24 marzo 2013

De la fotografía y los días felices

Venciendo mi pereza, cruzo la comarca a la peor hora del tráfico para llegar al Centro Huarte de arte contemporáneo. El pequeño esfuerzo merece la pena, porque me mueven dos poderosos reclamos. El primero es que quiero escuchar a Carlos Cánovas, que hablará de la génesis de su libro Navarra. Fotografía, recientemente publicado por el Gobierno de Navarra, y que es una soberbia historia de la fotografía que se ha hecho en Navarra desde mediados del siglo XIX hasta hoy mismo. Carlos no solo es un gran fotógrafo, muy reconocido entre los profesionales españoles. También es un maestro del oficio en sus dimensiones más prácticas, servidor muchos años en el laboratorio de otros colegas y artífice para ellos de reproducciones siempre cuidadas en papel. Y además, por si esto fuera poco, tiene un conocimiento profundo de la historia y la teoría del trabajo fotográfico, un dominio en verdad admirable y radicalmente alejado de cualquier provincianismo. Porque estamos hablando de Navarra, pero Carlos no es un erudito local que exhuma a cuatro señores remotos de una oscura provincia para consumo de otros cuatro señores mayores desocupados y rancios. Su visión es mucho más amplia y honda, y está anclada en referentes internacionales del mejor vuelo interpretativo.

Sesenta personas escuchamos la charla de Carlos Cánovas, ponderada, informativa, pero con las gotas de provocación teórica e ironía necesarias para suscitar el debate. Su libro, que a rachas le ha llevado muchos años de recopilación de datos e imágenes y de escritura, tiene voluntad enciclopédica sobre todos aquellos que en la fotografía en Navarra pueden ser considerados autores (con todos los matices que quiera darse a este concepto). Pero Carlos no rehúye los juicios ni la reflexión sobre las líneas temáticas dominantes, o sobre las influencias de unos autores en otros, o sobre los cambios técnicos y sociales que han condicionado movimientos estéticos. Por eso, con su libro no se recuperan y estudian sólo fotógrafos. También se aprende de fotografía en su más amplio y profundo sentido. Al menos yo, que no he hecho una foto en toda mi vida (aunque, como todos, consumo imágenes sin cesar, a veces reflexivamente), he aprendido y disfrutado mucho con el libro de Carlos. Y no digo más porque he tenido una pizca de participación en su salida a la luz y eso me provoca cierto pudor.

La conferencia de Carlos Cánovas en el Centro Huarte se celebra en uno de los espacios que albergan las fotografías de Miguel Leache. Ya las había visto otro día, pero me apetece volver a ellas. Por los días felices, que así se llama la exposición, y también un libro editado al mismo tiempo con ese material, incluye casi cien fotografías hechas en pisos vacíos, abandonados, en lugares donde ya no vive nadie, en habitaciones en las cuales los que se fueron dejaron, en grados más o menos avanzados de deterioro, objetos variopintos: colchones o somieres, sillas y mesas, cables sueltos, platos o botellas, perchas y ropas, cuadros, utensilios de cocina.., o sencillamente basura. Miguel Leache retrata no sólo los objetos: también la luz, la calle entrevista por ventanas o balcones, la calidad de los suelos, la geometría que conforman paredes y puertas. Pero entre todo ello reina el vacío; un vacío, podemos decir, atronador.

Si no sabemos nada, si vemos las fotografías de Leache sin ninguna información adicional, el conjunto, en su indeterminación espartana o caótica, despide la tristeza del abandono, la desolación que llena los espacios no habitados ni cuidados, esos lugares de vida a los que ya nadie insufla vida y en los cuales avanza un silencio sucio, el polvo y la creciente dejadez de lo que se construyó para que alguien lo ocupase y ahora yace en el descuido. Los signos de que esas habitaciones tuvieron ocupantes, los indicios de la acción humana que existió, nos permiten imaginar el pasado, fantasear con la cualidad ¿alegre? de los viejos tiempos, los de los días felices a que alude el papel que alguien escribió con la voluntad del conjuro y dejó, como notario y profeta, antes de irse. Leache ha fotografiado el vacío, la luz que ya no disfruta nadie, los restos del pasado que sugieren historias, que abren puertas a nuestra lucubración. Pero esta tiene un tono inevitable de aflicción, porque algo se terminó, alguien se fue, y el decorado, sin aquellas personas, está siendo derrotado por la amargura y la pérdida. Ahí, en ese enorme poder de sugerencia, está lo esencial de este trabajo fotográfico de Miguel Leache, el mayor valor de esta ristra de imágenes que en su desnudez dicen o nos permiten imaginar tanto…

¿Les añade algo esencial a estas fotografías que conozcamos que las viviendas que aparecen fueron abandonadas porque sus propietarios no pudieron seguir pagando sus créditos hipotecarios y el banco o caja que les había prestado el dinero forzó su desahucio? ¿Que sepamos que nada fue voluntario, que sus moradores se vieron obligados tras un procedimiento judicial a irse a la puta calle y buscar otro lugar donde vivir? Dicho de otro modo: ¿pierden algo decisivo, o todo su valor, estas imágenes si desconocemos que se hicieron tras el desahucio forzado y “legal” de las viviendas? ¿Esta información de contexto es la que les otorga toda su relevancia?

No, no creo que ese feo dato añada nada sustancial a las fotografías de Leache, las cuales, pienso, se sustentan perfectamente por sí mismas, y en su indeterminación se abren a mil resonancias emotivas . Es cierto que si lo conocemos, si sabemos que son documentos post-desahucio, la información nos perturba, y puede parecer que obtura nuestra imaginación, que ya poca cabida tiene ésta frente a la contundencia de la realidad. Pero toda esa gama de sentimientos y emociones que nos asaltan lo hacen en nuestra condición de ciudadanos, de personas preocupadas o indignadas por la realidad social, y creo que no quitan ni ponen nada fundamental, desde el punto de vista estético, a lo que habíamos visto, a lo que la obra de arte (y estas fotografías lo son) dice por sí misma, despojada de referencias ambientales, aquí y en Lima y en Sebastopol, ahora, en 2013 y en Navarra, pero también en otro tiempo futuro y lejano, cuando la pesadilla de los deshaucios haya concluido y podamos enfrentarnos a Por los días felices con un ánimo menos conturbado.

Estamos en un tiempo social y económicamente tan perverso y distorsionado, y nos acongoja ver que hay tanta gente que lo pasa mal, que en el terreno estético parece que, según gritan algunos, no hay lugar más que para el documento social, la denuncia, el grito, el realismo social (o socialista, que de todo se hace), y, en el terreno que nos ocupa, el fotoperiodismo y la fotografía descarnada y brutal, como de reporterismo de guerra. Pero esa urgencia estética me parece que debe ser rechazada si se plantea como excluyente, como un único modelo para tiempos de crisis.

No debemos olvidar nunca que nuestras urgencias como ciudadanos (y cada uno verá cuáles son para él, que tampoco en esto hay ni debe haber unanimidad) no son las que deben marcar, mecánicamente, las miradas del arte, que se mueve en otra longitud de onda. Continúa siendo legítimo, como siempre, explorar otros caminos, vías menos pegadas a las urgencias de hoy, posibilidades más vinculadas a la sugerencia, a la calidad de la composición, al detalle aparentemente minúsculo pero que nos emociona, nos abre la mente y la memoria, nos deja espacio para soñar, nos interpela de una forma más libre y abierta. Y eso sin contar con algo evidente, que estamos saturados de denuncias visuales. Hemos visto tantos horrores, la fotografía (y en general la imagen) nos ha enseñado la crueldad y la muerte de tantas maneras, que la eficacia, cívica y estética, de ese empeño es muy cuestionable. La denuncia del corresponsal de guerra, la foto brutal del que hurga en lo más sórdido de la miseria humana, la mostración escandalosa y brutalmente explícita, tienen, debido a la saturación del horror, una vida más corta y un efecto más limitado.

El empeño de Miguel Leache es, por ello, perfectamente legítimo en su intención, y excelso en sus resultados. Miguel dijo en la presentación de sus fotografías, en febrero, que con ellas buscaba la exactitud de la poesía, es decir, no el periodismo, no el documento de urgencia, sino algo más abierto y sugerente, más literario en el mejor sentido de la expresión, menos coyuntural. Creo que lo ha conseguido. En su desnudez, en su radical despojamiento, en su “abstracción”, en su capacidad por ello mismo de asociarse a múltiples vivencias del espectador, estas imágenes tendrán larga vida y una poderosa capacidad para conmocionarnos. Pasarán los desahucios, podremos serenar nuestro ánimo, y las fotografías de Miguel Leache quedarán, porque su campo de juego es otro, de una consistencia mucho más fértil.

18 marzo 2013

Limónov

Veo en televisión una breve entrevista con Emmanuel Carrère a propósito de Limónov, su último libro publicado en castellano. Fascinante, como todos los suyos desde El adversario, la historia con la cual dio el salto decisivo en su trayectoria. Limónov lo devoré en cuanto se publicó el mes pasado, sufriendo por no poder abandonarme sin descanso a su lectura hasta terminarlo. Carrère retrata a un ruso infantil y ególatra, siempre resentido, valiente hasta el heroismo, contradictorio, arrogante, autoritario lindando con el fascismo, convencido de que el darwinismo social es implacable y justo. Pero, escriba sobre lo que escriba, Carrere sabe contar, poner en vilo al lector, convertirlo en un adicto a sus historias. Una novela rusa, de 2008, ya era formidable, y De vidas ajenas lo comenté aquí con entusiasmo.

Tan importante en Limónov es el devenir de su protagonista como el trasfondo en tres cuartas partes del libro: Rusia, su país. El comunismo estaliniano en que nace Limónov; los grupos literarios de vanguardia exasperada y alcohólica en que pelea en su juventud; la Unión Soviética en descomposición a la que regresa en 1989, la de Gorbachov y pronto Yeltsin; y, en fin, la Rusia de Putin, ese político autoritario, poco escrupuloso, rabiosamente añorante del comunismo y que instaura un poder feroz con vocación eterna. Un enemigo implacable con los escasos opositores que se le enfrentan, entre ellos Limónov, “viejo jefe carismático de una partida de jóvenes desesperados”. ¿Qué pinta la democracia en esa Rusia de hoy? Nada. Ni está ni se le espera con Putin, pero tampoco lo estaría con Limónov o con la mayoría de los demás opositores.

Sobre Rusia Emmanuel Carrère no habla de oídas, y ese escenario, y su análisis de lo que en él sucede, acaba siendo en el libro tan apasionante como las andanzas del héroe. En Rusia parece hallar el escritor la otredad radical, algo totalmente diferente de lo que define su vida de burgués bohemio en un país tranquilo y previsible como Francia. Ahí está una clave para entender su interés por Limónov, un sujeto tan ruso, excesivo y complejo. Un tipo que, desde luego, es de otro mundo, y que sueña con terminar, como un mendigo, en un rincón perdido de Asia central, en algún lugar achicharrado por el sol, polvoriento, lento, violento.

13 marzo 2013

Manuel Vázquez Montalbán

Entre el domingo y el lunes, la 2 de Televisión Española emite un documental, dentro del programa Imprescindibles, sobre el escritor Manuel Vázquez Montalbán. En octubre hará diez años que murió de un infarto en una escala en Bangkok del vuelo que lo devolvía a Barcelona tras un periplo por Australia y Nueva Zelanda.

El título del programa avanza su tono; y es que, como suele ser norma en la gran mayoría de los documentales televisivos sobre alguien, rebosa incienso y lisonja. Pero también superficialidad. Todos los que salen en él adoraban al periodista, cronista, escritor y hombre y lo recuerdan con emoción (en especial Carmen Balcells, su agente literaria). La gran mayoría lo admiraban, y son muchos quienes se identificaban con sus posturas políticas. Eso sí, acerca del valor de su obra, nada de nada. El resultado, para los que recordamos a la perfección al Vázquez Montalbán literato y político, tiene no obstante interés, aunque discurra por lo correcto y trillado.

Yo no puedo escribir de MVM con distancia, porque ocupa un lugar notable en mi vida lectora, es decir, en mi vida. A lo largo de más de treinta años fui comprando y leyendo sus libros (algunos de los últimos ya los saqué de bibliotecas), y durante ese tiempo lo seguí también en varios medios: Triunfo, Por favor, La calle y El País. Leí todas sus novelas, las del detective Pepe Carvalho y las ajenas al género negro, y también bastantes de sus ensayos sobre periodismo y teoría de la comunicación, literatura y política. No pude, al final, porque yo era otro y mi consideración política de Vázquez Montalbán se había transformado, con sus libros sobre Pasionaria, o Cuba, o el subcomandante Marcos. Ah, y tampoco me interesó nunca la turrada de la gastronomía, a la que dedicó varios volúmenes.

