Aupa! K tal?
Así, con la puntuación y contracción de palabras de un sms, saludaba el otro día el alcade de mi pueblo en su última carta buzoneada a los vecinos. Abajo, junto a la firma, y supongo que para que veamos que, pese a su rango de alkatea, no ha dejado de ser un tío majo, el regidor añadía, como es norma en él, y en mayúsculas, su diminutivo, el que emplearán sus familiares y colegas: XENTXO. ¿Xentxo es nuestro alcalde? ¿Por qué no Pirritx, Porrotx, Nabucodosorcito eta Txiribiton?
Este señor piensa que el pueblo-ciudad-barrio en el que vivo es un gaztetxe. Y que los serios problemas que padece el municipio hay que discutirlos y resolverlos al modo en que los majos los abordan en el gaztetxe, con una peculiar y simple manera de entender la “democracia participativa”. De tal confusión han venido algunos de los problemas más llamativos de este mandamás municipal.
El viernes pasado Xentxo dejó de ser alcalde. ¿Por qué? No ha dicho o hecho, en sus diez meses de mando, algo inesperado en él. No ha habido sorpresas en su actuación, se le conocía bien en el ayuntamiento. Sigue siendo el joven que era el pasado año, pegado aún en tantos aspectos al mundo de Batasuna. Pero el mismo Partido Socialista que en junio de 2007 obligó a sus concejales a votarle (incluso con presencia de un comisario político en la sala, no fuera que los ediles olvidasen la orden de la dirección), les ha permitido ahora que lo descabalgaran. Diez meses perdidos, muchos proyectos parados, ayuntamiento funcionando a medio gas.
Al fondo sigue latiendo la actuación de los socialistas en aquellos dos meses, y su entusiasmo por el pacto con Nabai en el tiempo en que Xentxo fue elegido. ¿Qué pasó para que se rectificara sobre la marcha? En rigor, ni idea. Hemos oído tonterías, farfolla retórica, balbuceos del entonces candidato. Por lo visto no merecemos una explicación digna sobre las razones de aquella negociación y sobre el cambio de rumbo.
Xentxo, uno de los afectados por el volantazo, ya es concejal en la oposición. Veremos si los años lo sacan del gaztetxe mental en que parece vivir. ¿Bien está lo que bien acaba?
Un ángulo me basta entre mis lares, un libro y un amigo, un sueño breve, que no perturben deudas ni pesares.
30 abril 2008
29 abril 2008
Antonio Herrero, maestro de periodistas
A ratos, en librerías y grandes superficies –no pienso comprarlo-, leo el volumen escrito por Luis Herrero, periodista y ahora europarlamentario del PP, sobre su amigo y colega Antonio Herrero, fallecido en 1998, cuando era una de las estrellas de la COPE. Yo recuerdo bien el estilo de Antonio Herrero, brutal, chulesco, vociferante, atrabiliario y arbitrario. Su amigo cree, en cambio, que fue el mejor periodista radiofónico español de los últimos cincuenta años. Y eso lo afirma la misma autoridad que en varios pasajes confiesa haberse equivocado de medio a medio en su actuación profesional, en juicios sobre hechos y personas y en muchas de sus previsiones políticas y personales. Su ensalzamiento de Antonio Herrero creo que entraría muy bien en esa holgada bolsa de deslices.
Un detalle me ha llamado la atención, porque creo que revela mucho sobre el estilo informativo de Antonio Herrero. Le preguntaron en una revista, poco antes de morir, sobre el número de veces que había sido invitado por Aznar a tertulias gastronómicas en la Moncloa. Con rotundidad, proclamó que jamás había compartido mesa palaciega ni con el presidente conservador ni, por supuesto, con el anterior inquilino monclovita, Felipe González. Su declaración era una mentira, y de hecho el libro reproduce varias fotos en las que posan en la Moncloa Aznar, los dos Herrero, José María García y Federico Jiménez Losantos antes o después de uno de sus encuentros con menestra y lubina por medio. Luis Herrero le afeó su trola en cuanto la leyó. Era muy fácil que lo pillaran, le dijo, cualquiera podía filtrar las fotos. Antonio Herrero simplemente se encogió de hombros y cambió de tema.
Así concebía el trabajo periodístico este adalid de la denuncia y la verdad. Así continúan entendiéndolo esos predicadores que todos los días se desgañitan en la misma emisora cristiana. ¿Qué importa la realidad si uno disfruta tronando y componiendo figura de incorruptible?
Un detalle me ha llamado la atención, porque creo que revela mucho sobre el estilo informativo de Antonio Herrero. Le preguntaron en una revista, poco antes de morir, sobre el número de veces que había sido invitado por Aznar a tertulias gastronómicas en la Moncloa. Con rotundidad, proclamó que jamás había compartido mesa palaciega ni con el presidente conservador ni, por supuesto, con el anterior inquilino monclovita, Felipe González. Su declaración era una mentira, y de hecho el libro reproduce varias fotos en las que posan en la Moncloa Aznar, los dos Herrero, José María García y Federico Jiménez Losantos antes o después de uno de sus encuentros con menestra y lubina por medio. Luis Herrero le afeó su trola en cuanto la leyó. Era muy fácil que lo pillaran, le dijo, cualquiera podía filtrar las fotos. Antonio Herrero simplemente se encogió de hombros y cambió de tema.
Así concebía el trabajo periodístico este adalid de la denuncia y la verdad. Así continúan entendiéndolo esos predicadores que todos los días se desgañitan en la misma emisora cristiana. ¿Qué importa la realidad si uno disfruta tronando y componiendo figura de incorruptible?
13 abril 2008
Traductor, traidor
En mis visitas a El Parnasillo, Javier, el librero de Pamplona, apasionado por los clásicos griegos y latinos, más de una vez me ha enseñado versiones castellanas muy distintas de versos del poeta Catulo. Nos hemos reído comprobando cómo algunos traductores, incómodos o avergonzados por la crudeza sexual del poeta, buscaron la forma más eufemística de verter su palabra al español. Latinistas pacatos ha habido, incluso, que prefirieron pasar al griego los versos del poeta antes que escribir algo similar a “Os daré por el culo y me la vais a chupar”, una traducción de Catulo hoy presente en librerías. Y Aníbal Núñez, donde otros habían escrito que la dulce Ipsitila se prepara para abrazar a Catulo nueve veces seguidas, tradujo, sencillamente, que se trataba de nueve polvos.
Leí hace pocos días que la traductora al gallego del exitoso libro de Mark Haddon que en castellano se tituló El curioso incidente del perro a medianoche se atuvo a “un enfoque no sexista” en su tarea. Y es que, palabras textuales de la señora, María Raimóndez, “las estrategias de traducción que utilizo" (debería ir a la cárcel de papel no menos de diez años y un día por expresarse así), "implican no usar el masculino de forma sistemática”.
Si María Raimóndez hubiera dado a la luz un texto suyo, podría haber de su capa un sayo. De hecho, que se ejercite sin traba ninguna en esa tesis que está preparando “sobre las interacciones entre ideología y traducción”. Pero no era el caso. Ateniéndose al “enfoque no sexista” que defiende, en su traducción unos men, en inglés, pasaron a ser xente, dice el editor que se negó a publicar lo que la traductora había manipulado. Y el propio Mark Haddon, terciando en la disputa entre editor y traductora, escribió que "cambiar el sexo de un personaje donde está suficientemente claro cuál es el sexo, es totalmente inaceptable".
¿No estamos, en las versiones de Catulo y en este episodio gallego, ante dos episodios perfectamente análogos de anteojeras ideológicas y de falta de respeto a los originales? Cambian los tiempos, pero el ánimo censoril y manipulador simplemente muda de piel.
Leí hace pocos días que la traductora al gallego del exitoso libro de Mark Haddon que en castellano se tituló El curioso incidente del perro a medianoche se atuvo a “un enfoque no sexista” en su tarea. Y es que, palabras textuales de la señora, María Raimóndez, “las estrategias de traducción que utilizo" (debería ir a la cárcel de papel no menos de diez años y un día por expresarse así), "implican no usar el masculino de forma sistemática”.
Si María Raimóndez hubiera dado a la luz un texto suyo, podría haber de su capa un sayo. De hecho, que se ejercite sin traba ninguna en esa tesis que está preparando “sobre las interacciones entre ideología y traducción”. Pero no era el caso. Ateniéndose al “enfoque no sexista” que defiende, en su traducción unos men, en inglés, pasaron a ser xente, dice el editor que se negó a publicar lo que la traductora había manipulado. Y el propio Mark Haddon, terciando en la disputa entre editor y traductora, escribió que "cambiar el sexo de un personaje donde está suficientemente claro cuál es el sexo, es totalmente inaceptable".
