19 marzo 2012

Los idus de marzo y la política

El otro día fui al cine. Como ya he contado varias veces en este blog, no es algo que haga con frecuencia en los últimos años. Prefiero ver cine en casa. Pero aprovechando el fin de semana largo quise ver una película que, por lo que había leído, no podía esperar un tiempo a ver en DVD (ahora no me bajo nada en el ordenador, así que veo los estrenos con meses de retraso). Antes de que empezara, tuvimos que aguantar tres trailers de películas trepidantes, rugientes, frenéticas, repletas de violencia, destrucción y efectos especiales en dolby estereo. Cine de palomitas y multisalas de centro comercial.

Yo iba a ver Los idus de marzo, de George Clooney. Para empezar, un ritmo y un estilo opuestos a los de las películas anunciadas justo antes. Serenidad, clasicismo. Me interesó mucho la historia y me gustó la forma en que la conduce el cada día mejor actor y director americano. Un guión medido, teatral en el mejor sentido, un juego de planos, luces y sombras que centran la historia en las miradas, en el contacto físico muy cercano entre los personajes. Y todo con la contención y sentido de la elipsis que evita que nos distraigamos. Hay que atender a lo que importa.

¿Y qué importa? Pues los entresijos de la política realmente existente. Las mentiras, las jugadas tramposas, las ambiciones siempre como la otra cara de las ilusiones. ¿Política? Imagen, engaño, seducción, promesas como mercancías, sondeos y más sondeos, tipos con un fuerte sentido de la realidad y por tanto de la trapacería. ¿Ideas, convicciones, teorías? Na, eso hay que saber administrarlo al servicio de intereses superiores.

El protagonista, ese asesor presidencial joven, idealista pero deseoso de medrar, aprende de golpe qué hay en la trastienda, qué flaquezas y deseos es preciso tapar. Y decide, en cuestión de horas, que sí, que quiere meter las manos en la porquería y manchárselas lo que haga falta. Porque lo que más le gusta es el poder, la influencia, manejar los hilos. Bienvenido al club, acaban reconociendo con forzada deportividad los perdedores de la batalla.

Esa pasión es superior a la del dinero. Hay, claro está, mucha gente en política porque es su manera de ganarse la vida, porque fuera de la política no disponen de una salida laboral ni remotamente tan apetecible como la que proporcionan los partidos y los cargos institucionales. Pero hay personas que aman sobre todo estar, mandar, influir, pertenecer a la pomada, participar en ese juego que vienen a simbolizar muy bien los rituales que pautan la vida de los políticos: el minué de saludos y abrazos, reconocimientos, palmadas y besos, conversaciones triviales o directamente estúpidas que componen la urdimbre de tantos actos, inauguraciones, homenajes, celebraciones y reuniones en las que los políticos se reconocen y miden entre sí, se celebran a sí mismos, chismorrean, se ríen con falsa jovialidad mientras aguantan la copa, comen algo o escuchan discursos estupefacientes.

Los protagonistas de Los idus de marzo podrían ganar más dinero y tranquilidad trabajando en empresas o en la universidad. Pero no quieren eso, ni hablar, y sólo se refieren a ello como la salida que aguarda a los derrotados. Prefieren las jornadas interminables, la excitación de la incertidumbre, el esquema amigo-enemigo, el chalaneo calculado con los periodistas, la exhibición de su poder ante los novatos y las becarias atraídas por el gran circo. Prefieren diseñar promesas, idear eslogans, filtrar verdades o bulos. Les gusta el regate corto, la atención obsesiva a sus smartphones, tuitear bullshit, pura charlatanería.

En mi experiencia, he conocido a gente que siempre ha vivido en ese mundo, esforzados de la reunión y el activismo dispuestos a lo que toque, a lo que haya que decir y hacer en cada momento, con un estómago imbatible. Pero me interesan más quienes, tras haber desarrollado una actividad profesional incluso brillante, descubren ese mundo y caen subyugados. Descubren que les embriagan el poder, siquiera sea a pequeña escala, la influencia, la capacidad de decidir y, siempre, el juego de rituales que acompaña a la política. Y si se les acaba de pronto, tal vez demasiado pronto, sufren una abstinencia devoradora. Muchos han llorado amargamente al conocer el fin de su cargo, hay quien ponía junto a su firma "exdirector general" mucho tiempo después de su destitución, incluso en las comunicaciones más informales y privadas, o quien se ofreció mendicante al partido al que había destrozado el día anterior porque no podía soportar el vacío de poder, de su pequeño poder, lleno de invitaciones a cenas cursadas por alcaldes o reyezuelos en cualquier entidad.

En una escena casi final en Los idus de marzo vemos alejarse al maravilloso Philip Seymour Hoffman, un actor con una presencia física descomunal, turbadora. Perdedor, intrigado porque algo que se le escapa lo ha vencido, pero al mismo tiempo resignado. Ha perdido, pero volverá. Mientras tanto, dice, ganará un millón de dolares en un buen empleo. Pero lo que él quiere no es eso, sino lo que ha dejado atrás: la negociación secreta, la consigna movilizadora acuñada en un momento de inspiración, el papel de negro redactor de un buen discurso si hace falta, la sonrisa de suficiencia entre bambalinas cuando las cosas han salido bien y el poder parece al alcance de la mano. Además, si es preciso, el hachazo brutal, el golpe helado del que manda sin contemplaciones, con el grado justo de tiranía. Volverá. Está hecho para eso, para la política realmente existente.

14 marzo 2012

Gritos privados, silencios públicos

El otro día participé en un foro de discusión de gentes vinculadas con la cultura. Enseguida surgió la situación de los grupos musicales, teatrales y de danza de Navarra, y el nuevo sistema de ayudas que el Gobierno ha puesto en marcha en 2012 para ellos. Alguna persona señaló, en ese ámbito tan recogido y privado en que estábamos, que las ayudas concedidas, y que acababan de hacerse públicas, no habían estado acertadas. ¿Por qué? Pues porque hay grupos, dijo, que no tienen una calidad en su trayectoria que justifique las cantidades que han logrado.

Esos grupos no se han estado callados en los últimos meses en la esfera pública. Antes al contrario, han organizado una buena gresca en los medios, en el Parlamento e incluso en la calle, ya que temían que el nuevo método de reparto pudiera dejarles sin las suculentas cantidades que llevaban varios años obteniendo para desarrollar su trabajo.

En esos meses de constante y conflictiva presencia pública de los que se veían ya sin dinero nadie, públicamente, ha juzgado su hacer con criterios de buena o mala calidad artística. Se ha hablado mucho, con más o menos tino o demagogia, de la función social de la cultura, de puestos de trabajo o de criterios de gasto público, y más en época de crisis.

Y siendo ciertamente importantes todas esas dimensiones del conflicto, en ningún momento se ha dicho: el resultado artístico de las actividades de este o aquel grupo es bueno, malo o regular. Y lo es por esto, por esto y por esto.

Comentarios privados seguro que ha habido bastantes. Públicos, ninguno. En la provincia los gritos se dan en privado, en el círculo de colegas o amigos. En público no hay ni susurros. En la provincia no se conocen críticos que, en público, se apliquen a razonar con claridad, y del modo más razonado y documentado posible, cuál es la opinión que una obra les ha merecido. En todo caso, lo harán si se habla de gente que no se conoce, o de nulo poder de influencia, o de extranjeros que nos pillan muy lejos.

No se sabe si los silencios son debidos a la inanidad de los productos “navarros” o al deseo de “no meneallo”. En un mundo reducido, en el que gran parte de los interesados se conocen, casi todo se queda en el estadio del chismorreo. De este modo se cultiva una actitud que recuerda a la del mono de la fábula de Monterroso, que quería ser escritor satírico pero siempre se contenía para evitar que sus amigos de todos los pelajes se sintieran aludidos en sus sátiras.

Ay, la necesidad de una crítica seria, libre, desprejuiciada… Cuánto se habla de ella, y qué poco se practica. El otro día vi que me habían ingresado en cuenta 32 euros. Y es que me descontaron en esa misma cuenta hace pocos meses la suscripción anual a la Revista de Libros, pero en diciembre la Fundación Caja Madrid-Bankia (en una miserable decisión con derecho a capítulo aparte), que la sostenía, resolvió cerrarla, y ahora me devuelven una parte de lo que pagué. Yo, desde luego, hubiera seguido abonando muy gustoso esa suscripción muchos años, porque era una revista de artículos largos, informativos y analíticos, llenos con frecuencia de comentarios desarrollados con la extensión necesaria, ponderados y sagaces sobre los libros que se criticaban. Y, a veces, eran artículos durísimos con el libro que fuera, feroces a la hora de señalar sus defectos. Lo cual también tenía un gran valor, una incuestionable utilidad intelectual.

Ese estilo crítico no lo encuentra uno en las mugas forales casi nunca. Aquí criticar, discriminar, distinguir, es decir, separar lo bueno de lo malo, y por tanto señalar lo malo, el falso producto, el falso prestigio…, casi nunca, al menos en público. ¿Hay que ser muy rico, muy mayor y estar enfermo para ser libre?

13 marzo 2012

Testamento en Praga

El 23 de febrero de 1981, a las pocas horas de que comenzara el golpe de estado de Tejero, empecé a leer Testamento en Praga, de Teresa Pamies. Y toda la noche, mientras escuchaba en un transistor el desarrollo de la intentona militar, estuve con el libro, que devoré con fruición, en especial después de que sobre la una de la mañana aquélla pareciera despeñarse en el fracaso.

No tengo ahora una idea precisa del libro. Pero sí recuerdo el diálogo que lo construye y vertebra entre, de una parte, el testimonio de Tomás Pamies, el padre de la escritora, comunista muerto en Praga en 1966, después de muchos años de exilio a partir de la derrota de 1939, y por otro lado el contrapunto de la narración de la hija, que confronta su comunismo “abierto”, entusiasta de la “Primavera de Praga” abortada por los soviéticos, con el comunismo del padre, mucho más elemental y rocoso.

Aun sin saber cuánto retocó la hija los escritos de su padre, Tomás Pamies, son éstos los más valiosos del libro. Pobreza, infancia en la Lérida rural más profunda, luchas, cárceles, comunismo primero entusiasta y luego ya inquebrantable, exilio… No tengo memoria de los hechos concretos, pero sí está presente en mí, más de treinta años después, la voz sencilla y radical de Tomás Pamies, un comunista de la época dorada y, por eso mismo, terrible.

Podría volver a Testamento en Praga, que en innumerables ediciones conoció una relativa celebridad y que no me costaría nada encontrar en mi biblioteca. Pero no quiero. No soy el mismo de cuando entonces, y no me apetece, tal vez, caer en la decepción. Prefiero conservar, hoy que ha muerto Teresa Pamies a los 93 años, el recuerdo puro y febril de aquella noche en vela, en que no pude acostarme hasta terminar las historias del padre y la hija, de dos comunistas hasta el final.

