"Al pasar del siglo XX al siglo XXI una constatación elemental acredita la desaprobación de las utopías y honra la asunción de lo imperfecto. El siglo XX aprobó las revoluciones más maximalistas –el comunismo y el nazismo— en demérito de lo posible, de la reforma, del cambio que atiende a la naturaleza imperfecta de lo humano. Incluso la posibilidad de un retorno de lo religioso está por ser tenida en cuenta si constatamos que somos lo que somos y no lo que, en nombre de una ideología abstracta, debiéramos ser. En el siglo XX las guerras, las hecatombes y los genocidios alcanzaron su punto histórico más álgido porque operaban de espaldas a la realidad finita de lo humano, a las especificaciones de –pongamos por caso— el Sermón de la Montaña. No es una mera especulación del pragmatismo: la entrega ideológica impugnaba la concreción del amor, los postulados de la piedad, la tangibilidad del otro como semejante y no como enajenamiento colectivizado. Ésa es la apuesta por un futuro imperfecto que puede asumir todos los avances tecnocientíficos y todas las evoluciones sociales sin esperar que el mundo logre su acabado lineal y abstracto. Mejoran o empeoran las instituciones, en la medida de lo practicable, pero el ser humano, el animal humano de Darwin, no resulta ser más bueno ni tiene por qué ser más malo. En definitiva, el mal es inextinguible y el hombre es como es en ese futuro, imperfecto. Nadie ha impuesto a la realidad intramundana –dice Ortega en Una interpretación de la historia universal— la obligación de terminar bien, como es obligatorio en las películas norteamericanas: nadie tiene el derecho de exigir a Dios que prefiera hacer de la historia humana una dulce comedia de costumbres en vez de dejarla ser una inmensa tragedia. Dicho de otro modo: el hombre es un sistema de deseos imposibles en este mundo".
Valentí Puig
Por un futuro imperfecto
Los retos políticos en el umbral del siglo XXI
Páginas 25-26
Editorial Destino
Un ángulo me basta entre mis lares, un libro y un amigo, un sueño breve, que no perturben deudas ni pesares.
20 julio 2007
Las perlas de la desinformación
El País del domingo 15 venía con una página entera elaborada por Carlos E. Cué, uno de los redactores importantes del medio, de los que firman habitualmente en las páginas de política. Su texto (al cual, desde donde estoy, lástima, no puedo enlazar) recogía, bajo el supuestamente gracioso e impactante título de “Aznar o la reserva moral del PP”, algunas ideas enunciadas por participantes en unas jornadas de la Fundación para el Análisis y los Estudios Sociales (FAES).
Dejemos de lado ahora que el escrito de Cué ejemplificaba muy bien una de las lacras intrínsecas del periodismo, su dificultad (tal vez imposibilidad) para sintetizar en poco espacio, sin traicionar ni vulgarizar, planteamientos trabados, complejos y extensos sobre problemas de amplio alcance. Esa es una limitación del periodismo muy visible en la página de Cué, pero también en otras muchas que podemos leer en mil medios. Lo peor de la deposición del redactor, lo más irritante, era su tonillo omnipresente de “miren ustedes qué cosas tan raras y tan fachas andan diciendo estos amigos de Aznar”.
Por lo que el mismo Cué señalaba, los asistentes a las jornadas de la FAES hablaron sobre cuestiones tan delicadas como, por ejemplo, la integración de los inmigrantes en las sociedades avanzadas y la respuesta multiculturalista que muchos han defendido, el islam realmente existente y los desafíos conflictivos que suscita, o el relativismo axiológico y sus orígenes y consecuencias. Son asuntos acerca de los cuales se han escrito miles de páginas con ideas que, por muy ideologizados que estemos, no resulta nada fácil encasillar –más bien es ridículo y absurdo- en un modelo binario y simple de izquierda y derecha políticas, y no digamos en un esquema PP-PSOE. ¿Son de izquierdas los que defienden el multiculturalismo? ¿Son de derechas forzosamente los que abominan de Marx o de Freud o defienden la herencia cultural cristiana o le dan vueltas al nihilismo o al relativismo ético? Yo creo que esas simplificaciones son un disparate y no sirven verdaderamente más que para evitarse el duro expediente de pensar. Incluso si nos adentramos en problemas más coyunturales, ¿puede decirse que son forzosamente de izquierdas los que están encantados con la evolución de los acontecimientos en Irlanda del Norte, otro asunto abordado en las jornadas? ¿No es y ha sido cierto no sólo en Irlanda sino en otros muchos sitios que, aunque a veces nos repugne, como dijo un ponente “los asesinos de hoy son los líderes políticos del mañana”? O todavía en un campo más doméstico: ¿Quién sabría decir si la política con los inmigrantes (las políticas, mejor, porque ha habido en estos años cambios dictados por los sondeos de opinión), ejecutada por Consuelo Rumí y el PSOE es mucho más justa, acertada y progresista que la que llevaron a cabo los gobiernos del PP, los cuales actuaron también de muy diversos modos y en buena medida empujados por una realidad que, como a los socialistas, también les sobrepasaba?
Yo no conozco respuestas claras e rotundas a estas y otras cuestiones, y no creo que, salvo los infectados por la pasión partidista, sea fácil hallarlas. Leo, pienso, les doy vueltas porque me interesan muchísimo, pero el repertorio de dudas que acumulo supera con mucho al de certezas. Por supuesto que todo lo que en esas jornadas se dijo puede y debe discutirse y admitiría muchas matizaciones o impugnaciones. Estos mismos días, sin ir más lejos, y por eso me fijé en el reportaje de Cué, he leído un libro de otro de los asistentes a las jornadas, Valentí Puig, Por un futuro imperfecto. Los retos políticos en el umbral del siglo XXI, que recomiendo sin dudar, y me he visto con frecuencia debatiendo mentalmente lo que me encontraba, echando en falta ciertos factores en su análisis, y en otros momentos asintiendo sin ningún reparo.
Cué, en cambio, tan feliz e indocumentado, fue al encuentro de la FAES, oyó a varios intelectuales y políticos hablar y, como piensa, en línea con la empresa en que trabaja, que todo lo que tiene que ver con Aznar y las organizaciones del PP se ubica en la “derecha extrema”, pues yuxtapuso algunas frases más o menos llamativas (él las llama “perlas”: el matiz peyorativo apesta) y se quedó tan ancho. Claro, él no pretendía informar, sino hacer propaganda inquisitorial.
¿Es necesario repetir, al margen de todo ello, que la figura política de Aznar me resulta muy antipática y lejana? Me temo que sí, que hay que decirlo para que a uno no lo etiqueten erróneamente. Pero, por favor, que un periódico como El País tenga más cuidado con vicios intelectuales como el que Cué perpetró el domingo y a página completa.
Dejemos de lado ahora que el escrito de Cué ejemplificaba muy bien una de las lacras intrínsecas del periodismo, su dificultad (tal vez imposibilidad) para sintetizar en poco espacio, sin traicionar ni vulgarizar, planteamientos trabados, complejos y extensos sobre problemas de amplio alcance. Esa es una limitación del periodismo muy visible en la página de Cué, pero también en otras muchas que podemos leer en mil medios. Lo peor de la deposición del redactor, lo más irritante, era su tonillo omnipresente de “miren ustedes qué cosas tan raras y tan fachas andan diciendo estos amigos de Aznar”.
Por lo que el mismo Cué señalaba, los asistentes a las jornadas de la FAES hablaron sobre cuestiones tan delicadas como, por ejemplo, la integración de los inmigrantes en las sociedades avanzadas y la respuesta multiculturalista que muchos han defendido, el islam realmente existente y los desafíos conflictivos que suscita, o el relativismo axiológico y sus orígenes y consecuencias. Son asuntos acerca de los cuales se han escrito miles de páginas con ideas que, por muy ideologizados que estemos, no resulta nada fácil encasillar –más bien es ridículo y absurdo- en un modelo binario y simple de izquierda y derecha políticas, y no digamos en un esquema PP-PSOE. ¿Son de izquierdas los que defienden el multiculturalismo? ¿Son de derechas forzosamente los que abominan de Marx o de Freud o defienden la herencia cultural cristiana o le dan vueltas al nihilismo o al relativismo ético? Yo creo que esas simplificaciones son un disparate y no sirven verdaderamente más que para evitarse el duro expediente de pensar. Incluso si nos adentramos en problemas más coyunturales, ¿puede decirse que son forzosamente de izquierdas los que están encantados con la evolución de los acontecimientos en Irlanda del Norte, otro asunto abordado en las jornadas? ¿No es y ha sido cierto no sólo en Irlanda sino en otros muchos sitios que, aunque a veces nos repugne, como dijo un ponente “los asesinos de hoy son los líderes políticos del mañana”? O todavía en un campo más doméstico: ¿Quién sabría decir si la política con los inmigrantes (las políticas, mejor, porque ha habido en estos años cambios dictados por los sondeos de opinión), ejecutada por Consuelo Rumí y el PSOE es mucho más justa, acertada y progresista que la que llevaron a cabo los gobiernos del PP, los cuales actuaron también de muy diversos modos y en buena medida empujados por una realidad que, como a los socialistas, también les sobrepasaba?
Yo no conozco respuestas claras e rotundas a estas y otras cuestiones, y no creo que, salvo los infectados por la pasión partidista, sea fácil hallarlas. Leo, pienso, les doy vueltas porque me interesan muchísimo, pero el repertorio de dudas que acumulo supera con mucho al de certezas. Por supuesto que todo lo que en esas jornadas se dijo puede y debe discutirse y admitiría muchas matizaciones o impugnaciones. Estos mismos días, sin ir más lejos, y por eso me fijé en el reportaje de Cué, he leído un libro de otro de los asistentes a las jornadas, Valentí Puig, Por un futuro imperfecto. Los retos políticos en el umbral del siglo XXI, que recomiendo sin dudar, y me he visto con frecuencia debatiendo mentalmente lo que me encontraba, echando en falta ciertos factores en su análisis, y en otros momentos asintiendo sin ningún reparo.
Cué, en cambio, tan feliz e indocumentado, fue al encuentro de la FAES, oyó a varios intelectuales y políticos hablar y, como piensa, en línea con la empresa en que trabaja, que todo lo que tiene que ver con Aznar y las organizaciones del PP se ubica en la “derecha extrema”, pues yuxtapuso algunas frases más o menos llamativas (él las llama “perlas”: el matiz peyorativo apesta) y se quedó tan ancho. Claro, él no pretendía informar, sino hacer propaganda inquisitorial.
¿Es necesario repetir, al margen de todo ello, que la figura política de Aznar me resulta muy antipática y lejana? Me temo que sí, que hay que decirlo para que a uno no lo etiqueten erróneamente. Pero, por favor, que un periódico como El País tenga más cuidado con vicios intelectuales como el que Cué perpetró el domingo y a página completa.
11 julio 2007
El cine, ¿pasión de juventud?
El otro día alquilé El ciclo Dreyer, una película de Alvaro del Amo que, con el gélido desdén del público, pasó por las salas como una exhalación hace siete meses. Yo creo que en mi ciudad ni se estrenó. Pero me animé a llevármela a casa porque, amén de haber leído con provecho durante años y en varias revistas textos sobre cine de Alvaro del Amo, me cautivó su anterior obra, Una preciosa puesta de sol, conjunto de diálogos y gestos muy bien medidos de una abuela, su hija y su nieta, tres mujeres que se quieren como es usual en las familias, con una mezcla inextricable de cariño solícito y repentinos y estruendosos estallidos de rencor, mezquindad y memoria envenenada.
El ciclo Dreyer presenta a cuatro jóvenes, uno de ellos nada menos que un sacerdote, que en las semanas en que se proyectan y comentan en un cineforum varias películas del genial director danés son sacudidos por seísmos emocionales bien trufados de culpa, escrúpulos religiosos, conciencia del deber, angustia e indecisión. Como se ve, una constelación de sentimientos y creencias que guardan una relativa analogía con la que alberga el mundo de Dreyer. La película de Alvaro del Amo es irregular, tal vez fallida, pero su ambición y algunas de sus escenas la elevan sin ninguna duda muy por encima de la media de lo que se nos ofrece habitualmente en las salas, al menos en las de Pamplona, y merece un pase.
Alvaro del Amo ubica la trama en los años sesenta, lo que ha calculado muy bien para que los amores y desamores tortuosos contengan dosis precisas de verosimilitud. Porque estamos hablando de universitarios burgueses en quienes contendían entonces a brazo partido una formación católica entreverada de ideales heroicos y banales ortodoxias -en un paisaje donde no podían faltar curitas jóvenes, dinámicos y proféticos como de novela de Martín Vigil-, y por otro lado unas urgencias feroces, al menos en algunos, de reventar el sólido y sórdido cuadro familiar y social y experimentar una plenitud sentimental y sexual -y tal vez política- liberada de los mil enconsertamientos que su clase les había ceñido al cuerpo y a la mente. Al fondo, el cambio económico, cultural y moral que, aun dentro del franquismo, ganaba terreno en el país, y la añoranza de una Europa libertina y democrática atiborrada de tesoros intelectuales (como ese ejemplar de Cahiers du Cinéma que dos protagonistas se pasan en la película como una valiosa mercancía).
Y el cine, claro, el cine como valor en sí pero también como emblema y vehículo de algo más, por muy censurado que llegara: cenáculo para conocer nuevas ideas, costumbres y personas, ocasion para pensar y hablar (a veces, por la época, en clave, crípticamente), ventana abierta al mundo y sus tentaciones en el casposísimo y tenebroso solar patrio, lugar de encuentro con gentes afines, y siempre la promesa que la fábrica de sueños ha abierto y sigue abriendo desde los tiempos de Melies y Lumiere, pero con la tonalidad particular que la época, católica, burguesa y dictatorial -pero protorrebelde- imprimía.
Sé de lo que hablo. En 1971, casi en la época en que se cuenta El ciclo Dreyer, yo era un adolescente que comenzaba a acudir con enorme interés y timidez al Cine Club Lux, un invento de los jesuítas me parece que de los años cincuenta pero que alcanzó su edad de oro y su primacía absoluta en el reino de los cineclubs pamploneses poco antes de que yo lo conociera, y las sostuvo hasta que la democracia del 77 lo hirió de muerte y vació sin remedio el gran salón del colegio, de más de mil localidades. Este se llenaba sólo en la denominada Semana del Cine, siete películas especiales presentadas por forasteros prestigiosos que paladeábamos a finales de enero como un evento de primera magnitud (lo era asimismo en la ciudad, algo ahora inconcebible). Ahora bien, el resto del curso, en las proyecciones de los viernes, las más concurridas (las de los sábados eran, no sé, como de menor rango), podían juntarse perfectamente más de trescientas personas para algo que hoy –en, por ejemplo, el admirable intento que conozco de un amigo querido- no convoca más de diez forofos: deglutir filmes franceses, italianos, alemanes, rusos, polacos, húngaros, checos, suecos, japoneses y a veces, pocas, norteamericanos, la mayoría en versión original subtitulada –supongo que este último detalle gracias a que algunos distribuidores alimentaban no sólo los cineclubs, sino especialmente, a partir de 1967, las llamadas salas de arte y ensayo, una modalidad de exhibición complementaria pero paralela-.
En el Lux, además de la presentación a veces muy extensa de la cinta, tenía lugar un coloquio tras ella al que nos quedábamos no menos de cincuenta locos del cine para perorar sobre el fondo y la forma en André Delvaux, los mensajes ocultos o explícitos en el polaco Wajda o en el primer Milos Forman, el compromiso en Pasolini o Visconti, el humor surrealista del inigualable Buster Keaton o, claro, la densidad metafísica de Ingmar Bergman, la estrella de los cineclubs de la época. Nos daban fácilmente las once de la noche en la ceremonia, me parece que no del todo laica. En ella la mayoría de las ocasiones ni la claridad conceptual ni el humor ni la ligereza eran plantas muy lozanas, pero nuestra pasión por lo que allí estaba en juego no mermaba ni un gramo.
Yo no pasaba de ser un advenedizo en ese mundo. No era de familia bien, no estudiaba en los jesuítas y, al menos los primeros años que asistí sin fallar un solo viernes, no hubiera podido pagarme la entrada –menos mal que un familiar favorecía, digamos, mis propósitos-. Pero, eso sí, en esa primera juventud convivían en mí y en tanta otra gente una avidez inaplacable de saber y una presencia difusa y confusa, la del fantasma de la religión -y aquí retomo el cabo de El ciclo Dreyer-. Bueno, en mí y en el cineclub, y no únicamente a causa de que el alma y motor primero del Lux fuera el incombustible y verborreico jesuíta Padre Ciriano. Recuerdo a muchos otros directivos-presentadores del cineclub, antiguos alumnos del colegio, que dejaban adivinar en sus gestos y palabras una formalidad y moderación que desprendían un inocultable tufillo a congregación de cristo, por muchas “inquietudes” que les acuciaran. Uno de los más conspicuos, sin duda un sólido estudioso del cine al que yo escuchaba con reverencia, en pocos años se ordenó, y creo que por ahí anda, de párroco.
Pero ni la religión ni nuestras limitaciones ni miedos ni perplejidades empequeñecían la intensidad emotiva e intelectual del evento de los viernes. En el decorado miserable e ineludible del franquismo, agredida nuestra pasión, no hay que olvidarlo, por la odiosa censura que prohibía tantas películas y mutilaba las que autorizaba, unos jóvenes se sumergían hasta el cuello en el cine y lo sorbían con delectación, y hablaban sobre él, al modo de los protagonistas de El ciclo Dreyer, poniendo en el empeño una cuota adicional de interés y ansiedad. El cine oficiaba de motor de la conciencia crítica, de dispositivo de sublimación de otras carencias y frustraciones, en fin, de camino prestado por el que transitaban y se calmaban o exacerbaban pasiones multiformes.
La mezcla de todo ello en cada persona era, insisto, muy confusa, y muy diversas las dosis de cada elemento. Es verdad que junto a los modosos y conservadores directivos del cineclub andaban por allí personas con ideas más claras y firmes. Sin ir más lejos, casi siempre aparecía Montxo Armendáriz, lanzado ya entonces a la militancia antifranquista clandestina. Pero la mayoría necesitó más tiempo hasta que se despejaron ciertas nieblas de la juventud, la religión desapareció de nuestro corazón o al menos se resituó en él, la situación política cambió y nuestro acceso al cine no estuvo tan mediatizado por ella, y, en suma, para que nuestras vidas adquiriesen los rumbos que han ido tomando con los años. La cinefilia se depuró con todo ello y adquirió un peso más ajustado en esas trayectorias adultas.
