23 enero 2012

Los blogs de cada día (II)

8. Desde entonces he mantenido a rachas este blog (el nombre, el angulo, lo decidí recordando unos versos de la Epístola moral a Fabio que proponen una hermosa aspiración). He alternado meses de actividad regular con largos parones. Ya sé que la irregularidad es perjudicial para el blog, porque en cada parada uno pierde varios seguidores que no vuelven. En los silencios han influido varios factores. A veces la falta de tiempo, porque otras tareas me absorbían sin remedio. En ocasiones la pereza, porque el empeño de la escritura, incluso de los textos ligeros que yo meto, siempre genera cierta tensión. Y a veces, sencillamente, una mezcla más letal: la de la pereza y el desaliento, porque nunca los resultados están a la altura de las expectativas. Escribir algo con interés es muy difícil, y creo que es muy sensato que periódicamente uno recuerde que tal vez lo mejor es estar callado, que ya hay en el mundo muchas, muchísimas personas que dicen lo que uno torpemente repite, y que lo dicen con más gracia y profundidad.

9. Aunque en un blog cabe todo, mi predilección está en los blogs cuya materia casi exclusiva son textos. Frente a estas bitácoras, hay muchísimas en que lo esencial son las inserciones, todos o casi todos los días, de fotografías o de vídeos bajados de YouTube o de Vimeo. Ante este empeño, más de un día he pensado: ¡así cualquiera mantiene un blog! Aunque, todo hay que decirlo, los hay que en esa selección de imágenes introducen un sentido, una determinada ordenación, que eleva espléndidamente su categoría, blogs con una selección muy cuidada y atractiva que configura, como en un patchwork, un nuevo producto a partir de la reutilización de otros anteriores. Pero hay muchos casos donde, sinceramente, el interés de lo que vemos es escaso, o limitado al círculo más familiar o amistoso del responsable del blog.

10. Mi propia actitud a la hora de alimentar el blog, irregular, guadianesca, creo que coincide con la de otras muchas personas que se cansan y abandonan el blog que un día crearon. Y es que hay un dato fundamental: creas un blog porque quieres, porque te da la gana. Nadie te ha pedido que lo hagas, no ha mediado ningún encargo. Como escribe Iñaki Uriarte al comienzo del segundo volumen de sus magníficos Diarios (en papel): “Espero seguir con estos archivos, a los que vuelvo a veces como quien vuelve a casa, y soy yo mismo el que me abro la puerta y me recibo y me doy conversación”. En un blog, salvo que se trate de un blog corporativo, un blog que forma parte de un proyecto periodístico o empresarial (por ejemplo, muchos de los que hoy mantienen, cobrando, periodistas de algunos medios), rige una actitud esencial: uno se lo guisa y uno se lo come.

Aunque esto que digo al mismo tiempo no es del todo cierto. Reconozco una diferencia significativa entre lo que hace Uriarte, escribir un diario íntimo del que sólo se ha publicado, y en papel, muy posteriormente una parte, y llevar un blog, porque en éste, desde el principio, uno se lo guisa, pero los demás están invitados al banquete. Acudan pocos o muchos, uno cocina para alguien, quiere que alguien deguste lo preparado. Y la previsión de la mirada posterior de los otros gravita ya sobre el que escribe en el mismo acto de hacerlo, cosa que, en principio, no sucede en la escritura privada o íntima.

11. Pero, bien mirado, en esos blogs irregulares, en los que hay silencios más o menos largos, sucede algo similar a cuando un escritor mantiene su diario en un cuaderno: que lo hace a rachas, porque forma parte de su reflexión y registro vital e intelectual privado, o incluso muy íntimo. Por eso, cuando publica un libro puede verse la discontinuidad entre las notas que acumula, los vacíos de meses o años en que el autor, por los motivos que fuera, no apuntó nada. ¿Por qué? Por muchas causas. Por ejemplo, la primera anotación de Iñaki Iriarte en su libro es: “Continúa la buena racha y casi no apunto nada”. La felicidad como motivo del silencio. Pero también, según, las enfermedades, el exceso de ocupaciones, la falta de ideas, el cansancio de anotar…

Sea como fuere, es comprensible que el escritor de un blog se detenga de vez en cuando, salvo si tiene una vocación de escritor a prueba de bomba o se lo plantea como una esforzada y estricta obligación —o le pagan, claro, pero de eso no hablamos aquí—. Nadie le ha pedido nada, no recibe otra recompensa que, tal vez, el elogio o el aliento de ciertos amigos o unos cuantos lectores anónimos. Así que no es extraño que las rachas fértiles alternen con las de desaliento, aburrimiento o pereza. Ya he dicho que para mí, como para tanta gente, es más fácil y placentero leer que escribir. Y mucho más si la recompensa por la escritura es mínima.

Eso sí, cuando uno detiene la escritura en el blog nace el problema, como ha escrito en su bitácora el pintor Pepe Cerdá, de que “no se encuentra luego ni el tiempo, ni el tono, ni el modo, ni el qué, ni la razón, ni la justificación para volver a hacerlo”. En tales situaciones creo que lo mejor es volver poco a poco, empezando por cualquier nadería, e ir recuperando el ritmo de forma tranquila, paulatina.

12. Esta reflexión sobre las interrupciones en la escritura del blog conduce a otra constatación: los escritores siguen jerarquizando los canales de transmisión. Y entre esos canales, el papel sigue conservando la primacía. El escritor más o menos famoso que mantiene un blog sigue publicando en papel lo que más le importa. La escritura en internet la reserva sólo para los apuntes, para la escritura de taller, para lo preparatorio. Lo importante en su obra, aquello para lo que reserva los esfuerzos más serios, son los libros, incluso los artículos en periódicos o revistas.

13. En mi blog no tengo un contador de visitas. No sé cuántos lectores tiene. Suele considerarse que un indicador de la repercusión de un blog es el de la cantidad de comentarios que dejan sus lectores en cada entrada. Pero la experiencia me ha hecho escéptico en este punto. El número de los comentaristas no alberga, creo, mucha relación con la cantidad de personas que leen el blog. Es altamente probable que mi blog lo lea muy poca gente, pero eso no se infiere de que tenga muy pocos comentarios. Hay personas que prefieren mandarme un correo electrónico, o llamarme por teléfono cuando algo les ha gustado o no. Y por suerte hay seguidores a los que nunca he hablado del blog y que me alegran el día cuando, de pronto, en un encuentro personal, me citan una cosa que escribí, un recuerdo grato de alguno de mis escritos. Son personas que nunca, o casi nunca, han metido un comentario. Yo mismo, que paseo por bastantes blogs, no acostumbro a dejar comentarios, incluso aunque me haya entusiasmado lo que encuentro.

Digo más: por suerte no es mi caso, pero en lo que se refiere a los comentarios, muchos blogs visitados, muy visitados, sean de cultura, sean de política, o de ambas materias, parecen colonizados por frikis, o por tipos tarados o repletos de mala baba o rencor que, amparados en el anonimato, insultan con saña y se van por los cerros de Úbeda. Son sujetos que enseguida pelean con otros comentaristas hasta que muy pronto dejan de lado lo que había escrito el autor del blog y alimentan su propia gresca, una bronca que ya no tiene nada que ver con lo que escribió aquél. En internet, en la participación que genera, hay demasiados insultos, demasiados cobardes anónimos, demasiadas broncas biliosas. Hace poco, una persona que aprecio mucho me contaba que un grupo de comentaristas que “tuvo” muchos años Arcadi Espada, y que transformaron ese espacio en un territorio aparte en el blog, un gallinero sin interés, se habían pasado al blog de Manuel Jabois, un joven pero ya sobresaliente escritor. Como okupas de su área de comentarios, siguen enzarzándose entre ellos, con independencia de lo que escriba el gran Jabois.

14. Un blog es público, y lo que se publica en él ahí queda. Por eso, y porque uno vive en una provincia pequeña, y conoce gente, y le conocen, y trabaja, y tiene amigos y conocidos, cuando escribo mi blog no soy todo lo libre que quisiera. Algunas temporadas lo he sido más; pero en otras esa limitación de mi libertad de expresión la he sufrido más agudamente y he preferido callarme. Es fácil escribir sobre algunos temas, por ejemplo sobre política internacional, o sobre ciertas cuestiones literarias, o meterse con las compañías telefónicas o aéreas, no sé, cosas así. Pero es mucho más difícil lanzarse a tumba abierta si uno quiere mezclar lo literario con lo político, y no digamos si se aborda la vida local, o se quiere lanzar una mirada sobre la gente que nos rodea y sus costumbres, o si el blog aborda asuntos personales y/o familiares. De modo que muchos blogs guardan de mil maneras un difícil equilibrio entre lo que se dice y se calla: se miden las palabras, se juega con las iniciales, con las referencias borrosas, se cambian detalles. O, sencillamente, uno se aguanta y se autocensura posibles entradas.

15. Un blog mantenido diariamente, o con mucha frecuencia, y que nos interese, puede crear en nosotros un hábito cotidiano. Todos los días miramos qué ha escrito su autor y discutimos mentalmente con él, o asentimos con vigor. Esa consulta de pocos minutos se convierte en una rutina un tanto adictiva. Por eso, cuando fallece quien mantenía un blog, el impacto puede ser intenso.