20 febrero 2012

Chéjov en el hospital

De pronto todo se trastoca: citas, compromisos, el ritmo laboral. La enfermedad de mi padre nos obliga a entrar de nuevo en una vida extraña, tediosa y extenuante, paralela a la “normal”, en esa vida que padecen los enfermos internados, en primer lugar, pero también quienes los cuidan. Esta vez el ingreso se produce en una clínica que atiende sobre todo a ancianos. Abundan por tanto familiares cuarentones y cincuentones. Veo por los pasillos mucho chándal, caras macilentas, abotargadas (la luz tampoco ayuda nada), revistas de pasatiempos, y carros con pañales, sábanas y toallas que las auxiliares mueven cada dos por tres. La comida, como los viejos deben comer poco, es de supervivencia, en cantidad y calidad. El aburrimiento es cósmico, así que hay mucha televisión encendida, por la que cobran una tasa diaria que debería permitirnos ver no la basura de la TDT, sino la colección completa, y con extras, de Los Soprano, The Wire y A dos metros bajo tierra. Para ser justos, hay que decir que la atención de todo el personal es excelente, y que los discursos sobre la importancia de una buena sanidad pública ganan aquí alma corazón y vida. Los pacientes, con una calidad de vida mermada por los achaques y la edad, se van acercando a la niñez, así que no quieren admitir ninguna mejoría en su estado, supongo que por miedo de que los cuidadores aprovechemos cualquier reconocimiento de avance para huir de estampida hacia la vida de fuera, esa que hemos debido abandonar temporalmente –y que tampoco es nada del otro mundo, claro, pero al menos resiste mejor el tedio-.

Por pura casualidad las primeras horas en urgencias, interminables, me pillan leyendo El pabellón número 6, una novela corta de Chéjov. La biblioteca de Barañain ha organizado una tertulia esta semana sobre Chéjov, a partir de la lectura dramatizada de Tío Vania que un grupo prepara hace tiempo. No había leído El pabellón número 6 y me causa una impresión formidable, casi tanta como la que se dice que le provocó a Lenin. Hay en ella una descripción descarnada y brutal de la atención médica en la Rusia de finales del XIX, y en particular de la psiquiátrica. Me hace recordar la impresión que ¡casi cien años después! tuve en el manicomio de Pamplona al ver a enfermos mentales mezclados con gente desgraciada, pobre y un poco lela, en un revoltijo nada científico, de una sordidez color de rata. Pero hay más en Chéjov, mucho más. Por ejemplo, la manera en que uno puede ser clasificado como loco en cuanto disienta de las costumbres establecidas, al menos en comunidades pequeñas, cerradas y miserables. Y, como tantas otras veces en el autor ruso, un lamento desesperado por la indolencia de gentes instruidas que deberían impulsar mejoras pero no lo hacen, médicos y altos funcionarios que se acomodan al ambiente de estupidez obtusa y corruptelas que devora toda ilusión reformista. Aplazar, divagar, perorar, cifrar las mejoras en un futuro muy lejano, matar el tiempo, frustrarse… Motivos recurrentes en Chéjov, en sus cuentos, en sus bellísimas obras de teatro.

Mi padre mejora. Ya no se ahoga por el simple esfuerzo de levantar el brazo. Entrecierra los ojos, aburrido, mata las horas como puede, y sueña con volver a su gustosa independencia. Osasuna, a tono con la coyuntura, nos decepciona el sábado con su juego penoso, como de pelotón en patio infantil. Mejor apagamos la luz, a ver si en el dormir hay misericordia.

13 febrero 2012

Mi primer destino

El 11 de febrero de 1982, hace ahora treinta años, llegué en autobús a un pueblo de la Ribera, a mi primer día de trabajo como maestro. Mi primer destino. La enseñanza, a priori, me parecía un buen oficio, pero también un vehículo para algunos de los sueños de emancipación cultural y política que movían impetuosamente mi ánimo. En el pueblo, grande, muy feo, tan irregular en su trama urbana y sus construcciones como todos los de la Ribera, nos recibió el director de la escuela en su segundo despacho, el bar donde a diario echaba una copa y unos párrafos después de comer. Era un hombre más ocupado y preocupado con la granja de pollos que poseía que con la gestión educativa. En la sala de profesores, donde esa misma tarde asistí a mi primera reunión “de coordinación”, se podía cortar el aire: dos maestros acababan de romper su matrimonio poco antes y la hostilidad entre ellos, feroz, impregnaba cualquier diálogo didáctico. Ella desapareció del pueblo al curso siguiente. Desde el primer día me sorprendió que la gente me parase por la calle para preguntarme cualquier cosa: de dónde era, los años que tenía, si estaba casado, cómo se portaba en clase éste o aquél. Mi torpeza tímida administraba mal esas inquisiciones tan directas. Por suerte, todavía existían las casas de los maestros, y en una vacía que me dejaron me instalé. Por las tardes me refugiaba en la biblioteca pública, donde preparaba las clases y leía los libros que yo mismo llevaba, entre cuchicheos adolescentes. Los viernes a las cinco salíamos disparados unos cuantos hacia Pamplona.

Mi cabeza estaba atiborrada de sueños y teorías, y llevaba unos cuantos años en reuniones con enseñantes de izquierdas y abertzales, en particular en Adarra, un movimiento de renovación pedagógica entonces muy pujante en ciertos colegios. Sin embargo, en el pueblo donde yo había caído los maestros, la gran mayoría matrimonios de “propietarios definitivos”, vivían ajenos a todos mis anhelos ingenuos y radicales. Necesité poco tiempo para ver que mi conocimiento de la gente de la enseñanza era muy escaso, y que los deseos y las buenas intenciones no eran suficientes. Pero me temo que esa ignorancia, impaciencia y dogmatismo que me empujaban se tradujeron más de una vez en soberbia y destemplanza.

Esas mismas ensoñaciones de revolución pedagógica chocaron también con lo que me encontré en el aula. A la hora de la verdad me costó mucho acostumbrarme al trato con niños. Había en ellos una alegría instintiva y una vitalidad desordenada que desarmaban mis planes y me descontrolaban. Además, mis alumnos sólo tenían nueve años, y yo estaba acostumbrado a moverme cómodo entre generalizaciones y abstracciones que aquellos chicos y chicas no entendían. Me costó tiempo, mucho más del que duré en este primer pueblo, en hablar a los niños de una manera más llana, más ajustada a su nivel y edad. Ese aprendizaje fue difícil. Por suerte, los niños y niñas de aquel pueblo resultaron tan cálidos y entusiastas que, pese a mi torpe bisoñez, las cosas salieron mucho mejor de lo que yo merecía.

Dejé el pueblo a los dos meses. Mi segundo centro estaba al lado de Pamplona, pero resultó mucho más áspero en todos los sentidos. Mientras, chicos y sobre todo chicas del colegio ribereño estuvieron bastante tiempo escribiéndome, contándome anécdotas infantiles, llenos de ilusión y cariño. Tarde, como pasa casi siempre con los aprendizajes, entendí todo lo que había perdido o menospreciado al abandonar aquel centro, mi primer destino.

08 febrero 2012

Margarita Leoz

Poco a poco, demorándome intencionadamente, dejando tiempo entre relato y relato, y alternando con otras ocupaciones de lectura, he leído Segunda residencia, de Margarita Leoz, que Tropo editores acaba de publicar. Este conjunto de historias, magnífico, y que me apresuro a recomendar vivamente por si alguien abandona este blog a los quince segundos, conforma un pequeño catálogo de insatisfacciones y dolores de las gentes de hoy, un muestrario de pequeñas desdichas, decepciones y angustias en sordina que podemos encontrar en nuestros amigos, en nosotros mismos. Como tituló su libro otra escritora, Mercedes Cebrián, cabe decir que en Segunda residencia nos topamos con el malestar al alcance de todos.

Esa impresión global nos invade sin que la autora se lance a narrar aventuras trepidantes, agónicas peripecias o subrayados dramáticos. Aquí, contadas como a media voz, sin gritos ni explicaciones didácticas, leemos, por ejemplo, historias de profesoras solitarias y médicas aburridas, preadolescentes asustadas o jóvenes que no saben canalizar su desorientación ni colmar sus deseos, parejas que del amor sólo recuerdan algunos gestos que el tiempo ya transformó en muecas, mujeres que quieren cambiar su vida pero no acaban de decidirse, o psiquiatras tan perdidos como sus pacientes.

En esas vidas no hay nada personalmente exaltante. Aunque tampoco grandes tragedias, al menos en el presente. Sólo en tres cuentos hay viejas heridas graves que marcan, en distintos grados, la realidad actual: un episodio de acoso escolar, o sobre todo la muerte de un hijo o de un hermano. Pero lo habitual es que la vida de los protagonistas de estos cuentos sea anodina, muy de tonos grises. No hay asomo de exaltación romántica ni épica, el amor ya nunca es arrebatado o fulgurante, el sexo, las pocas veces que se menciona, es una ausencia lacerante aunque silenciosa, o no tiene nada de bello o gozoso (incluso las comparaciones, en algún momento, recuerdan su componente animalesco). El trabajo es rutinario, las conversaciones siempre banales, y las costumbres diarias tediosas o un poco estúpidas. Y, para sobrevivir sin derrumbes, varios de esos personajes se protegen con la resignación, el autoengaño, la jovialidad forzada, o sencillamente tirando del viejo recurso de esconder la cabeza bajo el ala. De hecho, en los mejores relatos del libro anida una expectativa de cambio, o una amenaza de explosión, de ruptura vital, o de algo ominoso. Pero esa tensión no llega a materializarse, muere sin reventar. Nadie pega un giro a su vida, y nadie encara abiertamente su aflicción.

Mientras leía Segunda residencia recordé un artículo de José María Guelbenzu a propósito de Tobías Wolff, escritor al que guardo especial devoción y que me parece que también es del gusto de Margarita Leoz, lo que se nota en su libro. En ese texto Guelbenzu establece dos principios especialmente pertinentes a la hora de entender y disfrutar los relatos de la autora. El primero señala que “si algo distingue a la literatura es que, al dirigirse a la imaginación del lector, al tener que ponerla en movimiento y fecundarla, necesita de un arma sustancial a la escritura literaria: la sugerencia. Al contrario que la evidencia, propia del discurso lógico, la sugerencia es el alma de la expresión literaria; sin ella, incluso en los textos más limpios y directos, la narrativa o la poesía caerían en el vacío”.

Margarita Leoz maneja el arma de la sugerencia con suma destreza. Estos relatos —sin caer en el minimalismo extremo o en el despojamiento llevado al límite, que a veces, en otros libros, dejan al lector perplejo o perdido, sin datos básicos que le orienten— pivotan sobre la sugerencia. Muchos conflictos están sólo entrevistos, apuntados, implícitos. Ese equilibrio entre decir y no decir, entre mostrar y esconder, entre contar y dejar abiertas las puertas de la interpretación del lector, la autora lo administra con cuidado. Se trata de evitar lo obvio, de contar sólo lo imprescindible para que nosotros, los lectores, entendamos estas vidas pardas, carentes de paz y bienestar. Y el libro obtiene sus cotas más altas cuando más diestra es la escritora en la sugerencia, cuando, depurando y depurando, más y mejor confía en el lector y en su poder de lectura y comprensión.

La segunda nota de Guelbenzu complementa a la primera: “La otra parte del alma de la expresión literaria, la que encarna la sugerencia, es la creación de las imágenes literarias adecuadas a la intención, cuyo valor emocional y simbólico es lo que determina la gran escritura”. Pues bien, los cuentos de Margarita Leoz están repletos de detalles que funcionan como poderosas imágenes, las cuales van creando el clima del relato, ese tono emocional y simbólico que de pronto golpea nuestra sensibilidad y nos hace identificar y reconocer las claves de esas existencias y la fealdad del mundo: mínimos gestos, o bien acciones muy corrientes pero llenas de sentidos ambiguos; empleo literario de objetos domésticos, o ropas, o miradas o bien olores que ayudan a dotar a lo contado de otras complejidades; comparaciones exactas que nos iluminan sobre una acción o un lugar; palabras o expresiones muy corrientes pero que definen a los personajes, o bien otras que restallan de pronto al disonar de un registro lingüístico más neutro. Estos recursos para crear imágenes dan a las historias su temperatura literaria más elevada, y cuando están mejor combinados producen relatos que dejan al lector un soberbio regusto.