El cine, una pasión de juventud, escribió cierto escritor francés. No, no debería ser así, sería una pena, y aunque ahora nos expulsen de las salas los nuevos modos de diversión y un nutrido puñado de antropomorfos que no cesan de producir sonidos de toda índole mientras las películas transcurren, tenemos ya (¡y los que vamos a tener en el futuro!) nuevos y benéficos modos de conocer muchos filmes ajenos al circuito comercial y que disfrutaremos en una relajada privacidad. Pero lamento que, al menos para mí, maldita madurez, el cine no tenga ya la potencia y la particular calidad moral y sentimental que ganó en aquellos años convulsos, cuando toda la semana aguardaba con ilusión la sesión del viernes y sorbía hasta la última gota de las palabras que escuchaba en unos coloquios que, poco a poco, la gente iba abandonando. Y es que hacía mucho frío en un salón que nunca se acababa de calentar bien y, la verdad, la discusión se estaba liando.
El ciclo Dreyer presenta a cuatro jóvenes, uno de ellos nada menos que un sacerdote, que en las semanas en que se proyectan y comentan en un cineforum varias películas del genial director danés son sacudidos por seísmos emocionales bien trufados de culpa, escrúpulos religiosos, conciencia del deber, angustia e indecisión. Como se ve, una constelación de sentimientos y creencias que guardan una relativa analogía con la que alberga el mundo de Dreyer. La película de Alvaro del Amo es irregular, tal vez fallida, pero su ambición y algunas de sus escenas la elevan sin ninguna duda muy por encima de la media de lo que se nos ofrece habitualmente en las salas, al menos en las de Pamplona, y merece un pase.
Alvaro del Amo ubica la trama en los años sesenta, lo que ha calculado muy bien para que los amores y desamores tortuosos contengan dosis precisas de verosimilitud. Porque estamos hablando de universitarios burgueses en quienes contendían entonces a brazo partido una formación católica entreverada de ideales heroicos y banales ortodoxias -en un paisaje donde no podían faltar curitas jóvenes, dinámicos y proféticos como de novela de Martín Vigil-, y por otro lado unas urgencias feroces, al menos en algunos, de reventar el sólido y sórdido cuadro familiar y social y experimentar una plenitud sentimental y sexual -y tal vez política- liberada de los mil enconsertamientos que su clase les había ceñido al cuerpo y a la mente. Al fondo, el cambio económico, cultural y moral que, aun dentro del franquismo, ganaba terreno en el país, y la añoranza de una Europa libertina y democrática atiborrada de tesoros intelectuales (como ese ejemplar de Cahiers du Cinéma que dos protagonistas se pasan en la película como una valiosa mercancía).
Y el cine, claro, el cine como valor en sí pero también como emblema y vehículo de algo más, por muy censurado que llegara: cenáculo para conocer nuevas ideas, costumbres y personas, ocasion para pensar y hablar (a veces, por la época, en clave, crípticamente), ventana abierta al mundo y sus tentaciones en el casposísimo y tenebroso solar patrio, lugar de encuentro con gentes afines, y siempre la promesa que la fábrica de sueños ha abierto y sigue abriendo desde los tiempos de Melies y Lumiere, pero con la tonalidad particular que la época, católica, burguesa y dictatorial -pero protorrebelde- imprimía.
Sé de lo que hablo. En 1971, casi en la época en que se cuenta El ciclo Dreyer, yo era un adolescente que comenzaba a acudir con enorme interés y timidez al Cine Club Lux, un invento de los jesuítas me parece que de los años cincuenta pero que alcanzó su edad de oro y su primacía absoluta en el reino de los cineclubs pamploneses poco antes de que yo lo conociera, y las sostuvo hasta que la democracia del 77 lo hirió de muerte y vació sin remedio el gran salón del colegio, de más de mil localidades. Este se llenaba sólo en la denominada Semana del Cine, siete películas especiales presentadas por forasteros prestigiosos que paladeábamos a finales de enero como un evento de primera magnitud (lo era asimismo en la ciudad, algo ahora inconcebible). Ahora bien, el resto del curso, en las proyecciones de los viernes, las más concurridas (las de los sábados eran, no sé, como de menor rango), podían juntarse perfectamente más de trescientas personas para algo que hoy –en, por ejemplo, el admirable intento que conozco de un amigo querido- no convoca más de diez forofos: deglutir filmes franceses, italianos, alemanes, rusos, polacos, húngaros, checos, suecos, japoneses y a veces, pocas, norteamericanos, la mayoría en versión original subtitulada –supongo que este último detalle gracias a que algunos distribuidores alimentaban no sólo los cineclubs, sino especialmente, a partir de 1967, las llamadas salas de arte y ensayo, una modalidad de exhibición complementaria pero paralela-.
En el Lux, además de la presentación a veces muy extensa de la cinta, tenía lugar un coloquio tras ella al que nos quedábamos no menos de cincuenta locos del cine para perorar sobre el fondo y la forma en André Delvaux, los mensajes ocultos o explícitos en el polaco Wajda o en el primer Milos Forman, el compromiso en Pasolini o Visconti, el humor surrealista del inigualable Buster Keaton o, claro, la densidad metafísica de Ingmar Bergman, la estrella de los cineclubs de la época. Nos daban fácilmente las once de la noche en la ceremonia, me parece que no del todo laica. En ella la mayoría de las ocasiones ni la claridad conceptual ni el humor ni la ligereza eran plantas muy lozanas, pero nuestra pasión por lo que allí estaba en juego no mermaba ni un gramo.
Yo no pasaba de ser un advenedizo en ese mundo. No era de familia bien, no estudiaba en los jesuítas y, al menos los primeros años que asistí sin fallar un solo viernes, no hubiera podido pagarme la entrada –menos mal que un familiar favorecía, digamos, mis propósitos-. Pero, eso sí, en esa primera juventud convivían en mí y en tanta otra gente una avidez inaplacable de saber y una presencia difusa y confusa, la del fantasma de la religión -y aquí retomo el cabo de El ciclo Dreyer-. Bueno, en mí y en el cineclub, y no únicamente a causa de que el alma y motor primero del Lux fuera el incombustible y verborreico jesuíta Padre Ciriano. Recuerdo a muchos otros directivos-presentadores del cineclub, antiguos alumnos del colegio, que dejaban adivinar en sus gestos y palabras una formalidad y moderación que desprendían un inocultable tufillo a congregación de cristo, por muchas “inquietudes” que les acuciaran. Uno de los más conspicuos, sin duda un sólido estudioso del cine al que yo escuchaba con reverencia, en pocos años se ordenó, y creo que por ahí anda, de párroco.
Pero ni la religión ni nuestras limitaciones ni miedos ni perplejidades empequeñecían la intensidad emotiva e intelectual del evento de los viernes. En el decorado miserable e ineludible del franquismo, agredida nuestra pasión, no hay que olvidarlo, por la odiosa censura que prohibía tantas películas y mutilaba las que autorizaba, unos jóvenes se sumergían hasta el cuello en el cine y lo sorbían con delectación, y hablaban sobre él, al modo de los protagonistas de El ciclo Dreyer, poniendo en el empeño una cuota adicional de interés y ansiedad. El cine oficiaba de motor de la conciencia crítica, de dispositivo de sublimación de otras carencias y frustraciones, en fin, de camino prestado por el que transitaban y se calmaban o exacerbaban pasiones multiformes.
La mezcla de todo ello en cada persona era, insisto, muy confusa, y muy diversas las dosis de cada elemento. Es verdad que junto a los modosos y conservadores directivos del cineclub andaban por allí personas con ideas más claras y firmes. Sin ir más lejos, casi siempre aparecía Montxo Armendáriz, lanzado ya entonces a la militancia antifranquista clandestina. Pero la mayoría necesitó más tiempo hasta que se despejaron ciertas nieblas de la juventud, la religión desapareció de nuestro corazón o al menos se resituó en él, la situación política cambió y nuestro acceso al cine no estuvo tan mediatizado por ella, y, en suma, para que nuestras vidas adquiriesen los rumbos que han ido tomando con los años. La cinefilia se depuró con todo ello y adquirió un peso más ajustado en esas trayectorias adultas.
El cine, una pasión de juventud, escribió cierto escritor francés. No, no debería ser así, sería una pena, y aunque ahora nos expulsen de las salas los nuevos modos de diversión y un nutrido puñado de antropomorfos que no cesan de producir sonidos de toda índole mientras las películas transcurren, tenemos ya (¡y los que vamos a tener en el futuro!) nuevos y benéficos modos de conocer muchos filmes ajenos al circuito comercial y que disfrutaremos en una relajada privacidad. Pero lamento que, al menos para mí, maldita madurez, el cine no tenga ya la potencia y la particular calidad moral y sentimental que ganó en aquellos años convulsos, cuando toda la semana aguardaba con ilusión la sesión del viernes y sorbía hasta la última gota de las palabras que escuchaba en unos coloquios que, poco a poco, la gente iba abandonando. Y es que hacía mucho frío en un salón que nunca se acababa de calentar bien y, la verdad, la discusión se estaba liando.
09 julio 2007
Sartre, por Annie Cohen-Solal
He leído la pequeña monografía de Annie Cohen-Solal sobre Jean-Paul Sartre que publicó en castellano Anagrama hace año y pico. De la misma autora ya devoré en el año noventa su gran biografía del pensador francés, muy rica en detalles y en brío narrativo, y que hace poco reeditó Edhasa. Pero este librito, perteneciente en su versión original a la magnífica colección Que sais-je?, es capaz en 130 páginas de dibujar la zigzagueante trayectoria de un hombre y un escritor que logró fascinar a tantos en el mundo entero durante más de cuarenta años. Da un mucho de vergüenza decir algo a estas alturas sobre un gigante al que se han dedicado tantísimos libros. Sólo diré que el de Cohen-Solal permite recordar que Sartre fue un especialista en entusiasmos que, como buen grafómano, le empujaban al papel, pero sobre todo en rupturas y broncas. Un tipo que, entre otras varias adscripciones, fue sucesiva o simultáneamente un individualista de un pesimismo sin resquicios, anarcoide y ensimismado, un resistente mediano frente al nazismo, un célebre compañero de viaje de los comunistas y luego fustigador radical de ellos, un anticolonialista implacable al que odiaron por ello tantos franceses, un maoísta en el 68 y al final, simplemente, un lúcido enfermo y ciego abandonado al escrutinio cruel de Simone de Beauvoir. Un hombre que nunca aguantó muchos años en ningún lugar ideológico, un provocador, un incómodo que a veces de puro revolucionario resultaba de un oficialismo de jefe de estado, aunque indefectiblemente acabara abominando de lo que antes había defendido. Sartre, sobre el que se cebaron casi todos los intelectuales tras su muerte, fue toda su vida, creo, un auténtico tocapelotas en perpetua reacomodación, un equivocado genial, un feroz debelador de la familia y los amores convencionales y un adelantado en la defensa de los homosexuales, los inmigrantes y los pueblos que se sacudían en la segunda mitad del siglo veinte la dominación colonial (aunque luego acabaran padeciendo regímenes tan brutales y corruptos como el del colonizador expulsado). Y fue, muy especialmente, para lo que ahora nos queda como lectores, un prolífico increíble que manchó miles de páginas en todos los géneros y formatos, unas de circunstancias pero otras muchas inolvidables.
Annie Cohen-Solal ha sido tildada de poco objetiva en su relato del devenir sartriano, y en este mismo librito se reproduce en apéndice un artículo de Xavier Antich que considera que su magna biografía está lastrada "en exceso por la fascinación ante el personaje y sus historietas”. No estoy seguro de que este juicio sea muy justo. Cohen-Solal simpatiza abiertamente con su biografiado, cierto, pero es lo suficientemente honesta como para ofrecer tanta y tan variada información sobre él que coloca al lector en situación de forjarse su propio juicio. Y en esta breve monografía hay, entre otras muchas páginas valiosas, un capítulo que es modelo, creo, de objetividad y de cuidado en el matiz: el relato de las opuestas actitudes ante la guerra de descolonización de Argelia que mantuvieron Camus (“autóctono, sensibilizado, desgarrado, perfectamente consciente de la realidad”, paulatinamente silencioso y ausente) y Sartre (“el metropolitano, el extranjero, el teórico”, el intelectual de izquierda simbólico, el profeta de la guerra, el principal apoyo intelectual en Francia de los argelinos rebeldes).
De todo eso y mucho más se habla en las pocas páginas del libro, a través del cual aparece un Sartre que la autora considera “en primer lugar un modelo, una práctica, antes que una doctrina o una obra”. Sartre sigue siendo “perturbador para algunos por su permanente labor de zapa, saludable para otros y, más que nunca, brújula ética.”
Por cierto que, muy animado por este pequeño volumen, me he asomado también una buena ración de horas a El siglo de Sartre, de Bernard-Henry Lévy (se salda ahora en muchos sitios, ¡ay!, a tres euros este interesantísimo libro), y a Sartre y Beauvoir, de Hazel Rowley, otro estudio de los líos amorosos y sexuales de la pareja que quiso ser transparente y distinta. Los dos libros tienen partes muy recomendables. Pero desde que leí el primer libro de Annie Cohen-Solal, esta autora pasó a ser mi acompañante preferida en los merodeos por la vida y obra de Sartre.
Annie Cohen-Solal ha sido tildada de poco objetiva en su relato del devenir sartriano, y en este mismo librito se reproduce en apéndice un artículo de Xavier Antich que considera que su magna biografía está lastrada "en exceso por la fascinación ante el personaje y sus historietas”. No estoy seguro de que este juicio sea muy justo. Cohen-Solal simpatiza abiertamente con su biografiado, cierto, pero es lo suficientemente honesta como para ofrecer tanta y tan variada información sobre él que coloca al lector en situación de forjarse su propio juicio. Y en esta breve monografía hay, entre otras muchas páginas valiosas, un capítulo que es modelo, creo, de objetividad y de cuidado en el matiz: el relato de las opuestas actitudes ante la guerra de descolonización de Argelia que mantuvieron Camus (“autóctono, sensibilizado, desgarrado, perfectamente consciente de la realidad”, paulatinamente silencioso y ausente) y Sartre (“el metropolitano, el extranjero, el teórico”, el intelectual de izquierda simbólico, el profeta de la guerra, el principal apoyo intelectual en Francia de los argelinos rebeldes).
De todo eso y mucho más se habla en las pocas páginas del libro, a través del cual aparece un Sartre que la autora considera “en primer lugar un modelo, una práctica, antes que una doctrina o una obra”. Sartre sigue siendo “perturbador para algunos por su permanente labor de zapa, saludable para otros y, más que nunca, brújula ética.”
Por cierto que, muy animado por este pequeño volumen, me he asomado también una buena ración de horas a El siglo de Sartre, de Bernard-Henry Lévy (se salda ahora en muchos sitios, ¡ay!, a tres euros este interesantísimo libro), y a Sartre y Beauvoir, de Hazel Rowley, otro estudio de los líos amorosos y sexuales de la pareja que quiso ser transparente y distinta. Los dos libros tienen partes muy recomendables. Pero desde que leí el primer libro de Annie Cohen-Solal, esta autora pasó a ser mi acompañante preferida en los merodeos por la vida y obra de Sartre.
06 julio 2007
Soberbia del viajero
Los españoles asesinados el otro día en Yemen, ¿eran turistas o aventureros? Si esto último -y parece que al menos los dos vascos, los guías, vivían poseídos por el nomadismo arriesgado-, lo sucedido sería sólo uno de los avatares posibles. Los aventureros saben que la muerte forma parte, con naturalidad, del abanico de opciones abierto por su pulsión vital.
En todo caso, unos viajeros que han sido advertidos del gran peligro que corren (y que hacen correr a otros: nadie habla estos días de los yemenís muertos), pero deciden arriesgarse, eso sí, escoltados por militares del país, ¿no enseñan una de las muchas caras de la soberbia colonialista que tanto se denosta de boquilla? ¡Menudos aventureros! ¿Es que nuestro afán de vivir experiencias “intensas” e inolvidables no tiene límite ni prudencia, y es el único legislador moderno que reconocemos? ¿No estamos ante la enésima versión del “divertirse hasta morir”, convertido en el primer mandamiento del occidental, y más del progre acomodado?
No, no es verdad que estos turistas y aventureros sean, como dice un lector en El País, “luchadores contra el aislamiento, el miedo y la ignorancia”. Viajar no garantiza, en sí mismo, ni más inteligencia o sentido solidario, ni más amplitud de miras o de conocimiento, ni mayor rigor vital ni analítico. Se me agolpan en la mente ejemplos vivientes que contradicen este tópico.
Una variante del lugar común reza que “el nacionalismo se cura viajando”. Mentira. Sin ir más lejos, y por lo que he leído estos días, me temo que ni los mismos aventureros vascos asesinados, ni muchos de los que han manifestado su pesar e incluso se han manifestado en la calle contra el crimen, han entendido nada de lo que pasa en su mismo país con el terrorismo etarra y han aplicado un rasero moral muy diferente al que aplican ante la muerte cercana. ¿Que lecciones básicas de humanidad han consolidado en sus periplos por el remoto mundo, si la primera y elemental se les resiste obstinadamente?
En todo caso, unos viajeros que han sido advertidos del gran peligro que corren (y que hacen correr a otros: nadie habla estos días de los yemenís muertos), pero deciden arriesgarse, eso sí, escoltados por militares del país, ¿no enseñan una de las muchas caras de la soberbia colonialista que tanto se denosta de boquilla? ¡Menudos aventureros! ¿Es que nuestro afán de vivir experiencias “intensas” e inolvidables no tiene límite ni prudencia, y es el único legislador moderno que reconocemos? ¿No estamos ante la enésima versión del “divertirse hasta morir”, convertido en el primer mandamiento del occidental, y más del progre acomodado?
No, no es verdad que estos turistas y aventureros sean, como dice un lector en El País, “luchadores contra el aislamiento, el miedo y la ignorancia”. Viajar no garantiza, en sí mismo, ni más inteligencia o sentido solidario, ni más amplitud de miras o de conocimiento, ni mayor rigor vital ni analítico. Se me agolpan en la mente ejemplos vivientes que contradicen este tópico.
Una variante del lugar común reza que “el nacionalismo se cura viajando”. Mentira. Sin ir más lejos, y por lo que he leído estos días, me temo que ni los mismos aventureros vascos asesinados, ni muchos de los que han manifestado su pesar e incluso se han manifestado en la calle contra el crimen, han entendido nada de lo que pasa en su mismo país con el terrorismo etarra y han aplicado un rasero moral muy diferente al que aplican ante la muerte cercana. ¿Que lecciones básicas de humanidad han consolidado en sus periplos por el remoto mundo, si la primera y elemental se les resiste obstinadamente?
