Oscura monótona sangre, de Sergio Olguín. Una novela negra, negrísima, que se lee de corrido, que atrapa y fascina en su sequedad, en su contención perfectamente graduada. La historia de un hombre que destruye su vida en poco tiempo por la fuerza brutal del deseo sexual, del dominio. Julio Andrada, rico hecho a sí mismo, adicto al trabajo, ordenado, conservador, inescrupuloso, frío y contenido, de pronto no puede dejar de lado o domeñar, en la cincuentena avanzada, su atracción incontenible por una prostituta adolescente. El deseo imperioso, y las peripecias sórdidas o criminales a las que éste lo obliga, provocan enseguida tal cúmulo de problemas que su controlada existencia salta por los aires.
Pero a Julio Andrada no lo trastorna sólo el deseo sexual. Su delirio es destructivo, pero coexiste con sueños de impunidad, con esas certidumbres casi de omnipotencia que arriban con el dinero, el estatus, el poder y las relaciones. Y no es extraño: en la Argentina actual (¿y en cuántos otros países?), un rico puede tener fácilmente muy buenos contactos con policías, vigilantes y toda suerte de prohombres y rufianes que, bien pagados, harán lo que haga falta por el señor.
La apasionante historia de Dominique Strauss-Kahn tiene bastantes de estos ingredientes. Deseo, tentación, riesgo, destrucción. Pero también, como en la novela de Olguín, poder, fuerza, dinero, relaciones, búsqueda de la impunidad. Leo novelas, como por ejemplo Oscura monótona sangre, y me parece que entiendo algo mejor algunas reacciones, algunos secretos de quienes nos rodean. ¿O de nosotros mismos?
Un ángulo me basta entre mis lares, un libro y un amigo, un sueño breve, que no perturben deudas ni pesares.
18 mayo 2011
09 mayo 2011
Los dioses tienen sed
Como vi hace un mes que la editorial Barril & Barral ha reeditado, una vez más, Los dioses tienen sed, la novela de Anatole France sobre el periodo del Terror jacobino (1793-94) en la Revolución Francesa, tiré de mi fondo de biblioteca personal para leerla. Tengo desde 1990 una edición mucho más fea que la que acaba de salir en esta joven y exquisita editorial, pero a la postre comprobé que la nueva, como la mía y casi todas las que hay en el mercado español, aprovecha la vieja traducción de Luis Ruiz Contreras, un admirador fanático de Anatole France que vertió al castellano la gran mayoría de sus libros en el primer tercio del siglo pasado.
Es paradójico: cuando France publicó este libro, en 1912, era ya un hombre de izquierdas, muy radicalizado políticamente, un intelectual que, a partir de la conmoción que en él y en otros muchos provocó el caso Dreyfuss, había abrazado el socialismo. Incluso en los últimos años de su vida, ya muy mayor, se dejó utilizar por los comunistas. Y digo que es paradójico porque el significado político de su novela es muy otro.
Anatole France no fue sin más un conservador, un añorante del Antiguo Régimen que abominara de la Revolución. Pero era lo suficientemente lúcido para entender que los nuevos tiempos habían traído, a partir de la dinámica desencadenada en 1789, nuevas patologías del poder, que los sueños de la razón engendran monstruos y que en las mejores intenciones pueden anidar delirios horrorosos. Por ello, y visto lo que escribió sobre los sucesos revolucionarios franceses, cabe sospechar con fundamento que la fe en el socialismo que poseía cuando escribió este libro, en 1912, no le habría obnubilado si hubiese vivido lo suficiente para observar en qué se iba a convertir, muy pronto, la Revolución Rusa, que él conoció sólo en sus inicios.
El paralelismo entre ambas revoluciones, por cierto, no lo estableció él. Sin ir más lejos, un comunista francés de primera hora, Mathiez, escribió en 1920 que “jacobinismo y bolchevismo son en el mismo sentido dos dictaduras, nacidas de la guerra civil y de la guerra extranjera, dos dictaduras de clase, que recurren a los mismos medios, al terror, a la requisa y a los impuestos y que se proponen en última instancia una meta semejante, la transformación de la sociedad, y no solamente de la sociedad rusa o de la sociedad francesa, sino de la sociedad universal”. Fácil es colegir, si se lee Los dioses tienen sed, que el amargo retrato del Terror jacobino que Anatole France realiza, hubiera podido inspirar sus críticas a la Revolución Rusa de haber vivido lo suficiente.
Los dioses tienen sed dibuja la trayectoria de Evariste Gamelin, un joven artista de poca monta que malvive, lleno de ardor revolucionario, en el París de 1793. Casi por azar (y también por mal cálculo de una dama que considera al artista un tonto útil), Gamelin llegará a ser un poderoso miembro de los tribunales revolucionarios que deciden la suerte y la vida de miles de personas en ese momento, juzgadas por su desafección con el poder jacobino. Y Evariste Gamelin ejercerá su función inquisidora y condenatoria con una escrupulosidad implacable.
Lo mejor de la novela de Anatole France es su crítica suave pero feroz, y muy bien circunstanciada, de lo que en el siglo XX comenzó a denominarse el totalitarismo, merced sobre todo a los libros de Hanna Arendt y sus análisis sobre el nacionalsocialismo y el comunismo. La novela es, en este sentido, la historia de la formación y desarrollo de una conciencia, la de alguien que, partiendo de intensos sentimientos de amor por la humanidad, va consolidando una mirada y una acción implacables y brutales sobre los humanos concretos y singulares.
Gamelin es al principio un joven torpe, un poco obtuso, orgulloso, rígido, exaltado, lleno de resentimiento, enemigo de los placeres y con una misoginia mayúscula. Sobre esa base psicológica avanza su implicación en la causa jacobina. La patria y la revolución están en peligro, y es preciso que los que quieren salvarla sostengan el pulso con firmeza y estén dispuestos a sacrificarse y, sobre todo, a mantener una conducta inflexible y despiadada hacia todos aquellos que cuestionan de algún modo el poder, o son escépticos, o débiles, o manifiestan la más mínima disidencia, por banal que pueda parecer.
¿Cuál es el límite de la locura criminal de estos nuevos poderosos? Pues es variable, movedizo. Por resumir: el que en cada momento marquen Robespierre y seguidores como Gamelin. Deben ser liquidados todos los que no coincidan en cada coyuntura con la posición del núcleo dirigente, sea ésta la que sea. Así, los hay que están contra la revolución porque añoran el régimen anterior y profieren vivas al rey depuesto, pero también hay contrarrevolucionarios que lo son porque predican un ateísmo radical que confunde al pueblo y debilita su moral. Unos son sospechosos por reaccionarios, otros por excesivamente izquierdistas. Unos por derrotistas, otros por descreídos, y los de más allá porque dicen o hacen algo que los que mandan, en ese instante, juzgan poco patriótico. Llega un punto en que los jacobinos han puesto en marcha un mecanismo tan infernal que ellos mismos serán víctimas de quienes, siendo hasta entonces sus correligionarios, prevén atemorizados su propio viaje a la guillotina, por lo cual se adelantan a derrocar y eliminar a Robespierre y sus más fieles.
En la novela de Anatole France hay más, mucho más, porque Gamelin no es el único personaje. Más bien es el centro de una constelación de personajes, la mayoría de los cuales acabarán siendo víctimas de la lógica inexorable que guía al pintor. El novelista es suficientemente bueno como para lograr que todos ellos resulten creíbles, gracias a lo bien delineados que están. Aristócratas estoicos y descreídos que sobreviven, tras el seísmo de 1789, en la más extrema indigencia; religiosos barnabitas bondadosos y siempre humildes —salvo cuando se les confunde con miembros de otras órdenes que ellos consideran de menos pedigrí—; hombres o mujeres que se juegan y pierden la vida por amor o amistad, sentimientos que anteponen a cualquier idea política; demagogos y oportunistas que conocen el modo de nadar en todos los cambios; mujeres sensuales, atraídas por la fuerza y crueldad que otorga el nuevo poder; madres desgarradas entre hijos con caminos opuestos… A todos los pinta Anatole France con cuidado, con matices, con piedad. Incluso hay piedad y comprensión profunda en los perfiles de Evariste Gamelin y del propio Robespierre, ya que podemos creer en su sinceridad cuando explican que la fría determinación asesina es transitoria, un estadio inevitable en el camino hacia la verdadera justicia que algún día llegará, cuando el país se haya librado, con el concurso de la guillotina, de todos los que obstaculizan ese radiante y hermoso porvenir.
La casualidad ha hecho que por los mismos días que leía esta novela, picoteara con frecuencia, por otros motivos, en el Diccionario Pla de literatura, un grueso libro en el que Valentí Puig recopiló muchos comentarios y juicios de Josep Pla sobre la literatura y los autores que leyó. Anatole France no era un escritor que entusiasmara al escritor catalán. Pero leyendo las páginas que le dedica, encuentro estas líneas, que me parecen muy exactas después de leer Los dioses tienen sed:
France ha visto siempre el mundo y la vida como un minúsculo enjambre de animalillos afanándose sobre la superficie de un planeta perdido dentro de la grandiosidad de las leyes de la gravitación universal, pero no por eso ha dejado ni un momento de entregarse a la búsqueda de la justicia y el camino marcado por el rayo del sentimiento. La política, en el más puro sentido del término, le ha hecho temblar la voz de emoción; la lucha contra la injusticia –política o económica— le ha humanizado el trabajo literario de orfebrería.
Es paradójico: cuando France publicó este libro, en 1912, era ya un hombre de izquierdas, muy radicalizado políticamente, un intelectual que, a partir de la conmoción que en él y en otros muchos provocó el caso Dreyfuss, había abrazado el socialismo. Incluso en los últimos años de su vida, ya muy mayor, se dejó utilizar por los comunistas. Y digo que es paradójico porque el significado político de su novela es muy otro.
Anatole France no fue sin más un conservador, un añorante del Antiguo Régimen que abominara de la Revolución. Pero era lo suficientemente lúcido para entender que los nuevos tiempos habían traído, a partir de la dinámica desencadenada en 1789, nuevas patologías del poder, que los sueños de la razón engendran monstruos y que en las mejores intenciones pueden anidar delirios horrorosos. Por ello, y visto lo que escribió sobre los sucesos revolucionarios franceses, cabe sospechar con fundamento que la fe en el socialismo que poseía cuando escribió este libro, en 1912, no le habría obnubilado si hubiese vivido lo suficiente para observar en qué se iba a convertir, muy pronto, la Revolución Rusa, que él conoció sólo en sus inicios.
El paralelismo entre ambas revoluciones, por cierto, no lo estableció él. Sin ir más lejos, un comunista francés de primera hora, Mathiez, escribió en 1920 que “jacobinismo y bolchevismo son en el mismo sentido dos dictaduras, nacidas de la guerra civil y de la guerra extranjera, dos dictaduras de clase, que recurren a los mismos medios, al terror, a la requisa y a los impuestos y que se proponen en última instancia una meta semejante, la transformación de la sociedad, y no solamente de la sociedad rusa o de la sociedad francesa, sino de la sociedad universal”. Fácil es colegir, si se lee Los dioses tienen sed, que el amargo retrato del Terror jacobino que Anatole France realiza, hubiera podido inspirar sus críticas a la Revolución Rusa de haber vivido lo suficiente.
Los dioses tienen sed dibuja la trayectoria de Evariste Gamelin, un joven artista de poca monta que malvive, lleno de ardor revolucionario, en el París de 1793. Casi por azar (y también por mal cálculo de una dama que considera al artista un tonto útil), Gamelin llegará a ser un poderoso miembro de los tribunales revolucionarios que deciden la suerte y la vida de miles de personas en ese momento, juzgadas por su desafección con el poder jacobino. Y Evariste Gamelin ejercerá su función inquisidora y condenatoria con una escrupulosidad implacable.
Lo mejor de la novela de Anatole France es su crítica suave pero feroz, y muy bien circunstanciada, de lo que en el siglo XX comenzó a denominarse el totalitarismo, merced sobre todo a los libros de Hanna Arendt y sus análisis sobre el nacionalsocialismo y el comunismo. La novela es, en este sentido, la historia de la formación y desarrollo de una conciencia, la de alguien que, partiendo de intensos sentimientos de amor por la humanidad, va consolidando una mirada y una acción implacables y brutales sobre los humanos concretos y singulares.
Gamelin es al principio un joven torpe, un poco obtuso, orgulloso, rígido, exaltado, lleno de resentimiento, enemigo de los placeres y con una misoginia mayúscula. Sobre esa base psicológica avanza su implicación en la causa jacobina. La patria y la revolución están en peligro, y es preciso que los que quieren salvarla sostengan el pulso con firmeza y estén dispuestos a sacrificarse y, sobre todo, a mantener una conducta inflexible y despiadada hacia todos aquellos que cuestionan de algún modo el poder, o son escépticos, o débiles, o manifiestan la más mínima disidencia, por banal que pueda parecer.
¿Cuál es el límite de la locura criminal de estos nuevos poderosos? Pues es variable, movedizo. Por resumir: el que en cada momento marquen Robespierre y seguidores como Gamelin. Deben ser liquidados todos los que no coincidan en cada coyuntura con la posición del núcleo dirigente, sea ésta la que sea. Así, los hay que están contra la revolución porque añoran el régimen anterior y profieren vivas al rey depuesto, pero también hay contrarrevolucionarios que lo son porque predican un ateísmo radical que confunde al pueblo y debilita su moral. Unos son sospechosos por reaccionarios, otros por excesivamente izquierdistas. Unos por derrotistas, otros por descreídos, y los de más allá porque dicen o hacen algo que los que mandan, en ese instante, juzgan poco patriótico. Llega un punto en que los jacobinos han puesto en marcha un mecanismo tan infernal que ellos mismos serán víctimas de quienes, siendo hasta entonces sus correligionarios, prevén atemorizados su propio viaje a la guillotina, por lo cual se adelantan a derrocar y eliminar a Robespierre y sus más fieles.
En la novela de Anatole France hay más, mucho más, porque Gamelin no es el único personaje. Más bien es el centro de una constelación de personajes, la mayoría de los cuales acabarán siendo víctimas de la lógica inexorable que guía al pintor. El novelista es suficientemente bueno como para lograr que todos ellos resulten creíbles, gracias a lo bien delineados que están. Aristócratas estoicos y descreídos que sobreviven, tras el seísmo de 1789, en la más extrema indigencia; religiosos barnabitas bondadosos y siempre humildes —salvo cuando se les confunde con miembros de otras órdenes que ellos consideran de menos pedigrí—; hombres o mujeres que se juegan y pierden la vida por amor o amistad, sentimientos que anteponen a cualquier idea política; demagogos y oportunistas que conocen el modo de nadar en todos los cambios; mujeres sensuales, atraídas por la fuerza y crueldad que otorga el nuevo poder; madres desgarradas entre hijos con caminos opuestos… A todos los pinta Anatole France con cuidado, con matices, con piedad. Incluso hay piedad y comprensión profunda en los perfiles de Evariste Gamelin y del propio Robespierre, ya que podemos creer en su sinceridad cuando explican que la fría determinación asesina es transitoria, un estadio inevitable en el camino hacia la verdadera justicia que algún día llegará, cuando el país se haya librado, con el concurso de la guillotina, de todos los que obstaculizan ese radiante y hermoso porvenir.
La casualidad ha hecho que por los mismos días que leía esta novela, picoteara con frecuencia, por otros motivos, en el Diccionario Pla de literatura, un grueso libro en el que Valentí Puig recopiló muchos comentarios y juicios de Josep Pla sobre la literatura y los autores que leyó. Anatole France no era un escritor que entusiasmara al escritor catalán. Pero leyendo las páginas que le dedica, encuentro estas líneas, que me parecen muy exactas después de leer Los dioses tienen sed:
France ha visto siempre el mundo y la vida como un minúsculo enjambre de animalillos afanándose sobre la superficie de un planeta perdido dentro de la grandiosidad de las leyes de la gravitación universal, pero no por eso ha dejado ni un momento de entregarse a la búsqueda de la justicia y el camino marcado por el rayo del sentimiento. La política, en el más puro sentido del término, le ha hecho temblar la voz de emoción; la lucha contra la injusticia –política o económica— le ha humanizado el trabajo literario de orfebrería.