A mí me ha tocado sufrir tres muertes de blogueros que me afectaron, que golpearon mi ánimo en mayor o menor medida. Una fue la de Javier Ortiz. Todos los días leía su blog, el blog de un periodista muy de izquierdas que no sólo opinaba sobre asuntos políticos (mis desacuerdos con sus juicios eran frecuentes, pero eso es lo de menos), sino que también entraba en incidencias personales, en recuerdos sentimentales o políticos, o en sus gustos o criterios sobre los más variados líos del vivir. A partir de cierto momento, enero de 2009, los lectores diarios de su bitácora seguimos sus problemas de salud, que comenzaron justo después de que cumpliera 61 años, un cumpleaños que le sirvió para reafirmar por escrito, y por enésima vez, sus enormes ganas de disfrutar de la jubilación, para la que contaba los días. Después de su onomástica, los lectores supimos día a día, porque Javier Ortiz nos lo contaba, que no estaba del todo bien, que parecía tener problemas de hígado, que tal vez era una hepatitis, que los médicos ya habían dado con su dolencia y mejoraba, que pronto todo volvería a la normalidad. Luego dejaron de aparecer las notas personales, y sólo se publicaban sus columnas en el periódico Público... Hasta que tres meses después murió de cáncer. El día que, como tantos de sus lectores, y sin sospechar nada, entré al punto de la mañana y leí (ya no de su mano, claro) que había muerto, el golpe anímico fue considerable. Javier Ortiz, sin haberlo tratado, ya era una compañía estimulante en mi vida, un escritor del que me interesaba su mirada y sus andanzas diarias. Y su muerte la sentí como algo personal.

Algo similar, aunque con menor intensidad, sucedió con otro escritor, Pedro de Miguel, que a diario publicaba algo gracioso, sutil, penetrante. Y también dejó su blog en el aire, interrumpido como un juguete roto, un amigo, José Ramón Urío, al que echo mucho de menos. Todavía están en la red sus entradas, la última de comienzos de 2007, como están las de Javier Ortiz, las de Miguel Martínez Lage, las de otros blogueros a quienes unos lectores seguían día a día.

Final. Un blog, en mi experiencia, es un formidable ejercicio para la mente. Ayuda a pensar, a ordenar las experiencias y las miradas personales sobre lo que sucede. La realidad, las lecturas, los sueños y aspiraciones, las indignaciones, todo cabe. Y todo, además, debe pasar el filtro de la escritura, una escritura que no es privada y por tanto tiene sus propias exigencias. Aun contando con los desfallecimientos periódicos, me alegro mucho de haberlo creado, y sigo teniendo mucha ilusión por mantenerlo. Y sigo, sobre todo, disfrutando con los que leo de gente mucho más valiosa que yo, aprendiendo, pensando. Con lo fácil que es crear un blog, ¿quién da más?

21 enero 2012

Los blogs de cada día (I)

La revista TK ha publicado, en su número de 2011, aparecido a fin de año, un artículo que les envié, Los blogs de cada día. Quince notas y unas recomendaciones. Como es bastante largo para reproducirlo aquí de golpe, voy a dividirlo en varias entradas. Me gustaría que sirviera como preámbulo a una nueva temporada de El ángulo, tras unos meses de silencio.

1. Las notas que siguen persiguen un objetivo muy modesto: seleccionar, comentar y recomendar muy brevemente, a partir de mi experiencia como lector diario en internet, un pequeño elenco de blogs más o menos literarios, dicho sea esto de literarios en sentido muy amplio. Es evidente que otros lectores de bitácoras en la red acumularán experiencias muy diferentes a la mía. Y es que, según nuestras ideas o gustos, dentro de la oferta de internet caben itinerarios diversos, listas de favoritos tan distintas que no se cruzan nunca, o sólo en contados casos.

Desde luego, las diversas selecciones de blogs pueden incluir algunos de gente muy conocida, o que partiendo del anonimato han conseguido miles de seguidores, pero también hay quien atiende en especial a blogs de gente que conoce, amigos, personas de su ciudad, y que ya solo por eso se incorporan a su lista de favoritos. Eso sin contar, a la hora de conformar listas personales, con quienes leen en varias lenguas y por tanto pueden abrir su abanico de gustos de forma exponencial. En cualquier caso, hoy mismo, mientras escribía estas líneas, me he dado un paseo por los blogs que recomienda El náuGrafo Digital, o por los que enlaza José Luis Moreno Ruiz, otro bloguero activo, y veo que sus listas coinciden poco con la mía. Normal.

2. Los blogs, y en general las consultas en internet, han ido ocupando una parte importante de mi horario lector, es decir, de una parte sustancial de mi vida. Ahora rivalizan con la lectura en papel, hasta el punto de que me han arrebatado (con mi consentimiento, claro) bastante tiempo que antes destinaba a la lectura de libros y revistas. Este cambio de hábitos me gusta y no me gusta. ¿Por qué no me gusta? Porque no hace falta haber leído a Nicholas Carr (Superficiales. ¿Qué está haciendo internet con nuestras mentes?) para ser consciente de que la lectura en la red es más desatenta, más discontinua, más ligera, más en diagonal. Leer en pantalla (excepto tal vez en algunos e-books, cada vez mejor fabricados) no es para mí, casi nunca, como leer en papel. Y por eso mismo aunque mi intención es hablar de blogs que tienen que ver en sentido muy laxo con la literatura, casi ninguno incluye relatos, o poemas, o lo hacen en contadísimas ocasiones. Esos son textos que no me saben igual en la pantalla del ordenador, ni remotamente. Y como tanta otra gente, si encuentro alguno que me interesa, o en general si encuentro un post extenso que quiero releer, lo imprimo para degustarlo mejor, es decir, llego al papel por otra vía.

3. Sin embargo, los blogs atrajeron mi atención desde su surgimiento y rápida proliferación, y ello por una razón muy sencilla: tal vez para mi desgracia y oprobio, siempre he sido un lector voraz de periódicos, y dentro de ellos de suplementos culturales y artículos de opinión (si bien la lectura de prensa me está comenzando a cansar). Dos formatos de la prensa que guardan parentesco con lo que contienen los blogs —los que me interesan, claro, los que van en esa línea en que se cruzan y mezclan la literatura, las recomendaciones de libros, ciertos apuntes políticos o sociales, y siempre la observación de la vida cotidiana—.

4. Pero los blogs ofrecen algo más que encaja de lleno en mis gustos: desde siempre me ha interesado mucho la lectura de diarios más o menos íntimos, dietarios, cuadernos de notas, aforismos. Ahora están de moda. Pero cuando el foco de esa moda gire hacia otros géneros o formatos, pervivirá lo sustancial, vale decir, continuará habiendo escritores que registren las incidencias de su vida, sus cuitas y alegrías, sus pensamientos. Y eso algunos de los blogs que leo lo ofrecen con un notable interés. Blogs donde el escritor nos cuenta en sus entradas incidencias familiares, viajes, pequeños sucesos que ha visto o le han sucedido, encuentros con otra gente, alegrías o decepciones, notas de lecturas entusiastas o frustrantes.Y entre todo ello reflexiones de más alcance, bosquejos de teorías, impresiones fugaces.

5. En esa mezcla de géneros y formatos radica la tantas veces mentada potencialidad de los blogs. Es más: no sólo es que uno decida mezclar muchos elementos en los textos, es que además de textos inserta en sus entradas fotografías, vídeos, músicas. El bloguero puede introducir (¡debe hacerlo!) enlaces a cualquier otro texto o fotografía de personas citadas, o a informaciones sobre ellos. Y, como digo, cruzando, haciendo coexistir, lo personal y lo social, lo particular y lo general, la información y la opinión, el poema y el relato, el enlace a sitios de música y de vídeos, la crítica objetiva y la evocación personal, lo serio y lo humorístico, el texto propio y el ajeno. Cada bloguero crea, con su aportación propia, pero también con la de otros a los que “saquea”, en quienes se apoya, una nueva pieza de sentido, un nuevo significado surgido de esa mixtura.

6. En este punto se impone, creo, mencionar un síntoma de fondo. Hace ya bastantes años que en el “mercado del pensamiento” dejaron de tener fuerza los grandes sistemas doctrinales perfectamente trabados, robustos. Esos sistemas ideológicos que daban respuestas a todo. La crisis, al menos en Occidente, de los grandes sistemas, ha hecho que muchos pensadores y escritores se instalen en la ausencia de sentidos globales, en lo fragmentario, en la teoría parcial, mínima incluso, dubitativa. Y ahí es donde el vehículo del blog adquiere uno de sus sentidos más fértiles. El blog no tiene nunca vocación de sistematicidad. Todo lo contrario: su materia es el fragmento, la nota, la sensación cazada al vuelo, el miniensayo, nunca el tratado ni el sistema.

7. Abrí mi blog en febrero de 2006. Recuerdo muy bien una influencia capital: para entonces yo era lector fiel y admirado de los Diarios de Arcadi Espada, el blog que el periodista catalán mantuvo durante varios años, tras haber publicado en papel, en 2003, un libro del mismo título, Diarios, con el que ganó el premio de ensayo de la editorial Espasa. Al año siguiente, como digo, Espada, cobrando de esa misma editorial (¡nada de escribir gratis, ni en la red ni en papel!, repite siempre este escritor), abrió un blog extraordinario, de comentario periodístico —de deconstrucción periodística, me parece mejor decir—, y consecuentemente de análisis político y cultural. Pero, claro, es que el blog era de Arcadi Espada, quien, guste o no guste nada lo que dice, es un escritor magnífico, un periodista como hay poquísimos, y eso se deja ver en todo lo que publica, en papel o en la red.

Al margen de esa influencia lejana, de admiración de un modelo concreto, a comienzos de 2006 no conocía muchos blogs, y no hacía ese rastreo diario que hoy hago por mi lista de favoritos. Con todo, recuerdo cómo seguí con mucho interés el primer blog de José María Romera, en el que colgaba sus colaboraciones en Diario de Navarra y en los periódicos del grupo Vocento, y más cerca de mí el blog que muy poco antes que yo creó Miguel Leache, un buen amigo, Passy en invierno (www.leache.blogspot.com), un blog sobre todo de fotografía y, en general, de cuestiones estéticas que Miguel ha mantenido con gran regularidad e interés desde entonces. El ejemplo de Passy en invierno, dejando de lado que su materia discurre por otros caminos, influyó en mi decisión.

