08 septiembre 2007

Funcionarios: en dias como estos

¿Tú sabes algo? Dicen que la van a echar, no se habla de otra cosa. Y ella como si nada, haciendo planes. En el café nos cascamos tres cuartos de hora dale que te pego: me han dicho, yo creo, seguro que no, pues sí que estamos bien, cada vez peor, que se joda el tipejo ese, siempre dando lecciones, parece que han ofrecido el puesto a varios, ese dijo que ni hablar, que él en todo caso quisiera una sinecura, buen sueldo y no más de dos horas al día, pero que chollos así quedan muy pocos hoy en día. Eso es relativo, a nosotras entre recados y cafés y el cumpleaños de cada día con las pastas se nos va la mañana en un voleo. Pues anda que ese otro pájaro, haciendo pasillos y ofreciéndose a todo cristo. Pero ¿tú crees que acabarán largando al que vegeta en canonjías y suministros? No lo sé, no me creo nada, me da igual, total, lo mismo ponen a un cerdo que va de rojeras y tiene carnet de Izquierda Unida pero resulta más trepa, seboso y autoritario. En cuanto llegó el nuevo consejero, y aunque es del partido como todos, dijo: a este y este no quiero ni verlos, que ya sé que son unos maulas que están todo el día viajando e intentando ligar en las reuniones “técnicas” esas que se celebran preferentemente en Canarias o Palma. Pero los tipos no son tontos, tirando de teléfono y de viejas relaciones han conseguido otro chollo. Y el cabrón eterno, qué me dices, pasó unos días horribles porque ya veía aquí a los del tripartito, pero anda ahora exultante, sobrao. Pues a mí me contaban el otro día las administrativas que sueñan con que el jefe vuelva a dar clases, que están hartas de que las trate como a sus chachas. Aunque ya sabes, en el sueldo me engañarán pero en el trabajo no, que no sé qué hago yo aquí perdiendo el tiempo con la de cosas que tengo que hacer en casa. Y como decía Eutimio, no me jodas que soy del partido y ahora mismo llamo a mi amigo, seguro que lo pillo en la sede.

“En España hoy desde luego es práctica rara que a un alto funcionario de nombramiento político se le nombre por su competencia, más bien los criterios básicos son los compromisos y equilibrios políticos, y también las presiones y recomendaciones del candidato y sus amigos. La conveniencia de los gobernados, que depende en primer lugar de la idoneidad del nombrado, es la última de las consideraciones”. (Gabriel Tortella en El País)

03 septiembre 2007

Conservar

1.- Pedro de Miguel murió hace poco. Yo era uno más en el nutrido grupo de fieles de su blog. Casi todos los días este escritor y periodista escribía una entrada, breve pero adornada con un toque sugerente, irónico y sabroso –y eso que su religiosidad militante me pillaba muy lejos-. En febrero falleció José Ramón Urío, amigo que alimentaba otra bitácora. Pensando en los textos de los desaparecidos, que permanecen varados en la red, me asalta la duda del ignorante: ¿cuánto tiempo estarán ahí? ¿Blogger, o Google, que no lo tengo claro, en todo caso el administrador del sitio web, los mantendrá indefinidamente?

2.- Asisto a un curso sobre revistas electrónicas, revistas a disposición de sus suscriptores en internet. La ponente habla de cómo las bibliotecas y otras instituciones, a diferencia de las suscripciones a las revistas editadas en papel, que llegan, se catalogan y quedan disponibles para los interesados, se ven ahora obligadas a pagar, más de una vez, únicamente para que los usuarios puedan consultar -leer en pantalla- artículos sueltos, o para que los impriman, pero sin posibilidad de transferir a los ordenadores del suscriptor el archivo completo de la revista. Estos cambios, en todo caso, y la misma existencia de revistas en internet, están exigiendo a las bibliotecas y centros de documentación nuevas disposiciones y acuerdos sobre la conservación de archivos electrónicos. En tanto esas publicaciones eran en papel no había problema, a lo sumo el del espacio físico disponible. Pero si sólo se compra el derecho a leer, y es la empresa editora la única que retiene todos los archivos, ¿no es lógico sentir una pizca de temor ante la eventualidad de que tales revistas acaben volatilizándose en el espacio virtual si la editorial desaparece o es absorbida por un gran grupo?

3.- Cambio de ordenador. Desde 1987 llevo comprados unos cuantos de estos caros y pronto obsoletos electrodomésticos –compárese la vida media de un ordenador con la de la más sofisticada lavadora doméstica, encima casi siempre más barata-. En los cambios me cuido de conservar lo que albergaba el disco duro, así que tengo, de estos veinte años, archivos en discos de cinco pulgadas y cuarto (aquellos disquetes grandes de plástico flexible), en disquetes de tres y medio, en cedés y en dvd’s. Están en distintos programas, muchos inencontrables hoy y a veces no compatibles (¿quién se acuerda de la serie Asistant de IBM, o del wordstar, o del wordperfect 5.1, o de aquella base de datos tan complicada, DBase?). Total, que la búsqueda y consulta de lo que guardo resulta más ardua que la de papeles. Y en lo que respecta a los correos electrónicos, el esfuerzo de archivarlos es, debido a mi impericia (¿dónde diablos se esconden en el disco duro?), un pequeño tormento. Sí, es verdad, hay gente muy diestra en la informática, y además tan sumamente organizada que estructura carpetas y etiqueta con pulcritud todos los discos de cualquier tamaño y formato. Pero me temo que mis problemas y dificultades de búsqueda y acceso no son tan inhabituales –a lo peor porque formo parte de la penosa cuadrilla de traperos obsesionados por guardar todo, sean átomos o bytes, y padezco ese síndrome de Diógenes virtual del que hablaba el otro día el señor de Passy-.

4.- “Antes, las personas, al morir, dejaban tras de sí un caos de objetos depositados en cajones y armarios. Ahora dejamos, sobre todo, una verdadera herencia electrónica, más amplia, rica y compleja, pero en una sola cosa este nuevo testimonio de nuestro paso por la vida no ha cambiado: es una herencia tan frágil e inestable, si no más, que la anterior” (Pedro Ugarte, este sábado pasado en El País).

29 agosto 2007

Las notas infelices

José Antonio Gabriel y Galán. ¿Quién se acuerda hoy de él? Pero en los años ochenta, hace como quien dice cuatro días, era un escritor elogiado y que publicó en editoriales de prestigio. Fue además, y entre otras cosas, director de una valiosa revista cultural, El Urogallo. De su poesía no puedo decir nada, pero de sus cinco novelas, que ahora sólo pueden encontrarse, y con suerte, en las bibliotecas, recuerdo haber leído con gran interés A salto de mata, relato de las andanzas de un delincuente de dieciséis años, y El bobo ilustrado, dignísima reflexión sobre un periodista culto, reformista, afrancesado y dubitativo que en la guerra contra los ejércitos de Napoleón en 1808 pasea su incomodidad entre las razones militares e ideológicas de los invasores y la resistencia de sus compatriotas, trabucaires y primitivos. Todos le exigen que se decante y él es incapaz, negado como está para el dogmatismo y las adhesiones incondicionales. Gabriel y Galán tuvo tiempo más tarde de ver premiada en América la que sin duda es su mejor obra, Muchos años después, inventario del naufragio de los sueños políticos y existenciales de tres personajes, uno de ellos jugador compulsivo en bingos y casinos. En 1993, cuando sólo tenía 52 años, Gabriel y Galán murió de un linfoma con el que convivía de mala manera desde 1980.

Ahora la Junta de Extremadura publica un diario que el escritor mantuvo con intermitencias en los trece años de su enfermedad, un ramillete de anotaciones no preparadas en su momento para la salida a la luz y donde saltan a la vista los saltos temporales y los silencios sobre algunos aspectos. Son notas que más parecen ocasión personal de rumia y desahogo terapéutico. Supongo, por otra parte, que de las hojas que dejó Gabriel y Galán su familia habrá censurado no poco, dada su naturaleza tan íntima. Pero lo que ha permitido que podamos leer muestra un carácter tan descarnado que inquieta y subyuga.

Un diario –incluso este, deslavazado- ofrece siempre entradas muy variopintas. Pero cabe entresacar aquí cinco hilos esenciales de los que tirar, y que dicen mucho sobre la intimidad de Gabriel y Galán. El primero, omnipresente, es la enfermedad. Las notas se inician cuando al escritor, que acaba de obtener un éxito con su adaptación para el teatro de La velada de Benicarló, de Azaña, se le diagnostica un linfoma. Tras un primer y duro tratamiento, se sucede al correr de los años el registro de los rebrotes del mal, las falsas alarmas, los durísimos tratamientos y sus efectos secundarios, las pasajeras euforias y en suma toda la panoplia de circunstancias que cosen la trama de un tenaz y desesperado combate contra la muerte. Una guerra que comienza con la indignación y sorpresa que le provoca al hombre el primer ataque, y que a los cuarenta años le pilla totalmente desprevenido: “Vivimos tan ajenos a la idea de la muerte que cuando esta se anuncia uno se siente sorprendido e injustamente tratado. Todo ello a pesar de que la muerte nos rodea con una asiduidad y una persistencia feroz. Pero nos han educado haciéndonos creer inmortales. Esta civilización construye estos escudos protectores que de repente se desmoronan estrepitosamente”.

El segundo hilo que seguir, todavía más poderoso que el primero, es el muy precario equilibrio psíquico en que se mueve Gabriel y Galán. Su existencia se edifica sobre la insatisfacción vital, la permanente sensación de vivir rodeado de angustiosas amenazas y, en consecuencia, una lacerante ausencia de calma y alegría. El autor se siente espantosamente solo, se marea con frecuencia y padece una incurable nostalgia de lo que no tiene y una urgente apetencia de lo que ha dejado. “Me desestabilizo con cualquier alteración psicológica de mi cuerpo, psíquica o ambiental. Esta alteración me produce miedo y con el miedo entro en el proceso angustioso (...) Esa obsesión es un cajón de sastre donde entran: sensaciones de marginación, frustración acumulada, inseguridad, aislamiento, vacío y toda una serie de secuelas psíquicas conducentes a una fase de ansiedad e intranquilidad agudas”.