08 abril 2011
Barney de nuevo. La película
Ayer vi al fin El mundo según Barney, la película. Fue un error. Tengo todavía la mente llena de la espléndida novela de Mordecai Richler, La versión de Barney (¿por qué no han respetado en castellano el título original de la película y del libro?). Y con ese recuerdo tan reciente y vivo de las sutilezas del texto, de los meandros por los que discurre la memoria de Barney, de las trampas, omisiones, juicios gruesos y ataques irónicos o rabiosos que despliega esa poderosa primera persona en la novela, ese Barney que en la vejez cada vez más asediada por el Alzheimer quiere ofrecer su versión de lo que le sucedió, pues era imposible que disfrutase de la película con ojos limpios. Si la hubiera visto hace un mes, o dentro de unos años, supongo que podría haberme forjado un juicio muy distinto. Cuántas películas maestras, por ejemplo del cine clásico de Hollywood, se basaron en novelas que no conocemos: mejor, mucho mejor, nuestra consideración de ese cine es más desprejuiciada.
Con todo, creo que es una película muy aseada, digna, y que Paul Giamatti, el actor que interpreta a Barney, demuestra ser tan grande como en otras historias en que también bordaba a hombres fundamentalmente buenos, pero que llevaban dentro dosis llamativas de torpeza, furia y resentimiento. Hombres (¿recuerdan Entre copas, o American Splendor?) apaleados, carentes del equilibrio, la elegancia y la seguridad que exhiben otras personas con las que conviven. Los Barney de este mundo meten la pata, comen o beben demasiado y dicen tonterías en los momentos más inoportunos, tanto que a veces, en lugar de mostrar su generosidad y perspicacia, resultan unos gilipollas. Luego, ay, se arrepienten y flagelan, pero ya es tarde.
No voy a detallar los muchos aspectos de la novela que han desaparecido en la película, varios de ellos esenciales en la vida de Barney. Pero ya que escribo en un lugar azotado por los nacionalismos, lamento que se haya esfumado algo que, sin ser fundamental, impregna el presente (año 1995) de la novela: la cuestión de la independencia de Quebec. La novela no es que sea profundamente canadiense (eso también se ha perdido en la película), es que transcurre en un Montreal que vota la posible secesión de Quebec. En ese referendum de 1995 los independentistas francófonos estuvieron más cerca que nunca del triunfo, al lograr el 49,6 de los votos. Y Barney y algunos de sus amigos, biblingües como Mordecai Richler (autor, por cierto, de importantes libros contra los mitos del nacionalismo quebequés), pero contrarios a la segregación, no se recatan en juicios mordaces sobre lo que leen y escuchan, sobre los gobernantes del Parti Québécois y sobre los inspectores lingüísticos, que multan no a los que olvidan el francés en cualquier rótulo o texto (eso sería un delito grave), sino a quienes no disponen los textos en inglés en un tamaño mucho menor que en francés.
En fin, no hagan como yo. Si leen La versión de Barney, no vayan al cine. Al menos mientras la desmemoria no haya culminado su trabajo.
P. D. Un detalle muy menor: como homenaje a Mordecai Richler, un autor especialmente famoso y querido en Canadá, pese a su mordacidad, en la película aparecen como secundarios los cineastas más conocidos del país: Atom Egoyan, David Cronenberg y, en dos escenas, Denys Arcand, el director, entre otras, de El declive del imperio americano y de Las invasiones bárbaras. Un francófono independentista, pero muy amigo de Richler. Y la amistad es lo primero.
Con todo, creo que es una película muy aseada, digna, y que Paul Giamatti, el actor que interpreta a Barney, demuestra ser tan grande como en otras historias en que también bordaba a hombres fundamentalmente buenos, pero que llevaban dentro dosis llamativas de torpeza, furia y resentimiento. Hombres (¿recuerdan Entre copas, o American Splendor?) apaleados, carentes del equilibrio, la elegancia y la seguridad que exhiben otras personas con las que conviven. Los Barney de este mundo meten la pata, comen o beben demasiado y dicen tonterías en los momentos más inoportunos, tanto que a veces, en lugar de mostrar su generosidad y perspicacia, resultan unos gilipollas. Luego, ay, se arrepienten y flagelan, pero ya es tarde.
No voy a detallar los muchos aspectos de la novela que han desaparecido en la película, varios de ellos esenciales en la vida de Barney. Pero ya que escribo en un lugar azotado por los nacionalismos, lamento que se haya esfumado algo que, sin ser fundamental, impregna el presente (año 1995) de la novela: la cuestión de la independencia de Quebec. La novela no es que sea profundamente canadiense (eso también se ha perdido en la película), es que transcurre en un Montreal que vota la posible secesión de Quebec. En ese referendum de 1995 los independentistas francófonos estuvieron más cerca que nunca del triunfo, al lograr el 49,6 de los votos. Y Barney y algunos de sus amigos, biblingües como Mordecai Richler (autor, por cierto, de importantes libros contra los mitos del nacionalismo quebequés), pero contrarios a la segregación, no se recatan en juicios mordaces sobre lo que leen y escuchan, sobre los gobernantes del Parti Québécois y sobre los inspectores lingüísticos, que multan no a los que olvidan el francés en cualquier rótulo o texto (eso sería un delito grave), sino a quienes no disponen los textos en inglés en un tamaño mucho menor que en francés.
En fin, no hagan como yo. Si leen La versión de Barney, no vayan al cine. Al menos mientras la desmemoria no haya culminado su trabajo.
P. D. Un detalle muy menor: como homenaje a Mordecai Richler, un autor especialmente famoso y querido en Canadá, pese a su mordacidad, en la película aparecen como secundarios los cineastas más conocidos del país: Atom Egoyan, David Cronenberg y, en dos escenas, Denys Arcand, el director, entre otras, de El declive del imperio americano y de Las invasiones bárbaras. Un francófono independentista, pero muy amigo de Richler. Y la amistad es lo primero.
05 abril 2011
Hombres que hablan en bares
Disfrutando la semana pasada de nuevo, y a lo grande, con La versión de Barney (la novela, aclaro, que la película todavía no la he visto), me di cuenta de que había un tipo de escenas cuya aparición aguardaba con gran ilusión: aquéllas en que Barney se aposenta en su bar preferido, Dink, como lleva muchos años haciéndolo, y donde, aparte de beber como un cosaco, pega la hebra con quien sea. En ese bar todos los parroquianos se dedican con entusiasmo al trago, pero les da el cuerpo, entre licor y licor, también para soltar pullas y gansadas, sentencias y filosofar, recordar viejos tiempos, fanfarronear y largar peroratas que nadie escucha, repetirse como una carraca, picarse o insultarse, y, muy de vez en cuando, arriesgar confidencias. Pocas, por descontado, con medias palabras, y entreveradas de mistificaciones, que no en balde hablamos de un mundo muy masculino, rudo, irónico, reservado, incluso machote. Por eso tampoco resulta extraña la figura del bebedor casi mudo. La noche se alarga tontamente, siempre hay quien se anima a otra copa más y lía al resto de la concurrencia, que si la espuela, que si espera un poco, que ponme la última, y la mente se embota, y todos acaban incorporándose con muchas dificultades y yéndose a casa con paso vacilante, entre brumas y veras.
Ese mundo de hombres en bares, horas y horas apostados sobre taburetes en la barra, o de pie sin más –es decir, no sentados alrededor de una mesa en tertulia con un café o simplemente una consumición, con la conversación como eje- me ha procurado momentos muy dichosos en esta novela, pero también en otras. Así, en un primer golpe, recuerdo dos de Richard Russo, Ni un pelo de tonto (en particular gracias al memorable Sully) y Empire Falls, así como varias del primer Luis Mateo Díez, como Las estaciones provinciales, La fuente de la edad o El expediente del náufrago, en las cuales, con el telón de fondo del más negro franquismo, los personajes sólo alcanzaban un modesto respiro en tascuces con barra de zinc y mucho serrín en el suelo, cáscaras de gamba y vino peleón, al tiempo que se repetían sucedidos chuscos o salaces. Y seguro que otros lectores podrían aportar muchos más ejemplos. En la televisión recuerdo una serie de éxito en los ochenta, Cheers.
Lo que hace atractivas esas escenas es la magia de la literatura, por supuesto. Y en particular el humor, sombrío, negrísimo, irónico, sarcástico, cínico, o apoyado en la pura mala leche, en diálogos vivaces que retratan a la perfección a hombres con su punto de turbiedad, desesperanza, misoginia, gracia y dolor.
Cosa distinta es que, si abandonamos los predios de la literatura y el talento del novelista, y nos venimos a los de la realidad más municipal, podamos topar con bastantes especímenes que, después de consumir tantas horas de su vida en los bares, bebiendo, y farfullando con lengua de trapo cuando el alcohol hace su labor, han alcanzado preciados honores en la galería de los fantasmones. En mi vida “real”, si se puede decir así (¿no es real el tiempo que he pasado entre libros?), he conocido a muchos tipos de esos que no pasaban de ser unos fiemos, al menos cuando alcanzaban un grado de maceración suficiente.
Ese mundo de hombres en bares, horas y horas apostados sobre taburetes en la barra, o de pie sin más –es decir, no sentados alrededor de una mesa en tertulia con un café o simplemente una consumición, con la conversación como eje- me ha procurado momentos muy dichosos en esta novela, pero también en otras. Así, en un primer golpe, recuerdo dos de Richard Russo, Ni un pelo de tonto (en particular gracias al memorable Sully) y Empire Falls, así como varias del primer Luis Mateo Díez, como Las estaciones provinciales, La fuente de la edad o El expediente del náufrago, en las cuales, con el telón de fondo del más negro franquismo, los personajes sólo alcanzaban un modesto respiro en tascuces con barra de zinc y mucho serrín en el suelo, cáscaras de gamba y vino peleón, al tiempo que se repetían sucedidos chuscos o salaces. Y seguro que otros lectores podrían aportar muchos más ejemplos. En la televisión recuerdo una serie de éxito en los ochenta, Cheers.
Lo que hace atractivas esas escenas es la magia de la literatura, por supuesto. Y en particular el humor, sombrío, negrísimo, irónico, sarcástico, cínico, o apoyado en la pura mala leche, en diálogos vivaces que retratan a la perfección a hombres con su punto de turbiedad, desesperanza, misoginia, gracia y dolor.
Cosa distinta es que, si abandonamos los predios de la literatura y el talento del novelista, y nos venimos a los de la realidad más municipal, podamos topar con bastantes especímenes que, después de consumir tantas horas de su vida en los bares, bebiendo, y farfullando con lengua de trapo cuando el alcohol hace su labor, han alcanzado preciados honores en la galería de los fantasmones. En mi vida “real”, si se puede decir así (¿no es real el tiempo que he pasado entre libros?), he conocido a muchos tipos de esos que no pasaban de ser unos fiemos, al menos cuando alcanzaban un grado de maceración suficiente.
30 marzo 2011
Nabarralde
La semana pasada se celebró en Pamplona una reunión de historiadores para debatir y profundizar sobre la conquista de Navarra por las tropas de Castilla en 1512. Una conquista, una guerra, una invasión más o menos aceptada pasivamente, dígase lo que se prefiera, que dio lugar paulatinamente a la incorporación de Navarra, más o menos de grado o de fuerza (al principio de fuerza, claro, que para eso hubo armas, guerra y muerte), a lo que terminó siendo la monarquía hispánica.
A Tomás Urzainqui Mina este congreso no le ha gustado ni un pelo. Ya en el título de su artículo lo tacha de “negacionista”. Y el calificativo se repite más de una vez. Negacionismo, si no me equivoco, es una palabra que comenzó a emplearse hace unos años para designar al conjunto de historiadores y grupos políticos que negaban que el holocausto de los judíos en la segunda guerra mundial hubiera tenido lugar, y que por tanto liberaban a los nazis de su principal y terrible crimen. El término está muy cargado de connotaciones políticas, y su intensidad emocional, como así se quiso, es muy alta. (El negacionismo, por cierto, es un delito en varios países europeos, sin ir más lejos en Francia.) Más tarde, y ya degradando y banalizando la acusación, algunos ecólatras han tildado de negacionistas a quienes aventuran cierto escepticismo sobre el cambio climático y sus efectos más o menos catastróficos en la salud de nuestro planeta.
Tirándose por la pendiente de la exageración, Urzainqui aprovecha el calificativo, con toda su carga emotiva, para, dentro de su visión de lo que aconteció en Navarra a partir de 1512, establecer una separación moral muy afilada entre los invasores castellanos, genocidas sin alma, y los pobres navarros (para él vascos, of course), entonces masacrados. Da igual que los guipuzcoanos y vizcaínos fueran parte esencial del ejército castellano que ocupó Navarra. Nada, pelillos a la mar, los españoles son unos asesinos y los navarros (vascos) unas víctimas, así, sin más.
El congreso no fue plural, según Urzainqui. ¡Pluralismo, más pluralismo!, brama en su artículo. Claro que la concepción del pluralismo que tiene este abogado, historiador en sus ratos libres -y que gasta una sintaxis y puntuación execrables-, peca de notorias limitaciones. Se asemeja a la pluralidad que conformaban, “dentro del Régimen”, las distintas familias del Movimiento en tiempos de Franco. O, para venir a estos tiempos, recuerda una aspiración vasca nacionalista de un futuro plural que vaya, como escribía hace muy poco Fernando Savater, “desde Tasio Erkicia en un extremo hasta Bernardo Atxaga en otro”. No más espectro (mucho menos, en realidad) cubren los historiadores navarros que cita Urzainqui, los “verdaderos” historiadores, que según él, no pudieron asistir al congreso de la pasada semana.
Porque para este destacado representante de la asociación Nabarralde, con ese pluralismo limitado basta y sobra. Los demás historiadores, por ejemplo los que estuvieron en el congreso, son no sólo representantes del “negacionismo subordinacionista” (sic), o de “la sordera del enquistado negacionismo”. Representan además “una concepción autoritaria y monopolista del poder”, están “escorados a una visión unilateral y sesgada desde un atrincherado presentismo, que les impide el sereno y pleno conocimiento de los hechos y de la historiografía generada en estos quinientos años”, y, en fin, únicamente representan al poder “que busca el apuntalamiento de su presente, evidentemente de sumisión y subordinación antidemocrática y antinavarra”. Ay, antinavarra… Suena igual que “antiespañola” o “antivasca”: insultos de nacionalista.
Si esa es la visión de Nabarralde de todos los que no piensan como ellos, ¿qué significa, en su boca, la aspiración a un congreso “plural y omnicomprensivo, de todas las corrientes historiográficas y el lugar de contraste de las diversas tesis existentes sobre la realidad de la conquista de Navarra”? Pues una broma, una broma delirante. El otro, el discrepante, es antinavarro, antivasco, negacionista, lacayo, sicario del poder, o todo al mismo tiempo, y además ¡ha perdido la serenidad! Con denuestos de tan grueso calibre, cuando uno está henchido hasta ese punto de su verdad, y abomina de tal manera de los que sostienen otras tesis, las apelaciones al pluralismo suenan meramente instrumentales, pura charlatanería.
El protagonista de La patria de todos los vascos, la estimable novela de Iban Zaldua, señala que Nabarralde es “una asociación de alucinados historiomaniacos que pretenden que Navarra fue el primer ‘Estado vasco’, y que insisten en llamar a los vizcaínos, por ejemplo, ‘navarros del oeste’”. Exactamente. Hace meses conté en este mismo blog cómo a uno de los historiadores nacioanlistas vascos que cita Urzainqui, estas mismas gentes de Nabarralde le habían suprimido, sin ningún permiso del autor, una frase que nos les gustaba en su libro sobre la guerra de Navarra, un libro por lo demás ortodoxo. Censura por las bravas, sin anestesia. ¿Y estos mismos se atreven a hablar de pluralismo, de objetividad y de ciencia? Alucinados historiomaniacos, y además sinvergüenzas.
A Tomás Urzainqui Mina este congreso no le ha gustado ni un pelo. Ya en el título de su artículo lo tacha de “negacionista”. Y el calificativo se repite más de una vez. Negacionismo, si no me equivoco, es una palabra que comenzó a emplearse hace unos años para designar al conjunto de historiadores y grupos políticos que negaban que el holocausto de los judíos en la segunda guerra mundial hubiera tenido lugar, y que por tanto liberaban a los nazis de su principal y terrible crimen. El término está muy cargado de connotaciones políticas, y su intensidad emocional, como así se quiso, es muy alta. (El negacionismo, por cierto, es un delito en varios países europeos, sin ir más lejos en Francia.) Más tarde, y ya degradando y banalizando la acusación, algunos ecólatras han tildado de negacionistas a quienes aventuran cierto escepticismo sobre el cambio climático y sus efectos más o menos catastróficos en la salud de nuestro planeta.
Tirándose por la pendiente de la exageración, Urzainqui aprovecha el calificativo, con toda su carga emotiva, para, dentro de su visión de lo que aconteció en Navarra a partir de 1512, establecer una separación moral muy afilada entre los invasores castellanos, genocidas sin alma, y los pobres navarros (para él vascos, of course), entonces masacrados. Da igual que los guipuzcoanos y vizcaínos fueran parte esencial del ejército castellano que ocupó Navarra. Nada, pelillos a la mar, los españoles son unos asesinos y los navarros (vascos) unas víctimas, así, sin más.