Margarita Leoz se aprovecha del realismo. Pero la etiqueta de “realismo literario” obliga a mil matizaciones si no queremos caer en la confusión. Desde luego, el realismo de la autora no tiene nada de costumbrismo chato ni obvio, ni gusta del detallismo prolijo. Sin ir más lejos, es un realismo, creo, muy, muy lejano al de tantos escritores (y escritoras) españoles que parecen, ¡en 2012!, contemporáneos del genial Galdós, como si nada se hubiera escrito después. No, me parece que Margarita Leoz ha tenido que leer a muchos escritores que, en la filiación de Chéjov (escritores, por ejemplo, de la extraordinaria narrativa corta norteamericana del siglo XX), han jugado con la sugerencia, con el poder de las imágenes, con el minimalismo y la sutileza, con el poder del lector para dotar de sentido y sensibilidad al relato que se mueve entre el decir y el callar. Jugando en ese campo del equilibrio, Segunda residencia crea una mirada propia, desolada, feroz pero nada estridente, sobre lo que vivimos, sobre esta pobre, esta decepcionante vida nuestra.

04 febrero 2012

Antonio Martínez Sarrión

Aprovechando un viaje a Madrid me acerco a la cuesta de Moyano. Entre otros libros, compro, rebajado, Escaramuzas, de Antonio Martínez Sarrión. Ya estuve a punto de adquirirlo en una librería hace mes y medio. Pero los anteriores dietarios suyos me decepcionaron, y no me decidí. Ahora lo compro, empujado por la leve rebaja de precio. Craso error. Martínez Sarrión tiene una prosa torpona, pesada, fatigosa; la fluidez elegante, o la ironía, le son ajenas. Lo peor es que más de la mitad del libro es perfectamente trivial, innecesaria. Toda la parte, digamos, política. En la otra, las anotaciones sobre lecturas o preferencias estéticas, hay detalles que me interesan, aunque la novedad es muy escasa. Casi todo lo dijo y repitió Sarrión en los dietarios anteriores y en sus memorias.

Martínez Sarrión no enseña nada que nos haga avanzar un milímetro en el conocimiento del mundo. Y tampoco es capaz de decir lo ya consabido de otra manera, al menos con un punto de vista o una gracia que nos seduzca. Sus imprecaciones certifican que el mundo es injusto, el desastre absoluto. Y los americanos, no digamos. Así, a lo grande, nada menos. Y encima la inmensa mayoría de los intelectuales son sinvergüenzas, imbéciles o cobardes. Menos mal que él, nos advierte, resistirá hasta la muerte.

Para la gimnasia del insulto es suficiente con tirar de recortes de prensa o con citas mutiladas. A veces ni eso: basta con hablar de oídas. Así, hay latigazos a otros escritores sobre la base de referencias bastardas, en plan “creo recordar que Fulano dijo”, o “más o menos Mengano vino a decir que”. Y en alguna ocasión, cae en la vileza. Por ejemplo, cuando interpreta a Savater “psicológicamente”, apoyádose en los gustos literarios de éste. Tiene gracia que Sarrión, que en su vida pública ha sido de una discreción tal que nadie hubiera dicho que es tan radical como se destapa en sus dietarios (llevo mil años leyendo periódicos y nunca le he visto pronunciarse en artículos sobre asuntos de actualidad), acuse a Savater, que se ha jugado la vida y el prestigio intelectual mil veces en la plaza pública y en polémicas con cualquiera, de vivir con una “actitud peterpanesca”. Avilantez.

“En definitiva, una amistad sólida consiste en querer lo mismo y rechazar lo mismo”, cita Martínez Sarrión a Salustio. Esta concepción de la amistad, que merecería no pocas matizaciones, él parece interpretarla, a tenor de este libro, con suma restricción: las querencias y rechazos en las posturas políticas. ¿Ahí se acaba el mundo? Dogmatismo, sectarismo, malas artes y pobreza en la argumentación… Uf, qué pocas ganas dan de ser amigo de gente así.

02 febrero 2012

Carlos Pérez Merinero

Hace tres días murió Carlos Pérez Merinero, novelista y hombre del cine. Pero su fallecimiento ha tenido escasa resonancia. Internet registra muy pocos textos tras la muerte, y de escasa entidad, salvo el cariñoso recuerdo de Rafael Reig. Me parece que con los años se había convertido en un autor bastante marginal. Y, sin embargo, su muerte no sólo me ha hecho recordar otros tiempos en mis lecturas y en mis ideas, sino también, gracias a lo que dice Reig, algo que me irrita mucho en los últimos años a propósito del punto de vista en la literatura.

Recuerdo muy bien a Pérez Merinero desde que, en los años setenta, siendo él un joven profesor universitario y yo un adolescente que deglutía libros sin orden ni concierto, leí con voluntad de estudio sus escritos sobre el cine español, que firmaba con su hermano David. Marxista muy radical entonces, Pérez Merinero era de los que pensaban que “El cine, en una formación social capitalista, es un Aparato Ideológico de Estado y, por tanto, cumple la función estructural de todo AIE: la reproducción de las relaciones de producción dominantes, es decir, las relaciones de explotación capitalistas”. Estudiar esta jerga (y cosas mucho más duras, que piadosamente omito) era normal entre la gente con la que yo me movía políticamente.

A partir de 1981 Pérez Merinero, que había abandonado la universidad, comenzó a publicar sus novelas negras, negrísimas, brutales. Y siempre estuvo vinculado al cine, como guionista y director. Participó en la escritura de unas cuantas películas, como la muy conocida Amantes, de Vicente Aranda. Pero la mayoría no tuvieron ese éxito, y una de las últimas en que intervino en el guión, El ciclo Dreyer, la vimos cuatro gatos. Incluso dirigió un largo, Rincones del paraíso, con actores notables, como Juan Diego. Pero es un film casi clandestino: pasó cuatro días por un par de salas de España, lo cual, para un director, y con lo que cuesta levantar y rodar una película, es, digamos, la cifra del fracaso. Luego dirigió otros proyectos que nacieron ya al margen, y que, como dice de sí misma la editorial Pepitas de Calabaza, tuvieron “menos proyección que un cinexin”.

Yo leí casi todas sus novelas de los años ochenta, en tiempos donde todavía devoraba novela policiales, o negras, o detectivescas o similares. Y tengo muy presentes en la memoria la primera y más vendida, Días de guardar, en la gran colección de Bruguera, y en 1986 la que más me impresionó, La mano armada. Son historias, como dice Rafael Reig, que “salpican sangre y semen. Sus personajes son antihéroes de verdad, no para uso de la gazmoñería contemporánea, son machistas, salidos, crueles, brutales, egoístas, un poco neuróticos y casi siempre muy desdichados”. Pérez Merinero ha continuado en la brecha hasta el final; su última novela se publicó hace cuatro meses. Pero las editoriales donde publicaba eran cada vez más enclenques, y no sé si esas novelas han circulado más allá de un diminuto círculo de lectores. Confieso que yo le había perdido la pista.

Las novelas más salvajes de Pérez Merinero están escritas en primera persona. El protagonista absoluto y narrador hace chistes y juegos de palabras de pésimo gusto, se va por los cerros de Úbeda y nos cuenta las brutalidades de todo tipo que comete. Escuchamos esa voz, vemos cómo funciona la mente de ese personaje, qué desea y hace, y el efecto que provoca en nosotros es el de la repugnancia, aunque al mismo tiempo entendemos mejor unas cuantas cosas sobre los deseos, la violencia, la crueldad, sobre el fondo más oscuro de la mente.

Esa voz que narra a lo bestia no es la del escritor, sino la del personaje fruto de su imaginación. No sé cómo era Pérez Merinero ni cómo vivía, qué le gustaba o sentía, si era machista o autoritario o coleccionista de barcos, si seguía siendo marxista leninista o posmoderno nihilista, futbolero u obseso sexual. Sólo sé que en sus novelas acertó a crear personajes potentes, literariamente atractivos, por mucho que fueran tipejos que perseguían violentamente sus obsesiones y resultasen detestables. Pero eran personajes, y lo que hacían o decían no tenía por qué representar en absoluto al autor.

Da un poco de vergüenza repetir estas obviedades. Pero es que periódicamente se organizan linchamientos de escritores a los que se confunde con sus personajes, a los que se critica por las ideas (por ejemplo, racistas, o machistas, o clasistas o simplemente estúpidas) que manifiestan esos personajes en cuentos o novelas. Es lo que tiene la ignorancia del abecé de la literatura.

No hablo de oídas. En algún concurso literario en que he participado como jurado me ha tocado defender relatos en los cuales el autor o autora había creado un personaje que, en primera persona, contaba y justificaba sus fechorías: maltratadores de mujeres, racistas desaforados. Y por mucho que algunos quisiéramos situar la discusión en parámetros de técnica y calidad literaria, y de que explicáramos que juzgar muy convincente literariamente la descripción de la mente de un asesino no es lo mismo que hacer apología del crimen, siempre había quien rechazaba la obra con argumentos morales, o con tópicos bienintencionados pero tontos sobre lo negativo del personaje y la conveniencia de premiar, mejor, a relatos con personajes “positivos”. Y lo peor: en esos jurado he conocido personas temerosas de que se nos atacara, desde medios “progresistas”, si premiábamos un relato de ésos, personas asustadas de que se nos pudiese tachar de defensores de racismo o de malos tratos. (Esto se ha hecho muchas veces, por cierto: atacar a alguien usando frases de un personaje de ficción como si fueran afirmaciones de un artículo de opinión o de un ensayo; dicho en plata: adjudicar al escritor burradas que dicen o hacen los personajes que él creó.)

¿Pero es que los lectores somos idiotas y no sabemos distinguir entre el autor y sus personajes, entre la realidad y los recursos y técnicas de la ficción? Yo creo que no. Y Carlos Pérez Merinero, que dibujó algunos de los personajes más repulsivos que recuerdo, estoy seguro de que se hubiera reído con estas confusiones. En tiempos de pensamiento políticamente gazmoño, y más opresivo mentalmente que correcto, tiempos en los que hay que tentarse mucho la ropa, él iba a su aire, totalmente a su aire. Era un escritor libre, que produjo obras que no merecen el total silencio que con los años fue cayendo sobre él.

29 enero 2012

Conjeturas lingüísticas

Dedico un buen rato a la última edición del Diccionario de dudas y dificultades de la lengua española, de Manuel Seco. Es un trabajo que se publicó por vez primera en 1961, y que su autor ha ido revisando desde entonces para cada nueva edición, al compás de los cambios sufridos por la lengua. Hasta que la Real Academia Española (RAE) dio a la luz en 2005 el Diccionario panhispánico de dudas, la obra de Seco fue la más comprada y consultada por todos aquellos a quienes asaltan con frecuencia dudas en el uso de la lengua española. Yo recuerdo no sólo haber adquirido una de sus muchas ediciones, sino también encontrar y aprovechar el volumen, por ejemplo, en centros de enseñanza y oficinas de la Administración.