Pero antes del linfoma, y aquí vamos hacia el tercer hilo, Gabriel y Galán ya había comprobado que el mundo no es el lugar cálido y seguro que imaginó en su primera juventud. Un abandono amoroso profundamente turbador aparece y reaparece en el diario. “Yo he pasado muchos años instalado en el dolor amoroso, el sufrimiento. Desde mi separación con Livja –año 68- yo he vivido ese dolor insoportable, cotidiano, minuto a minuto, y eso durante unos diez años. Ese dolor ha provocado una tensión psíquica continuada, que se ha traducido en numerosas crisis y que ha provocado una especie de ‘rompimiento de mi sistema nervioso’. ¿Cuánto tiempo puede uno soportar el sufrimiento amoroso, la pérdida de la amada, la nostalgia, la soledad, la no aceptación de esa pérdida? (...) Ese periodo de diez años ha sido un robo en mi vida (...) He luchado mucho contra ello, pero no lograba salir del infernal círculo de la obsesión”.

El cuarto eje de la vida interior de Gabriel y Galán es el resentimiento. Jorge Vigil, en su excelente Diccionario razonado de vicios, pecados y enfermedades morales, dice que el resentimiento es el “sentimiento penoso y contenido del que se cree maltratado, acompañado de enemistad u hostilidad hacia los que cree culpables del mal trato”. Esta descripción se ajusta como un guante a lo que nuestro escritor padece, aunque trate de contenerlo, domeñarlo y disimularlo. Y es que, en lo que se refiere a su consideración en la sociedad literaria, se ve “puteado, agredido, engañado, perjudicado” por casi todo el mundo: estudiosos, antólogos de la literatura española, críticos, colegas y responsables de suplemente literarios. Se siente víctima de una “marginación (socio-literaria), de injusticia, de escaso reconocimiento, de determinados fallos de amigos e instituciones”. Es ilustrativo a este respecto un encuentro con el escritor Vicente Verdú, entonces un poderoso cargo en El País. Gabriel y Galán quiere controlarse, racionalizar su situación, rebajarle grados a la queja. Pero apenas lo logra, y lanza sobre su amigo Verdú un copioso memorial de agravios. Por dentro está, ese día y otros muchos, como una olla a presión. Lo paradójico es que Gabriel y Galán reconoce desear con intensidad la fama y el reconocimiento generalizado de sus méritos literarios, pero al mismo tiempo, si ese éxito llegara, le gustaría poder decir no, mantener las distancias. “Es mi contradicción: si me invitan a un estreno, a un acto, a una presentación o cóctel, me molesta, digo que no. Pero si no me invitaran, me sentiría frustrado. En definitiva, [quisiera] ser famoso para mandar a la mierda a la fama”.

El quinto y penoso hilo de las notas es su adicción incontrolable al juego. El autor supo dibujar con precisión al protagonista de Muchos años después porque él mismo llevaba muchos años gastando el dinero que tenía y el que no tenia en bingos y casinos, acumulando deudas, rabia y tensión, y dilapidando muchas tardes en esa frenética carrera por ganar. No es raro que se lamente por sus pocas lecturas, toda vez que, reconoce, no le queda mucho tiempo para los libros, poseído como se siente por la pulsión incontrolable: “El problema del jugador es que no tiene posibilidad de pensar (...) El tiempo adquiere una nueva dimensión: la de la obsesión, y esta impide pensar; los días van pasando y el jugador no se da cuenta de que sus pensamientos, es decir, la realidad, va siendo aplazada por otra realidad vertiginosa y ficticia”.

No es extraño, vistos estos cinco ejes que articulan sus anotaciones, que la impresión que se desprenda de ellas sea de una negrura desazonante, hasta el punto de que parecería que toda la vida de Gabriel y Galán no hubiera sido más que un campo de dolor, miedo, angustia, resentimiento y ludopatía. Una vida que, él mismo escribe, “daría lástima”. Por suerte, en esos casi trece años hubo también trabajo, buenas novelas, un amor correspondido hasta el final de sus días, triunfos provisionales sobre la enfermedad, ciertos reconocimientos de la sociedad literaria, periodos intermitentes de plenitud. “Naturalmente, en las notas, diarios, etc. sólo están apuntados los momentos dramáticos. De ahí la monotonía patética”. Lo que sucede, no obstante, es que resulta perfectamente imaginable que Gabriel y Galán, en realidad como todos nosotros, mantuviera más de una vez algo parecido a una doble vida. La exterior, más controlada, industriosa y “normal”, esa de la que damos cuenta y podemos enseñar, y la interior, la vida íntima que aparece en el libro, y en la cual pululaban por su mente los ejércitos de la noche más oscura. Para conocer esta última, esa que en las relaciones sociales, amistosas y familiares nosotros, como el escritor, queremos ocultar con celo, este diario, escrito por alguien que se examina sin contemplaciones, tiene un impagable valor. Leemos y sentimos que estamos ante un semejante, alguien que planta un espejo para que podamos hurgar en nuestras propias torturas.

25 agosto 2007

El ala oeste

Me gusta mucho la televisión. Pero eso sucede “teóricamente hablando”. Porque mi interés, esa predisposición favorable, rastrea en busca en contenidos y no los encuentra. Así que puedo decir que me gusta ver la tele pero no me interesa casi ningún programa.

Una excepción: hace unos cuantos meses que trato, encantado, de reservar los viernes para ver a medianoche un nuevo capítulo de El ala oeste de la Casa Blanca. Es una serie que en España no ha tenido apenas suerte. La seguimos ocho raros. Desde que arrancó en 2003 a los adictos nos han forzado a estar muy atentos a sus apariciones guadianescas y a grabar en la madrugada temporadas enteras.

En El ala oeste no hay crímenes ni romances. Sólo hay asesores del presidente que se bandean entre congresistas, senadores, embajadores, periodistas y grupos de presión (los poderosos lobbistas). Esos fontaneros son todos, cosas de la idealización del espectáculo norteamericano, abnegados, honestos, eficaces, y enseñan a la menor su robusta convicción de que están sirviendo a la democracia. Nada que ver con lo que hemos leído más de una vez a propósito de quienes se mueven en ese entorno de los presidentes norteamericanos: gente muy lista y competente pero chanchullera, trapacera y si es preciso carente de escrúpulos a la hora de moverse en las alcantarillas, tender trampas a los rivales y urdir maniobras oscuras o delictivas. No, los asesores de El ala oeste son de muy buena pasta. Y, claro, sirven a un presidente demócrata tan perspicaz, bondadoso y enérgico que no pasa de ser una versión depurada del sueño de los Kennedy –el sueño, remarco, y no la realidad de la acción del Kennedy que mandó hasta su asesinato-. Nada que ver con individuos como los Bush o Reagan o, incluso, Clinton. Sólo recuerdo una excepción a esta visión embellecida: los capítulos en que se contó el diseño en el ala oeste del asesinato del heredero de un país islámico escorado hacia el radicalismo y la financiación de grupos terroristas.

Sin embargo, aun admitiendo las servidumbres y distorsiones con que carga la serie, nos enganchan al sofá los que llenan los pasillos del poder y participan en reuniones o conversaciones peripatéticas -que parecen durar sólo un par de minutos-. Sus charlas siempre versan sobre conflictos en los que hay que negociar acuerdos políticos, emplear el sentido de la oportunidad y de la anticipación, aplicar la razón de estado, o bien elegir la manera correcta de comportarse en dilemas o en situaciones angustiosamente problemáticas. Esas situaciones son servidas en unos diálogos brillantes, afilados, tensos, veloces y elusivos que exigen al espectador que permanezca muy atento para no perderse detalle.

Es verdad que A dos metros bajo tierra o Los Soprano han sido series maravillosas, puedo admitir que mejores que El ala oeste. Pero la primera me oprime el ánimo, me deja siempre hundido y con mal cuerpo. Tiene que ser una cosa de la edad. Y la segunda, admito, es soberbia, pero a estas alturas me fatigan los mafiosos y su violencia latente o brutal. Tengo un problema con el género, por mucho que en la serie le hayan dado una brillante vuelta de tuerca. En cambio, El ala oeste pertenece a otro rubro, el político, que si bien aquí aparece con limitaciones y americanadas, me es particularmente caro.

El ala oeste tuvo unas primeras temporadas fenomenales. Ahora estamos viendo ya el declive que precipitó su desaparición (además murió John Spencer, el inolvidable Leo MacGarry, jefe de gabinete del presidente, y sin él no era fácil imaginarse la historia). Abandonó la serie su creador, Aaron Sorkin, y se notó pronto en los guiones. Pero el nivel medio continúa mereciendo la pena, y mucho. Ayer, sin ir más lejos, vi un capítulo casi perfecto. Las promesas electorales que se lleva el viento, por cinismo o por efecto de los embates de la hirsuta realidad, los efectos reales y tangibles de la globalización y la deslocalización, la tentación del proteccionismo..., y detrás, como siempre, una visión de la política muy pegada al realismo -a veces demasiado-, una idea que, como dice Valentí Puig (y repito en este blog), reprueba los maximalismos y celebra lo posible, la reforma, el cambio que no olvida nunca la naturaleza imperfecta de lo humano.

23 agosto 2007

El tiempo

Lluvia y frío. Bendito mal tiempo de agosto. Nos libera de la ansiedad de disfrutar intensamente del verano. Las muchas obligaciones impuestas por el ocio pierden fuerza.

03 agosto 2007

Mucho cuidado con los de los platillos volantes

El periodista especializado en ciencia Luis Alfonso Gámez, indignado porque Televisión Española le hubiese encargado a J. J. Benítez, nada menos que para su primera cadena –se emitió encima en domingo-, el programa Planeta encantado, escribió en su blog dos entradas en las cuales, entre otras cosas, decía que era una lástima que TVE hubiese “seguido el juego a este inventor de misterios". “Programas como éste [estrenado en 2003] demuestran lo fácil que es que cualquier iluminado o estafador engañe a la población". Benítez, según el admirable Gámez, no dice más que sandeces, es un iluminado y basa su negocio en la mentira, el engaño público y la tergiversación.