Pese a ello, a que flotaban en mi ambiente algunos estímulos en esa dirección, empecé de la forma más impremeditada y súbita. Pedro Charro Ayestarán, un amigo más diestro que yo en asuntos de internet (cualquiera lo es, todavía hoy) pasó un día por el sitio donde yo trabajaba entonces, en febrero de 2006, y allí mismo, charlando sobre el asunto, creamos la bitácora en tres minutos. Al día siguiente escribí mi primer post, sobre algunos cantautores a los que escucho desde hace muchos años, espoleado en mi entusiasmo en esas fechas, más concretamente, por un cedé de Pablo Guerrero, Plata. Pedro, que también creó un blog, Dos centavos, lo dejó morir un tiempo después, creo que para centrarse mejor en otros empeños de escritura, entre ellos la columna semanal en Diario de Navarra que mantiene hace años —aunque en 2007 el Ayuntamiento de Pamplona le publicó una magnífica recopilación de textos breves, Rascacielos, en la que incluyó algunas de las entradas de ese blog de corta vida—.

04 octubre 2011

Javier López de Munáin

El otro día el Diario de Navarra traía una entrevista (magnífica, por cierto) con Javier López de Munáin, el librero pamplonés de El Parnasillo. Conozco, aprecio y admiro a Javier hace muchos años. En 2003, cuando me habló Jesús Arana de un monográfico en la revista TK sobre librerías, propuse enseguida encargarme de una larga entrevista a Javier, cabeza visible y maestro de ceremonias en esa librería. Gracias a la tarea, pasé una tarde formidable de verano con este librero en la cual, repasando su trayectoria desde 1970, cuando comenzó a trabajar en otra librería, Andrómeda, brillaron su conocimiento del oficio, su gracia, su hondura, su sinceridad. Luego disfruté reconstruyendo sus palabras (y podando muchas partes de la charla, ay), para quitarme de enmedio en el texto final y cederle el protagonismo único.

Nunca he sido cliente monógamo de El Parnasillo, no tengo cuenta en ella. He preferido siempre moverme a mi aire entre las librerías de la ciudad, ser promiscuo, vagabundear, comprar, mirar en casi todas, a ser posible agazapado en el anonimato y el silencio. Pese a ello, en El Parnasillo he pasado más tiempo de mi vida que en cualquier otro comercio de la ciudad (si exceptuamos los cafeterías donde desayuno). Y me atrevo a decir que, aun con las infidelidades que me he permitido mil veces, El Parnasillo es la librería de mi vida, de una vida intensa y pertinaz de rastreo y compra.

Javier ha sido un librero formidable. Hay mucho empleado de este ramo que en su trato con los posibles compradores resulta adusto, tímido, ignorante, que hoy en día se aferra al ordenador como el náufrago al bote, y que más allá de lo que le indica la máquina sobre existencias, entradas y salidas, poco tiene que aportar. Javier, en cambio, sin ayuda de ningún ordenador, o como mucho en los últimos años de uno en que consultar la base de datos del ISBN, ha sabido atender y orientar desde hace más de cuarenta años a mucha gente que llega perdida a la tienda, que no sabe qué regalar, que busca libros para unas vacaciones o una baja, que recuerda un título oído malamente, que se entusiasmó con una novela y busca, al tuntún o con avidez, otros libros del mismo autor, que quiere una novela negra o histórica pero no distingue autores. Gente incluso que ha entrado en El Parnasillo con cierto temor, igual cumpliendo el encargo de un hijo, personas que no se sienten tan cómodas en una librería como en otra clase de establecimiento. A todos ellos Javier los atiende con cordialidad y diligencia, les sugiere, o les anima incluso con ardor a leer cierto volumen -como hizo tanto tiempo con Helena o el mar del verano, de Julián Ayesta-.

Eso por no hablar de los habituales, o de los que pasan por ahí y entran a charlar con él, así, sin otro propósito, puede que sin idea de compra. Para todos ellos tiene Javier (y siempre sin agobiar, con un respeto exquisito) una anécdota, una pregunta, una chanza, un verso perfecto de Horacio o Catulo (que Javier tiene la literatura latina en un altar) . Y de todos ellos aprovecha él lo que le cuentan para orientarse entre libros que no ha leído, para acopiar información que incorpora a su bagaje con alegría y presteza.

Hace unos meses que no voy a El Parnasillo. Simple vagancia, porque ahora no me pilla de paso. Y algo imperdonable al mismo tiempo, porque siempre me han tratado de maravilla. Pero no sé si Javier sigue ahí, o ya se ha jubilado. Sin él, la librería ya no será la misma. Continuará trabajando en ella gente muy valiosa, no lo dudo. Pero es que Javier ha sido algo más: un agente cultural de primer orden, un magnífico mediador entre la oferta y la demanda librera.

La melancolía de los que ya vamos para maduros será inevitable. Recuerdo perfectamente la primera tienda en Paulino Caballero, la pasión de tantos descubrimientos, la estupidez criminal de los fachas que odiaban una librería progre en plena zona nacional… Todo parecía posible. Pero ahora ni Javier es el mismo, ni lo somos muchos que metíamos allí mil ratos. Javier, buena jubilación. Te vamos a echar de menos, seguro.

13 agosto 2011

Valdano

He leído que Jorge Valdano ha fichado por la Cadena Ser como comentarista del Real Madrid para esta próxima temporada futbolera. La semana pasada un confidencial decía que el fichaje estaba en el aire porque Valdano exigía 300.000 euros por la temporada y la Ser no está para muchas alegrías. No sé si la cifra es cierta, pero no me extrañaría que lo fuera, porque un amigo quiso traerlo a Pamplona hace tres años para que diera una charla de una hora, y Valdano pidió 16.000 euros por el bolo. Mi amigo estaba pagando entonces entre trescientos y seiscientos euros a todos los intelectuales que traía a sus ciclos.

Un viejo tópico dice que el dinero no da la felicidad. El otro día, en una entrevista que le hizo Juan Cruz, también en la radio, escuché a Valdano que su estado de ánimo está muy cerca de la tristeza. Y lo dijo, entre cita de Borges y anécdota con Sábato, lenta, pausadamente, como si cincelara cada palabra con extrema delicadeza. Igual es cierto que a Valdano el dinero, el mucho dinero, no le da la felicidad, pero como termina otro viejo tópico, parece que sí le calma los nervios.

09 agosto 2011

De vidas ajenas

El origen. A finales de 2004, el escritor Emmanuel Carrère estaba de vacaciones en Sri Lanka cuando se produjo el maremoto que devastó varios países costeros del océano Índico y causó miles de víctimas. Carrère, su novia Hélène y los hijos de ambos sortearon el día del tsunami una muerte segura gracias a un cambio de planes de ultima hora, pero vivieron de cerca diversas tragedias, en particular la de otra pareja francesa que perdió a su hija de cuatro años. Todavía conmocionados por el desastre, que sirvió al mismo tiempo para reanimar su agonizante relación, volvieron a París. A los pocos días la hermana de Hélène, Juliette, supo que volvía a sufrir un cáncer, dieciséis años después del primero.Tras seis meses de agonía murió, a los treinta y tres años.

Varias personas le pidieron entonces a Carrère que contara esas vidas y muertes, la de la niña y la de Juliette. Pensaron que amén de conocido o familiar de las víctimas, era un escritor que había demostrado ya su capacidad en ese terreno del reportaje que aprovecha muchos recursos de la ficción —por más que todo lo que se cuente sea cierto—. Y es que para entonces Carrère había publicado con notable repercusión El adversario, su reconstrucción de la vida de Jean- Claude Romand, el hombre que fingió muchos años unos estudios, una profesión y unos ingresos que no tenía, y que poco antes de ser desenmascarado mató a toda su familia, incapaz de soportar que se desvelase su catálogo de imposturas.

Carrère se puso en marcha, como lo había hecho para preparar El adversario, y mantuvo muchas entrevistas en las que se documentó y discutió lo que había sucedido (con los padres y abuelos de la niña víctima del tsumani, y sobre todo con el círculo familiar y amistoso de su cuñada). Pero antes de escribir ese libro tenía pendiente otra tarea: ajustar cuentas con su familia, y también con algún amor fracasado. Así nació Una novela rusa, libro que en España leímos en 2008. Sólo cuando culminó esa dolorosa y catártica revisión de su pasado tuvo la actitud necesaria para escribir De vidas ajenas.

Dos libros en uno. De vidas ajenas es un libro muy desequilibrado. La parte del maremoto en Ceilán, la primera, está mucho menos desarrollada que la segunda, la de la historia de su cuñada Juliette, en la cual emerge el otro gran protagonista del libro, el amigo de ésta, Etienne, juez como ella y que será el verdadero guía de Carrère en su indagación, y del que acabaremos sabiendo más que de ningún otro personaje. En la primera parte hay una catástrofe que produce destrucción y muerte de una forma súbita y brutal. No hay un proceso, una biografía del dolor, una maduración de una enfermedad, el aprendizaje de una pérdida. Sucede la tragedia y el escritor huye en cuanto puede de ella y de Sri Lanka. En cambio, la enfermedad y muerte de su cuñada poseen una riqueza y variedad de subtramas que otorgan al libro su altura y complejidad. Sólo al final sabremos algo de cómo afrontó la otra familia francesa el duelo por su hija muerta en el tsunami. Pero entretanto, en cuatro quintas partes del libro, nos habremos instalado en la peripecia de Juliette y su entorno.