En esta edición de finales de 2011 termina Seco su presentación recordando a Sidney Landau, para quien “la imitación es la forma más sincera de lisonja”. De acuerdo con esta sentencia, continúa Seco, “puede afirmarse que cierto ambicioso y bastante reciente Diccionario de dudas, amparado por el nombre de una venerable institución, ha constituido la mayor de las alabanzas que podía esperar este Diccionario mío en su edición de 1998. Desde la idea general hasta no pocos contenidos concretos, y desde la estructura básica hasta la disposición tipográfica, la obra admiradora deja patente huella de la obra admirada, aunque, por explicable olvido, en ningún lugar haya mencionado la fuente inspiradora”.

La “venerable institución” a la que Manuel Seco no quiere nombrar es, claro, la RAE (a la cual, por cierto, el propio Manuel Seco pertenece desde 1979, lo que gusta de recordar siempre, incluso en la cubierta de este libro), y el diccionario de dudas es el ya citado panhispánico de la misma institución.

Aquí tenemos los datos para un buen relato, aunque no sabemos si su materia principal la tejen las discrepancias lingüísticas o económicas, o puede que componentes menos nobles, como el ninguneo, la envidia, el despecho o la soberbia. En todo caso, las palabras de Seco, pero también que, en efecto, en el Diccionario panhispánico no se le mencione nunca, ni a su obra, dan pie para lucubrar en varias direcciones.

Desde luego, Seco, que no participó en el Panhispánico –siendo autor ya de este diccionario, y un notorio lexicógrafo—, fustiga a la RAE en muchas entradas de su diccionario. Las discrepancias a la hora de aceptar o no nuevas palabras o expresiones, o nuevas acepciones de algunas, saltan al lector aquí o allí; además Seco considera que la RAE mantiene no pocas veces una actitud demasiado complaciente y blanda con palabras o sentidos nuevos que para él son radicalmente inaceptables, al igual que ante topónimos aceptados por la RAE —si bien, digamos, por imperativo legal, ya que ha sido el Parlamento español el que se ha plegado a diversas exigencias nacionalistas al aceptar como únicos nombres legales de ciudades y provincias los escritos en euskera, gallego o catalán (Lleida, A Coruña o Gipuzkoa, por ejemplo)—.

Cabe sospechar por tanto que las diferencias lingüísticas entre Seco y la mayoría de los académicos son ya viejas, y que tal vez por eso el Panhispánico se hizo sin contar con él, convertido en un (relativo) disidente dentro de la institución. Por otra parte, pudo plantearse en su momento, al salir el Panhispánico en 2005, un conflicto económico y editorial derivado del interés de Seco por continuar reeditando su obra (con la que Espasa y él han hecho, desde hace cincuenta años, un buen negocio), frente a la decisión de la RAE de que el Panhispánico lo publicara un grupo editorial rival, Santillana.

Mejor no seguir conjeturando. Me quedo con los datos que fluyen sencillamente de las palabras de Manuel Seco. Es decir, con su irritación indisimulada ante el Panhispánico, con su acusación de que dicho diccionario incurre en un cierto plagio de su propia obra, y encima con el alfilerazo a su orgullo que desprende el texto, orgullo que sangra al no ser nunca citado ni reconocido en aquél.

Aunque lo que más me intriga es lo del “explicable olvido”. ¿Por qué explicable? ¿Qué sucesos o pendencias con otros miembros de la RAE explican ese olvido? ¿En qué colegas de la Real Academia Española, a los que verá todos los jueves en las reuniones ordinarias, y en qué circunstancias, estará pensando don Manuel Seco?

26 enero 2012

Los blogs de cada día (y III)

Mi lista de blogs

La nave de los locos. Fernando Valls, profesor universitario y crítico literario de larga trayectoria, mantiene diariamente este blog (www.nalocos.blogspot.com) desde hace tres años. En él incluye materiales muy diversos: notas de viaje propias y ajenas, fotografías de lugares visitados, semblanzas de escritores, algunas (muy pocas) críticas de libros. Capítulo especial merecen los microrrelatos que selecciona y publica, de autores españoles o latinoamericanos, ya que su brevedad sí los hace apropiados para internet, y en ese terreno del microrrelato Valls es todo un especialista. El blog mantiene un buen nivel, y creo que gana cuando él se suelta el pelo en sus análisis o enfados, o cuando algunos colaboradores a los que él ha acogido han escrito sobre problemas literarios. Es un blog muy visitado por todo tipo de gentes ligadas profesional o vocacionalmente a la narración y a la poesía. No publica comentarios anónimos.

Los archivos de Justo Serna. (www.justoserna.wordpress.com) Catedrático de Historia de la Universidad de Valencia, Justo Serna escribe, más o menos cada cuatro días, sobre libros, pero también acerca de películas o series televisivas. Últimamente dedica menos entradas a la política, tal vez porque El País le publica, en su edición valenciana, una columna semanal sobre las andanzas de los políticos de esa comunidad, tan peculiares y/o siniestros. El tono del blog es sereno, cuidado, un punto profesoral y exquisito, nada polémico, vivaz o afilado. Eso nunca, para bien o para mal. El aspecto visual es muy cuidado, muy coherente con el estilo de Serna.

Antón Castro. (www.antoncastro.blogia.com) Castro es un veterano de los blogs. Su planteamiento es netamente informativo. Exposiciones, presentaciones de libros, noticias culturales varias, todo cabe en este gran contenedor, mantenido con extraordinaria regularidad y profusión y, por tanto, invirtiendo mucho tiempo. Antón Castro no opina, sólo informa, sobre todo en relación con la vida cultural de Aragón, donde vive hace muchos años.

Daniel Gascón (www.danielgascon.blogia.com) Hijo de Antón Castro, escritor y guionista, mantiene un blog poco regular, pero que contiene siempre entradas de gran interés, muy bien escritas, y, al contrario que su padre, comprometidas, combativas. Enlaza también con sus artículos en otros medios, sobre todo en la muy interesante revista Letras Libres.

Pepe Cerdá. (http://pepe-cerda.blogia.com/). Este pintor aragonés creó su blog ya en 2004. Como él mismo explicó hace poco, “contar por contar es lo que yo he venido haciendo aquí desde hace ya más de un lustro. He ido vertiendo juicios, opiniones, sucedidos, reflexiones y anécdotas sin ton ni son. A muchos, la mayoría, de los lectores les ha ido entreteniendo y cuando les ha dejado de entretener han dejado de leerme y en paz. A otros, los menos, les he ido cabreando y se han ido calentando, y por esto, aunque resulte paradójico, me han seguido leyendo”. Cerdá parece escribir siempre sin remilgos, sin cuidados formales, como le sale. Pero tiene un sentido del humor, una mala leche, una forma directa de afrontar sus posts y un sentido de la narración que hacen que su blog, ahora muy irregular, siempre resulte estimulante.

Lector Mal-herido (www.lectormalherido.wordpress.com)
Hikikomori (www.hkkmr.blogspot.com)
Estos dos blogs los escribe Alberto Olmos, un novelista cada vez más pujante. El más riguroso es Hikikomori, aunque su frecuencia de publicación no es alta. Pero ahí Olmos aborda cuestiones literarias con notable altura, en entradas normalmente extensas, bien meditadas y que dan mucho juego polémico. En cambio, Lector Mal-herido, muchísimo más visitado y popular, e incluso con entradas que han sido recopiladas en un libro, es un blog mucho más discutible. Olmos, travestido en Mal-herido, da rienda suelta a su gracia bestia, que la tiene, pero a través de un personaje detestable, un bocazas que sacrifica la finura crítica a su condición de broncas. Y eso aunque a veces se atreva con verdades como puños, muy poco correctas políticamente. Es muy fácil soltar mandobles a diestro y siniestro, sólo que a veces se nota demasiado que lo único que apetece es eso, golpear duro, dejando de lado la consistencia.

Rayos y truenos. Enrique García-Máiquez. (http://egmaiquez.blogspot.com). Conservador en todos los sentidos de la palabra, católico a machamartillo, miembro del Opus Dei, rasgos, en fin, de los que me siento lejos, este magnífico poeta mantiene un blog que sigo con gusto. Todos los días hay una entrada, aunque a veces sea brevísima. Pero todas tienen agudeza y hondura. García-Máiquez no oculta sus ideas políticas ni religiosas, en absoluto, pero nunca es agrio, bronquista, amargo o apocalíptico. Tiende más a la levedad, al humor, a la sugerencia. Entre los blogs que estoy citando, no sé si conozco otro, además, tan pegado a lo personal, a lo familiar, a lo doméstico.

Café Arcadia. José Luis García Martín. (http://cafearcadia.blogspot.com). Me gusta este blog porque sigue la misma línea de los diarios en papel del escritor. En su caso el blog no es más que una prolongación, sin cambios de ninguna clase, de su empeño diarístico, que ha producido más de diez libros, desde el primero, que compré en 1991. García Martín siempre ha tenido, como diarista, una fama equívoca porque hay personas a la que no les gusta que se cuenten anécdotas de la vida literaria con nombres propios, miserias descarnadas con nombres y apellidos. Pero en sus diarios no sólo hay “sangrecilla”; siempre hay más, mucho más. Aunque, después de tantos años, creo que, tal vez por repetirse demasiado, sus seguidores ya le hemos tomado demasiado la medida.

Gonzalo Hidalgo Bayal (www.bayal.blogspot.com). Este escritor deslumbrante, que ha vivido siempre en su Extremadura natal al margen de modas y famas, y que durante muchos años publicó sus libros en ediciones modestísimas que me parece que no conocían ni los de Cáceres, mantiene hace años un blog muy original, en el que no admite comentarios. Juegos de palabras, versitos jocosos, algunas humoradas involuntarias de sus alumnos del Instituto, reflexiones muy breves y siempre agudísimas… Bayal es bueno en todo lo que publica, y su blog, raro, a veces desconcertante por lacónico y algo oscuro, es un cuaderno magnífico de escritor.

Alvaro Valverde. (http://mayora.blogspot.com). Me gusta la modestia en su blog de este buen poeta y maestro de escuela. Cuestiones literarias casi siempre, y muchos enlaces a textos de otros escritores, con una especial atención a los letraheridos de Extremadura, y entre todos a su admiradísimo Hidalgo Bayal. Un buen cuaderno de notas y lecturas. Valverde tampoco admite comentarios, supongo que por escepticismo sobre ellos.

Columna de humo. (http://www.benitezariza.blogspot.com). José Manuel Benítez Ariza, profesor de inglés en un instituto de Cádiz, traductor notable del inglés y escritor de larga trayectoria, aunque repercusión limitada, mantiene esta bitácora, cuaderno de notas, diario personal poco íntimo. Benítez Ariza escribe muy bien, y sus apuntes siempre son de buen tono y ponderados. Para mi gusto, a veces resultan demasiado serenos, casi circunspectos. Vaya, lo más opuesto que puede haber a Juan Mal-herido. Pero, en ese tono tan equilibrado, es un blog de gran interés.

El náuGrafo Digital. (http://www.elnaugrafodigital.com). Eduardo Laporte lleva ya un buen puñado de años con su blog. Muy regular en la publicación, Laporte mezcla los apuntes personales con una permanente observación y narración de lo que le rodea, de lo que encuentra en Madrid o de lo que le pasa cuando visita su Pamplona natal, de sus estados de ánimo, de lo que hace y de la gente que ve. Eso sí, siempre con gran discreción, salvo cuando los días se hacen de plomo y el ánimo decae. Eduardo Laporte es, hace años, una presencia constante en mis hábitos lectores, porque me interesa mucho ese empeño de registrar tantas cosas unidas, un empeño en el que la literatura y la vida se mezclan y todo se narra, todo es materia del blog.

