a relatos con personajes “positivos”. Y lo peor: en esos jurado he conocido personas temerosas de que se nos atacara, desde medios “progresistas”, si premiábamos un relato de ésos, personas asustadas de que se nos pudiese tachar de defensores de racismo o de malos tratos. (Esto se ha hecho muchas veces, por cierto: atacar a alguien usando frases de un personaje de ficción como si fueran afirmaciones de un artículo de opinión o de un ensayo; dicho en plata: adjudicar al escritor burradas que dicen o hacen los personajes que él creó.)
¿Pero es que los lectores somos idiotas y no sabemos distinguir entre el autor y sus personajes, entre la realidad y los recursos y técnicas de la ficción? Yo creo que no. Y Carlos Pérez Merinero, que dibujó algunos de los personajes más repulsivos que recuerdo, estoy seguro de que se hubiera reído con estas confusiones. En tiempos de pensamiento políticamente gazmoño, y más opresivo mentalmente que correcto, tiempos en los que hay que tentarse mucho la ropa, él iba a su aire, totalmente a su aire. Era un escritor libre, que produjo obras que no merecen el total silencio que con los años fue cayendo sobre él.
Recuerdo muy bien a Pérez Merinero desde que, en los años setenta, siendo él un joven profesor universitario y yo un adolescente que deglutía libros sin orden ni concierto, leí con voluntad de estudio sus escritos sobre el cine español, que firmaba con su hermano David. Marxista muy radical entonces, Pérez Merinero era de los que pensaban que “El cine, en una formación social capitalista, es un Aparato Ideológico de Estado y, por tanto, cumple la función estructural de todo AIE: la reproducción de las relaciones de producción dominantes, es decir, las relaciones de explotación capitalistas”. Estudiar esta jerga (y cosas mucho más duras, que piadosamente omito) era normal entre la gente con la que yo me movía políticamente.
A partir de 1981 Pérez Merinero, que había abandonado la universidad, comenzó a publicar sus novelas negras, negrísimas, brutales. Y siempre estuvo vinculado al cine, como guionista y director. Participó en la escritura de unas cuantas películas, como la muy conocida Amantes, de Vicente Aranda. Pero la mayoría no tuvieron ese éxito, y una de las últimas en que intervino en el guión, El ciclo Dreyer, la vimos cuatro gatos. Incluso dirigió un largo, Rincones del paraíso, con actores notables, como Juan Diego. Pero es un film casi clandestino: pasó cuatro días por un par de salas de España, lo cual, para un director, y con lo que cuesta levantar y rodar una película, es, digamos, la cifra del fracaso. Luego dirigió otros proyectos que nacieron ya al margen, y que, como dice de sí misma la editorial Pepitas de Calabaza, tuvieron “menos proyección que un cinexin”.
Yo leí casi todas sus novelas de los años ochenta, en tiempos donde todavía devoraba novela policiales, o negras, o detectivescas o similares. Y tengo muy presentes en la memoria la primera y más vendida, Días de guardar, en la gran colección de Bruguera, y en 1986 la que más me impresionó, La mano armada. Son historias, como dice Rafael Reig, que “salpican sangre y semen. Sus personajes son antihéroes de verdad, no para uso de la gazmoñería contemporánea, son machistas, salidos, crueles, brutales, egoístas, un poco neuróticos y casi siempre muy desdichados”. Pérez Merinero ha continuado en la brecha hasta el final; su última novela se publicó hace cuatro meses. Pero las editoriales donde publicaba eran cada vez más enclenques, y no sé si esas novelas han circulado más allá de un diminuto círculo de lectores. Confieso que yo le había perdido la pista.
Las novelas más salvajes de Pérez Merinero están escritas en primera persona. El protagonista absoluto y narrador hace chistes y juegos de palabras de pésimo gusto, se va por los cerros de Úbeda y nos cuenta las brutalidades de todo tipo que comete. Escuchamos esa voz, vemos cómo funciona la mente de ese personaje, qué desea y hace, y el efecto que provoca en nosotros es el de la repugnancia, aunque al mismo tiempo entendemos mejor unas cuantas cosas sobre los deseos, la violencia, la crueldad, sobre el fondo más oscuro de la mente.
Esa voz que narra a lo bestia no es la del escritor, sino la del personaje fruto de su imaginación. No sé cómo era Pérez Merinero ni cómo vivía, qué le gustaba o sentía, si era machista o autoritario o coleccionista de barcos, si seguía siendo marxista leninista o posmoderno nihilista, futbolero u obseso sexual. Sólo sé que en sus novelas acertó a crear personajes potentes, literariamente atractivos, por mucho que fueran tipejos que perseguían violentamente sus obsesiones y resultasen detestables. Pero eran personajes, y lo que hacían o decían no tenía por qué representar en absoluto al autor.