Bueno, pues un juez ha considerado que comentarios de este tipo son un ataque al honor de Benítez y “tienen una sentido injurioso y vejatorio". ¡Qué pena que el periodista no hiciera como muchos parlamentarios y gentes de partido que califican de delincuente, tahúr, cuatrero o atracador a cualquier adversario, pero apostillan que lo son “políticamente hablando”. Como Gámez no guardó esa precaución, el juez lo ha condenado a pagar una indemnización de 6.000 euros al entusiasta de las astronaves extraterrestres y otras hierbas del pensamiento mágico. Y eso que el juez explica que, antes que el ahora condenado, mucha gente ha opinado y opina "cosas aún peores" de J. J. Benítez, y que estas expresiones "no se consideran tan demoledoras y difamatorias" porque los temas que durante años ha tratado Benítez tienen un alto contenido polémico y son susceptibles de herir, a su vez, sentimientos ajenos.

No entiendo nada, de verdad, dicho sea con temor, no vaya a ser que irrite al juez de primera instancia y al del caballo de Troya. Me guardaré muy mucho de considerar a un juez, como hace hoy Juan Luis Cebrián con el último que le ha tocada en suerte, “personaje siniestro, (que) se comporta como el niño bonito de la judicatura y sus actos menoscaban el prestigio de la democracia, pero no demuestra padecer vergüenza alguna por ello”. Sólo me atrevo a soñar con que la sentencia en el caso Benítez sea revocada en niveles superiores. Igual un miembro de la justicia situado en nivel superior tiene en cuenta que, como dice el mismo castigador en su sentencia, Benítez, que tiene bula en las editoriales más poderosas y en la televisión como si fuera lo que no es, un sabio, hiere sentimientos ajenos. Por ejemplo, y mucho, los míos.

Estos días he leído a ratos los dos últimos libros hasta el momento de la colección ¡Vaya timo!, que tan oportunamente publica la editorial Laetoli en colaboración con la Sociedad para el Avance del Pensamiento Crítico, y que destripan “la parapsicología” y “el yeti y otros bichos”. Mientras me entretenía con estos escépticos y me enteraba de muchos detalles, recordé los buenos ratos pasados en 2006 con uno de los primeros títulos de la colección, Los ovnis ¡vaya timo!, escrito con gracia, claridad y nutrida información por Ricardo Campo. En su breve obra, que por supuesto recomiendo, el autor saca a la palestra varias veces al ufólogo pamplonés, miembro notorio de la que él denomina “farándula platillista”, ese circo en el que, dice Campo, dan volatines “especuladores estúpidos, alucinados y charlatanes desvergonzados”. ¿Se me permite asentir sin reservas a estas palabras si se aplican a individuos como J.J. Benítez, el autor de bestsellers Javier Sierra o el televisivo Iker Jiménez? Ojalá fuera cierto, aunque lo dudo, lo que dijo un productor americano de televisión sobre los platilleros y su juego: “todo el mundo sabe que es sólo entretenimiento”.

30 julio 2007

Goleada

«Ya sabéis que en nuestra tierra, en un partido de fútbol, cuando un equipo va ganando 5-0 sus hinchas todavía cantan eso de Todos queremos más», dicen que dijo Arnaldo Otegi en la última de las reuniones celebradas entre los socialistas vascos, el PNV y Batasuna en el otoño de 2006.

Su frase pretendía «aligerar la tensión», cuentan los periódicos dentro de un relato de las conversaciones que a estas alturas, si atamos cabos, resulta decididamente creíble. Pero pocas veces ha estado más acertado el batasuno. Su equipo iba ganando 5-0.

Simplemente la lista de cuestiones de que se habló esos dos meses, y todos y cada uno de los cinco puntos de las Bases para el diálogo y el acuerdo político allí redactadas, aun si damos por supuesto que después se hubieran introducido muchos matices, ya determinaban una victoria del nacionalismo vasco por goleada. Cinco puntos, cinco goles. ¡Esa es la idea que el comentarista del Diario de Noticias tiene de lo que significa «aproximar posiciones»!

Los tres partidos consensuaron además algo que los propios voceros del periódico califican eufemísticamente de “curioso”: que el «único ejemplar del acuerdo definitivo» (¡como si se tratara de las tablas de la ley enviadas por el Altísimo!) «fuese depositado en el Vaticano de manera oficial. Se trasladaría así a la Iglesia la custodia del documento que podía poner punto final al conflicto». Mecagüentó, canta Georgie Dann, qué tropa.

22 julio 2007

Mañana de sábado

Miguel Leache nos lleva a Pedro Manterola y a mí a ver “Nostalgia del suceso”, la exposición que ayer inauguró en Aoiz/Agoitz. La mañana es ventosa y llena de nubes, sólo muy remotamente veraniega. Como Miguel conduce despacio, disfrutamos en el trayecto del modesto e insípido paisaje, que nos gusta mucho, y que no varía, dice, hasta que bastante más arriba de Aoiz confluyen los ríos Irati y Urrobi. Las grandes -por calidad y tamaño- acuarelas de Miguel pueden contemplarse en la Casa de Cultura / Biblioteca (dígase en euskera también, por favor), un edificio muy amplio, moderno y muy reciente construido donde antes estuvieron el juzgado y la cárcel del pueblo. ¿Hay muchas dotaciones levantadas en Aoiz y pueblos cercanos a modo de compensación por el “sacrificio” y las afecciones que ha exigido el Pantano de Itoiz? Lo digo porque a la entrada del pueblo he visto también un Centro de Salud de última generación. La pregunta queda en el aire, aunque Miguel alude de pasada los seísmos que cada dos por tres sacuden a la zona y a las grietas que les van abriendo a las casas.

En la sala de exposiciones/erakusketak la empleada, una chica joven, como no hay nada ni a nadie que vigilar aprovecha el tiempo para leer, absorta, ayudándose de una interna diminuta que recorre velozmente las líneas. La figura que compone es muy hermosa. Cuando la moza abandona un momento la sala, mi curiosidad vence a la educación y me acerco a ver la cubierta del libro que la tiene enganchada: uno de Barbara Wood, autora angloamericana de novelas de misterio con gotas de divulgación histórica y mucha pasión amorosa. “En las librerías ahora todo es Nefertiti”, dirá más tarde Pedro. “Y templarios”, añado.

Las acuarelas de Miguel me parecen muy valiosas, y varias de ellas extraordinarias. Además, veo que se ha internado por caminos nuevos, que prueba y arriesga, que esta exposición es distinta y hermosa. Pero como me da pánico hablar o escribir de arte una sola palabra, prefiero deleitarme escuchando el diálogo entre los pintores sobre las dificultades de la técnica de la acuarela, la prehistoria e historia de la realización de éstas que tenemos enfrente y, en particular, acerca del motivo que vertebra el proyecto, el tiempo, la distinción entre el acontecer y el acontecimiento, el tiempo como acontecer sin sucesos frente al tiempo que de pronto explota en acontecimientos, en sucesos que marcan nuestra vida para bien o para mal. ¿Qué sería la nostalgia del suceso? ¿Es que necesitamos sin remedio que nos sucedan muchas cosas, intensas, maravillosas, que nuestra vida esté repleta de acontecimientos? Recuerdo que un día Pedro Manterola nos dijo que para él la única forma de escaparse del tiempo era la rutina. “Agarrarse, abrazarse a la rutina como un desesperado, que nada cambie, que no exista ni un solo acontecimiento en mi vida”.

En la sala, además de ver las acuarelas de Miguel, uno puede colocarse auriculares y escuchar fragmentos de una conversación sobre estos espinosos negocios del tiempo, el suceso y el acontecer (al fondo, la muerte, claro) que mantuvieron unos individuos que conoce el artista. El montaje de pequeños fragmentos de aquella charla es muy solvente, pero los que hablan, no sé, deben de ser de esa clase de hombres a los que uno no invitaría ni a un fanta de naranja. Pedro sostiene que las acuarelas de Miguel valen por sí mismas y no le acaba de convencer la posible complementariedad o interacción entre lo que las obras dicen o sugieren y lo que largaron los de la charleta. Miguel en cambio está satisfecho con esto que sale de los auriculares.

Cuando dejamos Aoiz/Agoitz el conductor desvía unos minutos el coche para ver (he venido mil veces a Aoiz y nunca he hecho esta levísima incursión) lo que queda del pequeño conjunto de naves del Aserradero, una empresa muchos años próspera que trabajaba la madera traída por los almadieros. El Aserradero quebró hace tiempo y el conjunto, que incluía varias casas para empleados, es ahora un conjunto lógicamente desolado, en avanzado estado de descomposición y semiderribo, una triste muestra de arqueología industrial.

Mientras volvemos a Pamplona, yo sentado atrás, disfruto con la conversación variada del conductor y el copiloto. Recuerdan a familiares y conocidos que trabajaron en Aoiz, y luego charlan algo sobre el nacionalismo y sobre cierto artista notable que pasó por Pamplona hace poco, un hombre al que Pedro disecciona con brillante crueldad. Qué bien estoy así, pienso, sólo escuchando y ocasionalmente preguntando. Y se me ocurre que tengo que escribir algo sobre esta mañana fresca de verano. Lástima que deje de lado, por ignorancia, lo más importante, el análisis del objeto de la excursión, esas acuarelas de Miguel Leache que se merecen un comentarista más competente.

21 julio 2007

Uniforme

Fui un rato a las dantescas fiestas de San Fermín. Una simple mirada alrededor cuando llegué al parque temático en que se convierte esos días el centro, y caí en que mi atuendo, pantalón oscuro que serviría también en invierno y camisa a cuadritos, formalica, como de cuñado, me emparentaba con esos hombres cetrinos que el día seis acuden a vender caballos en las afueras de la ciudad desde Novallas, provincia de Zaragoza, o desde Espartinas, por la parte de Sevilla. Aunque también me unía con ciertos sujetos que uno suele ver montando las barracas en lo que antes llamaban el Real de la Feria. Junto a mí todo el mundo iba de blanco nuclear, y por supuesto con faja y pañuelico. Todos y todas, faltaría más, que las mujeres tienen mucha más andadura en lo de someterse a las modas, a cualquier moda.

Tanta unanimidad me da un poco de miedo, me ubica de pronto en una película de terror. ¿Es que a nadie le resulta humillante o por lo menos algo vejatorio seguir de pe a pa la norma, una norma además, como quien dice, de hace cuatro días? ¿No se supone que las fiestas pamplonicas son el paraíso de la libre explosión y de la subjetividad desaforada, el paréntesis loco en el manso discurrir de la levítica ciudad? A este paso muy pronto reprenderán y amenazarán a los que no vamos de nada -y no por ganas de incordiar, sino porque ni siquiera nos acordamos de la cada día más férrea regulación vestimentaria-.