Rafael Reig. (http://www.hotelkafka.com/blogs/rafael_reig). Este escritor no publica entradas con mucha frecuencia, pero en las que ven la luz brilla su humor, su sentido alcohólico de la vida, sus ganas de disfrutar de los amigos y de las comidas largas con ellos, de su hija y de su novia. Reig construye sus post con párrafos muy breves, muchas veces de una sola frase, que crean un ritmo muy personal y eficaz. Diario personal, anécdotas menudas, comentarios sobre algunas lecturas, y de tanto en tanto su mirada izquierdosa a la vida.

Escrito en un instante. Antonio Muñoz Molina tiene alojado este blog dentro de su (bien diseñada) página web (www.antoniomuñozmolina.es). Al margen de que soy lector de sus novelas y artículos hace muchos años, lo que me gusta de este blog es la capacidad del escritor para, casi todos los días, fijar en palabras una emoción, un paisaje, un juicio breve sobre algo o alguien, una situación. Escrito en un instante, y escritura del instante. Un verdadero cuaderno de escritor.

En la boca del lobo. (http://www.ramonlobo.com). Ramón Lobo, periodista de Internacional de El País, tiene un blog profesional dentro de los del periódico, aguas internacionales (http://blogs.elpais.com/aguas-internacionales), pero también mantiene este otro personal, en el que cuenta muy pocas cosas concretas de su vida, pero en el que vuelca sus perplejidades, sus enfados, sus sueños, y en el cual enlaza muchos vídeos de YouTube con canciones de su repertorio sentimental. Lobo es un magnífico periodista, autor de libros muy recomendables sobre sus experiencias como corresponsal de guerra, y un hombre de izquierdas, perplejo, enfadado con el mundo, siempre luchando con el sobrepeso y con sus sentimientos encontrados.

Podría citar más blogs que consulto. Pero no me quiero extender. Sólo nombraré, sin más, los de El Boomeran(g) (http://www.elboomeran.com). Ahora hay dieciséis alojados ahí, todos interesantes. También merecen citarse y leerse algunos de los alojados en el periódico El Mundo (http://www.elmundo.es/blogs/elmundo), en particular los de Arcadi Espada, Santiago González, Manuel Jabois y Alejandro Gándara. Y, en fin, los de Ramón Buenaventura (http://rbuenaventura.wordpress.com) y José María Romera. Jose Mari, en Las palabras de la tribu (http://www.romera.blogspot.com) nos enseña siempre sobre cuestiones de lenguaje, y sobre muchos más asuntos, muchos más.

23 enero 2012

Los blogs de cada día (II)

8. Desde entonces he mantenido a rachas este blog (el nombre, el angulo, lo decidí recordando unos versos de la Epístola moral a Fabio que proponen una hermosa aspiración). He alternado meses de actividad regular con largos parones. Ya sé que la irregularidad es perjudicial para el blog, porque en cada parada uno pierde varios seguidores que no vuelven. En los silencios han influido varios factores. A veces la falta de tiempo, porque otras tareas me absorbían sin remedio. En ocasiones la pereza, porque el empeño de la escritura, incluso de los textos ligeros que yo meto, siempre genera cierta tensión. Y a veces, sencillamente, una mezcla más letal: la de la pereza y el desaliento, porque nunca los resultados están a la altura de las expectativas. Escribir algo con interés es muy difícil, y creo que es muy sensato que periódicamente uno recuerde que tal vez lo mejor es estar callado, que ya hay en el mundo muchas, muchísimas personas que dicen lo que uno torpemente repite, y que lo dicen con más gracia y profundidad.

9. Aunque en un blog cabe todo, mi predilección está en los blogs cuya materia casi exclusiva son textos. Frente a estas bitácoras, hay muchísimas en que lo esencial son las inserciones, todos o casi todos los días, de fotografías o de vídeos bajados de YouTube o de Vimeo. Ante este empeño, más de un día he pensado: ¡así cualquiera mantiene un blog! Aunque, todo hay que decirlo, los hay que en esa selección de imágenes introducen un sentido, una determinada ordenación, que eleva espléndidamente su categoría, blogs con una selección muy cuidada y atractiva que configura, como en un patchwork, un nuevo producto a partir de la reutilización de otros anteriores. Pero hay muchos casos donde, sinceramente, el interés de lo que vemos es escaso, o limitado al círculo más familiar o amistoso del responsable del blog.

10. Mi propia actitud a la hora de alimentar el blog, irregular, guadianesca, creo que coincide con la de otras muchas personas que se cansan y abandonan el blog que un día crearon. Y es que hay un dato fundamental: creas un blog porque quieres, porque te da la gana. Nadie te ha pedido que lo hagas, no ha mediado ningún encargo. Como escribe Iñaki Uriarte al comienzo del segundo volumen de sus magníficos Diarios (en papel): “Espero seguir con estos archivos, a los que vuelvo a veces como quien vuelve a casa, y soy yo mismo el que me abro la puerta y me recibo y me doy conversación”. En un blog, salvo que se trate de un blog corporativo, un blog que forma parte de un proyecto periodístico o empresarial (por ejemplo, muchos de los que hoy mantienen, cobrando, periodistas de algunos medios), rige una actitud esencial: uno se lo guisa y uno se lo come.

Aunque esto que digo al mismo tiempo no es del todo cierto. Reconozco una diferencia significativa entre lo que hace Uriarte, escribir un diario íntimo del que sólo se ha publicado, y en papel, muy posteriormente una parte, y llevar un blog, porque en éste, desde el principio, uno se lo guisa, pero los demás están invitados al banquete. Acudan pocos o muchos, uno cocina para alguien, quiere que alguien deguste lo preparado. Y la previsión de la mirada posterior de los otros gravita ya sobre el que escribe en el mismo acto de hacerlo, cosa que, en principio, no sucede en la escritura privada o íntima.

11. Pero, bien mirado, en esos blogs irregulares, en los que hay silencios más o menos largos, sucede algo similar a cuando un escritor mantiene su diario en un cuaderno: que lo hace a rachas, porque forma parte de su reflexión y registro vital e intelectual privado, o incluso muy íntimo. Por eso, cuando publica un libro puede verse la discontinuidad entre las notas que acumula, los vacíos de meses o años en que el autor, por los motivos que fuera, no apuntó nada. ¿Por qué? Por muchas causas. Por ejemplo, la primera anotación de Iñaki Iriarte en su libro es: “Continúa la buena racha y casi no apunto nada”. La felicidad como motivo del silencio. Pero también, según, las enfermedades, el exceso de ocupaciones, la falta de ideas, el cansancio de anotar…

Sea como fuere, es comprensible que el escritor de un blog se detenga de vez en cuando, salvo si tiene una vocación de escritor a prueba de bomba o se lo plantea como una esforzada y estricta obligación —o le pagan, claro, pero de eso no hablamos aquí—. Nadie le ha pedido nada, no recibe otra recompensa que, tal vez, el elogio o el aliento de ciertos amigos o unos cuantos lectores anónimos. Así que no es extraño que las rachas fértiles alternen con las de desaliento, aburrimiento o pereza. Ya he dicho que para mí, como para tanta gente, es más fácil y placentero leer que escribir. Y mucho más si la recompensa por la escritura es mínima.

Eso sí, cuando uno detiene la escritura en el blog nace el problema, como ha escrito en su bitácora el pintor Pepe Cerdá, de que “no se encuentra luego ni el tiempo, ni el tono, ni el modo, ni el qué, ni la razón, ni la justificación para volver a hacerlo”. En tales situaciones creo que lo mejor es volver poco a poco, empezando por cualquier nadería, e ir recuperando el ritmo de forma tranquila, paulatina.

12. Esta reflexión sobre las interrupciones en la escritura del blog conduce a otra constatación: los escritores siguen jerarquizando los canales de transmisión. Y entre esos canales, el papel sigue conservando la primacía. El escritor más o menos famoso que mantiene un blog sigue publicando en papel lo que más le importa. La escritura en internet la reserva sólo para los apuntes, para la escritura de taller, para lo preparatorio. Lo importante en su obra, aquello para lo que reserva los esfuerzos más serios, son los libros, incluso los artículos en periódicos o revistas.

13. En mi blog no tengo un contador de visitas. No sé cuántos lectores tiene. Suele considerarse que un indicador de la repercusión de un blog es el de la cantidad de comentarios que dejan sus lectores en cada entrada. Pero la experiencia me ha hecho escéptico en este punto. El número de los comentaristas no alberga, creo, mucha relación con la cantidad de personas que leen el blog. Es altamente probable que mi blog lo lea muy poca gente, pero eso no se infiere de que tenga muy pocos comentarios. Hay personas que prefieren mandarme un correo electrónico, o llamarme por teléfono cuando algo les ha gustado o no. Y por suerte hay seguidores a los que nunca he hablado del blog y que me alegran el día cuando, de pronto, en un encuentro personal, me citan una cosa que escribí, un recuerdo grato de alguno de mis escritos. Son personas que nunca, o casi nunca, han metido un comentario. Yo mismo, que paseo por bastantes blogs, no acostumbro a dejar comentarios, incluso aunque me haya entusiasmado lo que encuentro.

Digo más: por suerte no es mi caso, pero en lo que se refiere a los comentarios, muchos blogs visitados, muy visitados, sean de cultura, sean de política, o de ambas materias, parecen colonizados por frikis, o por tipos tarados o repletos de mala baba o rencor que, amparados en el anonimato, insultan con saña y se van por los cerros de Úbeda. Son sujetos que enseguida pelean con otros comentaristas hasta que muy pronto dejan de lado lo que había escrito el autor del blog y alimentan su propia gresca, una bronca que ya no tiene nada que ver con lo que escribió aquél. En internet, en la participación que genera, hay demasiados insultos, demasiados cobardes anónimos, demasiadas broncas biliosas. Hace poco, una persona que aprecio mucho me contaba que un grupo de comentaristas que “tuvo” muchos años Arcadi Espada, y que transformaron ese espacio en un territorio aparte en el blog, un gallinero sin interés, se habían pasado al blog de Manuel Jabois, un joven pero ya sobresaliente escritor. Como okupas de su área de comentarios, siguen enzarzándose entre ellos, con independencia de lo que escriba el gran Jabois.

14. Un blog es público, y lo que se publica en él ahí queda. Por eso, y porque uno vive en una provincia pequeña, y conoce gente, y le conocen, y trabaja, y tiene amigos y conocidos, cuando escribo mi blog no soy todo lo libre que quisiera. Algunas temporadas lo he sido más; pero en otras esa limitación de mi libertad de expresión la he sufrido más agudamente y he preferido callarme. Es fácil escribir sobre algunos temas, por ejemplo sobre política internacional, o sobre ciertas cuestiones literarias, o meterse con las compañías telefónicas o aéreas, no sé, cosas así. Pero es mucho más difícil lanzarse a tumba abierta si uno quiere mezclar lo literario con lo político, y no digamos si se aborda la vida local, o se quiere lanzar una mirada sobre la gente que nos rodea y sus costumbres, o si el blog aborda asuntos personales y/o familiares. De modo que muchos blogs guardan de mil maneras un difícil equilibrio entre lo que se dice y se calla: se miden las palabras, se juega con las iniciales, con las referencias borrosas, se cambian detalles. O, sencillamente, uno se aguanta y se autocensura posibles entradas.