¿No estamos, en las versiones de Catulo y en este episodio gallego, ante dos episodios perfectamente análogos de anteojeras ideológicas y de falta de respeto a los originales? Cambian los tiempos, pero el ánimo censoril y manipulador simplemente muda de piel.
10 abril 2008
Gonzalo Rubalcaba
Tarde de jazz. Gracias a la Universidad Pública de Navarra, tenemos la dicha de contemplar el delicado, tenso y enérgico enfrentamiento de un hombre con un piano. Tiene Rubalcaba un dominio técnico apabullante del intrumento, salta a la vista en los primeros minutos, de manera que las manos no tendrán problema en ejecutar lo que su cabeza le dicte. Pequeño pero robusto, con la cabeza hundida sobre el teclado, como queriendo fundirse con el piano, oído muy alerta, parece probar sonidos, posibilidades, acordes, cambios bruscos de ritmo, variaciones.
En realidad, más que variaciones, Rubalcaba, como otros grandes del jazz, abre fisuras en los viejos temas, y, por esos huecos, introduce notas nuevas, giros insólitos. Canciones de su Cuba natal, o incluso algún estándar de la nación en que vive (¡nada menos que una composición como Barras y estrellas, que siempre he unido a marchas militares!), son desarticulados con mucho tacto. El pianista inserta flamantes piezas de sonido que abren senderos, bloques arriesgados y chocantes que obligan a recomponer cada canción al tiempo que multiplican su hondura y sutileza.
En algún momento recordamos a Debussy, Satie, Mompou. Y me viene también a la cabeza esa línea de El pianista, la novela de Vázquez Montalbán, en la que un viejo amigo y luego enemigo del vencido pianista le rinde, después de muchos años alejados, el máximo homenaje del que es capaz. Sustituyendo sólo el nombre, decimos: “Bravo, Gonzalo. Excelentes los silencios”.
Es mejor quedarse con la belleza. Es preferible sobreponerse y olvidar lo inadecuado del local para una exhibición de piano solo que hubiera exigido el silencio y la escucha de una sala de conciertos. Qué sentido tiene distraerse con los niños que gritan y los borricos que charlan ruidosamente al fondo mientras beben, con las puertas que se abren y dejan pasar los ruidos del campus, con los que huyen a media canción, los que rayan el suelo con las sillas mientras disparan la enésima foto, el espeso olor a comida del recinto. Eso, definitivamente, es secundario ante el vendaval de música que Rubalcaba nos ha regalado. Bravo por la responsable cultural de la Universidad, que nos ha permitido escuchar esta hermosura, y que no tiene ninguna culpa en las circunstancias. Bravo por Rubalcaba, sus sonidos y sus silencios.
En realidad, más que variaciones, Rubalcaba, como otros grandes del jazz, abre fisuras en los viejos temas, y, por esos huecos, introduce notas nuevas, giros insólitos. Canciones de su Cuba natal, o incluso algún estándar de la nación en que vive (¡nada menos que una composición como Barras y estrellas, que siempre he unido a marchas militares!), son desarticulados con mucho tacto. El pianista inserta flamantes piezas de sonido que abren senderos, bloques arriesgados y chocantes que obligan a recomponer cada canción al tiempo que multiplican su hondura y sutileza.
En algún momento recordamos a Debussy, Satie, Mompou. Y me viene también a la cabeza esa línea de El pianista, la novela de Vázquez Montalbán, en la que un viejo amigo y luego enemigo del vencido pianista le rinde, después de muchos años alejados, el máximo homenaje del que es capaz. Sustituyendo sólo el nombre, decimos: “Bravo, Gonzalo. Excelentes los silencios”.
Es mejor quedarse con la belleza. Es preferible sobreponerse y olvidar lo inadecuado del local para una exhibición de piano solo que hubiera exigido el silencio y la escucha de una sala de conciertos. Qué sentido tiene distraerse con los niños que gritan y los borricos que charlan ruidosamente al fondo mientras beben, con las puertas que se abren y dejan pasar los ruidos del campus, con los que huyen a media canción, los que rayan el suelo con las sillas mientras disparan la enésima foto, el espeso olor a comida del recinto. Eso, definitivamente, es secundario ante el vendaval de música que Rubalcaba nos ha regalado. Bravo por la responsable cultural de la Universidad, que nos ha permitido escuchar esta hermosura, y que no tiene ninguna culpa en las circunstancias. Bravo por Rubalcaba, sus sonidos y sus silencios.
01 abril 2008
Siempre dando lecciones
Este Christopher Hitchens, del que se acaba de publicar Dios no es bueno, una crítica feroz de la religión. Pero ahora me interesa otro asunto. Hace pocos años furibundo troskista, Hitchens es hoy un desacomplejado defensor de Bush y de la guerra de Irak. No es poca mutación para alguien que en tiempos exigió un juicio internacional a Henry Kissinger (¿un tipo peor que Bush o Donald Rumsfeld?) por cargos tan leves, apenas una minucia, como “crímenes de guerra, crímenes contra la humanidad, y por delitos contra el derecho consuetudinario o internacional, entre ellos el de conspiración por cometer asesinato, secuestro y tortura”.
No está mal cambiar, evolucionar, rectificar. Hay personas que con los años, por suerte, van adquiriendo más y mejor información, y una comprensión más amplia y profunda de la naturaleza humana y de los procesos sociales. Ello les conduce a desechar sus ideas o visiones antiguas más toscas y erróneas, y adoptar otras mejor fundadas, razonadas, complejas y consistentes. Hitchens, creo, es un ejemplo de alguien que, al menos en varios aspectos, ha ganado respecto a la época en que peroraba, insultaba y despotricaba desde las revistas inglesas más izquierdosas.
Pero hay en mí un fondo íntimo de disgusto e irritación ante esta clase de personas (Hitchens no es más que un síntoma) que, por encima o por debajo de sus mudanzas vitales o ideológicas mantienen, intacto, su férreo dogmatismo, su desprecio por el que no piensa exacta y milimétricamente como ellos, incluso su chulería personal e intelectual, su personalidad displicente y autoritaria, el ánimo discurseador del que tiene un proyecto de salvación que, sea el que sea, le parece evidente. En España sufrimos casos muy sonoros. Cambian (¿cambiamos?) de ideas, de partido, de tribunas donde bramar. Pero la estructura básica de la personalidad subsiste idéntica. Los hay que, doble marca, fueron izquierdistas con crueldad y ahora son conservadores con vileza. Y también, por ejemplo en España, quienes –menos- han transitado de un derechismo religioso o incluso de un falangismo a una izquierda que se apunta a todos los trenes “resistentes” o “antiglobalizadores” de moda, a todo lo que se mueve.
No quiero generalizar, no sería justo. Pero se me ocurren unos cuantos nombres de intelectuales (y de otras gentes: hay quien ha pasado, cerca de mí, por cinco o seis partidos) que igual han entendido más o menos el fondo doctrinal –y proteico- del liberalismo, pero no tienen ni idea de lo que es una conducta liberal. Y no digamos de lo que significan la duda, el relativismo, el escepticismo, la humildad o la simple prudencia.
El brillante y temible Christopher Hitchens, según su amigo Martin Amis cuenta en Experiencia, le organizó en cierta ocasión una bronca monumental a Saul Bellow. El americano (¿hay alguien más grande en la novelística de la segunda mitad del siglo XX?) había invitado a cenar a los dos jóvenes británicos airados. Pero todo salió mal. El despliegue de Hitchens, su “estampida cerebral” en defensa de Palestina y contra el estado de Israel fue de tal calibre (“catarata de razón pura con todo lujo de detalles concretos, precedentes históricos, candentes estadísticas, llamativas y finas distinciones”), aplastó de tal modo a Bellow que la velada se estropeó sin remedio. Hay que ser un cretino, a un paso de la gilipollez redomada, para comportarse así, mucho más si Hitchens lo hizo apoyándose –lo dice Amis- en un intelectual tan discutible y sobrevalorado como Edward Said. ¿No pensará ahora este feroz polemista que más le valía haber aprovechado el encuentro con Bellow para aprender algo de él, en lugar de asestarle su propio discurso, que seguro que por otra parte el autor de Herzog ya habría oído decenas de veces?
Hoy Hitchens no piensa lo mismo que entonces. Pero no sé si no sigue siendo el mismo. Como dijo alguien que le conocía muy bien, la frase “no sentirse avergonzado lo más mínimo” se debería haber inventado pensando en él. Bueno, en él y en otros muchos que yo me sé.