25 junio 2007
Fiesta de fin de curso
Viernes 22. Once de la mañana. Colegio público de infantil y primaria en mi pueblo. Último día lectivo antes de las vacaciones. Los maestros y especialmente las maestras han organizado una fiesta en el patio. No sé qué actos habrá habido ya, salvo, por los restos que se ven aquí y allá, el almuerzo para los críos de bocadillos de chistorra o panceta preparados por docentes y conserjes. Los chavales aguardan a que, en el escenario montado en un extremo, comience el karakoke. Irán subiendo las distintas clases. Un par de hombres agitados y sudorosos hacen pruebas de sonido. Hay alumnos de muchos países, aunque predominan las caras morenas. Los de aquí ya no son mayoría rotunda, ni mucho menos. Suena en los altavoces del colegio música sanferminera.
Espero y en muy pocos minutos comienzan las actuaciones. Suben críos de educación infantil o de primero de primaria y berrean Me gustas mucho, el corrido que popularizó Rocío Dúrcal hace casi treinta años. El animador, el mismo que antes probaba sonido y que ha dejado la camioneta al lado, dentro del recinto, trata de guiar al grupo para que se acompase algo a la música, pero no hay manera. Tarde o temprano seré tuya, y mío tú serás, canta para intentar que aquello tenga algún sentido. Al mismo tiempo varias crías de diez u once años han formado parejas y bailan la pieza con modos todavía poco maduros, y otros chavales más pequeños corren y pelean, totalmente ajenos a lo que acontece en el tablado. Las verjas que circundan el centro se han poblado de padres, madres y hermanas de los alumnos. Siguen la fiesta así, desde fuera.
El día, muy cambiante, no acaba de ser veraniego, y varias maestras llevan chaqueta. Charlan en grupos pero no dejan de vigilar el orden de turnos para la actuación de sus tutorizados. Hay maestros grabando retazos del evento con pequeñas y modernas cámaras, y otros que pasean en solitario, mitad vigilando, mitad esperando a que acabe la mañana de una bendita vez. Las maestras que veo, y conozco a varias, están entre los cuarenta y cinco y los sesenta años. Todas, y todos, con los pelos un poco revueltos por el viento desapacible, no son precisamente un modelo de lozanía física. Lo anoto con toda la comprensión del mundo, porque yo estoy mucho peor. Cuando nos conocimos, hace muchos años, teníamos otra presencia.
El conjunto desprende una menesterosidad profunda, una grisura tediosa e irremediable. Sin embargo, la conducta del profesorado, el hecho de que sigan organizando esta clase de actos, despide al mismo tiempo una grandeza cercana al heroísmo. Con la que está cayendo, con las crecientes exigencias de unos padres blandos y comprensivos hasta el delirio con sus retoños pero abusivos y desnortados con los enseñadores, con la mutación de conductas en los críos y adolescentes, con la progresivamente asfixiante “juridificación” de las relaciones (los abogados empiezan a tener en los habituales e inevitables conflictos escolares un yacimiento mayúsculo de posibilidades laborales), y sometidos a una administración que dicta una ley general cada cuatro años y ensalza teorías pedagógicas extravagantes o absurdas, en fin, con todo eso y mucho más, el esfuerzo de ser maestro se me antoja más agotador y muchas veces improductivo que el que se veía obligado a ensayar Sísifo empujando la piedra monte arriba.
Sé de lo que hablo porque yo también estuve en el patio en otros tiempos, y además grité demasiadas tonterías sobre la educación. Entonces esas maestras me aburrían y exasperaban con cierta frecuencia. Lo dejé, con no poca suerte, y mis ganas de volver son nulas. Pero hoy, mientras enfilo hacia casa y oigo a los críos ejecutar sórdidamente otra vieja pachanga, pienso: suerte, compañeras y compañeros, que os vaya muy bien. Alguien tiene que estar ahí, en el peor y más delicado lugar de un sistema educativo. Dentro de vuestras posibilidades, lo hacéis de maravilla y ayudáis al menos, teniendo a los críos guardados y vigilados, a que el sistema productivo funcione. Felices vacaciones, ahora llegan dos meses para olvidar.
Espero y en muy pocos minutos comienzan las actuaciones. Suben críos de educación infantil o de primero de primaria y berrean Me gustas mucho, el corrido que popularizó Rocío Dúrcal hace casi treinta años. El animador, el mismo que antes probaba sonido y que ha dejado la camioneta al lado, dentro del recinto, trata de guiar al grupo para que se acompase algo a la música, pero no hay manera. Tarde o temprano seré tuya, y mío tú serás, canta para intentar que aquello tenga algún sentido. Al mismo tiempo varias crías de diez u once años han formado parejas y bailan la pieza con modos todavía poco maduros, y otros chavales más pequeños corren y pelean, totalmente ajenos a lo que acontece en el tablado. Las verjas que circundan el centro se han poblado de padres, madres y hermanas de los alumnos. Siguen la fiesta así, desde fuera.
El día, muy cambiante, no acaba de ser veraniego, y varias maestras llevan chaqueta. Charlan en grupos pero no dejan de vigilar el orden de turnos para la actuación de sus tutorizados. Hay maestros grabando retazos del evento con pequeñas y modernas cámaras, y otros que pasean en solitario, mitad vigilando, mitad esperando a que acabe la mañana de una bendita vez. Las maestras que veo, y conozco a varias, están entre los cuarenta y cinco y los sesenta años. Todas, y todos, con los pelos un poco revueltos por el viento desapacible, no son precisamente un modelo de lozanía física. Lo anoto con toda la comprensión del mundo, porque yo estoy mucho peor. Cuando nos conocimos, hace muchos años, teníamos otra presencia.
El conjunto desprende una menesterosidad profunda, una grisura tediosa e irremediable. Sin embargo, la conducta del profesorado, el hecho de que sigan organizando esta clase de actos, despide al mismo tiempo una grandeza cercana al heroísmo. Con la que está cayendo, con las crecientes exigencias de unos padres blandos y comprensivos hasta el delirio con sus retoños pero abusivos y desnortados con los enseñadores, con la mutación de conductas en los críos y adolescentes, con la progresivamente asfixiante “juridificación” de las relaciones (los abogados empiezan a tener en los habituales e inevitables conflictos escolares un yacimiento mayúsculo de posibilidades laborales), y sometidos a una administración que dicta una ley general cada cuatro años y ensalza teorías pedagógicas extravagantes o absurdas, en fin, con todo eso y mucho más, el esfuerzo de ser maestro se me antoja más agotador y muchas veces improductivo que el que se veía obligado a ensayar Sísifo empujando la piedra monte arriba.
Sé de lo que hablo porque yo también estuve en el patio en otros tiempos, y además grité demasiadas tonterías sobre la educación. Entonces esas maestras me aburrían y exasperaban con cierta frecuencia. Lo dejé, con no poca suerte, y mis ganas de volver son nulas. Pero hoy, mientras enfilo hacia casa y oigo a los críos ejecutar sórdidamente otra vieja pachanga, pienso: suerte, compañeras y compañeros, que os vaya muy bien. Alguien tiene que estar ahí, en el peor y más delicado lugar de un sistema educativo. Dentro de vuestras posibilidades, lo hacéis de maravilla y ayudáis al menos, teniendo a los críos guardados y vigilados, a que el sistema productivo funcione. Felices vacaciones, ahora llegan dos meses para olvidar.
24 junio 2007
Epistolario apresurado
En 1983, Juan López-Morillas, un hispanista tan reputado que, entre otros muchos cargos, ha llegado a ser el presidente de la Asociación Mundial del gremio, y autor de estudios decisivos sobre el krausismo o sobre escritores como Machado y Galdós, conoce a sus setenta años a un poeta de treinta de Jaén, Manuel Ruiz Amezcua, que ejerce en Baeza como profesor de Instituto. López-Morillas, nacido en Jódar, en la provincia jiennense, en 1913, ya antes de la guerra civil comienza su carrera académica en los Estados Unidos, donde, cuando conoce a Ruiz Amezcua, está a punto de jubilarse tras una carrera plena de honores en universidades como Brown y Austin (Texas). Arranca entonces una correspondencia esporádica entre los dos hombres que se prolongará hasta la muerte de López-Morillas en 1997. El gran hispanista ha decidido a comienzos de los ochenta dedicar los años que le queden de vida sobre todo a dos ocupaciones: viajar por el mundo con su esposa y traducir al castellano buena parte de las grandes obras de la literatura rusa del siglo XIX, aquellas que alcance a culminar de Dostoievski, Tolstoi, Chejov o Turgueniev. Las veinte traducciones que pudo finalizar, modélicas, pueden disfrutarse en la (antes) gran colección de bolsillo de Alianza. Yo, de hecho, que ando leyendo y releyendo a Chejov, he llegado al personaje intrigado por un suelto que leí cuando murió y que reseñaba esa esforzada labor de senectud.
Las cartas que en esos años López-Morillas envió a Ruiz Amezcua pueden leerse en El vuelo de las palabras, un libro que editó la Diputación de Jaén y que he conseguido, cómo no, gracias a internet. Ya se ha dicho que el hispanista es un hombre muy ocupado, que cuando no viaja traduce en jornadas de más de diez horas y es requerido desde múltiples lugares para todas suerte de congresos y conferencias. Lo cierto es que, sea por esas causas o porque, sencillamente, no tiene ganas de más, sus cartas al poeta de Jaén son breves, corteses, un tanto de cubrir el expediente, escritas, seguro, en pocos minutos. Muchas de ellas no sobrepasan el estadio de un acuse de recibo de los libros de poemas que le envía regularmente el profesor de instituto. Porque, eso sí, López-Morillas es un hombre meticuloso y muy educado que se impone a rajatabla la obligación del acuse de recibo de todos los libros y artículos que recibe. Las misivas de Ruiz Amezcua, en cambio, no aparecen en el libro, pero colegimos por las indicaciones mínimas de López-Morillas en sus respuestas que son mucho más extensas y personales, y que en ellas se deslizan constantes peticiones al hispanista de que redacte comentarios críticos (favorables, claro) sobre los libros de poesía que le manda, los cuales quiere emplear luego el profesor de instituto como textos promocionales. Le ruega asimismo al casi anciano que efectúe gestiones ante la editorial Cátedra para que sea posible que él logre publicar una antología de sus versos en la prestigiosa colección de Letras Hispánicas. López-Morillas acepta interceder ante sus poderosos colegas José Manuel Blecua y Francisco Rico –sin resultado, al menos hasta hoy-, pero se niega a reclamar lo mismo a Gustavo Domínguez, director de la editorial, dado que ni siquiera sabe quién es. En cuanto a sus comentarios sobre los versos de Ruiz Amezcua, el hispanista sólo los escribe muy breves, el más extenso de menos de dos páginas, y en ellos (el libro reproduce uno de pocas líneas) los elogios suenan a generales, bienintencionados, amables y poco comprometidos.
El tira y afloja, cortés pero muy desequilibrado, entre el viejo hispanista y el joven e insistente poeta es lo que dejan ver las cartas de López-Morillas a un lector atento, frio y desprejuiciado. No lo es el editor del volumen, Dámaso Chicharro, me temo que muy amigo de Ruiz Amezcua, quien se empeña machaconamente en hacernos creer, en páginas y más páginas, y contra la evidencia, que las cartas de López-Morillas son extraordinarias, afectuosas, largas, repletas de sabiduría –y que por tanto merecen unas notas que, sobre repetitivas, resultan más de una vez incluso ridículas a fuer de hiperbólicas; además, y como tantos otros eruditos, Chicharro es un maestro en remachar en cientos de notas lo que con frecuencia no necesita explicación-. No, a despecho de los esfuerzos patéticos del editor del libro, lo que incluso traslucen las cartas del hispanista es impaciencia, una pizca de agobio ante los requerimientos del joven, una sensación cortés pero firme de que su tiempo es muy valioso y escaso, que sabe muy bien en qué emplearlo y que la cuota que puede dedicarle no pasa de unos minutos cada mucho, mucho tiempo.
Sin irse a otras lenguas, lee uno, por ejemplo, las cartas de Juan Valera, Pedro Salinas o Julio Cortázar, y se maravilla de la viveza narrativa y potencia reflexiva que sus autores pusieron en el género epistolar. Pero se leen estas de López-Morillas, que hoy hubiese mandado sin duda correos electrónicos, y asoman sentimientos muy diferentes, comenzando por una cierta melancolía, la que provoca una relación desigual en múltiples sentidos. No sólo en el talento, también en el interés, en la disponibilidad. Se me ocurre que aquí tiene un tema perfecto un novelista a la manera de Henry James. El maestro lejano y cortés, avaro de su tiempo vital ya escaso, el joven tesonero que, a lomos de la admiración, busca abrirse camino con denuedo en la sociedad literaria, y el estudioso que envuelve la materialidad modesta de unos textos en una construcción interesadamente fantasiosa.
Las cartas que en esos años López-Morillas envió a Ruiz Amezcua pueden leerse en El vuelo de las palabras, un libro que editó la Diputación de Jaén y que he conseguido, cómo no, gracias a internet. Ya se ha dicho que el hispanista es un hombre muy ocupado, que cuando no viaja traduce en jornadas de más de diez horas y es requerido desde múltiples lugares para todas suerte de congresos y conferencias. Lo cierto es que, sea por esas causas o porque, sencillamente, no tiene ganas de más, sus cartas al poeta de Jaén son breves, corteses, un tanto de cubrir el expediente, escritas, seguro, en pocos minutos. Muchas de ellas no sobrepasan el estadio de un acuse de recibo de los libros de poemas que le envía regularmente el profesor de instituto. Porque, eso sí, López-Morillas es un hombre meticuloso y muy educado que se impone a rajatabla la obligación del acuse de recibo de todos los libros y artículos que recibe. Las misivas de Ruiz Amezcua, en cambio, no aparecen en el libro, pero colegimos por las indicaciones mínimas de López-Morillas en sus respuestas que son mucho más extensas y personales, y que en ellas se deslizan constantes peticiones al hispanista de que redacte comentarios críticos (favorables, claro) sobre los libros de poesía que le manda, los cuales quiere emplear luego el profesor de instituto como textos promocionales. Le ruega asimismo al casi anciano que efectúe gestiones ante la editorial Cátedra para que sea posible que él logre publicar una antología de sus versos en la prestigiosa colección de Letras Hispánicas. López-Morillas acepta interceder ante sus poderosos colegas José Manuel Blecua y Francisco Rico –sin resultado, al menos hasta hoy-, pero se niega a reclamar lo mismo a Gustavo Domínguez, director de la editorial, dado que ni siquiera sabe quién es. En cuanto a sus comentarios sobre los versos de Ruiz Amezcua, el hispanista sólo los escribe muy breves, el más extenso de menos de dos páginas, y en ellos (el libro reproduce uno de pocas líneas) los elogios suenan a generales, bienintencionados, amables y poco comprometidos.
El tira y afloja, cortés pero muy desequilibrado, entre el viejo hispanista y el joven e insistente poeta es lo que dejan ver las cartas de López-Morillas a un lector atento, frio y desprejuiciado. No lo es el editor del volumen, Dámaso Chicharro, me temo que muy amigo de Ruiz Amezcua, quien se empeña machaconamente en hacernos creer, en páginas y más páginas, y contra la evidencia, que las cartas de López-Morillas son extraordinarias, afectuosas, largas, repletas de sabiduría –y que por tanto merecen unas notas que, sobre repetitivas, resultan más de una vez incluso ridículas a fuer de hiperbólicas; además, y como tantos otros eruditos, Chicharro es un maestro en remachar en cientos de notas lo que con frecuencia no necesita explicación-. No, a despecho de los esfuerzos patéticos del editor del libro, lo que incluso traslucen las cartas del hispanista es impaciencia, una pizca de agobio ante los requerimientos del joven, una sensación cortés pero firme de que su tiempo es muy valioso y escaso, que sabe muy bien en qué emplearlo y que la cuota que puede dedicarle no pasa de unos minutos cada mucho, mucho tiempo.
Sin irse a otras lenguas, lee uno, por ejemplo, las cartas de Juan Valera, Pedro Salinas o Julio Cortázar, y se maravilla de la viveza narrativa y potencia reflexiva que sus autores pusieron en el género epistolar. Pero se leen estas de López-Morillas, que hoy hubiese mandado sin duda correos electrónicos, y asoman sentimientos muy diferentes, comenzando por una cierta melancolía, la que provoca una relación desigual en múltiples sentidos. No sólo en el talento, también en el interés, en la disponibilidad. Se me ocurre que aquí tiene un tema perfecto un novelista a la manera de Henry James. El maestro lejano y cortés, avaro de su tiempo vital ya escaso, el joven tesonero que, a lomos de la admiración, busca abrirse camino con denuedo en la sociedad literaria, y el estudioso que envuelve la materialidad modesta de unos textos en una construcción interesadamente fantasiosa.
19 junio 2007
Las verdades del Partido
No pude votar el 15 de junio de 1977. Aún no tenía 21 años. Pero bien liado que había estado en la campaña. Mi partido, el Euskadiko Mugimendu Komunista (para mí seguía siendo el Movimiento Comunista de España, con ese nombre me acerqué a él), se presentaba en Navarra dentro de una coalición, la Unión Navarra de Izquierdas, en parte porque había que agrupar fuerzas, en parte porque era uno de los muchos grupos o grupúsculos ilegales de ultraizquierda —Suárez no los legalizó hasta un mes después de los comicios—. Con el paraguas UNAI, si no recuerdo mal, se taparon también algunos independientes y ESEI, un partido abertzale y socialista (esto lo decíamos entonces sin reserva alguna), una cosita pequeña que pronto desapareció. En UNAI nosotros éramos los machacas, los obreros de la agitación y propaganda, pero el atractivo electoral lo aportaban los independientes. El número uno de la lista era el médico Javier Erice, que había sido alcalde de Pamplona un tiempo, hasta que, muerto ya Franco, el gobernador caído por aquí en 1975, más burro y malasombra todavía que el ferrolano muerto, lo destituyó por las bravas aprovechando el lío judicial de las casas de Nuin. La campaña fue eufórica, con picos tórridos como el mitin final en el Anaitasuna, y hubo momentos en que creímos que a UNAI le iban a corresponder dos o tres diputados como mínimo. Pero igual que en tantas otras cosas, nos equivocamos, si bien es verdad que Javier Erice, que conservaba un gran prestigio en la ciudad, estuvo a punto de ser diputado en Madrid. Le faltaron unos 500 votos. El resultado nos dejó entre estupefactos y doloridos. Al año siguiente, cuando mi fe ya se estaba resquebrajando, Miguel Angel Muez, otro mítico concejal rojeras de la ciudad que se iniciaba como yo en los arcanos del euskera, me confió con su característica acidez enfurruñada que menos mal que Erice no había sido elegido. Para bajarme del guindo dijo más cosas, todas poco caritativas con quien había sido nuestro hombre de cartel.
A mí me había metido en el partido un año antes quien acabaría siendo un prestigioso director de cine. En aquellos tiempos de plomo, supongo, quedaba lejos de sus sueños imaginar siquiera ese futuro. Yo hervía de inquietud política, me sentía moralmente obligado a saltar al activismo organizado y conocía un poco a gente del partido a la que admiraba por la claridad ideológica y la coherencia vital, así que cuando J. me invitó a formar parte de un grupo de simpatizantes que recibiría unas primeras lecciones de marxismo y leninismo, no lo dudé.