Da un poco de vergüenza repetir estas obviedades. Pero es que periódicamente se organizan linchamientos de escritores a los que se confunde con sus personajes, a los que se critica por las ideas (por ejemplo, racistas, o machistas, o clasistas o simplemente estúpidas) que manifiestan esos personajes en cuentos o novelas. Es lo que tiene la ignorancia del abecé de la literatura.
No hablo de oídas. En algún concurso literario en que he participado como jurado me ha tocado defender relatos en los cuales el autor o autora había creado un personaje que, en primera persona, contaba y justificaba sus fechorías: maltratadores de mujeres, racistas desaforados. Y por mucho que algunos quisiéramos situar la discusión en parámetros de técnica y calidad literaria, y de que explicáramos que juzgar muy convincente literariamente la descripción de la mente de un asesino no es lo mismo que hacer apología del crimen, siempre había quien rechazaba la obra con argumentos morales, o con tópicos bienintencionados pero tontos sobre lo negativo del personaje y la conveniencia de premiar, mejor, a relatos con personajes “positivos”. Y lo peor: en esos jurado he conocido personas temerosas de que se nos atacara, desde medios “progresistas”, si premiábamos un relato de ésos, personas asustadas de que se nos pudiese tachar de defensores de racismo o de malos tratos. (Esto se ha hecho muchas veces, por cierto: atacar a alguien usando frases de un personaje de ficción como si fueran afirmaciones de un artículo de opinión o de un ensayo; dicho en plata: adjudicar al escritor burradas que dicen o hacen los personajes que él creó.)
¿Pero es que los lectores somos idiotas y no sabemos distinguir entre el autor y sus personajes, entre la realidad y los recursos y técnicas de la ficción? Yo creo que no. Y Carlos Pérez Merinero, que dibujó algunos de los personajes más repulsivos que recuerdo, estoy seguro de que se hubiera reído con estas confusiones. En tiempos de pensamiento políticamente gazmoño, y más opresivo mentalmente que correcto, tiempos en los que hay que tentarse mucho la ropa, él iba a su aire, totalmente a su aire. Era un escritor libre, que produjo obras que no merecen el total silencio que con los años fue cayendo sobre él.
29 enero 2012
Conjeturas lingüísticas
Dedico un buen rato a la última edición del Diccionario de dudas y dificultades de la lengua española, de Manuel Seco. Es un trabajo que se publicó por vez primera en 1961, y que su autor ha ido revisando desde entonces para cada nueva edición, al compás de los cambios sufridos por la lengua. Hasta que la Real Academia Española (RAE) dio a la luz en 2005 el Diccionario panhispánico de dudas, la obra de Seco fue la más comprada y consultada por todos aquellos a quienes asaltan con frecuencia dudas en el uso de la lengua española. Yo recuerdo no sólo haber adquirido una de sus muchas ediciones, sino también encontrar y aprovechar el volumen, por ejemplo, en centros de enseñanza y oficinas de la Administración.
En esta edición de finales de 2011 termina Seco su presentación recordando a Sidney Landau, para quien “la imitación es la forma más sincera de lisonja”. De acuerdo con esta sentencia, continúa Seco, “puede afirmarse que cierto ambicioso y bastante reciente Diccionario de dudas, amparado por el nombre de una venerable institución, ha constituido la mayor de las alabanzas que podía esperar este Diccionario mío en su edición de 1998. Desde la idea general hasta no pocos contenidos concretos, y desde la estructura básica hasta la disposición tipográfica, la obra admiradora deja patente huella de la obra admirada, aunque, por explicable olvido, en ningún lugar haya mencionado la fuente inspiradora”.
La “venerable institución” a la que Manuel Seco no quiere nombrar es, claro, la RAE (a la cual, por cierto, el propio Manuel Seco pertenece desde 1979, lo que gusta de recordar siempre, incluso en la cubierta de este libro), y el diccionario de dudas es el ya citado panhispánico de la misma institución.
Aquí tenemos los datos para un buen relato, aunque no sabemos si su materia principal la tejen las discrepancias lingüísticas o económicas, o puede que componentes menos nobles, como el ninguneo, la envidia, el despecho o la soberbia. En todo caso, las palabras de Seco, pero también que, en efecto, en el Diccionario panhispánico no se le mencione nunca, ni a su obra, dan pie para lucubrar en varias direcciones.