No está mal cambiar, evolucionar, rectificar. Hay personas que con los años, por suerte, van adquiriendo más y mejor información, y una comprensión más amplia y profunda de la naturaleza humana y de los procesos sociales. Ello les conduce a desechar sus ideas o visiones antiguas más toscas y erróneas, y adoptar otras mejor fundadas, razonadas, complejas y consistentes. Hitchens, creo, es un ejemplo de alguien que, al menos en varios aspectos, ha ganado respecto a la época en que peroraba, insultaba y despotricaba desde las revistas inglesas más izquierdosas.
Pero hay en mí un fondo íntimo de disgusto e irritación ante esta clase de personas (Hitchens no es más que un síntoma) que, por encima o por debajo de sus mudanzas vitales o ideológicas mantienen, intacto, su férreo dogmatismo, su desprecio por el que no piensa exacta y milimétricamente como ellos, incluso su chulería personal e intelectual, su personalidad displicente y autoritaria, el ánimo discurseador del que tiene un proyecto de salvación que, sea el que sea, le parece evidente. En España sufrimos casos muy sonoros. Cambian (¿cambiamos?) de ideas, de partido, de tribunas donde bramar. Pero la estructura básica de la personalidad subsiste idéntica. Los hay que, doble marca, fueron izquierdistas con crueldad y ahora son conservadores con vileza. Y también, por ejemplo en España, quienes –menos- han transitado de un derechismo religioso o incluso de un falangismo a una izquierda que se apunta a todos los trenes “resistentes” o “antiglobalizadores” de moda, a todo lo que se mueve.
No quiero generalizar, no sería justo. Pero se me ocurren unos cuantos nombres de intelectuales (y de otras gentes: hay quien ha pasado, cerca de mí, por cinco o seis partidos) que igual han entendido más o menos el fondo doctrinal –y proteico- del liberalismo, pero no tienen ni idea de lo que es una conducta liberal. Y no digamos de lo que significan la duda, el relativismo, el escepticismo, la humildad o la simple prudencia.
El brillante y temible Christopher Hitchens, según su amigo Martin Amis cuenta en Experiencia, le organizó en cierta ocasión una bronca monumental a Saul Bellow. El americano (¿hay alguien más grande en la novelística de la segunda mitad del siglo XX?) había invitado a cenar a los dos jóvenes británicos airados. Pero todo salió mal. El despliegue de Hitchens, su “estampida cerebral” en defensa de Palestina y contra el estado de Israel fue de tal calibre (“catarata de razón pura con todo lujo de detalles concretos, precedentes históricos, candentes estadísticas, llamativas y finas distinciones”), aplastó de tal modo a Bellow que la velada se estropeó sin remedio. Hay que ser un cretino, a un paso de la gilipollez redomada, para comportarse así, mucho más si Hitchens lo hizo apoyándose –lo dice Amis- en un intelectual tan discutible y sobrevalorado como Edward Said. ¿No pensará ahora este feroz polemista que más le valía haber aprovechado el encuentro con Bellow para aprender algo de él, en lugar de asestarle su propio discurso, que seguro que por otra parte el autor de Herzog ya habría oído decenas de veces?
Hoy Hitchens no piensa lo mismo que entonces. Pero no sé si no sigue siendo el mismo. Como dijo alguien que le conocía muy bien, la frase “no sentirse avergonzado lo más mínimo” se debería haber inventado pensando en él. Bueno, en él y en otros muchos que yo me sé.
28 marzo 2008
Azcona, el escéptico
Como a Jose Mari Romera, la muerte de Rafael Azcona me hizo volver el mismo martes a Memorias de sobremesa, el libro que Angel Sánchez-Harguindey preparó hace diez años a partir de unas conversaciones entre el gran guionista y Manuel Vicent. Los dos y el editor comieron varios días en un buen restaurante, y el fruto depurado de sus charlas, grabadas tras el yantar, es este libro, irregular, desequilibrado, pero con páginas muy amenas, nutrido de peripecias biográficas de los dos escritores, de historias mínimas y chuscas que nos devuelven al negro franquismo, de algunas reflexiones más o menos jugosas sobre el éxito, el amor, la vejez, la muerte o el patriotismo y, como es de rigor en una sobremesa relajada de amigos, con anécdotas traídas con mucha gracia por Vicent o Azcona.
Da pena que un volumen tan entretenido ande descatalogado hace tiempo. Incluso en los grandes sitios web de venta de libros (iberlibro y uniliber) sólo quedan dos ejemplares. Por eso me atrevo a reproducir unas líneas que considero significativas de las actitudes movían a Rafael Azcona, “un escéptico de todo”, como dice, “y, sobre todo, de mi propio escepticismo”. Se comprende así que admirara la respetuosa y descreída conducta de un barbero ampurdanés que “antes de meterle al cliente la tijera le preguntaba amablemente: ‘¿Con conversación o callado?’ Si le pedían que mantuviera cerrada la boca no despegaba los labios, pero si el cliente deseaba conversación, el barbero inquiría: “¿Dándole la razón o con controvesia?”.
El escepticismo de Azcona no era fúnebre ni agónico, sino vitalista, sensual y ajeno a cualquier palabra inflamada o solemne: “abrir los ojos por la mañana y notar que no me he muerto me produce una sensación muy placentera, y no comprendo el lío que se ha armado tanta gente intentando buscarle un sentido a la existencia: la vida no tiene otro sentido que ése, el que le da vivirla”.
En ese planteamiento tan elemental, y la consiguiente aversión hacia las grandes palabras, o hacia el patriotismo o el heroísmo, encaja el rechazo, que tantas veces apareció en sus guiones, a los uniformes, los militares, el servicio militar y la guerra. Azcona recuerda a propósito una historia que no precisa comentario: al estallar la guerra civil, un pastor, un chico de dieciséis o diecisiete años, estaba en el monte, como casi todo el año, cuidando el ganado. “Un día el alcalde del pueblo, que por cierto era el sacristán, sube al monte y le dice: ‘Tienes que bajar a Logroño, que te llaman para el servicio militar’. El chico, que no había salido nunca de aquel monte, va a Logroño, se presenta en el cuartel, le dan un uniforme que le sobra por todas partes, lo meten en un tren, llega al frente del Ebro y nada más bajar del tren, y sin saber ni siquiera a quién debía considerar ‘enemigo’, lo matan de un morterazo”.
Da pena que un volumen tan entretenido ande descatalogado hace tiempo. Incluso en los grandes sitios web de venta de libros (iberlibro y uniliber) sólo quedan dos ejemplares. Por eso me atrevo a reproducir unas líneas que considero significativas de las actitudes movían a Rafael Azcona, “un escéptico de todo”, como dice, “y, sobre todo, de mi propio escepticismo”. Se comprende así que admirara la respetuosa y descreída conducta de un barbero ampurdanés que “antes de meterle al cliente la tijera le preguntaba amablemente: ‘¿Con conversación o callado?’ Si le pedían que mantuviera cerrada la boca no despegaba los labios, pero si el cliente deseaba conversación, el barbero inquiría: “¿Dándole la razón o con controvesia?”.
El escepticismo de Azcona no era fúnebre ni agónico, sino vitalista, sensual y ajeno a cualquier palabra inflamada o solemne: “abrir los ojos por la mañana y notar que no me he muerto me produce una sensación muy placentera, y no comprendo el lío que se ha armado tanta gente intentando buscarle un sentido a la existencia: la vida no tiene otro sentido que ése, el que le da vivirla”.
En ese planteamiento tan elemental, y la consiguiente aversión hacia las grandes palabras, o hacia el patriotismo o el heroísmo, encaja el rechazo, que tantas veces apareció en sus guiones, a los uniformes, los militares, el servicio militar y la guerra. Azcona recuerda a propósito una historia que no precisa comentario: al estallar la guerra civil, un pastor, un chico de dieciséis o diecisiete años, estaba en el monte, como casi todo el año, cuidando el ganado. “Un día el alcalde del pueblo, que por cierto era el sacristán, sube al monte y le dice: ‘Tienes que bajar a Logroño, que te llaman para el servicio militar’. El chico, que no había salido nunca de aquel monte, va a Logroño, se presenta en el cuartel, le dan un uniforme que le sobra por todas partes, lo meten en un tren, llega al frente del Ebro y nada más bajar del tren, y sin saber ni siquiera a quién debía considerar ‘enemigo’, lo matan de un morterazo”.