20 julio 2007

Aceptación de lo imperfecto

"Al pasar del siglo XX al siglo XXI una constatación elemental acredita la desaprobación de las utopías y honra la asunción de lo imperfecto. El siglo XX aprobó las revoluciones más maximalistas –el comunismo y el nazismo— en demérito de lo posible, de la reforma, del cambio que atiende a la naturaleza imperfecta de lo humano. Incluso la posibilidad de un retorno de lo religioso está por ser tenida en cuenta si constatamos que somos lo que somos y no lo que, en nombre de una ideología abstracta, debiéramos ser. En el siglo XX las guerras, las hecatombes y los genocidios alcanzaron su punto histórico más álgido porque operaban de espaldas a la realidad finita de lo humano, a las especificaciones de –pongamos por caso— el Sermón de la Montaña. No es una mera especulación del pragmatismo: la entrega ideológica impugnaba la concreción del amor, los postulados de la piedad, la tangibilidad del otro como semejante y no como enajenamiento colectivizado. Ésa es la apuesta por un futuro imperfecto que puede asumir todos los avances tecnocientíficos y todas las evoluciones sociales sin esperar que el mundo logre su acabado lineal y abstracto. Mejoran o empeoran las instituciones, en la medida de lo practicable, pero el ser humano, el animal humano de Darwin, no resulta ser más bueno ni tiene por qué ser más malo. En definitiva, el mal es inextinguible y el hombre es como es en ese futuro, imperfecto. Nadie ha impuesto a la realidad intramundana –dice Ortega en Una interpretación de la historia universal— la obligación de terminar bien, como es obligatorio en las películas norteamericanas: nadie tiene el derecho de exigir a Dios que prefiera hacer de la historia humana una dulce comedia de costumbres en vez de dejarla ser una inmensa tragedia. Dicho de otro modo: el hombre es un sistema de deseos imposibles en este mundo".

Valentí Puig
Por un futuro imperfecto
Los retos políticos en el umbral del siglo XXI

Páginas 25-26
Editorial Destino

Las perlas de la desinformación

El País del domingo 15 venía con una página entera elaborada por Carlos E. Cué, uno de los redactores importantes del medio, de los que firman habitualmente en las páginas de política. Su texto (al cual, desde donde estoy, lástima, no puedo enlazar) recogía, bajo el supuestamente gracioso e impactante título de “Aznar o la reserva moral del PP”, algunas ideas enunciadas por participantes en unas jornadas de la Fundación para el Análisis y los Estudios Sociales (FAES).

Dejemos de lado ahora que el escrito de Cué ejemplificaba muy bien una de las lacras intrínsecas del periodismo, su dificultad (tal vez imposibilidad) para sintetizar en poco espacio, sin traicionar ni vulgarizar, planteamientos trabados, complejos y extensos sobre problemas de amplio alcance. Esa es una limitación del periodismo muy visible en la página de Cué, pero también en otras muchas que podemos leer en mil medios. Lo peor de la deposición del redactor, lo más irritante, era su tonillo omnipresente de “miren ustedes qué cosas tan raras y tan fachas andan diciendo estos amigos de Aznar”.

Por lo que el mismo Cué señalaba, los asistentes a las jornadas de la FAES hablaron sobre cuestiones tan delicadas como, por ejemplo, la integración de los inmigrantes en las sociedades avanzadas y la respuesta multiculturalista que muchos han defendido, el islam realmente existente y los desafíos conflictivos que suscita, o el relativismo axiológico y sus orígenes y consecuencias. Son asuntos acerca de los cuales se han escrito miles de páginas con ideas que, por muy ideologizados que estemos, no resulta nada fácil encasillar –más bien es ridículo y absurdo- en un modelo binario y simple de izquierda y derecha políticas, y no digamos en un esquema PP-PSOE. ¿Son de izquierdas los que defienden el multiculturalismo? ¿Son de derechas forzosamente los que abominan de Marx o de Freud o defienden la herencia cultural cristiana o le dan vueltas al nihilismo o al relativismo ético? Yo creo que esas simplificaciones son un disparate y no sirven verdaderamente más que para evitarse el duro expediente de pensar. Incluso si nos adentramos en problemas más coyunturales, ¿puede decirse que son forzosamente de izquierdas los que están encantados con la evolución de los acontecimientos en Irlanda del Norte, otro asunto abordado en las jornadas? ¿No es y ha sido cierto no sólo en Irlanda sino en otros muchos sitios que, aunque a veces nos repugne, como dijo un ponente “los asesinos de hoy son los líderes políticos del mañana”? O todavía en un campo más doméstico: ¿Quién sabría decir si la política con los inmigrantes (las políticas, mejor, porque ha habido en estos años cambios dictados por los sondeos de opinión), ejecutada por Consuelo Rumí y el PSOE es mucho más justa, acertada y progresista que la que llevaron a cabo los gobiernos del PP, los cuales actuaron también de muy diversos modos y en buena medida empujados por una realidad que, como a los socialistas, también les sobrepasaba?

Yo no conozco respuestas claras e rotundas a estas y otras cuestiones, y no creo que, salvo los infectados por la pasión partidista, sea fácil hallarlas. Leo, pienso, les doy vueltas porque me interesan muchísimo, pero el repertorio de dudas que acumulo supera con mucho al de certezas. Por supuesto que todo lo que en esas jornadas se dijo puede y debe discutirse y admitiría muchas matizaciones o impugnaciones. Estos mismos días, sin ir más lejos, y por eso me fijé en el reportaje de Cué, he leído un libro de otro de los asistentes a las jornadas, Valentí Puig, Por un futuro imperfecto. Los retos políticos en el umbral del siglo XXI, que recomiendo sin dudar, y me he visto con frecuencia debatiendo mentalmente lo que me encontraba, echando en falta ciertos factores en su análisis, y en otros momentos asintiendo sin ningún reparo.

Cué, en cambio, tan feliz e indocumentado, fue al encuentro de la FAES, oyó a varios intelectuales y políticos hablar y, como piensa, en línea con la empresa en que trabaja, que todo lo que tiene que ver con Aznar y las organizaciones del PP se ubica en la “derecha extrema”, pues yuxtapuso algunas frases más o menos llamativas (él las llama “perlas”: el matiz peyorativo apesta) y se quedó tan ancho. Claro, él no pretendía informar, sino hacer propaganda inquisitorial.

¿Es necesario repetir, al margen de todo ello, que la figura política de Aznar me resulta muy antipática y lejana? Me temo que sí, que hay que decirlo para que a uno no lo etiqueten erróneamente. Pero, por favor, que un periódico como El País tenga más cuidado con vicios intelectuales como el que Cué perpetró el domingo y a página completa.

11 julio 2007

El cine, ¿pasión de juventud?

El otro día alquilé El ciclo Dreyer, una película de Alvaro del Amo que, con el gélido desdén del público, pasó por las salas como una exhalación hace siete meses. Yo creo que en mi ciudad ni se estrenó. Pero me animé a llevármela a casa porque, amén de haber leído con provecho durante años y en varias revistas textos sobre cine de Alvaro del Amo, me cautivó su anterior obra, Una preciosa puesta de sol, conjunto de diálogos y gestos muy bien medidos de una abuela, su hija y su nieta, tres mujeres que se quieren como es usual en las familias, con una mezcla inextricable de cariño solícito y repentinos y estruendosos estallidos de rencor, mezquindad y memoria envenenada.

El ciclo Dreyer presenta a cuatro jóvenes, uno de ellos nada menos que un sacerdote, que en las semanas en que se proyectan y comentan en un cineforum varias películas del genial director danés son sacudidos por seísmos emocionales bien trufados de culpa, escrúpulos religiosos, conciencia del deber, angustia e indecisión. Como se ve, una constelación de sentimientos y creencias que guardan una relativa analogía con la que alberga el mundo de Dreyer. La película de Alvaro del Amo es irregular, tal vez fallida, pero su ambición y algunas de sus escenas la elevan sin ninguna duda muy por encima de la media de lo que se nos ofrece habitualmente en las salas, al menos en las de Pamplona, y merece un pase.

Alvaro del Amo ubica la trama en los años sesenta, lo que ha calculado muy bien para que los amores y desamores tortuosos contengan dosis precisas de verosimilitud. Porque estamos hablando de universitarios burgueses en quienes contendían entonces a brazo partido una formación católica entreverada de ideales heroicos y banales ortodoxias -en un paisaje donde no podían faltar curitas jóvenes, dinámicos y proféticos como de novela de Martín Vigil-, y por otro lado unas urgencias feroces, al menos en algunos, de reventar el sólido y sórdido cuadro familiar y social y experimentar una plenitud sentimental y sexual -y tal vez política- liberada de los mil enconsertamientos que su clase les había ceñido al cuerpo y a la mente. Al fondo, el cambio económico, cultural y moral que, aun dentro del franquismo, ganaba terreno en el país, y la añoranza de una Europa libertina y democrática atiborrada de tesoros intelectuales (como ese ejemplar de Cahiers du Cinéma que dos protagonistas se pasan en la película como una valiosa mercancía).

Y el cine, claro, el cine como valor en sí pero también como emblema y vehículo de algo más, por muy censurado que llegara: cenáculo para conocer nuevas ideas, costumbres y personas, ocasion para pensar y hablar (a veces, por la época, en clave, crípticamente), ventana abierta al mundo y sus tentaciones en el casposísimo y tenebroso solar patrio, lugar de encuentro con gentes afines, y siempre la promesa que la fábrica de sueños ha abierto y sigue abriendo desde los tiempos de Melies y Lumiere, pero con la tonalidad particular que la época, católica, burguesa y dictatorial -pero protorrebelde- imprimía.