Desde luego, Seco, que no participó en el Panhispánico –siendo autor ya de este diccionario, y un notorio lexicógrafo—, fustiga a la RAE en muchas entradas de su diccionario. Las discrepancias a la hora de aceptar o no nuevas palabras o expresiones, o nuevas acepciones de algunas, saltan al lector aquí o allí; además Seco considera que la RAE mantiene no pocas veces una actitud demasiado complaciente y blanda con palabras o sentidos nuevos que para él son radicalmente inaceptables, al igual que ante topónimos aceptados por la RAE —si bien, digamos, por imperativo legal, ya que ha sido el Parlamento español el que se ha plegado a diversas exigencias nacionalistas al aceptar como únicos nombres legales de ciudades y provincias los escritos en euskera, gallego o catalán (Lleida, A Coruña o Gipuzkoa, por ejemplo)—.
Cabe sospechar por tanto que las diferencias lingüísticas entre Seco y la mayoría de los académicos son ya viejas, y que tal vez por eso el Panhispánico se hizo sin contar con él, convertido en un (relativo) disidente dentro de la institución. Por otra parte, pudo plantearse en su momento, al salir el Panhispánico en 2005, un conflicto económico y editorial derivado del interés de Seco por continuar reeditando su obra (con la que Espasa y él han hecho, desde hace cincuenta años, un buen negocio), frente a la decisión de la RAE de que el Panhispánico lo publicara un grupo editorial rival, Santillana.
Mejor no seguir conjeturando. Me quedo con los datos que fluyen sencillamente de las palabras de Manuel Seco. Es decir, con su irritación indisimulada ante el Panhispánico, con su acusación de que dicho diccionario incurre en un cierto plagio de su propia obra, y encima con el alfilerazo a su orgullo que desprende el texto, orgullo que sangra al no ser nunca citado ni reconocido en aquél.
Aunque lo que más me intriga es lo del “explicable olvido”. ¿Por qué explicable? ¿Qué sucesos o pendencias con otros miembros de la RAE explican ese olvido? ¿En qué colegas de la Real Academia Española, a los que verá todos los jueves en las reuniones ordinarias, y en qué circunstancias, estará pensando don Manuel Seco?
En esta edición de finales de 2011 termina Seco su presentación recordando a Sidney Landau, para quien “la imitación es la forma más sincera de lisonja”. De acuerdo con esta sentencia, continúa Seco, “puede afirmarse que cierto ambicioso y bastante reciente Diccionario de dudas, amparado por el nombre de una venerable institución, ha constituido la mayor de las alabanzas que podía esperar este Diccionario mío en su edición de 1998. Desde la idea general hasta no pocos contenidos concretos, y desde la estructura básica hasta la disposición tipográfica, la obra admiradora deja patente huella de la obra admirada, aunque, por explicable olvido, en ningún lugar haya mencionado la fuente inspiradora”.
La “venerable institución” a la que Manuel Seco no quiere nombrar es, claro, la RAE (a la cual, por cierto, el propio Manuel Seco pertenece desde 1979, lo que gusta de recordar siempre, incluso en la cubierta de este libro), y el diccionario de dudas es el ya citado panhispánico de la misma institución.
Aquí tenemos los datos para un buen relato, aunque no sabemos si su materia principal la tejen las discrepancias lingüísticas o económicas, o puede que componentes menos nobles, como el ninguneo, la envidia, el despecho o la soberbia. En todo caso, las palabras de Seco, pero también que, en efecto, en el Diccionario panhispánico no se le mencione nunca, ni a su obra, dan pie para lucubrar en varias direcciones.
Desde luego, Seco, que no participó en el Panhispánico –siendo autor ya de este diccionario, y un notorio lexicógrafo—, fustiga a la RAE en muchas entradas de su diccionario. Las discrepancias a la hora de aceptar o no nuevas palabras o expresiones, o nuevas acepciones de algunas, saltan al lector aquí o allí; además Seco considera que la RAE mantiene no pocas veces una actitud demasiado complaciente y blanda con palabras o sentidos nuevos que para él son radicalmente inaceptables, al igual que ante topónimos aceptados por la RAE —si bien, digamos, por imperativo legal, ya que ha sido el Parlamento español el que se ha plegado a diversas exigencias nacionalistas al aceptar como únicos nombres legales de ciudades y provincias los escritos en euskera, gallego o catalán (Lleida, A Coruña o Gipuzkoa, por ejemplo)—.