Lo que me acerca. Emmanuel Carrère escribió pacificado este De vidas ajenas. La ira y la desdicha que habían marcado tantos años de su vida habían desaparecido con la catarsis de Una novela rusa. Como él mismo dice, “el zorro que me devoraba las entrañas se había ido, yo era libre”. Ahora, concluye, “amo lo que me ha tocado en suerte”, y además, cosa nueva en él, “prefiero lo que me acerca a los demás hombres que lo que me distingue de ellos”. Por eso este libro lo escribe un hombre más cerca de la felicidad, un hombre que se ha zambullido en el dolor ajeno pero no olvida ni un momento la suerte precaria pero enorme de que a él no le hayan sucedido las desgracias ajenas de las que es notario. Un hombre reconciliado con el mundo, que tiene por vez primera una actitud esperanzada y serena —si bien recuerda siempre que todo es muy frágil, que cualquier día puede verse en el otro lado, en el lado sombrío de las estadísticas y la desgracia—. Un hombre que por primera vez en su vida puede amar, y que anota con alegría y admiración los esfuerzos que las personas más cercanas a los muertos hacen para sobreponerse a su dolor, para derrotar a la aflicción.

La muerte. La materia primera del libro es la muerte. Y en su tramo esencial, en el de la historia de Juliette, la enfermedad. Carrère nos cuenta qué pasa cuando una niña pierde la vida en un segundo o una mujer joven debe recorrer un camino largo y cruel hacia el fin. Y, con la jueza, nos habla de su familia y su amigo Etienne, que acompañan ese tránsito y se ven, claro, afectados. Mucho sufrimiento físico, angustia, cambios de humor y esperanzas fallidas, preparación para el final, desencuentros inevitables, asfixia, agotamiento.

En el surgimiento del cáncer Carrère tiende a estar de acuerdo con Fritz Zorn, el autor alemán que nos dejó un gran testimonio de su enfermedad, Bajo el signo de Marte. Zorn escribió que “con el cáncer existe una doble relación: por una parte es una enfermedad corporal, de la cual probablemente muera en un futuro no muy lejano, pero que quizá pueda llegar a superar y a sobrevivir; por la otra, el cáncer es una enfermedad del alma de la que sólo puedo decir: es una suerte que finalmente haya hecho eclosión”.

Carrère sabe que esta visión de la enfermedad es muy controvertida. Y por eso recoge también la furia de Etienne, el amigo de Juliette, hostil a toda interpretación psicosomática del cáncer. “A la gente que dice: viene de la cabeza, o del estrés, o de un conflicto psíquico no resuelto, tengo ganas de matarla, y también la mataría cuando dice lo que va unido a esto: te libraste porque has luchado, porque tuviste valor. No es cierto. Hay personas que luchan, que son muy valientes y sucumben. Por ejemplo: Juliette”.

Amistad. De vidas ajenas sigue el rastro a una línea fundamental, la amistad entre la jueza Juliette y el juez Etienne. Es la amistad pudorosa, contenida y al mismo tiempo íntima de dos personas dañadas, que han estado enfermas de cáncer más de una vez, lo que les ha dejado en herencia minusvalías a las que han debido acomodarse. Su vida cambió con sus dolencias, tomó giros que ambos no sospechaban en sus años jóvenes de perfecta salud, y aunque ambos han conocido el amor de nuevas personas y ejercen una profesión que les apasiona, aflora a veces la rabia que sus limitaciones les provocan. Todos los detalles que Carrère esparce sobre la naturaleza de su amistad, la profunda unión personal y profesional de dos enfermos cojos, forman parte de lo mejor del libro.

El sobreendeudamiento. Otro hilo poderoso del libro es el de la naturaleza del trabajo que los dos jueces llevan a cabo en perfecta sociedad. Carrère consigue que leamos absortos el modo en que estos dos jueces afrontan el drama de la gente asfixiada, procesada y condenada por deudas, la manera en que buscan resquicios legales para ayudar a esas personas a las que las grandes entidades de crédito han atrapado con préstamos de usura, publicidad engañosa, cláusulas abusivas en letra ilegible. Son dos jueces dedicados a los asuntos pequeños en juzgados de primera instancia, asuntos de pobres, litigios de medio pelo, nada glamuroso ni mediático. Y puede atribuirse al talento de Carrère que sigamos fascinados sus batallas legales, que entendamos y nos apasionen estos pleitos de difícil éxito, donde otros jueces más encumbrados acaban, con frecuencia, dando la razón a las entidades crediticias. Pero pese a todo, Etienne y Juliette hacen su trabajo con rigor admirable, hacen lo que creen que deben hacer en un entorno casi desolador y se entusiasman con sus modestos logros judiciales. Y muerta Juliette, y leído todo el libro, entendemos muy bien que Etienne le diga a Carrère, la primera vez que se ven, que “durante los cinco años en que trabajamos juntos en el tribunal de Vienne, ella y yo hemos sido grandes jueces”.

No ficción. Esta no es una crítica literaria, y no me apetece entrar en juicios sobre si De vidas ajenas es mejor o peor que los libros anteriores de Carrère. Los tres que he citado en esta nota me han resultado adictivos, arrolladores. El autor maneja magistralmente la non fiction novel, ahora tan de moda, y sus libros, estos reportajes construidos con recursos de buen novelista que moldean la realidad con el brío de un gran contador que juega con los tiempos, que dosifica los elementos y los combina en aras de la mayor potencia expresiva, merecen, creo, una lectura atenta y hacen pensar.

28 julio 2011

No pares

«Hoy se nos exhorta por todas partes a que seamos dinámicos y "energéticos" y a tener el mayor número posible de experiencias: amar muchas mujeres, viajar por muchos países, probar paraísos artificiales, atreverse con excesos nocturnos y en general mudar, anhelar novedades y sorpresas, romper rutinas».

Esto escribía hace dos semanas Javier Gomá en un artículo. Y me apetece traerlo a colación porque, como se sabe, en verano se exacerba hasta el delirio la incitación social, imperativa, a moverse, salir, vivir intensamente, no parar, aprovechar a tope, viajar a donde sea.

Qué turrada, qué presión, qué agobio, qué tontería. Prefiero mil veces darle vueltas a este pensamiento que encuentro en Ramón Andrés: “La quietud es curativa. El miedo indica movimiento; procede de metus, «miedo». Una mente conmovida, dice Varrón, es una mente mota, no apacible, «que se mueve». La in-quietud”.

"El miedo indica movimiento". ¿Cabe decir por tanto que el movimiento indica, revela, anuncia, evidencia, miedo?

26 julio 2011

Tocar o fingir

Durante muchos años fui músico profesional en el escalón más bajo. Músico en verbenas, en bodas, en fiestas veraniegas de pueblos muy pequeños. Tocaba en grupos muy reducidos, de tres o cuatro miembros, y nos arriesgábamos a interpretar canciones de moda después de dos ensayos, con equipos de sonido siempre baratos, de poca potencia y escasa calidad. Fue una experiencia muy dilatada, muchos años en el lado festivo y un tanto cutre de la vida en los que viví con frecuencia escenas muy propias de las películas más esperpénticas de Berlanga —con toques delirantes, surrealistas, que Buñuel no hubiera despreciado—.

Pero en aquellos tiempos, y hasta hace unos quince años, una norma se mantenía a rajatabla: los músicos tocábamos de verdad en cada sesión, nuestro directo era riguroso. Más o menos perfecto o muy imperfecto, pero directo. Sólo a mediados de los noventa algunos conjuntos comenzaron a superponer, en ese submundo de la música verbenera, su propia interpretación de los temas con algunas partes, o con algunos instrumentos, grabados. El objetivo era claro: que las canciones, esas cancioncillas de moda en la temporada, o clásicos inmarcesibles como Paquito el chocolatero, sonaran en cualquier kiosco, tablado o remolque del modo más parecido a como la gente los escuchaba en los discos o en la radio.

Poco más tarde, y en un salto lógico, se llegó a la situación actual de muchas verbenas: grupos muy reducidos que sólo aportan en vivo las voces, porque todo el fondo instrumental ha sido programado, ejecutado y mezclado por alguien (que muchísimas veces no es del grupo, hay profesionales del asunto de la programación musical). Así que en las fiestas del pueblo, en el bailongo del club de jubilados o en la boda que sea, llega el grupo, monta el equipo, se carga el cedé ¡y a cantar sobre ese fondo!

Un timo. Puedo entender que en grupos que interpretan su propia música se hagan las mezclas que sea, por diversas razones creativas. Pero si la orquestina ejecuta la última bobada de Ricki Martin o Bisbal, ¿no hay un engaño en el sonido pregrabado? ¿Dónde está ahí el músico?

Nigel Kennedy, el gran violinista de música clásica, de jazz y de lo que sea, lo decía el otro día de forma más cruda y general: “odio el tipo de música donde la gente hace como que toca un instrumento o que canta ante la cámara. No lo soporto (…) El playback es una mierda. No está mal tener algunos elementos grabados, pero si estás delante del público, te jodes y tocas. No hay otra”.

19 julio 2011

Antes de que esto se acabe

Antes de que esto se acabe, de Diana Athill. De esta autora ya había leído y comentado brevemente aquí Stet (Vale lo tachado), su relato de los muchos años que trabajó en la prestigiosa editorial de Andre Deuscht. Un libro, ya dije, empezado sin mucha ilusión, que resultó una sorpresa magnífica, aunque acepto que destinado a un sector reducido del público lector. En cambio, Antes de que esto se acabe es otra cosa, la recapitulación de una mujer que a los ochenta y nueve años se extiende sobre los asuntos que todavía le importan, y que advierte y anota aquellos otros en los que ha cambiado profundamente.

No estamos, en sentido estricto, ante unas memorias. Lo que a la autora le interesa es algo más modesto y acotado: reflexionar sobre una buena experiencia de vejez, la de una mujer que aún disfruta a lo grande de la amistad, de la jardinería, de la lectura y, en esta última etapa vital, de la escritura, para la que se ha descubierto bien dotada y que le ha obsequiado con nuevos reconocimientos. Una mujer que, aun contando con una buena salud, tiene achaques, sobre todo a la hora de moverse, y que a los sesenta años se sintió abandonada, sin ninguna tristeza, por el deseo sexual, tan punzante hasta entonces. Y una mujer tranquilamente irreligiosa, y militante en su soltería, que descubre sorprendida, tras haber andado siempre muy a su aire, que puede cuidar sin agobios de un amigo (y antiguo amante) enfermo al que acompaña en la última vuelta del camino.