Hace un año, en una de las periódicas remodelaciones de mi biblioteca, llevé a la bajera los más de cuarenta libros suyos que tengo (publicó muchos más, pero creo que no me falta nada fundamental). El traslado siempre entraña preguntas, acompañadas del gramo de melancolía que comporta la revisión de nuestro pasado: ¿Hice bien en invertir tanto tiempo con este autor? ¿No habría sido mil veces más provechoso leer a otros más indiscutibles? ¿Volveré a alguna de sus obras? ¿Cuáles merecerían la relectura?

Las preguntas no tienen en mi caso un tono frío, de aséptico recuento intelectual. Pienso en Vázquez Montalbán y revisito, sobre su ejemplo, muchas lecturas de mi vida, pasiones perdidas, admiraciones que se han derrumbado, autores que ahora miro con extrañado desinterés. Pero si me pongo en la vida de entonces, recuerdo muchos datos y emociones. En primer término mi pasión adolescente por la revista Triunfo: antifranquismo, apertura política y mental a un mundo cultural fastuoso, lleno de autores, historias y teorías que conocer. En ese escenario Vázquez Montalbán brillaba como el que más: inteligencia, ironía, buena información, una base ideológica robusta, una mezcla divertida y brillante de los registros cultos y populares, Marx y Concha Piquer, Gramsci y los cancioneros sentimentales más relamidos, Lenin y el otro Marx, el gran Groucho. Y siempre una visión dogmática de fondo pero afilada, la del intelectual de izquierdas que ante cualquier asunto o situación cortaba con el cuchillo de la lucidez la mantequilla política, social, cultural. O eso me parecía entonces, un largo entonces.

Vázquez Montalbán publicó mucho, muchísimo. Dotado de una enorme facilidad ante la máquina de escribir y el ordenador, rápido, cumplidor y seguro siempre, estajanovista del periodismo desde muy joven y luego de la literatura, alcanzó mucho éxito y ventas con sus novelas policiacas, se hizo rico (pero ya digo que escribiendo sin descanso), y sin dejar de ser comunista hasta la muerte fue un escritor perfectamente establecido desde que llegó la democracia, mimado de varias maneras por el mismo poder, socialista y luego popular, al que fustigaba todos los lunes en su columna de El País. Con la riqueza, Vázquez Montalbán alcanzó la condición de bon vivant, que más de una vez justificó con una frase ingeniosa: “Estaría bueno que sólo los de derechas pudieran gozar de la vida”.

Pero a la altura de 2013, ¿se puede decir que va a quedar algo de él, o el purgatorio en que se encuentra (casi no hay libros de Vázquez Montalbán ahora en circulación, parece habérselos tragado la tierra; algo habitual en los escritores tras su muerte) conduce al infierno del olvido absoluto?

Entre tanto que publicó, me arriesgo a una selección drástica y puede que algo injusta, que desdeña continentes enteros de su producción. Algunos no voy ni a mentarlos. Sí vaticino que sus novelas del detective Carvalho no resistirán el paso del tiempo. Tal vez La soledad del manager y Los mares del sur (la mejor), y a lo sumo las dos o tres siguientes que escribió. A partir de 1985, mejor dejarlo. En cambio, quiero creer que aguantarían bien la relectura cuatro novelas sin género: El pianista, Los alegres muchachos de Atzavara, Galíndez y El estrangulador, esta última la más extraña y compleja de las suyas. Y, en fin, dentro de su tarea periodística ingente estoy seguro de que hay piezas memorables, en particular de los años sesenta y setenta, antes de que se hiciera opinador, que es más descansado. Merece la pena, por eso, consultar los tres volúmenes que Francesc Salgado ha seleccionado de esa obra, y que son lo más reciente publicado de Vázquez Montalbán.

Quiero traer aquí brevemente, por último, una cuestión que planteó hace una semana Arcadi Espada en su columna El correo catalán. Ya he recordado que MVM era rico y comunista. Esa doble calidad no está exenta de paradojas, que otros llamarían contradicciones. En fin, dado que no hay manera de enlazar sin más a las palabras de Arcadi, porque en la red es de los que cobran, las copio aquí sin más comentarios:

Comprenderás que el recuerdo de nuestro querido MVM, y sus agudas contradicciones, se me aparezca con mucha frecuencia en este tiempo de crisis y demagogias. También hay personas que llevan vidas estupendas (…) y dan su apoyo público a propuestas que supondríann la liquidación de su nivel de vida. Están en su derecho, desde luego; pero, como en el caso de MVM, no me parece que tengan que esperar al incierto triunfo de sus propuestas. Desde ahora mismo podrían ir desembarazándose de sus excedentes. Porque de lo contrario empezaremos a pensar (…) que la razón fundamental de su noble exposición de propósitos es que saben que, como aquella dictadura del proletariado oteada desde el balcón de Vallvidrera (barrio de lujo donde vivía MVM) , jamás podrá llevarse a cabo (…) El tipo que baja a la plaza a dar su apoyo a la nacionalización de los bancos, la disolución del Parlamento, la cancelación de las hipotecas vigentes y el cierre de televisiones y periódicos, ese hombre airado no puede subir a ninguna vallvidrera al caer la noche. Ha de quedarse a la intemperie. Cambiar el sistema es duro y carísimo y se necesitan su dinero y su ejemplo”.

11 marzo 2013

Dos enseñanzas de Coetzee

La correspondencia mantenida durante cuatro años entre dos escritores célebres, Paul Auster y John Coetzee, ahora publicada en castellano, deja un sabor insatisfactorio. Es verdad que, aquí y allá, ambos nos obsequian con alguna idea atractiva, alguna confesión bien meditada sobre su labor literaria. Pero el conjunto levanta poco el vuelo. Pese a mi buena disposición frente al libro, no ha terminado de engancharme, y eso que lo he acabado con paciencia y esperanza.

El intercambio epistolar deja ver a un Auster siempre correcto, más cálido e incluso entusiasta que Coetzee, un Auster que no dice ninguna tontería pero es más previsible en sus reflexiones . En cambio, el sudafricano Coetzee, un verdadero grande de la literatura, muestra un deseo más acusado de salirse de caminos trillados, de pensar por su cuenta, sea sobre la crisis económica, sea sobre la importancia en su vida de los deportes, haciendo pruebas, ensayando ideas, aunque eso le distraiga por sendas perdidas o le reporte a veces (y con él a nosotros) magros resultados.

Entre puritanos. Me he fijado en particular en dos fragmentos de este libro. En el primero, Coetzee le reenvía a su interlocutor una carta que ha recibido. Y la precede de una sola pregunta: “¿Qué se puede hacer?”. Ese lector de su novela Hombre lento se ha fijado en lo que en determinado momento dice un personaje secundario de la historia: «Me siento decepcionado y me parece una vergüenza que un escritor que disfruta de un prestigio como el suyo se rebaje a usar insultos antisemitas, y además de forma completamente gratuita. (…) Su referencia a los “judíos” hecha de esa forma despectiva no añade nada valioso a la historia, y en mi opinión está de más. Para mi se ha echado a perder un libro interesante». Insisto, hablamos de una novela, y en ella la referencia a los judíos la hace un personaje creado por Coetzee, no este mismo.

Paul Auster responde a Coetzee con sensatas razones: No hagas caso, no pienses más en ello. Pero si quieres responderle, dile que has escrito una novela, no un panfleto sobre comportamiento ético, y que solo porque un personaje diga lo que dice no significa que tú apruebes sus manifestaciones. Que esa es la lección primera de “Cómo leer una novela”.

Pero a Coetzee la carta de esa lectora le ha golpeado en alguna fibra sensible y no puede, al menos para sí mismo, dejarla pasar sin más. Y le responde a Auster: «Mi pregunta sigue en pie: ¿Qué se puede hacer con esto? Porque —siendo el mundo como es, y sobre todo siendo el siglo XX como era— una acusación de antisemitismo, igual que una acusación de racismo, lo pone a uno a la defensiva. “¡Pero es que yo no lo soy!”, te vienen ganas de exclamar, extendiendo las manos para enseñar que las tienes limpias. La verdadera pregunta, sin embargo, no es quién tiene las manos limpias y quién no las tiene. La verdadera pregunta surge de ese momento en que te obligan a ponerte a la defensiva, y del sentimiento desolador que viene a continuación, esa sensación de que se ha evaporado la buena voluntad entre lector y escritor, esa buena voluntad sin la cual leer deja de ser un placer y escribir empieza a dar la sensación de ser un ejercicio impuesto y fatigoso. ¿Qué se puede hacer después de eso? ¿Para qué seguir cuando te están retorciendo la palabras en busca de desaires y herejías encubiertos? Es como estar otra vez entre puritanos».

Puritanos... Como escribió Emma Goldman, «el puritanismo nos ha hecho tan estrechos de mente y de tal modo hipócritas, y ello por tan largo tiempo, que la sinceridad, así como la aceptación de los impulsos más naturales en nosotros, han sido completamente desterrados con el consecuente resultado de que ya no pudo haber verdad alguna, ni en los individuos ni en el arte».

Las palabras de Coetzee las he asociado con otras que leo de Muñoz Molina en su ensayo de ahora mismo, Todo lo que era sólido: «Muchas cosas, simplemente, no pueden decirse. Ningún comentario sarcástico o negativo está permitido sobre ninguna ciudad (con excepción de Madrid), pueblo, provincia, comarca, región, nacionalidad, acento, gremio, colectivo organizado. Hasta la broma más suave puede ser entendida como un agravio, y como en España una cosa que abunda mucho es la valentía colectiva y anónima, sobre todo cuando se ejerce sobre una persona inerme, el que diga algo inconveniente corre el peligro de un linchamiento que no siempre se queda en lo verbal, o en lo simbólico: no faltarán ultrajados que difundan por Internet su teléfono y su dirección, por ejemplo».

La moral del escritor: Sobre su compromiso con la escritura, con el lenguaje, Coetzee no es que diga nada nuevo, pero resulta admirable la escrupulosidad con que se toma su trabajo, su exigencia radical al afrontarlo, más allá de toda recompensa económica o social. «Yo me sorprendo a mí mismo dedicando horas enteras a pulir textos en prosa hasta dejarlos impecables, más allá de lo que se requiere para que los publiquen y por tanto para que me paguen. Supongo que me puedo excusar diciendo “No soy de esas personas que entregan prosa defectuosa”, igual que podría decir: “No soy de esas personas que se bajan de la bicicleta y andan” (que se bajan de la bicicleta y andan aunque no haya nadie mirando). Creo que esa es la parte interesante. Pocos lectores tienen idea de lo que cuesta dejar un párrafo perfecto. Si te bajas de la bicicleta y andas no te va a ver nadie, ni tampoco si lo dejas estar todo y bajas la colina sin pedalear. ¡Pero yo no soy así, esa no es la idea que tengo de mí mismo!»

04 marzo 2013

En el coche, la música

Los sábados y domingos, mientras conduzco, escucho Toma 1, el programa de Manolo Fernández que este año cumple cuarenta años, la mayoría de ellos en Radio 3. Música country, o lo que el presentador del programa denomina, con más flexibilidad, americana music. Tengo muchos conocidos que no soportan esta música, tal vez porque la asocian con vaqueros de Texas o de Oklahoma ferozmente republicanos, con la América profunda más conservadora. Pero al margen de esa identificación, simplista por demás, lo cierto es que a mí me entusiasma el folk country y no me canso de escuchar a viejas leyendas como Johnny Cash, Kris Kristofferson, Willie Nelson o Emmilou Harris, o a muchos autores de hoy mismo que siguen creando temas magníficos que Manolo Fernández programa puntualmente.

Cada sábado o domingo tengo un momento para el recuerdo, una experiencia emocionalmente intensa, de normal cuando el presentador pincha algún viejo tema que gente más joven versionea. Este sábado me quedé cinco minutos dentro del coche, ya aparcado, escuchando la recreación que un grupo joven ha hecho de Leaving on A Jet Plane, un tema de John Denver que Peter, Paul and Mary hicieron dulzonamente célebre en 1969 y que ahora sale en un disco en memoria de Denver que han preparado cuarenta cantantes. De inmediato se pone en marcha el turbión de los recuerdos. Mil descubrimientos adolescentes, primeros discos comprados en Orbaiceta Musical, que escuchábamos previamente con cascos en cabinas que tenían, pasión por Bob Dylan, un LP maravilloso de Kris Kristofferson que adquirí pero dejé pronto a un amigo y éste tuvo al sol un montón de días dentro de su coche aparcado, con lo cual el vinilo se estropeó miserablemente, horas y horas escuchando a John Denver, al inglés Donovan o a Johnny Cash, el descubrimiento de Woody Guthrie y de su hijo Arlo, la felicidad y tremenda desdicha de aquellos años, todo revuelto y caótico… Termina la canción de John Denver y me quedo unos minutos más en el coche, entregado a ese ejercicio sentimental inútil, dulce y un poco doloroso.