Cabe sospechar por tanto que las diferencias lingüísticas entre Seco y la mayoría de los académicos son ya viejas, y que tal vez por eso el Panhispánico se hizo sin contar con él, convertido en un (relativo) disidente dentro de la institución. Por otra parte, pudo plantearse en su momento, al salir el Panhispánico en 2005, un conflicto económico y editorial derivado del interés de Seco por continuar reeditando su obra (con la que Espasa y él han hecho, desde hace cincuenta años, un buen negocio), frente a la decisión de la RAE de que el Panhispánico lo publicara un grupo editorial rival, Santillana.
Mejor no seguir conjeturando. Me quedo con los datos que fluyen sencillamente de las palabras de Manuel Seco. Es decir, con su irritación indisimulada ante el Panhispánico, con su acusación de que dicho diccionario incurre en un cierto plagio de su propia obra, y encima con el alfilerazo a su orgullo que desprende el texto, orgullo que sangra al no ser nunca citado ni reconocido en aquél.
Aunque lo que más me intriga es lo del “explicable olvido”. ¿Por qué explicable? ¿Qué sucesos o pendencias con otros miembros de la RAE explican ese olvido? ¿En qué colegas de la Real Academia Española, a los que verá todos los jueves en las reuniones ordinarias, y en qué circunstancias, estará pensando don Manuel Seco?
26 enero 2012
Los blogs de cada día (y III)
Mi lista de blogs
La nave de los locos. Fernando Valls, profesor universitario y crítico literario de larga trayectoria, mantiene diariamente este blog (www.nalocos.blogspot.com) desde hace tres años. En él incluye materiales muy diversos: notas de viaje propias y ajenas, fotografías de lugares visitados, semblanzas de escritores, algunas (muy pocas) críticas de libros. Capítulo especial merecen los microrrelatos que selecciona y publica, de autores españoles o latinoamericanos, ya que su brevedad sí los hace apropiados para internet, y en ese terreno del microrrelato Valls es todo un especialista. El blog mantiene un buen nivel, y creo que gana cuando él se suelta el pelo en sus análisis o enfados, o cuando algunos colaboradores a los que él ha acogido han escrito sobre problemas literarios. Es un blog muy visitado por todo tipo de gentes ligadas profesional o vocacionalmente a la narración y a la poesía. No publica comentarios anónimos.
Los archivos de Justo Serna. (www.justoserna.wordpress.com) Catedrático de Historia de la Universidad de Valencia, Justo Serna escribe, más o menos cada cuatro días, sobre libros, pero también acerca de películas o series televisivas. Últimamente dedica menos entradas a la política, tal vez porque El País le publica, en su edición valenciana, una columna semanal sobre las andanzas de los políticos de esa comunidad, tan peculiares y/o siniestros. El tono del blog es sereno, cuidado, un punto profesoral y exquisito, nada polémico, vivaz o afilado. Eso nunca, para bien o para mal. El aspecto visual es muy cuidado, muy coherente con el estilo de Serna.
Antón Castro. (www.antoncastro.blogia.com) Castro es un veterano de los blogs. Su planteamiento es netamente informativo. Exposiciones, presentaciones de libros, noticias culturales varias, todo cabe en este gran contenedor, mantenido con extraordinaria regularidad y profusión y, por tanto, invirtiendo mucho tiempo. Antón Castro no opina, sólo informa, sobre todo en relación con la vida cultural de Aragón, donde vive hace muchos años.
Daniel Gascón (www.danielgascon.blogia.com) Hijo de Antón Castro, escritor y guionista, mantiene un blog poco regular, pero que contiene siempre entradas de gran interés, muy bien escritas, y, al contrario que su padre, comprometidas, combativas. Enlaza también con sus artículos en otros medios, sobre todo en la muy interesante revista Letras Libres.
Pepe Cerdá. (http://pepe-cerda.blogia.com/). Este pintor aragonés creó su blog ya en 2004. Como él mismo explicó hace poco, “contar por contar es lo que yo he venido haciendo aquí desde hace ya más de un lustro. He ido vertiendo juicios, opiniones, sucedidos, reflexiones y anécdotas sin ton ni son. A muchos, la mayoría, de los lectores les ha ido entreteniendo y cuando les ha dejado de entretener han dejado de leerme y en paz. A otros, los menos, les he ido cabreando y se han ido calentando, y por esto, aunque resulte paradójico, me han seguido leyendo”. Cerdá parece escribir siempre sin remilgos, sin cuidados formales, como le sale. Pero tiene un sentido del humor, una mala leche, una forma directa de afrontar sus posts y un sentido de la narración que hacen que su blog, ahora muy irregular, siempre resulte estimulante.