Tiempo atrás, el futuro cineasta había sido, fugazmente, mi profesor de electrónica, hasta que, me temo que harto, abandonó el colegio de curas donde se dedicaba a explicarnos el funcionamiento de los circuitos de transistores y las radios de válvulas. La tarde de incipiente primavera en que el grupo arrancó, como nos conocíamos me ofrecí para conducirlo al lugar de la reunión. Franco había muerto, pero la incertidumbre dominaba y la policía no cesaba de asestar crueles zarpazos, de modo que se acordó a través de J. que el contacto se hiciera, artificiosamente, mediante contraseña.
- ¿Sabe dónde está el seminario? –le pregunté al cineasta a las puertas de una pastelería cercana al piso donde debíamos ir-.
- En San Juan está la cárcel –respondió tranquilo mi ex-profesor—. Y, acto seguido, como había caído en quién era yo, me inquirió por los estudios y la marcha del colegio donde mi cuerpo ausente y aburrido reptaba por la electrónica.
La sede de nuestros conciliábulos era una residencia de estudiantes que mantenía el Arzobispado y que, al correr de los años, un político seductor y ladrón acabaría convirtiendo en un amplio piso de lujo merced a sus privilegiadas relaciones con el prelado. Éramos seis en el grupo, uno de ellos el estudiante al que invadimos el cuarto. Como en este únicamente había dos sillas, el resto nos sentábamos frente a frente en el par de camas que casi lo atestaban. El futuro director de cine hablaba con una voz más bien monótona, como si le habitara un cansancio mal disimulado. Yo sabía por J. que después de penosos avatares represivos, estaba reubicado en el partido en la condición de simpatizante dedicado a la formación, supongo que por decisión propia. Este estatus nos causaba sin embargo cierta pena, porque la categoría de militante, creíamos, era la mejor, la más elevada, y además el cineasta, pese al tedio que parecía recorrerle, poseía un discurso claro, preciso, pedagógico en el buen sentido de la expresión, o así nos lo parecía entonces, y en su boca las contradicciones en el seno del pueblo descritas por Mao, el carácter paradójicamente democrático de la dictadura del proletariado, la necesidad que Lenin había defendido de una férrea organización en el partido, el carácter secundario de la lucha antiimperalista en el estado español en virtud del espectacular desarrollo de la burguesía autóctona, o los dislates de palabra y obra de la ORT o los troskistas, eran evidencias absolutas que fluían con naturalidad y elegancia, ordenaban nuestro mundo ideológico y caían como lluvia mansa sobre el campo abonado de mi inquietud. Por eso puedo afirmar que sus palabras determinaron mi adscripción, me empujaron a dar el paso.
En el tiempo de las elecciones, quince meses después, yo continuaba siendo un don nadie en el EMK, apenas un modestísimo y entusiasta militante formado aprisa y corriendo en las juventudes. Pero uno de los dirigentes máximos del MCE (“a nivel estatal”, decíamos ya violentando a la lengua) era el camarada ‘Fermín Ibáñez’, nombre de guerra que escondía a Javier Ortiz, periodista que al correr de los años tuvo cargos en el periódico El Mundo. Ahora, aparte de haber escrito varios libros, entre ellos uno a mayor gloria de Ibarretxe, colabora en el tonto Pásalo de la ETB y sigue de columnista en el periódico de PedroJota.
Nuestro entusiasmo se sostenía a mediados del 77 sobre una ignorancia oceánica. Queríamos, claro, una democracia profunda, radical, “de verdad”, para lo cual, como mínimo, había que liquidar hasta el último vestigio del franquismo. Ello incluía la disolución de sus cuerpos represivos y la expulsión o jubilación de sus trabajos y de la vida pública de toda la cohorte de miles de repugnantes funcionarios de bigotillo, a los cuales, por mucho que se presentaran con la UCD, siempre imaginábamos vistiendo aún el traje azul. Las exigencias mínimas comprendían también una democracia económica avanzada, fórmula que, en su indefinición, nos hacía desear una gestión participativa en todas las empresas. Al fondo, claro, queríamos más, mucho más, que para algo éramos un partido marxista y leninista. Pero tras los comicios más de uno vio que el país dibujado por los resultados no correspondía ni de lejos al que habíamos tenido en mente. Yo, además, y en poco tiempo, por ejemplo leyendo algunos artículos de la revista El Viejo Topo sobre la burocracia autoritaria comunista o sobre la hasta entonces idealizada situación china, o la formidable y explosiva –al menos entonces- Autobiografía de Federico Sánchez, de Jorge Semprún, entendí que la tradición marxista y leninista poseía unas sombras que entenebrecían fatalmente mis ideales. Sobre este punto podría extenderme sin fin, pero prefiero no hacerlo. Baste decir que ahora me parecen ya casi de dominio común ideas que en mi pequeño mundo eran entonces, por simple cerrazón y desconocimiento, pura herejía.
Este sábado pasado Javier Ortiz, nuestro viejo jefe (siempre debajo, faltaría más, de Eugenio del Río, el indiscutible secretario general), publicó en El Mundo una columna sobre la transición en la cual volvía a sostener que el franquismo triunfó incluso después de muerto, ya que “los principales partidos de la oposición democrática (...) vendieron el derecho a hacer justicia a cambio del plato de lentejas de su legalización inmediata”. La traición de estos partidos hizo posible que siguieran con “sus carreras políticas” y continuaran “con sus negocios, muchas veces basados en el expolio, quienes habían atenazado y sangrado al pueblo durante 40 años”. O sea, sostiene Ortiz, que la transición fue una bazofia, y no porque las apetencias de la inmensa mayoría de los españoles no fueran radicales ni mucho menos revolucionarias, sino, simplemente, por la felonía de las camarillas dirigentes de los partidos que entonces llamábamos, con infinito desprecio, “reformistas”. Que llamábamos y que Ortiz, queda claro, sigue llamando.
Ortiz está en su derecho a sentirse decepcionado por el rumbo de la democracia española en estos treinta años. Puede seguir soñando y negándose a una reconciliación con la realidad. Me resulta más desalentador que no se atreva a lo que en el fondo debería hacer: despreciar a la gente, a “las masas” conformistas, insultar a todo cristo por no ser revolucionario y amante de Lenin, Marx y Robespierre. En cambio, nos sigue contando la milonga de la historia como un cuento de buenos revolucionarios y malos reformistas, estos últimos vendeobreros y traidores a todo aquello que, en su obstinación, cree que “el pueblo” deseaba “de verdad” a la muerte del dictador. Supongo que Ortiz, hombre culto, habrá leído varios de los muchos libros que hay sobre la situación económica, social y cultural que el franquismo fue creando casi a su pesar, y la influencia de esa estructura en la conformación de una conciencia democrática, pero moderada y reformista, en la mayoría de las gentes, o sobre lo que revelan los comportamientos electorales de estos treinta años, o sobre las dificultades reales, nada teóricas, que presentan los proyectos de democracia “participativa”, radical y depuradora que alientan en su retórica. Pero a la hora de la verdad no se le notan gran cosa esas lecturas. Sigue siendo el camarada Fermín Ibáñez. Y no atisbo ninguna grandeza, lo siento, en su coherencia en el error. Leyéndole el otro día, me vi de nuevo como el ilusionado camarada que devoraba Servir al pueblo, aquel órgano del comité central que a los de la base del MCE nos mostraba, esquemática y quincenalmente, el camino de la verdad.
A mí me había metido en el partido un año antes quien acabaría siendo un prestigioso director de cine. En aquellos tiempos de plomo, supongo, quedaba lejos de sus sueños imaginar siquiera ese futuro. Yo hervía de inquietud política, me sentía moralmente obligado a saltar al activismo organizado y conocía un poco a gente del partido a la que admiraba por la claridad ideológica y la coherencia vital, así que cuando J. me invitó a formar parte de un grupo de simpatizantes que recibiría unas primeras lecciones de marxismo y leninismo, no lo dudé.
Tiempo atrás, el futuro cineasta había sido, fugazmente, mi profesor de electrónica, hasta que, me temo que harto, abandonó el colegio de curas donde se dedicaba a explicarnos el funcionamiento de los circuitos de transistores y las radios de válvulas. La tarde de incipiente primavera en que el grupo arrancó, como nos conocíamos me ofrecí para conducirlo al lugar de la reunión. Franco había muerto, pero la incertidumbre dominaba y la policía no cesaba de asestar crueles zarpazos, de modo que se acordó a través de J. que el contacto se hiciera, artificiosamente, mediante contraseña.
- ¿Sabe dónde está el seminario? –le pregunté al cineasta a las puertas de una pastelería cercana al piso donde debíamos ir-.
- En San Juan está la cárcel –respondió tranquilo mi ex-profesor—. Y, acto seguido, como había caído en quién era yo, me inquirió por los estudios y la marcha del colegio donde mi cuerpo ausente y aburrido reptaba por la electrónica.
La sede de nuestros conciliábulos era una residencia de estudiantes que mantenía el Arzobispado y que, al correr de los años, un político seductor y ladrón acabaría convirtiendo en un amplio piso de lujo merced a sus privilegiadas relaciones con el prelado. Éramos seis en el grupo, uno de ellos el estudiante al que invadimos el cuarto. Como en este únicamente había dos sillas, el resto nos sentábamos frente a frente en el par de camas que casi lo atestaban. El futuro director de cine hablaba con una voz más bien monótona, como si le habitara un cansancio mal disimulado. Yo sabía por J. que después de penosos avatares represivos, estaba reubicado en el partido en la condición de simpatizante dedicado a la formación, supongo que por decisión propia. Este estatus nos causaba sin embargo cierta pena, porque la categoría de militante, creíamos, era la mejor, la más elevada, y además el cineasta, pese al tedio que parecía recorrerle, poseía un discurso claro, preciso, pedagógico en el buen sentido de la expresión, o así nos lo parecía entonces, y en su boca las contradicciones en el seno del pueblo descritas por Mao, el carácter paradójicamente democrático de la dictadura del proletariado, la necesidad que Lenin había defendido de una férrea organización en el partido, el carácter secundario de la lucha antiimperalista en el estado español en virtud del espectacular desarrollo de la burguesía autóctona, o los dislates de palabra y obra de la ORT o los troskistas, eran evidencias absolutas que fluían con naturalidad y elegancia, ordenaban nuestro mundo ideológico y caían como lluvia mansa sobre el campo abonado de mi inquietud. Por eso puedo afirmar que sus palabras determinaron mi adscripción, me empujaron a dar el paso.
En el tiempo de las elecciones, quince meses después, yo continuaba siendo un don nadie en el EMK, apenas un modestísimo y entusiasta militante formado aprisa y corriendo en las juventudes. Pero uno de los dirigentes máximos del MCE (“a nivel estatal”, decíamos ya violentando a la lengua) era el camarada ‘Fermín Ibáñez’, nombre de guerra que escondía a Javier Ortiz, periodista que al correr de los años tuvo cargos en el periódico El Mundo. Ahora, aparte de haber escrito varios libros, entre ellos uno a mayor gloria de Ibarretxe, colabora en el tonto Pásalo de la ETB y sigue de columnista en el periódico de PedroJota.
Nuestro entusiasmo se sostenía a mediados del 77 sobre una ignorancia oceánica. Queríamos, claro, una democracia profunda, radical, “de verdad”, para lo cual, como mínimo, había que liquidar hasta el último vestigio del franquismo. Ello incluía la disolución de sus cuerpos represivos y la expulsión o jubilación de sus trabajos y de la vida pública de toda la cohorte de miles de repugnantes funcionarios de bigotillo, a los cuales, por mucho que se presentaran con la UCD, siempre imaginábamos vistiendo aún el traje azul. Las exigencias mínimas comprendían también una democracia económica avanzada, fórmula que, en su indefinición, nos hacía desear una gestión participativa en todas las empresas. Al fondo, claro, queríamos más, mucho más, que para algo éramos un partido marxista y leninista. Pero tras los comicios más de uno vio que el país dibujado por los resultados no correspondía ni de lejos al que habíamos tenido en mente. Yo, además, y en poco tiempo, por ejemplo leyendo algunos artículos de la revista El Viejo Topo sobre la burocracia autoritaria comunista o sobre la hasta entonces idealizada situación china, o la formidable y explosiva –al menos entonces- Autobiografía de Federico Sánchez, de Jorge Semprún, entendí que la tradición marxista y leninista poseía unas sombras que entenebrecían fatalmente mis ideales. Sobre este punto podría extenderme sin fin, pero prefiero no hacerlo. Baste decir que ahora me parecen ya casi de dominio común ideas que en mi pequeño mundo eran entonces, por simple cerrazón y desconocimiento, pura herejía.
Este sábado pasado Javier Ortiz, nuestro viejo jefe (siempre debajo, faltaría más, de Eugenio del Río, el indiscutible secretario general), publicó en El Mundo una columna sobre la transición en la cual volvía a sostener que el franquismo triunfó incluso después de muerto, ya que “los principales partidos de la oposición democrática (...) vendieron el derecho a hacer justicia a cambio del plato de lentejas de su legalización inmediata”. La traición de estos partidos hizo posible que siguieran con “sus carreras políticas” y continuaran “con sus negocios, muchas veces basados en el expolio, quienes habían atenazado y sangrado al pueblo durante 40 años”. O sea, sostiene Ortiz, que la transición fue una bazofia, y no porque las apetencias de la inmensa mayoría de los españoles no fueran radicales ni mucho menos revolucionarias, sino, simplemente, por la felonía de las camarillas dirigentes de los partidos que entonces llamábamos, con infinito desprecio, “reformistas”. Que llamábamos y que Ortiz, queda claro, sigue llamando.
Ortiz está en su derecho a sentirse decepcionado por el rumbo de la democracia española en estos treinta años. Puede seguir soñando y negándose a una reconciliación con la realidad. Me resulta más desalentador que no se atreva a lo que en el fondo debería hacer: despreciar a la gente, a “las masas” conformistas, insultar a todo cristo por no ser revolucionario y amante de Lenin, Marx y Robespierre. En cambio, nos sigue contando la milonga de la historia como un cuento de buenos revolucionarios y malos reformistas, estos últimos vendeobreros y traidores a todo aquello que, en su obstinación, cree que “el pueblo” deseaba “de verdad” a la muerte del dictador. Supongo que Ortiz, hombre culto, habrá leído varios de los muchos libros que hay sobre la situación económica, social y cultural que el franquismo fue creando casi a su pesar, y la influencia de esa estructura en la conformación de una conciencia democrática, pero moderada y reformista, en la mayoría de las gentes, o sobre lo que revelan los comportamientos electorales de estos treinta años, o sobre las dificultades reales, nada teóricas, que presentan los proyectos de democracia “participativa”, radical y depuradora que alientan en su retórica. Pero a la hora de la verdad no se le notan gran cosa esas lecturas. Sigue siendo el camarada Fermín Ibáñez. Y no atisbo ninguna grandeza, lo siento, en su coherencia en el error. Leyéndole el otro día, me vi de nuevo como el ilusionado camarada que devoraba Servir al pueblo, aquel órgano del comité central que a los de la base del MCE nos mostraba, esquemática y quincenalmente, el camino de la verdad.
17 junio 2007
Politizar
Viernes 15. Reunión del Comité Regional del PSN del viernes (y no un seminario universitario sobre el románico en la Valdorba, por ejemplo). Se comenta la elección del alcalde socialista de Sartaguda con el apoyo de Batasuna -abandonemos la estupidez de hablar de ANV, partido que desapareció hace muchos años-. “Las voces más críticas” con la amenaza de expulsión del partido aprovechan la ocasión para “apoyar anímicamente” al candidato (¡la manía actual de psicologizar todo!) y “hacer público su malestar por todo lo sucedido esta semana y por la forma en la que se ha politizado”. ¿Politizado? ¿Atribuyo esta majadería a la impericia profesional del periodista?
13 junio 2007
La memoria selectiva de Mircea Eliade (II)
En 1991, el también escritor rumano Norman Manea, exiliado años antes en Estados Unidos para eludir la persecución del régimen de Ceaucescu, escribió un largo artículo, Felix Culpa, sobre las posturas políticas defendidas por Mircea Eliae en la Rumania de los años treinta, y también acerca de las que sostuvo de forma mucho más velada años después. El texto de Manea, que puede leerse en castellano dentro del volumen Payasos. El dictador y el artista (Tusquets), nació de la indignación provocada por la lectura de las memorias y diarios de Eliade. La gran figura rumana podía haber evitado cualquier tipo de evocación biográfica. Sin embargo, publicó varios volúmenes de diarios y dos de memorias porque, escribe Manea, “consideraba su vida relevante y significativa”. Sólo que, como ya señalé en la primera entrada, lo que a Eliade le gusta consignar y recordar, y de ahí la indignación de Manea y de otros muchos, se halla cuidadosa y arteramente mutilado.
Al correr de los años, Eliade recuerda, pero asimismo olvida. Por ejemplo, sus artículos de santificación de los “mártires” del bando de Franco en nuestra guerra, o sus ditirambos a Oliveira Salazar, el dictador portugués sobre el que Eliade incluso redactó todo un exaltado libro. O bien sus juicios sobre Mussolini: “Me tiene completamente sin cuidado si Mussolini es o no un tirano. Me interesa una sola cosa: que este hombre ha transformado en quince años Italia, haciendo de un estado de tercer orden, una de las potencias del mundo actual”.
Pero, sobre todo, Eliade soslaya al correr de los años su adhesión ardorosa al movimiento legionario de la Guardia de Hierro, el principal grupo fascista rumano, una cuadrilla que especialmente durante la Segunda Guerra Mundial ratificó con numerosos crímenes su alineamiento con los nazis y su feroz antisemitismo. Eliade colaboró en los años 1936-1937 –no era pues ningún jovenzuelo, llevaba quince años escribiendo y publicando- con la prensa afín a este grupo, y sus escritos de entonces están poseídos de un nacionalismo extremista y militante, un nacionalismo “cristiano” y “moral” que por ello mismo se proclamaba violentamente antisemita. Eliade desató su pluma en la esperanza de “una Rumania nacionalista, una Rumania delirante y chovinista, armada y vigorosa, implacable y vengadora”, una Rumania, dice el escritor, que debe “superar la democracia”, que “está empezando con muchos miles de años de retraso y sólo acabará con el Apocalipsis”, y que se liberará del yugo humillante de “los húngaros, el pueblo más imbécil que existe en la Historia después de los búlgaros” para construir una “Transilvania heroica y mártir”. Frente a estas ilusiones, Eliade volcó su desprecio en la impotente y pronto liquidada democracia rumana del momento y se preocupó por los avances demográficos “del elemento eslavo” o de los judíos; éstos, denunció, habían ocupado grandes regiones del país.