25 marzo 2008
Me estoy quitando de la prensa
Este sábado no había periódicos. Ya saben que eso sucede sólo tres fechas en el año. Para alguien amante de las rutinas, que disfruta desayunando siempre en la misma cafetería y consume en ese rato bastante café y su buena dosis de papel prensa, el sábado (santo) empieza de manera algo desconcertante. Lo mejor es cambiar de pastelería y arriesgarse por otras zonas del pueblo. Acabo encontrando por casualidad a una persona que aprecio mucho y que, al tener costumbres similares, también ha salido a desayunar un poco desorientado. Pasamos una hora cafeteando, al tiempo que nos encendemos y reímos con las miserias que la política navarra expele a tutiplén.
De todos modos, hace pocos años los días sin prensa eran más desazonantes. Acabaré quitándome del vicio. Mi atención mientras leo va siendo cada vez más leve. Me apasiona la política, pero la información que hoy puede leerse al respecto oscila entre dos degeneraciones: el periodismo de declaraciones –yo digo una enormidad en una rueda de prensa o en un acto de partido o en el parlamento, tú me contestas, y el intermediario reportero, vago él, se limita a transcribir esas bobadas y titular con la más llamativa—, y las suposiciones, filtraciones e intoxicaciones “de fuentes generalmente bien informadas”, que conforman un análisis político de ínfima calidad. Ni siquiera se hace un digno periodismo de combate. Hoy recuerda Arcadi Espada que el gran Furio Colombo añoraba aquel tiempo en que los diarios se ponían a la cabeza de la opinión pública y la conducían allá donde creían razonable. Y apostilla Arcadi: “nada que ver con nuestros días, donde los periodistas, a imitación de los políticos, se limitan a ponerse delante de la pancarta, sin interés ni fuerzas para levantarla”.
No tengo ni de lejos un periódico de referencia. Ninguno me convence tan siquiera medianamente. Acabo atendiendo sólo con cierto cuidado a la información cultural y a ciertos articulistas. Lo demás..., yo qué sé, me empacha, pero con ese tipo de hartura que proviene no de una buena comida, sino de un atracón de patatas fritas de bolsa o de ganchitos. Información basura. Porque, al margen de la política, me estragan los demasiados sucesos, la crónica rosácea, los tediosos deportes que saltan a la primera página cada dos por tres y los penosos suplementos finisemanales en colorines, que fijan una imagen de la mujer estúpida y degradante (con la complicidad de millones de féminas, por lo visto).
Al final no sabemos qué pensar. Como dice Marcelo Figueras en su magnífico blog, “viviendo en un mundo que chorrea ‘noticias' a toda hora y por todos sus orificios —creo que lo más sensato es cuestionar el carácter verdaderamente noticioso de los factoides con que se nos bombardea—, el hombre y mujer comunes ‘saben' más cosas que nunca, que nadie —y a la vez entienden poco y nada”—.
De todos modos, hace pocos años los días sin prensa eran más desazonantes. Acabaré quitándome del vicio. Mi atención mientras leo va siendo cada vez más leve. Me apasiona la política, pero la información que hoy puede leerse al respecto oscila entre dos degeneraciones: el periodismo de declaraciones –yo digo una enormidad en una rueda de prensa o en un acto de partido o en el parlamento, tú me contestas, y el intermediario reportero, vago él, se limita a transcribir esas bobadas y titular con la más llamativa—, y las suposiciones, filtraciones e intoxicaciones “de fuentes generalmente bien informadas”, que conforman un análisis político de ínfima calidad. Ni siquiera se hace un digno periodismo de combate. Hoy recuerda Arcadi Espada que el gran Furio Colombo añoraba aquel tiempo en que los diarios se ponían a la cabeza de la opinión pública y la conducían allá donde creían razonable. Y apostilla Arcadi: “nada que ver con nuestros días, donde los periodistas, a imitación de los políticos, se limitan a ponerse delante de la pancarta, sin interés ni fuerzas para levantarla”.
No tengo ni de lejos un periódico de referencia. Ninguno me convence tan siquiera medianamente. Acabo atendiendo sólo con cierto cuidado a la información cultural y a ciertos articulistas. Lo demás..., yo qué sé, me empacha, pero con ese tipo de hartura que proviene no de una buena comida, sino de un atracón de patatas fritas de bolsa o de ganchitos. Información basura. Porque, al margen de la política, me estragan los demasiados sucesos, la crónica rosácea, los tediosos deportes que saltan a la primera página cada dos por tres y los penosos suplementos finisemanales en colorines, que fijan una imagen de la mujer estúpida y degradante (con la complicidad de millones de féminas, por lo visto).
Al final no sabemos qué pensar. Como dice Marcelo Figueras en su magnífico blog, “viviendo en un mundo que chorrea ‘noticias' a toda hora y por todos sus orificios —creo que lo más sensato es cuestionar el carácter verdaderamente noticioso de los factoides con que se nos bombardea—, el hombre y mujer comunes ‘saben' más cosas que nunca, que nadie —y a la vez entienden poco y nada”—.
21 marzo 2008
Curiosidad por las vidas ajenas (II)
Sigo con mucho gusto el blog de Rafael Reig. A veces me carcajeo con sus maldades sobre el mundillo literario, en ocasiones discrepo de las enormidades que suelta, y hay días que admiro o me repele el personaje un tanto autodestructivo y baldragas que compone este Reig.
Desde luego lo que aplaudo sin reservas del blog es su carácter de diario nítidamente personal, tan autobiográfico que el escritor no teme adentrarse en nimiedades. Las andanzas con su hija Anusca, los concursos de paellas con su novia, las partidas de ajedrez con sus amigos, las anécdotas en sus viajes, el trasiego desbocado de whiskis y licores varios, las rutinas menudas en diferentes bares (según el día de la semana o el compañero de bebidas que se tercie), esas fotos tontas que salpican las crónicas y en las que posan hijas, hijastras, novias, primos, compinches y conocidos..., todo eso, contado con la gracia que se trae Reig, me entretiene y divierte casi siempre.
¿Que por qué digo esto? Porque me sigue asombrando el desdén que encuentro de vez en cuando a mi alrededor por las vidas ajenas. ¿Sentido exagerado de la discreción? ¿Autismo? ¿Satisfacción por vivir exclusivamente en las alturas de las excelsas teoría, o de las generalidades sin nombres ni detalles particulares?
La educación de Oscar Fairfax, una novela de Louis Auchincloss que recomiendo con ganas, se abre con unas líneas de Madame Du Deffand que me han hecho cavilar en la misma dirección. No me describen aún con propiedad (a estas alturas de mi inmadurez y curiosidad intelectual me parecería una estúpida jactancia hacerlas mías), pero puede que con el tiempo acaben dibujándome: “Todas las historias universales y las investigaciones sobre la causa de las cosas me aburren. He agotado todas las novelas, los cuentos y las obras de teatro; tan sólo las cartas, las vidas y las memorias escritas por aquellos que narran su propia historia me divierten y despiertan mi curiosidad. La ética y la metafísica me aburren intensamente. ¿Qué puedo decir? He vivido demasiado”.
Desde luego lo que aplaudo sin reservas del blog es su carácter de diario nítidamente personal, tan autobiográfico que el escritor no teme adentrarse en nimiedades. Las andanzas con su hija Anusca, los concursos de paellas con su novia, las partidas de ajedrez con sus amigos, las anécdotas en sus viajes, el trasiego desbocado de whiskis y licores varios, las rutinas menudas en diferentes bares (según el día de la semana o el compañero de bebidas que se tercie), esas fotos tontas que salpican las crónicas y en las que posan hijas, hijastras, novias, primos, compinches y conocidos..., todo eso, contado con la gracia que se trae Reig, me entretiene y divierte casi siempre.
¿Que por qué digo esto? Porque me sigue asombrando el desdén que encuentro de vez en cuando a mi alrededor por las vidas ajenas. ¿Sentido exagerado de la discreción? ¿Autismo? ¿Satisfacción por vivir exclusivamente en las alturas de las excelsas teoría, o de las generalidades sin nombres ni detalles particulares?
La educación de Oscar Fairfax, una novela de Louis Auchincloss que recomiendo con ganas, se abre con unas líneas de Madame Du Deffand que me han hecho cavilar en la misma dirección. No me describen aún con propiedad (a estas alturas de mi inmadurez y curiosidad intelectual me parecería una estúpida jactancia hacerlas mías), pero puede que con el tiempo acaben dibujándome: “Todas las historias universales y las investigaciones sobre la causa de las cosas me aburren. He agotado todas las novelas, los cuentos y las obras de teatro; tan sólo las cartas, las vidas y las memorias escritas por aquellos que narran su propia historia me divierten y despiertan mi curiosidad. La ética y la metafísica me aburren intensamente. ¿Qué puedo decir? He vivido demasiado”.