El congreso no fue plural, según Urzainqui. ¡Pluralismo, más pluralismo!, brama en su artículo. Claro que la concepción del pluralismo que tiene este abogado, historiador en sus ratos libres -y que gasta una sintaxis y puntuación execrables-, peca de notorias limitaciones. Se asemeja a la pluralidad que conformaban, “dentro del Régimen”, las distintas familias del Movimiento en tiempos de Franco. O, para venir a estos tiempos, recuerda una aspiración vasca nacionalista de un futuro plural que vaya, como escribía hace muy poco Fernando Savater, “desde Tasio Erkicia en un extremo hasta Bernardo Atxaga en otro”. No más espectro (mucho menos, en realidad) cubren los historiadores navarros que cita Urzainqui, los “verdaderos” historiadores, que según él, no pudieron asistir al congreso de la pasada semana.
Porque para este destacado representante de la asociación Nabarralde, con ese pluralismo limitado basta y sobra. Los demás historiadores, por ejemplo los que estuvieron en el congreso, son no sólo representantes del “negacionismo subordinacionista” (sic), o de “la sordera del enquistado negacionismo”. Representan además “una concepción autoritaria y monopolista del poder”, están “escorados a una visión unilateral y sesgada desde un atrincherado presentismo, que les impide el sereno y pleno conocimiento de los hechos y de la historiografía generada en estos quinientos años”, y, en fin, únicamente representan al poder “que busca el apuntalamiento de su presente, evidentemente de sumisión y subordinación antidemocrática y antinavarra”. Ay, antinavarra… Suena igual que “antiespañola” o “antivasca”: insultos de nacionalista.
Si esa es la visión de Nabarralde de todos los que no piensan como ellos, ¿qué significa, en su boca, la aspiración a un congreso “plural y omnicomprensivo, de todas las corrientes historiográficas y el lugar de contraste de las diversas tesis existentes sobre la realidad de la conquista de Navarra”? Pues una broma, una broma delirante. El otro, el discrepante, es antinavarro, antivasco, negacionista, lacayo, sicario del poder, o todo al mismo tiempo, y además ¡ha perdido la serenidad! Con denuestos de tan grueso calibre, cuando uno está henchido hasta ese punto de su verdad, y abomina de tal manera de los que sostienen otras tesis, las apelaciones al pluralismo suenan meramente instrumentales, pura charlatanería.
El protagonista de La patria de todos los vascos, la estimable novela de Iban Zaldua, señala que Nabarralde es “una asociación de alucinados historiomaniacos que pretenden que Navarra fue el primer ‘Estado vasco’, y que insisten en llamar a los vizcaínos, por ejemplo, ‘navarros del oeste’”. Exactamente. Hace meses conté en este mismo blog cómo a uno de los historiadores nacioanlistas vascos que cita Urzainqui, estas mismas gentes de Nabarralde le habían suprimido, sin ningún permiso del autor, una frase que nos les gustaba en su libro sobre la guerra de Navarra, un libro por lo demás ortodoxo. Censura por las bravas, sin anestesia. ¿Y estos mismos se atreven a hablar de pluralismo, de objetividad y de ciencia? Alucinados historiomaniacos, y además sinvergüenzas.
25 marzo 2011
Manuel Hidalgo en la radio
Hace dos días, buscando una cita que me sonaba que podía hallarse en La escuela de Platón, un precioso librito de Fernando Savater, encontré de nuevo las páginas en que el autor rememoraba el momento en que, a sus trece años, dispuso al fin de un cuarto para él solo en el domicilio familiar de Madrid.
Yo también tengo mi recuerdo imborrable de una habitación propia, de un espacio para el refugio y el aislamiento. Sucedió a los quince años. Llevaba unos cuantos durmiendo en ese cuarto, pero sólo cuando, tras mucho insistir, conseguí que mis padres accedieran a poner una mesa en él, la habitación se convirtió en mía, en el lugar donde, a puerta cerrada, podía leer hasta tarde, y escuchar sin pausa la radio o los primeros vinilos en un tocadiscos monoaural, un Cosmo con tapa-altavoz-.
Hasta ese día había estudiado siempre en la mesa de la cocina, bien en medio del tráfago familiar, o bien por las noches, más en calma, mientras mis padres y hermana veían la televisión en el cuarto de estar (salón sería una palabra excesiva para denominar aquel habitáculo). Pero la mesa -en realidad una mesita sobre la que había estado seis años el televisor Lavis, con el que se accedía a un solo canal; el otro, el UHF, podía verse de ciento a viento- cambió todo. Podía estudiar en mi cuarto, y podía leer y leer todo lo que caía en mis manos, por horrible que fuera. Y es que no he leído nunca en la cama, y poquísimo en sofás. Siempre he preferido apoyar el libro sobre una mesa, pese mucho o poco.
Ya he dicho que la mesa, la libertad, la estupenda soledad, la puerta cerrada, el pequeño espacio recogido, también me permitían escuchar la radio. Armado con un pequeño transistor, buscaba con ahínco voces que calmaran mi ansia brutal de saber, de enterarme, de salir de la casi absoluta falta de estímulos culturales en que vivía mi familia feliz. No encontraba mucho, por descontado. El franquismo terminal imponía su ley de hierro y no había más emisoras en Navarra, me parece, que Radio Popular, la red de emisoras del Movimiento y Radio Requeté, asociada a la Ser. Todo se iba entre el radio hablado (noticiario que expedía el poder, de obligada conexión para todas las cadenas), concursos, programas edificantes, magacines insustanciales y músicas de parecido pelo –aunque es cierto que en este último campo se permitían modestas islas de modernidad-.
Con todo, pronto encontré en Radio Popular, y hecho en Pamplona, un programa semanal de cine que conducía Manuel Hidalgo. Yo era un loco cinéfilo, y Manuel Hidalgo (no sabía quién era, claro, ni que tenía apenas cuatro años más que yo, aunque a esas edades cuatro años son muchos) hablaba de las películas que se podían ver en Pamplona, en las salas comerciales o en los cineclubs. Eran películas que yo veía -porque me gastaba mis pocos dineros en entradas para el cine Carlos III, el Arrieta o el Aitor, y al cine club Lux entraba gratis-, y que los demorados análisis de Hidalgo iluminaban notablemente. Él tenía ya entonces una formación fílmica importante, o al menos así lo recuerdo, y yo, pegado al transistor para no molestar a mi familia, disfrutaba y aprendía con sus comentarios acerca de Cabaret, El Padrino o El discreto encanto de la burguesía, o del cine de Rhomer, Truffaut, Visconti o Saura.
Sus palabras, siempre tranquilas, y muy bien construidas y dichas, con esa magnífica voz que posee Hidalgo -no sé por qué no la ha aprovechado más en un medio en el que tantas veces se oyen tonos chillones y vulgares-, permitían abrirse en la pequeña ciudad a otra forma de mirar, a unos modos de comprender y estudiar las películas que multiplicaban gozosa y reflexivamente mis arrobamientos en las salas. Además, entre sus palabras, Manuel Hidalgo pinchaba unas músicas regias: lo mismo Mozart y Bach que folk americano o latinoamericano o catalán; músicas que no estaban ni por el forro en mi entorno sonoro doméstico o de amistades.
Hace años que conozco a Manuel Hidalgo, y en los últimos mese lo he visto con frecuencia por asuntos de trabajo. Pero nunca ha surgido la oportunidad de mencionar esta experiencia de juventud, que refulge en mi memoria. En su modestia, una de esas experiencias que ayudan a formar a alguien en un momento vital confuso y arrebatado, máxime si se tiene la tremenda sed de aprender que me abrasaba entonces, y que la habitación propia (los adolescentes la necesitan tanto o más que Virginia Woolf) y la soledad buscada hicieron posible. No recuerdo cuánto tiempo duró ese programa de Hidalgo, entonces un estudiante, pero le debo briznas, magníficas briznas, en lo mejor de mi formación cuando entonces.
“Como toda persona verdaderamente sociable, amo ese privilegio social por excelencia: el espacio de la soledad. Tener un lugar donde estar solo, con todo lo que uno ama, sabiendo que los demás están al alcance de la mano y oír o presentir el rumor amigo de sus almas. Tal es el sentido más enriquecedor que puede tener una casa, una familia y una comunidad. He sido afortunado pues la suerte (y esa otra forma suprema de suerte, el carácter) me ha permitido conocer y degustar este gozo”.
Yo también tengo mi recuerdo imborrable de una habitación propia, de un espacio para el refugio y el aislamiento. Sucedió a los quince años. Llevaba unos cuantos durmiendo en ese cuarto, pero sólo cuando, tras mucho insistir, conseguí que mis padres accedieran a poner una mesa en él, la habitación se convirtió en mía, en el lugar donde, a puerta cerrada, podía leer hasta tarde, y escuchar sin pausa la radio o los primeros vinilos en un tocadiscos monoaural, un Cosmo con tapa-altavoz-.
Hasta ese día había estudiado siempre en la mesa de la cocina, bien en medio del tráfago familiar, o bien por las noches, más en calma, mientras mis padres y hermana veían la televisión en el cuarto de estar (salón sería una palabra excesiva para denominar aquel habitáculo). Pero la mesa -en realidad una mesita sobre la que había estado seis años el televisor Lavis, con el que se accedía a un solo canal; el otro, el UHF, podía verse de ciento a viento- cambió todo. Podía estudiar en mi cuarto, y podía leer y leer todo lo que caía en mis manos, por horrible que fuera. Y es que no he leído nunca en la cama, y poquísimo en sofás. Siempre he preferido apoyar el libro sobre una mesa, pese mucho o poco.
Ya he dicho que la mesa, la libertad, la estupenda soledad, la puerta cerrada, el pequeño espacio recogido, también me permitían escuchar la radio. Armado con un pequeño transistor, buscaba con ahínco voces que calmaran mi ansia brutal de saber, de enterarme, de salir de la casi absoluta falta de estímulos culturales en que vivía mi familia feliz. No encontraba mucho, por descontado. El franquismo terminal imponía su ley de hierro y no había más emisoras en Navarra, me parece, que Radio Popular, la red de emisoras del Movimiento y Radio Requeté, asociada a la Ser. Todo se iba entre el radio hablado (noticiario que expedía el poder, de obligada conexión para todas las cadenas), concursos, programas edificantes, magacines insustanciales y músicas de parecido pelo –aunque es cierto que en este último campo se permitían modestas islas de modernidad-.
Con todo, pronto encontré en Radio Popular, y hecho en Pamplona, un programa semanal de cine que conducía Manuel Hidalgo. Yo era un loco cinéfilo, y Manuel Hidalgo (no sabía quién era, claro, ni que tenía apenas cuatro años más que yo, aunque a esas edades cuatro años son muchos) hablaba de las películas que se podían ver en Pamplona, en las salas comerciales o en los cineclubs. Eran películas que yo veía -porque me gastaba mis pocos dineros en entradas para el cine Carlos III, el Arrieta o el Aitor, y al cine club Lux entraba gratis-, y que los demorados análisis de Hidalgo iluminaban notablemente. Él tenía ya entonces una formación fílmica importante, o al menos así lo recuerdo, y yo, pegado al transistor para no molestar a mi familia, disfrutaba y aprendía con sus comentarios acerca de Cabaret, El Padrino o El discreto encanto de la burguesía, o del cine de Rhomer, Truffaut, Visconti o Saura.
Sus palabras, siempre tranquilas, y muy bien construidas y dichas, con esa magnífica voz que posee Hidalgo -no sé por qué no la ha aprovechado más en un medio en el que tantas veces se oyen tonos chillones y vulgares-, permitían abrirse en la pequeña ciudad a otra forma de mirar, a unos modos de comprender y estudiar las películas que multiplicaban gozosa y reflexivamente mis arrobamientos en las salas. Además, entre sus palabras, Manuel Hidalgo pinchaba unas músicas regias: lo mismo Mozart y Bach que folk americano o latinoamericano o catalán; músicas que no estaban ni por el forro en mi entorno sonoro doméstico o de amistades.
Hace años que conozco a Manuel Hidalgo, y en los últimos mese lo he visto con frecuencia por asuntos de trabajo. Pero nunca ha surgido la oportunidad de mencionar esta experiencia de juventud, que refulge en mi memoria. En su modestia, una de esas experiencias que ayudan a formar a alguien en un momento vital confuso y arrebatado, máxime si se tiene la tremenda sed de aprender que me abrasaba entonces, y que la habitación propia (los adolescentes la necesitan tanto o más que Virginia Woolf) y la soledad buscada hicieron posible. No recuerdo cuánto tiempo duró ese programa de Hidalgo, entonces un estudiante, pero le debo briznas, magníficas briznas, en lo mejor de mi formación cuando entonces.
“Como toda persona verdaderamente sociable, amo ese privilegio social por excelencia: el espacio de la soledad. Tener un lugar donde estar solo, con todo lo que uno ama, sabiendo que los demás están al alcance de la mano y oír o presentir el rumor amigo de sus almas. Tal es el sentido más enriquecedor que puede tener una casa, una familia y una comunidad. He sido afortunado pues la suerte (y esa otra forma suprema de suerte, el carácter) me ha permitido conocer y degustar este gozo”.
21 marzo 2011
No recuerdo
El otro día, cenando, un escritor me recomendó, entre otras películas, que viera El mundo según Barney. Pienso hacerle caso, porque está basada en una novela, que aquí se tituló La versión de Barney, del escritor canadiense Mordecai Richler. Yo la compré y leí inmediatamente cuando salió, hace diez años, en una edición de Mondadori que no tuvo ningún éxito, hasta el extremo de que, sospecho, gran parte de la tirada se destruyó pronto. Supongo que en algunas bibliotecas la tendrán. Ahora, con motivo del estreno de la película, la ha reeditado (con la misma traducción, excelente, de Miguel Martínez-Lage) una editorial pequeña, Sexto Piso, aunque a un precio, 27 euros, excesivo a todas luces.
Volví a casa el otro día, sin embargo, con una cierta pesadumbre, porque la verdad es que no recuerdo nada, o casi nada, de esta novela, diez años después. ¿Cuál es la trama? ¿De qué va? ¿Qué le pasa a Barney, sobre qué da su versión? Ni idea.
Sólo un punto tengo absolutamente claro en mi memoria: que disfruté mucho con La versión de Barney, que me pareció un libro excelente. Ese recuerdo sí es limpio, nítido.
Qué bien, voy a afrontar la relectura con renovada ilusión. Y con ese recuerdo, me basta para hacer la recomendación a cualquiera.
Volví a casa el otro día, sin embargo, con una cierta pesadumbre, porque la verdad es que no recuerdo nada, o casi nada, de esta novela, diez años después. ¿Cuál es la trama? ¿De qué va? ¿Qué le pasa a Barney, sobre qué da su versión? Ni idea.
Sólo un punto tengo absolutamente claro en mi memoria: que disfruté mucho con La versión de Barney, que me pareció un libro excelente. Ese recuerdo sí es limpio, nítido.
Qué bien, voy a afrontar la relectura con renovada ilusión. Y con ese recuerdo, me basta para hacer la recomendación a cualquiera.
15 marzo 2011
La insociable sociabilidad
Tertulia de Barañain. El mismo ambiente grato de siempre, la misma gente a la que tanto aprecio. Pero en los últimos tiempos mi participación en esta tertulia es muy intermitente. Y es que no quiero sentirme obligado a leer todos los libros propuestos, por muy equilibrada y atractiva que sea la lista que Jesús, el bibliotecario, ha preparado.
Con la cantidad de aspectos reglamentados que hay en mi vida, la de compromisos ineludibles que me asaltan o a los que no sé decir no, quiero preservar, en la lectura, un espacio para dejarme llevar por el humor del momento, por la llamada de la última novedad o, por el contrario, por el reclamo del libro totalmente inactual que alguien me ha sugerido, o que se cita no sé dónde y que en ese momento concreto se ajusta a mis intereses u obsesiones, al menos a priori (luego hay decepciones, claro, pero también gozos insólitos). Recuerdo con nostalgia esas remotos años en que leía a lo loco, sin plan ni obligaciones, moviéndome sin orden ni concierto por el anchuroso terreno de mis gustos.
Hoy hablamos en Barañain de El barón rampante, de Italo Calvino. Un libro maravilloso, mucho más entretenido, profundo y sutil de lo que lo recordaba. La vida aventurera de un héroe de los árboles (y es magnífica la manera en que Calvino procura siempre que la fantasía de sus andanzas conserve una buena dosis de verosimilitud), pero al mismo tiempo un texto muy contemporáneo, una parábola que ayuda a pensar en asuntos y sentimientos rabiosamente actuales.