Mircea Eliade tuvo un maestro intelectual clave en su fascismo: el filósofo Nae Ionescu, el cual es ensalzado constantemente en las memorias. Pero no nos enteramos, con la de páginas que le dedica, de que se trataba de un hombre de la extrema derecha. Tampoco queda claro que cuando en 1938 algunos dirigentes de la Guardia de Hierro, incluido Nae Ionescu, fueron detenidos, el propio Eliade corrió la misma suerte dos o tres semanas después, o de que en 1940, cuando Rumania entró en guerra como aliado de Alemania, Eliade tuvo que dejar su puesto de agregado cultural en la embajada en Londres y salir apresuradamente hacia Lisboa, ciudad amiga en la que disfrutó del mismo cargo y donde, ya lo he dicho, ejerció gustosamente de propagandista del dictador Oliveira –en castellano Kairós editó el llamado Diario portugués, una selección de las anotaciones de ese tiempo-.
Únicamente en sus diarios postreros, cuando se encuentra con denuncias basadas en pruebas irrefutables, Eliade se refiere muy levemente al asunto, henchido de un desdén que justifica en su creencia de que es víctima de oscuras maniobras, orquestadas, está convencido, por el Estado de Israel, o tal vez, cree, dirigidas a impedir que le concedan el Premio Nobel. Es más, Eliade tuvo la curiosa capacidad de hacer de la necesidad virtud, y consideró que el hecho de haber sido discípulo de Nae Ionescu, un hombre de extrema derecha, había resultado una especie de felix culpa (de culpa feliz): “sin aquella felix culpa me habría quedado en Rumania. En el mejor de los casos, habría muerto de tuberculosis en alguna cárcel”. Suerte la suya, sin duda: el fascismo, su implicación ideológica y política con el fascismo rumano, le salvó del comunismo
“Los testimonios sobre la tragedia totalitaria vienen de parte de las víctimas, raras veces de parte de los culpables” apunta Manea. Eliade, desde luego, nunca quiso analizar esta dimensión de su pasado, ni mucho menos aceptarla críticamente, y eso que hubiese podido alegar que su responsabilidad era sólo ideológica, no directamente criminal. Su silencio obstinado, análogo en cierta manera al de Heidegger y otros intelectuales fascinados por la tentación totalitaria, se vio acompañado, aquí y allí, de pinceladas escépticas sobre el modelo de democracia occidental. Afable, hospitalario y cosmopolita, mantuvo no obstante hasta su muerte una “una visión tradicionalista, conservadora, escéptica con la democracia y la modernidad, ligada a lo étnico y a los valores espirituales del lugar”. Hasta tal punto fue así que ni siquera salió de su boca la más pequeña crítica al principal líder de la Guardia de Hierro, Codreanu, un sujeto “de acción”, violentamente antisemita y antidemócrata, culpable de crímenes odiosos y de terrorismo político. Antes bien, como dice Manea, “todavía fascinado por el “éxito” electoral de éste, omite hablar de los asesinatos del mártir, no vacilando incluso en identificarse con su “generación”, más aún, con su destino político”. Eliade, ha escrito Seymour Cain, “no reniega nunca de su lealtad ideológica hacia el movimiento legionario y ve su declive y hundimiento como una tragedia rumana: más como el resultado inevitable de su ingenuidad política que como algo bueno”.
El nazismo, se ha repetido ya mil veces, no es un episodio más en la historia de la humanidad, en el itinerario del mal. Su gravedad y singularidad han sido subrayadas por muchos supervivientes y estudiosos. Por eso no resulta ocioso volver a la cuestión de las responsabilidades de quienes lo protagonizaron, y también a las de quienes de manera tal vez ingenua pero entusiasta prepararon el clima ideológico y moral que condujo a los crímenes. Por eso la actuación de Mircea Eliade, y su pertinaz silencio posterior, merecen todavía hoy ser evaluadas, a los cien años de su nacimiento. Como dice Manea, “en el silencio hay una elocuencia, además de una dignidad; en la evasiva hay delicadeza y no sólo cautela; pero en el silencio y en la evasiva hay también bastantes aspectos reprobables. ¿Por qué no se repudian públicamente las antiguas convicciones, por qué no se denuncian los horrores, por qué no se revelan los mecanismos de mistificación y no se acepta la culpabilidad? Debe de haber muy pocos que tengan la lucidez y el valor para hacerlo. Son casos raros y ejemplares que merecen que se les reconozca verdaderamente como casos de conciencia. Únicamente el reconocimiento del error puede respaldar una ruptura auténtica con ese error. ¿Acaso no es la honestidad, a fin de cuentas, el enemigo mortal del totalitarismo? ¿Y no es la conciencia (el examen crítico de las preguntas incómodas, es decir, el compromiso ético y lúcido) la prueba última del distanciamiento de las fuerzas corruptas de la ideología totalitaria?”
Al correr de los años, Eliade recuerda, pero asimismo olvida. Por ejemplo, sus artículos de santificación de los “mártires” del bando de Franco en nuestra guerra, o sus ditirambos a Oliveira Salazar, el dictador portugués sobre el que Eliade incluso redactó todo un exaltado libro. O bien sus juicios sobre Mussolini: “Me tiene completamente sin cuidado si Mussolini es o no un tirano. Me interesa una sola cosa: que este hombre ha transformado en quince años Italia, haciendo de un estado de tercer orden, una de las potencias del mundo actual”.
Pero, sobre todo, Eliade soslaya al correr de los años su adhesión ardorosa al movimiento legionario de la Guardia de Hierro, el principal grupo fascista rumano, una cuadrilla que especialmente durante la Segunda Guerra Mundial ratificó con numerosos crímenes su alineamiento con los nazis y su feroz antisemitismo. Eliade colaboró en los años 1936-1937 –no era pues ningún jovenzuelo, llevaba quince años escribiendo y publicando- con la prensa afín a este grupo, y sus escritos de entonces están poseídos de un nacionalismo extremista y militante, un nacionalismo “cristiano” y “moral” que por ello mismo se proclamaba violentamente antisemita. Eliade desató su pluma en la esperanza de “una Rumania nacionalista, una Rumania delirante y chovinista, armada y vigorosa, implacable y vengadora”, una Rumania, dice el escritor, que debe “superar la democracia”, que “está empezando con muchos miles de años de retraso y sólo acabará con el Apocalipsis”, y que se liberará del yugo humillante de “los húngaros, el pueblo más imbécil que existe en la Historia después de los búlgaros” para construir una “Transilvania heroica y mártir”. Frente a estas ilusiones, Eliade volcó su desprecio en la impotente y pronto liquidada democracia rumana del momento y se preocupó por los avances demográficos “del elemento eslavo” o de los judíos; éstos, denunció, habían ocupado grandes regiones del país.
Mircea Eliade tuvo un maestro intelectual clave en su fascismo: el filósofo Nae Ionescu, el cual es ensalzado constantemente en las memorias. Pero no nos enteramos, con la de páginas que le dedica, de que se trataba de un hombre de la extrema derecha. Tampoco queda claro que cuando en 1938 algunos dirigentes de la Guardia de Hierro, incluido Nae Ionescu, fueron detenidos, el propio Eliade corrió la misma suerte dos o tres semanas después, o de que en 1940, cuando Rumania entró en guerra como aliado de Alemania, Eliade tuvo que dejar su puesto de agregado cultural en la embajada en Londres y salir apresuradamente hacia Lisboa, ciudad amiga en la que disfrutó del mismo cargo y donde, ya lo he dicho, ejerció gustosamente de propagandista del dictador Oliveira –en castellano Kairós editó el llamado Diario portugués, una selección de las anotaciones de ese tiempo-.
Únicamente en sus diarios postreros, cuando se encuentra con denuncias basadas en pruebas irrefutables, Eliade se refiere muy levemente al asunto, henchido de un desdén que justifica en su creencia de que es víctima de oscuras maniobras, orquestadas, está convencido, por el Estado de Israel, o tal vez, cree, dirigidas a impedir que le concedan el Premio Nobel. Es más, Eliade tuvo la curiosa capacidad de hacer de la necesidad virtud, y consideró que el hecho de haber sido discípulo de Nae Ionescu, un hombre de extrema derecha, había resultado una especie de felix culpa (de culpa feliz): “sin aquella felix culpa me habría quedado en Rumania. En el mejor de los casos, habría muerto de tuberculosis en alguna cárcel”. Suerte la suya, sin duda: el fascismo, su implicación ideológica y política con el fascismo rumano, le salvó del comunismo
“Los testimonios sobre la tragedia totalitaria vienen de parte de las víctimas, raras veces de parte de los culpables” apunta Manea. Eliade, desde luego, nunca quiso analizar esta dimensión de su pasado, ni mucho menos aceptarla críticamente, y eso que hubiese podido alegar que su responsabilidad era sólo ideológica, no directamente criminal. Su silencio obstinado, análogo en cierta manera al de Heidegger y otros intelectuales fascinados por la tentación totalitaria, se vio acompañado, aquí y allí, de pinceladas escépticas sobre el modelo de democracia occidental. Afable, hospitalario y cosmopolita, mantuvo no obstante hasta su muerte una “una visión tradicionalista, conservadora, escéptica con la democracia y la modernidad, ligada a lo étnico y a los valores espirituales del lugar”. Hasta tal punto fue así que ni siquera salió de su boca la más pequeña crítica al principal líder de la Guardia de Hierro, Codreanu, un sujeto “de acción”, violentamente antisemita y antidemócrata, culpable de crímenes odiosos y de terrorismo político. Antes bien, como dice Manea, “todavía fascinado por el “éxito” electoral de éste, omite hablar de los asesinatos del mártir, no vacilando incluso en identificarse con su “generación”, más aún, con su destino político”. Eliade, ha escrito Seymour Cain, “no reniega nunca de su lealtad ideológica hacia el movimiento legionario y ve su declive y hundimiento como una tragedia rumana: más como el resultado inevitable de su ingenuidad política que como algo bueno”.
El nazismo, se ha repetido ya mil veces, no es un episodio más en la historia de la humanidad, en el itinerario del mal. Su gravedad y singularidad han sido subrayadas por muchos supervivientes y estudiosos. Por eso no resulta ocioso volver a la cuestión de las responsabilidades de quienes lo protagonizaron, y también a las de quienes de manera tal vez ingenua pero entusiasta prepararon el clima ideológico y moral que condujo a los crímenes. Por eso la actuación de Mircea Eliade, y su pertinaz silencio posterior, merecen todavía hoy ser evaluadas, a los cien años de su nacimiento. Como dice Manea, “en el silencio hay una elocuencia, además de una dignidad; en la evasiva hay delicadeza y no sólo cautela; pero en el silencio y en la evasiva hay también bastantes aspectos reprobables. ¿Por qué no se repudian públicamente las antiguas convicciones, por qué no se denuncian los horrores, por qué no se revelan los mecanismos de mistificación y no se acepta la culpabilidad? Debe de haber muy pocos que tengan la lucidez y el valor para hacerlo. Son casos raros y ejemplares que merecen que se les reconozca verdaderamente como casos de conciencia. Únicamente el reconocimiento del error puede respaldar una ruptura auténtica con ese error. ¿Acaso no es la honestidad, a fin de cuentas, el enemigo mortal del totalitarismo? ¿Y no es la conciencia (el examen crítico de las preguntas incómodas, es decir, el compromiso ético y lúcido) la prueba última del distanciamiento de las fuerzas corruptas de la ideología totalitaria?”
12 junio 2007
Mandar y no mandar
Lee uno la entrevista de ayer al filósofo Luc Ferry (invito a sus libros: siempre merecen la pena) y brota la admiración: ¡qué suerte los franceses, un ministro de educación como él! ¿Por qué aquí, en comparación con la capacidad analítica de Ferry, cualquier ministro o ministra del ramo, y de cualquier partido, parece tan poca cosa? Claro que pronto acude a la memoria un intelectual de la talla de Jorge Semprún, pero también su anodino y perfectamente prescindible periodo ministeril, y se desvanece cualquier asomo de entusiasmo por la quimera del rey filósofo. Y eso que Ferry da la clave de la inevitable decepción: “La experiencia más fuerte que tienes cuando llegas al poder es que no tienes poder. El proceso se nos escapa. Tenemos las apariencias del poder: coches, banderas... Como mucho, un ministro puede alegrar o fastidiar la vida de 300 personas, ahí se acaba todo. Si alguien moviera los hilos de la marioneta, como creen los militantes antiglobalización, estaríamos de enhorabuena. La lógica del mercado es anónima y ciega. Los políticos tienen ahora mucho menos poder que hace cuarenta años.”
11 junio 2007
La esperanza
No me importaría que este blog llevara el subtítulo implícito de “Ejercicios de admiración”, honorable título que recuerdo que Cioran colocó a uno de sus libros. Qué mejor que admirar a quien se lo merece si se trata de aprender y elevarse –otra cosa, ay, es que se consiga-. Hoy, Félix de Azúa publica en El País un artículo formidable sobre Joaquim Jordá y la esperanza, “un soberbio animal, da gusto verla”. Azúa, mi profesor en Zorroaga durante dos cursos a principios de los ochenta, cada día es mejor escritor y pensador. Los años, al contrario que a otros, sí le han hecho más sabio. Incluso parece, por lo que escribe y sus actitudes cívicas, mucha mejor persona. Bendita madurez de algunos hombres a los que cada día admiro más.
08 junio 2007
La memoria selectiva de Mircea Eliade (I)
La Vanguardia incluía hace poco un largo artículo del responsable de su suplemento cultural, Sergio Vila-Sanjuán, sobre Mircea Eliade, “la figura más universal de la cultura rumana”. Eliade fue, más allá de cualquier limitación nacional, un erudito, un hombre enciclopédico de gigantesca estatura intelectual que publicó infinidad de artículos y más de cincuenta libros entre novelas, diarios, ensayos, obras de filosofía y otras de su especialidad más reconocida, la teoría e historia de las religiones. Su obra más célebre tal vez sea la monumental Historia de las creencias y de las ideas religiosas, escrita en los Estados Unidos (hay traducción castellana hace años). Y es que desde que abandonó definitivamente Rumania en 1940, Eliade residió en varios países, hasta terminar como respetadísimo catedrático en Chicago. Allí murió en 1986.
Me llamó la atención del texto de Vila-Sanjuán que éste, trayendo a colación los dos volúmenes de memorias que el rumano dio a la imprenta, afirme que el primero, Las promesas del equinoccio, que cuenta los primeros treinta años de la vida de Mircea Eliade (1907-1937), es “un gran libro”, mientras que el segundo, Las promesas del solsticio, “resulta mucho más convencional e insincero”. No conozco este último, pero el primero, que leí y anoté esforzadamente hace unos años, con gran empeño, no es verdad que sea un gran libro. La convencionalidad e insinceridad se enseñorean de él. Eliade fue el gran intelectual del que quedarán obras muy relevantes, pero como memorialista (y también como diarista, por cierto, aunque ahora aparco esa faceta) deja mucho que desear: sus libros están sembrados de oscuridades y trampas.
Son memorias llenas de detalles, pero pocos de estos resultan verdaderamente vibrantes o sabrosos. Además, faltan elementos fundamentales, informaciones y explicaciones que hubieran dado sentido a lo que aparece y hubiesen servido para que muchos datos se entendieran cabalmente. No se comprende muy bien, por ejemplo, con la información ofrecida, cuál fue su proceso de formación y evolución ideológica. No escribió el rumano su autobiografía intelectual, omisión que, teniendo en cuenta su personalidad, resulta muy llamativa. Los saltos en su formación, los huecos, son demasiado visibles. Apenas asoma la atmósfera de ideas en que respira el autor en su adolescencia y juventud. Y tampoco se explica muy bien el alcance preciso de su interés por la religión. Desde luego parece superlativo, pero ni sabemos cuándo brota, ni si contribuye una notable influencia familiar, ni si es un hombre de prácticas. Particularmente decepcionante me pareció el recuento de su larga estancia en la India, país donde Eliade vivió varios años de su juventud y que, a tenor de su obra posterior, le marcó profundamente. Se escamotean, en fin, señales decisivas sobre sus opciones en el terreno del pensamiento, y no digamos sobre los grupos políticos que apoyó en la Rumania de ese primer tercio de siglo. (Dejo para la segunda parte de esta entrada del blog el punto clave de la acción política de Eliade en la Rumania de los años treinta, la omisión más artera de sus memorias.)
Queda claro, sin embargo, que Mircea Eliade fue ante todo y por encima de todo un hombre de libros, hasta el punto de que una ensayista americana que lo conoció muy bien, Wendy Doniger, llega a afirmar que para él “primero están los libros, luego los hombres”. Y cuando se acercaba su muerte, dice Norman Manea, “el drama del cercano final se proyecta más sobre los libros que ya no podrá escribir que sobre los hombres de los que se va a separar”. En las memorias resulta muy llamativa, desde luego, su portentosa capacidad, hasta la extenuación, para emprender mil y una tareas. El joven intelectual lee libros de las más variadas materias (singularmente filosofía, literatura clásica y moderna, historia, historia de las religiones, métodos de idiomas, etc.) y escribe sin cesar: un diario íntimo, miles de artículos, ensayos y novelas extremadamente ambiciosas de intención que tratan de explicar la esencia de la adolescencia, de la juventud, de la historia humana y del cosmos. También le queda tiempo al rumano para practicar los deportes más exigentes, agotadores y arriesgados, para las charlas con amigos y para los escarceos amorosos.
Este programa tan vasto lo desarrolla Mircea Eliade gracias a que se acostumbra a dormir desde su adolescencia una media de cuatro horas diarias (intentó que fueran sólo dos, pero fracasó en el esfuerzo). De hecho, sus primeros trabajos publicados los escribe sólo con quince años, y para cuando viaja a la India, a sus veinte, Eliade ha dado a la luz cientos de artículos -que cuidadosamente contabiliza- y escrito varias novelas inconclusas y que no llegan a editarse. Mientras permanece en la India, Eliade logra publicar sus primeros libros, y a partir de su vuelta su obra editada es regular y sostenida.
Para Eliade no existe la fatiga, la atracción por la pasividad o la caída en la esterilidad. Su voluntad está siempre a la altura de sus pretensiones de escritor de obras monumentales, enciclopédicas. No conoce los desfallecimientos prolongados. Sus decepciones, amargas en ocasiones, le insuflan nuevos bríos, le lanzan hacia nuevos proyectos, siquiera sea con el motor de la envidia o con el de decir por escrito todo lo que no ha sido capaz de mostrar verbalmente, o en general en su vida cotidiana.