20 marzo 2008
Lo que ocultamos
"Las relaciones humanas, cuando las contemplamos en sí mismas y no como adorno social, vemos que están dominadas por un espectro: excepto de una manera precaria, no nos entendemos entre nosotros, no sabemos revelar nuestro interior, ni siquiera cuando lo deseamos; lo que llamamos intimidad no es más que algo improvisado; el conocimiento perfecto es una ilusión. Pero en la novela podemos conocer a las personas perfectamente y, aparte del placer normal que proporciona la lectura, podemos encontrar una compensación de lo oscuras que son en la vida real. En este sentido, la ficción es más verdad que la Historia, porque va más allá de lo visible, y cada uno de nosotros sabe por propia experiencia que existe algo más allá de lo visible; incluso si el novelista no lo consigue del todo, bueno..., por lo menos lo ha intentado. (...) Y por eso es por lo que las novelas, incluso cuando tratan de seres malvados, pueden servirnos de alivio; nos hablan de una especie humana más comprensible y, por tanto, más manejable; nos ofrecen una ilusión de perspicacia y de poder".
E. M. Forster
Aspectos de la novela
E. M. Forster
Aspectos de la novela
19 marzo 2008
La experiencia turística
«Sabemos que la creciente amplitud de nuestro mundo de experiencia no lleva pareja la profundidad de lo vivido. Y, aunque sea enormemente complicado comparar con tiempos pasados sin que asomen falsas nostalgias de lo que nunca fue, quizás en este caso sí podría ser verdad que a más extensión, más superficialidad. Posiblemente, el mejor ejemplo de lo que digo pueda encontrarse en la experiencia del turista que, simplemente por el hecho de mirar, sin saber nada, cree ya conocer. . (...) La pregunta es: ¿hasta qué punto la “experiencia turística”, la del que mira sin llegar a ver, invade el propio mundo cotidiano, penetrando hasta los espacios más cercanos y hasta las mismas relaciones cara a cara? ¿Somos cada día más unos turistas sin movernos de casa?
Se me hizo clara esta sensación cuando, participando el viernes pasado en la extraordinaria ceremonia religiosa del entierro del abad Cassià Maria Just, no paraban de entrar y salir grupos de turistas, la mayoría gente mayor, que se contentaban con mirar sin entender nada. Entraban en la basílica, descubrían con sorpresa la multitud –sin atender a que seguía muy emocionadamente la liturgia-, intentaban colarse a codazos hasta donde podían, no llegaban a ver ni a escuchar nada y se retiraban después de algunos minutos sin haberse ni enterado de que se trataba de un entierro. Hacían ruido, hablaban entre ellos, les sonaba el móvil, sacaban fotos, pero no preguntaban nada a los que intentábamos mantener la concentración, no por no atreverse, sino porque nos consideraban atrezzo del espectáculo que estaban viendo. En realidad, tenían bastante con dar un vistazo, como quien se agolpa detrás de un grupo de curiosos para saber qué miran.
(...) En la basílica de Montserrat, el contraste era especialmente intenso por la distancia que había entre la profundidad religiosa, artística y de sentimientos que tejía y vehiculaba aquel ritual que agrupaba a la mayoría de los asistentes y la levedad de la experiencia de los que entraban y salían. Por si fuera poco, los portadores de la superficialidad no eran adolescentes a los cuales es tan fácil achacar este tipo de males, sino gente mayor. (...) En el fondo, me pareció estar ante una metáfora de lo que es el estilo de vida actual, aplicable por igual a la política, a las creencias, no digamos al ocio, y a las propias relaciones personales».
Salvador Cardús i Ros
La Vanguardia, 19 de marzo
Se me hizo clara esta sensación cuando, participando el viernes pasado en la extraordinaria ceremonia religiosa del entierro del abad Cassià Maria Just, no paraban de entrar y salir grupos de turistas, la mayoría gente mayor, que se contentaban con mirar sin entender nada. Entraban en la basílica, descubrían con sorpresa la multitud –sin atender a que seguía muy emocionadamente la liturgia-, intentaban colarse a codazos hasta donde podían, no llegaban a ver ni a escuchar nada y se retiraban después de algunos minutos sin haberse ni enterado de que se trataba de un entierro. Hacían ruido, hablaban entre ellos, les sonaba el móvil, sacaban fotos, pero no preguntaban nada a los que intentábamos mantener la concentración, no por no atreverse, sino porque nos consideraban atrezzo del espectáculo que estaban viendo. En realidad, tenían bastante con dar un vistazo, como quien se agolpa detrás de un grupo de curiosos para saber qué miran.
(...) En la basílica de Montserrat, el contraste era especialmente intenso por la distancia que había entre la profundidad religiosa, artística y de sentimientos que tejía y vehiculaba aquel ritual que agrupaba a la mayoría de los asistentes y la levedad de la experiencia de los que entraban y salían. Por si fuera poco, los portadores de la superficialidad no eran adolescentes a los cuales es tan fácil achacar este tipo de males, sino gente mayor. (...) En el fondo, me pareció estar ante una metáfora de lo que es el estilo de vida actual, aplicable por igual a la política, a las creencias, no digamos al ocio, y a las propias relaciones personales».
Salvador Cardús i Ros
La Vanguardia, 19 de marzo
27 enero 2008
Facto delafé y las flores azules
No me extraña que Julio Ruiz los haya elegido para abrir todos los días "Disco grande". Creo que hay que escucharlos.
14 enero 2008
Angel González
Epílogo
Me arrepiento de tanta inútil queja,
de tanta
lamentación improcedente.
Son las reglas del juego inapelables
y justifican toda, cualquier pérdida.
Ahora
sólo lo inesperado o lo imposible
podría hacerme llorar:
una resurrección, ninguna muerte.
Se ha muerto Angel González, y no me extraña que aparezcan tantos artículos sobre él, tantos elogios, tantos lamentos por su ausencia. Porque, más allá de lo que puedan llorarlo sus amigos, Angel González ha sido uno de los pocos poetas que verdaderamente ha llegado en los últimos años al corazón de un amplio público lector. Sin bajar la guardia de la calidad, González ha escrito poemas de una rara sencillez y hondura, poemas que circulan de verdad, y no sólo entre enamorados, poemas que ayudan a muchos a decir lo que las palabras propias no aciertan a formar.
En fin, mucho mejor leer a José María Romera. Él sí ha sabido explicar el milagro limpio y hermoso de esta poesía para todos los públicos.
Me arrepiento de tanta inútil queja,
de tanta
lamentación improcedente.
Son las reglas del juego inapelables
y justifican toda, cualquier pérdida.
Ahora
sólo lo inesperado o lo imposible
podría hacerme llorar:
una resurrección, ninguna muerte.
Se ha muerto Angel González, y no me extraña que aparezcan tantos artículos sobre él, tantos elogios, tantos lamentos por su ausencia. Porque, más allá de lo que puedan llorarlo sus amigos, Angel González ha sido uno de los pocos poetas que verdaderamente ha llegado en los últimos años al corazón de un amplio público lector. Sin bajar la guardia de la calidad, González ha escrito poemas de una rara sencillez y hondura, poemas que circulan de verdad, y no sólo entre enamorados, poemas que ayudan a muchos a decir lo que las palabras propias no aciertan a formar.
En fin, mucho mejor leer a José María Romera. Él sí ha sabido explicar el milagro limpio y hermoso de esta poesía para todos los públicos.
06 enero 2008
Una biblioteca
El texto que viene a continuación aparecerá muy pronto en la revista TK, que editan anualmente los bibliotecarios de Navarra. El bloque especial del número de este año tiene una parte sobre bibliotecas privadas.
Mi biblioteca, un proyecto de lectura
Tengo una biblioteca en casa que en estos momentos rondará ya los diez mil volúmenes. Se ha ido formando sin ninguna pretensión, simplemente al correr de los días y de mi adicción por los libros y la lectura. No trato de batir ningún record ni pretendo alardear de nada. Tampoco me mueve un impulso coleccionista o inversor de ninguna clase. Sucede, sin más, que me gusta comprar libros, y que quiero que me acompañen y pueda consultarlos y disfrutarlos en cualquier momento. Eso sí, la biblioteca, desigual, desequilibrada, nutrida y al mismo tiempo modesta, pero muy personal, es, económica y sentimentalmente, mi posesión material más valiosa.