El barón rampante admite mil aproximaciones. Pero en mi lectura de estos días he pensado mucho en el modo en que Cosimo, el barón que a los doce años decide vivir para siempre en los árboles, define su relación con los demás. Cosimo no es un eremita, ni un insociable amargado o altivo, ni alguien que haya decidido romper con su familia o con la gente de su pueblo, o que no quiera saber nada de quienes le visitan con los años, atraídos por su extraña forma de vida y su sabiduría. Es más, Cosimo participa activamente en la vida de su comunidad. Son varias las ocasiones en que su contribución es decisiva para resolver problemas que se les plantean a sus paisanos. Y está lleno de sueños reformistas, de planes de mejora social.
Pero ya desde que, casi niño, se sube a los árboles, Cosimo es un ser libre, un hombre que, como él mismo dice cuando su primer amor se aleja, resiste, que se reserva la posibilidad de estar o no estar, de aparecer o desaparecer, de acercarse o alejarse. Su obstinación por permanecer en los árboles toda su vida simboliza el empeño que le anima de no dejarse asimilar, de impedir que ninguna persona o grupo le domestique o atenace. Él va siempre a su aire, lo que no obsta para que siempre esté cerca, por ahí, rondando, cerca o lejos, yendo y viniendo por el limitado perímetro de sus dominios, los árboles a los que puede saltar.
Toda una lección moral.
“Como esta pasión que Cósimo siempre demostró por la vida asociada se conciliaba con su perpetua huida del consorcio civil, es algo que nunca he entendido bien, y sigue siendo una de las no menores singularidades de su carácter. Se diría que él, cuanto más decidido estaba a ocultarse entre las ramas, más sentía la necesidad de crear nuevas relaciones con el género humano. Pero aunque de vez en cuando se lanzase, en cuerpo y alma, a organizar una nueva sociedad, estableciendo meticulosamente los estatutos, las finalidades, la elección de los hombres más adecuados para cada cargo, nunca sus compañeros sabían hasta qué punto podían contar con él, cuándo y dónde podían encontrarlo, y cuándo se vería ganado repentinamente por su naturaleza de pájaro y no se dejaría atrapar más. Quizá, si es que se quiere reducir a un único impulso estas actitudes contradictorias, haya que pensar que él era igualmente enemigo de todo tipo de convivencia humana vigente en sus tiempos, y que por eso huía de todos, y se afanaba con obstinación por experimentar otros nuevos: pero ninguno de ellos le parecía justo y suficientemente distinto de los otros; de ahí sus continuos paréntesis de esquivez absoluta”.
Con la cantidad de aspectos reglamentados que hay en mi vida, la de compromisos ineludibles que me asaltan o a los que no sé decir no, quiero preservar, en la lectura, un espacio para dejarme llevar por el humor del momento, por la llamada de la última novedad o, por el contrario, por el reclamo del libro totalmente inactual que alguien me ha sugerido, o que se cita no sé dónde y que en ese momento concreto se ajusta a mis intereses u obsesiones, al menos a priori (luego hay decepciones, claro, pero también gozos insólitos). Recuerdo con nostalgia esas remotos años en que leía a lo loco, sin plan ni obligaciones, moviéndome sin orden ni concierto por el anchuroso terreno de mis gustos.
Hoy hablamos en Barañain de El barón rampante, de Italo Calvino. Un libro maravilloso, mucho más entretenido, profundo y sutil de lo que lo recordaba. La vida aventurera de un héroe de los árboles (y es magnífica la manera en que Calvino procura siempre que la fantasía de sus andanzas conserve una buena dosis de verosimilitud), pero al mismo tiempo un texto muy contemporáneo, una parábola que ayuda a pensar en asuntos y sentimientos rabiosamente actuales.
El barón rampante admite mil aproximaciones. Pero en mi lectura de estos días he pensado mucho en el modo en que Cosimo, el barón que a los doce años decide vivir para siempre en los árboles, define su relación con los demás. Cosimo no es un eremita, ni un insociable amargado o altivo, ni alguien que haya decidido romper con su familia o con la gente de su pueblo, o que no quiera saber nada de quienes le visitan con los años, atraídos por su extraña forma de vida y su sabiduría. Es más, Cosimo participa activamente en la vida de su comunidad. Son varias las ocasiones en que su contribución es decisiva para resolver problemas que se les plantean a sus paisanos. Y está lleno de sueños reformistas, de planes de mejora social.
Pero ya desde que, casi niño, se sube a los árboles, Cosimo es un ser libre, un hombre que, como él mismo dice cuando su primer amor se aleja, resiste, que se reserva la posibilidad de estar o no estar, de aparecer o desaparecer, de acercarse o alejarse. Su obstinación por permanecer en los árboles toda su vida simboliza el empeño que le anima de no dejarse asimilar, de impedir que ninguna persona o grupo le domestique o atenace. Él va siempre a su aire, lo que no obsta para que siempre esté cerca, por ahí, rondando, cerca o lejos, yendo y viniendo por el limitado perímetro de sus dominios, los árboles a los que puede saltar.
Toda una lección moral.
“Como esta pasión que Cósimo siempre demostró por la vida asociada se conciliaba con su perpetua huida del consorcio civil, es algo que nunca he entendido bien, y sigue siendo una de las no menores singularidades de su carácter. Se diría que él, cuanto más decidido estaba a ocultarse entre las ramas, más sentía la necesidad de crear nuevas relaciones con el género humano. Pero aunque de vez en cuando se lanzase, en cuerpo y alma, a organizar una nueva sociedad, estableciendo meticulosamente los estatutos, las finalidades, la elección de los hombres más adecuados para cada cargo, nunca sus compañeros sabían hasta qué punto podían contar con él, cuándo y dónde podían encontrarlo, y cuándo se vería ganado repentinamente por su naturaleza de pájaro y no se dejaría atrapar más. Quizá, si es que se quiere reducir a un único impulso estas actitudes contradictorias, haya que pensar que él era igualmente enemigo de todo tipo de convivencia humana vigente en sus tiempos, y que por eso huía de todos, y se afanaba con obstinación por experimentar otros nuevos: pero ninguno de ellos le parecía justo y suficientemente distinto de los otros; de ahí sus continuos paréntesis de esquivez absoluta”.
02 marzo 2011
¿Estamos seguros de nuestro pasado?
“No somos dueños de nada, ni siquiera de nuestro pasado. Todo lo que hemos vivido y que tendemos a considerar como una adquisición definitiva, inmutable, está constantemente amenazado por nuestro presente, por nuestro futuro”, escribió Julio Ramón Ribeyro en sus Prosas apátridas.
Al leer Pilar Donoso los diarios y las cartas de su padre, José Donoso, el escritor chileno, así como lo que dejó escrito su madre, Pilar Serrano, sucedió que muchos recuerdos que tenía de su vida familiar, muchas imágenes cristalizadas en su memoria, sufrieron una brutal sacudida. La tarea subsiguiente de transcribir, ordenar y dar a conocer esa enorme cantidad de documentos personales, con frecuencia muy íntimos, que hizo “tratando de conservar cierta objetividad (…), dándole forma al dolor, a la admiración, al desconcierto e incluso al temor” que le produjo descubrir que había vivido veintiocho años al lado de alguien a quien había creído conocer muy bien, pero de quien descubría muchas máscaras más de las que le suponía, ha dado como resultado Correr el tupido velo, que Alfaguara publicó en España hace unos meses, y que ahora leo.
Es un libro apasionante, por lo que enseña sobre muchos sentimientos humanos, pero también sobre las obsesiones y las ideas literarias de un gran escritor, como lo fue el chileno Donoso. Un libro que tiene muchísimas facetas de interés, pero que arranca con esa perplejidad de la hija que experimenta dolorosamente que en cualquier momento de nuestra vida pueden surgir datos nuevos que harán tambalearse aquello que teníamos ya consolidado en nuestra memoria.
Al leer Pilar Donoso los diarios y las cartas de su padre, José Donoso, el escritor chileno, así como lo que dejó escrito su madre, Pilar Serrano, sucedió que muchos recuerdos que tenía de su vida familiar, muchas imágenes cristalizadas en su memoria, sufrieron una brutal sacudida. La tarea subsiguiente de transcribir, ordenar y dar a conocer esa enorme cantidad de documentos personales, con frecuencia muy íntimos, que hizo “tratando de conservar cierta objetividad (…), dándole forma al dolor, a la admiración, al desconcierto e incluso al temor” que le produjo descubrir que había vivido veintiocho años al lado de alguien a quien había creído conocer muy bien, pero de quien descubría muchas máscaras más de las que le suponía, ha dado como resultado Correr el tupido velo, que Alfaguara publicó en España hace unos meses, y que ahora leo.
Es un libro apasionante, por lo que enseña sobre muchos sentimientos humanos, pero también sobre las obsesiones y las ideas literarias de un gran escritor, como lo fue el chileno Donoso. Un libro que tiene muchísimas facetas de interés, pero que arranca con esa perplejidad de la hija que experimenta dolorosamente que en cualquier momento de nuestra vida pueden surgir datos nuevos que harán tambalearse aquello que teníamos ya consolidado en nuestra memoria.
28 febrero 2011
Pensamiento positivo
Hoy hemos sabido que Uxue Barkos, la diputada y concejala de Nabai, padece un cáncer de mama. Y hace unos días Esperanza Aguirre también anunció que sufría la misma dolencia. Ambas han declarado que se retiran “unos días” para someterse a la operación y al tratamiento que necesitan. Pero que enseguida, eso, en unos días, están de vuelta en la lucha política.
¿Unos días? ¿Cómo el que tiene una gripe y falta una semana al trabajo?
Ojalá fuera cierto, lo digo de verdad, y seguro que hay casos donde así sucede efectivamente. Pero en la experiencia de muchas mujeres, las cosas no son así ni por el forro. Muchos tipos de cáncer se curan, o al menos se curan para tantos años que, entre medio, pueden sobrevenir otras enfermedades, otras ocasiones de muerte. Pero en general los tratamientos y las curaciones llevan tiempo, incluso mucho tiempo. Y en ese transcurso las y los enfermos de algún cáncer sienten, por ejemplo, terror, rabia, muchísimas incomodidades, profunda tristeza; y su equilibrio psicológico se tambalea, porque su vida ha sufrido un seísmo de gran magnitud.
En ese anuncio de las políticas de que la cosa se solucionará “en unos días” puede haber valentía, esperanza, optimismo. Vamos, pensamientos positivos. Y está muy bien sentir todo eso. Está muy bien que la vida te haya regalado la enorme suerte de una personalidad positiva. Y siempre es preferible y loable tener esperanza y fuerza en el trago.
Pero, por favor, no caigamos en la crítica implícita, o en la culpabilización, de todas aquellas personas enfermas que se sienten muy, muy desgraciadas, al menos unos meses de su vida, que sufren por los efectos secundarios. En fin, que aunque quisieran, no consiguen en absoluto sentirse alegres ni “positivas”.
De eso hablaba el otro día Elvira Lindo. Mucho cuidado con el pensamiento positivo obligatorio.
¿Unos días? ¿Cómo el que tiene una gripe y falta una semana al trabajo?
Ojalá fuera cierto, lo digo de verdad, y seguro que hay casos donde así sucede efectivamente. Pero en la experiencia de muchas mujeres, las cosas no son así ni por el forro. Muchos tipos de cáncer se curan, o al menos se curan para tantos años que, entre medio, pueden sobrevenir otras enfermedades, otras ocasiones de muerte. Pero en general los tratamientos y las curaciones llevan tiempo, incluso mucho tiempo. Y en ese transcurso las y los enfermos de algún cáncer sienten, por ejemplo, terror, rabia, muchísimas incomodidades, profunda tristeza; y su equilibrio psicológico se tambalea, porque su vida ha sufrido un seísmo de gran magnitud.
En ese anuncio de las políticas de que la cosa se solucionará “en unos días” puede haber valentía, esperanza, optimismo. Vamos, pensamientos positivos. Y está muy bien sentir todo eso. Está muy bien que la vida te haya regalado la enorme suerte de una personalidad positiva. Y siempre es preferible y loable tener esperanza y fuerza en el trago.
Pero, por favor, no caigamos en la crítica implícita, o en la culpabilización, de todas aquellas personas enfermas que se sienten muy, muy desgraciadas, al menos unos meses de su vida, que sufren por los efectos secundarios. En fin, que aunque quisieran, no consiguen en absoluto sentirse alegres ni “positivas”.
De eso hablaba el otro día Elvira Lindo. Mucho cuidado con el pensamiento positivo obligatorio.
26 febrero 2011
Aguirre, el magnífico
Al comienzo de Aguirre, el magnífico, cuenta Manuel Vicent que Jesús Aguirre, en 1985, siendo ya Duque de Alba, se lo presentó al Rey diciéndole: “Majestad, le presento a mi futuro biógrafo” –a lo cual, por cierto, el Rey contestó, carcajeándose: “Coño, Jesús, pues como lo cuente todo, vas aviado”.
Veinticinco años después, Vicent ha publicado este libro, que no es desde luego una biografía, pero que que pivota alrededor de la figura de Jesús Aguirre, un personaje verdaderamente llamativo. Y creo que digo bien al llamarle personaje porque en Aguirre hubo siempre, allí por donde pasó, un juego de representaciones teatrales, máscaras, histrionismos, ocultaciones e imposturas, de modo que nadie, o casi nadie, podía distinguir, entre tantas brumas y veras, su auténtica personalidad, sus ambiciones, dolores y sentimientos más genuinos.
Sobre este hijo de madre soltera, que estudió en Alemania en los años cincuenta gracias a la ayuda de algunos ricos, ordenado sacerdote en los años sesenta, secularizado al acabar la década, y que se erigió en personaje clave de la edición de ensayos de calidad en España (en una época gloriosa de la editorial Taurus), leí elogios casi hiperbólicos ya en los primeros setenta en varios lugares, por ejemplo en la revista Triunfo o en el primer libro de Fernando Savater, loas insertas en pasajes que entonces ya citaban su vasta cultura y su lengua afilada. Con la Transición, Jesús Aguirre fue nombrado Director General de Música en el primer gobierno de la UCD, en 1977, lo que le sirvió, entre otras cosas, de trampolín para intimar con la Duquesa de Alba, hasta el punto de enamorarla y casarse con ella, y por tanto convertirse en Duque de Alba hasta su muerte, en 2001. Y todo ello mientras mantenía, toda su vida, relaciones homosexuales más o menos constantes y apenas discretas. (Juan García Hortelano, dice Vicent, le advirtió un día: “Jesús, tú no eres Duque de Alba. En realidad sólo has conseguido la beca Alba y si te vas de la lengua y no te portas bien, te la van a quitar”. Y eso que Aguirre se había metido tanto en el personaje aristocrático que, por ejemplo, al despedirse esa misma velada le dijo a Hortelano: “Mañana parto para el Milanesado”. ¡Como si fuera un duque del Medievo o del Renacimiento!)
Ya he dicho que Vicent no ha escrito una biografía, ni por asomo. Más bien ha recopilado una sucesión de estampas, en bastantes de las cuales, eso sí, Aguirre es el eje. Vicent fue testigo de algunas, y de otras no sabemos si ha hecho una reconstrucción fidedigna o se ha dejado llevar por la pulsión ficcional. Pero además de Aguirre, hay en el libro otros personajes (sin ir más lejos, el mismo Vicent, joven indeciso y un poco desorientado, la galerista Juana Mordó o una supuesta novia de entonces, Vicky Lobo, que más parece un arquetipo o resumen de muchas mujeres de la Transición), y varios pasajes donde Vicent ensaya una crónica muy sintética del momento político y social de España entre los 50 y los 80.
Con esta mezcolanza, el libro pierde fuerza. De hecho, esa misma sensación me asaltó hace años leyendo otros libros aproximadamente memorialísticos de Vicent, como Tranvía a la Malvarrosa o Jardín de Villa Valeria. Su estilo es muy poderoso, pero lo que funciona de maravilla en una columna, un relato de viajes o un retrato de alguien en tres folios, géneros en los que Vicent es un maestro, no sirve igual para un libro. Y los libros de Vicent acaban descoyuntados, porque el estilo no lo salva todo, no es suficiente para armar un gran libro.
Además, Aguirre, el magnífico tiene fragmentos donde Vicent suena a ya leído, como esos de ambiente o síntesis de época, y otros que, valiosos aisladamente, no acaban de tener pleno sentido en el conjunto. Es más, ese fluir de la memoria del autor parece querer establecer unas relaciones entre sucesos sociopolíticos y avatares biográficos de Aguirre que, en mi opinión, distan mucho de estar claras. Esas páginas de Vicente donde resume en pocos párrafos la historia de España son, insisto, como sus columnas. Pero aquí sobran.