Sé de lo que hablo. En 1971, casi en la época en que se cuenta El ciclo Dreyer, yo era un adolescente que comenzaba a acudir con enorme interés y timidez al Cine Club Lux, un invento de los jesuítas me parece que de los años cincuenta pero que alcanzó su edad de oro y su primacía absoluta en el reino de los cineclubs pamploneses poco antes de que yo lo conociera, y las sostuvo hasta que la democracia del 77 lo hirió de muerte y vació sin remedio el gran salón del colegio, de más de mil localidades. Este se llenaba sólo en la denominada Semana del Cine, siete películas especiales presentadas por forasteros prestigiosos que paladeábamos a finales de enero como un evento de primera magnitud (lo era asimismo en la ciudad, algo ahora inconcebible). Ahora bien, el resto del curso, en las proyecciones de los viernes, las más concurridas (las de los sábados eran, no sé, como de menor rango), podían juntarse perfectamente más de trescientas personas para algo que hoy –en, por ejemplo, el admirable intento que conozco de un amigo querido- no convoca más de diez forofos: deglutir filmes franceses, italianos, alemanes, rusos, polacos, húngaros, checos, suecos, japoneses y a veces, pocas, norteamericanos, la mayoría en versión original subtitulada –supongo que este último detalle gracias a que algunos distribuidores alimentaban no sólo los cineclubs, sino especialmente, a partir de 1967, las llamadas salas de arte y ensayo, una modalidad de exhibición complementaria pero paralela-.

En el Lux, además de la presentación a veces muy extensa de la cinta, tenía lugar un coloquio tras ella al que nos quedábamos no menos de cincuenta locos del cine para perorar sobre el fondo y la forma en André Delvaux, los mensajes ocultos o explícitos en el polaco Wajda o en el primer Milos Forman, el compromiso en Pasolini o Visconti, el humor surrealista del inigualable Buster Keaton o, claro, la densidad metafísica de Ingmar Bergman, la estrella de los cineclubs de la época. Nos daban fácilmente las once de la noche en la ceremonia, me parece que no del todo laica. En ella la mayoría de las ocasiones ni la claridad conceptual ni el humor ni la ligereza eran plantas muy lozanas, pero nuestra pasión por lo que allí estaba en juego no mermaba ni un gramo.

Yo no pasaba de ser un advenedizo en ese mundo. No era de familia bien, no estudiaba en los jesuítas y, al menos los primeros años que asistí sin fallar un solo viernes, no hubiera podido pagarme la entrada –menos mal que un familiar favorecía, digamos, mis propósitos-. Pero, eso sí, en esa primera juventud convivían en mí y en tanta otra gente una avidez inaplacable de saber y una presencia difusa y confusa, la del fantasma de la religión -y aquí retomo el cabo de El ciclo Dreyer-. Bueno, en mí y en el cineclub, y no únicamente a causa de que el alma y motor primero del Lux fuera el incombustible y verborreico jesuíta Padre Ciriano. Recuerdo a muchos otros directivos-presentadores del cineclub, antiguos alumnos del colegio, que dejaban adivinar en sus gestos y palabras una formalidad y moderación que desprendían un inocultable tufillo a congregación de cristo, por muchas “inquietudes” que les acuciaran. Uno de los más conspicuos, sin duda un sólido estudioso del cine al que yo escuchaba con reverencia, en pocos años se ordenó, y creo que por ahí anda, de párroco.

Pero ni la religión ni nuestras limitaciones ni miedos ni perplejidades empequeñecían la intensidad emotiva e intelectual del evento de los viernes. En el decorado miserable e ineludible del franquismo, agredida nuestra pasión, no hay que olvidarlo, por la odiosa censura que prohibía tantas películas y mutilaba las que autorizaba, unos jóvenes se sumergían hasta el cuello en el cine y lo sorbían con delectación, y hablaban sobre él, al modo de los protagonistas de El ciclo Dreyer, poniendo en el empeño una cuota adicional de interés y ansiedad. El cine oficiaba de motor de la conciencia crítica, de dispositivo de sublimación de otras carencias y frustraciones, en fin, de camino prestado por el que transitaban y se calmaban o exacerbaban pasiones multiformes.

La mezcla de todo ello en cada persona era, insisto, muy confusa, y muy diversas las dosis de cada elemento. Es verdad que junto a los modosos y conservadores directivos del cineclub andaban por allí personas con ideas más claras y firmes. Sin ir más lejos, casi siempre aparecía Montxo Armendáriz, lanzado ya entonces a la militancia antifranquista clandestina. Pero la mayoría necesitó más tiempo hasta que se despejaron ciertas nieblas de la juventud, la religión desapareció de nuestro corazón o al menos se resituó en él, la situación política cambió y nuestro acceso al cine no estuvo tan mediatizado por ella, y, en suma, para que nuestras vidas adquiriesen los rumbos que han ido tomando con los años. La cinefilia se depuró con todo ello y adquirió un peso más ajustado en esas trayectorias adultas.

El cine, una pasión de juventud, escribió cierto escritor francés. No, no debería ser así, sería una pena, y aunque ahora nos expulsen de las salas los nuevos modos de diversión y un nutrido puñado de antropomorfos que no cesan de producir sonidos de toda índole mientras las películas transcurren, tenemos ya (¡y los que vamos a tener en el futuro!) nuevos y benéficos modos de conocer muchos filmes ajenos al circuito comercial y que disfrutaremos en una relajada privacidad. Pero lamento que, al menos para mí, maldita madurez, el cine no tenga ya la potencia y la particular calidad moral y sentimental que ganó en aquellos años convulsos, cuando toda la semana aguardaba con ilusión la sesión del viernes y sorbía hasta la última gota de las palabras que escuchaba en unos coloquios que, poco a poco, la gente iba abandonando. Y es que hacía mucho frío en un salón que nunca se acababa de calentar bien y, la verdad, la discusión se estaba liando.

09 julio 2007

Sartre, por Annie Cohen-Solal

He leído la pequeña monografía de Annie Cohen-Solal sobre Jean-Paul Sartre que publicó en castellano Anagrama hace año y pico. De la misma autora ya devoré en el año noventa su gran biografía del pensador francés, muy rica en detalles y en brío narrativo, y que hace poco reeditó Edhasa. Pero este librito, perteneciente en su versión original a la magnífica colección Que sais-je?, es capaz en 130 páginas de dibujar la zigzagueante trayectoria de un hombre y un escritor que logró fascinar a tantos en el mundo entero durante más de cuarenta años. Da un mucho de vergüenza decir algo a estas alturas sobre un gigante al que se han dedicado tantísimos libros. Sólo diré que el de Cohen-Solal permite recordar que Sartre fue un especialista en entusiasmos que, como buen grafómano, le empujaban al papel, pero sobre todo en rupturas y broncas. Un tipo que, entre otras varias adscripciones, fue sucesiva o simultáneamente un individualista de un pesimismo sin resquicios, anarcoide y ensimismado, un resistente mediano frente al nazismo, un célebre compañero de viaje de los comunistas y luego fustigador radical de ellos, un anticolonialista implacable al que odiaron por ello tantos franceses, un maoísta en el 68 y al final, simplemente, un lúcido enfermo y ciego abandonado al escrutinio cruel de Simone de Beauvoir. Un hombre que nunca aguantó muchos años en ningún lugar ideológico, un provocador, un incómodo que a veces de puro revolucionario resultaba de un oficialismo de jefe de estado, aunque indefectiblemente acabara abominando de lo que antes había defendido. Sartre, sobre el que se cebaron casi todos los intelectuales tras su muerte, fue toda su vida, creo, un auténtico tocapelotas en perpetua reacomodación, un equivocado genial, un feroz debelador de la familia y los amores convencionales y un adelantado en la defensa de los homosexuales, los inmigrantes y los pueblos que se sacudían en la segunda mitad del siglo veinte la dominación colonial (aunque luego acabaran padeciendo regímenes tan brutales y corruptos como el del colonizador expulsado). Y fue, muy especialmente, para lo que ahora nos queda como lectores, un prolífico increíble que manchó miles de páginas en todos los géneros y formatos, unas de circunstancias pero otras muchas inolvidables.

Annie Cohen-Solal ha sido tildada de poco objetiva en su relato del devenir sartriano, y en este mismo librito se reproduce en apéndice un artículo de Xavier Antich que considera que su magna biografía está lastrada "en exceso por la fascinación ante el personaje y sus historietas”. No estoy seguro de que este juicio sea muy justo. Cohen-Solal simpatiza abiertamente con su biografiado, cierto, pero es lo suficientemente honesta como para ofrecer tanta y tan variada información sobre él que coloca al lector en situación de forjarse su propio juicio. Y en esta breve monografía hay, entre otras muchas páginas valiosas, un capítulo que es modelo, creo, de objetividad y de cuidado en el matiz: el relato de las opuestas actitudes ante la guerra de descolonización de Argelia que mantuvieron Camus (“autóctono, sensibilizado, desgarrado, perfectamente consciente de la realidad”, paulatinamente silencioso y ausente) y Sartre (“el metropolitano, el extranjero, el teórico”, el intelectual de izquierda simbólico, el profeta de la guerra, el principal apoyo intelectual en Francia de los argelinos rebeldes).

De todo eso y mucho más se habla en las pocas páginas del libro, a través del cual aparece un Sartre que la autora considera “en primer lugar un modelo, una práctica, antes que una doctrina o una obra”. Sartre sigue siendo “perturbador para algunos por su permanente labor de zapa, saludable para otros y, más que nunca, brújula ética.”

Por cierto que, muy animado por este pequeño volumen, me he asomado también una buena ración de horas a El siglo de Sartre, de Bernard-Henry Lévy (se salda ahora en muchos sitios, ¡ay!, a tres euros este interesantísimo libro), y a Sartre y Beauvoir, de Hazel Rowley, otro estudio de los líos amorosos y sexuales de la pareja que quiso ser transparente y distinta. Los dos libros tienen partes muy recomendables. Pero desde que leí el primer libro de Annie Cohen-Solal, esta autora pasó a ser mi acompañante preferida en los merodeos por la vida y obra de Sartre.

06 julio 2007

Soberbia del viajero

Los españoles asesinados el otro día en Yemen, ¿eran turistas o aventureros? Si esto último -y parece que al menos los dos vascos, los guías, vivían poseídos por el nomadismo arriesgado-, lo sucedido sería sólo uno de los avatares posibles. Los aventureros saben que la muerte forma parte, con naturalidad, del abanico de opciones abierto por su pulsión vital.