El coche, un buen lugar para escuchar música. Hace poco la lingüista Inés Fernández Ordóñez contaba en Juego de espejos que todos los días, cuando recorre Madrid a solas en su vehículo, yendo o viniendo del trabajo, se pierde en la música que más quiere gracias al reproductor de cedés, y que esos ratos le confortan el ánimo indeciblemente. A mí, más desastroso y elemental en mis rutinas, me basta con la radio, que, aun contando con los inconvenientes del azar, casi siempre que conduzco me premia con algún tema soberbio en Radio 3, o con un fragmento capturado en Radio Clásica, unos minutos que, con mucha frecuencia, salvan el día, introducen en la grisura espesa y laboral una cuña de belleza.

Digo laboral, pero no es así ahora. Estos instantes de gozo en el coche, tantos años disfrutados a diario entre el trabajo y mi casa, son ahora de fin de semana. Así que me lo paso bomba con la selección dominical de La madeja, un programa de Radio 3 que recuerda a grandes de otras épocas del rock o del blues, o con un programa totalmente friki, La curiosidad mató al gato, que los sábados cocinan Fernando Navarro y el actor Carlos Areces, este de la cuadrilla de actores que empezaron con La hora chanante y Muchachada Nui. En La curiosidad mató al gato se escucha a la gente más rara que imaginarse pueda, llevando al extremo lo que ya hizo Paco Clavel muchos años con El guirigay y con Extravaganzza. Los temas que elige Carlos Areces “para perlar los ojos” de los oyentes, o las versiones de temas famosos que encuentra, ejecutadas por los peores cantantes del planeta, son indescriptibles.

Ratos de coche y música, momentos robados al tiempo más pedestre y tonto. El sábado, en Iturrama, la gente pasaba hacia los bares que se llenan a la hora del vermú mientras yo estaba perdido dentro del vehículo. Luego salí para comer en un estado de cierta euforia, llena la cabeza de mil cosas, pensando que la mañana no había terminado nada mal.

27 febrero 2013

Delphine de Vigan

Nada se opone a la noche, de Delphine de Vigan. La familia, siempre la familia. No hay otro argumento tan poderoso en la literatura. En este caso, la madre de la escritora en el centro de la escena, Lucille, bella, misteriosa y peculiar desde niña, víctima de abusos sexuales y enferma mental. El trastorno bipolar que la domina tantos años, ¿qué relación alberga con sus traumas sexuales? ¿Una directa, o más bien lateral, difícil de señalar con precisión, tal vez porque la enfermedad mental siempre estuvo ahí aunque tardara en manifestarse? Delphine de Vigan no teoriza, no elabora hipótesis explicativas, sólo cuenta: ante todo el dolor, la confusión, la trayectoria ora errática, ora más o menos enderezada de esa madre, y a la postre el suicidio; secundariamente, su propio dolor, el de una hija que ama a su madre pero padece desde niña el desorden y el drama familiar.

He leído este libro con pasión creciente. El comienzo es titubeante, un poco premioso, cuesta unas páginas entrar en la historia familiar, pero pronto ésta atrapa al lector y ya no lo suelta hasta el final, anunciado y desvelado en la primera página. Por mi parte, y como el post no quiere ser ni de lejos una crítica literaria o un comentario extenso, anotaré tan sólo tres puntos.

Delphine de Vigan cuenta la historia de su madre, pero inevitablemente su narración incluye sombras, alusiones a fragmentos omitidos, a personajes que aparecen muy poco aunque se nos insinúe su gran relevancia. El resultado es que, pese a dedicarle cuatrocientas páginas a esa vida, faltan detalles. Es cierto que algunos huecos se deben al pudor, a la exigencia de Delphine de Vigan de no abrumar al lector con detalles sórdidos, a su volundad de respetar a su madre y por tanto ciertos límites al hablar de ella. Pero las zonas borrosas tienen mucho también de forzoso. Si uno no quiere abandonarse a la ficción, si desea respetar los límites que impone la realidad, no queda otro remedio que asumir las barreras: contar una historia, contar la historia, implica moverse entre la palabra y el silencio, entre la luz y la sombra, entre lo explícito y lo sugerido. Por eso entiendo que el libro se presente como una novela. No lo es, en el sentido convencional del término. Pero sí lo es, toda vez que la escritora ha metido las manos en la realidad, pero ésta le ha impuesto sus opacidades. Y la escritora lo ha hecho además sin dejar un solo momento de tocar la materia vital pertrechada con sus recursos literarios, guiada por un tono narrativo magnífico.

Nada se opone a la noche nos recuerda de nuevo que casi todas las familias están llenas, en dosis variables, de secretos y mentiras. La numerosa familia de la madre de Delphine de Vigan ha conocido episodios terribles, que bastantes personas del amplio clan conocen aunque no lo quieran, aunque se hayan limitado a enterarse lo menos posible, sin querer escuchar. (“No he querido saber, pero he sabido…”, que empieza Corazón tan blanco, de Javier Marías, otra historia familiar.) Y como acontece mil veces, casi todos se comportan como si no pasara nada, se siguen reuniendo en celebraciones y vacaciones igual que si no hubiera nada definitivamente perturbador, como si nada pudiese producir un corte radical. Todo puede reciclarse, parecen decir los miembros de esta gran familia aceptando la rutina de sus encuentros.

El libro es muy de estos tiempos modernos, de autoficción, en su estructura. Por ejemplo, en algo fundamental, la problematización del intento de captar la realidad y narrarla. Por eso Delphine de Vigan se entromete periódicamente en lo narrado. Y lo hace desde el principio del libro, manifestando de muchos modos la dificultad de contar, compareciendo como una narradora que tiene problemas en la tarea de escribir esta historia, consciente de que hay muchas cosas que no sabe y vacilante sobre su capacidad para contarla con toda la verdad y complejidad que reclama, una narradora que toma decisiones sin cesar sobre el tono, o sobre la selección de contenidos, sobre lo que se debe o puede contar. Una narradora que habla y calla, que sufre al revivir lo relatado, que se confiesa prisionera de lo que ignora, o de los pactos de semisilencio o reserva sobre ciertos episodios a los que ha llegado con algunos miembros de su familia, por ejemplo con su hermana.

El título, Nada se opone a la noche, no es exacto. En la historia de Lucille la oscuridad acaba imponiéndose y ganando la partida. Pero el balance de su hija Delphine no parece hasta el momento tan tenebroso. El amor, la escritura, parecen irradiar luz a su vida. ¿Resiliencia, como se dice ahora? No lo sé. Escribir este libro, enfrentarse a lo sucedido, era necesario para ella, y puede que le haya servido como una estupenda terapia. A los lectores, desde luego, nos ayuda en esa inacabable tarea de pensar la familia, de afrontar nuestra propia familia.

25 febrero 2013

Periódicos

En la cafetería. Desayuno cuando puedo en una cafetería cercana a casa en la cual el dueño pone a disposición del público no uno, sino tres o cuatro ejemplares, según días, de cada uno de los dos periódicos locales, el Diario de Navarra y el Diario de Noticias. Aunque el trato es amable, y el café, la bollería y las tostadas muy decentes, creo que el número de periódicos de libre disposición ayuda bastante a que los parroquianos sean muy abundantes.

Pero esa cantidad de periódicos que es posible leer gratis excita, más de lo habitual, la sorda disputa que se entabla entre los clientes por su posesión, al menos por las mañanas (por las tardes los periódicos son flores mustias, antiguallas, cadáveres). La abundancia dispara un juego de miradas llenas de disimulo, pero vigilantes, ansiosas, implacables, que atraviesan las mesas, y que nos tiene a muchos en un pequeño sinvivir, sólo medio atentos al desayuno, ojo avizor, esperando cazar la pieza, atrapar ese periódico que nos apetece leer.

Las miradas más de una vez destilan hostilidad ante el matrimonio que con todo el morro del mundo pilla siempre dos periódicos, que encima luego se intercambiarán, o ante el jetas que se toma su tiempo para completar el crucigrama, o frente al que se abisma copiando en el móvil números y números que extrae de los anuncios clasificados, o contemplando a esa mujer que deja el periódico a medio leer, pero con algún objeto encima que haga entender a todos que no lo ha terminado, mientras sale fuera a fumar. Gentes que infringen con descaro la norma no escrita de que uno no puede eternizarse con esos periódicos cedidos, que éstos deben circular con agilidad, que no pueden leerse como si uno estuviese en casa con el periódico comprado.

A veces la tensión produce pequeñas explosiones y alguien levanta algo la voz para exigir al poseedor que le deje el periódico, que al menos quiere mirar las esquelas antes de irse, o le pregunta tan insistentemente si ya ha terminado que el otro capta la presión y acelera la lectura. Pero hay quienes actúan con total indiferencia ante esos acuciosos que reclaman su parte del gratuito pastel, o incluso se enfadan ante una demanda que no respeta algo que ellos consideran sagrado: el periódico del bar es para quien lo pilla, y los demás que se fastidien hasta que yo lo suelte.

Pero son raros esos momentos de tensión explícita. Lo habitual es que la atención a lo que pasa, las miradas, la impaciencia, la leve irritación ante el caradura, todo sea soterrado, reprimido, educado, leve en superficie. La procesión va por dentro, carga el ambiente de secreta energía.


Suplementos culturales. Compro a diario El País, y además adquiero otros periódicos nacionales el día que publican su suplemento cultural. Llevo muchos años haciéndolo, más por la información que obtengo (sobre libros que se publican o películas que se estrenan) que por la finura y profundidad de las críticas que pueden leerse.

Pero la crisis está teniendo efectos también desoladores en este sector. Como los periódicos en papel siguen bajando en ventas, y la publicidad continúa desplomándose, cada vez ofrecen menos en menos páginas. Y los suplementos culturales están ya en el límite de lo famélico. Hace poco eché una tarde tirando periódicos viejos que tenía en casa (sí, ya sé que esto revela una enfermedad como otra cualquiera), y comprobé y toqué algo obvio: en 2008 no tenían la delgadez del Gramma a la que se van aproximando. Pero es que, en lo que me interesa, publicaban cada semana unos suplementos culturales rollizos, llenos no sólo de críticas de novedades, sino también de textos de escritores y de artículos de cierta extensión, a veces traducidos de grandes suplementos angloamericanos de libros. Claro, tenían bastante más del doble de páginas que los de ahora. El ABC, por ejemplo, publicaba un buen suplemento, tal vez el mejor; ahora ya viene con menos páginas que el de salud o el de religión.

Tenemos formado el círculo vicioso actual. ¿Cómo van a vender más ejemplares las grandes cabeceras si ofrecen un producto progresivamente más escuálido y pobre? Salvo cuatro locos, que ya van siendo tres y pronto dos, ¿quién va a comprar un producto que ha seguido subiendo en precio y bajando en calidad y cantidad de contenidos? Esto se acaba. Y los blogs no veo que generen (generemos) un buen sustituto de lo que antes leíamos en papel.

20 febrero 2013

Siempre al frente

En los últimos tiempos, cuando veo en los periódicos o en la tele a portavoces de los nuevos movimientos de protesta que han surgido al calor de la crisis, más de una vez me encuentro con viejos, casi históricos militantes de partidos de extrema izquierda. A algunos de mi ciudad los conozco hace muchos años y recuerdo varios jalones de su trayectoria. Otros, en Barcelona o Madrid, sé que llevan asimismo muchos años de activismo; incluso en tiempos tuvieron su momento de relativa nombradía política en la efervescencia crispada de la transición o un poco después. Ahora, después de haber sido sindicalistas, o concejales, o parlamentarios, o de haber estado en coordinadoras o movimientos “anti” de toda laya, o incluso burócratas implacables de minúsculos partidos, son las cabezas visibles de nuevos grupos. Ahí siguen, tan rozagantes, tan orgullosos, tan instalados en lo de siempre (en sus partidos, en sus ideas políticas pero también organizativas), aunque ahora aparezcan en nuevos colectivos. Bueno, algunas son nuevos (la lucha contra los deshaucios, por ejemplo), pero otros son antiguos, solo que a los de siempre les pilla ya viejos, y por eso, por cierta estética, se han subido a embarcaciones en las que antes no navegaban.

