04 febrero 2012

Antonio Martínez Sarrión

Aprovechando un viaje a Madrid me acerco a la cuesta de Moyano. Entre otros libros, compro, rebajado, Escaramuzas, de Antonio Martínez Sarrión. Ya estuve a punto de adquirirlo en una librería hace mes y medio. Pero los anteriores dietarios suyos me decepcionaron, y no me decidí. Ahora lo compro, empujado por la leve rebaja de precio. Craso error. Martínez Sarrión tiene una prosa torpona, pesada, fatigosa; la fluidez elegante, o la ironía, le son ajenas. Lo peor es que más de la mitad del libro es perfectamente trivial, innecesaria. Toda la parte, digamos, política. En la otra, las anotaciones sobre lecturas o preferencias estéticas, hay detalles que me interesan, aunque la novedad es muy escasa. Casi todo lo dijo y repitió Sarrión en los dietarios anteriores y en sus memorias.

Martínez Sarrión no enseña nada que nos haga avanzar un milímetro en el conocimiento del mundo. Y tampoco es capaz de decir lo ya consabido de otra manera, al menos con un punto de vista o una gracia que nos seduzca. Sus imprecaciones certifican que el mundo es injusto, el desastre absoluto. Y los americanos, no digamos. Así, a lo grande, nada menos. Y encima la inmensa mayoría de los intelectuales son sinvergüenzas, imbéciles o cobardes. Menos mal que él, nos advierte, resistirá hasta la muerte.

Para la gimnasia del insulto es suficiente con tirar de recortes de prensa o con citas mutiladas. A veces ni eso: basta con hablar de oídas. Así, hay latigazos a otros escritores sobre la base de referencias bastardas, en plan “creo recordar que Fulano dijo”, o “más o menos Mengano vino a decir que”. Y en alguna ocasión, cae en la vileza. Por ejemplo, cuando interpreta a Savater “psicológicamente”, apoyádose en los gustos literarios de éste. Tiene gracia que Sarrión, que en su vida pública ha sido de una discreción tal que nadie hubiera dicho que es tan radical como se destapa en sus dietarios (llevo mil años leyendo periódicos y nunca le he visto pronunciarse en artículos sobre asuntos de actualidad), acuse a Savater, que se ha jugado la vida y el prestigio intelectual mil veces en la plaza pública y en polémicas con cualquiera, de vivir con una “actitud peterpanesca”. Avilantez.

“En definitiva, una amistad sólida consiste en querer lo mismo y rechazar lo mismo”, cita Martínez Sarrión a Salustio. Esta concepción de la amistad, que merecería no pocas matizaciones, él parece interpretarla, a tenor de este libro, con suma restricción: las querencias y rechazos en las posturas políticas. ¿Ahí se acaba el mundo? Dogmatismo, sectarismo, malas artes y pobreza en la argumentación… Uf, qué pocas ganas dan de ser amigo de gente así.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Mejor no ser amigo de alguien que espera que desees y rechaces lo mismo que el. Eso más que un amigo parece un compinche.
Peri

Juan Luis dijo...

Coincido. Sectarismo muy desagradable el de AMS. Un libro muy antipático.
Juan Luis