25 agosto 2007

El ala oeste

Me gusta mucho la televisión. Pero eso sucede “teóricamente hablando”. Porque mi interés, esa predisposición favorable, rastrea en busca en contenidos y no los encuentra. Así que puedo decir que me gusta ver la tele pero no me interesa casi ningún programa.

Una excepción: hace unos cuantos meses que trato, encantado, de reservar los viernes para ver a medianoche un nuevo capítulo de El ala oeste de la Casa Blanca. Es una serie que en España no ha tenido apenas suerte. La seguimos ocho raros. Desde que arrancó en 2003 a los adictos nos han forzado a estar muy atentos a sus apariciones guadianescas y a grabar en la madrugada temporadas enteras.

En El ala oeste no hay crímenes ni romances. Sólo hay asesores del presidente que se bandean entre congresistas, senadores, embajadores, periodistas y grupos de presión (los poderosos lobbistas). Esos fontaneros son todos, cosas de la idealización del espectáculo norteamericano, abnegados, honestos, eficaces, y enseñan a la menor su robusta convicción de que están sirviendo a la democracia. Nada que ver con lo que hemos leído más de una vez a propósito de quienes se mueven en ese entorno de los presidentes norteamericanos: gente muy lista y competente pero chanchullera, trapacera y si es preciso carente de escrúpulos a la hora de moverse en las alcantarillas, tender trampas a los rivales y urdir maniobras oscuras o delictivas. No, los asesores de El ala oeste son de muy buena pasta. Y, claro, sirven a un presidente demócrata tan perspicaz, bondadoso y enérgico que no pasa de ser una versión depurada del sueño de los Kennedy –el sueño, remarco, y no la realidad de la acción del Kennedy que mandó hasta su asesinato-. Nada que ver con individuos como los Bush o Reagan o, incluso, Clinton. Sólo recuerdo una excepción a esta visión embellecida: los capítulos en que se contó el diseño en el ala oeste del asesinato del heredero de un país islámico escorado hacia el radicalismo y la financiación de grupos terroristas.

Sin embargo, aun admitiendo las servidumbres y distorsiones con que carga la serie, nos enganchan al sofá los que llenan los pasillos del poder y participan en reuniones o conversaciones peripatéticas -que parecen durar sólo un par de minutos-. Sus charlas siempre versan sobre conflictos en los que hay que negociar acuerdos políticos, emplear el sentido de la oportunidad y de la anticipación, aplicar la razón de estado, o bien elegir la manera correcta de comportarse en dilemas o en situaciones angustiosamente problemáticas. Esas situaciones son servidas en unos diálogos brillantes, afilados, tensos, veloces y elusivos que exigen al espectador que permanezca muy atento para no perderse detalle.

Es verdad que A dos metros bajo tierra o Los Soprano han sido series maravillosas, puedo admitir que mejores que El ala oeste. Pero la primera me oprime el ánimo, me deja siempre hundido y con mal cuerpo. Tiene que ser una cosa de la edad. Y la segunda, admito, es soberbia, pero a estas alturas me fatigan los mafiosos y su violencia latente o brutal. Tengo un problema con el género, por mucho que en la serie le hayan dado una brillante vuelta de tuerca. En cambio, El ala oeste pertenece a otro rubro, el político, que si bien aquí aparece con limitaciones y americanadas, me es particularmente caro.

El ala oeste tuvo unas primeras temporadas fenomenales. Ahora estamos viendo ya el declive que precipitó su desaparición (además murió John Spencer, el inolvidable Leo MacGarry, jefe de gabinete del presidente, y sin él no era fácil imaginarse la historia). Abandonó la serie su creador, Aaron Sorkin, y se notó pronto en los guiones. Pero el nivel medio continúa mereciendo la pena, y mucho. Ayer, sin ir más lejos, vi un capítulo casi perfecto. Las promesas electorales que se lleva el viento, por cinismo o por efecto de los embates de la hirsuta realidad, los efectos reales y tangibles de la globalización y la deslocalización, la tentación del proteccionismo..., y detrás, como siempre, una visión de la política muy pegada al realismo -a veces demasiado-, una idea que, como dice Valentí Puig (y repito en este blog), reprueba los maximalismos y celebra lo posible, la reforma, el cambio que no olvida nunca la naturaleza imperfecta de lo humano.

5 comentarios:

Anónimo dijo...

Pero tío ¿qué dices? ¿El ala oeste? ¿La casa blanca? Preiero Aida

ayacam dijo...

Yo veo Aida. Y a veces me río mucho. Pero las series españolas (por no hablar de una cosa que echan en ETB2 los lunes, alucinante) son, o sencillamente infames e inanes, o, las tipo Aida o Siete vidas, en el mejor de los casos una suerte de dieta sólo a base de tripería, casquería y fritangas con aceites como el de uso industrial que se vendía por los domicilios en los suburbios de Madrid, aceites fraudulentos, pobres, requemados y malolientes. El espíritu necesita algo más que esperpentos de octava categoría. Opiniones políticas al margen, la factura formal de "El ala oeste" es otra cosa, salta a la vista.

Eduardo dijo...

Me pasa algo parecido con la tele. Como a todo el mundo, me gusta verla, pero encuentro nada que me atraiga lo suficiente para hacerlo, así que no la vea. Eso sí, últimamente he vuelto a una de mis series favoritas, de esa calidad de las que tú citas (no las he visto, pero todo el mundo habla muy bien dellas): Dr. en Alaska. Me coloco el dvd en el portátil, me lo llevo a la cama, y la veo con unos auriculares que ofrecen mejor el sonido. Y a disfrutar de Cicely.

Victor Iriarte dijo...

Estimado Ricardo:
Si lo que usted quiere es disfrutar de lo lindo con El Ala Oeste tiene que seguir los siguientes pasos:
1.- Llama a su amigo El Apuntador y le pide que le pase las 7 temporadas completas en DVD's, subtituladas en chicano.
2.- Las recoge.
3.- Asume que tendrá que leer crema de maní por mantequilla de cacahuete; brassier por jersey, que un personaje está "enmarihuanado", que un ayudante diga "chévere" y similares.
4.- Pide una semana de vacaciones en la Uni, compra comida en el super y dice a todos sus amigos que se va una semana a Tegucigalpa.
5.- Se encierra en casa. Descuelga el teléfono fijo, luego el móvil y se arrellana en el sillón.
6.- Hace en extenso (ver todas las temporadas) lo que hizo El Apuntador este mes de agosto (verse las temporadas 4ª, 5ª y 6ª. Una de las sesiones comenzó a las diez de la mañana y tras comida, siesta y cena la concluyó a las 7 de la mañana del domingo).
7.- Así se enterará de:
a) quién pelea por la nominación demócrata.
b) las dificultades de vencer a un gran candidato republicano moderado (que interpreta Alan Alda).
c) cual es definitivamente, tras una caótica convención, el ticket demócrata.
d) en qué acaban cada uno de los protagonistas.
8.- Finalmente, disfrutará del regreso de Sam Seaborn, aunque sea por unos pocos días.
¿A que le gusta el plan?

ayacam dijo...

Víctor: Tu oferta es tan tentadora que en cuanto pueda te tomaré la palabra. Pienso pegarme, gracias a ti, el atracón que la cosa merece. Y, por supuesto, me alegra mucho comprobar que eres de los nuestros.
Ricardo