15. Un blog mantenido diariamente, o con mucha frecuencia, y que nos interese, puede crear en nosotros un hábito cotidiano. Todos los días miramos qué ha escrito su autor y discutimos mentalmente con él, o asentimos con vigor. Esa consulta de pocos minutos se convierte en una rutina un tanto adictiva. Por eso, cuando fallece quien mantenía un blog, el impacto puede ser intenso.

A mí me ha tocado sufrir tres muertes de blogueros que me afectaron, que golpearon mi ánimo en mayor o menor medida. Una fue la de Javier Ortiz. Todos los días leía su blog, el blog de un periodista muy de izquierdas que no sólo opinaba sobre asuntos políticos (mis desacuerdos con sus juicios eran frecuentes, pero eso es lo de menos), sino que también entraba en incidencias personales, en recuerdos sentimentales o políticos, o en sus gustos o criterios sobre los más variados líos del vivir. A partir de cierto momento, enero de 2009, los lectores diarios de su bitácora seguimos sus problemas de salud, que comenzaron justo después de que cumpliera 61 años, un cumpleaños que le sirvió para reafirmar por escrito, y por enésima vez, sus enormes ganas de disfrutar de la jubilación, para la que contaba los días. Después de su onomástica, los lectores supimos día a día, porque Javier Ortiz nos lo contaba, que no estaba del todo bien, que parecía tener problemas de hígado, que tal vez era una hepatitis, que los médicos ya habían dado con su dolencia y mejoraba, que pronto todo volvería a la normalidad. Luego dejaron de aparecer las notas personales, y sólo se publicaban sus columnas en el periódico Público... Hasta que tres meses después murió de cáncer. El día que, como tantos de sus lectores, y sin sospechar nada, entré al punto de la mañana y leí (ya no de su mano, claro) que había muerto, el golpe anímico fue considerable. Javier Ortiz, sin haberlo tratado, ya era una compañía estimulante en mi vida, un escritor del que me interesaba su mirada y sus andanzas diarias. Y su muerte la sentí como algo personal.

Algo similar, aunque con menor intensidad, sucedió con otro escritor, Pedro de Miguel, que a diario publicaba algo gracioso, sutil, penetrante. Y también dejó su blog en el aire, interrumpido como un juguete roto, un amigo, José Ramón Urío, al que echo mucho de menos. Todavía están en la red sus entradas, la última de comienzos de 2007, como están las de Javier Ortiz, las de Miguel Martínez Lage, las de otros blogueros a quienes unos lectores seguían día a día.

Final. Un blog, en mi experiencia, es un formidable ejercicio para la mente. Ayuda a pensar, a ordenar las experiencias y las miradas personales sobre lo que sucede. La realidad, las lecturas, los sueños y aspiraciones, las indignaciones, todo cabe. Y todo, además, debe pasar el filtro de la escritura, una escritura que no es privada y por tanto tiene sus propias exigencias. Aun contando con los desfallecimientos periódicos, me alegro mucho de haberlo creado, y sigo teniendo mucha ilusión por mantenerlo. Y sigo, sobre todo, disfrutando con los que leo de gente mucho más valiosa que yo, aprendiendo, pensando. Con lo fácil que es crear un blog, ¿quién da más?

21 enero 2012

Los blogs de cada día (I)

La revista TK ha publicado, en su número de 2011, aparecido a fin de año, un artículo que les envié, Los blogs de cada día. Quince notas y unas recomendaciones. Como es bastante largo para reproducirlo aquí de golpe, voy a dividirlo en varias entradas. Me gustaría que sirviera como preámbulo a una nueva temporada de El ángulo, tras unos meses de silencio.

1. Las notas que siguen persiguen un objetivo muy modesto: seleccionar, comentar y recomendar muy brevemente, a partir de mi experiencia como lector diario en internet, un pequeño elenco de blogs más o menos literarios, dicho sea esto de literarios en sentido muy amplio. Es evidente que otros lectores de bitácoras en la red acumularán experiencias muy diferentes a la mía. Y es que, según nuestras ideas o gustos, dentro de la oferta de internet caben itinerarios diversos, listas de favoritos tan distintas que no se cruzan nunca, o sólo en contados casos.

Desde luego, las diversas selecciones de blogs pueden incluir algunos de gente muy conocida, o que partiendo del anonimato han conseguido miles de seguidores, pero también hay quien atiende en especial a blogs de gente que conoce, amigos, personas de su ciudad, y que ya solo por eso se incorporan a su lista de favoritos. Eso sin contar, a la hora de conformar listas personales, con quienes leen en varias lenguas y por tanto pueden abrir su abanico de gustos de forma exponencial. En cualquier caso, hoy mismo, mientras escribía estas líneas, me he dado un paseo por los blogs que recomienda El náuGrafo Digital, o por los que enlaza José Luis Moreno Ruiz, otro bloguero activo, y veo que sus listas coinciden poco con la mía. Normal.

2. Los blogs, y en general las consultas en internet, han ido ocupando una parte importante de mi horario lector, es decir, de una parte sustancial de mi vida. Ahora rivalizan con la lectura en papel, hasta el punto de que me han arrebatado (con mi consentimiento, claro) bastante tiempo que antes destinaba a la lectura de libros y revistas. Este cambio de hábitos me gusta y no me gusta. ¿Por qué no me gusta? Porque no hace falta haber leído a Nicholas Carr (Superficiales. ¿Qué está haciendo internet con nuestras mentes?) para ser consciente de que la lectura en la red es más desatenta, más discontinua, más ligera, más en diagonal. Leer en pantalla (excepto tal vez en algunos e-books, cada vez mejor fabricados) no es para mí, casi nunca, como leer en papel. Y por eso mismo aunque mi intención es hablar de blogs que tienen que ver en sentido muy laxo con la literatura, casi ninguno incluye relatos, o poemas, o lo hacen en contadísimas ocasiones. Esos son textos que no me saben igual en la pantalla del ordenador, ni remotamente. Y como tanta otra gente, si encuentro alguno que me interesa, o en general si encuentro un post extenso que quiero releer, lo imprimo para degustarlo mejor, es decir, llego al papel por otra vía.

3. Sin embargo, los blogs atrajeron mi atención desde su surgimiento y rápida proliferación, y ello por una razón muy sencilla: tal vez para mi desgracia y oprobio, siempre he sido un lector voraz de periódicos, y dentro de ellos de suplementos culturales y artículos de opinión (si bien la lectura de prensa me está comenzando a cansar). Dos formatos de la prensa que guardan parentesco con lo que contienen los blogs —los que me interesan, claro, los que van en esa línea en que se cruzan y mezclan la literatura, las recomendaciones de libros, ciertos apuntes políticos o sociales, y siempre la observación de la vida cotidiana—.

4. Pero los blogs ofrecen algo más que encaja de lleno en mis gustos: desde siempre me ha interesado mucho la lectura de diarios más o menos íntimos, dietarios, cuadernos de notas, aforismos. Ahora están de moda. Pero cuando el foco de esa moda gire hacia otros géneros o formatos, pervivirá lo sustancial, vale decir, continuará habiendo escritores que registren las incidencias de su vida, sus cuitas y alegrías, sus pensamientos. Y eso algunos de los blogs que leo lo ofrecen con un notable interés. Blogs donde el escritor nos cuenta en sus entradas incidencias familiares, viajes, pequeños sucesos que ha visto o le han sucedido, encuentros con otra gente, alegrías o decepciones, notas de lecturas entusiastas o frustrantes.Y entre todo ello reflexiones de más alcance, bosquejos de teorías, impresiones fugaces.

5. En esa mezcla de géneros y formatos radica la tantas veces mentada potencialidad de los blogs. Es más: no sólo es que uno decida mezclar muchos elementos en los textos, es que además de textos inserta en sus entradas fotografías, vídeos, músicas. El bloguero puede introducir (¡debe hacerlo!) enlaces a cualquier otro texto o fotografía de personas citadas, o a informaciones sobre ellos. Y, como digo, cruzando, haciendo coexistir, lo personal y lo social, lo particular y lo general, la información y la opinión, el poema y el relato, el enlace a sitios de música y de vídeos, la crítica objetiva y la evocación personal, lo serio y lo humorístico, el texto propio y el ajeno. Cada bloguero crea, con su aportación propia, pero también con la de otros a los que “saquea”, en quienes se apoya, una nueva pieza de sentido, un nuevo significado surgido de esa mixtura.

6. En este punto se impone, creo, mencionar un síntoma de fondo. Hace ya bastantes años que en el “mercado del pensamiento” dejaron de tener fuerza los grandes sistemas doctrinales perfectamente trabados, robustos. Esos sistemas ideológicos que daban respuestas a todo. La crisis, al menos en Occidente, de los grandes sistemas, ha hecho que muchos pensadores y escritores se instalen en la ausencia de sentidos globales, en lo fragmentario, en la teoría parcial, mínima incluso, dubitativa. Y ahí es donde el vehículo del blog adquiere uno de sus sentidos más fértiles. El blog no tiene nunca vocación de sistematicidad. Todo lo contrario: su materia es el fragmento, la nota, la sensación cazada al vuelo, el miniensayo, nunca el tratado ni el sistema.

7. Abrí mi blog en febrero de 2006. Recuerdo muy bien una influencia capital: para entonces yo era lector fiel y admirado de los Diarios de Arcadi Espada, el blog que el periodista catalán mantuvo durante varios años, tras haber publicado en papel, en 2003, un libro del mismo título, Diarios, con el que ganó el premio de ensayo de la editorial Espasa. Al año siguiente, como digo, Espada, cobrando de esa misma editorial (¡nada de escribir gratis, ni en la red ni en papel!, repite siempre este escritor), abrió un blog extraordinario, de comentario periodístico —de deconstrucción periodística, me parece mejor decir—, y consecuentemente de análisis político y cultural. Pero, claro, es que el blog era de Arcadi Espada, quien, guste o no guste nada lo que dice, es un escritor magnífico, un periodista como hay poquísimos, y eso se deja ver en todo lo que publica, en papel o en la red.

Al margen de esa influencia lejana, de admiración de un modelo concreto, a comienzos de 2006 no conocía muchos blogs, y no hacía ese rastreo diario que hoy hago por mi lista de favoritos. Con todo, recuerdo cómo seguí con mucho interés el primer blog de José María Romera, en el que colgaba sus colaboraciones en Diario de Navarra y en los periódicos del grupo Vocento, y más cerca de mí el blog que muy poco antes que yo creó Miguel Leache, un buen amigo, Passy en invierno (www.leache.blogspot.com), un blog sobre todo de fotografía y, en general, de cuestiones estéticas que Miguel ha mantenido con gran regularidad e interés desde entonces. El ejemplo de Passy en invierno, dejando de lado que su materia discurre por otros caminos, influyó en mi decisión.