La persona que emerge de este análisis de la vejez avanzada, la Diana Athill que escribe Antes de que esto se acabe, es más segura y serena que la de etapas anteriores. No, cualquier tiempo pasado no fue mejor. Los grandes amores de antaño, pero también los tormentos, las inseguridades, la timidez, las urgencias del sexo, las angustias del amor no correspondido…, todo ha quedado atrás. Y no hay añoranzas dolorosas, sino miradas al pasado que ayudan a entenderla mucho mejor. Con la suerte que ha tenido, con buena salud, con gente amiga alrededor, con sus libros y su gozosa independencia, Diana Athill se reconoce casi feliz, tranquila, y su libro acaba siendo inteligentemente optimista, de celebración vital. Aunque, insisto, ella reconoce que ha tenido mucha suerte, por ejemplo con la salud, y tal vez con su propio carácter, y por ello su recuento de la vejez no tiene casi nada de tenebroso o doliente.

Diana Athill sabe contar con gran ligereza, con suavidad, con una amenidad que al lector le encandila. Parece el libro de alguien modesto, que no quiere levantar la voz, que odia pontificar, y que no tiene ningún pujo solemne. Pero es alguien que reflexiona con mucha perspicacia sobre la vida y la muerte, el amor y el deseo, el paso del tiempo y la muerte, por fuerza cercana. Y lo hace con una claridad y franqueza maravillosamente británicas. Antes de que esto se acabe: qué buen rato he pasado con este libro.

15 julio 2011

Infame resacón de tíos

Como había leído y oído muchas cosas, y la mayoría muy encomiásticas, entusiastas, sobre Resacón 2, ¡ahora en Tailandia!, preferí, antes de tirarme a un cine a echar unas risas, alquilar la primera película de la serie, Resacón en Las Vegas.

Estupor absoluto. ¿A quién le puede entretener esta mamarrachada increíble, aburrida a morir? Películas de tíos, muy masculinas, de machotes, pero divertidísimas, dicen los críticos (estúpidos). ¿Pero qué tíos son éstos de los resacones? Tíos salidos que se desfogan con putas, tíos que desconfían de las mujeres, tíos que necesitan escapar de las mujeres, tíos que temen a las mujeres, tíos que piensan que las mujeres son unas plastas y unas arpías que quieren controlar nuestras vidas y nuestros cojonudos ritos de machos majotes. Tíos que practican una de las más abominables costumbres de los tíos, las despedidas de solteros, tíos bestias enfangados en unos brutales sanfermines físicos y mentales.

Pero todo esto daría para pensar (sobre la masculinidad, claro, y sobre la guerra de los sexos) si no fuera porque con esta mierda de resacones no se puede reír ni dios. Cine mísero, con gags que hielan cualquier amago de sonrisa. ¿De qué crítico me puedo fiar, si he visto alabar estos engendros a algunos que consideraba decentes?

11 julio 2011

Estar sin estar

En el excelente blog de Andrés Trapiello, Hemeroflexia, encuentro esta anotación sobre los sanfermines: “Nunca agradeceremos lo bastante a la tv que nos recuerde puntualmente cada año la suerte que tenemos no estando allí”.

Menos mal que la fiesta ocupa, cada vez más, un espacio relativamente reducido de la ciudad. Eso permite vivir, en muchos barrios, casi como si nada, al margen. Menos mal.

31 mayo 2011

Blog

Blog, una película catalana sobre un grupo de quinceañeras que, por amistad y fuerte sentido de grupo, por sentirse poderosas y controladoras, y también por probar algo excitante, algo original que las saque del tedio irritado que, cosas de la edad, les provocan sus familias, y no digamos sus estudios, deciden acometer un proyecto un tanto enloquecido.

Blog adopta, en casi todo su metraje, la forma de un documental. Y aunque sabemos que no, que esto no es un documental, que todo está cuidadosamente construido, que la naturalidad y la verosimilitud exigen mucho esfuerzo y ensayo, y que hay un equipo de guionistas que ha controlado y reelaborado cualquier aportación “vivencial” y primaria (con Tomás Aragall en cabeza, el gran guionista de las películas de Cesc Gay), vemos la película y sentimos que estamos tocando un trozo de verdad, que con estas chicas que chatean, hablan a una webcam o se cuentan sus cosas en boleras o pijamadas, entre carcajadas, miradas ansiosas o de complicidad y constantes abrazos, pocas veces hemos estado tan cerca, en el cine español, de ver a unas adolescentes en su ambiente, en sus formas de expresión, en sus dudas y temores, en su más íntima realidad.

Hay un empeño tan obsesivo de la directora con la verosimilitud que la película corre en ocasiones el riesgo de aburrirnos, en particular cuando estas quinceañeras, con sus escasos recursos lingüísticos, dan mil vueltas a sus neuras y miedos en monólogos deshilachados. Que nadie busque aquí comedieta, velocidad, chistes, morbo, gamberradas más o menos soeces, al estilo de tantas películas tipo American Pie o sus estúpidas copias españolas. No, nada de eso. En Blog hay mucha elipsis, contención, pudor, magníficos juegos de miradas y silencios en esta historia de unas chavalas que saben ya muchas cosas de la vida, pero son todavía unas crías desorientadas que no controlan bien sus recursos y sueños.

Creo que hay que ver esta película. En las salas, allá por enero, no duró nada. Pero ahora supongo que puede bajarse en internet, y desde luego puede alquilarse, con unos extras estupendos. Su visión me ha enseñado mucho.

18 mayo 2011

Oscura monótona sangre

Oscura monótona sangre, de Sergio Olguín. Una novela negra, negrísima, que se lee de corrido, que atrapa y fascina en su sequedad, en su contención perfectamente graduada. La historia de un hombre que destruye su vida en poco tiempo por la fuerza brutal del deseo sexual, del dominio. Julio Andrada, rico hecho a sí mismo, adicto al trabajo, ordenado, conservador, inescrupuloso, frío y contenido, de pronto no puede dejar de lado o domeñar, en la cincuentena avanzada, su atracción incontenible por una prostituta adolescente. El deseo imperioso, y las peripecias sórdidas o criminales a las que éste lo obliga, provocan enseguida tal cúmulo de problemas que su controlada existencia salta por los aires.

Pero a Julio Andrada no lo trastorna sólo el deseo sexual. Su delirio es destructivo, pero coexiste con sueños de impunidad, con esas certidumbres casi de omnipotencia que arriban con el dinero, el estatus, el poder y las relaciones. Y no es extraño: en la Argentina actual (¿y en cuántos otros países?), un rico puede tener fácilmente muy buenos contactos con policías, vigilantes y toda suerte de prohombres y rufianes que, bien pagados, harán lo que haga falta por el señor.

La apasionante historia de Dominique Strauss-Kahn tiene bastantes de estos ingredientes. Deseo, tentación, riesgo, destrucción. Pero también, como en la novela de Olguín, poder, fuerza, dinero, relaciones, búsqueda de la impunidad. Leo novelas, como por ejemplo Oscura monótona sangre, y me parece que entiendo algo mejor algunas reacciones, algunos secretos de quienes nos rodean. ¿O de nosotros mismos?

09 mayo 2011

Los dioses tienen sed

Como vi hace un mes que la editorial Barril & Barral ha reeditado, una vez más, Los dioses tienen sed, la novela de Anatole France sobre el periodo del Terror jacobino (1793-94) en la Revolución Francesa, tiré de mi fondo de biblioteca personal para leerla. Tengo desde 1990 una edición mucho más fea que la que acaba de salir en esta joven y exquisita editorial, pero a la postre comprobé que la nueva, como la mía y casi todas las que hay en el mercado español, aprovecha la vieja traducción de Luis Ruiz Contreras, un admirador fanático de Anatole France que vertió al castellano la gran mayoría de sus libros en el primer tercio del siglo pasado.

Es paradójico: cuando France publicó este libro, en 1912, era ya un hombre de izquierdas, muy radicalizado políticamente, un intelectual que, a partir de la conmoción que en él y en otros muchos provocó el caso Dreyfuss, había abrazado el socialismo. Incluso en los últimos años de su vida, ya muy mayor, se dejó utilizar por los comunistas. Y digo que es paradójico porque el significado político de su novela es muy otro.

Anatole France no fue sin más un conservador, un añorante del Antiguo Régimen que abominara de la Revolución. Pero era lo suficientemente lúcido para entender que los nuevos tiempos habían traído, a partir de la dinámica desencadenada en 1789, nuevas patologías del poder, que los sueños de la razón engendran monstruos y que en las mejores intenciones pueden anidar delirios horrorosos. Por ello, y visto lo que escribió sobre los sucesos revolucionarios franceses, cabe sospechar con fundamento que la fe en el socialismo que poseía cuando escribió este libro, en 1912, no le habría obnubilado si hubiese vivido lo suficiente para observar en qué se iba a convertir, muy pronto, la Revolución Rusa, que él conoció sólo en sus inicios.

El paralelismo entre ambas revoluciones, por cierto, no lo estableció él. Sin ir más lejos, un comunista francés de primera hora, Mathiez, escribió en 1920 que “jacobinismo y bolchevismo son en el mismo sentido dos dictaduras, nacidas de la guerra civil y de la guerra extranjera, dos dictaduras de clase, que recurren a los mismos medios, al terror, a la requisa y a los impuestos y que se proponen en última instancia una meta semejante, la transformación de la sociedad, y no solamente de la sociedad rusa o de la sociedad francesa, sino de la sociedad universal”. Fácil es colegir, si se lee Los dioses tienen sed, que el amargo retrato del Terror jacobino que Anatole France realiza, hubiera podido inspirar sus críticas a la Revolución Rusa de haber vivido lo suficiente.