En todo caso, unos viajeros que han sido advertidos del gran peligro que corren (y que hacen correr a otros: nadie habla estos días de los yemenís muertos), pero deciden arriesgarse, eso sí, escoltados por militares del país, ¿no enseñan una de las muchas caras de la soberbia colonialista que tanto se denosta de boquilla? ¡Menudos aventureros! ¿Es que nuestro afán de vivir experiencias “intensas” e inolvidables no tiene límite ni prudencia, y es el único legislador moderno que reconocemos? ¿No estamos ante la enésima versión del “divertirse hasta morir”, convertido en el primer mandamiento del occidental, y más del progre acomodado?

No, no es verdad que estos turistas y aventureros sean, como dice un lector en El País, “luchadores contra el aislamiento, el miedo y la ignorancia”. Viajar no garantiza, en sí mismo, ni más inteligencia o sentido solidario, ni más amplitud de miras o de conocimiento, ni mayor rigor vital ni analítico. Se me agolpan en la mente ejemplos vivientes que contradicen este tópico.

Una variante del lugar común reza que “el nacionalismo se cura viajando”. Mentira. Sin ir más lejos, y por lo que he leído estos días, me temo que ni los mismos aventureros vascos asesinados, ni muchos de los que han manifestado su pesar e incluso se han manifestado en la calle contra el crimen, han entendido nada de lo que pasa en su mismo país con el terrorismo etarra y han aplicado un rasero moral muy diferente al que aplican ante la muerte cercana. ¿Que lecciones básicas de humanidad han consolidado en sus periplos por el remoto mundo, si la primera y elemental se les resiste obstinadamente?

25 junio 2007

Fiesta de fin de curso

Viernes 22. Once de la mañana. Colegio público de infantil y primaria en mi pueblo. Último día lectivo antes de las vacaciones. Los maestros y especialmente las maestras han organizado una fiesta en el patio. No sé qué actos habrá habido ya, salvo, por los restos que se ven aquí y allá, el almuerzo para los críos de bocadillos de chistorra o panceta preparados por docentes y conserjes. Los chavales aguardan a que, en el escenario montado en un extremo, comience el karakoke. Irán subiendo las distintas clases. Un par de hombres agitados y sudorosos hacen pruebas de sonido. Hay alumnos de muchos países, aunque predominan las caras morenas. Los de aquí ya no son mayoría rotunda, ni mucho menos. Suena en los altavoces del colegio música sanferminera.

Espero y en muy pocos minutos comienzan las actuaciones. Suben críos de educación infantil o de primero de primaria y berrean Me gustas mucho, el corrido que popularizó Rocío Dúrcal hace casi treinta años. El animador, el mismo que antes probaba sonido y que ha dejado la camioneta al lado, dentro del recinto, trata de guiar al grupo para que se acompase algo a la música, pero no hay manera. Tarde o temprano seré tuya, y mío tú serás, canta para intentar que aquello tenga algún sentido. Al mismo tiempo varias crías de diez u once años han formado parejas y bailan la pieza con modos todavía poco maduros, y otros chavales más pequeños corren y pelean, totalmente ajenos a lo que acontece en el tablado. Las verjas que circundan el centro se han poblado de padres, madres y hermanas de los alumnos. Siguen la fiesta así, desde fuera.

El día, muy cambiante, no acaba de ser veraniego, y varias maestras llevan chaqueta. Charlan en grupos pero no dejan de vigilar el orden de turnos para la actuación de sus tutorizados. Hay maestros grabando retazos del evento con pequeñas y modernas cámaras, y otros que pasean en solitario, mitad vigilando, mitad esperando a que acabe la mañana de una bendita vez. Las maestras que veo, y conozco a varias, están entre los cuarenta y cinco y los sesenta años. Todas, y todos, con los pelos un poco revueltos por el viento desapacible, no son precisamente un modelo de lozanía física. Lo anoto con toda la comprensión del mundo, porque yo estoy mucho peor. Cuando nos conocimos, hace muchos años, teníamos otra presencia.

El conjunto desprende una menesterosidad profunda, una grisura tediosa e irremediable. Sin embargo, la conducta del profesorado, el hecho de que sigan organizando esta clase de actos, despide al mismo tiempo una grandeza cercana al heroísmo. Con la que está cayendo, con las crecientes exigencias de unos padres blandos y comprensivos hasta el delirio con sus retoños pero abusivos y desnortados con los enseñadores, con la mutación de conductas en los críos y adolescentes, con la progresivamente asfixiante “juridificación” de las relaciones (los abogados empiezan a tener en los habituales e inevitables conflictos escolares un yacimiento mayúsculo de posibilidades laborales), y sometidos a una administración que dicta una ley general cada cuatro años y ensalza teorías pedagógicas extravagantes o absurdas, en fin, con todo eso y mucho más, el esfuerzo de ser maestro se me antoja más agotador y muchas veces improductivo que el que se veía obligado a ensayar Sísifo empujando la piedra monte arriba.

Sé de lo que hablo porque yo también estuve en el patio en otros tiempos, y además grité demasiadas tonterías sobre la educación. Entonces esas maestras me aburrían y exasperaban con cierta frecuencia. Lo dejé, con no poca suerte, y mis ganas de volver son nulas. Pero hoy, mientras enfilo hacia casa y oigo a los críos ejecutar sórdidamente otra vieja pachanga, pienso: suerte, compañeras y compañeros, que os vaya muy bien. Alguien tiene que estar ahí, en el peor y más delicado lugar de un sistema educativo. Dentro de vuestras posibilidades, lo hacéis de maravilla y ayudáis al menos, teniendo a los críos guardados y vigilados, a que el sistema productivo funcione. Felices vacaciones, ahora llegan dos meses para olvidar.

24 junio 2007

Epistolario apresurado

En 1983, Juan López-Morillas, un hispanista tan reputado que, entre otros muchos cargos, ha llegado a ser el presidente de la Asociación Mundial del gremio, y autor de estudios decisivos sobre el krausismo o sobre escritores como Machado y Galdós, conoce a sus setenta años a un poeta de treinta de Jaén, Manuel Ruiz Amezcua, que ejerce en Baeza como profesor de Instituto. López-Morillas, nacido en Jódar, en la provincia jiennense, en 1913, ya antes de la guerra civil comienza su carrera académica en los Estados Unidos, donde, cuando conoce a Ruiz Amezcua, está a punto de jubilarse tras una carrera plena de honores en universidades como Brown y Austin (Texas). Arranca entonces una correspondencia esporádica entre los dos hombres que se prolongará hasta la muerte de López-Morillas en 1997. El gran hispanista ha decidido a comienzos de los ochenta dedicar los años que le queden de vida sobre todo a dos ocupaciones: viajar por el mundo con su esposa y traducir al castellano buena parte de las grandes obras de la literatura rusa del siglo XIX, aquellas que alcance a culminar de Dostoievski, Tolstoi, Chejov o Turgueniev. Las veinte traducciones que pudo finalizar, modélicas, pueden disfrutarse en la (antes) gran colección de bolsillo de Alianza. Yo, de hecho, que ando leyendo y releyendo a Chejov, he llegado al personaje intrigado por un suelto que leí cuando murió y que reseñaba esa esforzada labor de senectud.

Las cartas que en esos años López-Morillas envió a Ruiz Amezcua pueden leerse en El vuelo de las palabras, un libro que editó la Diputación de Jaén y que he conseguido, cómo no, gracias a internet. Ya se ha dicho que el hispanista es un hombre muy ocupado, que cuando no viaja traduce en jornadas de más de diez horas y es requerido desde múltiples lugares para todas suerte de congresos y conferencias. Lo cierto es que, sea por esas causas o porque, sencillamente, no tiene ganas de más, sus cartas al poeta de Jaén son breves, corteses, un tanto de cubrir el expediente, escritas, seguro, en pocos minutos. Muchas de ellas no sobrepasan el estadio de un acuse de recibo de los libros de poemas que le envía regularmente el profesor de instituto. Porque, eso sí, López-Morillas es un hombre meticuloso y muy educado que se impone a rajatabla la obligación del acuse de recibo de todos los libros y artículos que recibe. Las misivas de Ruiz Amezcua, en cambio, no aparecen en el libro, pero colegimos por las indicaciones mínimas de López-Morillas en sus respuestas que son mucho más extensas y personales, y que en ellas se deslizan constantes peticiones al hispanista de que redacte comentarios críticos (favorables, claro) sobre los libros de poesía que le manda, los cuales quiere emplear luego el profesor de instituto como textos promocionales. Le ruega asimismo al casi anciano que efectúe gestiones ante la editorial Cátedra para que sea posible que él logre publicar una antología de sus versos en la prestigiosa colección de Letras Hispánicas. López-Morillas acepta interceder ante sus poderosos colegas José Manuel Blecua y Francisco Rico –sin resultado, al menos hasta hoy-, pero se niega a reclamar lo mismo a Gustavo Domínguez, director de la editorial, dado que ni siquiera sabe quién es. En cuanto a sus comentarios sobre los versos de Ruiz Amezcua, el hispanista sólo los escribe muy breves, el más extenso de menos de dos páginas, y en ellos (el libro reproduce uno de pocas líneas) los elogios suenan a generales, bienintencionados, amables y poco comprometidos.

El tira y afloja, cortés pero muy desequilibrado, entre el viejo hispanista y el joven e insistente poeta es lo que dejan ver las cartas de López-Morillas a un lector atento, frio y desprejuiciado. No lo es el editor del volumen, Dámaso Chicharro, me temo que muy amigo de Ruiz Amezcua, quien se empeña machaconamente en hacernos creer, en páginas y más páginas, y contra la evidencia, que las cartas de López-Morillas son extraordinarias, afectuosas, largas, repletas de sabiduría –y que por tanto merecen unas notas que, sobre repetitivas, resultan más de una vez incluso ridículas a fuer de hiperbólicas; además, y como tantos otros eruditos, Chicharro es un maestro en remachar en cientos de notas lo que con frecuencia no necesita explicación-. No, a despecho de los esfuerzos patéticos del editor del libro, lo que incluso traslucen las cartas del hispanista es impaciencia, una pizca de agobio ante los requerimientos del joven, una sensación cortés pero firme de que su tiempo es muy valioso y escaso, que sabe muy bien en qué emplearlo y que la cuota que puede dedicarle no pasa de unos minutos cada mucho, mucho tiempo.