Comencé a comprar libros tarde, a los quince años, cuando gané mis primeros dineros trabajando. Antes, lógico, no tenía un real. En mi ambiente las pagas daban para muy poco. Al llegar a la adolescencia no poseía más de veinte títulos, porque en mi familia los libros brillaban por su ausencia. Mis padres no eran burgueses, o simplemente ilustrados que alimentasen un ambiente en el que poseer libros y leerlos fueran gusto y costumbre. Así que guardo memoria del ansia con que, sobre todo a partir de los nueve años, aguardaba el valiosísimo obsequio de un volumen, que siempre rogaba que fuera de Enid Blyton con aventuras de los cinco, excepto en 1970, cuando por cincuenta pesetas compré y tragué en horas lo que entonces consideraba una joya, el análisis del influyente periodista Pedro Escartín sobre el mundial de México, aquel que ganó la selección mágica del último Pelé. ¿Qué más pude leer? Algún libro que me dejaron en el colegio, especialmente a partir de los once años, y los que eran propiedad de mi hermana (diez o doce: Martín Vigil, El diario de Daniel, Corazón...). Ah, y muy especialmente los que me pasaba un primo que influyó mucho en mí, libros marxistas, o más exactamente troskistas, junto a otros cristianos y rojeras muy baratos de la editorial ZYX, que yo no entendía más que a medias pero deglutía sin pestañear.
A los quince años empecé a ganar dinero en verano, y mis compras se hicieron entusiastas y sostenidas. Aún conservo libros adquiridos en 1973, con una emoción inaugural, en un comercio de vida breve, la galería Artiza, en la calle del Carmen. Las conquistas cogieron velocidad de crucero cuando a los 24 años tuve ya un sueldo regular y satisfactorio, y desde entonces nunca han cesado. Para comprar he pasado miles de horas en librerías, refugios donde se me pasan sin sentir y que me atraen en sí mismas, al margen de si acabo o no llevándome algo. En las librerías puedo quedarme absorto mucho tiempo, en un estado de extrema concentración y felicidad, sorprenderme ilusionado con novedades aún calientes, detenerme otra vez en títulos que he hojeado varias veces sin terminar de decidirme, picotear sin prisa ni fatiga, coger el vuelo de una frase o de un fragmento en que he recalado sin más... Qué bien estoy en las librerías, en particular en aquellas espaciosas donde nadie pregunta ni molesta y se puede navegar de descubrimiento en descubrimiento, solazándome con la soledad, al albur de una cubierta llamativa, de una sorpresa, del recuerdo agradecido de otro libro del mismo autor, del lanzamiento que llama imperiosamente.
Una nota casi al margen: en las librerías, y muy de joven, fui miembro también del club de los que de vez en cuando distraían ciertos ejemplares, los cuales, no se sabe en virtud de qué misterioso procedimiento, desembocaban bajo el abrigo o dentro de los pantalones. No conozco a nadie que se jacte de esos despistes de juventud. Pero este asunto requeriría otro artículo. Creo que ahora es más prudente orillarlo, no sin antes recomendar un precioso texto de Nuria Amat, El ladrón de libros.
Como me gustan casi todas las librerías, no puedo ser cliente de una sola, ni siquiera en mi ciudad. En este rubro del consumo me importa mucho ser un hombre sin ataduras ni obligaciones, aunque sólo sean morales o amistosas. No me apetece ser fijo del mismo lugar, por muchos descuentos o condiciones especiales de pago que propongan. Prefiero distribuir mi dinero sin compromisos, abierto al hallazgo en cualquier puesto, local u ocasión. Este llamado de la libertad se ha visto reforzado con la aparición de internet, junto a una fuerte ampliación de oportunidades. En las librerías la vida de los libros cada vez es más breve, y la red ayuda a prolongarla. En ella rescatamos títulos desaparecidos del circuito, esos que en su momento tal vez tuvimos en las manos pero desdeñamos, hasta que al tiempo la sugerencia de alguien, un comentario leído en algún lugar o el descubrimiento de otros libros del autor que sea nos hace rastrearlos sin dilación.
En algunos campos sí compruebo que el tiempo me ha transformado. En los primeros años, esos en los que me hacía con muchos más libros en la época estival, adquirí cientos de novelas policiacas a bajo precio. Fue la época de las maravillosas colecciones de bolsillo de Alianza (todo lo que antes había publicado Emecé en Argentina), Enlace y Bruguera. Pude recorrer gracias a ellas, y entre otros muchos nombres, a los clásicos del género: Hammet, Chandler, Thompson, Ross Mac Donald, Horace McCoy. Como también eran años de cinefilia desbocada, me dio fuerte por los libros sobre este séptimo arte. Con los años esa pasión de juventud se ha deslavado, pero antes se hundió la de comprar y leer libros sobre él. Otro ámbito en el cual tiempo ha que no gasto nada es el de la educación. En el trastero se arrinconan, junto a propuestas teórico-prácticas que intentaban guiarnos en la ilusionada senda de la nueva escuela, los métodos de Celestin Freinet que Laia vendió a los rojeras en los setenta y ochenta —juguetes rotos tras muchos años de ilusión—, y también un puñado de títulos publicados, en coedición con la misma editorial, por la revista Cuadernos de Pedagogía, faro y guía ella misma de nuestros afanes liberadores. Guardo, en fin, en rimeros de incómodo acceso muchos tratados o panfletos más o menos marxistas, leninistas, maoístas y de otras ramas teosóficas, comprados en la época en que amábamos tanto a la revolución. Por cierto que en 1982 me aconteció algo que, de puro azaroso e improbable, nadie se atrevería a insertar en ninguna ficción: en un terremoto que sufrió Pamplona de mediana magnitud cayó sobre mi cráneo poco privilegiado, desde lo más alto de un armario con estanterías, el célebre manual de Marta Harnecker Los conceptos elementales del materialismo histórico, fatigado y subrayado con denuedo en los setenta pero en los ochenta condenado al destierro de las alturas. Tal vez este accidente fuese un ardid de alguna suerte de justicia comunista en venganza por mi desviación.
Salvo en estos cuatro ámbitos, en los que ahora compro muy poco, mis intereses han permanecido sólidos y estables: filosofía –mucha en ciertos periodos—, literatura –siempre—, política e historia –a rachas—, ensayo –creciendo—. Una novedad relativa, tal vez producto de la edad, es que cada vez conquistan más baldas las memorias, biografías y diarios –cuanto más personales, e incluso íntimos, mejor— y los libros que salvan correspondencia entre políticos o escritores. Hay en la magnética atracción por este campo de la memoria personal una necesidad, primero, de satisfacer mi curiosidad por las vidas ajenas; pero anida también la esperanza, por suerte a veces satisfecha, de sacar ejemplos y contraejemplos útiles para mi propia existencia, de atisbar vidas paralelas, o muy poco paralelas, que despejen unos centímetros mi confusión existencial, o al menos me regalen el triste consuelo de la identificación dolorosa y sin consuelo.
Como señaló Nicholas Negroponte en su célebre Ser digital, mientras que los bytes de cualquier documento electrónico no tienen color ni tamaño ni peso, y pueden desplazarse a la velocidad de la luz, los libros están compuestos de átomos, y por tanto conforman una masa, como dice el gurú, “voluminosa, pesada e inerte”. Vaya, que ocupan mucho sitio —y que transportarlos en grandes cantidades machaca cualquier espalda—. En mi caso, y en lo que se refiere al espacio, por ahora voy solventando el problema. Parto desde luego de una premisa: quiero tener los libros cerca, en mi casa. Por suerte las circunstancias personales y económicas hasta ahora me lo han permitido. Nunca he querido alquilar un espacio donde guardar al menos una parte, una bajera o similar. Sólo nueve meses estuvieron mis amados libros, los que entonces tenía, en un guardamuebles, en el intervalo entre un viejo y un nuevo domicilio. Los eché mucho en falta, incluso debido a circunstancias profesionales en las cuales algunos me hubieran venido de perlas. Cuando los reencontré y pude darles estantería en la nueva casa, sentí un genuino placer.
Los libros están en todas las habitaciones excepto los cuartos de baño. Como dice un personaje de La casa de papel, la preciosa fábula sobre bibliópatas, más que bibliómanos, del uruguayo Carlos Domínguez, para tener libros en los baños sería preciso manejar sólo agua fría, y a eso no estoy (todavía) dispuesto. Me gustan las duchas largas y con el agua muy caliente. Pero, cuartos de baño aparte, los libros llevan camino de atestar todas las habitaciones, si bien aún hoy los mantengo más o menos a raya. Eso sí, ya se han hecho dueños de un cómodo sillón donde antes dormía la siesta, han vivido alguna temporada en el suelo o en otros sofás mientras esperaba nuevas estanterías, y en muchas de éstas he dispuesto dos filas —los de delante ocultan a los del fondo— y además aprovecho los resquicios en las pilas verticales para que sostengan otros libros dispuestos horizontalmente.