Los dioses tienen sed dibuja la trayectoria de Evariste Gamelin, un joven artista de poca monta que malvive, lleno de ardor revolucionario, en el París de 1793. Casi por azar (y también por mal cálculo de una dama que considera al artista un tonto útil), Gamelin llegará a ser un poderoso miembro de los tribunales revolucionarios que deciden la suerte y la vida de miles de personas en ese momento, juzgadas por su desafección con el poder jacobino. Y Evariste Gamelin ejercerá su función inquisidora y condenatoria con una escrupulosidad implacable.

Lo mejor de la novela de Anatole France es su crítica suave pero feroz, y muy bien circunstanciada, de lo que en el siglo XX comenzó a denominarse el totalitarismo, merced sobre todo a los libros de Hanna Arendt y sus análisis sobre el nacionalsocialismo y el comunismo. La novela es, en este sentido, la historia de la formación y desarrollo de una conciencia, la de alguien que, partiendo de intensos sentimientos de amor por la humanidad, va consolidando una mirada y una acción implacables y brutales sobre los humanos concretos y singulares.

Gamelin es al principio un joven torpe, un poco obtuso, orgulloso, rígido, exaltado, lleno de resentimiento, enemigo de los placeres y con una misoginia mayúscula. Sobre esa base psicológica avanza su implicación en la causa jacobina. La patria y la revolución están en peligro, y es preciso que los que quieren salvarla sostengan el pulso con firmeza y estén dispuestos a sacrificarse y, sobre todo, a mantener una conducta inflexible y despiadada hacia todos aquellos que cuestionan de algún modo el poder, o son escépticos, o débiles, o manifiestan la más mínima disidencia, por banal que pueda parecer.

¿Cuál es el límite de la locura criminal de estos nuevos poderosos? Pues es variable, movedizo. Por resumir: el que en cada momento marquen Robespierre y seguidores como Gamelin. Deben ser liquidados todos los que no coincidan en cada coyuntura con la posición del núcleo dirigente, sea ésta la que sea. Así, los hay que están contra la revolución porque añoran el régimen anterior y profieren vivas al rey depuesto, pero también hay contrarrevolucionarios que lo son porque predican un ateísmo radical que confunde al pueblo y debilita su moral. Unos son sospechosos por reaccionarios, otros por excesivamente izquierdistas. Unos por derrotistas, otros por descreídos, y los de más allá porque dicen o hacen algo que los que mandan, en ese instante, juzgan poco patriótico. Llega un punto en que los jacobinos han puesto en marcha un mecanismo tan infernal que ellos mismos serán víctimas de quienes, siendo hasta entonces sus correligionarios, prevén atemorizados su propio viaje a la guillotina, por lo cual se adelantan a derrocar y eliminar a Robespierre y sus más fieles.

En la novela de Anatole France hay más, mucho más, porque Gamelin no es el único personaje. Más bien es el centro de una constelación de personajes, la mayoría de los cuales acabarán siendo víctimas de la lógica inexorable que guía al pintor. El novelista es suficientemente bueno como para lograr que todos ellos resulten creíbles, gracias a lo bien delineados que están. Aristócratas estoicos y descreídos que sobreviven, tras el seísmo de 1789, en la más extrema indigencia; religiosos barnabitas bondadosos y siempre humildes —salvo cuando se les confunde con miembros de otras órdenes que ellos consideran de menos pedigrí—; hombres o mujeres que se juegan y pierden la vida por amor o amistad, sentimientos que anteponen a cualquier idea política; demagogos y oportunistas que conocen el modo de nadar en todos los cambios; mujeres sensuales, atraídas por la fuerza y crueldad que otorga el nuevo poder; madres desgarradas entre hijos con caminos opuestos… A todos los pinta Anatole France con cuidado, con matices, con piedad. Incluso hay piedad y comprensión profunda en los perfiles de Evariste Gamelin y del propio Robespierre, ya que podemos creer en su sinceridad cuando explican que la fría determinación asesina es transitoria, un estadio inevitable en el camino hacia la verdadera justicia que algún día llegará, cuando el país se haya librado, con el concurso de la guillotina, de todos los que obstaculizan ese radiante y hermoso porvenir.

La casualidad ha hecho que por los mismos días que leía esta novela, picoteara con frecuencia, por otros motivos, en el Diccionario Pla de literatura, un grueso libro en el que Valentí Puig recopiló muchos comentarios y juicios de Josep Pla sobre la literatura y los autores que leyó. Anatole France no era un escritor que entusiasmara al escritor catalán. Pero leyendo las páginas que le dedica, encuentro estas líneas, que me parecen muy exactas después de leer Los dioses tienen sed:

France ha visto siempre el mundo y la vida como un minúsculo enjambre de animalillos afanándose sobre la superficie de un planeta perdido dentro de la grandiosidad de las leyes de la gravitación universal, pero no por eso ha dejado ni un momento de entregarse a la búsqueda de la justicia y el camino marcado por el rayo del sentimiento. La política, en el más puro sentido del término, le ha hecho temblar la voz de emoción; la lucha contra la injusticia –política o económica— le ha humanizado el trabajo literario de orfebrería.

08 abril 2011

Barney de nuevo. La película

Ayer vi al fin El mundo según Barney, la película. Fue un error. Tengo todavía la mente llena de la espléndida novela de Mordecai Richler, La versión de Barney (¿por qué no han respetado en castellano el título original de la película y del libro?). Y con ese recuerdo tan reciente y vivo de las sutilezas del texto, de los meandros por los que discurre la memoria de Barney, de las trampas, omisiones, juicios gruesos y ataques irónicos o rabiosos que despliega esa poderosa primera persona en la novela, ese Barney que en la vejez cada vez más asediada por el Alzheimer quiere ofrecer su versión de lo que le sucedió, pues era imposible que disfrutase de la película con ojos limpios. Si la hubiera visto hace un mes, o dentro de unos años, supongo que podría haberme forjado un juicio muy distinto. Cuántas películas maestras, por ejemplo del cine clásico de Hollywood, se basaron en novelas que no conocemos: mejor, mucho mejor, nuestra consideración de ese cine es más desprejuiciada.

Con todo, creo que es una película muy aseada, digna, y que Paul Giamatti, el actor que interpreta a Barney, demuestra ser tan grande como en otras historias en que también bordaba a hombres fundamentalmente buenos, pero que llevaban dentro dosis llamativas de torpeza, furia y resentimiento. Hombres (¿recuerdan Entre copas, o American Splendor?) apaleados, carentes del equilibrio, la elegancia y la seguridad que exhiben otras personas con las que conviven. Los Barney de este mundo meten la pata, comen o beben demasiado y dicen tonterías en los momentos más inoportunos, tanto que a veces, en lugar de mostrar su generosidad y perspicacia, resultan unos gilipollas. Luego, ay, se arrepienten y flagelan, pero ya es tarde.

No voy a detallar los muchos aspectos de la novela que han desaparecido en la película, varios de ellos esenciales en la vida de Barney. Pero ya que escribo en un lugar azotado por los nacionalismos, lamento que se haya esfumado algo que, sin ser fundamental, impregna el presente (año 1995) de la novela: la cuestión de la independencia de Quebec. La novela no es que sea profundamente canadiense (eso también se ha perdido en la película), es que transcurre en un Montreal que vota la posible secesión de Quebec. En ese referendum de 1995 los independentistas francófonos estuvieron más cerca que nunca del triunfo, al lograr el 49,6 de los votos. Y Barney y algunos de sus amigos, biblingües como Mordecai Richler (autor, por cierto, de importantes libros contra los mitos del nacionalismo quebequés), pero contrarios a la segregación, no se recatan en juicios mordaces sobre lo que leen y escuchan, sobre los gobernantes del Parti Québécois y sobre los inspectores lingüísticos, que multan no a los que olvidan el francés en cualquier rótulo o texto (eso sería un delito grave), sino a quienes no disponen los textos en inglés en un tamaño mucho menor que en francés.

En fin, no hagan como yo. Si leen La versión de Barney, no vayan al cine. Al menos mientras la desmemoria no haya culminado su trabajo.

P. D. Un detalle muy menor: como homenaje a Mordecai Richler, un autor especialmente famoso y querido en Canadá, pese a su mordacidad, en la película aparecen como secundarios los cineastas más conocidos del país: Atom Egoyan, David Cronenberg y, en dos escenas, Denys Arcand, el director, entre otras, de El declive del imperio americano y de Las invasiones bárbaras. Un francófono independentista, pero muy amigo de Richler. Y la amistad es lo primero.

05 abril 2011

Hombres que hablan en bares

Disfrutando la semana pasada de nuevo, y a lo grande, con La versión de Barney (la novela, aclaro, que la película todavía no la he visto), me di cuenta de que había un tipo de escenas cuya aparición aguardaba con gran ilusión: aquéllas en que Barney se aposenta en su bar preferido, Dink, como lleva muchos años haciéndolo, y donde, aparte de beber como un cosaco, pega la hebra con quien sea. En ese bar todos los parroquianos se dedican con entusiasmo al trago, pero les da el cuerpo, entre licor y licor, también para soltar pullas y gansadas, sentencias y filosofar, recordar viejos tiempos, fanfarronear y largar peroratas que nadie escucha, repetirse como una carraca, picarse o insultarse, y, muy de vez en cuando, arriesgar confidencias. Pocas, por descontado, con medias palabras, y entreveradas de mistificaciones, que no en balde hablamos de un mundo muy masculino, rudo, irónico, reservado, incluso machote. Por eso tampoco resulta extraña la figura del bebedor casi mudo. La noche se alarga tontamente, siempre hay quien se anima a otra copa más y lía al resto de la concurrencia, que si la espuela, que si espera un poco, que ponme la última, y la mente se embota, y todos acaban incorporándose con muchas dificultades y yéndose a casa con paso vacilante, entre brumas y veras.