Sin irse a otras lenguas, lee uno, por ejemplo, las cartas de Juan Valera, Pedro Salinas o Julio Cortázar, y se maravilla de la viveza narrativa y potencia reflexiva que sus autores pusieron en el género epistolar. Pero se leen estas de López-Morillas, que hoy hubiese mandado sin duda correos electrónicos, y asoman sentimientos muy diferentes, comenzando por una cierta melancolía, la que provoca una relación desigual en múltiples sentidos. No sólo en el talento, también en el interés, en la disponibilidad. Se me ocurre que aquí tiene un tema perfecto un novelista a la manera de Henry James. El maestro lejano y cortés, avaro de su tiempo vital ya escaso, el joven tesonero que, a lomos de la admiración, busca abrirse camino con denuedo en la sociedad literaria, y el estudioso que envuelve la materialidad modesta de unos textos en una construcción interesadamente fantasiosa.

19 junio 2007

Las verdades del Partido

No pude votar el 15 de junio de 1977. Aún no tenía 21 años. Pero bien liado que había estado en la campaña. Mi partido, el Euskadiko Mugimendu Komunista (para mí seguía siendo el Movimiento Comunista de España, con ese nombre me acerqué a él), se presentaba en Navarra dentro de una coalición, la Unión Navarra de Izquierdas, en parte porque había que agrupar fuerzas, en parte porque era uno de los muchos grupos o grupúsculos ilegales de ultraizquierda —Suárez no los legalizó hasta un mes después de los comicios—. Con el paraguas UNAI, si no recuerdo mal, se taparon también algunos independientes y ESEI, un partido abertzale y socialista (esto lo decíamos entonces sin reserva alguna), una cosita pequeña que pronto desapareció. En UNAI nosotros éramos los machacas, los obreros de la agitación y propaganda, pero el atractivo electoral lo aportaban los independientes. El número uno de la lista era el médico Javier Erice, que había sido alcalde de Pamplona un tiempo, hasta que, muerto ya Franco, el gobernador caído por aquí en 1975, más burro y malasombra todavía que el ferrolano muerto, lo destituyó por las bravas aprovechando el lío judicial de las casas de Nuin. La campaña fue eufórica, con picos tórridos como el mitin final en el Anaitasuna, y hubo momentos en que creímos que a UNAI le iban a corresponder dos o tres diputados como mínimo. Pero igual que en tantas otras cosas, nos equivocamos, si bien es verdad que Javier Erice, que conservaba un gran prestigio en la ciudad, estuvo a punto de ser diputado en Madrid. Le faltaron unos 500 votos. El resultado nos dejó entre estupefactos y doloridos. Al año siguiente, cuando mi fe ya se estaba resquebrajando, Miguel Angel Muez, otro mítico concejal rojeras de la ciudad que se iniciaba como yo en los arcanos del euskera, me confió con su característica acidez enfurruñada que menos mal que Erice no había sido elegido. Para bajarme del guindo dijo más cosas, todas poco caritativas con quien había sido nuestro hombre de cartel.

A mí me había metido en el partido un año antes quien acabaría siendo un prestigioso director de cine. En aquellos tiempos de plomo, supongo, quedaba lejos de sus sueños imaginar siquiera ese futuro. Yo hervía de inquietud política, me sentía moralmente obligado a saltar al activismo organizado y conocía un poco a gente del partido a la que admiraba por la claridad ideológica y la coherencia vital, así que cuando J. me invitó a formar parte de un grupo de simpatizantes que recibiría unas primeras lecciones de marxismo y leninismo, no lo dudé.

Tiempo atrás, el futuro cineasta había sido, fugazmente, mi profesor de electrónica, hasta que, me temo que harto, abandonó el colegio de curas donde se dedicaba a explicarnos el funcionamiento de los circuitos de transistores y las radios de válvulas. La tarde de incipiente primavera en que el grupo arrancó, como nos conocíamos me ofrecí para conducirlo al lugar de la reunión. Franco había muerto, pero la incertidumbre dominaba y la policía no cesaba de asestar crueles zarpazos, de modo que se acordó a través de J. que el contacto se hiciera, artificiosamente, mediante contraseña.

- ¿Sabe dónde está el seminario? –le pregunté al cineasta a las puertas de una pastelería cercana al piso donde debíamos ir-.

- En San Juan está la cárcel –respondió tranquilo mi ex-profesor—. Y, acto seguido, como había caído en quién era yo, me inquirió por los estudios y la marcha del colegio donde mi cuerpo ausente y aburrido reptaba por la electrónica.

La sede de nuestros conciliábulos era una residencia de estudiantes que mantenía el Arzobispado y que, al correr de los años, un político seductor y ladrón acabaría convirtiendo en un amplio piso de lujo merced a sus privilegiadas relaciones con el prelado. Éramos seis en el grupo, uno de ellos el estudiante al que invadimos el cuarto. Como en este únicamente había dos sillas, el resto nos sentábamos frente a frente en el par de camas que casi lo atestaban. El futuro director de cine hablaba con una voz más bien monótona, como si le habitara un cansancio mal disimulado. Yo sabía por J. que después de penosos avatares represivos, estaba reubicado en el partido en la condición de simpatizante dedicado a la formación, supongo que por decisión propia. Este estatus nos causaba sin embargo cierta pena, porque la categoría de militante, creíamos, era la mejor, la más elevada, y además el cineasta, pese al tedio que parecía recorrerle, poseía un discurso claro, preciso, pedagógico en el buen sentido de la expresión, o así nos lo parecía entonces, y en su boca las contradicciones en el seno del pueblo descritas por Mao, el carácter paradójicamente democrático de la dictadura del proletariado, la necesidad que Lenin había defendido de una férrea organización en el partido, el carácter secundario de la lucha antiimperalista en el estado español en virtud del espectacular desarrollo de la burguesía autóctona, o los dislates de palabra y obra de la ORT o los troskistas, eran evidencias absolutas que fluían con naturalidad y elegancia, ordenaban nuestro mundo ideológico y caían como lluvia mansa sobre el campo abonado de mi inquietud. Por eso puedo afirmar que sus palabras determinaron mi adscripción, me empujaron a dar el paso.

En el tiempo de las elecciones, quince meses después, yo continuaba siendo un don nadie en el EMK, apenas un modestísimo y entusiasta militante formado aprisa y corriendo en las juventudes. Pero uno de los dirigentes máximos del MCE (“a nivel estatal”, decíamos ya violentando a la lengua) era el camarada ‘Fermín Ibáñez’, nombre de guerra que escondía a Javier Ortiz, periodista que al correr de los años tuvo cargos en el periódico El Mundo. Ahora, aparte de haber escrito varios libros, entre ellos uno a mayor gloria de Ibarretxe, colabora en el tonto Pásalo de la ETB y sigue de columnista en el periódico de PedroJota.

Nuestro entusiasmo se sostenía a mediados del 77 sobre una ignorancia oceánica. Queríamos, claro, una democracia profunda, radical, “de verdad”, para lo cual, como mínimo, había que liquidar hasta el último vestigio del franquismo. Ello incluía la disolución de sus cuerpos represivos y la expulsión o jubilación de sus trabajos y de la vida pública de toda la cohorte de miles de repugnantes funcionarios de bigotillo, a los cuales, por mucho que se presentaran con la UCD, siempre imaginábamos vistiendo aún el traje azul. Las exigencias mínimas comprendían también una democracia económica avanzada, fórmula que, en su indefinición, nos hacía desear una gestión participativa en todas las empresas. Al fondo, claro, queríamos más, mucho más, que para algo éramos un partido marxista y leninista. Pero tras los comicios más de uno vio que el país dibujado por los resultados no correspondía ni de lejos al que habíamos tenido en mente. Yo, además, y en poco tiempo, por ejemplo leyendo algunos artículos de la revista El Viejo Topo sobre la burocracia autoritaria comunista o sobre la hasta entonces idealizada situación china, o la formidable y explosiva –al menos entonces- Autobiografía de Federico Sánchez, de Jorge Semprún, entendí que la tradición marxista y leninista poseía unas sombras que entenebrecían fatalmente mis ideales. Sobre este punto podría extenderme sin fin, pero prefiero no hacerlo. Baste decir que ahora me parecen ya casi de dominio común ideas que en mi pequeño mundo eran entonces, por simple cerrazón y desconocimiento, pura herejía.

Este sábado pasado Javier Ortiz, nuestro viejo jefe (siempre debajo, faltaría más, de Eugenio del Río, el indiscutible secretario general), publicó en El Mundo una columna sobre la transición en la cual volvía a sostener que el franquismo triunfó incluso después de muerto, ya que “los principales partidos de la oposición democrática (...) vendieron el derecho a hacer justicia a cambio del plato de lentejas de su legalización inmediata”. La traición de estos partidos hizo posible que siguieran con “sus carreras políticas” y continuaran “con sus negocios, muchas veces basados en el expolio, quienes habían atenazado y sangrado al pueblo durante 40 años”. O sea, sostiene Ortiz, que la transición fue una bazofia, y no porque las apetencias de la inmensa mayoría de los españoles no fueran radicales ni mucho menos revolucionarias, sino, simplemente, por la felonía de las camarillas dirigentes de los partidos que entonces llamábamos, con infinito desprecio, “reformistas”. Que llamábamos y que Ortiz, queda claro, sigue llamando.

Ortiz está en su derecho a sentirse decepcionado por el rumbo de la democracia española en estos treinta años. Puede seguir soñando y negándose a una reconciliación con la realidad. Me resulta más desalentador que no se atreva a lo que en el fondo debería hacer: despreciar a la gente, a “las masas” conformistas, insultar a todo cristo por no ser revolucionario y amante de Lenin, Marx y Robespierre. En cambio, nos sigue contando la milonga de la historia como un cuento de buenos revolucionarios y malos reformistas, estos últimos vendeobreros y traidores a todo aquello que, en su obstinación, cree que “el pueblo” deseaba “de verdad” a la muerte del dictador. Supongo que Ortiz, hombre culto, habrá leído varios de los muchos libros que hay sobre la situación económica, social y cultural que el franquismo fue creando casi a su pesar, y la influencia de esa estructura en la conformación de una conciencia democrática, pero moderada y reformista, en la mayoría de las gentes, o sobre lo que revelan los comportamientos electorales de estos treinta años, o sobre las dificultades reales, nada teóricas, que presentan los proyectos de democracia “participativa”, radical y depuradora que alientan en su retórica. Pero a la hora de la verdad no se le notan gran cosa esas lecturas. Sigue siendo el camarada Fermín Ibáñez. Y no atisbo ninguna grandeza, lo siento, en su coherencia en el error. Leyéndole el otro día, me vi de nuevo como el ilusionado camarada que devoraba Servir al pueblo, aquel órgano del comité central que a los de la base del MCE nos mostraba, esquemática y quincenalmente, el camino de la verdad.