Lector Mal-herido (www.lectormalherido.wordpress.com)
Hikikomori (www.hkkmr.blogspot.com)
Estos dos blogs los escribe Alberto Olmos, un novelista cada vez más pujante. El más riguroso es Hikikomori, aunque su frecuencia de publicación no es alta. Pero ahí Olmos aborda cuestiones literarias con notable altura, en entradas normalmente extensas, bien meditadas y que dan mucho juego polémico. En cambio, Lector Mal-herido, muchísimo más visitado y popular, e incluso con entradas que han sido recopiladas en un libro, es un blog mucho más discutible. Olmos, travestido en Mal-herido, da rienda suelta a su gracia bestia, que la tiene, pero a través de un personaje detestable, un bocazas que sacrifica la finura crítica a su condición de broncas. Y eso aunque a veces se atreva con verdades como puños, muy poco correctas políticamente. Es muy fácil soltar mandobles a diestro y siniestro, sólo que a veces se nota demasiado que lo único que apetece es eso, golpear duro, dejando de lado la consistencia.
Rayos y truenos. Enrique García-Máiquez. (http://egmaiquez.blogspot.com). Conservador en todos los sentidos de la palabra, católico a machamartillo, miembro del Opus Dei, rasgos, en fin, de los que me siento lejos, este magnífico poeta mantiene un blog que sigo con gusto. Todos los días hay una entrada, aunque a veces sea brevísima. Pero todas tienen agudeza y hondura. García-Máiquez no oculta sus ideas políticas ni religiosas, en absoluto, pero nunca es agrio, bronquista, amargo o apocalíptico. Tiende más a la levedad, al humor, a la sugerencia. Entre los blogs que estoy citando, no sé si conozco otro, además, tan pegado a lo personal, a lo familiar, a lo doméstico.
Café Arcadia. José Luis García Martín. (http://cafearcadia.blogspot.com). Me gusta este blog porque sigue la misma línea de los diarios en papel del escritor. En su caso el blog no es más que una prolongación, sin cambios de ninguna clase, de su empeño diarístico, que ha producido más de diez libros, desde el primero, que compré en 1991. García Martín siempre ha tenido, como diarista, una fama equívoca porque hay personas a la que no les gusta que se cuenten anécdotas de la vida literaria con nombres propios, miserias descarnadas con nombres y apellidos. Pero en sus diarios no sólo hay “sangrecilla”; siempre hay más, mucho más. Aunque, después de tantos años, creo que, tal vez por repetirse demasiado, sus seguidores ya le hemos tomado demasiado la medida.
Gonzalo Hidalgo Bayal (www.bayal.blogspot.com). Este escritor deslumbrante, que ha vivido siempre en su Extremadura natal al margen de modas y famas, y que durante muchos años publicó sus libros en ediciones modestísimas que me parece que no conocían ni los de Cáceres, mantiene hace años un blog muy original, en el que no admite comentarios. Juegos de palabras, versitos jocosos, algunas humoradas involuntarias de sus alumnos del Instituto, reflexiones muy breves y siempre agudísimas… Bayal es bueno en todo lo que publica, y su blog, raro, a veces desconcertante por lacónico y algo oscuro, es un cuaderno magnífico de escritor.
Alvaro Valverde. (http://mayora.blogspot.com). Me gusta la modestia en su blog de este buen poeta y maestro de escuela. Cuestiones literarias casi siempre, y muchos enlaces a textos de otros escritores, con una especial atención a los letraheridos de Extremadura, y entre todos a su admiradísimo Hidalgo Bayal. Un buen cuaderno de notas y lecturas. Valverde tampoco admite comentarios, supongo que por escepticismo sobre ellos.
Columna de humo. (http://www.benitezariza.blogspot.com). José Manuel Benítez Ariza, profesor de inglés en un instituto de Cádiz, traductor notable del inglés y escritor de larga trayectoria, aunque repercusión limitada, mantiene esta bitácora, cuaderno de notas, diario personal poco íntimo. Benítez Ariza escribe muy bien, y sus apuntes siempre son de buen tono y ponderados. Para mi gusto, a veces resultan demasiado serenos, casi circunspectos. Vaya, lo más opuesto que puede haber a Juan Mal-herido. Pero, en ese tono tan equilibrado, es un blog de gran interés.