Porque sobre la vida y las actitudes de Aguirre, que habrían bastado para llenar el libro, caben mejor interpretaciones psicológicas, o psicoanalíticas, que sociopolíticas. Su origen, en un ambiente cerradamente tradicional, como hijo de una madre soltera que debe pedir ayudas varias para que su hijo estudie, lo que no obsta para que Aguirre la desdeñe y casi oculte en sus épocas más rutilantes; la ausencia radical y despreocupada del padre, que tanto le afectó; su vanidad y afectación desatadas, o, sobre todo, su tremenda ambición de ascenso social, que no cejó ni siquiera al alcanzar la cumbre en la casa de Alba, son aspectos de una personalidad compleja, muy compleja, que los retazos que construye Vicent, por desopilantes o llamativos que sean, no alcanzan a describir cabalmente.
Porque el cura y duque fue muchas cosas más. Jesús Aguirre, me parece, se le ha escapado vivo al autor. Y no sólo porque él fuera un maestro en ocultarse, un especialista en escapismos, un enigma tras su brillantez verbal y social, sino porque Vicent quería otra cosa, montar un discontinuo retablo esperpéntico, y no un verdadero intento de comprender y explicar a Jesús Aguirre en todas sus facetas, incluso, que las hubo, en las más nobles o menos grotescas. (Al margen: no hay casi nada en el texto sobre los años en que, mucho antes de acabar los ochenta, pareció habérselo tragado la tierra. No publicó ningún libro más, dejó de ver, parece, a todos sus antiguos amigos, y se sumergió en otro mundo, o en otras ocupaciones. ¿Qué pasó? ¿Qué sintió e hizo en esos últimos quince años de su vida? ¿Estuvo deprimido? ¿Su matrimonio se hundió? ¿Siguió escribiendo, aunque no publicara? No sabemos nada, y desde luego Vicent casi no ha entrado en ese periodo en que él ya no lo trató.)
A Vicent le ha quedado, no obstante, un libro en general entretenido, que contiene anécdotas muy jugosas, episodios esperpénticos divertidos, y algunas frases, de Aguirre, o de sus “amigos”, que muestran un ingenio y una malicia en el uso del verbo que a los lectores nos hacen pasar un buen rato. Lástima que con todo ello no alcance para un libro de más calado.
Veinticinco años después, Vicent ha publicado este libro, que no es desde luego una biografía, pero que que pivota alrededor de la figura de Jesús Aguirre, un personaje verdaderamente llamativo. Y creo que digo bien al llamarle personaje porque en Aguirre hubo siempre, allí por donde pasó, un juego de representaciones teatrales, máscaras, histrionismos, ocultaciones e imposturas, de modo que nadie, o casi nadie, podía distinguir, entre tantas brumas y veras, su auténtica personalidad, sus ambiciones, dolores y sentimientos más genuinos.
Sobre este hijo de madre soltera, que estudió en Alemania en los años cincuenta gracias a la ayuda de algunos ricos, ordenado sacerdote en los años sesenta, secularizado al acabar la década, y que se erigió en personaje clave de la edición de ensayos de calidad en España (en una época gloriosa de la editorial Taurus), leí elogios casi hiperbólicos ya en los primeros setenta en varios lugares, por ejemplo en la revista Triunfo o en el primer libro de Fernando Savater, loas insertas en pasajes que entonces ya citaban su vasta cultura y su lengua afilada. Con la Transición, Jesús Aguirre fue nombrado Director General de Música en el primer gobierno de la UCD, en 1977, lo que le sirvió, entre otras cosas, de trampolín para intimar con la Duquesa de Alba, hasta el punto de enamorarla y casarse con ella, y por tanto convertirse en Duque de Alba hasta su muerte, en 2001. Y todo ello mientras mantenía, toda su vida, relaciones homosexuales más o menos constantes y apenas discretas. (Juan García Hortelano, dice Vicent, le advirtió un día: “Jesús, tú no eres Duque de Alba. En realidad sólo has conseguido la beca Alba y si te vas de la lengua y no te portas bien, te la van a quitar”. Y eso que Aguirre se había metido tanto en el personaje aristocrático que, por ejemplo, al despedirse esa misma velada le dijo a Hortelano: “Mañana parto para el Milanesado”. ¡Como si fuera un duque del Medievo o del Renacimiento!)
Ya he dicho que Vicent no ha escrito una biografía, ni por asomo. Más bien ha recopilado una sucesión de estampas, en bastantes de las cuales, eso sí, Aguirre es el eje. Vicent fue testigo de algunas, y de otras no sabemos si ha hecho una reconstrucción fidedigna o se ha dejado llevar por la pulsión ficcional. Pero además de Aguirre, hay en el libro otros personajes (sin ir más lejos, el mismo Vicent, joven indeciso y un poco desorientado, la galerista Juana Mordó o una supuesta novia de entonces, Vicky Lobo, que más parece un arquetipo o resumen de muchas mujeres de la Transición), y varios pasajes donde Vicent ensaya una crónica muy sintética del momento político y social de España entre los 50 y los 80.
Con esta mezcolanza, el libro pierde fuerza. De hecho, esa misma sensación me asaltó hace años leyendo otros libros aproximadamente memorialísticos de Vicent, como Tranvía a la Malvarrosa o Jardín de Villa Valeria. Su estilo es muy poderoso, pero lo que funciona de maravilla en una columna, un relato de viajes o un retrato de alguien en tres folios, géneros en los que Vicent es un maestro, no sirve igual para un libro. Y los libros de Vicent acaban descoyuntados, porque el estilo no lo salva todo, no es suficiente para armar un gran libro.
Además, Aguirre, el magnífico tiene fragmentos donde Vicent suena a ya leído, como esos de ambiente o síntesis de época, y otros que, valiosos aisladamente, no acaban de tener pleno sentido en el conjunto. Es más, ese fluir de la memoria del autor parece querer establecer unas relaciones entre sucesos sociopolíticos y avatares biográficos de Aguirre que, en mi opinión, distan mucho de estar claras. Esas páginas de Vicente donde resume en pocos párrafos la historia de España son, insisto, como sus columnas. Pero aquí sobran.
Porque sobre la vida y las actitudes de Aguirre, que habrían bastado para llenar el libro, caben mejor interpretaciones psicológicas, o psicoanalíticas, que sociopolíticas. Su origen, en un ambiente cerradamente tradicional, como hijo de una madre soltera que debe pedir ayudas varias para que su hijo estudie, lo que no obsta para que Aguirre la desdeñe y casi oculte en sus épocas más rutilantes; la ausencia radical y despreocupada del padre, que tanto le afectó; su vanidad y afectación desatadas, o, sobre todo, su tremenda ambición de ascenso social, que no cejó ni siquiera al alcanzar la cumbre en la casa de Alba, son aspectos de una personalidad compleja, muy compleja, que los retazos que construye Vicent, por desopilantes o llamativos que sean, no alcanzan a describir cabalmente.
Porque el cura y duque fue muchas cosas más. Jesús Aguirre, me parece, se le ha escapado vivo al autor. Y no sólo porque él fuera un maestro en ocultarse, un especialista en escapismos, un enigma tras su brillantez verbal y social, sino porque Vicent quería otra cosa, montar un discontinuo retablo esperpéntico, y no un verdadero intento de comprender y explicar a Jesús Aguirre en todas sus facetas, incluso, que las hubo, en las más nobles o menos grotescas. (Al margen: no hay casi nada en el texto sobre los años en que, mucho antes de acabar los ochenta, pareció habérselo tragado la tierra. No publicó ningún libro más, dejó de ver, parece, a todos sus antiguos amigos, y se sumergió en otro mundo, o en otras ocupaciones. ¿Qué pasó? ¿Qué sintió e hizo en esos últimos quince años de su vida? ¿Estuvo deprimido? ¿Su matrimonio se hundió? ¿Siguió escribiendo, aunque no publicara? No sabemos nada, y desde luego Vicent casi no ha entrado en ese periodo en que él ya no lo trató.)
A Vicent le ha quedado, no obstante, un libro en general entretenido, que contiene anécdotas muy jugosas, episodios esperpénticos divertidos, y algunas frases, de Aguirre, o de sus “amigos”, que muestran un ingenio y una malicia en el uso del verbo que a los lectores nos hacen pasar un buen rato. Lástima que con todo ello no alcance para un libro de más calado.
21 febrero 2011
A menos
El otro día leí con interés una página del Diario de Navarra que analizaba el fracaso de José Antonio Camacho como entrenador del Osasuna. Entre otras cosas, el periodista, J. M. Esparza, resumía y ponía en claro comentarios que, de forma más discreta, ya habían ido apareciendo estos años pasados en los medios locales.
El periodista acusaba a Camacho de haber sido un vago en Pamplona. El de Cieza vino con mucho nombre, pero los jugadores pronto comprobaron con estupor que no preparaba los partidos, no daba instrucciones de estrategia y les solicitaba directamente que se autoorganizaran en el campo. “Sois profesionales y sabéis qué debéis hacer”, les decía. Con Camacho se instaló tal ambiente de flojera en los entrenamientos y en la preparación de los partidos que al final de su primera temporada todos los jugadores ya pidieron al presidente que lo echara.
No sé si las cosas sucedieron exactamente así. No soy ahora tan forofo como para haber seguido el asunto en detalle. Pero me interesa mucho la historia. En primer lugar como un ejemplo, muy verosímil, del fenómeno de la impostura, del abismo entre la imagen pública y la actuación privada y real de muchos personajes notorios.
Por no salir del terreno del deporte, así a botepronto me acuerdo de dos ejemplos un tanto extremos. En una película del siempre interesante Mario Camus, La vieja música, un entrenador de baloncesto con un supuesto prestigio notable en ligas norteamericanas llega a Lugo a dirigir al equipo local, y su segundo, su ayudante, descubre pronto que en realidad es un tipo que no tiene ni idea de cómo entrenar, que estamos ante un hombre que, bajo su seriedad y su prestancia, esconde una ignorancia absoluta del baloncesto. Más recientemente, otra película, Damned United, cuenta la historia de un entrenador de brillante trayectoria hasta que, sin la ayuda decisivo de su segundo, que se ha hartado de él, comprende aterrado que también carece de cualquier idea clara sobre lo que debe hacer con el Leed United, y fracasa con estrépito. Claro que en Osasuna la contribución del ayudante no ha sido tal: el segundo de Camacho, Pepe Carcelén, ha tenido todavía más fama de vago y jacarandoso que el murciano.
El episodio de Camacho tiene otra vertiente que me interesa más. Camacho fue de joven un gran lateral, trabajador, peleón, seguro, pero su trayectoria como entrenador, muy prometedora en sus inicios, dibuja con los años una pronunciada cuesta abajo, un declive que parece imparable.
¿Cuánta gente que conozco no va sufriendo una evolución similar a la de Camacho, de camino hacia versiones de sí mismo progresivamente peores? ¿Cuánta gente no es menos conforme pasan los años? Dejando de lado el inevitable declive físico, ¿cuánta gente tenía, o lo parecía al menos, más fuerza vital de joven, más arrojo, más curiosidad, más interés y más ganas de hacer cosas?
El periodista acusaba a Camacho de haber sido un vago en Pamplona. El de Cieza vino con mucho nombre, pero los jugadores pronto comprobaron con estupor que no preparaba los partidos, no daba instrucciones de estrategia y les solicitaba directamente que se autoorganizaran en el campo. “Sois profesionales y sabéis qué debéis hacer”, les decía. Con Camacho se instaló tal ambiente de flojera en los entrenamientos y en la preparación de los partidos que al final de su primera temporada todos los jugadores ya pidieron al presidente que lo echara.
No sé si las cosas sucedieron exactamente así. No soy ahora tan forofo como para haber seguido el asunto en detalle. Pero me interesa mucho la historia. En primer lugar como un ejemplo, muy verosímil, del fenómeno de la impostura, del abismo entre la imagen pública y la actuación privada y real de muchos personajes notorios.
Por no salir del terreno del deporte, así a botepronto me acuerdo de dos ejemplos un tanto extremos. En una película del siempre interesante Mario Camus, La vieja música, un entrenador de baloncesto con un supuesto prestigio notable en ligas norteamericanas llega a Lugo a dirigir al equipo local, y su segundo, su ayudante, descubre pronto que en realidad es un tipo que no tiene ni idea de cómo entrenar, que estamos ante un hombre que, bajo su seriedad y su prestancia, esconde una ignorancia absoluta del baloncesto. Más recientemente, otra película, Damned United, cuenta la historia de un entrenador de brillante trayectoria hasta que, sin la ayuda decisivo de su segundo, que se ha hartado de él, comprende aterrado que también carece de cualquier idea clara sobre lo que debe hacer con el Leed United, y fracasa con estrépito. Claro que en Osasuna la contribución del ayudante no ha sido tal: el segundo de Camacho, Pepe Carcelén, ha tenido todavía más fama de vago y jacarandoso que el murciano.
El episodio de Camacho tiene otra vertiente que me interesa más. Camacho fue de joven un gran lateral, trabajador, peleón, seguro, pero su trayectoria como entrenador, muy prometedora en sus inicios, dibuja con los años una pronunciada cuesta abajo, un declive que parece imparable.
¿Cuánta gente que conozco no va sufriendo una evolución similar a la de Camacho, de camino hacia versiones de sí mismo progresivamente peores? ¿Cuánta gente no es menos conforme pasan los años? Dejando de lado el inevitable declive físico, ¿cuánta gente tenía, o lo parecía al menos, más fuerza vital de joven, más arrojo, más curiosidad, más interés y más ganas de hacer cosas?
18 febrero 2011
Post-it
“Te ha llamado Magaly Marín”. Tengo un post-it sobre mi mesa de trabajo desde hace diez días que empieza así. Magaly, siempre tan amable, quería hablar conmigo de un asunto no muy urgente. A los dos días me la encontré en la calle y cruzamos tres palabras, porque ambos llevábamos prisa, y quedamos en ver cuándo podíamos charlar con más calma de lo que había motivado su llamada. No será posible. Esa misma jornada Magaly tuvo un ataque que la dejó agonizante, y a los tres días murió.
No me decido a tirar el post-it. No sé muy bien por qué, pero ahí lo tengo, inútil a estas alturas.
Hoy, al comienzo de una crítica de cine, leo en El País que “nuestras vidas penden de un hilo. Por mucho que nos aferremos al control, a la estabilidad, a la seguridad que nos ofrecen ciertos detalles de nuestro entorno, todo se puede ir a pique por un golpe del destino, por el azar, por un par de segundos arriba o abajo”.
Esto, ya sé, es un tópico, ese tipo de generalidades ciertas pero inevitablemente manidas. Sin embargo, yo miro con frecuencia el post-it.
No me decido a tirar el post-it. No sé muy bien por qué, pero ahí lo tengo, inútil a estas alturas.
Hoy, al comienzo de una crítica de cine, leo en El País que “nuestras vidas penden de un hilo. Por mucho que nos aferremos al control, a la estabilidad, a la seguridad que nos ofrecen ciertos detalles de nuestro entorno, todo se puede ir a pique por un golpe del destino, por el azar, por un par de segundos arriba o abajo”.
Esto, ya sé, es un tópico, ese tipo de generalidades ciertas pero inevitablemente manidas. Sin embargo, yo miro con frecuencia el post-it.
25 enero 2011
Sukkwan Island
Un padre de mediana edad y un hijo que todavía, a sus trece años, no ha entrado en la adolescencia. Una cabaña muy aislada en Alaska, un lugar en el que la naturaleza impone elevadas exigencias. Para el padre, un retiro anhelado, la esperanza de regeneración, un entorno en que recuperar la serenidad, el equilibrio. El hijo, en cambio, no entiende bien el sentido de la aventura. El lugar lo atemoriza, las dificultades que plantea vivir en él saltan a la vista nada más llegar. Sólo ha aceptado estar ahí por los ruegos paternos. Tal vez, piensa en los mejores momentos, las cosas salgan más o menos bien. Pero su confianza, ya de entrada, es muy débil. Y eso que quiere ser útil, agradar a su padre; lo último que quisiera sería decepcionarle, aumentar su aflicción.
Pero nadie puede huir de sí mismo. Allá donde va, uno se lleva consigo, y el cambio de escenario, o la aventura romántica de sobrevivir en un entorno inhóspito, no arreglan nada cuando el dolor es muy hondo y uno lo acarrea por donde se mueva, da igual que sea una ciudad o ese paraje donde han acabado este padre y su hijo.