Otro aspecto que destaca es su aversión a los estudios académicos. Son numerosos los pasajes en que se detiene en diversos conflictos con profesores que no comprenden sus aspiraciones, o que abusan de su autoridad, le suspenden, le insultan e incluso lo abofetean, con el agravante de que no son ni de lejos los maestros que Eliade busca y exige. Muchas veces, y ya desde su infancia, se ve obligado a estudiar cosas que no le interesan lo más mínimo o que él ya ha aprendido por su cuenta. Resultado de este divorcio con la vida académica son, desde su infancia, las frecuentes faltas de asistencia, la errancia por solares y descampados para jugar con golfillos y, en especial, su formación en gran medida autodidacta. Eso sí, fiel a su inclinación por la veladura, no acaba de enterarse el lector de si Eliade consiguió o no títulos académicos.
Han sido muchos los que han tratado de aclarar el grado de implicación del rumano en la política rumana de los años treinta, su nivel de militancia en el tristemente célebre grupo fascista de la Guardia de Hierro, que colaboró de manera entusiasta en los crímenes nazis de la guerra. Pero esta cuestión merece una segunda parte.
Me llamó la atención del texto de Vila-Sanjuán que éste, trayendo a colación los dos volúmenes de memorias que el rumano dio a la imprenta, afirme que el primero, Las promesas del equinoccio, que cuenta los primeros treinta años de la vida de Mircea Eliade (1907-1937), es “un gran libro”, mientras que el segundo, Las promesas del solsticio, “resulta mucho más convencional e insincero”. No conozco este último, pero el primero, que leí y anoté esforzadamente hace unos años, con gran empeño, no es verdad que sea un gran libro. La convencionalidad e insinceridad se enseñorean de él. Eliade fue el gran intelectual del que quedarán obras muy relevantes, pero como memorialista (y también como diarista, por cierto, aunque ahora aparco esa faceta) deja mucho que desear: sus libros están sembrados de oscuridades y trampas.
Son memorias llenas de detalles, pero pocos de estos resultan verdaderamente vibrantes o sabrosos. Además, faltan elementos fundamentales, informaciones y explicaciones que hubieran dado sentido a lo que aparece y hubiesen servido para que muchos datos se entendieran cabalmente. No se comprende muy bien, por ejemplo, con la información ofrecida, cuál fue su proceso de formación y evolución ideológica. No escribió el rumano su autobiografía intelectual, omisión que, teniendo en cuenta su personalidad, resulta muy llamativa. Los saltos en su formación, los huecos, son demasiado visibles. Apenas asoma la atmósfera de ideas en que respira el autor en su adolescencia y juventud. Y tampoco se explica muy bien el alcance preciso de su interés por la religión. Desde luego parece superlativo, pero ni sabemos cuándo brota, ni si contribuye una notable influencia familiar, ni si es un hombre de prácticas. Particularmente decepcionante me pareció el recuento de su larga estancia en la India, país donde Eliade vivió varios años de su juventud y que, a tenor de su obra posterior, le marcó profundamente. Se escamotean, en fin, señales decisivas sobre sus opciones en el terreno del pensamiento, y no digamos sobre los grupos políticos que apoyó en la Rumania de ese primer tercio de siglo. (Dejo para la segunda parte de esta entrada del blog el punto clave de la acción política de Eliade en la Rumania de los años treinta, la omisión más artera de sus memorias.)
Queda claro, sin embargo, que Mircea Eliade fue ante todo y por encima de todo un hombre de libros, hasta el punto de que una ensayista americana que lo conoció muy bien, Wendy Doniger, llega a afirmar que para él “primero están los libros, luego los hombres”. Y cuando se acercaba su muerte, dice Norman Manea, “el drama del cercano final se proyecta más sobre los libros que ya no podrá escribir que sobre los hombres de los que se va a separar”. En las memorias resulta muy llamativa, desde luego, su portentosa capacidad, hasta la extenuación, para emprender mil y una tareas. El joven intelectual lee libros de las más variadas materias (singularmente filosofía, literatura clásica y moderna, historia, historia de las religiones, métodos de idiomas, etc.) y escribe sin cesar: un diario íntimo, miles de artículos, ensayos y novelas extremadamente ambiciosas de intención que tratan de explicar la esencia de la adolescencia, de la juventud, de la historia humana y del cosmos. También le queda tiempo al rumano para practicar los deportes más exigentes, agotadores y arriesgados, para las charlas con amigos y para los escarceos amorosos.
Este programa tan vasto lo desarrolla Mircea Eliade gracias a que se acostumbra a dormir desde su adolescencia una media de cuatro horas diarias (intentó que fueran sólo dos, pero fracasó en el esfuerzo). De hecho, sus primeros trabajos publicados los escribe sólo con quince años, y para cuando viaja a la India, a sus veinte, Eliade ha dado a la luz cientos de artículos -que cuidadosamente contabiliza- y escrito varias novelas inconclusas y que no llegan a editarse. Mientras permanece en la India, Eliade logra publicar sus primeros libros, y a partir de su vuelta su obra editada es regular y sostenida.
Para Eliade no existe la fatiga, la atracción por la pasividad o la caída en la esterilidad. Su voluntad está siempre a la altura de sus pretensiones de escritor de obras monumentales, enciclopédicas. No conoce los desfallecimientos prolongados. Sus decepciones, amargas en ocasiones, le insuflan nuevos bríos, le lanzan hacia nuevos proyectos, siquiera sea con el motor de la envidia o con el de decir por escrito todo lo que no ha sido capaz de mostrar verbalmente, o en general en su vida cotidiana.
Otro aspecto que destaca es su aversión a los estudios académicos. Son numerosos los pasajes en que se detiene en diversos conflictos con profesores que no comprenden sus aspiraciones, o que abusan de su autoridad, le suspenden, le insultan e incluso lo abofetean, con el agravante de que no son ni de lejos los maestros que Eliade busca y exige. Muchas veces, y ya desde su infancia, se ve obligado a estudiar cosas que no le interesan lo más mínimo o que él ya ha aprendido por su cuenta. Resultado de este divorcio con la vida académica son, desde su infancia, las frecuentes faltas de asistencia, la errancia por solares y descampados para jugar con golfillos y, en especial, su formación en gran medida autodidacta. Eso sí, fiel a su inclinación por la veladura, no acaba de enterarse el lector de si Eliade consiguió o no títulos académicos.
Han sido muchos los que han tratado de aclarar el grado de implicación del rumano en la política rumana de los años treinta, su nivel de militancia en el tristemente célebre grupo fascista de la Guardia de Hierro, que colaboró de manera entusiasta en los crímenes nazis de la guerra. Pero esta cuestión merece una segunda parte.
04 junio 2007
Comparando
Juan Fernando López Aguilar se muestra en El País de hoy muy digno e indignado porque, pese a haber sido, en las elecciones canarias, la lista encabezada por él la más votada al lograr 26 escaños, puede quedarse sin la presidencia del gobierno de las Islas, toda vez que Coalición Canaria y el Partido Popular sumarían juntos una mayoría absoluta de 34 diputados. Esta eventualidad irrita al guapo aspirante hasta el extremo de dictaminar que la unión de los otros dos partidos en legislaturas anteriores ha causado “perjuicios muy severos al crédito de las instituciones y a quienes la practicaron”. Ahora, su deseo ferviente de gobernar allí (para eso dejó a regañadientes de ser ministro de Justicia) debería satisfacerse. Así, sostiene López, tendría cauce el “mensaje de cambio y la esperanza que ha suscitado en la ciudadanía la oferta que he hecho para gobernar Canarias de otra manera”. Cualquier solución que no le coloque a él en la presidencia le parece “una farsa”.
En pura coherencia, la situación navarra enfurecería a López Aguilar, ya que se prepara un gobierno de muchos partidos que en total sólo tendrá dos parlamentarios más que sus adversarios. Aquí lo de respetar a la lista de UPN, que por muchos cuerpos ha sido la más votada, les parece a los socios del futuro gobierno un sinsentido que conspira contra el ambiguo y polivalente “mensaje de cambio”, una expresión-chicle que se moldea en cualquier dirección. Dicen que las comparaciones son odiosas. Sí, sobre todo cuando hacerlas no conviene a nuestros intereses.
Hay actitudes en las que todos coinciden. Veo en el mismo periódico que Coalición Canaria asegura que no pactará con López Aguilar mientras éste no retire los insultos a su partido. Algo similar dijo ZP respecto a los socialistas navarros. A los políticos les chifla jugar a ser niños enfurruñados. “Tú dijistes...”, gritábamos entre pucheros cuando yo era chaval. Menos mal que López Aguilar desmiente mis barruntos de infantilismo. Los socialistas, levanta la voz, “somos más viejos y más sabios”. ¿Dónde? ¿Puedo comparar también en este punto?
En pura coherencia, la situación navarra enfurecería a López Aguilar, ya que se prepara un gobierno de muchos partidos que en total sólo tendrá dos parlamentarios más que sus adversarios. Aquí lo de respetar a la lista de UPN, que por muchos cuerpos ha sido la más votada, les parece a los socios del futuro gobierno un sinsentido que conspira contra el ambiguo y polivalente “mensaje de cambio”, una expresión-chicle que se moldea en cualquier dirección. Dicen que las comparaciones son odiosas. Sí, sobre todo cuando hacerlas no conviene a nuestros intereses.
Hay actitudes en las que todos coinciden. Veo en el mismo periódico que Coalición Canaria asegura que no pactará con López Aguilar mientras éste no retire los insultos a su partido. Algo similar dijo ZP respecto a los socialistas navarros. A los políticos les chifla jugar a ser niños enfurruñados. “Tú dijistes...”, gritábamos entre pucheros cuando yo era chaval. Menos mal que López Aguilar desmiente mis barruntos de infantilismo. Los socialistas, levanta la voz, “somos más viejos y más sabios”. ¿Dónde? ¿Puedo comparar también en este punto?
03 junio 2007
Para discutir
"Definitivamente, me decía, no hay duda de que en nuestra sociedad el sexo representa un segundo sistema de diferenciación, con completa independencia del dinero; y se comporta como un sistema de diferenciación tan implacable, al menos, como éste. Por otra parte, los efectos de ambos sistemas son estrictamente equivalentes. Igual que el liberalismo económico desenfrenado, y por motivos análogos, el liberalismo sexual produce fenómenos de empobrecimiento absoluto. Algunos hacen el amor todos los días; otros cinco o seis veces en su vida, o nunca. Algunos hacen el amor con docenas de mujeres; otros con ninguna. Es lo que se llama la "ley del mercado". En un sistema económico que prohíbe el despido libre, cada cual consigue, más o menos, encontrar su hueco. En un sistema sexual que prohíbe el adulterio, cada cual se las arregla, más o menos, para encontrar su compañero de cama. En un sistema económico perfectamente liberal, algunos acumulan considerables fortunas; otros se hunden en el paro y la miseria. En un sistema sexual perfectamente liberal, algunos tienen una vida erótica variada y excitante; otros se ven reducidos a la masturbación y a la soledad. El liberalismo económico es la ampliación del campo de batalla, su extensión a todas las edades de la vida y a todas las clases de sociedad. A nivel económico, Raphael Tisserand está en el campo de los vencedores; a nivel sexual, en el de los vencidos. Algunos ganan en ambos tableros; otros pierden en los dos. Las empresas se pelean por algunos jóvenes diplomados; las mujeres se pelean por algunos jóvenes; los hombres se pelean por algunas jóvenes; hay mucha confusión, mucha agitación."
Michel Houellebecq
Ampliación del campo de batalla
Michel Houellebecq
Ampliación del campo de batalla
02 junio 2007
Escribir en la universidad
Escribía el otro día Martí Domínguez en La Vanguardia, recordando a Eugenio d’Ors, que éste se indigna en una de sus glosas “ante la falta de ambición literaria de los científicos, y les recuerda la cita de Condillac de que la ciencia no es más que un lenguaje bien hecho”. Pero el propio Domínguez, profesor universitario, científico y novelista en catalán, lamenta melancólicamente que casi cien años después de las palabras de d’Ors, las cosas no hayan cambiado mucho.”Incluso han empeorado: el científico escribe poco, en general mal, y muy pocas veces en los medios de comunicación. El hombre de ciencia vive ajeno a la prensa y cuando participa en algún medio a menudo es para dar cuenta de sus desvelos y dificultades económicas de investigación”.
En la empresa universitaria en que trabajo estas apreciaciones de Domínguez se confirman con una crudeza lindante con la brutalidad. No pasan de dos (la cifra no es metafórica, aseguro que son sólo dos) los hombres de ciencia o tecnología (amplia mayoría en la institución, por cierto) que opinan en los medios de comunicación sobre temas de su ámbito –en las ciencias humanas y sociales son, también sin metáforas, y esporádicamente, cuatro, un número, digamos, tampoco mareante-. En cuanto a la calidad de la escritura... Estoy obligado desde hace varios años a leer diariamente escritos “científicos” y “materiales docentes”. Pues bien, recuerdo, y atesoro, los de cierto matemático que, sin ambición literaria, sabe imprimirles una viveza y elegancia expositiva que desde el primer momento me llamó la atención. Uno, digo, y lo registro con muy poco temor a quedarme injustamente corto.
Pregunta retórica: ¿es normal ejercer de profesor universitario y no saber juntar palabras con dignidad, claridad y atención a los detalles sintácticos y léxicos?
En la empresa universitaria en que trabajo estas apreciaciones de Domínguez se confirman con una crudeza lindante con la brutalidad. No pasan de dos (la cifra no es metafórica, aseguro que son sólo dos) los hombres de ciencia o tecnología (amplia mayoría en la institución, por cierto) que opinan en los medios de comunicación sobre temas de su ámbito –en las ciencias humanas y sociales son, también sin metáforas, y esporádicamente, cuatro, un número, digamos, tampoco mareante-. En cuanto a la calidad de la escritura... Estoy obligado desde hace varios años a leer diariamente escritos “científicos” y “materiales docentes”. Pues bien, recuerdo, y atesoro, los de cierto matemático que, sin ambición literaria, sabe imprimirles una viveza y elegancia expositiva que desde el primer momento me llamó la atención. Uno, digo, y lo registro con muy poco temor a quedarme injustamente corto.
Pregunta retórica: ¿es normal ejercer de profesor universitario y no saber juntar palabras con dignidad, claridad y atención a los detalles sintácticos y léxicos?
29 mayo 2007
La calidad de unas columnas
El viernes comienza en Pamplona la Feria del Libro, y en ella, y supongo que también en cualquier librería, podrá adquirirse a un muy módico precio Rascacielos, libro editado por el Ayuntamiento de Pamplona que recopila columnas de prensa y otros escritos de Pedro Charro Ayestarán. Lo que sigue es la presentación que preparé para esa gavilla de textos. Advierto únicamente que, si bien Pedro es buen amigo, estoy seguro de no haberme dejado ofuscar por la philía a la hora de redactar.
«Hace casi veinte años, mucho antes de conocer personalmente a Pedro Charro, yo mantenía con él ya ese trato especial, pero con frecuencia de una rara intensidad, que otorga la lectura de escritos de alguien que sentimos poderosamente afín. Y es que este libro, Rascacielos, recopila columnas aparecidas los lunes del último año y pico en el Diario de Navarra –y algunos textos del blog que Pedro alimenta, ay, irregularmente—. Pero cuando entonces, que diría Onetti, Pedro publicaba artículos en el fallecido Navarra hoy que, por el tono y los asuntos que abordaban, yo leía con fruición, hasta el punto de que a más de uno, por ejemplo de los que comentaban o partían de libros que él y yo conocimos en ese tiempo, le rendí el homenaje particular que los enfermos del papel prensa no era extraño que tributáramos en las épocas previas al fabuloso archivo que es internet: recortarlo y guardarlo allí donde más lógico me parecía, entre las páginas del libro en cuestión.
Sin embargo, entre aquellos artículos de juventud y las columnas que el lector encontrará en Rascacielos hay, por fortuna, visibles diferencias. Escribir, según el gran Julio Ramón Ribeyro, «más que transmitir un conocimiento, es acceder a un conocimiento. El acto de escribir nos permite aprehender una realidad que hasta el momento se nos presentaba en forma incompleta, velada, fugitiva y caótica». Pero tal ejercicio de aprehensión, ese «escrutar en nosotros mismos y en el mundo con un instrumento mucho más riguroso que el pensamiento invisible», cada escritor lo efectúa a su manera, con un determinado tono y ritmo, con un modo específico de manipular el fondo común de las palabras. Esta manera se forja en una práctica por lo general larga, exigente y difícil. Pues bien, en un libro que Pedro publicó el pasado año, Dos centavos —un diario personal dentro del cual integraba con naturalidad algunas de las columnas escritas en 2004—, hay un momento en que registra con júbilo el hallazgo de su propio estilo en la escritura, el que mejor se ajusta a sus aspiraciones. Una columna de igual título que el libro, Dos centavos, marca en cierto modo un antes y un después. Escribe Pedro sobre ella que «siento la extraña sensación de haber llegado al final, es decir, al principio. Que algo ha cristalizado, se ha precipitado; que, sin pensarlo, he aprendido a escribir de otra forma, (...) he encontrado un cierto estilo. (...) Todo camino lleva a alcanzar mayor ligereza, a desprenderse de peso, a hacerse más desenvuelto, a mostrarse natural, a parecer fácil. Debería dar saltos de alegría si no tuviera este pánico a perder de pronto el don».Y aquí retomamos la nota de Ribeyro. No estoy convencido de que Pedro haya dejado, merced a la escritura, de ver la realidad en forma «incompleta, velada, fugitiva y caótica». Más bien creo que esta se le sigue resistiendo cada dos por tres, y que su estrategia ha sido la de adecuar su escritura a esa rebelión. Lo real es, más si se coge tan al vuelo como exigen los periódicos, demasiado complejo y multiforme como para encerrarlo en esquemas teóricos perfectos, en la gran explicación en que creíamos de jóvenes; de ahí que su escritura guste de la aproximación fragmentaria, más sugestiva que sistemática. La columna de prensa resulta, escrita así, un género que le va como anillo al dedo porque le autoriza a mostrar más que a demostrar, apuntar y no sentenciar. Le permite un estilo depurado con el que decir mucho cada vez con menos, un modo narrativo o ensayístico en el que la sugerencia es más potente que la explicitud. Como señaló Bela Bartok, y tomo la cita del propio Charro, «cuanto más madura uno, más experimenta la necesidad de proceder por medios económicos, de expresarse más simplemente».