Ese mundo de hombres en bares, horas y horas apostados sobre taburetes en la barra, o de pie sin más –es decir, no sentados alrededor de una mesa en tertulia con un café o simplemente una consumición, con la conversación como eje- me ha procurado momentos muy dichosos en esta novela, pero también en otras. Así, en un primer golpe, recuerdo dos de Richard Russo, Ni un pelo de tonto (en particular gracias al memorable Sully) y Empire Falls, así como varias del primer Luis Mateo Díez, como Las estaciones provinciales, La fuente de la edad o El expediente del náufrago, en las cuales, con el telón de fondo del más negro franquismo, los personajes sólo alcanzaban un modesto respiro en tascuces con barra de zinc y mucho serrín en el suelo, cáscaras de gamba y vino peleón, al tiempo que se repetían sucedidos chuscos o salaces. Y seguro que otros lectores podrían aportar muchos más ejemplos. En la televisión recuerdo una serie de éxito en los ochenta, Cheers.

Lo que hace atractivas esas escenas es la magia de la literatura, por supuesto. Y en particular el humor, sombrío, negrísimo, irónico, sarcástico, cínico, o apoyado en la pura mala leche, en diálogos vivaces que retratan a la perfección a hombres con su punto de turbiedad, desesperanza, misoginia, gracia y dolor.

Cosa distinta es que, si abandonamos los predios de la literatura y el talento del novelista, y nos venimos a los de la realidad más municipal, podamos topar con bastantes especímenes que, después de consumir tantas horas de su vida en los bares, bebiendo, y farfullando con lengua de trapo cuando el alcohol hace su labor, han alcanzado preciados honores en la galería de los fantasmones. En mi vida “real”, si se puede decir así (¿no es real el tiempo que he pasado entre libros?), he conocido a muchos tipos de esos que no pasaban de ser unos fiemos, al menos cuando alcanzaban un grado de maceración suficiente.

30 marzo 2011

Nabarralde

La semana pasada se celebró en Pamplona una reunión de historiadores para debatir y profundizar sobre la conquista de Navarra por las tropas de Castilla en 1512. Una conquista, una guerra, una invasión más o menos aceptada pasivamente, dígase lo que se prefiera, que dio lugar paulatinamente a la incorporación de Navarra, más o menos de grado o de fuerza (al principio de fuerza, claro, que para eso hubo armas, guerra y muerte), a lo que terminó siendo la monarquía hispánica.

A Tomás Urzainqui Mina este congreso no le ha gustado ni un pelo. Ya en el título de su artículo lo tacha de “negacionista”. Y el calificativo se repite más de una vez. Negacionismo, si no me equivoco, es una palabra que comenzó a emplearse hace unos años para designar al conjunto de historiadores y grupos políticos que negaban que el holocausto de los judíos en la segunda guerra mundial hubiera tenido lugar, y que por tanto liberaban a los nazis de su principal y terrible crimen. El término está muy cargado de connotaciones políticas, y su intensidad emocional, como así se quiso, es muy alta. (El negacionismo, por cierto, es un delito en varios países europeos, sin ir más lejos en Francia.) Más tarde, y ya degradando y banalizando la acusación, algunos ecólatras han tildado de negacionistas a quienes aventuran cierto escepticismo sobre el cambio climático y sus efectos más o menos catastróficos en la salud de nuestro planeta.

Tirándose por la pendiente de la exageración, Urzainqui aprovecha el calificativo, con toda su carga emotiva, para, dentro de su visión de lo que aconteció en Navarra a partir de 1512, establecer una separación moral muy afilada entre los invasores castellanos, genocidas sin alma, y los pobres navarros (para él vascos, of course), entonces masacrados. Da igual que los guipuzcoanos y vizcaínos fueran parte esencial del ejército castellano que ocupó Navarra. Nada, pelillos a la mar, los españoles son unos asesinos y los navarros (vascos) unas víctimas, así, sin más.

El congreso no fue plural, según Urzainqui. ¡Pluralismo, más pluralismo!, brama en su artículo. Claro que la concepción del pluralismo que tiene este abogado, historiador en sus ratos libres -y que gasta una sintaxis y puntuación execrables-, peca de notorias limitaciones. Se asemeja a la pluralidad que conformaban, “dentro del Régimen”, las distintas familias del Movimiento en tiempos de Franco. O, para venir a estos tiempos, recuerda una aspiración vasca nacionalista de un futuro plural que vaya, como escribía hace muy poco Fernando Savater, “desde Tasio Erkicia en un extremo hasta Bernardo Atxaga en otro”. No más espectro (mucho menos, en realidad) cubren los historiadores navarros que cita Urzainqui, los “verdaderos” historiadores, que según él, no pudieron asistir al congreso de la pasada semana.

Porque para este destacado representante de la asociación Nabarralde, con ese pluralismo limitado basta y sobra. Los demás historiadores, por ejemplo los que estuvieron en el congreso, son no sólo representantes del “negacionismo subordinacionista” (sic), o de “la sordera del enquistado negacionismo”. Representan además “una concepción autoritaria y monopolista del poder”, están “escorados a una visión unilateral y sesgada desde un atrincherado presentismo, que les impide el sereno y pleno conocimiento de los hechos y de la historiografía generada en estos quinientos años”, y, en fin, únicamente representan al poder “que busca el apuntalamiento de su presente, evidentemente de sumisión y subordinación antidemocrática y antinavarra”. Ay, antinavarra… Suena igual que “antiespañola” o “antivasca”: insultos de nacionalista.

Si esa es la visión de Nabarralde de todos los que no piensan como ellos, ¿qué significa, en su boca, la aspiración a un congreso “plural y omnicomprensivo, de todas las corrientes historiográficas y el lugar de contraste de las diversas tesis existentes sobre la realidad de la conquista de Navarra”? Pues una broma, una broma delirante. El otro, el discrepante, es antinavarro, antivasco, negacionista, lacayo, sicario del poder, o todo al mismo tiempo, y además ¡ha perdido la serenidad! Con denuestos de tan grueso calibre, cuando uno está henchido hasta ese punto de su verdad, y abomina de tal manera de los que sostienen otras tesis, las apelaciones al pluralismo suenan meramente instrumentales, pura charlatanería.

El protagonista de La patria de todos los vascos, la estimable novela de Iban Zaldua, señala que Nabarralde es “una asociación de alucinados historiomaniacos que pretenden que Navarra fue el primer ‘Estado vasco’, y que insisten en llamar a los vizcaínos, por ejemplo, ‘navarros del oeste’”. Exactamente. Hace meses conté en este mismo blog cómo a uno de los historiadores nacioanlistas vascos que cita Urzainqui, estas mismas gentes de Nabarralde le habían suprimido, sin ningún permiso del autor, una frase que nos les gustaba en su libro sobre la guerra de Navarra, un libro por lo demás ortodoxo. Censura por las bravas, sin anestesia. ¿Y estos mismos se atreven a hablar de pluralismo, de objetividad y de ciencia? Alucinados historiomaniacos, y además sinvergüenzas.

25 marzo 2011

Manuel Hidalgo en la radio

Hace dos días, buscando una cita que me sonaba que podía hallarse en La escuela de Platón, un precioso librito de Fernando Savater, encontré de nuevo las páginas en que el autor rememoraba el momento en que, a sus trece años, dispuso al fin de un cuarto para él solo en el domicilio familiar de Madrid.

Yo también tengo mi recuerdo imborrable de una habitación propia, de un espacio para el refugio y el aislamiento. Sucedió a los quince años. Llevaba unos cuantos durmiendo en ese cuarto, pero sólo cuando, tras mucho insistir, conseguí que mis padres accedieran a poner una mesa en él, la habitación se convirtió en mía, en el lugar donde, a puerta cerrada, podía leer hasta tarde, y escuchar sin pausa la radio o los primeros vinilos en un tocadiscos monoaural, un Cosmo con tapa-altavoz-.

Hasta ese día había estudiado siempre en la mesa de la cocina, bien en medio del tráfago familiar, o bien por las noches, más en calma, mientras mis padres y hermana veían la televisión en el cuarto de estar (salón sería una palabra excesiva para denominar aquel habitáculo). Pero la mesa -en realidad una mesita sobre la que había estado seis años el televisor Lavis, con el que se accedía a un solo canal; el otro, el UHF, podía verse de ciento a viento- cambió todo. Podía estudiar en mi cuarto, y podía leer y leer todo lo que caía en mis manos, por horrible que fuera. Y es que no he leído nunca en la cama, y poquísimo en sofás. Siempre he preferido apoyar el libro sobre una mesa, pese mucho o poco.

Ya he dicho que la mesa, la libertad, la estupenda soledad, la puerta cerrada, el pequeño espacio recogido, también me permitían escuchar la radio. Armado con un pequeño transistor, buscaba con ahínco voces que calmaran mi ansia brutal de saber, de enterarme, de salir de la casi absoluta falta de estímulos culturales en que vivía mi familia feliz. No encontraba mucho, por descontado. El franquismo terminal imponía su ley de hierro y no había más emisoras en Navarra, me parece, que Radio Popular, la red de emisoras del Movimiento y Radio Requeté, asociada a la Ser. Todo se iba entre el radio hablado (noticiario que expedía el poder, de obligada conexión para todas las cadenas), concursos, programas edificantes, magacines insustanciales y músicas de parecido pelo –aunque es cierto que en este último campo se permitían modestas islas de modernidad-.