Entre esos líderes y portavoces, algunos pertenecen a colectivos que han sido golpeados, en mayor o menor grado, por la crisis y los recortes: pensionistas, sanitarios, profesores... Pero también veo, insisto, a estos correosos militantes al frente de los deshauciados de su vivienda. Ahí ellos no son directamente afectados, bien lo sé. Y verlos ahí me ha hecho pensar en el sentido y los objetivos de su acción.

En mi juventud aprendí, como ellos, que la vanguardia política, la vanguardia comunista, el reducido núcleo de aguerridos y conscientes militantes que formaban esa avanzada rigurosamente selecta y organizada de la la lucha política, tenía la obligación de estar presente en todos los movimientos sociales, vecinales, ecologistas, feministas, internacionalistas (y un largo etcétera), en suma, en todo lo que se moviese en cualquier dirección más o menos progresista. Pero había que estar no de forma discreta, modesta, sino siempre con la intención de marcar la línea política, de determinar la dirección y los fines del movimiento que fuera. Y muchas veces lo conseguían. Había partidos con muy pocos miembros que sin embargo abultaban tanto que parecía que contaran con miles de afiliados. Pero es que esos militantes se multiplicaban sin descanso en su acción, cada uno de ellos se movía en tres o cuatro espacios de lucha, y como además eran muy disciplinados y estudiosos, enseguida destacaban allí donde estuvieran y lograban una influencia, un peso político muy visible.

En el leninismo, por ejemplo, está teorizada esa necesidad de la vanguardia que penetra en los movimientos de masas y, lo que es esencial, trata de dirigirlos. Decía Lenin que el proletariado, las masas, de natural tienden al reformismo, vale decir, al pactismo, a la defensa egoísta, de corto plazo, de posiciones que no tienen en cuenta los intereses “objetivos” de la clase obrera, los intereses de la revolución. ¿Y quién sabe cuáles son esos intereses objetivos? Pues es evidente: la vanguardia consciente que conoce hacia dónde hay que ir en cualquier movilización. Es esta la que da consistencia, coherencia y claridad a las reclamaciones oscuras, poco articuladas, a veces balbuceantes, incluso contradictorias, de las gentes que, ay, sólo miran por sus asuntos a corto plazo o caen en la protesta poco organizada. A esas masas la vanguardia viene a decirles: “aunque tú no lo sepas, yo sí lo sé, yo guiaré tu camino, yo tengo la conciencia clara de lo que de verdad te interesa y conviene”. Resulta lógico, por tanto, que la vanguardia intente siempre no sólo servir al pueblo, que se decía, sino guiar al pueblo, dirigirlo, orientarlo, controlarlo, llevarlo a donde hay que llevarlo.

No dudo de que muchos de esos viejos militantes tengan poderosos sentimientos solidarios. Pero esas ansias reivindicativas y de lucha que brotan de su viejo corazón guerrero no explican toda su conducta, ni mucho menos. Los conozco. Y me mosquea ese afán insaciable de estar en todo lo que se menea, de subirse a todos los carros, un afán, además, no guiado por la humildad, sino por la irrefrenable apetencia de ser el novio en la boda y el muerto en el entierro, o, sin más, el jefe de la barraca, el gran timonel del barco. Y, siempre, el cálculo político, las ganas de sacar tajada, el deseo de orientar cualquier movimiento en función ya no sólo de un cabreo social espontáneo, por confuso que sea, sino de una ideología, la verdad, herrumbrosa, muy herrumbrosa.

Más grave me parece que, contando con su experiencia y habilidad para ponerse al frente de cualquier pancarta, más de una vez ellos (y otros activistas más jóvenes, claro) estén empujando en una dirección que, dadas sus convicciones y sus intereses de grupo, arrastra hoy a la radicalización política. Y es que, como recordaba el otro Muñoz Molina, hay en marcha una dinámica de radicalización de “ciertas élites que arrastran a todo el sistema político y que acaba arrastrando a una población que, en su mayor parte, es ajena a eso”. Debido a la dureza de la crisis, existe un caldo de cultivo. Y en ese ecosistema, siempre hay grupos que se mueven con gran maestría.

12 febrero 2013

Calle Guelbenzu

22 de octubre de 1962. Diario de Navarra publica la carta de un vecino, dirigida “a quien corresponda”, en la que se queja de que la calle Guelbenzu, en el barrio de la Milagrosa, donde lleva poco tiempo viviendo, no esté asfaltada ni tenga aceras o alumbrado público. Los bloques de viviendas ya están habitados, pero llegar o salir de ellos, y más cuando el otoño camina hacia el invierno, llueve y la luz comienza a escasear, es incómodo, casi penoso.

Leída cincuenta años después, la nota me atrapa porque la calle Guelbenzu es mi calle desde ese momento primero de oscuridad y barro. Esos bloques de cuatro alturas, miles de ellos casi idénticos en barrios para obreros que iban naciendo en toda España. Pisos menesterosos de sesenta y cinco metros que para muchos eran su primera vivienda en propiedad. Barrios, en Pamplona, con gente de los pueblos de la provincia, sobre todo, que venían a trabajar a las fábricas, pero también de Andalucía, de Extremadura o Galicia. Barrios naciendo, barrios a medio hacer por todas partes, también sin aceras ni asfalto y a lo sumo con unas pocas luces macilentas. El Ministerio de la Vivienda y el Patronato Francisco Franco, siempre con falangistas al frente, y la industralización que despuntaba. La Milagrosa o el Mochuelo, un barrio bajo la meseta central de Pamplona, con un trazado urbano tirando a desastroso y sin remedio.

Éramos niños con muy poco pero felices. Enseguida disfrutamos de las piscinas y frontones de Educación y Descanso, la obra de los sindicatos verticales donde pasamos mil horas muchos veranos de la infancia y adolescencia. Y también, muy pronto, la iglesia, la preparación para las comuniones en San Enrique, en la zona de Santa María la Real, o hacia el otro lado, la parroquia de San Fermín. Y también el cine Guelbenzu, cerca de la avenida de Zaragoza por la que entraba a la ciudad todo el tráfico, ligero y pesado, hasta que muchos años después, a finales de los setenta, las protestas vecinables tras algunos atropellos obligaron a abrir la variante hasta San Jorge, tanto tiempo terminada e inútil.

Con las calles Guelbenzu y Gayarre, entre otras muchas calles con nombres de músicos, culminaba la ciudad por esa parte, y se abrían los descampados, o un montículo que subíamos y bajábamos sin parar, hierbajos, basuras, algún campo de cereal o huertas sin títulos de propiedad ni permiso, nuestro territorio de juegos y libertad. El límite, entonces lejano, lo señalaban el río Alrevés y las naves herrumbrosas que al lado del campo de fútbol de El Sadar custodiaban perros fieros. Pero por todos esos andurriales holgábamos a nuestro aire, igual que para ir al colegio o, en mi caso, al Conservatorio, ubicado también más allá de otros campos en los que nos entreteníamos a la salida, o, por otro camino de más rodeo, pasando por el monumento a los Caídos, franquismo monumental en el que jugábamos a correr y escondernos.

Las aceras, el asfalto, las luces, todo llegó pronto supongo que gracias al Ayuntamiento. Y luego arribaron otras prosperidades, y más de uno se fue de La Milagrosa en busca de zonas más prósperas, de pisos más grandes y avenidas más anchas. Más tarde llegó la borrachera de nuevos ricos y precios locos que explotó a finales de los noventa y primeros años dos mil. Pero ni quiero ni puedo olvidar que yo vengo de La Milagrosa, de un nivel económico, de una manera modesta, laboriosa, frágil de luchar en la vida, en la cual no faltaban el dolor y el miedo (el miedo económico, uno de los peores), pero tampoco la alegría.

Está a punto de salir un ensayo de Antonio Muñoz Molina, Todo lo que era sólido, que tantas ganas tengo ya de leer, y que aborda el desplome que venimos sufriendo desde 2008, el terrible despertar económico y social tras un largo pero poco consistente sueño de prosperidad. Me interesa mucho ese análisis del pasado y del presente, de lo que fuimos, de lo que creímos ser, y de lo que vemos ahora que en realidad éramos. En ese esfuerzo de recapitulación, qué cerca y qué lejos queda la eclosión desarrollista de los primeros sesenta que vivimos en los barrios nacientes, cuántas cosas nos dice de cómo hemos cambiado, y de cómo, a la postre, hay un hilo que nos une con “cuando entonces”.

04 febrero 2013

María Moliner, más que un diccionario

Instalada en Madrid en 1946, María Moliner, después de más de veinte años por tierras valencianas y murcianas, trabajando al fin como bibliotecaria en un destino oscuro y solitario y con la certidumbre de que sus posibilidades de mejora profesional serían nulas en muchos años por mor de su pasado político, hacia 1950 sintió que su vida necesitaba una inflexión, un giro en busca de nuevos empeños e ilusiones.

Ella misma escribió más tarde que “por aquella época, con el ánimo más tranquilo después de los azares de la guerra y de la posguerra y siendo ya menos absorbentes sus obligaciones de madre de familia con cuatro hijos, empezó a sentir lo que puede llamarse la melancolía de las energías no aprovechadas”. Así que, tras abandonar su idea primera de crear un colegio, porque, con su pasado, el campo de maniobra sería siempre muy angosto, “su actividad derivó, sin que ella misma se diera cuenta de que esa derivación tenía una razón profunda, a la redacción de un diccionario que sirviese de ayuda para el uso eficaz de nuestra lengua. Siempre había fijado su atención en lo defectuosamente que emplean el español incluso personas de formación universitaria. Y un buen día de febrero de 1952 trazó por primera vez en una cuartilla un esquema del diccionario que quería hacer”.

Ahí comenzó un esfuerzo excepcional de catorce años. María Moliner no había estudiado ninguna filología ni era docente o investigadora universitaria. Con gran esfuerzo había podido cursar a comienzos de los años veinte la carrera de Historia y, tras aprobar enseguida una oposición, llevaba treinta años trabajando como archivera y bibliotecaria en destinos que, salvo en el paréntesis de la guerra civil, le exigían y le daban muy poco. No tenía títulos o prestigios o trayectoria que la avalasen, ni se movía en el mundo de los lingüistas, ni formaba parte de un equipo de trabajo que pudiera afrontar con garantías, al menos a priori, un proyecto de tamaña naturaleza.
A despecho de esas limitaciones de partida, en completa soledad (“estando yo solita en casa una tarde”, contó ella misma años después sobre el día de su comienzo), emprendió, con cincuenta y dos años, un descomunal esfuerzo: la redacción de un diccionario que, en palabras de García Márquez escritas en su memoria, es el “más completo, más útil, más acucioso y más divertido de la lengua castellana”.

Comenzó la tarea en jornadas que, sin dejar su trabajo bibliotecario ni desatender a su familia, empezaron siendo verspertinas, de dos o tres horas, pero acabaron siendo con frecuencia extenuantes, ajenas a cualquier distracción. Jornadas en que se enfrentaba por supuesto con exhaustividad al diccionario de la RAE, pero también a infinidad de libros y periódicos, y en las que redactaba, filtrando toda esa información y tras mucho cavilar, nuevas definiciones claras, perspicaces, originales, de las palabras del español. Su proyecto estaba delimitado: “La estructura de los artículos está calculada para que el lector adquiera una primera idea del significado del término con los sinónimos, la precise con la definición y la confirme con los ejemplos”.

Existían muchos artículos y referencias dispersas sobre María Moliner, centrados casi todos en la aventura titánica y maravillosa de su diccionario. Pero faltaba una biografía que dibujara el cuadro completo de su vida, que nos contara quién era esta mujer, cuál había sido su vida anterior a la de la redacción del diccionario, cómo afrontó las circunstancias personales e históricas que le tocaron. Inmaculada de la Fuente, por fin, ha reunido mil datos dispersos en El exilio interior. La vida de María Moliner, un libro que, sin ser perfecto (le faltan, tal vez por su deseo de ser lo que se llama una “biografía autorizada”, la hondura y la riqueza de claroscuros de las biografías en verdad grandes, más arriesgadas), merece una atenta lectura.

María Moliner aparece en él como una chica obligada a trabajar desde muy joven debido al abandono paterno de la familia a sus trece años. Una joven, tal vez por las tristezas y penurias de todo orden causadas por esa huida del padre, poco romántica, dotada de un sentido práctico y constructivo muy elevado, que sabe sobreponerse a todos los reveses, que va sacando sus estudios como puede por las dificultades materiales que debe superar, y que con veintidós años es funcionaria para poder ayudar en una familia que necesita su sueldo. Murcia será su destino hasta 1930, en el archivo de la delegación de Hacienda.