Pese a ello, a que flotaban en mi ambiente algunos estímulos en esa dirección, empecé de la forma más impremeditada y súbita. Pedro Charro Ayestarán, un amigo más diestro que yo en asuntos de internet (cualquiera lo es, todavía hoy) pasó un día por el sitio donde yo trabajaba entonces, en febrero de 2006, y allí mismo, charlando sobre el asunto, creamos la bitácora en tres minutos. Al día siguiente escribí mi primer post, sobre algunos cantautores a los que escucho desde hace muchos años, espoleado en mi entusiasmo en esas fechas, más concretamente, por un cedé de Pablo Guerrero, Plata. Pedro, que también creó un blog, Dos centavos, lo dejó morir un tiempo después, creo que para centrarse mejor en otros empeños de escritura, entre ellos la columna semanal en Diario de Navarra que mantiene hace años —aunque en 2007 el Ayuntamiento de Pamplona le publicó una magnífica recopilación de textos breves, Rascacielos, en la que incluyó algunas de las entradas de ese blog de corta vida—.

04 octubre 2011

Javier López de Munáin

El otro día el Diario de Navarra traía una entrevista (magnífica, por cierto) con Javier López de Munáin, el librero pamplonés de El Parnasillo. Conozco, aprecio y admiro a Javier hace muchos años. En 2003, cuando me habló Jesús Arana de un monográfico en la revista TK sobre librerías, propuse enseguida encargarme de una larga entrevista a Javier, cabeza visible y maestro de ceremonias en esa librería. Gracias a la tarea, pasé una tarde formidable de verano con este librero en la cual, repasando su trayectoria desde 1970, cuando comenzó a trabajar en otra librería, Andrómeda, brillaron su conocimiento del oficio, su gracia, su hondura, su sinceridad. Luego disfruté reconstruyendo sus palabras (y podando muchas partes de la charla, ay), para quitarme de enmedio en el texto final y cederle el protagonismo único.

Nunca he sido cliente monógamo de El Parnasillo, no tengo cuenta en ella. He preferido siempre moverme a mi aire entre las librerías de la ciudad, ser promiscuo, vagabundear, comprar, mirar en casi todas, a ser posible agazapado en el anonimato y el silencio. Pese a ello, en El Parnasillo he pasado más tiempo de mi vida que en cualquier otro comercio de la ciudad (si exceptuamos los cafeterías donde desayuno). Y me atrevo a decir que, aun con las infidelidades que me he permitido mil veces, El Parnasillo es la librería de mi vida, de una vida intensa y pertinaz de rastreo y compra.

Javier ha sido un librero formidable. Hay mucho empleado de este ramo que en su trato con los posibles compradores resulta adusto, tímido, ignorante, que hoy en día se aferra al ordenador como el náufrago al bote, y que más allá de lo que le indica la máquina sobre existencias, entradas y salidas, poco tiene que aportar. Javier, en cambio, sin ayuda de ningún ordenador, o como mucho en los últimos años de uno en que consultar la base de datos del ISBN, ha sabido atender y orientar desde hace más de cuarenta años a mucha gente que llega perdida a la tienda, que no sabe qué regalar, que busca libros para unas vacaciones o una baja, que recuerda un título oído malamente, que se entusiasmó con una novela y busca, al tuntún o con avidez, otros libros del mismo autor, que quiere una novela negra o histórica pero no distingue autores. Gente incluso que ha entrado en El Parnasillo con cierto temor, igual cumpliendo el encargo de un hijo, personas que no se sienten tan cómodas en una librería como en otra clase de establecimiento. A todos ellos Javier los atiende con cordialidad y diligencia, les sugiere, o les anima incluso con ardor a leer cierto volumen -como hizo tanto tiempo con Helena o el mar del verano, de Julián Ayesta-.

Eso por no hablar de los habituales, o de los que pasan por ahí y entran a charlar con él, así, sin otro propósito, puede que sin idea de compra. Para todos ellos tiene Javier (y siempre sin agobiar, con un respeto exquisito) una anécdota, una pregunta, una chanza, un verso perfecto de Horacio o Catulo (que Javier tiene la literatura latina en un altar) . Y de todos ellos aprovecha él lo que le cuentan para orientarse entre libros que no ha leído, para acopiar información que incorpora a su bagaje con alegría y presteza.

Hace unos meses que no voy a El Parnasillo. Simple vagancia, porque ahora no me pilla de paso. Y algo imperdonable al mismo tiempo, porque siempre me han tratado de maravilla. Pero no sé si Javier sigue ahí, o ya se ha jubilado. Sin él, la librería ya no será la misma. Continuará trabajando en ella gente muy valiosa, no lo dudo. Pero es que Javier ha sido algo más: un agente cultural de primer orden, un magnífico mediador entre la oferta y la demanda librera.

La melancolía de los que ya vamos para maduros será inevitable. Recuerdo perfectamente la primera tienda en Paulino Caballero, la pasión de tantos descubrimientos, la estupidez criminal de los fachas que odiaban una librería progre en plena zona nacional… Todo parecía posible. Pero ahora ni Javier es el mismo, ni lo somos muchos que metíamos allí mil ratos. Javier, buena jubilación. Te vamos a echar de menos, seguro.

13 agosto 2011

Valdano

He leído que Jorge Valdano ha fichado por la Cadena Ser como comentarista del Real Madrid para esta próxima temporada futbolera. La semana pasada un confidencial decía que el fichaje estaba en el aire porque Valdano exigía 300.000 euros por la temporada y la Ser no está para muchas alegrías. No sé si la cifra es cierta, pero no me extrañaría que lo fuera, porque un amigo quiso traerlo a Pamplona hace tres años para que diera una charla de una hora, y Valdano pidió 16.000 euros por el bolo. Mi amigo estaba pagando entonces entre trescientos y seiscientos euros a todos los intelectuales que traía a sus ciclos.

Un viejo tópico dice que el dinero no da la felicidad. El otro día, en una entrevista que le hizo Juan Cruz, también en la radio, escuché a Valdano que su estado de ánimo está muy cerca de la tristeza. Y lo dijo, entre cita de Borges y anécdota con Sábato, lenta, pausadamente, como si cincelara cada palabra con extrema delicadeza. Igual es cierto que a Valdano el dinero, el mucho dinero, no le da la felicidad, pero como termina otro viejo tópico, parece que sí le calma los nervios.

09 agosto 2011

De vidas ajenas

El origen. A finales de 2004, el escritor Emmanuel Carrère estaba de vacaciones en Sri Lanka cuando se produjo el maremoto que devastó varios países costeros del océano Índico y causó miles de víctimas. Carrère, su novia Hélène y los hijos de ambos sortearon el día del tsunami una muerte segura gracias a un cambio de planes de ultima hora, pero vivieron de cerca diversas tragedias, en particular la de otra pareja francesa que perdió a su hija de cuatro años. Todavía conmocionados por el desastre, que sirvió al mismo tiempo para reanimar su agonizante relación, volvieron a París. A los pocos días la hermana de Hélène, Juliette, supo que volvía a sufrir un cáncer, dieciséis años después del primero.Tras seis meses de agonía murió, a los treinta y tres años.

Varias personas le pidieron entonces a Carrère que contara esas vidas y muertes, la de la niña y la de Juliette. Pensaron que amén de conocido o familiar de las víctimas, era un escritor que había demostrado ya su capacidad en ese terreno del reportaje que aprovecha muchos recursos de la ficción —por más que todo lo que se cuente sea cierto—. Y es que para entonces Carrère había publicado con notable repercusión El adversario, su reconstrucción de la vida de Jean- Claude Romand, el hombre que fingió muchos años unos estudios, una profesión y unos ingresos que no tenía, y que poco antes de ser desenmascarado mató a toda su familia, incapaz de soportar que se desvelase su catálogo de imposturas.

Carrère se puso en marcha, como lo había hecho para preparar El adversario, y mantuvo muchas entrevistas en las que se documentó y discutió lo que había sucedido (con los padres y abuelos de la niña víctima del tsumani, y sobre todo con el círculo familiar y amistoso de su cuñada). Pero antes de escribir ese libro tenía pendiente otra tarea: ajustar cuentas con su familia, y también con algún amor fracasado. Así nació Una novela rusa, libro que en España leímos en 2008. Sólo cuando culminó esa dolorosa y catártica revisión de su pasado tuvo la actitud necesaria para escribir De vidas ajenas.

Dos libros en uno. De vidas ajenas es un libro muy desequilibrado. La parte del maremoto en Ceilán, la primera, está mucho menos desarrollada que la segunda, la de la historia de su cuñada Juliette, en la cual emerge el otro gran protagonista del libro, el amigo de ésta, Etienne, juez como ella y que será el verdadero guía de Carrère en su indagación, y del que acabaremos sabiendo más que de ningún otro personaje. En la primera parte hay una catástrofe que produce destrucción y muerte de una forma súbita y brutal. No hay un proceso, una biografía del dolor, una maduración de una enfermedad, el aprendizaje de una pérdida. Sucede la tragedia y el escritor huye en cuanto puede de ella y de Sri Lanka. En cambio, la enfermedad y muerte de su cuñada poseen una riqueza y variedad de subtramas que otorgan al libro su altura y complejidad. Sólo al final sabremos algo de cómo afrontó la otra familia francesa el duelo por su hija muerta en el tsunami. Pero entretanto, en cuatro quintas partes del libro, nos habremos instalado en la peripecia de Juliette y su entorno.

Lo que me acerca. Emmanuel Carrère escribió pacificado este De vidas ajenas. La ira y la desdicha que habían marcado tantos años de su vida habían desaparecido con la catarsis de Una novela rusa. Como él mismo dice, “el zorro que me devoraba las entrañas se había ido, yo era libre”. Ahora, concluye, “amo lo que me ha tocado en suerte”, y además, cosa nueva en él, “prefiero lo que me acerca a los demás hombres que lo que me distingue de ellos”. Por eso este libro lo escribe un hombre más cerca de la felicidad, un hombre que se ha zambullido en el dolor ajeno pero no olvida ni un momento la suerte precaria pero enorme de que a él no le hayan sucedido las desgracias ajenas de las que es notario. Un hombre reconciliado con el mundo, que tiene por vez primera una actitud esperanzada y serena —si bien recuerda siempre que todo es muy frágil, que cualquier día puede verse en el otro lado, en el lado sombrío de las estadísticas y la desgracia—. Un hombre que por primera vez en su vida puede amar, y que anota con alegría y admiración los esfuerzos que las personas más cercanas a los muertos hacen para sobreponerse a su dolor, para derrotar a la aflicción.

La muerte. La materia primera del libro es la muerte. Y en su tramo esencial, en el de la historia de Juliette, la enfermedad. Carrère nos cuenta qué pasa cuando una niña pierde la vida en un segundo o una mujer joven debe recorrer un camino largo y cruel hacia el fin. Y, con la jueza, nos habla de su familia y su amigo Etienne, que acompañan ese tránsito y se ven, claro, afectados. Mucho sufrimiento físico, angustia, cambios de humor y esperanzas fallidas, preparación para el final, desencuentros inevitables, asfixia, agotamiento.

En el surgimiento del cáncer Carrère tiende a estar de acuerdo con Fritz Zorn, el autor alemán que nos dejó un gran testimonio de su enfermedad, Bajo el signo de Marte. Zorn escribió que “con el cáncer existe una doble relación: por una parte es una enfermedad corporal, de la cual probablemente muera en un futuro no muy lejano, pero que quizá pueda llegar a superar y a sobrevivir; por la otra, el cáncer es una enfermedad del alma de la que sólo puedo decir: es una suerte que finalmente haya hecho eclosión”.