Mi biblioteca no posee grandes joyas si calculamos en términos de valor bibliológico o de cotización. Ajeno al fetichismo, de normal no pongo los ojos en blanco ante una primera edición o un libro dedicado por el autor, y menos frente a uno antiguo simplemente porque el tiempo le haya hecho esa jugada —aunque he disfrutado muchas veces de ejemplares de estas categorías; pero siempre en función del contenido—. No invierto en libros al estilo de un coleccionista de objetos formalmente raros y valiosos o de un comerciante previsor, no quisiera hacer nunca negocio con lo que tengo. Los libros son para leerlos, o para consultarlos o picotear entre sus líneas, y el aspecto que tengan es, en mi ánimo, secundario. Evidentemente hay rasgos, como la legibilidad, que con los años aprecio cada vez más. Y no soy inmune a la seducción de los buenos papeles, de una impresión que manche con exacta proporción, de una composición bella, equilibrada y armoniosa —o a lo mejor chocante y rupturista—, y no digamos a los detalles pequeños y casi inadvertidos que anuncian a los diseñadores con talento tipográfico y sentido de la disposición. Pero llevo demasiados años, por mi oficio, viendo libros que llaman la atención sólo por los aspectos formales, y nada o casi nada por su contenido, por el texto. Es más, he llegado al hartazgo con los libros objeto, las naderías en cartoné, plata y tela pero con textos de puntuación y sintaxis menesterosas, o tediosos a secas, o con los imperdonables dispendios en libros institucionales. En mi vida, y en la de ciertas almas afines, nos han golpeado y desvelado libros de cuerpo tan mal armado que las hojas se desprendían por culpa de un encolado chapucero, y que embutían los textos en cajas de márgenes disparatados, horrendos tipos de letra e interlineados mataojos. Pero eran textos de pobre continente pero con tanta energía en su interior que pasear con ellos en el bolsillo del abrigo era como transportar dinamita o un gas que liberado podía ocasionar graves trastornos. Ante esta potencia, qué poco pesa una primera edición con dedicatoria, muchas veces escrita formulariamente para un pelma o un desconocido a quien el autor no se pudo quitar de encima. ¿No es mejor una edición reciente, limpia, completa, aunque esté despojada de los falsos prestigios de la antigüedad? No, por mi parte, fetichismos, los justos. O, en todo caso, situemos esa pasión coleccionista, o de rastreo de libros objeto, en otra casilla, en una bien lejana de la que ocupa ese lector voraz al que conmociona el espíritu una frase, una revelación, una historia subyugadora, un argumento contundente y trabado con insuperable belleza.
Con estas premisas, no extrañará que tenga un notable número de libros de bolsillo, o que compre con delectación en ferias de viejo y ocasión en cualquier puesto, mercado o caseta. Bolsillo, novedades rebajadas, chollos, distintas ediciones saldadas del mismo título, libros que poseo pero pillo para regalar y compartir con gente querida..., y de tanto en tanto, por qué no, rarezas o joyitas descatalogadas. Los libros de bolsillo, en concreto, me parecen un invento magnífico. Con ellos he sido dichoso en mi casa en un sillón, con los pies en alto, pero también en salas de espera y estaciones de viaje. No voy a ningún lugar sin un libro, ni espero en una cita sin algo que echarme a la vista. Los libros de bolsillo, ligeros, toscos, que en invierno escondo en los fondos de una trenka o abrigo, me han obsequiado con ratos inolvidables en esos intervalos en los cuales uno no puede hacer nada mejor que leer, esos tiempos muertos en no-lugares en que, bendita limitación, una de dos: o se berrea con desafuero por el móvil o, creo que mucho más dignamente, se lee.
Compro muchos libros pero no logro saciar la sed. Siempre me saca varios cuerpos mi ansia de conocer, mi curiosidad por mil asuntos, autores o personajes, o por nuevas historias urdidas por creadores que me gritan desde los escaparates o las mesas de novedades. De manera que también soy usuario de las bibliotecas, esos sitios, como las librerías, donde la dicha tiene su trampolín y acicate. El servicio de préstamo me permite picotear por libros de los que tengo pocas referencias, o de los que no estoy seguro de su valor. Hace posible especialmente que me asome a novelas que, a estas alturas, cuando soy mucho más selectivo, es decir, un lector exigente y menos fascinado, no tengo ganas de comprar y guardar. Pero, por suerte, a veces un libro comenzado en préstamo me atrapa de tal modo que lo dejo y corro a comprarlo.
Los libros no se prestan. Prestar un libro es la vía más segura hacia su pérdida. Ciertamente, hay muchos lectores, la mayoría, que, como escribió C. S. Lewis, “nunca leen algo dos veces (...) La frase ‘Ya lo he leído’ es un argumento inapelable contra la lectura de un determinado libro”. Para ellos ese libro está muerto “como una cerilla quemada o un billete de tren utilizado”. No es extraño que esa clase de lectores presten, y que incluso hagan circular sus libros entre hermanas, amigos, cualquiera, o que no les importe desprenderse de ellos. Cualquier libro (una novela, de normal) ha dejado de tener ya el más mínimo interés, es algo liquidado. Pero hablo, claro es, de quienes tenemos otra relación con los libros (con determinados libros, por supuesto) y en general con la experiencia lectora. Y, entre esos, los más peligrosos son los semejantes, los heridos por la misma adicción. Con los años he aprendido a comprender a otros bibliómanos, y reconozco la mirada ávida y asesina del que pone los pies en casa y clava pronto sus ojos y sus manos justo en ese libro que andaba buscando, en ese ejemplar que anhela con premura. A esos hermanos en la enfermedad, nada de nada, polvorones en el desierto. Ahora bien, sí hay libros que hasta el más enfermo o posesivo presta, porque los tiene repetidos o porque su pérdida no le ocasionaría quebranto. Yo, por ejemplo, ya he dicho que puedo hacerme con varios ejemplares de un libro (es una forma de homenaje al recuerdo de su lectura), normalmente en saldos, que disfruto después regalando.
Los libros dicen mucho de su propietario, lo mismo que, por supuesto, no tener libros o exhibir sólo cuatro noveluchas o cinco mamotretos de los que regalaban las cajas de ahorro, también apunta a un rasgo muy relevante del que guarda tan magra posesión. Podríamos hablar largo y tendido sobre las falsas igualdades y los democratismos, la pérdida de la distinción entre el obligado respeto a las personas y el más rabioso desprecio por la banalidad y la estupidez, o de las diferencias, en una sociedad decente, entre la vulgaridad y la excelencia. Todos somos iguales ante la ley, pero no todo es lo mismo ni da igual. Pero, al margen de esta cuestión, que nos llevaría por senderos polémicos, creo, ubicándome en un terreno mucho menos conflictivo, que una biblioteca de varios miles de volúmenes anuncia, entre otras notas, a un propietario más bien sedentario. Y creo que hay un parentesco entre la lentitud, esa cualidad hoy reivindicada por ciertos grupos sociales incómodos en el mundo moderno, y la costumbre de leer, al menos cierto tipo de lectura. Las personas que viajan mucho, los nómadas, o sin más quienes cambian de domicilio a menudo, no suelen poseer grandes bibliotecas. En este mundo cada día más agitado y veloz, que entroniza el movimiento frenético y la novedad constante, quien ama los libros y los acumula y guarda y lee vive, casi de forma natural, con más lentitud, con la morosidad que impone ese particular fluir despacioso de la lectura. Soledad, silencio, calma, incluso pereza..., una constelación de inclinaciones hostiles al ruido, la prisa y la ansiedad, un modo de vida.
El que tiene miles de libros les ha perdido el miedo. “La gente verdaderamente culta es capaz de tener en su casa miles de libros que no ha leído, sin perder el aplomo, ni dejar de seguir comprando más”, escribe Gabriel Zaid. Son personas a las que no les importa acumular y no leer -aunque eso no significa ni remotamente que no lean—. Simplemente, comprar y leer son dos operaciones distintas. Ahora bien, el bibliómano que además es lector no tiene ninguna gana de dar el pego o alardear. “Tener a la vista libros no leídos es como girar cheques sin fondos: un fraude a las visitas”, dice el mismo Zaid. No, no. Creo más bien que “toda biblioteca personal es un proyecto de lectura” (José Gaos). Sólo que el empeño del lector bulímico se topa con la realidad, y el proyecto, fatalmente, queda, como el personaje de Italo Calvino, demediado. Vuelvo al maestro Zaid: “Después de leer miles de libros, no es un acto de fingida modestia [decir que no se ha leído nada]: es rigurosamente exacto. Pero ¿no es quizá eso, exactamente, socráticamente, lo que los muchos libros deberían enseñarnos? Ser ignorantes a sabiendas, con plena aceptación. Dejar de ser simplemente ignorantes, para llegar a ser ignorantes inteligentes”.