El náuGrafo Digital. (http://www.elnaugrafodigital.com). Eduardo Laporte lleva ya un buen puñado de años con su blog. Muy regular en la publicación, Laporte mezcla los apuntes personales con una permanente observación y narración de lo que le rodea, de lo que encuentra en Madrid o de lo que le pasa cuando visita su Pamplona natal, de sus estados de ánimo, de lo que hace y de la gente que ve. Eso sí, siempre con gran discreción, salvo cuando los días se hacen de plomo y el ánimo decae. Eduardo Laporte es, hace años, una presencia constante en mis hábitos lectores, porque me interesa mucho ese empeño de registrar tantas cosas unidas, un empeño en el que la literatura y la vida se mezclan y todo se narra, todo es materia del blog.
Rafael Reig. (http://www.hotelkafka.com/blogs/rafael_reig). Este escritor no publica entradas con mucha frecuencia, pero en las que ven la luz brilla su humor, su sentido alcohólico de la vida, sus ganas de disfrutar de los amigos y de las comidas largas con ellos, de su hija y de su novia. Reig construye sus post con párrafos muy breves, muchas veces de una sola frase, que crean un ritmo muy personal y eficaz. Diario personal, anécdotas menudas, comentarios sobre algunas lecturas, y de tanto en tanto su mirada izquierdosa a la vida.
Escrito en un instante. Antonio Muñoz Molina tiene alojado este blog dentro de su (bien diseñada) página web (www.antoniomuñozmolina.es). Al margen de que soy lector de sus novelas y artículos hace muchos años, lo que me gusta de este blog es la capacidad del escritor para, casi todos los días, fijar en palabras una emoción, un paisaje, un juicio breve sobre algo o alguien, una situación. Escrito en un instante, y escritura del instante. Un verdadero cuaderno de escritor.
En la boca del lobo. (http://www.ramonlobo.com). Ramón Lobo, periodista de Internacional de El País, tiene un blog profesional dentro de los del periódico, aguas internacionales (http://blogs.elpais.com/aguas-internacionales), pero también mantiene este otro personal, en el que cuenta muy pocas cosas concretas de su vida, pero en el que vuelca sus perplejidades, sus enfados, sus sueños, y en el cual enlaza muchos vídeos de YouTube con canciones de su repertorio sentimental. Lobo es un magnífico periodista, autor de libros muy recomendables sobre sus experiencias como corresponsal de guerra, y un hombre de izquierdas, perplejo, enfadado con el mundo, siempre luchando con el sobrepeso y con sus sentimientos encontrados.
Podría citar más blogs que consulto. Pero no me quiero extender. Sólo nombraré, sin más, los de El Boomeran(g) (http://www.elboomeran.com). Ahora hay dieciséis alojados ahí, todos interesantes. También merecen citarse y leerse algunos de los alojados en el periódico El Mundo (http://www.elmundo.es/blogs/elmundo), en particular los de Arcadi Espada, Santiago González, Manuel Jabois y Alejandro Gándara. Y, en fin, los de Ramón Buenaventura (http://rbuenaventura.wordpress.com) y José María Romera. Jose Mari, en Las palabras de la tribu (http://www.romera.blogspot.com) nos enseña siempre sobre cuestiones de lenguaje, y sobre muchos más asuntos, muchos más.
La nave de los locos. Fernando Valls, profesor universitario y crítico literario de larga trayectoria, mantiene diariamente este blog (www.nalocos.blogspot.com) desde hace tres años. En él incluye materiales muy diversos: notas de viaje propias y ajenas, fotografías de lugares visitados, semblanzas de escritores, algunas (muy pocas) críticas de libros. Capítulo especial merecen los microrrelatos que selecciona y publica, de autores españoles o latinoamericanos, ya que su brevedad sí los hace apropiados para internet, y en ese terreno del microrrelato Valls es todo un especialista. El blog mantiene un buen nivel, y creo que gana cuando él se suelta el pelo en sus análisis o enfados, o cuando algunos colaboradores a los que él ha acogido han escrito sobre problemas literarios. Es un blog muy visitado por todo tipo de gentes ligadas profesional o vocacionalmente a la narración y a la poesía. No publica comentarios anónimos.
Los archivos de Justo Serna. (www.justoserna.wordpress.com) Catedrático de Historia de la Universidad de Valencia, Justo Serna escribe, más o menos cada cuatro días, sobre libros, pero también acerca de películas o series televisivas. Últimamente dedica menos entradas a la política, tal vez porque El País le publica, en su edición valenciana, una columna semanal sobre las andanzas de los políticos de esa comunidad, tan peculiares y/o siniestros. El tono del blog es sereno, cuidado, un punto profesoral y exquisito, nada polémico, vivaz o afilado. Eso nunca, para bien o para mal. El aspecto visual es muy cuidado, muy coherente con el estilo de Serna.
