18 abril 2007

JR

«Quienes hayan tenido algún problema serio con su corazón, no podrán leer sin cierta angustia Elegía, la última obra de Philip Roth. Esa que termina: ‘Sin embargo, no se despertó. Paro cardíaco. Ya no existía, liberado de ser, entrando en la nada sin saberlo siquiera. Tal como había temido desde el principio.’ (...) Acaso una duda: ¿no existe quien prefiere ese irse sin saberlo, sin tiempo para el lamento de lo dejado?»

Con estas líneas arrancaba el comentario que el libro de Roth le suscitó a José Ramón Urío, y que resultó ser la antepenúltima de las entradas de su blog (www.ideas-en-el-aire.blogspot.com), un blog ahora varado en la red como un juguete roto. Hablamos de Elegía el 21 de diciembre, la última ocasión en que nos vimos, de cómo nos había golpeado a los dos -aunque yo sabía por supuesto que para él, que tenía el corazón dañado, el libro guardaba otro significado, el de esa angustia nada literaria que nombra en su texto-. En medio de jóvenes en plena bulla prenavideña que atestaban la cafetería, JR, sin dejar de comer con apetito, habló, como casi siempre, de la acuciante escasez de tiempo para leer y escribir, de las mil pejigueras del instituto, de los planes para la vacaciones y, cada dos por tres, de Platón, el filósofo que le iluminaba sin cesar y al que no puede dejar de traer a colación al término del comentario sobre Elegía. Casi no nos dejó hablar a D. y a mí. Vanidoso, egocéntrico, JR me irritaba con frecuencia –y se lo decía, la franqueza incluso brusca siempre estuvo presente entre nosotros-, pero al mismo tiempo era muy tierno y vulnerable, y su compañía me interesaba y estimulaba. Tras estar con él –y mira que estuvimos veces en más de trece años de amistad-, siempre quedaba algo zumbando en mi cabeza, una idea, una refutación, una sugerencia de lectura, una confidencia. JR fue, en buena medida, algo muy raro: un hombre libre. Por eso anduvo por el mundo chocando con no pocas personas. Pero esa impertinente libertad era parte esencial del atractivo que le hacía también ser amado por otras muchas.

Aquella noche hacía mucho frío, y José Ramón habló de cómo su corazón sufría con la gelidez, así que nos despedimos en la calle a toda velocidad. Quedamos en vernos a principios de año, nos escribimos varios correos, pero no pudo ser. El 16 de febrero el corazón le falló por última vez, como al protagonista de Elegía, y se marchó igual que él, «sin saberlo, sin tiempo para el lamento de lo dejado». Ahora estoy más solo. JR, te echo de menos.

3 comentarios:

Anónimo dijo...

http://blogs.periodistadigital.com/elnaufrago.php?s=elegia&sentence=AND

Encantado de leerle. Saludos.

Anónimo dijo...

Puestos a recordar, recuerdo yo también a JR como un hombre excesivo en su generosidad y rápido en su exigencia, como si supiera que la vida nunca le daría todo lo que merecía. ¿Y por qué merecía tanto? No lo sé. Tal vez es que simplemente necesitaba tanto y esa necesidad se transformaba en exigencia y en merecimiento. Conmigo estaba siempre como de broma y yo tenía una sensación de inquietud, como si con su actitud me hiciera algún reproche, como si él pensara que las cosas me iban mejor de lo que yo merecía, casi tan bien como le tenían que ir a él. Pero él, en ese tono de broma, guardaba una queja para la vida.

nina olvido dijo...

Y yo también le echo de menos tan a menudo que a veces me siento mal por extrañarle tanto. No hay comentario sobre filosofía que no me traiga su imagen a la cabeza, ¡y tantas cosas que me apetcería escribirle en esos esporádicos emails que nos escribíamos!

Ahora me tocará leer más... y escuchar menos!

Un saludo.
Sigo tu blog, Nina olvido.