Carrère sabe que esta visión de la enfermedad es muy controvertida. Y por eso recoge también la furia de Etienne, el amigo de Juliette, hostil a toda interpretación psicosomática del cáncer. “A la gente que dice: viene de la cabeza, o del estrés, o de un conflicto psíquico no resuelto, tengo ganas de matarla, y también la mataría cuando dice lo que va unido a esto: te libraste porque has luchado, porque tuviste valor. No es cierto. Hay personas que luchan, que son muy valientes y sucumben. Por ejemplo: Juliette”.

Amistad. De vidas ajenas sigue el rastro a una línea fundamental, la amistad entre la jueza Juliette y el juez Etienne. Es la amistad pudorosa, contenida y al mismo tiempo íntima de dos personas dañadas, que han estado enfermas de cáncer más de una vez, lo que les ha dejado en herencia minusvalías a las que han debido acomodarse. Su vida cambió con sus dolencias, tomó giros que ambos no sospechaban en sus años jóvenes de perfecta salud, y aunque ambos han conocido el amor de nuevas personas y ejercen una profesión que les apasiona, aflora a veces la rabia que sus limitaciones les provocan. Todos los detalles que Carrère esparce sobre la naturaleza de su amistad, la profunda unión personal y profesional de dos enfermos cojos, forman parte de lo mejor del libro.

El sobreendeudamiento. Otro hilo poderoso del libro es el de la naturaleza del trabajo que los dos jueces llevan a cabo en perfecta sociedad. Carrère consigue que leamos absortos el modo en que estos dos jueces afrontan el drama de la gente asfixiada, procesada y condenada por deudas, la manera en que buscan resquicios legales para ayudar a esas personas a las que las grandes entidades de crédito han atrapado con préstamos de usura, publicidad engañosa, cláusulas abusivas en letra ilegible. Son dos jueces dedicados a los asuntos pequeños en juzgados de primera instancia, asuntos de pobres, litigios de medio pelo, nada glamuroso ni mediático. Y puede atribuirse al talento de Carrère que sigamos fascinados sus batallas legales, que entendamos y nos apasionen estos pleitos de difícil éxito, donde otros jueces más encumbrados acaban, con frecuencia, dando la razón a las entidades crediticias. Pero pese a todo, Etienne y Juliette hacen su trabajo con rigor admirable, hacen lo que creen que deben hacer en un entorno casi desolador y se entusiasman con sus modestos logros judiciales. Y muerta Juliette, y leído todo el libro, entendemos muy bien que Etienne le diga a Carrère, la primera vez que se ven, que “durante los cinco años en que trabajamos juntos en el tribunal de Vienne, ella y yo hemos sido grandes jueces”.

No ficción. Esta no es una crítica literaria, y no me apetece entrar en juicios sobre si De vidas ajenas es mejor o peor que los libros anteriores de Carrère. Los tres que he citado en esta nota me han resultado adictivos, arrolladores. El autor maneja magistralmente la non fiction novel, ahora tan de moda, y sus libros, estos reportajes construidos con recursos de buen novelista que moldean la realidad con el brío de un gran contador que juega con los tiempos, que dosifica los elementos y los combina en aras de la mayor potencia expresiva, merecen, creo, una lectura atenta y hacen pensar.

28 julio 2011

No pares

«Hoy se nos exhorta por todas partes a que seamos dinámicos y "energéticos" y a tener el mayor número posible de experiencias: amar muchas mujeres, viajar por muchos países, probar paraísos artificiales, atreverse con excesos nocturnos y en general mudar, anhelar novedades y sorpresas, romper rutinas».

Esto escribía hace dos semanas Javier Gomá en un artículo. Y me apetece traerlo a colación porque, como se sabe, en verano se exacerba hasta el delirio la incitación social, imperativa, a moverse, salir, vivir intensamente, no parar, aprovechar a tope, viajar a donde sea.

Qué turrada, qué presión, qué agobio, qué tontería. Prefiero mil veces darle vueltas a este pensamiento que encuentro en Ramón Andrés: “La quietud es curativa. El miedo indica movimiento; procede de metus, «miedo». Una mente conmovida, dice Varrón, es una mente mota, no apacible, «que se mueve». La in-quietud”.

"El miedo indica movimiento". ¿Cabe decir por tanto que el movimiento indica, revela, anuncia, evidencia, miedo?

26 julio 2011

Tocar o fingir

Durante muchos años fui músico profesional en el escalón más bajo. Músico en verbenas, en bodas, en fiestas veraniegas de pueblos muy pequeños. Tocaba en grupos muy reducidos, de tres o cuatro miembros, y nos arriesgábamos a interpretar canciones de moda después de dos ensayos, con equipos de sonido siempre baratos, de poca potencia y escasa calidad. Fue una experiencia muy dilatada, muchos años en el lado festivo y un tanto cutre de la vida en los que viví con frecuencia escenas muy propias de las películas más esperpénticas de Berlanga —con toques delirantes, surrealistas, que Buñuel no hubiera despreciado—.

Pero en aquellos tiempos, y hasta hace unos quince años, una norma se mantenía a rajatabla: los músicos tocábamos de verdad en cada sesión, nuestro directo era riguroso. Más o menos perfecto o muy imperfecto, pero directo. Sólo a mediados de los noventa algunos conjuntos comenzaron a superponer, en ese submundo de la música verbenera, su propia interpretación de los temas con algunas partes, o con algunos instrumentos, grabados. El objetivo era claro: que las canciones, esas cancioncillas de moda en la temporada, o clásicos inmarcesibles como Paquito el chocolatero, sonaran en cualquier kiosco, tablado o remolque del modo más parecido a como la gente los escuchaba en los discos o en la radio.

Poco más tarde, y en un salto lógico, se llegó a la situación actual de muchas verbenas: grupos muy reducidos que sólo aportan en vivo las voces, porque todo el fondo instrumental ha sido programado, ejecutado y mezclado por alguien (que muchísimas veces no es del grupo, hay profesionales del asunto de la programación musical). Así que en las fiestas del pueblo, en el bailongo del club de jubilados o en la boda que sea, llega el grupo, monta el equipo, se carga el cedé ¡y a cantar sobre ese fondo!

Un timo. Puedo entender que en grupos que interpretan su propia música se hagan las mezclas que sea, por diversas razones creativas. Pero si la orquestina ejecuta la última bobada de Ricki Martin o Bisbal, ¿no hay un engaño en el sonido pregrabado? ¿Dónde está ahí el músico?

Nigel Kennedy, el gran violinista de música clásica, de jazz y de lo que sea, lo decía el otro día de forma más cruda y general: “odio el tipo de música donde la gente hace como que toca un instrumento o que canta ante la cámara. No lo soporto (…) El playback es una mierda. No está mal tener algunos elementos grabados, pero si estás delante del público, te jodes y tocas. No hay otra”.

19 julio 2011

Antes de que esto se acabe

Antes de que esto se acabe, de Diana Athill. De esta autora ya había leído y comentado brevemente aquí Stet (Vale lo tachado), su relato de los muchos años que trabajó en la prestigiosa editorial de Andre Deuscht. Un libro, ya dije, empezado sin mucha ilusión, que resultó una sorpresa magnífica, aunque acepto que destinado a un sector reducido del público lector. En cambio, Antes de que esto se acabe es otra cosa, la recapitulación de una mujer que a los ochenta y nueve años se extiende sobre los asuntos que todavía le importan, y que advierte y anota aquellos otros en los que ha cambiado profundamente.

No estamos, en sentido estricto, ante unas memorias. Lo que a la autora le interesa es algo más modesto y acotado: reflexionar sobre una buena experiencia de vejez, la de una mujer que aún disfruta a lo grande de la amistad, de la jardinería, de la lectura y, en esta última etapa vital, de la escritura, para la que se ha descubierto bien dotada y que le ha obsequiado con nuevos reconocimientos. Una mujer que, aun contando con una buena salud, tiene achaques, sobre todo a la hora de moverse, y que a los sesenta años se sintió abandonada, sin ninguna tristeza, por el deseo sexual, tan punzante hasta entonces. Y una mujer tranquilamente irreligiosa, y militante en su soltería, que descubre sorprendida, tras haber andado siempre muy a su aire, que puede cuidar sin agobios de un amigo (y antiguo amante) enfermo al que acompaña en la última vuelta del camino.

La persona que emerge de este análisis de la vejez avanzada, la Diana Athill que escribe Antes de que esto se acabe, es más segura y serena que la de etapas anteriores. No, cualquier tiempo pasado no fue mejor. Los grandes amores de antaño, pero también los tormentos, las inseguridades, la timidez, las urgencias del sexo, las angustias del amor no correspondido…, todo ha quedado atrás. Y no hay añoranzas dolorosas, sino miradas al pasado que ayudan a entenderla mucho mejor. Con la suerte que ha tenido, con buena salud, con gente amiga alrededor, con sus libros y su gozosa independencia, Diana Athill se reconoce casi feliz, tranquila, y su libro acaba siendo inteligentemente optimista, de celebración vital. Aunque, insisto, ella reconoce que ha tenido mucha suerte, por ejemplo con la salud, y tal vez con su propio carácter, y por ello su recuento de la vejez no tiene casi nada de tenebroso o doliente.

Diana Athill sabe contar con gran ligereza, con suavidad, con una amenidad que al lector le encandila. Parece el libro de alguien modesto, que no quiere levantar la voz, que odia pontificar, y que no tiene ningún pujo solemne. Pero es alguien que reflexiona con mucha perspicacia sobre la vida y la muerte, el amor y el deseo, el paso del tiempo y la muerte, por fuerza cercana. Y lo hace con una claridad y franqueza maravillosamente británicas. Antes de que esto se acabe: qué buen rato he pasado con este libro.

15 julio 2011

Infame resacón de tíos

Como había leído y oído muchas cosas, y la mayoría muy encomiásticas, entusiastas, sobre Resacón 2, ¡ahora en Tailandia!, preferí, antes de tirarme a un cine a echar unas risas, alquilar la primera película de la serie, Resacón en Las Vegas.

Estupor absoluto. ¿A quién le puede entretener esta mamarrachada increíble, aburrida a morir? Películas de tíos, muy masculinas, de machotes, pero divertidísimas, dicen los críticos (estúpidos). ¿Pero qué tíos son éstos de los resacones? Tíos salidos que se desfogan con putas, tíos que desconfían de las mujeres, tíos que necesitan escapar de las mujeres, tíos que temen a las mujeres, tíos que piensan que las mujeres son unas plastas y unas arpías que quieren controlar nuestras vidas y nuestros cojonudos ritos de machos majotes. Tíos que practican una de las más abominables costumbres de los tíos, las despedidas de solteros, tíos bestias enfangados en unos brutales sanfermines físicos y mentales.

Pero todo esto daría para pensar (sobre la masculinidad, claro, y sobre la guerra de los sexos) si no fuera porque con esta mierda de resacones no se puede reír ni dios. Cine mísero, con gags que hielan cualquier amago de sonrisa. ¿De qué crítico me puedo fiar, si he visto alabar estos engendros a algunos que consideraba decentes?

11 julio 2011

Estar sin estar

En el excelente blog de Andrés Trapiello, Hemeroflexia, encuentro esta anotación sobre los sanfermines: “Nunca agradeceremos lo bastante a la tv que nos recuerde puntualmente cada año la suerte que tenemos no estando allí”.

Menos mal que la fiesta ocupa, cada vez más, un espacio relativamente reducido de la ciudad. Eso permite vivir, en muchos barrios, casi como si nada, al margen. Menos mal.