Antón Castro. (www.antoncastro.blogia.com) Castro es un veterano de los blogs. Su planteamiento es netamente informativo. Exposiciones, presentaciones de libros, noticias culturales varias, todo cabe en este gran contenedor, mantenido con extraordinaria regularidad y profusión y, por tanto, invirtiendo mucho tiempo. Antón Castro no opina, sólo informa, sobre todo en relación con la vida cultural de Aragón, donde vive hace muchos años.
Daniel Gascón (www.danielgascon.blogia.com) Hijo de Antón Castro, escritor y guionista, mantiene un blog poco regular, pero que contiene siempre entradas de gran interés, muy bien escritas, y, al contrario que su padre, comprometidas, combativas. Enlaza también con sus artículos en otros medios, sobre todo en la muy interesante revista Letras Libres.
Pepe Cerdá. (http://pepe-cerda.blogia.com/). Este pintor aragonés creó su blog ya en 2004. Como él mismo explicó hace poco, “contar por contar es lo que yo he venido haciendo aquí desde hace ya más de un lustro. He ido vertiendo juicios, opiniones, sucedidos, reflexiones y anécdotas sin ton ni son. A muchos, la mayoría, de los lectores les ha ido entreteniendo y cuando les ha dejado de entretener han dejado de leerme y en paz. A otros, los menos, les he ido cabreando y se han ido calentando, y por esto, aunque resulte paradójico, me han seguido leyendo”. Cerdá parece escribir siempre sin remilgos, sin cuidados formales, como le sale. Pero tiene un sentido del humor, una mala leche, una forma directa de afrontar sus posts y un sentido de la narración que hacen que su blog, ahora muy irregular, siempre resulte estimulante.
Lector Mal-herido (www.lectormalherido.wordpress.com)
Hikikomori (www.hkkmr.blogspot.com)
Estos dos blogs los escribe Alberto Olmos, un novelista cada vez más pujante. El más riguroso es Hikikomori, aunque su frecuencia de publicación no es alta. Pero ahí Olmos aborda cuestiones literarias con notable altura, en entradas normalmente extensas, bien meditadas y que dan mucho juego polémico. En cambio, Lector Mal-herido, muchísimo más visitado y popular, e incluso con entradas que han sido recopiladas en un libro, es un blog mucho más discutible. Olmos, travestido en Mal-herido, da rienda suelta a su gracia bestia, que la tiene, pero a través de un personaje detestable, un bocazas que sacrifica la finura crítica a su condición de broncas. Y eso aunque a veces se atreva con verdades como puños, muy poco correctas políticamente. Es muy fácil soltar mandobles a diestro y siniestro, sólo que a veces se nota demasiado que lo único que apetece es eso, golpear duro, dejando de lado la consistencia.
Rayos y truenos. Enrique García-Máiquez. (http://egmaiquez.blogspot.com). Conservador en todos los sentidos de la palabra, católico a machamartillo, miembro del Opus Dei, rasgos, en fin, de los que me siento lejos, este magnífico poeta mantiene un blog que sigo con gusto. Todos los días hay una entrada, aunque a veces sea brevísima. Pero todas tienen agudeza y hondura. García-Máiquez no oculta sus ideas políticas ni religiosas, en absoluto, pero nunca es agrio, bronquista, amargo o apocalíptico. Tiende más a la levedad, al humor, a la sugerencia. Entre los blogs que estoy citando, no sé si conozco otro, además, tan pegado a lo personal, a lo familiar, a lo doméstico.
Café Arcadia. José Luis García Martín. (http://cafearcadia.blogspot.com). Me gusta este blog porque sigue la misma línea de los diarios en papel del escritor. En su caso el blog no es más que una prolongación, sin cambios de ninguna clase, de su empeño diarístico, que ha producido más de diez libros, desde el primero, que compré en 1991. García Martín siempre ha tenido, como diarista, una fama equívoca porque hay personas a la que no les gusta que se cuenten anécdotas de la vida literaria con nombres propios, miserias descarnadas con nombres y apellidos. Pero en sus diarios no sólo hay “sangrecilla”; siempre hay más, mucho más. Aunque, después de tantos años, creo que, tal vez por repetirse demasiado, sus seguidores ya le hemos tomado demasiado la medida.
Gonzalo Hidalgo Bayal (www.bayal.blogspot.com). Este escritor deslumbrante, que ha vivido siempre en su Extremadura natal al margen de modas y famas, y que durante muchos años publicó sus libros en ediciones modestísimas que me parece que no conocían ni los de Cáceres, mantiene hace años un blog muy original, en el que no admite comentarios. Juegos de palabras, versitos jocosos, algunas humoradas involuntarias de sus alumnos del Instituto, reflexiones muy breves y siempre agudísimas… Bayal es bueno en todo lo que publica, y su blog, raro, a veces desconcertante por lacónico y algo oscuro, es un cuaderno magnífico de escritor.