Pero al mismo tiempo es una joven que logra estudiar, siquiera brevemente, en la Institución Libre de Enseñanza. El paso de María Moliner por la ILE, como el de su hermano y hermana, será decisivo para los tres, tendrá una influencia capital en sus ideas. María Moliner abrazó para siempre la esperanza de los rectores de la ILE (Giner de los Ríos y Bartolomé Cossío) en la educación y la cultura como palancas esenciales en el desarrollo económico y espiritual de España. La educación, la libre difusión de la cultura, los libros y la importancia de una buena red de bibliotecas, el estudio, el esfuerzo por aprender, son objetivos que, en el panorama general de la época, convierten a María Moliner, y para siempre, en una abanderada de la educación avanzada y europea, una liberal en el más noble sentido de la expresión. Una mujer de ideas políticas moderadas, incluso muy moderadas en algunos aspectos, pero al mismo tiempo inequívocamente progresistas en el panorama general de un país todavía atrasado, pobre, inculto, y, no lo olvidemos, con sectores poderosos brutalmente conservadores que consideraban a la Institución Libre de Enseñanza un foco extranjerizante y peligroso.

La República permite a María Moliner dar cauce a sus inquietudes de extensión cultural y a su capacidad de trabajo y organización. Su actividad hasta 1936 es inagotable en el desarrollo de las Misiones Pedagógicas por tierras valencianas, donde se establece la familia en esa década. La creación y mantenimiento de bibliotecas en los pueblos la compromete vivamente. Y en 1936, con la guerra, es nombrada responsable de la Biblioteca de la Universidad de Valencia. Son años de penurias y zozobras, pero también de trabajo tenaz, de entrega a un proyecto que ilusiona a María Moliner y le permite, lejos de la soledad en que había trabajado en los archivos, dirigir equipos, organizar, movilizar, hacer cosas en el ámbito del libro.

La victoria franquista terminó con su empeño. Como María Moliner no se había significado nunca como activista política, su “depuración” fue relativamente benigna y pudo volver al archivo de Hacienda del que había salido hacia la biblioteca universitaria, antes de conseguir el traslado a Madrid en 1946. Pero su amistad y colaboración en los años treinta con tantos profesores republicanos la dejó, para siempre, bajo sospecha para el franquismo, y la obligó a ese exilio interior que tantos sufrieron, al silencio cauteloso y el repliegue en la privacidad a los que la pequeña burguesía ilustrada y liberal que no escapó del nuevo poder franquista tuvo que someterse. Y por eso, en “la melancolía de las energías no aprovechadas” que le asaltó hacia 1950, y desechada la idea de crear un colegio, pensó que la redacción de un diccionario de uso del español sería un objetivo ideológica y políticamente inatacable por la dictadura. Máxime si se emprendía en el ámbito más recoleto, la mesa del comedor del piso familiar.

María Moliner publicó los dos tomos de su diccionario en 1966-67. Nacida en 1900, tenía tantos años como el siglo y estaba cansada y mayor. El diccionario obtuvo un gran éxito editorial y le granjeó el elogio y respeto de algunos intelectuales. Pero provocó asimismo estupor y recelo en muchos lingüistas, que no sabían quién era esa señora que mostraba en público un resultado tan admirable. En cualquier caso, poco tiempo duró su pequeño esplendor, el disfrute de las mieles del reconocimiento. En 1974, apenas ocho años después, y con muchas fichas redactadas para la revisión y actualización de su obra, comenzó el deterioro mental, el asalto del Alzheimer que la tuvo en las tinieblas hasta su muerte en 1981. Al menos había alejado de su ánimo “la melancolía de las energías no aprovechadas”. Aunque tal vez, en esos meses en los que su mente se iba despeñando sin remedio, pudo asaltarle otra melancolía, la que nace de la fugacidad, de la precariedad, de nuestros esfuerzos culminados.

30 enero 2013

Lo que cuenta es la ilusión

Yo también he disfrutado mucho leyendo Lo que cuenta es la ilusión, de Ignacio Vidal-Folch. En principio, y sin otras referencias, ya cuentan con mi interés estas reuniones de fragmentos: notas de dietario, apuntes de lecturas, pequeños relatos de sucedidos cotidianos, alguna que otra sentencia, paradojas más o menos humorísticas o decididamente cómicas de la vida, registro de enfados con personas y situaciones, retratos de gente que se cruza con el autor en Barcelona o en alguno de sus muchos viajes... Recuerdo que me topé con este libro en San Sebastián en octubre, en la FNAC, recién publicado, conseguí agenciarme un taburete y en el anonimato que conceden esos centros comerciales de la cultura estuve más de una hora dichosamente absorto. Ese día no lo compré, pero lo tuve claro: este libro me interesa, y mucho.

Eso es lo fundamental, por supuesto. Sin embargo, leo, releo, y pienso: este es un escritor al que basta y sobra con leerlo. En ese terreno es magnífico. Pero el tono con que cuenta, su mirada sobre bastantes cosas, su frialdad, su despego, su desinterés por las vidas ajenas, incluso una indisimulada altivez... No sé en realidad nada de Vidal-Folch, pero al personaje que ha construido en estas anotaciones dan ganas de tenerlo lejos. Nada excepcional, por otra parte. Esa misma inclinación, e incluso mucho más fuerte, la sufro con más de un escritor que vive en mi ciudad. Lo que podría aprender, sin duda, al menos de los que admiro en algún sentido literario, con cierta frecuencia no compensa en absoluto la molestia o incomodidad de estar con ellos.

Con Vidal-Folch no debo de ser el único que siente eso. Lo confirma el propio anotador: “Rocío, una amiga de Isabel, que me había llamado para pedirme no sé qué, cuando ya hemos entrado en conversación y se siente más en confianza, me confiesa que le daba miedo llamarme, que le asustaba hablar conmigo. Esto hace sonar en mí una nota de confusión y de pena: a saber qué alarde de misantropía, qué coqueterías de solitario, qué bufidos de Minotauro no habré resoplado durante estos años para que de vez en cuando e incluso con cierta frecuencia alguien me confiese temores parecidos”.

27 enero 2013

A vueltas con los premios literarios

En España se convocan y fallan, cada año, muchos, muchísimos premios literarios. De poesía, a un libro o a un único poema, o de narrativa, a novelas, a colecciones de relatos o a un único cuento. Son premios que convocan desde gobiernos o grandes grupos editoriales a municipios de centenares de habitantes; desde asociaciones culturales, deportivas o recreativas más o menos beneméritas, a empresas que tratan de rentabilizar en diversos grados de marketing su inversión. Y, en cuanto a la dotación económica de los galardones, la horquilla se extiende desde los 600.000 euros del Premio Planeta a los doscientos euros de algunos premios extremadamente locales.

¿Que por qué traigo a colación datos tan conocidos? Pues porque he leído, en el último número de la revista TK, una larga entrevista con Salvador Gutiérrez, alma y cabeza visible desde su fundación de Bilaketa, una asociación que, con base en Aoiz, hace muchos años que desarrolla una admirable tarea en muchos terrenos de la acción cultural. Pero el caso es que Salvador Gutiérrez está furioso con el Gobierno de Navarra porque en 2012 sólo le concedió a Bilaketa algo menos de un tercio del dinero que pedía. ¿Que pedía para qué? Pues para sufragar los tres certámenes que organiza, de pintura, poesía y relato breve. La misma rabia que muestra Gutiérrez en la entrevista es la que antes dejó ver en la prensa y en una comparecencia parlamentaria. Hay que recordar que, dejando de lado ahora el certamen de pintura, el de poesía premia un único poema con la bonita cifra de 6.000 euros, y el de relatos reconoce igualmente un único cuento con la misma cantidad.

Premios literarios… ¿Eso es lo más importante, de toda la gama de actividades que promueve y mantiene Bilaketa? ¿Ahí está el quid de la cuestión, el emblema de los recortes, el símbolo del mal hacer de la Administración, el ataque más frontal a la acción de Bilaketa, una agresión intolerable a la Cultura, con todas las mayúsculas del mundo?

Carlos Pujol escribió, en su memorable Cuaderno de escritura, que “la literatura se reduce en síntesis esencial al hecho de escribir y al hecho complementario de leer”. Todo lo demás, dice Pujol, “sus apariencias públicas, sus costumbres, los mecanismos de su inevitable industria y comercio, los caldeados ambientes que frecuentan sus escritores, el eco que tienen las obras y la medida en que son estimadas y remuneradas”, todo eso es adjetivo, nunca sustantivo, rodea a la literatura pero no forma parte de ella. A lo sumo, soy de los que creen que, amén del autor y el lector, la literatura ha necesitado a un mediador que los ponga en contacto, un enlace que tradicionalmente ha sido el editor —si bien internet está empezando a liquidar a ese intermediario—.

En cualquier caso, los premios literarios no forman parte, ¡de ninguna manera!, de la literatura. Su existencia puede asociarse a otra clase de objetos de estudio: la llamada vida literaria, la sociología o la economía de la cultura, la biografía de la pobreza o de un modesta supervivencia. Incluso, más de una vez, el estudio de los premios literarios atañe a disciplinas de otra entidad: la historia de la trapisonda o la desvergüenza, o la fenomenología de la envidia o la vanidad.

Situados en cualquiera de esos planos, y nunca en el de la literatura, no hay ningún inconveniente en reconocer que los premios pueden ser un buen estímulo para determinados autores: hay premios-beca que les ayudan a subsistir o a complementar sus ingresos durante un tiempo. Y no me parece mal que el dinero fluya hacia la cultura, claro que no (dejemos la cosa así, hoy por hoy, sin más matices).

Pero con los premios, con la inmensa mayoría de ellos, sucede otra cosa bien curiosa, y en buena medida bien triste. Y es que la gran mayoría de los premios trafican con unos contenidos que no tienen casi nada que ver con la literatura que los lectores disfrutamos diariamente. La gran mayoría de los premios se mueve en un submundo casi clandestino. Por muchos poemas, relatos o novelas que se presenten a los premios de esa red, incluso por suculentos que sean los premios, todo lo que ahí unos autores producen y presentan, y otros, jurados, premian, queda recluido en el submundo, no sale de ahí, no sube a la superficie en que se mueven los poemas o relatos o novelas que leemos los que leemos.

Casi nadie, casi ningún premiado en los muchos certámenes que hay en España, traspasa los muros que sellan ese circuito. Hay autores multipremiados por ayuntamientos y diputaciones y cofradías de toda laya que habrán obtenido un digno estipendio o sobresueldo con todos esos galardones, buenos pellizcos con un poema por aquí o un relato por allá, pero a los que no conocen ni en su casa a las horas de comer. Sólo un ejemplo: Manuel Terrín Benavides obtuvo cientos de premios por toda España con sus cuentos. Durante muchos años encabezó el ranking de los autores ganadores, al haberlo logrado en cientos de municipios. Seguro que Terrín tenía una enorme habilidad a la hora de producir la literatura que resultara atractiva a muchos jurados. Pero ¿qué obras podemos leer de él los lectores que seguimos la literatura española con cierta atención? Ninguna, ese señor, o por ejemplo Anastasio Fernández, otro multipremiado, o tantos otros que cada año mandan sus textos a veinte o treinta certámenes, no han logrado salir de esa cerrada y clandestina red. Es evidente que han cogido el tranquillo a lo que es resultón para ganar. Y ganan, y muchas veces. Pero esos ganadores, casi todos, quedan encerrados en un circuito que los aleja irremisiblemente de los lectores, de las buenas editoriales. Y lo que es más grave, en sus modos expresivos les afecta, y mucho, la clase de recursos y trucos que permiten que su “producto” destaque en el maremágnum que resulta ser el centón de poemas, novelas o relatos que un jurado debe leer. Por cierto, eso mismo les sucede a muchos de los premiados por Bilaketa.

Por supuesto que los gobiernos y municipios tienen formas mucho peores de gastar el dinero que repartiéndolo entre galardonados por sus versos o sus prosas. Y claro que me acuerdo de los autores grandes o famosos que, en una etapa de su vida, y por estrictas razones alimenticias, se zambulleron en ese circuito concursil, y lo mismo ganaban en Tomelloso que en Mansilla de las Mulas, en Ribadeo que en Benalmádena. Muchos recordamos, sin ir más lejos, los casos de Roberto Bolaño o de Juan Manuel de Prada (pido perdón por citarlos juntos), autores que así ganaron unas buenas perras con sus relatos y novelas. Pero ellos, en un momento determinado, dieron el salto, abandonaron ese submundo, lograron convertirse en escritores leídos, “normales”. Digamos que salieron a la superficie, a una superficie de otra naturaleza.