Con todo, pronto encontré en Radio Popular, y hecho en Pamplona, un programa semanal de cine que conducía Manuel Hidalgo. Yo era un loco cinéfilo, y Manuel Hidalgo (no sabía quién era, claro, ni que tenía apenas cuatro años más que yo, aunque a esas edades cuatro años son muchos) hablaba de las películas que se podían ver en Pamplona, en las salas comerciales o en los cineclubs. Eran películas que yo veía -porque me gastaba mis pocos dineros en entradas para el cine Carlos III, el Arrieta o el Aitor, y al cine club Lux entraba gratis-, y que los demorados análisis de Hidalgo iluminaban notablemente. Él tenía ya entonces una formación fílmica importante, o al menos así lo recuerdo, y yo, pegado al transistor para no molestar a mi familia, disfrutaba y aprendía con sus comentarios acerca de Cabaret, El Padrino o El discreto encanto de la burguesía, o del cine de Rhomer, Truffaut, Visconti o Saura.

Sus palabras, siempre tranquilas, y muy bien construidas y dichas, con esa magnífica voz que posee Hidalgo -no sé por qué no la ha aprovechado más en un medio en el que tantas veces se oyen tonos chillones y vulgares-, permitían abrirse en la pequeña ciudad a otra forma de mirar, a unos modos de comprender y estudiar las películas que multiplicaban gozosa y reflexivamente mis arrobamientos en las salas. Además, entre sus palabras, Manuel Hidalgo pinchaba unas músicas regias: lo mismo Mozart y Bach que folk americano o latinoamericano o catalán; músicas que no estaban ni por el forro en mi entorno sonoro doméstico o de amistades.

Hace años que conozco a Manuel Hidalgo, y en los últimos mese lo he visto con frecuencia por asuntos de trabajo. Pero nunca ha surgido la oportunidad de mencionar esta experiencia de juventud, que refulge en mi memoria. En su modestia, una de esas experiencias que ayudan a formar a alguien en un momento vital confuso y arrebatado, máxime si se tiene la tremenda sed de aprender que me abrasaba entonces, y que la habitación propia (los adolescentes la necesitan tanto o más que Virginia Woolf) y la soledad buscada hicieron posible. No recuerdo cuánto tiempo duró ese programa de Hidalgo, entonces un estudiante, pero le debo briznas, magníficas briznas, en lo mejor de mi formación cuando entonces.

“Como toda persona verdaderamente sociable, amo ese privilegio social por excelencia: el espacio de la soledad. Tener un lugar donde estar solo, con todo lo que uno ama, sabiendo que los demás están al alcance de la mano y oír o presentir el rumor amigo de sus almas. Tal es el sentido más enriquecedor que puede tener una casa, una familia y una comunidad. He sido afortunado pues la suerte (y esa otra forma suprema de suerte, el carácter) me ha permitido conocer y degustar este gozo”.

21 marzo 2011

No recuerdo

El otro día, cenando, un escritor me recomendó, entre otras películas, que viera El mundo según Barney. Pienso hacerle caso, porque está basada en una novela, que aquí se tituló La versión de Barney, del escritor canadiense Mordecai Richler. Yo la compré y leí inmediatamente cuando salió, hace diez años, en una edición de Mondadori que no tuvo ningún éxito, hasta el extremo de que, sospecho, gran parte de la tirada se destruyó pronto. Supongo que en algunas bibliotecas la tendrán. Ahora, con motivo del estreno de la película, la ha reeditado (con la misma traducción, excelente, de Miguel Martínez-Lage) una editorial pequeña, Sexto Piso, aunque a un precio, 27 euros, excesivo a todas luces.

Volví a casa el otro día, sin embargo, con una cierta pesadumbre, porque la verdad es que no recuerdo nada, o casi nada, de esta novela, diez años después. ¿Cuál es la trama? ¿De qué va? ¿Qué le pasa a Barney, sobre qué da su versión? Ni idea.

Sólo un punto tengo absolutamente claro en mi memoria: que disfruté mucho con La versión de Barney, que me pareció un libro excelente. Ese recuerdo sí es limpio, nítido.

Qué bien, voy a afrontar la relectura con renovada ilusión. Y con ese recuerdo, me basta para hacer la recomendación a cualquiera.

15 marzo 2011

La insociable sociabilidad

Tertulia de Barañain. El mismo ambiente grato de siempre, la misma gente a la que tanto aprecio. Pero en los últimos tiempos mi participación en esta tertulia es muy intermitente. Y es que no quiero sentirme obligado a leer todos los libros propuestos, por muy equilibrada y atractiva que sea la lista que Jesús, el bibliotecario, ha preparado.

Con la cantidad de aspectos reglamentados que hay en mi vida, la de compromisos ineludibles que me asaltan o a los que no sé decir no, quiero preservar, en la lectura, un espacio para dejarme llevar por el humor del momento, por la llamada de la última novedad o, por el contrario, por el reclamo del libro totalmente inactual que alguien me ha sugerido, o que se cita no sé dónde y que en ese momento concreto se ajusta a mis intereses u obsesiones, al menos a priori (luego hay decepciones, claro, pero también gozos insólitos). Recuerdo con nostalgia esas remotos años en que leía a lo loco, sin plan ni obligaciones, moviéndome sin orden ni concierto por el anchuroso terreno de mis gustos.

Hoy hablamos en Barañain de El barón rampante, de Italo Calvino. Un libro maravilloso, mucho más entretenido, profundo y sutil de lo que lo recordaba. La vida aventurera de un héroe de los árboles (y es magnífica la manera en que Calvino procura siempre que la fantasía de sus andanzas conserve una buena dosis de verosimilitud), pero al mismo tiempo un texto muy contemporáneo, una parábola que ayuda a pensar en asuntos y sentimientos rabiosamente actuales.

El barón rampante admite mil aproximaciones. Pero en mi lectura de estos días he pensado mucho en el modo en que Cosimo, el barón que a los doce años decide vivir para siempre en los árboles, define su relación con los demás. Cosimo no es un eremita, ni un insociable amargado o altivo, ni alguien que haya decidido romper con su familia o con la gente de su pueblo, o que no quiera saber nada de quienes le visitan con los años, atraídos por su extraña forma de vida y su sabiduría. Es más, Cosimo participa activamente en la vida de su comunidad. Son varias las ocasiones en que su contribución es decisiva para resolver problemas que se les plantean a sus paisanos. Y está lleno de sueños reformistas, de planes de mejora social.

Pero ya desde que, casi niño, se sube a los árboles, Cosimo es un ser libre, un hombre que, como él mismo dice cuando su primer amor se aleja, resiste, que se reserva la posibilidad de estar o no estar, de aparecer o desaparecer, de acercarse o alejarse. Su obstinación por permanecer en los árboles toda su vida simboliza el empeño que le anima de no dejarse asimilar, de impedir que ninguna persona o grupo le domestique o atenace. Él va siempre a su aire, lo que no obsta para que siempre esté cerca, por ahí, rondando, cerca o lejos, yendo y viniendo por el limitado perímetro de sus dominios, los árboles a los que puede saltar.

Toda una lección moral.

“Como esta pasión que Cósimo siempre demostró por la vida asociada se conciliaba con su perpetua huida del consorcio civil, es algo que nunca he entendido bien, y sigue siendo una de las no menores singularidades de su carácter. Se diría que él, cuanto más decidido estaba a ocultarse entre las ramas, más sentía la necesidad de crear nuevas relaciones con el género humano. Pero aunque de vez en cuando se lanzase, en cuerpo y alma, a organizar una nueva sociedad, estableciendo meticulosamente los estatutos, las finalidades, la elección de los hombres más adecuados para cada cargo, nunca sus compañeros sabían hasta qué punto podían contar con él, cuándo y dónde podían encontrarlo, y cuándo se vería ganado repentinamente por su naturaleza de pájaro y no se dejaría atrapar más. Quizá, si es que se quiere reducir a un único impulso estas actitudes contradictorias, haya que pensar que él era igualmente enemigo de todo tipo de convivencia humana vigente en sus tiempos, y que por eso huía de todos, y se afanaba con obstinación por experimentar otros nuevos: pero ninguno de ellos le parecía justo y suficientemente distinto de los otros; de ahí sus continuos paréntesis de esquivez absoluta”.

02 marzo 2011

¿Estamos seguros de nuestro pasado?

“No somos dueños de nada, ni siquiera de nuestro pasado. Todo lo que hemos vivido y que tendemos a considerar como una adquisición definitiva, inmutable, está constantemente amenazado por nuestro presente, por nuestro futuro”, escribió Julio Ramón Ribeyro en sus Prosas apátridas.

Al leer Pilar Donoso los diarios y las cartas de su padre, José Donoso, el escritor chileno, así como lo que dejó escrito su madre, Pilar Serrano, sucedió que muchos recuerdos que tenía de su vida familiar, muchas imágenes cristalizadas en su memoria, sufrieron una brutal sacudida. La tarea subsiguiente de transcribir, ordenar y dar a conocer esa enorme cantidad de documentos personales, con frecuencia muy íntimos, que hizo “tratando de conservar cierta objetividad (…), dándole forma al dolor, a la admiración, al desconcierto e incluso al temor” que le produjo descubrir que había vivido veintiocho años al lado de alguien a quien había creído conocer muy bien, pero de quien descubría muchas máscaras más de las que le suponía, ha dado como resultado Correr el tupido velo, que Alfaguara publicó en España hace unos meses, y que ahora leo.

Es un libro apasionante, por lo que enseña sobre muchos sentimientos humanos, pero también sobre las obsesiones y las ideas literarias de un gran escritor, como lo fue el chileno Donoso. Un libro que tiene muchísimas facetas de interés, pero que arranca con esa perplejidad de la hija que experimenta dolorosamente que en cualquier momento de nuestra vida pueden surgir datos nuevos que harán tambalearse aquello que teníamos ya consolidado en nuestra memoria.