Alvaro Valverde. (http://mayora.blogspot.com). Me gusta la modestia en su blog de este buen poeta y maestro de escuela. Cuestiones literarias casi siempre, y muchos enlaces a textos de otros escritores, con una especial atención a los letraheridos de Extremadura, y entre todos a su admiradísimo Hidalgo Bayal. Un buen cuaderno de notas y lecturas. Valverde tampoco admite comentarios, supongo que por escepticismo sobre ellos.
Columna de humo. (http://www.benitezariza.blogspot.com). José Manuel Benítez Ariza, profesor de inglés en un instituto de Cádiz, traductor notable del inglés y escritor de larga trayectoria, aunque repercusión limitada, mantiene esta bitácora, cuaderno de notas, diario personal poco íntimo. Benítez Ariza escribe muy bien, y sus apuntes siempre son de buen tono y ponderados. Para mi gusto, a veces resultan demasiado serenos, casi circunspectos. Vaya, lo más opuesto que puede haber a Juan Mal-herido. Pero, en ese tono tan equilibrado, es un blog de gran interés.
El náuGrafo Digital. (http://www.elnaugrafodigital.com). Eduardo Laporte lleva ya un buen puñado de años con su blog. Muy regular en la publicación, Laporte mezcla los apuntes personales con una permanente observación y narración de lo que le rodea, de lo que encuentra en Madrid o de lo que le pasa cuando visita su Pamplona natal, de sus estados de ánimo, de lo que hace y de la gente que ve. Eso sí, siempre con gran discreción, salvo cuando los días se hacen de plomo y el ánimo decae. Eduardo Laporte es, hace años, una presencia constante en mis hábitos lectores, porque me interesa mucho ese empeño de registrar tantas cosas unidas, un empeño en el que la literatura y la vida se mezclan y todo se narra, todo es materia del blog.
Rafael Reig. (http://www.hotelkafka.com/blogs/rafael_reig). Este escritor no publica entradas con mucha frecuencia, pero en las que ven la luz brilla su humor, su sentido alcohólico de la vida, sus ganas de disfrutar de los amigos y de las comidas largas con ellos, de su hija y de su novia. Reig construye sus post con párrafos muy breves, muchas veces de una sola frase, que crean un ritmo muy personal y eficaz. Diario personal, anécdotas menudas, comentarios sobre algunas lecturas, y de tanto en tanto su mirada izquierdosa a la vida.
Escrito en un instante. Antonio Muñoz Molina tiene alojado este blog dentro de su (bien diseñada) página web (www.antoniomuñozmolina.es). Al margen de que soy lector de sus novelas y artículos hace muchos años, lo que me gusta de este blog es la capacidad del escritor para, casi todos los días, fijar en palabras una emoción, un paisaje, un juicio breve sobre algo o alguien, una situación. Escrito en un instante, y escritura del instante. Un verdadero cuaderno de escritor.
En la boca del lobo. (http://www.ramonlobo.com). Ramón Lobo, periodista de Internacional de El País, tiene un blog profesional dentro de los del periódico, aguas internacionales (http://blogs.elpais.com/aguas-internacionales), pero también mantiene este otro personal, en el que cuenta muy pocas cosas concretas de su vida, pero en el que vuelca sus perplejidades, sus enfados, sus sueños, y en el cual enlaza muchos vídeos de YouTube con canciones de su repertorio sentimental. Lobo es un magnífico periodista, autor de libros muy recomendables sobre sus experiencias como corresponsal de guerra, y un hombre de izquierdas, perplejo, enfadado con el mundo, siempre luchando con el sobrepeso y con sus sentimientos encontrados.
Podría citar más blogs que consulto. Pero no me quiero extender. Sólo nombraré, sin más, los de El Boomeran(g) (http://www.elboomeran.com). Ahora hay dieciséis alojados ahí, todos interesantes. También merecen citarse y leerse algunos de los alojados en el periódico El Mundo (http://www.elmundo.es/blogs/elmundo), en particular los de Arcadi Espada, Santiago González, Manuel Jabois y Alejandro Gándara. Y, en fin, los de Ramón Buenaventura (http://rbuenaventura.wordpress.com) y José María Romera. Jose Mari, en Las palabras de la tribu (http://www.romera.blogspot.com) nos enseña siempre sobre cuestiones de lenguaje, y sobre muchos más asuntos, muchos más.
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