Ay, Bilaketa, de tantas cosas, seguro, podrían quejarse en estos tiempos de crisis y de recortes presupuestarios de las instituciones. Pero de no recibir ayudas oficiales para sus concursos…, la verdad, no sé.

Yo tenía una especie de prehistoria, que consistía en ganar concursos de pueblos, lo que en esa época te daba mucho dinero. Una vez, en Muskiz (provincia de Vizcaya), uno de los miembros del jurado me dijo: ‘Muy bien lo de tus premios, pero que sepas que te puedes pasar el resto de tu vida en este tiovivo de concursitos y ya está, ¿eh? Nadie te va a conocer así’. Fue duro escucharlo, pero también muy útil”. (Mercedes Cebrián, en una entrevista del también escritor Patricio Pron.)

18 enero 2013

La buena novela y las librerías

He pasado muchas horas de mi vida en las librerías. He sido muy feliz en ellas, perdiéndome en una sección u otra, abismándome en descubrimientos sorprendentes. Así que me siento melancólicamente concernido por su actual e irreversible decadencia. Es claro que los libros en papel cada vez se venderán menos, que los comercios dedicados a este maravilloso objeto serán cada vez más escasos y que sus márgenes de negocio irán cuesta abajo sin remedio. En mi ciudad no hago más que oír rumores y noticias ciertas de problemas, impagos, recortes, despidos, traslados a locales más pequeños e inminentes cierres.

En las grandes ciudades, y sólo en ciertas librerías, las cosas podrán sostenerse algo mejor, al menos durante unos años. Y ello por una cuestión de número, de cantidad de público lector culto. En esas urbes subsiste todavía un conjunto de lectores que podrá mantener ese tipo de negocio cultural más años, igual que hay en ellas tres mil personas entusiasmadas con la música clásica y contemporánea más exigente, y dispuestas a pagar entradas caras. Pero el proceso de arrinconamiento y sustitución del libro físico en todo el mundo es imparable, crisis económica actual al margen. No creo que desaparezca en lo que me queda de vida (después ya me da igual), pero a poco que la salud me respete, conoceré la aceleración de su inocultable ocaso. El futuro ya está dibujado: menos libros en papel, menos imprentas, menos distribuidoras, menos librerías, menos gente trabajando en la cadena del libro, menor peso económico del sector.

Con este triste telón de fondo me llamó la atención, antes de tenerla en mis manos, lo que supe sobre La buena novela, una novela, perdón por la redundancia, de la escritora francesa Laurence Cossé (editorial Impedimenta). Su lectura, puedo decir ahora, resulta altamente recomendable, al menos para quienes hemos sido dichosos en las librerías, o trabajan o tienen interés en algún eslabón de la cadena del libro.

La buena novela relata una aventura cultural, un sueño de dos personas, muy distintas en su biografía pero unidas por su amor a la literatura: abrir una librería donde sólo se vendan buenas novelas, las cuales, idean, pueden ser elegidas sumando las selecciones hechas por ocho grandes escritores franceses a los que piden su colaboración anónima y desinteresada bajo la forma de lista de trescientos títulos que cada uno de ellos considera fundamentales en la literatura mundial. En esa librería, situada en el centro de París (saben que su proyecto sólo es viable en una gran ciudad), no se venden los éxitos de moda, no se admiten las novedades que, sin discriminación, quieren colocar las editoriales y distribuidoras. No se encuentra en su tienda cualquier clase de ficción: sólo aquella que los ocho escritores han seleccionado con un criterio de calidad. Gran parte de la trama la llenan las consecuencias que esta empresa cultural, elitista sin complejos, desencadena, algunas muy poco gratas.

La buena novela no defiende los libros, cualquier libro, sino, únicamente, el buen libro. Cossé reivindica la gran literatura, el canon dictado por personas que han dedicado su vida a la lectura y la creación y que tienen un gusto elevado y exigente, formado tras muchos años de lectura, personas por tanto sin ninguna gana de perder el tiempo con la novela de moda, el best seller millonario o el último “descubrimiento” de un nuevo autor, tildado siempre de genial e imprescindible por los críticos perezosos y que promocionan, cada dos por tres, los departamentos de marketing de las grandes editoriales, como si todas las semanas surgieran grandes escritores.

No es extraño que tal proyecto, que no se edifica a partir de los gustos del gran público (gustos a los que se da la espalda, salvo en casos milagrosos de gran novela que además obtiene éxito popular), concite adhesiones cálidas, en especial de lectores confiados en que todo lo que se vende en el establecimiento viene avalado y merece el intento de su lectura. Pero esta librería, su misma existencia, levanta dosis notables de hostilidad en sectores varios: editoriales y distribuidoras molestas porque ningún escritor ha seleccionado sus “productos”, críticos acomodaticios o cobardes que recomiendan sin criterio ni moral, novelistas que no encuentran en las mesas o en las baldas sus novelas, grandes cadenas de librerías que consideran la apertura de La buena novela una agresión a sus criterios empresariales. Pero también lanzan sus dardos contra la librería sectores ideológicos “progresistas”, airados porque su mismo planteo les parece elitista, antidemocrático, un desprecio al gusto popular de muchos lectores. En fin, demasiados enemigos de un sueño, y algunos muy poderosos.

Nos hallamos ante una novela, entendido aquí el término como un artefacto de la imaginación. Y lo digo porque no conozco ninguna librería que se haya creado bajo esos principios, y menos en ciudades medias o pequeñas. En las realmente existentes, salvo en las especializadas temáticas (en libro religioso, educativo, técnico, jurídico, de viajes, etc.), se vende de todo, libros de exquisito valor literario o ensayístico pero también novelones de consumo rápido o sencillamente infectos. Los libreros, ahora y siempre, han aceptado el libro malo, sobre todo si se vende mucho; incluso los libreros más atentos a la calidad o a lo minoritario salvan su negocio vendiendo esos bestsellers. Bien, de acuerdo. Y más ahora, con la decadencia del libro de papel. Sin embargo…, lo mismo que ciertas editoriales se han ganado una credibilidad entre los lectores por su catálogo y su trayectoria en el tiempo, y todos sus libros merecen crédito, al menos de entrada, ¿sería tan irrealizable, en grandes ciudades, algún establecimiento en el que pudiéramos entrar confiados en que todo lo que se vende ha sido depurado, no por el mercado, sino por gente con lecturas y criterio exquisito?

Me lo he pasado muy bien leyendo esta novela sobre libros, bibliómanos y librerías, y sobre el amor a la literatura y la comunidad informal que crea ese amor. Creo que gana en los largos pasajes que detallan el impulso inicial de los dos creadores de la librería, así como el diseño y creación de ésta, y que componen todo un tratado didáctico sobre estos establecimientos y el funcionamiento del sistema de distribución y venta de los libros. También se sostienen con gran decoro las pudorosas historias de amor y desamor que pespuntean esa trama principal. Pero creo que La buena novela pierde fuelle en la historia policial que va ganando peso en la última vuelta de la historia, hasta el punto de parecer que la propia escritora no termina de acometerla y resolverla con el entusiasmo que dedica a la peripecia de esta librería.

Así que termino con una paradoja. ¿Podría estar a la venta esta novela en una librería que se ciñera a los criterios que en ella se detallan? Me temo que no. Yo no la incluiría en ningún canon. Y sin embargo, contradictoriamente, me atrevo a recomendar su lectura, claro que sí.

15 enero 2013

Marcos Ordóñez

Todos los jueves comienzo El País leyendo los artículos de Marcos Ordóñez. Son lo mejor de un periódico, la verdad, muy venido a menos. También leo, hace más años, sus críticas teatrales en Babelia, esas que le han dado su mayor renombre. En todo caso, los textos de Ordóñez chorrean entusiasmo, traten sobre libros, películas, representaciones, series de televisión o cualquier otro asunto. La cultura es para Ordóñez un festín perpetuo, un conjunto de incitaciones gozosas, un carnaval de oportunidades de disfrute, aprendizaje y reflexión, un banquete en el que, encima, nunca se acabarán los platos que degustar.

Los escritos en prensa de Marcos Ordóñez me llevaron a sus libros, en especial a los menos “literarios”. He disfrutado y aprendido mucho últimamente con Telón de fondo, magnífica síntesis de análisis, confesión e información sobre el hecho teatral, pero también con la historia oral del Café Gijón, o con el volumen sobre los años españoles de Ava Gardner, o con las memorias de Alfredo Landa. Son libros donde, al menos hoy por hoy, encontramos el mejor Ordóñez, el que parece que no está porque en primer plano brillan las voces de otros, pero que ha hecho un trabajo esencial de reconstrucción de tales voces ajenas, que comparecen ante el lector con una autenticidad y una gracia que parecen naturales, sin que se note el esfuerzo de composición que han exigido. Me convencen menos sus novelas, salvo Comedia con fantasmas, un cálido homenaje al teatro español, lleno de la emoción y el vigor que Ordóñez insufla a su escritura.

Ya digo que uno lee a Ordóñez y se imagina a un hombre feliz, lleno de energía, entusiasmado con mucho de lo que saborea día a día en el banquete de la cultura. Un hombre que confiesa que lleva la vida que soñó desde niño, un hincha de la cultura que encima cobra por explicar a mucha gente sus estupendos descubrimientos y que parece sufrir sólo porque no va a tener tiempo para leer y ver todo lo que el mundo le ofrece.

Sin embargo, la lectura de Gaseosa en la cabeza, un texto memorialístico incluido en el libro Turismo interior, desvela otra cara mucho más tormentosa de la vida de Marcos Ordóñez. Adicciones varias durante muchos años, un amplio catálogo de miedos acosándolo siempre, ansiedad extrema, ataques de pánico y alucinaciones en los peores momentos, y un corolario forzoso de antidepresivos y ansiolíticos para controlar su débil psique. Gaseosa en la cabeza es un texto tremendo, una recapitulación del sufrimiento que ha acompañado al escritor en gran parte de su vida, un recuento de la infelicidad extrema que latía por debajo mientras Ordóñez daba a la luz su constante celebración de la cultura.

Pocos textos hay en castellano de la radicalidad indagatoria de Gaseosa en la cabeza. La exposición de la doliente intimidad del escritor es audaz, cruda, casi brutal. Y la figura de su padre, policía y escritor frustrado, que tan importante era también en otro libro autobiográfico previo de Ordóñez, Una vuelta por el Rialto, reaparece, al menos para que intuyamos una parte del peso, bueno y malo, que ha tenido en la vida del escritor.

Alegría, casi euforia ante los buenos libros, las buenas películas, las buenas obras de teatro. Y siempre una escritura ágil, vibrante, estimulante, feliz. Pero, como telón de fondo, una mente en el filo, brillante pero frágil, con la amenaza periódica de la caída. He leído que pronto aparecerá (El Aleph editores) Un jardín abandonado por los pájaros, su último libro, que bucea en su infancia y adolescencia en la Barcelona de los años sesenta. Ya me consumen las ganas de leerlo, con eso está dicho todo.

04 noviembre 2012

Héctor Abad Faciolince

Héctor Abad Faciolince en Pamplona. Los asistentes a los más de setenta clubes de lectura de Navarra –casi todos impulsados por las bibliotecas públicas- han ido leyendo El olvido que seremos, la memoria que el escritor colombiano escribió sobre su familia, y en especial sobre su padre, médico y activista de los derechos humanos asesinado en 1987 por los paramilitares de su país. Héctor Abad consiguió una obra repleta de amor, emoción, dolor y nostalgia, que bordea pero evita la trampa del sentimentalismo dulzón, y que ha conocido un justo éxito en muchos países. Así que no es raro que el sábado pasado nada menos que cuatrocientas personas acudiéramos a escucharlo hablar de El olvido que seremos y de lo que quisiera contarnos.

Lástima que, como pasa casi siempre en cualquier charla o conferencia, haya gente que parezca ir ante todo a colocar su discurso, gente que, más que escuchar al que ese día es protagonista, necesita hacerse oír. Esas personas no desean preguntar, aprender, “exprimir” al invitado excepcional, aprovechar su presencia para entender mucho más hondamente su obra. No, eso no es lo primordial. Pretenden hablar ellas, escucharse a sí mismas, “hacer un comentario”, como suelen decir, y eso cuando no se van por los cerros de Úbeda y pierden el hilo en peroratas interminables.