¿Cómo afecta a un chico la angustia incesante de su padre, la confusión desesperada? ¿Hasta qué punto le va minando al casi niño el descontrol paterno? Un chaval necesita confiar en su progenitor, sentirse seguro con él, saber que ha previsto las contingencias posibles, y sobre todo sentir la cálida tranquilidad que surge de la certeza de que el adulto tiene la madurez superior, de que posee las claves del vivir. Bien al contrario, en Sukkwan Island asistimos a la escenificación del daño que un padre brutalmente ensimismado, confundido y vacilante puede causar a su hijo.
David Vann, el autor, ha contado que su padre le pidió, cuando él tenía trece años, que lo acompañara durante una temporada en Alaska, en un paraje remoto y aislado. Él no quiso. Su padre se fue solo, y poco tiempo después se suicidó. La culpa ha perseguido desde entonces al escritor. ¿Qué habría pasado si hubieran ido juntos? Esa posibilidad desató su imaginación. El resultado se explora en este libro. Un texto que no hubiera valido nada, por supuesto, si el autor no hubiera sabido convertir su especulación, su juego imaginativo, en materia literaria de la más alta calidad.
Pero nadie puede huir de sí mismo. Allá donde va, uno se lleva consigo, y el cambio de escenario, o la aventura romántica de sobrevivir en un entorno inhóspito, no arreglan nada cuando el dolor es muy hondo y uno lo acarrea por donde se mueva, da igual que sea una ciudad o ese paraje donde han acabado este padre y su hijo.
¿Cómo afecta a un chico la angustia incesante de su padre, la confusión desesperada? ¿Hasta qué punto le va minando al casi niño el descontrol paterno? Un chaval necesita confiar en su progenitor, sentirse seguro con él, saber que ha previsto las contingencias posibles, y sobre todo sentir la cálida tranquilidad que surge de la certeza de que el adulto tiene la madurez superior, de que posee las claves del vivir. Bien al contrario, en Sukkwan Island asistimos a la escenificación del daño que un padre brutalmente ensimismado, confundido y vacilante puede causar a su hijo.
David Vann, el autor, ha contado que su padre le pidió, cuando él tenía trece años, que lo acompañara durante una temporada en Alaska, en un paraje remoto y aislado. Él no quiso. Su padre se fue solo, y poco tiempo después se suicidó. La culpa ha perseguido desde entonces al escritor. ¿Qué habría pasado si hubieran ido juntos? Esa posibilidad desató su imaginación. El resultado se explora en este libro. Un texto que no hubiera valido nada, por supuesto, si el autor no hubiera sabido convertir su especulación, su juego imaginativo, en materia literaria de la más alta calidad.
22 enero 2011
Txelis
En 1980 me matriculé en filosofía en la Universidad del País Vasco, en San Sebastián. Yo había terminado una diplomatura en Pamplona, y fui a Donosti a engancharme con la que fue primera promoción de esa facultad. El impacto inicial al ver el edificio universitario, el día de la inscripción, resultó considerable. Aquellos muros se caían a pedazos. Y cuando comenzaron las clases, a finales de octubre, el panorama era mucho peor. Subíamos al alto de Zorroaga, al final de Anoeta, por una carretera miserable, hasta llegar a un yerbín descuidado donde cada uno aparcaba como podía, y que en aquellos días otoñales y lluviosos ya era un barrizal. En el edificio entraba el agua a chorros en más de un lugar, y en las clases algunas ventanas no tenían cristal. Recuerdo muy bien, por ejemplo, a Fernando Savater dando sus soberbias clases, impecablemente vestido, tras despojarse de su capa y de su gorra, y cómo mientras hablaba movía sus blancas y finas manos, en las que lucía dos o tres anillos. Pero nosotros veíamos que sus zapatos estaban perdidos de barro. Marca de la casa, o del lugar.
En esos años de Zorroaga, en realidad, poco nos importaba todo eso. Nos bastaba con disfrutar intensamente de lo que nos contaban los profesores, y que nosotros sorbíamos con avidez. La filosofía era en esas clases algo tan vivo y cautivador que salíamos pletóricos, vitaminados y en ebullición, deseando sumergirnos en interminables conversaciones que prolongaran el discurso docente, y en libros y más libros que nos esperaban y que necesitábamos leer.
En ese grupo de alumnos, Txelis ejercía aquellos primeros meses de líder indiscutible. Txelis, así sin más. Tardé tiempo en saber que se llamaba José Luis Álvarez Santacristina. Nadie lo había elegido para nada, pero él tenía madera de jefe y parecía nuestro delegado, la voz natural y autorizada de los estudiantes. Sólo hablaba en euskera (una vez le oí hablar en castellano, pero fue en una librería donde él acompañaba a una señora mayor), y sin embargo intervenía en todas las clases, aunque los profesores no entendieran nada de lo que les decía, y aunque un cuarenta o un cincuenta por ciento de sus compañeros tampoco nos enteráramos, o sólo parcialmente. En mangas de camisa en pleno invierno, mayor que nosotros (ahora sé que había sido seminarista), Txelis, al que en los ambientes abertzales de Donosti su fama de borroka le precedía, como me contó una compañera de clase, tenía una afinidad especialmente cordial con uno de los profesores más fascinantes, Víctor Gómez Pin, que cuando estaba inspirado nos dejaba boquiabiertos con sus clases sobre Kant, Freud o Levi Strauss.
Recuerdo un día en que Gómez Pin dejó que Txelis nos diera la clase. Tuvo que ser sobre Kant, porque en eso andábamos entonces. Yo no entendí nada o casi nada, por lo del euskera, pero, signo de los tiempos, tampoco me recuerdo molesto o inquieto: la culpa, pensábamos mansamente, estaba en nosotros, en quienes, de forma activa o pasiva, por convencidos o por estúpidos e irreflexivos, compartíamos los supuestos fundamentales del nacionalismo vasco y por tanto, al no saber euskera, éramos seres incompletos, limitados, inferiores.
Empezamos las clases en octubre, y en marzo de 1981 Txelis desapareció. Su presencia era tan ostensible que su ausencia no lo fue menos. Pero nadie habló del asunto, al menos delante de mí. Todos entendimos, sin asomo de duda, que habría pasado “al otro lado” por algo relacionado con ETA. Ese “otro lado”, Euskadi Norte o Iparralde, que entonces, tiempos todavía de Giscard, era para los etarras la Casa de Tócame Roque, su lugar (bastante) seguro.
En los años posteriores salió en los periódicos que en algún momento Txelis había pasado a ser uno de los jefes de ETA. Y, al mismo tiempo, supe por otras vías, amicales (y por tanto más seguras), que Txelis seguía estudiando al tiempo que producía los comunicados y textos de ETA (¿se acuerdan de la alternativa KAS, publicitada hasta la náusea?), que los profesores de Zorroaga lo habían calificado y aprobado para que terminara la carrera, y que gracias a la intermediación decisiva de Víctor Gómez Pin había llegado a ser doctor en filosofía por la Sorbona. Todo eso sucedía, hay que recordarlo, mientras ETA mataba a mansalva y muchos seguíamos, al menos en parte, en la inopia. Aristóteles, Kant, Wittgestein… Muy interesante todo, entre citas con los pistoleros, redacción de todas las justificaciones del pistolerismo y el coche bomba, reuniones, adjudicación de “encargos” y más reuniones. (Es muy llamativo que en los años ochenta, con todos los crímenes horrendos que cometía ETA, muchos profesores de la UPV hicieran tantos esfuerzos a favor de Txelis y otros colegas suyos, como si se pudiera olvidar a qué se dedicaban sobre todo…)
Luego vino lo que ya sabemos por los periódicos: su detención con el resto de la cúpula de ETA en 1992, y su transformación, en las cárceles, en un disidente de la banda, al compás, se dice, de una intensificación de su fe religiosa. Este domingo pasado “El Mundo” traía un reportaje sobre él donde se hablaba de la tesis doctoral de teología que está terminando sobre los curas Setién y Ellacuría, y de cómo aprovecha sus salidas diarias de la cárcel (ya sólo duerme en ella) para ir habitualmente a misa y comulgar.
El Estado ha sido, está siendo, muy clemente con Txelis. En poco tiempo, con sólo 18 años de prisión efectiva, estará libre totalmente. Aunque sólo fuera por eso, ¿es justificable su silencio, o que sus poquísimas manifestaciones públicas se hayan hecho para hablar de Dios, amar al prójimo como a uno mismo y glosar las florecillas del campo? ¿No es exigible que diga algo, claro, razonado y sincero, sobre lo que verdaderamente nos importa a los ciudadanos? ¿Cuál es el grado de su arrepentimiento? ¿Cuál es su explicación de lo que ha hecho, y de lo que le ha alejado de ETA? Sobre todo ello, como de nada que tenga que ver con aquellos años, ha dicho Txelis una sola palabra pública. Lo poquísimo que sabemos de sus posiciones políticas, de hecho, se debe a que la policía ha interceptado comunicaciones internas en las cárceles.
No podemos pedir nada a los que no se arrepienten nunca de haber matado. Con ellos sólo cabe aplicar el peso de la ley. No hacen falta palabras. Pero los que se arrepienten, ¿no están obligados a hablar, a explicarse, a pedir perdón públicamente? ¿No es repugnante que Txelis adopte una pose ofendida y silente cuando un periodista le pregunta algo sobre su pasado y su presente político?
Como esto es un blog, no voy a entrar en consideraciones más extensas sobre el problema del arrepentimiento. Pero ¿es suficiente con decir “lo siento”? Un día oí a Gustavo Bueno afirmar que los terroristas sólo tendrían una salida digna: el suicidio. No me pareció ningún disparate. ¿Cómo se convive con el pasado? ¿Cómo se sitúa frente a él un exterrorista?
En esos años de Zorroaga, en realidad, poco nos importaba todo eso. Nos bastaba con disfrutar intensamente de lo que nos contaban los profesores, y que nosotros sorbíamos con avidez. La filosofía era en esas clases algo tan vivo y cautivador que salíamos pletóricos, vitaminados y en ebullición, deseando sumergirnos en interminables conversaciones que prolongaran el discurso docente, y en libros y más libros que nos esperaban y que necesitábamos leer.
En ese grupo de alumnos, Txelis ejercía aquellos primeros meses de líder indiscutible. Txelis, así sin más. Tardé tiempo en saber que se llamaba José Luis Álvarez Santacristina. Nadie lo había elegido para nada, pero él tenía madera de jefe y parecía nuestro delegado, la voz natural y autorizada de los estudiantes. Sólo hablaba en euskera (una vez le oí hablar en castellano, pero fue en una librería donde él acompañaba a una señora mayor), y sin embargo intervenía en todas las clases, aunque los profesores no entendieran nada de lo que les decía, y aunque un cuarenta o un cincuenta por ciento de sus compañeros tampoco nos enteráramos, o sólo parcialmente. En mangas de camisa en pleno invierno, mayor que nosotros (ahora sé que había sido seminarista), Txelis, al que en los ambientes abertzales de Donosti su fama de borroka le precedía, como me contó una compañera de clase, tenía una afinidad especialmente cordial con uno de los profesores más fascinantes, Víctor Gómez Pin, que cuando estaba inspirado nos dejaba boquiabiertos con sus clases sobre Kant, Freud o Levi Strauss.
Recuerdo un día en que Gómez Pin dejó que Txelis nos diera la clase. Tuvo que ser sobre Kant, porque en eso andábamos entonces. Yo no entendí nada o casi nada, por lo del euskera, pero, signo de los tiempos, tampoco me recuerdo molesto o inquieto: la culpa, pensábamos mansamente, estaba en nosotros, en quienes, de forma activa o pasiva, por convencidos o por estúpidos e irreflexivos, compartíamos los supuestos fundamentales del nacionalismo vasco y por tanto, al no saber euskera, éramos seres incompletos, limitados, inferiores.
Empezamos las clases en octubre, y en marzo de 1981 Txelis desapareció. Su presencia era tan ostensible que su ausencia no lo fue menos. Pero nadie habló del asunto, al menos delante de mí. Todos entendimos, sin asomo de duda, que habría pasado “al otro lado” por algo relacionado con ETA. Ese “otro lado”, Euskadi Norte o Iparralde, que entonces, tiempos todavía de Giscard, era para los etarras la Casa de Tócame Roque, su lugar (bastante) seguro.
En los años posteriores salió en los periódicos que en algún momento Txelis había pasado a ser uno de los jefes de ETA. Y, al mismo tiempo, supe por otras vías, amicales (y por tanto más seguras), que Txelis seguía estudiando al tiempo que producía los comunicados y textos de ETA (¿se acuerdan de la alternativa KAS, publicitada hasta la náusea?), que los profesores de Zorroaga lo habían calificado y aprobado para que terminara la carrera, y que gracias a la intermediación decisiva de Víctor Gómez Pin había llegado a ser doctor en filosofía por la Sorbona. Todo eso sucedía, hay que recordarlo, mientras ETA mataba a mansalva y muchos seguíamos, al menos en parte, en la inopia. Aristóteles, Kant, Wittgestein… Muy interesante todo, entre citas con los pistoleros, redacción de todas las justificaciones del pistolerismo y el coche bomba, reuniones, adjudicación de “encargos” y más reuniones. (Es muy llamativo que en los años ochenta, con todos los crímenes horrendos que cometía ETA, muchos profesores de la UPV hicieran tantos esfuerzos a favor de Txelis y otros colegas suyos, como si se pudiera olvidar a qué se dedicaban sobre todo…)
Luego vino lo que ya sabemos por los periódicos: su detención con el resto de la cúpula de ETA en 1992, y su transformación, en las cárceles, en un disidente de la banda, al compás, se dice, de una intensificación de su fe religiosa. Este domingo pasado “El Mundo” traía un reportaje sobre él donde se hablaba de la tesis doctoral de teología que está terminando sobre los curas Setién y Ellacuría, y de cómo aprovecha sus salidas diarias de la cárcel (ya sólo duerme en ella) para ir habitualmente a misa y comulgar.
El Estado ha sido, está siendo, muy clemente con Txelis. En poco tiempo, con sólo 18 años de prisión efectiva, estará libre totalmente. Aunque sólo fuera por eso, ¿es justificable su silencio, o que sus poquísimas manifestaciones públicas se hayan hecho para hablar de Dios, amar al prójimo como a uno mismo y glosar las florecillas del campo? ¿No es exigible que diga algo, claro, razonado y sincero, sobre lo que verdaderamente nos importa a los ciudadanos? ¿Cuál es el grado de su arrepentimiento? ¿Cuál es su explicación de lo que ha hecho, y de lo que le ha alejado de ETA? Sobre todo ello, como de nada que tenga que ver con aquellos años, ha dicho Txelis una sola palabra pública. Lo poquísimo que sabemos de sus posiciones políticas, de hecho, se debe a que la policía ha interceptado comunicaciones internas en las cárceles.
No podemos pedir nada a los que no se arrepienten nunca de haber matado. Con ellos sólo cabe aplicar el peso de la ley. No hacen falta palabras. Pero los que se arrepienten, ¿no están obligados a hablar, a explicarse, a pedir perdón públicamente? ¿No es repugnante que Txelis adopte una pose ofendida y silente cuando un periodista le pregunta algo sobre su pasado y su presente político?
Como esto es un blog, no voy a entrar en consideraciones más extensas sobre el problema del arrepentimiento. Pero ¿es suficiente con decir “lo siento”? Un día oí a Gustavo Bueno afirmar que los terroristas sólo tendrían una salida digna: el suicidio. No me pareció ningún disparate. ¿Cómo se convive con el pasado? ¿Cómo se sitúa frente a él un exterrorista?
20 enero 2011
El rector de Justin, de Louis Auchincloss
Hace años que disfruto con los libros de Louis Auchincloss. Este abogado y escritor americano, que murió en enero de 2010, con 93 años, publicó durante más de seis décadas un nutrido conjunto de obras. Poco más de diez se han traducido al castellano, entre novelas y colecciones de relatos, a veces en versiones muy mediocres. Pese a tales limitaciones, podemos leer algunos libros de Auchincloss que merecen, y mucho, la pena. Por ejemplo, El rector de Justin, que en una nueva traducción ha sacado recientemente Libros del Asteroide —editorial, por cierto, que dio a la luz hace tres años otra magnífica novela del autor, La educación de Oscar Fairfax, sobre la que escribió con gran tino Roberto Valencia—.