Claro que otros columnistas edifican, dentro de las pocas líneas que el género impone, mínimos tratados, escritos feroces y combativos inspirados, en los casos más nobles, por la indignación que los males del mundo provocan, y en los menos por «la paz del más absoluto dogmatismo», por la aplicación de recetas que siempre, milagro, acaban explicando todo con mecánica sencillez —y ello aunque se den casos donde la calidad de la escritura, o su eficacia expeditiva, resultan indiscutibles—. Pedro Charro, desde luego, va por otro lado. Lo suyo, lo comprobará el lector, son con frecuencia apuntes enlazados casi por asociación azarosa, por recuerdo involuntario, por libre evocación. Una noticia política casa sin estridencias con un episodio de la infancia recuperada, las declaraciones rabiosas de una parlamentaria son tamizadas por el solecillo que acaricia la nuez de quien las escucha, la desolación causada por la muerte de un ser querido reaviva el fastidio por el extravío de unas gafas de sol que permitan llorar con pudor, y el asombro ante una incógnita vital dolorosa puede amortiguarse, menos mal, con el majestuoso espectáculo de unas anchoas rebozadas. Esta manera de relacionar no tiene nada de arbitraria o absurda. Porque, como señala el propio Pedro, y volveremos enseguida a ello, nada es más importante, en el devenir de nuestras vidas concretas y singulares, que las pequeñas trivialidades, lo más ordinario, los minúsculos placeres, las sensaciones elementales.
El empeño en sugerir sin gritar, y en atender a lo particular, engasta a la perfección con la vocación literaria de Pedro, quien compone bastantes de sus columnas, sin querer queriendo, como pequeñas piezas narrativas, microrrelatos que guardan el margen de sutil resonancia, y de equilibrio entre lo dicho y lo callado, que la buena literatura desprende a su paso. Vemos que frente a nosotros hay un escritor, alguien capaz de apreciables y galardonados cuentos, que se ha atrevido prometedoramente con el teatro y que, con seguridad, nos regalará a su debido tiempo una estupenda novela. Los textos del blog, por ejemplo, son casi todos escuetos pero potentes relatos.
Pedro no vocifera ni dogmatiza en sus columnas. Al contrario, atiende con frecuencia, ya lo he dicho, a un amplio catálogo de perplejidades, el cual no cesa de aumentar, porque el mundo cambia y muchos días lo sentimos demasiado complejo, confuso e incierto. Así que el articulista posa su mirada cada semana en la realidad y observa con sentimientos encontrados fenómenos, sin ir más lejos, como la globalización imparable, o los avances técnicos que están modificando nuestras relaciones personales o la misma idea de la inteligencia —cabe que esos avances, sospecha Pedro con Vicente Verdú, entronicen en los niños y en muchos adultos una «continua atención parcial», o sea, un déficit de atención—. Observa el columnista, por otra parte, la masiva llegada de inmigrantes, la cual nos obligará, no sin conflictos, a enfrentarnos a situaciones inéditas, y también al racismo larvado o abierto que comienza a manifestarse. Tampoco acaba de estar claro, en la mente y el corazón de Pedro, y me atrevo a decir que en los de casi nadie, algo en lo que sin embargo nos va muchísimo, nada menos que el camino hacia la felicidad —si es que tal aspiración no es absurda e irrealizable—, o el interrogante de si alguna vez nos atreveremos, como más de un día deseamos, a cambiar radicalmente de vida, coger el portante y huir para empezar de nuevo (pero ¿hay que hacerlo? ¿No cargaríamos en el viaje con el miedo y la culpa, y sobre todo con el lastre más pesado, nosotros mismos?).
Muchas dudas, muchas incógnitas. Pero al mismo tiempo hay un puñado de cosas que Pedro, que dista mucho de ser un escéptico radical, tiene claras y que saltan aquí y allá. La lectura ordenada y seguida de esta colección de columnas me ha ayudado, como seguro que lo hará a cualquier lector del libro, a encontrar hilos que vertebran las vacilaciones y oscuridades, pero también las certidumbres. Al fondo siempre está la reivindicación del individuo, de sus derechos, de su mayoría de edad, y por tanto la crítica implacable de los totalitarismos y los paternalismos que ahogan su libertad y responsabilidad («Nadie se toma en serio la libertad del individuo, incluido muchas veces el propio individuo, y así la autoridad siempre está dispuesta a llenar este vacío y decirnos lo que nos conviene, no sea que no caigamos en ello»). En esta misma dirección, es lógico que Pedro levante, a media voz, la hermosa enseña del humanismo en su texto sobre las memorias de Sandor Marai, el cual «se puede resumir en la idea de que el hombre es la medida de todas las cosas, (lo) que no puede pasarse por alto a la hora de llevar a cabo proyectos y acciones, supuestamente en su beneficio, sedicentemente en pro de su liberación (...) No me liberen, por favor, podría ser un clamor que recorre la historia». En coherencia con esta certeza, Pedro ya se inclinaba en Dos centavos hacia lo mejor del inagotable y poliédrico liberalismo: «Ponerse de parte del individuo y de la libertad conduce con el tiempo a abandonar la izquierda y colocarse en un liberalismo más o menos radical, en un posibilismo lúcido y un poquito desencantado».
El lecto va a encontrar en el libro más proclamaciones y críticas. Me resulta imposible no dejar constancia de una fundamental: su denostación del nacionalismo (“ha ganado la batalla y se le consiente todo, aunque cometa los mismos errores que el peor oscurantismo del pasado. Debe ser para compensar. La verdad es que donde lo identitario avanza imparable, el ciudadano sale por la puerta de atrás”) y de la catástrofe del terrorismo. Frente a éste Pedro abandona cualquier tono dubitativo o ambiguo, aunque sepa abordarlo con un tono muy medido en columnas como, escojo una, la titulada Líquido. Claro que la historia del terrorismo no hubiera sido la misma sin la comprensión o el consentimiento activo o pasivo de tantas gentes. Pedro se atrevió a sentenciar en Dos centavos que «esta historia hedionda (la de la indiferencia y el desprecio ante el sufrimiento provocado por el terrorismo nacionalista vasco), esta realidad que no quisimos ver, esto que clama desde entonces es, quizás, el acontecimiento central de todos estos años».
Hay más, mucho más, y por suerte más ligero, incluso irónico, y sobre muy diversas cuestiones, en este Rascacielos. Pero creo que es hora de que me calle para que ustedes pasen y vean. La cultura, ha escrito Gabriel Zaid, es conversación. Escribir —lo que ha hecho Pedro—, leer –lo que les animo a hacer a ustedes—, pueden ser, entre otros, procedimientos para echar «leña al fuego de esa conversación, formas de animarla». Como he contado al comienzo, yo conversaba con Pedro sin conocerle cuando leía en tiempos sus artículos. Ahora, este libro arroja leña al fuego de la conversación que seguimos manteniendo, enriquecerá la charla que muchos lectores más o menos apresurados ya tuvieron con él cuando paladearon sus columnas en el periódico, y a quienes no las conocían les permitirá entablar un diálogo que, con su reunión en Rascacielos, gana además en hondura y gracia. Lo que Pedro Charro aporta a la conversación da juego, no me cabe duda».
«Hace casi veinte años, mucho antes de conocer personalmente a Pedro Charro, yo mantenía con él ya ese trato especial, pero con frecuencia de una rara intensidad, que otorga la lectura de escritos de alguien que sentimos poderosamente afín. Y es que este libro, Rascacielos, recopila columnas aparecidas los lunes del último año y pico en el Diario de Navarra –y algunos textos del blog que Pedro alimenta, ay, irregularmente—. Pero cuando entonces, que diría Onetti, Pedro publicaba artículos en el fallecido Navarra hoy que, por el tono y los asuntos que abordaban, yo leía con fruición, hasta el punto de que a más de uno, por ejemplo de los que comentaban o partían de libros que él y yo conocimos en ese tiempo, le rendí el homenaje particular que los enfermos del papel prensa no era extraño que tributáramos en las épocas previas al fabuloso archivo que es internet: recortarlo y guardarlo allí donde más lógico me parecía, entre las páginas del libro en cuestión.
Sin embargo, entre aquellos artículos de juventud y las columnas que el lector encontrará en Rascacielos hay, por fortuna, visibles diferencias. Escribir, según el gran Julio Ramón Ribeyro, «más que transmitir un conocimiento, es acceder a un conocimiento. El acto de escribir nos permite aprehender una realidad que hasta el momento se nos presentaba en forma incompleta, velada, fugitiva y caótica». Pero tal ejercicio de aprehensión, ese «escrutar en nosotros mismos y en el mundo con un instrumento mucho más riguroso que el pensamiento invisible», cada escritor lo efectúa a su manera, con un determinado tono y ritmo, con un modo específico de manipular el fondo común de las palabras. Esta manera se forja en una práctica por lo general larga, exigente y difícil. Pues bien, en un libro que Pedro publicó el pasado año, Dos centavos —un diario personal dentro del cual integraba con naturalidad algunas de las columnas escritas en 2004—, hay un momento en que registra con júbilo el hallazgo de su propio estilo en la escritura, el que mejor se ajusta a sus aspiraciones. Una columna de igual título que el libro, Dos centavos, marca en cierto modo un antes y un después. Escribe Pedro sobre ella que «siento la extraña sensación de haber llegado al final, es decir, al principio. Que algo ha cristalizado, se ha precipitado; que, sin pensarlo, he aprendido a escribir de otra forma, (...) he encontrado un cierto estilo. (...) Todo camino lleva a alcanzar mayor ligereza, a desprenderse de peso, a hacerse más desenvuelto, a mostrarse natural, a parecer fácil. Debería dar saltos de alegría si no tuviera este pánico a perder de pronto el don».Y aquí retomamos la nota de Ribeyro. No estoy convencido de que Pedro haya dejado, merced a la escritura, de ver la realidad en forma «incompleta, velada, fugitiva y caótica». Más bien creo que esta se le sigue resistiendo cada dos por tres, y que su estrategia ha sido la de adecuar su escritura a esa rebelión. Lo real es, más si se coge tan al vuelo como exigen los periódicos, demasiado complejo y multiforme como para encerrarlo en esquemas teóricos perfectos, en la gran explicación en que creíamos de jóvenes; de ahí que su escritura guste de la aproximación fragmentaria, más sugestiva que sistemática. La columna de prensa resulta, escrita así, un género que le va como anillo al dedo porque le autoriza a mostrar más que a demostrar, apuntar y no sentenciar. Le permite un estilo depurado con el que decir mucho cada vez con menos, un modo narrativo o ensayístico en el que la sugerencia es más potente que la explicitud. Como señaló Bela Bartok, y tomo la cita del propio Charro, «cuanto más madura uno, más experimenta la necesidad de proceder por medios económicos, de expresarse más simplemente».
Claro que otros columnistas edifican, dentro de las pocas líneas que el género impone, mínimos tratados, escritos feroces y combativos inspirados, en los casos más nobles, por la indignación que los males del mundo provocan, y en los menos por «la paz del más absoluto dogmatismo», por la aplicación de recetas que siempre, milagro, acaban explicando todo con mecánica sencillez —y ello aunque se den casos donde la calidad de la escritura, o su eficacia expeditiva, resultan indiscutibles—. Pedro Charro, desde luego, va por otro lado. Lo suyo, lo comprobará el lector, son con frecuencia apuntes enlazados casi por asociación azarosa, por recuerdo involuntario, por libre evocación. Una noticia política casa sin estridencias con un episodio de la infancia recuperada, las declaraciones rabiosas de una parlamentaria son tamizadas por el solecillo que acaricia la nuez de quien las escucha, la desolación causada por la muerte de un ser querido reaviva el fastidio por el extravío de unas gafas de sol que permitan llorar con pudor, y el asombro ante una incógnita vital dolorosa puede amortiguarse, menos mal, con el majestuoso espectáculo de unas anchoas rebozadas. Esta manera de relacionar no tiene nada de arbitraria o absurda. Porque, como señala el propio Pedro, y volveremos enseguida a ello, nada es más importante, en el devenir de nuestras vidas concretas y singulares, que las pequeñas trivialidades, lo más ordinario, los minúsculos placeres, las sensaciones elementales.
El empeño en sugerir sin gritar, y en atender a lo particular, engasta a la perfección con la vocación literaria de Pedro, quien compone bastantes de sus columnas, sin querer queriendo, como pequeñas piezas narrativas, microrrelatos que guardan el margen de sutil resonancia, y de equilibrio entre lo dicho y lo callado, que la buena literatura desprende a su paso. Vemos que frente a nosotros hay un escritor, alguien capaz de apreciables y galardonados cuentos, que se ha atrevido prometedoramente con el teatro y que, con seguridad, nos regalará a su debido tiempo una estupenda novela. Los textos del blog, por ejemplo, son casi todos escuetos pero potentes relatos.
Pedro no vocifera ni dogmatiza en sus columnas. Al contrario, atiende con frecuencia, ya lo he dicho, a un amplio catálogo de perplejidades, el cual no cesa de aumentar, porque el mundo cambia y muchos días lo sentimos demasiado complejo, confuso e incierto. Así que el articulista posa su mirada cada semana en la realidad y observa con sentimientos encontrados fenómenos, sin ir más lejos, como la globalización imparable, o los avances técnicos que están modificando nuestras relaciones personales o la misma idea de la inteligencia —cabe que esos avances, sospecha Pedro con Vicente Verdú, entronicen en los niños y en muchos adultos una «continua atención parcial», o sea, un déficit de atención—. Observa el columnista, por otra parte, la masiva llegada de inmigrantes, la cual nos obligará, no sin conflictos, a enfrentarnos a situaciones inéditas, y también al racismo larvado o abierto que comienza a manifestarse. Tampoco acaba de estar claro, en la mente y el corazón de Pedro, y me atrevo a decir que en los de casi nadie, algo en lo que sin embargo nos va muchísimo, nada menos que el camino hacia la felicidad —si es que tal aspiración no es absurda e irrealizable—, o el interrogante de si alguna vez nos atreveremos, como más de un día deseamos, a cambiar radicalmente de vida, coger el portante y huir para empezar de nuevo (pero ¿hay que hacerlo? ¿No cargaríamos en el viaje con el miedo y la culpa, y sobre todo con el lastre más pesado, nosotros mismos?).
Muchas dudas, muchas incógnitas. Pero al mismo tiempo hay un puñado de cosas que Pedro, que dista mucho de ser un escéptico radical, tiene claras y que saltan aquí y allá. La lectura ordenada y seguida de esta colección de columnas me ha ayudado, como seguro que lo hará a cualquier lector del libro, a encontrar hilos que vertebran las vacilaciones y oscuridades, pero también las certidumbres. Al fondo siempre está la reivindicación del individuo, de sus derechos, de su mayoría de edad, y por tanto la crítica implacable de los totalitarismos y los paternalismos que ahogan su libertad y responsabilidad («Nadie se toma en serio la libertad del individuo, incluido muchas veces el propio individuo, y así la autoridad siempre está dispuesta a llenar este vacío y decirnos lo que nos conviene, no sea que no caigamos en ello»). En esta misma dirección, es lógico que Pedro levante, a media voz, la hermosa enseña del humanismo en su texto sobre las memorias de Sandor Marai, el cual «se puede resumir en la idea de que el hombre es la medida de todas las cosas, (lo) que no puede pasarse por alto a la hora de llevar a cabo proyectos y acciones, supuestamente en su beneficio, sedicentemente en pro de su liberación (...) No me liberen, por favor, podría ser un clamor que recorre la historia». En coherencia con esta certeza, Pedro ya se inclinaba en Dos centavos hacia lo mejor del inagotable y poliédrico liberalismo: «Ponerse de parte del individuo y de la libertad conduce con el tiempo a abandonar la izquierda y colocarse en un liberalismo más o menos radical, en un posibilismo lúcido y un poquito desencantado».
El lecto va a encontrar en el libro más proclamaciones y críticas. Me resulta imposible no dejar constancia de una fundamental: su denostación del nacionalismo (“ha ganado la batalla y se le consiente todo, aunque cometa los mismos errores que el peor oscurantismo del pasado. Debe ser para compensar. La verdad es que donde lo identitario avanza imparable, el ciudadano sale por la puerta de atrás”) y de la catástrofe del terrorismo. Frente a éste Pedro abandona cualquier tono dubitativo o ambiguo, aunque sepa abordarlo con un tono muy medido en columnas como, escojo una, la titulada Líquido. Claro que la historia del terrorismo no hubiera sido la misma sin la comprensión o el consentimiento activo o pasivo de tantas gentes. Pedro se atrevió a sentenciar en Dos centavos que «esta historia hedionda (la de la indiferencia y el desprecio ante el sufrimiento provocado por el terrorismo nacionalista vasco), esta realidad que no quisimos ver, esto que clama desde entonces es, quizás, el acontecimiento central de todos estos años».
Hay más, mucho más, y por suerte más ligero, incluso irónico, y sobre muy diversas cuestiones, en este Rascacielos. Pero creo que es hora de que me calle para que ustedes pasen y vean. La cultura, ha escrito Gabriel Zaid, es conversación. Escribir —lo que ha hecho Pedro—, leer –lo que les animo a hacer a ustedes—, pueden ser, entre otros, procedimientos para echar «leña al fuego de esa conversación, formas de animarla». Como he contado al comienzo, yo conversaba con Pedro sin conocerle cuando leía en tiempos sus artículos. Ahora, este libro arroja leña al fuego de la conversación que seguimos manteniendo, enriquecerá la charla que muchos lectores más o menos apresurados ya tuvieron con él cuando paladearon sus columnas en el periódico, y a quienes no las conocían les permitirá entablar un diálogo que, con su reunión en Rascacielos, gana además en hondura y gracia. Lo que Pedro Charro aporta a la conversación da juego, no me cabe duda».
23 mayo 2007
Los días de diario
«Un hombre que aspira a ser justo, sentado al fresco de su jardín, una mañana de verano, con un perro a sus pies. La serenidad procede del bienestar de los suyos, de su amor correspondido, de su salud aceptable y de su moderada solvencia económica. También del hecho de que se dedica a un trabajo que le gusta mucho y por el que obtiene un razonable reconocimiento, si bien no se obsesiona con él ni está dispuesto a sacrificarle los otros dones de su vida».
Leemos este «autorretrato provisional firmado el 30 de julio de 2005» en Días de diario, un librito de Antonio Muñoz Molina de apenas sesenta páginas de pequeño formato, un fragmento de las notas que, suponemos, toma el escritor habitualmente sobre su acontecer y pensamientos. Pero el título, más que la condición de diario del texto, da la impresión de subrayar el carácter corriente y banal de lo contado. Aquí no se registran sucesos extraordinarios, esos grandes mojones de dolor o dicha que pautan nuestra vida; sólo se recogen algunos detalles del discurrir y sentir de un hombre al que, en esos meses, nada excepcional le pasa.
Al principio, el hombre sereno está de vacaciones en Madrid, y aprovecha el asueto para iniciar la escritura de una novela. Un año antes abandonó otra, insatisfecho, y ahora quiere levantar la memoria de cierto periodo de su adolescencia en Úbeda, alrededor de 1969, que él liga en el recuerdo íntimo con el impacto de la llegada a la luna de los astronautas norteamericanos. Es un libro que tolerará en su mismo planteamiento deslizamientos hacia la ficción, y que sin embargo tendrá que ser fuertemente personal. «No parece que haya más historia que la mía ni más personaje que yo mismo». No es la primera vez, por supuesto, que Muñoz Molina se interna en el territorio de la memoria personal y familiar. El jinete polaco o, no digamos, Ardor guerrero, también se construyeron literariamente con materiales de su vida. Es un camino en el cual el escritor se siente cómodo, guiado por modelos como Saul Bellow o Philip Roth, los cuales, dice, «no parece que inventen demasiado».