No hace falta ser un jubilado o desocupado para desempeñar ese irritante papel. Basta con disponer de un ego hipertrofiado, o con secretar el resentimiento de quien nada oscuramente piensa: “Yo tendría que estar ahí, yo tendría que ser quien evacuara a la humanidad todo lo que bulle en mi interior, no tú, conferenciante que debes escucharme a mí”.

Por si no fuera suficiente, sucede que con la crisis económica tan feroz que padecemos proliferan los que, sobre su papel habitual de oradores ególatras o resentidos, aprovechan, venga o no venga a cuento, para clamar contra los recortes y la maldad del gobierno. Se adjudican un papel de conciencia moral tronante, de voz indignada y doliente que clama frente a la injusticia. Como si los demás, a estas alturas, y encima en un ámbito al que hemos venido a otra cosa, necesitáramos que nos quitaran la venda de los ojos, o escuchar por enésima vez lo mismo. O mucho peor: ¡Como si lo necesitase el protagonista del día, al que urge enseñarle y adoctrinarle! Eso es, sencillamente, aldeanismo.

Menos mal que Héctor Abad supo sortear muy bien las minas que algunas asistentes le pusieron. Sus intervenciones no sólo tuvieron claridad, calor, humor y brillantez; además, orillaron con elegante silencio cuestiones muy locales en las cuales habían querido involucrarlo, y hubo un momento, el más vehemente en su intervención, en que quiso recordar premisas muy obvias sobre las conquistas de Occidente en libertad, tolerancia, derechos sociales y logros culturales, conquistas que, en un tono inflamado y feroz, uno oye desdeñar cada dos por tres y que, sin embargo, fuera de Europa parecen fabulosas a millones de personas.

Pero al cabo lo importante fue, al menos para mí, lo que Héctor Abad nos contó sobre el libro, o sobre lo que no incluyó en él por autocensura, o, en particular, las formas en que se equivocó en ciertos momentos clave de su vida, especialmente antes del asesinato de su padre, al cegarle el juicio ciertas pasiones. Y eso que Hector Abad, criado en una familia llena de amor, podría decir, como Merleau-Ponty, que nunca podrá curarse de su incomparable infancia. Pero hay cosas que entendemos tarde, cuando ya no tiene remedio lo que hicimos, o cuando nos arrepentimos sin remedio de aquello que no hicimos en el momento preciso. Lecciones que Héctor Abad Faciolince compartió con todos los que le escuchamos el sábado pasado, gracias a la comunidad que forman los clubes de lectura.

01 noviembre 2012

Agustín García Calvo en Burlada

Sería el año 1987. Un lunes de mediados de diciembre, frío, lluvioso. Un día de perros. Me cogí el coche, pese a que a las siete de la tarde el tráfico por el extrarradio era lento y pesado, por la hora y por la lluvia, y me fui al colegio Hilarión Eslava, en Burlada. Había leído que Agustín García Calvo iba a dar una conferencia. No puedo recordar quién la organizaba, a quién se le habría ocurrido la idea de traerlo a Pamplona. Yo no había escuchado nunca a este pensador verdaderamente singular, pero había leído algunos de sus libros —no sé cuánto había entendido de ellos—, y también elogios encendidos sobre su persona y trayectoria de profesores míos en Zorroaga como Fernando Savater o Félix de Azúa.

Resultó que la charla era en el gimnasio del colegio, un lugar gélido, desabrido a más no poder, en el que nos juntamos poco más de veinte asistentes. Todos íbamos con anoraks, con tabardos o abrigos, con gruesos jerseys y botas para la intensa lluvia. Pero él, su pelo largo y revuelto y unas patillas inmensas que en su caída acababan enlazando con un fino bigote, componiendo un continuo de pelo blanco, vestía con colores vivísimos, un revoltijo de camisas y pañuelos a cual más llamativo, que se acompañaba de un pantalón negro de cuero desafiante. No recuerdo sus zapatos, pero seguro que no eran como los nuestros, tan convencionales.

En cuanto se puso a hablar comprobé que estaba ante un orador tan formidable como avisaban los panegíricos de sus seguidores. García Calvo tenía una elocuencia que quería ser hipnótica. Su tono, las inflexiones de su voz, el ritmo de su elocuencia, las pausas y súbitas aceleraciones en su discurso, todo conspiraba para que nos quedásemos traspuestos, atrapados en la tela de araña de su argumentación. Y eso que el escenario de su actuación en nada ayudaba. El gimnasio tenía varias puertas, y durante muchos minutos jovenzuelos despistados estuvieron asomando sus narices por la sala, confundidos al ver a un viejo vestido con extravagancia, o simplemente al verificar que el gimnasio tenía esa tardenoche un uso bien distinto al habitual. Pero, claro, ese juego de entradas y salidas, de puertas que se abren y se cierran, contenía un ataque frontal a la seducción de García Calvo, que pugnaba, se notaba en su rostro y gestos, por ignorar las interrupciones juveniles. En un par de momentos a punto estuvo de lanzar su furia contra los elementos distractivos. Pero logró contenerse y seguir con su encantamiento verbal.

Una mujer sentada en primera fila, y vestida de modo menos llamativo que él, fue la primera en intervenir en el coloquio posterior. Sus palabras fueron críticas con lo dicho por García Calvo, y ambos se enzarzaron varios minutos en un animado rifirrafe. Luego supe que era su mujer, Isabel Escudero, y que el mismo ritual de la confrontación pública entre embos se repetía casi siempre en las charlas del filósofo zamorano. Lo comprobé años más tarde en otra intervención de este a la que acudí en la Escuela de Idiomas. Ese día, amén de la trifulca con Isabel Escudero, García Calvo se negó a que la televisión grabara nada de su intervención. El cámara ponía cara de alucinado y enfadado mientras el filósofo le explicaba por qué la televisión es intrínsecamente perversa, otro invento del Poder.

Aquella noche en Burlada García Calvo nos habló del Pueblo, esa entidad verdaderamente democrática precisamente por su indefinición, por su carácter tan poco preciso, y de cómo la llamada democracia, apoyada en la estadística, en contar votos, en la superstición de las mayorías y minorías, es una engañifa del Poder, uno de sus peores ardides. Bueno, nos habló de eso y de muchas cosas más. Pero yo, que les he perdido el respeto a esas lucubraciones del zamorano ahora fallecido, y que me parecen más extravagantes que su vistosísima indumentaria, no puedo olvidar su capacidad retórica descomunal, el modo en que, en un triste gimnasio escolar, supo subyugarnos aquella noche de diciembre. Como los grandes maestros, o al menos como los grandes sofistas.

18 octubre 2012

Lorenzo Silva

El lunes premiaron a Lorenzo Silva con el Planeta por su sexta novela con las andanzas de Bevilacqua y Chamorro, los guardiaciviles metidos a investigadores de crímenes. Mucho dinero para el escritor, pese al mordisco feroz que Hacienda les da a los seiscientos mil euros que acompañan al galardón. Me alegro por Silva, porque, vista la trayectoria del Planeta, uno siempre puede temerse lo peor. Y Silva no es lo peor, qué va.

He leído las cinco novelas anteriores con Bevilacqua y Chamorro como protagonistas. Pero desde 1998 todas las he ido sacando en préstamo de bibliotecas públicas. Lo mismo que espero hacer en pocos meses con esta próxima, La marca del meridiano. Silva escribe con fluidez, agilidad y viveza, y sus novelas son entretenidas, correctas, bien tramadas, con una buena dosificación de los elementos de la intriga. Pero al conjunto le falta densidad, profundidad, y le sobran, creo, los largos parlamentos, una cierta verbosidad discursiva en muchos fragmentos. Yo prefiero las novelas negras más secas, en las que el mostrar predomine netamente sobre el decir, aquellas en que el autor enseñe, y no explique tanto.

Tampoco le beneficia, creo, su empeño por reivindicar a la Guardia Civil. No lo digo porque haya una voluntad deliberada de embellecer y falsear la realidad del Cuerpo. Sobre esto no puedo decir nada. El problema es que esa intención del novelista, por muy ajustado que sea su retrato a la verdad cotidiana del instituto armado, lastra los resultados literarios, elimina factores que en la gran novela negra americana eran fundamentales: la ironía, el sarcasmo, la ambigüedad, una atmósfera moral turbia, a veces brutal y desquiciada, que envolvía no sólo a los criminales, sino también a los detectives y policías, y en general a todos los personajes supuestamente “inocentes”. Las novelas de Silva resultan en cambio, pese a los crímenes y a las ocasionales tramas corruptas que aparecen, mucho más planas, asépticas, buenistas.

Hace años que leo solo de ciento a viento novelas negras, policiales, criminales o como queramos llamarlas, y nunca he sentido ganas de volver a alguna de ellas. Me enganchan, las leo con avidez, con el mismo impulso que me puede llevar a ver una película mediocre en la tele o a comer almendras o patatas fritas. Pero pronto me empacho, casi nunca les encuentro entidad literaria, pronto les descubro las rígidas costuras y convenciones del género, y las abandono una buena temporada. En eso he cambiado. De joven leí a los que sigo considerando verdaderamente grandes, Dashiell Hammet o Raymond Chandler, y a muchos otros que, siendo inferiores, me obsequiaron con estupendos ratos. Robert Parker, por ejemplo, un americano muy prolífico que creó al gran detective Spencer, hasta en su peor novela me parece muy superior a escritores europeos como Silva. Incluso Vázquez Montalbán me parece que rayaba a gran altura en un par o tres de sus aventuras de Pepe Carvalho.

Admito que en parte mi alejamiento del género puede deberse a que no soy el mismo. Sin embargo, no puedo entender, por ejemplo, el prestigio de autores de moda como Don Winslow o de Henning Mankell, aunque también me hayan hecho pasar buenos momentos. Hace poco leí la última novela de John Verdon, y me pareció flojísimo. Sólo las novelas de una española, Marta Sanz (Black, black, black y Un buen detective no se casa jamás) me han parecido dignos intentos de jugar con las convenciones del género para ir más allá, bastante más allá.

07 octubre 2012

Secretos y mentiras

He leído, por motivos profesionales, el original de una biografía de Emiliana de Zubeldía que se publicará pronto. Pianista y compositora navarra nacida en 1888, Emiliana fue una mujer notable. Estudió en Madrid y París y a partir de 1927 recorrió varios países americanos, en los que trató a muchos músicos, compuso un buen número de obras y ofreció recitales pianísticos. A comienzos de los años cuarenta se estableció en México, y más en concreto, a partir de 1947, en Hermosillo, la capital del norteño estado de Sonora, donde desarrolló hasta su muerte,¡casi a los cien años!, una ingente labor en todos los terrenos de la actividad musical, y donde se convirtió en una personalidad.

La biografía que he revisado, escrita por una discípula mexicana de la compositora que tuvo con ella trato muy frecuente en los últimos veinte años de la vida de esta, es muy completa en el recuento de su actividad creativa, profesional y pública. Pero es muy parca en lo que respecta a su vida privada. En ese sentido, la biógrafa respeta el empeño de la propia señorita Zubeldía (así la llamaban en Hermosillo, o también Miss Zubeldía) por ocultar cualquier detalle de su vida que no perteneciera a su actividad creativa y profesional. En ese soterramiento, la compositora fue llamativamente obsesiva. Sin embargo, hay aspectos de su vida, y de su mismo proceder respecto a esa andadura casi centenaria por Europa y América, que incitan a reflexionar sobre el sentido del secreto, y acerca del relato que esta compositora, pero también mucha otra gente, quiere construir para contarse y contarnos, a despecho si es preciso de la verdad.

Lo primero que ocultó hasta el delirio Miss Zubeldía fue que había estado casada. En 1919, y en la Colegiata de Roncesvalles, se celebró su boda con Joaquín Fuentes, empresario, químico y director del Laboratorio Agrícola Provincial de Navarra. El matrimonio, saludado en la prensa de la época nada menos que como “las bodas entre la ciencia y el arte”, duró solo dos años. Emiliana huyó a París, y nunca volvió a ver a su marido, aunque él, durante varios años, mantuvo oficialmente la ficción de que “su esposa” vivía en la capital francesa solo porque allí podía continuar su formación.

Gracias a dos artículos (aquí y aquí) de Fernando Pérez Ollo —a quien tantos lectores de Diario de Navarra echamos en falta— he sabido que, a partir de su abandono de Europa en 1927, Emiliana de Zubeldía no solo ocultó episodios anteriores de su vida. Es que además, y esto es más interesante e inusual, se inventó elementos de una biografía fantástica.