Los personajes de Auchincloss son casi siempre profesionales acomodados, abogados de prósperos bufetes o ejecutivos de empresa. Muchos de ellos (como el propio Auchincloss, en realidad) tienen una sólida formación literaria y veleidades artísticas, que concilian con la intensa dedicación a las actividades jurídico-mercantiles, mucho más lucrativas. Al fondo del escenario, casi siempre en lugares secundarios, abundan las esposas que padecen los movimientos de sus maridos, o bien mujeres que han adquirido fortuna gracias a un esposo rico, del que lograron un buen divorcio, o que oportunamente falleció y les legó su fortuna. Esta gente puede mantener, al menos en apariencia, estrictos principios morales, vinculados a un protestantismo episcopaliano, o bien ser arribistas carentes de cualquier escrúpulo que luchan como fieras en la selva de los negocios o los pleitos.
En ese medio los personajes de Auchincloss toman decisiones, optan en dilemas morales, buscan con más o menos determinación su lugar en el mundo, con frecuencia enfrentados con padres poderosos a los que suceden en los negocios o defraudan por su carácter medroso o hedonista. La hipocresía, el apego, temor o rechazo a los convencionalismos de una sociedad acomodada y puritana, la culpa, la duda, el pragmatismo, la ironía y el cinismo son algunos de los elementos que condimentan su modo de actuar.
El rector de Justin, una de sus novelas más conocidas, se desplaza ligeramente hacia otro terreno, ya que el protagonista no es abogado, sino un clérigo episcopaliano, Francis Prescott, fundador y rector durante cincuenta años de un colegio elitista de educación secundaria, en Nueva Inglaterra, encargado de la formación preuniversitaria de futuros líderes de la industria o los despachos. Ese rector, partidario de una rigurosa formación clásica y humanística y del valor educativo de la disciplina y del deporte, es un hombre enérgico, formalista, severo, mordaz, seguro de sí mismo hasta la arrogancia, pero al mismo tiempo pragmático, astuto, mundano. Un hombre que ha querido, desde el inicio, imprimir su sello a todas las facetas del desenvolvimiento del colegio.
Auchincloss ha optado, para retratar a este hombre poderoso, por un narrador marginal pero cercano a él, un narrador sólo relativamente fiable porque su perspicacia psicológica es escasa, un joven profesor aspirante a clérigo, algo lerdo, inseguro, débil, asustado, que tal vez por eso mismo se convierte en admirador rendido y fiel depositario de las confidencias del rector, y también de las palabras y papeles de otras personas que en distintos momentos recordaron alguna época o episodio relevante en la vida de Prescott. Con el diario de ese testigo imperfecto y los documentos complementarios teje Auchincloss un retrato de Prescott que progresivamente va ganando en complejidad a los ojos del lector, ya que aparecen sus convicciones más rígidas y sus grandezas como líder omnímodo del colegio, pero también sus contradicciones, sus errores obstinados y algunas miserias asociadas a su condición de visionario inflexible. Al mismo tiempo se va ampliando el campo de juego y entran en escena personajes que convivieron o conviven con Prescott en alguna etapa de su vida: alumnos y exalumnos, amigos y enemigos, mujeres e hijas, gestores y mecenas del colegio —a los que Prescott desdeña pero necesita, porque sus donaciones económicas son vitales—.
En el cuadro de Auchincloss, como en todos sus libros, predominan los grises. Ni Prescott ni nadie es de una pieza, y precisamente la descripción de su discurrir vital, de sus encuentros y desencuentros, y las reflexiones sobre todo ello componen la materia de la novela. Las obras de todos los personajes están llenas de claroscuros. Cuando el libro arranca, Prescott tiene ochenta años y se resiste a abandonar el férreo control del colegio. Pero termina resignándose ante la evidencia de que sus alumnos, y los prósperos exalumnos, no son de la pasta que él hubiera querido, no poseen el carácter idealista, disciplinado y puro que él quiso imprimirles, y ya no secundan sumisamente sus designios. Son mucho más prácticos, acomodaticios y banales, mucho más entregados a la riqueza y a la ética capitalista más despiadada de lo que él soñó al crear el colegio. Los nuevos tiempos (la novela termina en 1945) van a acentuar esos rasgos, los viejos modelos van a ir derrumbándose, y Prescott comprende, no sin rabia y dolor, que su obra ya ha dejado de pertenecerle, que su peso moral va a ir evaporándose. Diario de un yuppie, novela de Auchincloss de 1980 que publicó Anagrama, describirá un estadio más avanzado en ese proceso de pérdida de los viejos modales caballerescos y puritanos.
Aunchincloss, un señor rico e influyente en Nueva York, fue siempre un escritor alejado de cualquier experimentalismo, y también de la complejidad estructural y estilística de escritores tan admirados por él como Proust o Henry James. De hecho, en este libro hay un fragmento en el cual satiriza, como propia de un trastornado, la escritura moderna que abandona los modos serenos y clásicos. Es un autor que apuesta todo el atractivo de sus libros a la composición de personajes psicológicamente bien delineados, que actúan y entran en disputas profesionales, sentimentales o de conciencia, y que saben analizar sus conductas. Personajes, muchas veces, que, como en esta novela, llevan un diario donde registran el acontecer cotidiano, vuelcan sus pensamientos más íntimos y se justifican con más o menos convicción. El lector asiste a esta indagación psicológica y moral un punto fascinado, siempre enganchado, disfrutando y pensando. Al menos, así he vivido yo todos los libros de Louis Auchincloss.
Los personajes de Auchincloss son casi siempre profesionales acomodados, abogados de prósperos bufetes o ejecutivos de empresa. Muchos de ellos (como el propio Auchincloss, en realidad) tienen una sólida formación literaria y veleidades artísticas, que concilian con la intensa dedicación a las actividades jurídico-mercantiles, mucho más lucrativas. Al fondo del escenario, casi siempre en lugares secundarios, abundan las esposas que padecen los movimientos de sus maridos, o bien mujeres que han adquirido fortuna gracias a un esposo rico, del que lograron un buen divorcio, o que oportunamente falleció y les legó su fortuna. Esta gente puede mantener, al menos en apariencia, estrictos principios morales, vinculados a un protestantismo episcopaliano, o bien ser arribistas carentes de cualquier escrúpulo que luchan como fieras en la selva de los negocios o los pleitos.
En ese medio los personajes de Auchincloss toman decisiones, optan en dilemas morales, buscan con más o menos determinación su lugar en el mundo, con frecuencia enfrentados con padres poderosos a los que suceden en los negocios o defraudan por su carácter medroso o hedonista. La hipocresía, el apego, temor o rechazo a los convencionalismos de una sociedad acomodada y puritana, la culpa, la duda, el pragmatismo, la ironía y el cinismo son algunos de los elementos que condimentan su modo de actuar.
El rector de Justin, una de sus novelas más conocidas, se desplaza ligeramente hacia otro terreno, ya que el protagonista no es abogado, sino un clérigo episcopaliano, Francis Prescott, fundador y rector durante cincuenta años de un colegio elitista de educación secundaria, en Nueva Inglaterra, encargado de la formación preuniversitaria de futuros líderes de la industria o los despachos. Ese rector, partidario de una rigurosa formación clásica y humanística y del valor educativo de la disciplina y del deporte, es un hombre enérgico, formalista, severo, mordaz, seguro de sí mismo hasta la arrogancia, pero al mismo tiempo pragmático, astuto, mundano. Un hombre que ha querido, desde el inicio, imprimir su sello a todas las facetas del desenvolvimiento del colegio.
Auchincloss ha optado, para retratar a este hombre poderoso, por un narrador marginal pero cercano a él, un narrador sólo relativamente fiable porque su perspicacia psicológica es escasa, un joven profesor aspirante a clérigo, algo lerdo, inseguro, débil, asustado, que tal vez por eso mismo se convierte en admirador rendido y fiel depositario de las confidencias del rector, y también de las palabras y papeles de otras personas que en distintos momentos recordaron alguna época o episodio relevante en la vida de Prescott. Con el diario de ese testigo imperfecto y los documentos complementarios teje Auchincloss un retrato de Prescott que progresivamente va ganando en complejidad a los ojos del lector, ya que aparecen sus convicciones más rígidas y sus grandezas como líder omnímodo del colegio, pero también sus contradicciones, sus errores obstinados y algunas miserias asociadas a su condición de visionario inflexible. Al mismo tiempo se va ampliando el campo de juego y entran en escena personajes que convivieron o conviven con Prescott en alguna etapa de su vida: alumnos y exalumnos, amigos y enemigos, mujeres e hijas, gestores y mecenas del colegio —a los que Prescott desdeña pero necesita, porque sus donaciones económicas son vitales—.
En el cuadro de Auchincloss, como en todos sus libros, predominan los grises. Ni Prescott ni nadie es de una pieza, y precisamente la descripción de su discurrir vital, de sus encuentros y desencuentros, y las reflexiones sobre todo ello componen la materia de la novela. Las obras de todos los personajes están llenas de claroscuros. Cuando el libro arranca, Prescott tiene ochenta años y se resiste a abandonar el férreo control del colegio. Pero termina resignándose ante la evidencia de que sus alumnos, y los prósperos exalumnos, no son de la pasta que él hubiera querido, no poseen el carácter idealista, disciplinado y puro que él quiso imprimirles, y ya no secundan sumisamente sus designios. Son mucho más prácticos, acomodaticios y banales, mucho más entregados a la riqueza y a la ética capitalista más despiadada de lo que él soñó al crear el colegio. Los nuevos tiempos (la novela termina en 1945) van a acentuar esos rasgos, los viejos modelos van a ir derrumbándose, y Prescott comprende, no sin rabia y dolor, que su obra ya ha dejado de pertenecerle, que su peso moral va a ir evaporándose. Diario de un yuppie, novela de Auchincloss de 1980 que publicó Anagrama, describirá un estadio más avanzado en ese proceso de pérdida de los viejos modales caballerescos y puritanos.
Aunchincloss, un señor rico e influyente en Nueva York, fue siempre un escritor alejado de cualquier experimentalismo, y también de la complejidad estructural y estilística de escritores tan admirados por él como Proust o Henry James. De hecho, en este libro hay un fragmento en el cual satiriza, como propia de un trastornado, la escritura moderna que abandona los modos serenos y clásicos. Es un autor que apuesta todo el atractivo de sus libros a la composición de personajes psicológicamente bien delineados, que actúan y entran en disputas profesionales, sentimentales o de conciencia, y que saben analizar sus conductas. Personajes, muchas veces, que, como en esta novela, llevan un diario donde registran el acontecer cotidiano, vuelcan sus pensamientos más íntimos y se justifican con más o menos convicción. El lector asiste a esta indagación psicológica y moral un punto fascinado, siempre enganchado, disfrutando y pensando. Al menos, así he vivido yo todos los libros de Louis Auchincloss.
27 diciembre 2010
Es de libro (IX)
29 de septiembre
Anteayer presenté una conferencia que dio en Pamplona Juan Cruz, periodista de El País y escritor, y que además fue varios años el director de la editorial Alfaguara. Juan Cruz tiene fama de muy listo e hiperactivo, y en el poco rato que puedo verlo en acción lo confirma, antes y después de la charla y mientras cenamos. Curioso, pregunta mucho a todos los que le presentan y cuenta infinidad de anécdotas, recuerda al instante los nombres de quienes lo rodean y los saca a colación con soltura instantánea, y todo lo hace mientras maneja diestramente dos móviles con los que no para de enviar y recibir mensajes y de llamar.
Me comprometí hace tiempo a esos cuatro minutos de presentación porque sabía que eso me obligaría, gozosamente, a leer Egos revueltos. Una memoria personal de la vida literaria, que, como el subtítulo indica, son los recuerdos de Juan Cruz sobre los escritores que ha conocido en su vida —no sólo, claro, en los años en que ejerció como mandamás de Alfaguara—. El libro tiene un título formidable, y merece mucho la pena. Son recuerdos sin sangre, porque la voluntad de Juan Cruz es la contraria: celebrar lo mucho que el contacto personal con los grandes nombres de la literatura le ha dado en su vida, desde que muy joven, periodista en Tenerife, soñaba con plantarse en la casa de Guillermo Cabrera Infante en Londres, impresionado por la lectura de Tres tristes tigres.
Después de la cena y las despedidas, E. y yo acompañamos a Juan Cruz al hotel. Mañana, nos dice entre frecuentes miradas a sus móviles, tiene muchas cosas que hacer en Madrid. En los días siguientes, me entero por su blog de que está en México, en Nueva York, en Colombia, en... Y entre tanto no dejan de aparecer entrevistas que hace a personas de toda clase. Su voluntad sigue siendo la de comerse la vida con avidez, sin descanso ni freno. ¿De dónde sacará además la fuerza, la concentración y la calma que requieren la escritura de sus libros, algunos magníficos, y que por otra parte publica con puntualidad anual?
1 de octubre
Estamos comenzando la edición de un libro que cabe incluir en la casilla de los complicados. Muchas fotografías, textos de distintos tipos y autores, incluso un documentalista, un director editorial y un diseñador que debe poner en página todo lo que los demás vayan entregándole, de acuerdo con las pautas marcadas por el director. Cada uno de los que intervienen tiene sus rutinas, sus manías, su ego más o menos hinchado y sus fobias.
Mi función es la de mediador. Actúo por encima, o por debajo, de todos ellos. Y es tarea difícil, muchas veces incómoda: templar gaitas, atender a cada uno como se merece, pero al mismo tiempo vigilar que el proyecto no encalle ni se salga de madre... ¿Tengo la paciencia, la habilidad y la firmeza necesarias? Dudo.
Juan Cruz, en Egos revueltos, tiene páginas muy valiosas sobre cómo debe gestionar un editor los egos de los autores. Cómo debe ponerse al servicio de ellos, animarlos, cuidarlos, frenarlos a veces. El libro de Diane Athill que he citado en este diario también es ilustrativo en muchos fragmentos de su delicado y complejo modo de conducirse con los autores. Y recuerdo también las memorias de un editor que más me han entretenido en muchos años: Editar la vida, de Michael Korda, un libro verdaderamente cautivador. El autor cuenta sus andanzas retocando textos de novelistas, pero también de actrices, cantantes, personas con el ego no revuelto, sino desatado, hipertrofiado, personajes repletos de exigencias, fragilidades y, siempre, susceptibilidad. No conozco otras memorias de un editor tan divertidas como las de Korda.
5 de octubre
Hoy ha sido un mal día, lleno de pejigueras y exigencias estúpidas, un día extremadamente “moderno”, muy de nuestra época. Tal vez por eso, he dejado muy pronto el libro que estaba leyendo, y me he acordado de unas palabras de Philip Roth que Rodrigo Fresán recoge en su diario: “La clave no es trasladar libros a pantallas electrónicas. No es eso. No. El problema es que el hábito de la lectura se ha esfumado. Como si para leer necesitáramos una antena y la hubieran cortado. No llega la señal. La concentración, la soledad, la imaginación que requiere el hábito de la lectura. Hemos perdido la guerra. En veinte años, la lectura será un culto… Será un hobby minoritario. Unos criarán perros y peces tropicales, otros leerán».
No me gustan nada los lamentos apocalípticos. Pero me da rabia sospechar que ya soy un dinosaurio. En fin, puede que todo se reduzca a eso: ha sido un mal día.
Anteayer presenté una conferencia que dio en Pamplona Juan Cruz, periodista de El País y escritor, y que además fue varios años el director de la editorial Alfaguara. Juan Cruz tiene fama de muy listo e hiperactivo, y en el poco rato que puedo verlo en acción lo confirma, antes y después de la charla y mientras cenamos. Curioso, pregunta mucho a todos los que le presentan y cuenta infinidad de anécdotas, recuerda al instante los nombres de quienes lo rodean y los saca a colación con soltura instantánea, y todo lo hace mientras maneja diestramente dos móviles con los que no para de enviar y recibir mensajes y de llamar.
Me comprometí hace tiempo a esos cuatro minutos de presentación porque sabía que eso me obligaría, gozosamente, a leer Egos revueltos. Una memoria personal de la vida literaria, que, como el subtítulo indica, son los recuerdos de Juan Cruz sobre los escritores que ha conocido en su vida —no sólo, claro, en los años en que ejerció como mandamás de Alfaguara—. El libro tiene un título formidable, y merece mucho la pena. Son recuerdos sin sangre, porque la voluntad de Juan Cruz es la contraria: celebrar lo mucho que el contacto personal con los grandes nombres de la literatura le ha dado en su vida, desde que muy joven, periodista en Tenerife, soñaba con plantarse en la casa de Guillermo Cabrera Infante en Londres, impresionado por la lectura de Tres tristes tigres.