17 junio 2007

Politizar

Viernes 15. Reunión del Comité Regional del PSN del viernes (y no un seminario universitario sobre el románico en la Valdorba, por ejemplo). Se comenta la elección del alcalde socialista de Sartaguda con el apoyo de Batasuna -abandonemos la estupidez de hablar de ANV, partido que desapareció hace muchos años-. “Las voces más críticas” con la amenaza de expulsión del partido aprovechan la ocasión para “apoyar anímicamente” al candidato (¡la manía actual de psicologizar todo!) y “hacer público su malestar por todo lo sucedido esta semana y por la forma en la que se ha politizado”. ¿Politizado? ¿Atribuyo esta majadería a la impericia profesional del periodista?

13 junio 2007

La memoria selectiva de Mircea Eliade (II)

En 1991, el también escritor rumano Norman Manea, exiliado años antes en Estados Unidos para eludir la persecución del régimen de Ceaucescu, escribió un largo artículo, Felix Culpa, sobre las posturas políticas defendidas por Mircea Eliae en la Rumania de los años treinta, y también acerca de las que sostuvo de forma mucho más velada años después. El texto de Manea, que puede leerse en castellano dentro del volumen Payasos. El dictador y el artista (Tusquets), nació de la indignación provocada por la lectura de las memorias y diarios de Eliade. La gran figura rumana podía haber evitado cualquier tipo de evocación biográfica. Sin embargo, publicó varios volúmenes de diarios y dos de memorias porque, escribe Manea, “consideraba su vida relevante y significativa”. Sólo que, como ya señalé en la primera entrada, lo que a Eliade le gusta consignar y recordar, y de ahí la indignación de Manea y de otros muchos, se halla cuidadosa y arteramente mutilado.

Al correr de los años, Eliade recuerda, pero asimismo olvida. Por ejemplo, sus artículos de santificación de los “mártires” del bando de Franco en nuestra guerra, o sus ditirambos a Oliveira Salazar, el dictador portugués sobre el que Eliade incluso redactó todo un exaltado libro. O bien sus juicios sobre Mussolini: “Me tiene completamente sin cuidado si Mussolini es o no un tirano. Me interesa una sola cosa: que este hombre ha transformado en quince años Italia, haciendo de un estado de tercer orden, una de las potencias del mundo actual”.

Pero, sobre todo, Eliade soslaya al correr de los años su adhesión ardorosa al movimiento legionario de la Guardia de Hierro, el principal grupo fascista rumano, una cuadrilla que especialmente durante la Segunda Guerra Mundial ratificó con numerosos crímenes su alineamiento con los nazis y su feroz antisemitismo. Eliade colaboró en los años 1936-1937 –no era pues ningún jovenzuelo, llevaba quince años escribiendo y publicando- con la prensa afín a este grupo, y sus escritos de entonces están poseídos de un nacionalismo extremista y militante, un nacionalismo “cristiano” y “moral” que por ello mismo se proclamaba violentamente antisemita. Eliade desató su pluma en la esperanza de “una Rumania nacionalista, una Rumania delirante y chovinista, armada y vigorosa, implacable y vengadora”, una Rumania, dice el escritor, que debe “superar la democracia”, que “está empezando con muchos miles de años de retraso y sólo acabará con el Apocalipsis”, y que se liberará del yugo humillante de “los húngaros, el pueblo más imbécil que existe en la Historia después de los búlgaros” para construir una “Transilvania heroica y mártir”. Frente a estas ilusiones, Eliade volcó su desprecio en la impotente y pronto liquidada democracia rumana del momento y se preocupó por los avances demográficos “del elemento eslavo” o de los judíos; éstos, denunció, habían ocupado grandes regiones del país.

Mircea Eliade tuvo un maestro intelectual clave en su fascismo: el filósofo Nae Ionescu, el cual es ensalzado constantemente en las memorias. Pero no nos enteramos, con la de páginas que le dedica, de que se trataba de un hombre de la extrema derecha. Tampoco queda claro que cuando en 1938 algunos dirigentes de la Guardia de Hierro, incluido Nae Ionescu, fueron detenidos, el propio Eliade corrió la misma suerte dos o tres semanas después, o de que en 1940, cuando Rumania entró en guerra como aliado de Alemania, Eliade tuvo que dejar su puesto de agregado cultural en la embajada en Londres y salir apresuradamente hacia Lisboa, ciudad amiga en la que disfrutó del mismo cargo y donde, ya lo he dicho, ejerció gustosamente de propagandista del dictador Oliveira –en castellano Kairós editó el llamado Diario portugués, una selección de las anotaciones de ese tiempo-.

Únicamente en sus diarios postreros, cuando se encuentra con denuncias basadas en pruebas irrefutables, Eliade se refiere muy levemente al asunto, henchido de un desdén que justifica en su creencia de que es víctima de oscuras maniobras, orquestadas, está convencido, por el Estado de Israel, o tal vez, cree, dirigidas a impedir que le concedan el Premio Nobel. Es más, Eliade tuvo la curiosa capacidad de hacer de la necesidad virtud, y consideró que el hecho de haber sido discípulo de Nae Ionescu, un hombre de extrema derecha, había resultado una especie de felix culpa (de culpa feliz): “sin aquella felix culpa me habría quedado en Rumania. En el mejor de los casos, habría muerto de tuberculosis en alguna cárcel”. Suerte la suya, sin duda: el fascismo, su implicación ideológica y política con el fascismo rumano, le salvó del comunismo

“Los testimonios sobre la tragedia totalitaria vienen de parte de las víctimas, raras veces de parte de los culpables” apunta Manea. Eliade, desde luego, nunca quiso analizar esta dimensión de su pasado, ni mucho menos aceptarla críticamente, y eso que hubiese podido alegar que su responsabilidad era sólo ideológica, no directamente criminal. Su silencio obstinado, análogo en cierta manera al de Heidegger y otros intelectuales fascinados por la tentación totalitaria, se vio acompañado, aquí y allí, de pinceladas escépticas sobre el modelo de democracia occidental. Afable, hospitalario y cosmopolita, mantuvo no obstante hasta su muerte una “una visión tradicionalista, conservadora, escéptica con la democracia y la modernidad, ligada a lo étnico y a los valores espirituales del lugar”. Hasta tal punto fue así que ni siquera salió de su boca la más pequeña crítica al principal líder de la Guardia de Hierro, Codreanu, un sujeto “de acción”, violentamente antisemita y antidemócrata, culpable de crímenes odiosos y de terrorismo político. Antes bien, como dice Manea, “todavía fascinado por el “éxito” electoral de éste, omite hablar de los asesinatos del mártir, no vacilando incluso en identificarse con su “generación”, más aún, con su destino político”. Eliade, ha escrito Seymour Cain, “no reniega nunca de su lealtad ideológica hacia el movimiento legionario y ve su declive y hundimiento como una tragedia rumana: más como el resultado inevitable de su ingenuidad política que como algo bueno”.

El nazismo, se ha repetido ya mil veces, no es un episodio más en la historia de la humanidad, en el itinerario del mal. Su gravedad y singularidad han sido subrayadas por muchos supervivientes y estudiosos. Por eso no resulta ocioso volver a la cuestión de las responsabilidades de quienes lo protagonizaron, y también a las de quienes de manera tal vez ingenua pero entusiasta prepararon el clima ideológico y moral que condujo a los crímenes. Por eso la actuación de Mircea Eliade, y su pertinaz silencio posterior, merecen todavía hoy ser evaluadas, a los cien años de su nacimiento. Como dice Manea, “en el silencio hay una elocuencia, además de una dignidad; en la evasiva hay delicadeza y no sólo cautela; pero en el silencio y en la evasiva hay también bastantes aspectos reprobables. ¿Por qué no se repudian públicamente las antiguas convicciones, por qué no se denuncian los horrores, por qué no se revelan los mecanismos de mistificación y no se acepta la culpabilidad? Debe de haber muy pocos que tengan la lucidez y el valor para hacerlo. Son casos raros y ejemplares que merecen que se les reconozca verdaderamente como casos de conciencia. Únicamente el reconocimiento del error puede respaldar una ruptura auténtica con ese error. ¿Acaso no es la honestidad, a fin de cuentas, el enemigo mortal del totalitarismo? ¿Y no es la conciencia (el examen crítico de las preguntas incómodas, es decir, el compromiso ético y lúcido) la prueba última del distanciamiento de las fuerzas corruptas de la ideología totalitaria?”

12 junio 2007

Mandar y no mandar

Lee uno la entrevista de ayer al filósofo Luc Ferry (invito a sus libros: siempre merecen la pena) y brota la admiración: ¡qué suerte los franceses, un ministro de educación como él! ¿Por qué aquí, en comparación con la capacidad analítica de Ferry, cualquier ministro o ministra del ramo, y de cualquier partido, parece tan poca cosa? Claro que pronto acude a la memoria un intelectual de la talla de Jorge Semprún, pero también su anodino y perfectamente prescindible periodo ministeril, y se desvanece cualquier asomo de entusiasmo por la quimera del rey filósofo. Y eso que Ferry da la clave de la inevitable decepción: “La experiencia más fuerte que tienes cuando llegas al poder es que no tienes poder. El proceso se nos escapa. Tenemos las apariencias del poder: coches, banderas... Como mucho, un ministro puede alegrar o fastidiar la vida de 300 personas, ahí se acaba todo. Si alguien moviera los hilos de la marioneta, como creen los militantes antiglobalización, estaríamos de enhorabuena. La lógica del mercado es anónima y ciega. Los políticos tienen ahora mucho menos poder que hace cuarenta años.”