Lo menos importante es que siempre engañara respecto a los años que tenía,y eso que llegó a declarar treinta menos de los reales. Más sorprendente es que se dijera nacida en Arnaiz, un pueblo imaginario; o que presumiera de ser “vasca por los cuatro costados”, para lo cual sustituyó su cuarto apellido, León, procedente de la localidad riojana de Cervera de Río Alhama, por el de Echeverría. Y también resulta fantasioso que se calificase como una emigrada política.

No, Emiliana no había recalado en América en 1927 por motivos políticos, ni muchísimo menos. Y, no residiendo en España desde tantos años atrás, pudo retornar en el franquismo más de una vez con toda normalidad, aunque de riguroso incógnito. En particular, vino a Navarra a comienzos de los años sesenta para visitar a uno de sus hermanos, ya muy enfermo, el sacerdote y conocido publicista religioso Néstor Zubeldía, que había oficiado su boda. Este canónigo mantenía asimismo relación frecuente con su antiguo cuñado, Joaquín Fuentes, el abandonado. Un día, cuenta Pérez Ollo, “Joaquín pasó a ver a su cuñado canónigo en la casa del Arcedianato, le acompañó buena parte de la tarde y se marchó sin saber que en la habitación de al lado estaba su mujer”.

Esta escena, los cuñados que pasan juntos más de tres horas mientras Emiliana, pared con pared, se oculta de su antiguo marido tiene, en mi opinión, una poderosa entidad dramática, como si formara parte de una obra de teatro repleta de secretos, mentiras y añejas querellas. Han pasado más de cuarenta años desde la boda en Roncesvalles, los protagonistas de entonces se han convertido en unos viejos, y cabría suponer que todas las pasiones de antaño, de cualquier signo, han perdido su vigor. Pero Emiliana de Zubeldía no quiere ni ver al que, siquiera dos años, fue su marido. Parece evidente que, a despecho del tiempo transcurrido, hay sentimientos poderosos que siguen vivos, antiguas heridas del espíritu que no se han cerrado. Aventuras, inventos y mistificaciones, podríamos decir a la manera barojiana, de una mujer que deja abiertas en nuestra mente varias preguntas.

04 octubre 2012

De Polonia a Codés

Leo a diario, casi siempre en cinco minutos, el Diario de Noticias, un periódico mediocre en el que abundan las noticias mal redactadas, las denuncias hilvanadas con pocos datos y los articulistas y periodistas que, como las cabras, tiran siempre al mismo monte. ¿Como todos los periódicos, dirá alguien, cada uno con sus intereses y su ideología? No exactamente, no todos exhiben el descaro panfletario que se gasta este.

El otro día encontré sin embargo un artículo que llamó mi atención. Una buena historia. A propósito de la para mí ignota «Novena a Nuestra Señora de Codés», el opinante comenzaba lamentando la atención pastoral que el arzobispado presta a la zona. Por lo visto, las misas de la Novena fueron celebradas casi todos los días por un anciano sacerdote «renqueante y lector inaudible de toda la misa». Y el último día, el domingo, llegó, «para quedarse» y «atender varios pueblos de la zona» un cura congoleño que, dice el articulista, «aterrizó en Codés sin ninguna presentación y (me temo) sin ninguna preparación ni adaptación». Eso sí, al menos es «alto, fuerte, con pinta de jugador de baloncesto». Su castellano es «aceptable», pero posee, dice el informante, «una mentalidad y teología (me temo otra vez) muy alejadas de nuestros pueblos».

Lo más llamativo, o sugerente, venía a continuación. Para subrayar la «degradación pastoral» de Codés y los pueblos que rodean el Santuario, el articulista recordaba que durante ocho años «ha estado de párroco Jean Borysowsky, sacerdote procedente de Polonia. Cuando apareció por Codés apenas podía comunicarse en castellano. Las misas eran leídas totalmente y era imposible entenderle nada». Y después de ocho años, y eso me sorprende, «cuando el pasado 25 de junio se despidió de Torralba del Río, apenas pudo decir unas palabras». El sacerdote, presume el articulista, se ha ido de la zona «porque no pudo adaptarse a la vida e idiosincracia de estos pueblos. No consiguió integrarse».

Aquí, en la historia de este clérico polaco que no se entiende con sus feligreses, hay materia para una buena narración, un nuevo Diario de un cura rural que, en la estela del de Georges Bernanos, contara las crisis que ha debido de vivir el cura en una tierra para él hostil. Ese relato podría abordarse en tonos muy diversos: humorístico o sainetesco, con anclaje en la literatura del absurdo más desaforado, pero también dolorido y melancólico. Aun sin conocer los pormenores de esos ocho años, a mí la figura del religioso perdido, muy perdido, en el remoto valle de Aguilar me inspira piedad. ¿Cómo se las ha apañado tanto tiempo en una tierra en la que se entendía fatal, y ello, además, en el doble sentido de la expresión: lingüístico, pero también mental, cultural?

Mi simpatía por este sacerdote se acrecienta cuando leo que «el verano era para él un verdadero suplicio». Y es que, cuenta el articulista, «en una ocasión me confesó que iba a hablar con el señor Obispo porque no podía con tantos pueblos y con tantas fiestas, sobre todo con tantas fiestas (hubo meses que tuvo que atender ocho o diez pueblos)». No me extraña, pobre Borysowsky, que sufriera tanto. Por motivos muy distintos, yo también padecí la pesadilla de las fiestas patronales, un invento que a estas alturas, cuando el río de la diversión se ha desbordado incontenible, anegando todos los días del año y cualquier lugar del mundo, resulta decididamente anacrónico, redundante, superfluo. Y me lleva a pensar que en algunas de las procesiones y misas que acompañé muchos años con mi música en los pueblos en fiestas, tal vez el cura anhelaba lo mismo que yo: que se acabe pronto esto, que se acabe de una bendita vez.

26 septiembre 2012

Benet y Martín Gaite: cartas y amistad

En 1964, Carmen Martín Gaite y Juan Benet se reencuentran en Madrid, tras haberse tratado someramente a principios de los cincuenta en una tertulia de jóvenes escritores que se reunía en un café cercano a las Cortes. A la altura de 1964 Carmen Martín Gaite ya ha publicado sus primeros relatos y novelas y posee un nombre en la sociedad literaria, mientras que Juan Benet, ingeniero que ha trabajado más de diez años a pie de obra en carreteras, presas y puentes construidos en León y Asturias, es un escritor casi inédito y desconocido. Sólo ha publicado en 1960, pagándoselo él mismo, un volumen de relatos, Nunca llegarás a nada, del que guarda cientos de ejemplares que está dispuesto a regalar a cualquiera que muestre un mínimo interés. Pero en 1964 se acerca a la cuarentena y, aunque desconocido, se puede decir que está “armado” literariamente. Muchos años de lecturas y de escritura han forjado un estilo que, si bien influido por Faulkner, Kafka Proust y otros prosistas franceses, tiene un tono propio, radicalmente innovador en el panorama literario español. Sabe qué quiere escribir, tiene una novela muy avanzada. También tiene muy claro lo que no quiere, lo que rechaza con desdén: el realismo, o peor, el costumbrismo que, según él, y con pocas excepciones, dominan la producción literaria en castellano, al menos en España.

El reencuentro de 1964 de estos dos escritores es tan grato y estimulante para ambos que se inicia una gran amistad. “Mucho tengo que retroceder en el tiempo para recordar dos horas tan buenas como las que pasé ayer en tu casa. Son de esas que almacenan beneficio y lo van desplegando después y a distancia”, le escribe Martín Gaite a Benet. Porque esos frecuentes encuentros y largas conversaciones les inclinan también a comenzar una correspondencia que continúe y profundice todo aquello que surge en sus charlas. Las cartas que se cruzan, las que no se han perdido, se publicaron en 2011 en un libro (Galaxia Gutenberg) que estos días he leído con pasión. No son misivas sobre incidencias personales o domésticas, pese a que ambos dejen caer aquí y allí, muy levemente, alusiones a no pocas pérdidas, tristezas e infelicidades. No, la correspondencia mantiene, al menos en los primeros años, hasta 1967, una formidable altura intelectual. Los dos quieren reflexionar, fijar conceptos, definir sus posiciones, y vuelan siempre muy por encima de las anécdotas o los datos.

El interés primero por el diálogo epistolar es de Carmen Martín Gaite, pero es Benet quien, respondiendo a su invitación, envía, de las que se han conservado, las cartas más hondas y brillantes. La escritora, a la que entusiasma este cruce sobre la literatura y lo que importa de verdad en la ficción, pero también sobre otros asuntos (la depresión, la voluntad, el peso del tiempo en las actitudes vitales, etc.), es una interlocutora de gran nivel, pero las cartas de Benet revelan, como he dicho, que aunque ignorado entonces como escritor, tiene ya unos criterios sólidos sobre lo que quiere escribir, y también sobre muchos planos de la existencia. Sus cartas, en realidad ensayos breves redactados en su estilo suntuoso y un tanto enrevesado, no dan facilidades al lector (Benet casi nunca se las dio), pero revelan un hombre con opiniones profundas, originales y muy fértiles a la hora de animar a seguir pensando.

En enero de 1968 se publica la primera novela de Benet, Volverás a Región. Y pronto, aunque en niveles muy minoritarios -toda vez que se trata de una historia morosa y compleja-, comienzan a surgirle admiradores nuevos, jóvenes muy atentos a las nuevas corrientes de la ficción y que ven en su literatura algo en verdad radical. Benet es solicitado y agasajado por distintos círculos, sus compromisos aumentan, y sus cartas a Martín Gaite se hacen mucho menos frecuentes y sustanciosas. La escritora reacciona, echa en falta esas misivas, la presencia tan sugerente e “íntima” que habían adquirido en su vida, y le reprocha a Benet su silencio, a veces con un dolor, una irritación y una acidez que, según ha confesado atónito Félix de Azúa, entonces uno de esos jóvenes, el escritor no hubiera tolerado a ninguna de sus nuevas amistades. Martín Gaite, por ejemplo, para justificar que no lo llamará en su cumpleaños, le escribe que “Desde que estás tan descaradamente entregado a la exhibición y publicidad de tu propia persona física de escritor de moda –apreciado no tanto por la calidad de sus páginas cuanto por un entrechocar de anécdotas, ditirambos y vaciedades-, he pensado que mi llamada la meterías en el mismo saco que la de Molina Foix, Ana María Moix o cualquier oix similar, tan proclive como tu nueva situación te ha hecho a confundir la velocidad con el tocino”. Reproches de este tipo, cargados de dolor y rabia, hay varios en otras cartas. En 1973 Carmen Martín Gaite publicará un racimo de ensayos, La búsqueda de interlocutor y otras búsquedas, y en el que dio título al libro, que habían discutido a fondo en los años dorados de su amistad, coloca esta dedicatoria: “Para Juan Benet, cuando no era famoso”. Vale decir, cuando no debía atender mil solicitaciones, cuando era mi amigo de verdad, cuando le gustaba discutir conmigo, cuando se tomaba el trabajo de dialogar y explicitar sus posturas para estimular y acompañar mi vida.

Pero la amistad ni es algo incólume e inmune al tiempo, ni muchos menos se puede exigir como si fuera la cláusula de un contrato. Benet, que ya había dejado claro años antes que la escritura era un juego para él, y que la correspondencia no podía someterse a un turno riguroso y forzado, quiso cortar por lo sano, en una carta que no se ha conservado, la catarata de reproches de Martín Gaite. Esta tuvo que pedirle disculpas por su tono agresivo y comninatorio. En todo caso, muy pocas cartas más se enviaron.

¿Siguieron siendo amigos? No de la misma manera que en el periodo “dorado” de 1964-66. Me parece que algo sustancial se había perdido entre los dos. ¿Quién no ha conocido más de una vez en la vida estos cambios en la calidad de sus amistades, esas quiebras donde al menos uno de los dos pierde sin remedio la compañía y el influjo benéfico y valioso del amigo que ha cambiado y se alejan o desaparece?

Pero algo quedaba, al menos por la parte de la escritora. En 1985, bastantes años después, Carmen Martín Gaite le escribe a Benet: “¿qué me haría ilusión en este momento, qué podría darme un poco de alegría? Y me dije, que apareciera Juan Benet y se sentara aquí un rato conmigo. Aunque no dijera nada”. Lo que no obsta, ay, para que dos meses después, en una carta cariñosa que responde a una misiva perdida del escritor, y en la que elogia hasta la caligrafía de éste, no pueda evitar terminar: “Deberías dar tus obras siempre escritas a mano. Tal vez ganaran en estilo y transparencia”. Amigos pero…