Después de la cena y las despedidas, E. y yo acompañamos a Juan Cruz al hotel. Mañana, nos dice entre frecuentes miradas a sus móviles, tiene muchas cosas que hacer en Madrid. En los días siguientes, me entero por su blog de que está en México, en Nueva York, en Colombia, en... Y entre tanto no dejan de aparecer entrevistas que hace a personas de toda clase. Su voluntad sigue siendo la de comerse la vida con avidez, sin descanso ni freno. ¿De dónde sacará además la fuerza, la concentración y la calma que requieren la escritura de sus libros, algunos magníficos, y que por otra parte publica con puntualidad anual?
1 de octubre
Estamos comenzando la edición de un libro que cabe incluir en la casilla de los complicados. Muchas fotografías, textos de distintos tipos y autores, incluso un documentalista, un director editorial y un diseñador que debe poner en página todo lo que los demás vayan entregándole, de acuerdo con las pautas marcadas por el director. Cada uno de los que intervienen tiene sus rutinas, sus manías, su ego más o menos hinchado y sus fobias.
Mi función es la de mediador. Actúo por encima, o por debajo, de todos ellos. Y es tarea difícil, muchas veces incómoda: templar gaitas, atender a cada uno como se merece, pero al mismo tiempo vigilar que el proyecto no encalle ni se salga de madre... ¿Tengo la paciencia, la habilidad y la firmeza necesarias? Dudo.
Juan Cruz, en Egos revueltos, tiene páginas muy valiosas sobre cómo debe gestionar un editor los egos de los autores. Cómo debe ponerse al servicio de ellos, animarlos, cuidarlos, frenarlos a veces. El libro de Diane Athill que he citado en este diario también es ilustrativo en muchos fragmentos de su delicado y complejo modo de conducirse con los autores. Y recuerdo también las memorias de un editor que más me han entretenido en muchos años: Editar la vida, de Michael Korda, un libro verdaderamente cautivador. El autor cuenta sus andanzas retocando textos de novelistas, pero también de actrices, cantantes, personas con el ego no revuelto, sino desatado, hipertrofiado, personajes repletos de exigencias, fragilidades y, siempre, susceptibilidad. No conozco otras memorias de un editor tan divertidas como las de Korda.
5 de octubre
Hoy ha sido un mal día, lleno de pejigueras y exigencias estúpidas, un día extremadamente “moderno”, muy de nuestra época. Tal vez por eso, he dejado muy pronto el libro que estaba leyendo, y me he acordado de unas palabras de Philip Roth que Rodrigo Fresán recoge en su diario: “La clave no es trasladar libros a pantallas electrónicas. No es eso. No. El problema es que el hábito de la lectura se ha esfumado. Como si para leer necesitáramos una antena y la hubieran cortado. No llega la señal. La concentración, la soledad, la imaginación que requiere el hábito de la lectura. Hemos perdido la guerra. En veinte años, la lectura será un culto… Será un hobby minoritario. Unos criarán perros y peces tropicales, otros leerán».
No me gustan nada los lamentos apocalípticos. Pero me da rabia sospechar que ya soy un dinosaurio. En fin, puede que todo se reduzca a eso: ha sido un mal día.
26 diciembre 2010
Es de libro. Un diario (VIII)
18 de septiembre
Hace poco más de un año, agobiado por la proliferación selvática de libros en casa, tuve que gastarme mis ahorros (y los que no tenía, claro, para lo que obtuve “ayuda” de una caja de ahorros) en comprar un local situado justo al lado del portal en que vivo. Por su amplitud, y la altura de sus techos, podré meter ahí en el futuro varios miles más de libros. Pero bajar algunos, los que sea, de mi casa a ese local, es algo que hago con cierto sufrimiento. Siento que los libros que dejan mi casa y pasan a ubicarse en el nuevo hogar sufren una inocultable degradación que los coloca en la antesala de su eliminación, al menos de su eliminación en mi biblioteca. Es inevitable la operación, pero me incomoda.
Hoy he organizado una cita con amigos en casa, y me veo obligado a quitar, de la mesa donde cenaremos, unos ochenta libros que se han ido quedando ahí, a falta de un sitio mejor del hogar donde depositarlos. Como ésos no quiero que vivan todavía en la bajera (¡están recién comprados!), debo expulsar otros de casa para que los de la mesa encuentren acomodo. Los volúmenes camino de la bajera siento que van a una premuerte. La operación me lleva un gran rato, porque en ella me asaltan dudas constantemente, y la tarde se me va tomando decisiones que oscilan entre la dureza y la piedad.
25 de septiembre
Voy a la feria del libro antiguo y de ocasión de Pamplona. Entre ofertas que merecen un examen detenido, hay muchísima morralla. Son libros, ¡una cantidad pavorosa!, que no es que ahora estén de saldo, es que resulta increíble que hace tiempo alguien se tomara el trabajo de publicarlos. Lo primero por su contenido, claro, absurdo, disparatado, efímero. Pero también por otros factores: traducciones anónimas y delictivas de grandes obras de la literatura universal, cubiertas que provocan traumatismos oculares irreversibles, encuadernaciones tan zafias o precarias que no permiten que el libro se abra ni una sola vez sin que se descuajeringue.
Lo peor es que me compro dos libros que ya tenía. Y mucho más preocupante es que los compro entusiasmado. Uno de ellos, El último negro, de Ramón Buenaventura, tuve la intención de leerlo en cuanto lo adquirí, hace años, pero entonces cierta novela se cruzó por el camino y la de Buenaventura quedó relegada y cayó en el olvido. Hasta hoy, que la he vuelvo a comprar. El otro, El libro de mi madre, es de Albert Cohen. Vuelvo a casa, pasan varias horas, y de pronto tengo un pálpito; busco ese volumen, lo encuentro muy pronto. Incluso tiene páginas subrayadas, unas seis o siete. Está claro que lo empecé… El resto del día se me va en melancólicas fruslerías sobre el tiempo que pasa y el deterioro de mi memoria, que de joven era formidable. Ah, y en leer El libro de mi madre. Me interesa mucho, como tantos otros que abordan el recuerdo del padre o de la madre del escritor (Richard Ford, Simenon, Kafka, Paul Auster, etc.); ¡pero es que al mismo tiempo leerlo es ya una cuestión de orgullo!
Hace poco más de un año, agobiado por la proliferación selvática de libros en casa, tuve que gastarme mis ahorros (y los que no tenía, claro, para lo que obtuve “ayuda” de una caja de ahorros) en comprar un local situado justo al lado del portal en que vivo. Por su amplitud, y la altura de sus techos, podré meter ahí en el futuro varios miles más de libros. Pero bajar algunos, los que sea, de mi casa a ese local, es algo que hago con cierto sufrimiento. Siento que los libros que dejan mi casa y pasan a ubicarse en el nuevo hogar sufren una inocultable degradación que los coloca en la antesala de su eliminación, al menos de su eliminación en mi biblioteca. Es inevitable la operación, pero me incomoda.
Hoy he organizado una cita con amigos en casa, y me veo obligado a quitar, de la mesa donde cenaremos, unos ochenta libros que se han ido quedando ahí, a falta de un sitio mejor del hogar donde depositarlos. Como ésos no quiero que vivan todavía en la bajera (¡están recién comprados!), debo expulsar otros de casa para que los de la mesa encuentren acomodo. Los volúmenes camino de la bajera siento que van a una premuerte. La operación me lleva un gran rato, porque en ella me asaltan dudas constantemente, y la tarde se me va tomando decisiones que oscilan entre la dureza y la piedad.
25 de septiembre
Voy a la feria del libro antiguo y de ocasión de Pamplona. Entre ofertas que merecen un examen detenido, hay muchísima morralla. Son libros, ¡una cantidad pavorosa!, que no es que ahora estén de saldo, es que resulta increíble que hace tiempo alguien se tomara el trabajo de publicarlos. Lo primero por su contenido, claro, absurdo, disparatado, efímero. Pero también por otros factores: traducciones anónimas y delictivas de grandes obras de la literatura universal, cubiertas que provocan traumatismos oculares irreversibles, encuadernaciones tan zafias o precarias que no permiten que el libro se abra ni una sola vez sin que se descuajeringue.
Lo peor es que me compro dos libros que ya tenía. Y mucho más preocupante es que los compro entusiasmado. Uno de ellos, El último negro, de Ramón Buenaventura, tuve la intención de leerlo en cuanto lo adquirí, hace años, pero entonces cierta novela se cruzó por el camino y la de Buenaventura quedó relegada y cayó en el olvido. Hasta hoy, que la he vuelvo a comprar. El otro, El libro de mi madre, es de Albert Cohen. Vuelvo a casa, pasan varias horas, y de pronto tengo un pálpito; busco ese volumen, lo encuentro muy pronto. Incluso tiene páginas subrayadas, unas seis o siete. Está claro que lo empecé… El resto del día se me va en melancólicas fruslerías sobre el tiempo que pasa y el deterioro de mi memoria, que de joven era formidable. Ah, y en leer El libro de mi madre. Me interesa mucho, como tantos otros que abordan el recuerdo del padre o de la madre del escritor (Richard Ford, Simenon, Kafka, Paul Auster, etc.); ¡pero es que al mismo tiempo leerlo es ya una cuestión de orgullo!
25 diciembre 2010
Es de libro. Un diario (VII)
16 de septiembre
En el trabajo hemos tenido un lío de esos que se producen de vez en cuando. Un libro ha salido mal, y la culpa del desaguisado no está clara. Puede ser de quien lo compuso, de quien lo imprimió, de quien hizo de coordinador editorial en nuestra propia oficina, o puede ser que las culpas estén repartidas entre todas las partes. Como a lo peor hay que repetir la impresión, y es un libro caro, quiero hablar con todos antes de decidir nada. Eso me empuja a algo que me gusta, aunque no lo hago con la frecuencia debida: visitar la imprenta. Es una imprenta grande, con maquinaria muy sofisticada. Tratamos el problema que me ha traído, y luego, ya más relajados, la situación del sector. Entre recuerdos, algunas noticias más o menos chismosas sobre gente del oficio y algunas risas, los de la imprenta se lamentan, con datos apabullantes, de la crisis, y de cómo ha golpeado a todo el sector de las artes gráficas. Hablamos de personas que conozco, que son muy buenas en lo suyo pero han caído en el paro más negro, y ya no encontrarán otro trabajo. Vuelvo a la oficina con el ánimo sombrío. Y recuerdo un hombre que conocí cuando yo empezaba, un verdadero experto, en tiempos, en la linotipia, y luego, cuando éstas desaparecieron, en la fotocomposición. Un corrector formidable, además. Un día, tras una crisis anterior, que dejó las empresas de composición reducidas a la mínima expresión, me lo encontré cortando entradas en la puerta de los cines Carlos III. Nos sonreímos incómodamente, y no dijimos nada.
En el trabajo hemos tenido un lío de esos que se producen de vez en cuando. Un libro ha salido mal, y la culpa del desaguisado no está clara. Puede ser de quien lo compuso, de quien lo imprimió, de quien hizo de coordinador editorial en nuestra propia oficina, o puede ser que las culpas estén repartidas entre todas las partes. Como a lo peor hay que repetir la impresión, y es un libro caro, quiero hablar con todos antes de decidir nada. Eso me empuja a algo que me gusta, aunque no lo hago con la frecuencia debida: visitar la imprenta. Es una imprenta grande, con maquinaria muy sofisticada. Tratamos el problema que me ha traído, y luego, ya más relajados, la situación del sector. Entre recuerdos, algunas noticias más o menos chismosas sobre gente del oficio y algunas risas, los de la imprenta se lamentan, con datos apabullantes, de la crisis, y de cómo ha golpeado a todo el sector de las artes gráficas. Hablamos de personas que conozco, que son muy buenas en lo suyo pero han caído en el paro más negro, y ya no encontrarán otro trabajo. Vuelvo a la oficina con el ánimo sombrío. Y recuerdo un hombre que conocí cuando yo empezaba, un verdadero experto, en tiempos, en la linotipia, y luego, cuando éstas desaparecieron, en la fotocomposición. Un corrector formidable, además. Un día, tras una crisis anterior, que dejó las empresas de composición reducidas a la mínima expresión, me lo encontré cortando entradas en la puerta de los cines Carlos III. Nos sonreímos incómodamente, y no dijimos nada.
23 diciembre 2010
Es de libro. Un diario (VI)
10 de septiembre
Ayer cené en casa de una pareja de clase media, de esas que todos los meses ingresan más de cinco mil euros. Hablamos de novelas policiacas, lo cual parece ser ahora sinónimo de novelas de nórdicos. Los anfitriones son personas que están atentas a todas las novedades del género. Pero eso sí: novelas que puedan sacar de la biblioteca cercana a su casa. Porque nunca compran un libro. Todos los leen aprovechando el servicio de préstamo. No es el único caso que conozco, por supuesto. Muchos de mis conocidos se proveen de libros de la misma manera.
A veces, pero no siempre, esas personas se refieren a la falta de espacio en su casa, o, incluso, y eso ya me parece más sorprendente, a lo caros que son los libros. Estamos hablando de personas que visten buena ropa (¡que esa sí que es cara!), que viven en buenas casas, y que te asestan, a la menor, su último viaje a Estambul, Nueva York o Siria. Sé que vivimos en una época que reivindica el gratis total en la cultura, tontería que no comparto si no introducimos distingos de varias clases. Pero, hombre, lo de caro es relativo, ¿no? Al menos para ellos.
Ya sé que no sería nada fácil instrumentarlo, pero creo que el criterio debería ser muy otro: el servicio de préstamo de las bibliotecas deberían poder usarlo casi exclusivamente quienes todos los meses tienen que ajustar al céntimo sus gastos: las personas en paro, los estudiantes, los pobres. Y en todo caso, creo, y muy ocasionalmente, la ínfima minoría de los bibliómanos, aquellos que además de comprar libros sin parar tienen tal necesidad de consultar volúmenes, de probar todos los libros, que también podrían caer en la ruina si no tuvieran esa clase de ayuda para su patología.
Luego, pensando en esos acomodados que consumen sólo libros en préstamo, con lo que obstaculizan el acceso a ellos a quienes de verdad más los necesitan, se me ocurre una explicación adicional. Esas personas pertenecen a la mayoría que nunca lee algo dos veces. C. S. Lewis dice que “el signo inequívoco de que alguien carece de sensibilidad literaria es que, para él, la frase ‘Ya lo he leído’ es un argumento inapelable contra la lectura de un determinado libro”. Para esas personas, sigue Lewis, un libro leído es un libro muerto, “como una cerilla quemada, un billete de tren utilizado o el periódico del dia anterior: ya lo habían usado”.
Ayer cené en casa de una pareja de clase media, de esas que todos los meses ingresan más de cinco mil euros. Hablamos de novelas policiacas, lo cual parece ser ahora sinónimo de novelas de nórdicos. Los anfitriones son personas que están atentas a todas las novedades del género. Pero eso sí: novelas que puedan sacar de la biblioteca cercana a su casa. Porque nunca compran un libro. Todos los leen aprovechando el servicio de préstamo. No es el único caso que conozco, por supuesto. Muchos de mis conocidos se proveen de libros de la misma manera.
A veces, pero no siempre, esas personas se refieren a la falta de espacio en su casa, o, incluso, y eso ya me parece más sorprendente, a lo caros que son los libros. Estamos hablando de personas que visten buena ropa (¡que esa sí que es cara!), que viven en buenas casas, y que te asestan, a la menor, su último viaje a Estambul, Nueva York o Siria. Sé que vivimos en una época que reivindica el gratis total en la cultura, tontería que no comparto si no introducimos distingos de varias clases. Pero, hombre, lo de caro es relativo, ¿no? Al menos para ellos.
Ya sé que no sería nada fácil instrumentarlo, pero creo que el criterio debería ser muy otro: el servicio de préstamo de las bibliotecas deberían poder usarlo casi exclusivamente quienes todos los meses tienen que ajustar al céntimo sus gastos: las personas en paro, los estudiantes, los pobres. Y en todo caso, creo, y muy ocasionalmente, la ínfima minoría de los bibliómanos, aquellos que además de comprar libros sin parar tienen tal necesidad de consultar volúmenes, de probar todos los libros, que también podrían caer en la ruina si no tuvieran esa clase de ayuda para su patología.
Luego, pensando en esos acomodados que consumen sólo libros en préstamo, con lo que obstaculizan el acceso a ellos a quienes de verdad más los necesitan, se me ocurre una explicación adicional. Esas personas pertenecen a la mayoría que nunca lee algo dos veces. C. S. Lewis dice que “el signo inequívoco de que alguien carece de sensibilidad literaria es que, para él, la frase ‘Ya lo he leído’ es un argumento inapelable contra la lectura de un determinado libro”. Para esas personas, sigue Lewis, un libro leído es un libro muerto, “como una cerilla quemada, un billete de tren utilizado o el periódico del dia anterior: ya lo habían usado”.
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