En 2007 ya sabemos que el empeño llegó a buen puerto, porque el otoño pasado se publicó el resultado, la novela El viento de la luna. Pero cuando Muñoz Molina toma sus notas le atemoriza la eventualidad de un nuevo fracaso, toda vez que, admite, «en estos tiempos creo que es imprescindible y urgente para mí terminar una buena novela. Vital para mi buen nombre y para mi confianza en mí mismo, tan debilitada últimamente».
Escribe con ilusión, porque los comienzos son prometedores, pero también con miedo. Por suerte, se impone la alegría a medida que teclea, con el concurso gozoso de las vacaciones y la libre disposición del tiempo. «Ponerse cada tarde a escribir una novela es una felicidad para la que en el fondo no hay sustitutivos. (...) Escribir y escribir. Con felicidad, sin orden, dejándome llevar, descubriendo personajes, situaciones, matices inventados que parecen recuerdos. (...) Ya llegará el tiempo de corregir».
Esa plenitud asociada a la concentración se resquebraja cuando mes y medio más tarde Muñoz Molina retorna a su trabajo en el Instituto Cervantes en Nueva York. Antes de abandonar Madrid ya se lamenta: «Ay, si yo tuviera todo el verano y todo el otoño sólo para escribir». Pero no lo tiene, y los pocos meses que se anotan en la ciudad americana son difíciles en lo que se refiere al avance de la novela. El libro gozosamente posible en vacaciones se le figura, en momentos de abatimiento, «quizás improbable». Se aprovechan los fines de semana, los benditos puentes, las noches, pero las dificultades se acrecientan con el cansancio y la discontinuidad del esfuerzo. Cierta mezcla de la tenacidad imprescindible en un escritor y de desazón por las dificultades le lleva a tomar nota de que «este es el momento del miedo, el de empezar a escribir y sentirse sin fuerzas para hacerlo, sin inspiración, con un abatimiento que no parece posible vencer. Éste es el momento que hay que salvar siempre, como se da un salto para salvar una zanja, sintiendo de golpe toda la torpeza y la cobardía del cuerpo».
La historia de la escritura de su nueva novela vertebra Días de diario, libro que se interrumpe sin más. Pero, como corresponde al género, hay en sus pocos folios escuetas anotaciones sobre otros asuntos. Me ha llamado la atención uno en especial, tal vez porque el reservado Muñoz Molina desnuda en él una habitación de su intimidad. El periódico El País le ha encargado una entrevista nada menos que a Philip Roth, pero el encuentro no puede ser más decepcionante para el español. El americano no tiene ni idea de quién es su entrevistador, y su impaciencia y casi fastidio en la hora en que permanecen frente a frente humilla y descentra a Muñoz Molina: «No tengo ya costumbre de ser tratado sin el menor rastro de la consideración que suele depararme mi nombre. No estoy acostumbrado a estar con personas del mundo literario para las que soy un desconocido. Lección difícil de humildad». Un poco más tarde reconoce, pensando en el encontronazo: «lo que me mortifica con respecto a Roth es la sensación de haber quedado como un tonto delante de alguien a quien admiro mucho. Un deseo frustrado de agradar al maestro, yo, que durante toda mi vida me he especializado en esa habilidad no siempre noble, desde que era un niño en la escuela. No ser mirado como un colega por otro escritor: ni siquiera ser visto como una persona inteligente». Una constatación lacerante que le conduce, en otro pasaje, a admitir algo que yo he leído con pena e identificación: «no sé por qué, pero a mí los complejos se me acentúan según me hago mayor». Comprendemos por ello de corazón al hombre (hasta cierto punto) sereno que se emociona por la fuerza con que le abraza en plena calle su amigo el gran escritor rumano Norman Manea. Y es que «está uno muy privado de las satisfacciones profundas de la amistad».
El recorrido del escritor por su propia vida, o por la actualidad, o simplemente por las calles de Nueva York, le abocan también al cuaderno. Así, el padre muerto poco tiempo atrás se le aparece en varios sueños, más todavía al formar parte esencial de la memoria que está convirtiendo en novela. Sus viajes en el metro le hacen toparse con unos versos de Yeats que explican mejor que un largo tratado muchos aspectos de la acción humana y del triste estado del mundo: «Los mejores carecen por completo de convicción, los peores están llenos de apasionada intensidad». Su irritación por el terrible incendio que unos domingueros provocaron en Guadalajara le lleva a dictaminar que «la irresponsabilidad cívica en España es una cosa escalofriante». Y el espectáculo cainita de la política española, que al mismo tiempo no puede dejar de atender, como ciudadano consciente que es, provoca su lamento: «La política, en países como España, es echar sal en las heridas y gasolina en el fuego, y encender hogueras donde no las había». Menos mal que la belleza del amor, la lectura y la escritura se complementan con la que le inunda cuando visita los maravillosos museos neoyorquinos o escucha una música (clásica o jazz o flamenco) que siempre le acompaña y transforma benéficamente.
Como siempre, es mejor leer el libro que esta notita mía. Sólo diré que el aire modesto y sin pretensiones de Días de diario me ha atrapado en un grado mayor que la lectura de sus grandes libros. Y es que con Muñoz Molina me sucede, dejando aparte ahora otras consideraciones (manierismo, artificiosidad y mimetismo de ciertas tramas o personajes), lo mismo que, por ejemplo, con Luis Landero. La calidad de escritura de cinco páginas de la mayoría de sus libros casi siempre me embelesa. Pero las partes son mucho mejores que el todo, y trescientas embotan mi gusto, como si me hubiera dado un atracón de exquisito chocolate. Algo que no ha sucedido ni una vez en el rato que me ha llevado devorar este cuaderno.
Leemos este «autorretrato provisional firmado el 30 de julio de 2005» en Días de diario, un librito de Antonio Muñoz Molina de apenas sesenta páginas de pequeño formato, un fragmento de las notas que, suponemos, toma el escritor habitualmente sobre su acontecer y pensamientos. Pero el título, más que la condición de diario del texto, da la impresión de subrayar el carácter corriente y banal de lo contado. Aquí no se registran sucesos extraordinarios, esos grandes mojones de dolor o dicha que pautan nuestra vida; sólo se recogen algunos detalles del discurrir y sentir de un hombre al que, en esos meses, nada excepcional le pasa.
Al principio, el hombre sereno está de vacaciones en Madrid, y aprovecha el asueto para iniciar la escritura de una novela. Un año antes abandonó otra, insatisfecho, y ahora quiere levantar la memoria de cierto periodo de su adolescencia en Úbeda, alrededor de 1969, que él liga en el recuerdo íntimo con el impacto de la llegada a la luna de los astronautas norteamericanos. Es un libro que tolerará en su mismo planteamiento deslizamientos hacia la ficción, y que sin embargo tendrá que ser fuertemente personal. «No parece que haya más historia que la mía ni más personaje que yo mismo». No es la primera vez, por supuesto, que Muñoz Molina se interna en el territorio de la memoria personal y familiar. El jinete polaco o, no digamos, Ardor guerrero, también se construyeron literariamente con materiales de su vida. Es un camino en el cual el escritor se siente cómodo, guiado por modelos como Saul Bellow o Philip Roth, los cuales, dice, «no parece que inventen demasiado».
En 2007 ya sabemos que el empeño llegó a buen puerto, porque el otoño pasado se publicó el resultado, la novela El viento de la luna. Pero cuando Muñoz Molina toma sus notas le atemoriza la eventualidad de un nuevo fracaso, toda vez que, admite, «en estos tiempos creo que es imprescindible y urgente para mí terminar una buena novela. Vital para mi buen nombre y para mi confianza en mí mismo, tan debilitada últimamente».
Escribe con ilusión, porque los comienzos son prometedores, pero también con miedo. Por suerte, se impone la alegría a medida que teclea, con el concurso gozoso de las vacaciones y la libre disposición del tiempo. «Ponerse cada tarde a escribir una novela es una felicidad para la que en el fondo no hay sustitutivos. (...) Escribir y escribir. Con felicidad, sin orden, dejándome llevar, descubriendo personajes, situaciones, matices inventados que parecen recuerdos. (...) Ya llegará el tiempo de corregir».
Esa plenitud asociada a la concentración se resquebraja cuando mes y medio más tarde Muñoz Molina retorna a su trabajo en el Instituto Cervantes en Nueva York. Antes de abandonar Madrid ya se lamenta: «Ay, si yo tuviera todo el verano y todo el otoño sólo para escribir». Pero no lo tiene, y los pocos meses que se anotan en la ciudad americana son difíciles en lo que se refiere al avance de la novela. El libro gozosamente posible en vacaciones se le figura, en momentos de abatimiento, «quizás improbable». Se aprovechan los fines de semana, los benditos puentes, las noches, pero las dificultades se acrecientan con el cansancio y la discontinuidad del esfuerzo. Cierta mezcla de la tenacidad imprescindible en un escritor y de desazón por las dificultades le lleva a tomar nota de que «este es el momento del miedo, el de empezar a escribir y sentirse sin fuerzas para hacerlo, sin inspiración, con un abatimiento que no parece posible vencer. Éste es el momento que hay que salvar siempre, como se da un salto para salvar una zanja, sintiendo de golpe toda la torpeza y la cobardía del cuerpo».
La historia de la escritura de su nueva novela vertebra Días de diario, libro que se interrumpe sin más. Pero, como corresponde al género, hay en sus pocos folios escuetas anotaciones sobre otros asuntos. Me ha llamado la atención uno en especial, tal vez porque el reservado Muñoz Molina desnuda en él una habitación de su intimidad. El periódico El País le ha encargado una entrevista nada menos que a Philip Roth, pero el encuentro no puede ser más decepcionante para el español. El americano no tiene ni idea de quién es su entrevistador, y su impaciencia y casi fastidio en la hora en que permanecen frente a frente humilla y descentra a Muñoz Molina: «No tengo ya costumbre de ser tratado sin el menor rastro de la consideración que suele depararme mi nombre. No estoy acostumbrado a estar con personas del mundo literario para las que soy un desconocido. Lección difícil de humildad». Un poco más tarde reconoce, pensando en el encontronazo: «lo que me mortifica con respecto a Roth es la sensación de haber quedado como un tonto delante de alguien a quien admiro mucho. Un deseo frustrado de agradar al maestro, yo, que durante toda mi vida me he especializado en esa habilidad no siempre noble, desde que era un niño en la escuela. No ser mirado como un colega por otro escritor: ni siquiera ser visto como una persona inteligente». Una constatación lacerante que le conduce, en otro pasaje, a admitir algo que yo he leído con pena e identificación: «no sé por qué, pero a mí los complejos se me acentúan según me hago mayor». Comprendemos por ello de corazón al hombre (hasta cierto punto) sereno que se emociona por la fuerza con que le abraza en plena calle su amigo el gran escritor rumano Norman Manea. Y es que «está uno muy privado de las satisfacciones profundas de la amistad».
El recorrido del escritor por su propia vida, o por la actualidad, o simplemente por las calles de Nueva York, le abocan también al cuaderno. Así, el padre muerto poco tiempo atrás se le aparece en varios sueños, más todavía al formar parte esencial de la memoria que está convirtiendo en novela. Sus viajes en el metro le hacen toparse con unos versos de Yeats que explican mejor que un largo tratado muchos aspectos de la acción humana y del triste estado del mundo: «Los mejores carecen por completo de convicción, los peores están llenos de apasionada intensidad». Su irritación por el terrible incendio que unos domingueros provocaron en Guadalajara le lleva a dictaminar que «la irresponsabilidad cívica en España es una cosa escalofriante». Y el espectáculo cainita de la política española, que al mismo tiempo no puede dejar de atender, como ciudadano consciente que es, provoca su lamento: «La política, en países como España, es echar sal en las heridas y gasolina en el fuego, y encender hogueras donde no las había». Menos mal que la belleza del amor, la lectura y la escritura se complementan con la que le inunda cuando visita los maravillosos museos neoyorquinos o escucha una música (clásica o jazz o flamenco) que siempre le acompaña y transforma benéficamente.
Como siempre, es mejor leer el libro que esta notita mía. Sólo diré que el aire modesto y sin pretensiones de Días de diario me ha atrapado en un grado mayor que la lectura de sus grandes libros. Y es que con Muñoz Molina me sucede, dejando aparte ahora otras consideraciones (manierismo, artificiosidad y mimetismo de ciertas tramas o personajes), lo mismo que, por ejemplo, con Luis Landero. La calidad de escritura de cinco páginas de la mayoría de sus libros casi siempre me embelesa. Pero las partes son mucho mejores que el todo, y trescientas embotan mi gusto, como si me hubiera dado un atracón de exquisito chocolate. Algo que no ha sucedido ni una vez en el rato que me ha llevado devorar este cuaderno.
20 mayo 2007
Libertad
Para Borges la realidad yacía en los libros; en leer libros, en escribir libros, en hablar de libros. Íntimamente tenía conciencia de estar prolongando un diálogo iniciado miles de años atrás. Un diálogo, a su juicio, interminable. Los libros restauraban el pasado. (...) Adolfo Bioy Casares me dijo una vez que Borges era el único individuo que, en lo que respecta a la literatura, «nunca se entregó a las convenciones, al hábito o a la pereza». (...) Jamás se sintió obligado a leer un libro hasta la última página. Su biblioteca (que, como la de cualquier otro lector, era asimismo su autobiografía) reflejaba su creencia en el azar y en las leyes de la anarquía. «Soy un lector hedónico: jamás consentí que mi sentimiento del deber interviniera en una afición tan personal como la adquisición de libros».
Alberto Manguel. Con Borges. Alianza editorial.
Alberto Manguel. Con Borges. Alianza editorial.
Los blogs y la libertad de expresión
La negativa de “El País” a publicar el artículo de Fernando Savater motivó ayer que varias personas (seguro que la mayoría lectoras del periódico, como yo) trataran de manifestar su queja y enfado insertando comentarios dentro del blog de Lluis Bassets, director adjunto y responsable de sus páginas de opinión. Es cierto que ese blog trata de política internacional, pero parece muy racional que, siendo Bassets alguien que probablemente ha participado de forma decisiva en el veto a Savater, más de uno eligiera su bitácora para patentizar el rechazo. Pues bien, Bassets no permitió durante varias horas que ninguno de esos comentarios críticos pudiera leerse, hasta que, quién sabe por qué motivo, les dio vía libre al atardecer. Hoy me he fijado en que en ese blog, y antes de que a cualquiera se le ocurra meter algo, se advierte que “Los comentarios están moderados y no aparecerán en el weblog hasta que el dueño los haya aprobado”.
Este Bassets, no olvidemos que responsable de opinión en el principal periódico de España, no ha entendido nada de cómo funciona internet y mucho menos los blogs, y quiere aplicar al suyo los mismos mecanismos de selección y filtro que a la edición en papel. Rechaza así la libertad irrestricta habitual en la inmensa mayoría de las bitácoras. Además, se siente obligado a proclamar que “no tengo interés alguno en perder el tiempo ni en discutir con lectores anónimos, que se amparan en el antifaz de los nicks, y están estimulados por supuestas noticias ni comprobadas ni contrastadas, difundidas por otros blogs, en algunos casos vinculados a la competencia. Éste es un espacio de debate de buena fe, no una plaza donde pelearse y agitar para ver quien hace más ruido con sus consignas. Menos todavía para actuaciones partidistas y militantes”.
¿Quién le ha exigido que discuta con sus lectores? ¿Nadie le ha informado de que eso no es obligatorio, y de que basta con que deje libre paso a lo que cada uno escriba, por estúpido o desinformado que a él le parezca? ¿No confía en sus propios textos, que son el motivo primero por el que accedemos al blog? ¿Por qué censuró comentarios firmados con nombre y apellido y que, cuando hemos podido leeerlos, vemos que son sensatos y mesurados aunque discrepen de la decisión censoril sobre Savater? ¿Tiene intención de publicar únicamente los comentarios que él juzgue “de buena fe”? ¿Está prohibido que alguien que lea periódicos o blogs “de la competencia” pueda opinar en el suyo? ¿Sus propios textos, muy interesantes por otra parte, no son legítimamente partidistas y militantes, por ejemplo los que ha publicado sobre Sarkozy? En fin, ya puestos, ¿por qué no aclara, dada su situación en el periódico, qué pasó con el artículo de Savater?
Es ridículo y formulario, y suena falso de toda falsedad, que su nota termine con un “Gracias por leerme y gracias por participar con vuestros atinados comentarios”. ¿Cuáles son los comentarios atinados y cuáles no? ¿A quién diablos da las gracias?
Este Bassets, no olvidemos que responsable de opinión en el principal periódico de España, no ha entendido nada de cómo funciona internet y mucho menos los blogs, y quiere aplicar al suyo los mismos mecanismos de selección y filtro que a la edición en papel. Rechaza así la libertad irrestricta habitual en la inmensa mayoría de las bitácoras. Además, se siente obligado a proclamar que “no tengo interés alguno en perder el tiempo ni en discutir con lectores anónimos, que se amparan en el antifaz de los nicks, y están estimulados por supuestas noticias ni comprobadas ni contrastadas, difundidas por otros blogs, en algunos casos vinculados a la competencia. Éste es un espacio de debate de buena fe, no una plaza donde pelearse y agitar para ver quien hace más ruido con sus consignas. Menos todavía para actuaciones partidistas y militantes”.
¿Quién le ha exigido que discuta con sus lectores? ¿Nadie le ha informado de que eso no es obligatorio, y de que basta con que deje libre paso a lo que cada uno escriba, por estúpido o desinformado que a él le parezca? ¿No confía en sus propios textos, que son el motivo primero por el que accedemos al blog? ¿Por qué censuró comentarios firmados con nombre y apellido y que, cuando hemos podido leeerlos, vemos que son sensatos y mesurados aunque discrepen de la decisión censoril sobre Savater? ¿Tiene intención de publicar únicamente los comentarios que él juzgue “de buena fe”? ¿Está prohibido que alguien que lea periódicos o blogs “de la competencia” pueda opinar en el suyo? ¿Sus propios textos, muy interesantes por otra parte, no son legítimamente partidistas y militantes, por ejemplo los que ha publicado sobre Sarkozy? En fin, ya puestos, ¿por qué no aclara, dada su situación en el periódico, qué pasó con el artículo de Savater?
Es ridículo y formulario, y suena falso de toda falsedad, que su nota termine con un “Gracias por leerme y gracias por participar con vuestros atinados comentarios”. ¿Cuáles son los comentarios atinados y cuáles no? ¿A quién diablos da las gracias?
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