No todo es positivo en el afán acumulador. Por eso me gustaría terminar con dos notas tan personales como el resto del artículo y que me inclinan en ocasiones hacia la melancolía o el disgusto. La primera es que, de tanto en tanto, el comprador feroz, el poseedor de una nutrida y creciente biblioteca –yo mismo—, se nota invadido por una peligrosa mezcla de fatiga, desorientación y hastío. En esos desfallecimientos siente que la compulsión acumuladora conspira y pelea contra el placer lector. Ya he dicho que en la juventud cada libro era un objeto precioso al que dábamos dentelladas voraces, ciegas, un manjar raro y precioso, a veces pese a no entender buena parte. Ahora que acumulo en periodos muy cortos pilas y pilas de libros, la sobreabundancia provoca punzadas de ese cansancio que aqueja a quien de pronto, una tarde cualquiera, no sabe por dónde tirar, en qué volumen podrá encontrarse con la chispa que va a colmar su día, y mira sus tesoros, siquiera sea transitoriamente, con espíritu abotargado, empachado, como se mira extrañado y triste aquello que un día nos enamoró y hoy sólo provoca desasosiego o tibieza.
La segunda nota de inquietud brota de la relación entre leer y escribir, una relación compleja, dialéctica, fatal. El lector, casi siempre, acaba deslizándose, más pronto que tarde, hacia algún modo de escritura, por privada e informal que sea. Pero en mi experiencia la competencia lectora, y de normal la consiguiente atención puntillosa hacia la calidad de la escritura, son cualidades que conducen, en mayor o menor medida, a un nuevo estado de cosas que va en grave detrimento de la libertad lectora. Conozco excepciones admirables, lectores puros, personas sin compromisos, ágrafos, o gente que separa drásticamente su vida profesional y su experiencia lectora íntima, y que sólo leen al ritmo de sus apetencias libérrimas y tornadizas. Pero pertenezco al partido de los muchos a quienes los años han ido arrebatando libertad. Se lee en función de que se va a escribir algo, de que se va a dar una clase, porque se tiene en general una obligación, o porque alguien te ha pedido que leas lo suyo, te apetezca o no. Son, desgraciadamente, esos elementos o compromisos los que determinan las lecturas, que dejan de ser un acto dictado por el humor de cada día. Recuerdo que Miguel Sánchéz-Ostiz habló en una conferencia de que en este tiempo de su vida leía sólo los libros de los que tenía que pergeñar una recensión o comentario crítico para algún medio de comunicación. Yo, sin llegar a eso, ya no puedo dejarme conducir tampoco, casi nunca, por mi santas y soberanas ganas.
En fin, menos mal que exagero un poco. Todavía en ciertos días se abren huecos de serenidad, silencio y libertad en los cuales, rodeado de mis libros, picoteo de aquí y de allá, o simplemente me meto hasta el cuello en ese pozo de concentración y gusto que pertenece a otro mundo, a ese mundo aparte del que no quisiéramos salir entonces ni por todo el oro del mundo, a ese territorio o planeta aparte del que escribió Italo Calvino: “Pertenezco a esa parte de la humanidad –una minoría a escala planetaria pero creo que una mayoría entre mi público— que pasa gran parte de sus horas de vigilia en un mundo especial, en un mundo hecho de líneas horizontales en el que las palabras van una detrás de otra y en el que cada frase y cada punto y aparte ocupan su lugar debido: un mundo que puede ser muy rico, quizá incluso más rico que el no escrito, pero que, en cualquier caso, requiere cierto trato especial para situarse dentro de él. Cuando me aparto del mundo escrito para reencontrar mi lugar en el otro, en lo que solemos llamar el mundo, hecho de tres dimensiones, cinco sentidos y poblado por miles de millones de seres como nosotros, esto equivale para mí a repetir, cada vez, el trauma del nacimiento, a dar forma de realidad inteligible a un conjunto de sensaciones confusas y a elegir una estrategia para enfrentar lo inesperado sin que me destruya”. Exactamente.
Mi biblioteca, un proyecto de lectura
Tengo una biblioteca en casa que en estos momentos rondará ya los diez mil volúmenes. Se ha ido formando sin ninguna pretensión, simplemente al correr de los días y de mi adicción por los libros y la lectura. No trato de batir ningún record ni pretendo alardear de nada. Tampoco me mueve un impulso coleccionista o inversor de ninguna clase. Sucede, sin más, que me gusta comprar libros, y que quiero que me acompañen y pueda consultarlos y disfrutarlos en cualquier momento. Eso sí, la biblioteca, desigual, desequilibrada, nutrida y al mismo tiempo modesta, pero muy personal, es, económica y sentimentalmente, mi posesión material más valiosa.
Comencé a comprar libros tarde, a los quince años, cuando gané mis primeros dineros trabajando. Antes, lógico, no tenía un real. En mi ambiente las pagas daban para muy poco. Al llegar a la adolescencia no poseía más de veinte títulos, porque en mi familia los libros brillaban por su ausencia. Mis padres no eran burgueses, o simplemente ilustrados que alimentasen un ambiente en el que poseer libros y leerlos fueran gusto y costumbre. Así que guardo memoria del ansia con que, sobre todo a partir de los nueve años, aguardaba el valiosísimo obsequio de un volumen, que siempre rogaba que fuera de Enid Blyton con aventuras de los cinco, excepto en 1970, cuando por cincuenta pesetas compré y tragué en horas lo que entonces consideraba una joya, el análisis del influyente periodista Pedro Escartín sobre el mundial de México, aquel que ganó la selección mágica del último Pelé. ¿Qué más pude leer? Algún libro que me dejaron en el colegio, especialmente a partir de los once años, y los que eran propiedad de mi hermana (diez o doce: Martín Vigil, El diario de Daniel, Corazón...). Ah, y muy especialmente los que me pasaba un primo que influyó mucho en mí, libros marxistas, o más exactamente troskistas, junto a otros cristianos y rojeras muy baratos de la editorial ZYX, que yo no entendía más que a medias pero deglutía sin pestañear.
A los quince años empecé a ganar dinero en verano, y mis compras se hicieron entusiastas y sostenidas. Aún conservo libros adquiridos en 1973, con una emoción inaugural, en un comercio de vida breve, la galería Artiza, en la calle del Carmen. Las conquistas cogieron velocidad de crucero cuando a los 24 años tuve ya un sueldo regular y satisfactorio, y desde entonces nunca han cesado. Para comprar he pasado miles de horas en librerías, refugios donde se me pasan sin sentir y que me atraen en sí mismas, al margen de si acabo o no llevándome algo. En las librerías puedo quedarme absorto mucho tiempo, en un estado de extrema concentración y felicidad, sorprenderme ilusionado con novedades aún calientes, detenerme otra vez en títulos que he hojeado varias veces sin terminar de decidirme, picotear sin prisa ni fatiga, coger el vuelo de una frase o de un fragmento en que he recalado sin más... Qué bien estoy en las librerías, en particular en aquellas espaciosas donde nadie pregunta ni molesta y se puede navegar de descubrimiento en descubrimiento, solazándome con la soledad, al albur de una cubierta llamativa, de una sorpresa, del recuerdo agradecido de otro libro del mismo autor, del lanzamiento que llama imperiosamente.
Una nota casi al margen: en las librerías, y muy de joven, fui miembro también del club de los que de vez en cuando distraían ciertos ejemplares, los cuales, no se sabe en virtud de qué misterioso procedimiento, desembocaban bajo el abrigo o dentro de los pantalones. No conozco a nadie que se jacte de esos despistes de juventud. Pero este asunto requeriría otro artículo. Creo que ahora es más prudente orillarlo, no sin antes recomendar un precioso texto de Nuria Amat, El ladrón de libros.
Como me gustan casi todas las librerías, no puedo ser cliente de una sola, ni siquiera en mi ciudad. En este rubro del consumo me importa mucho ser un hombre sin ataduras ni obligaciones, aunque sólo sean morales o amistosas. No me apetece ser fijo del mismo lugar, por muchos descuentos o condiciones especiales de pago que propongan. Prefiero distribuir mi dinero sin compromisos, abierto al hallazgo en cualquier puesto, local u ocasión. Este llamado de la libertad se ha visto reforzado con la aparición de internet, junto a una fuerte ampliación de oportunidades. En las librerías la vida de los libros cada vez es más breve, y la red ayuda a prolongarla. En ella rescatamos títulos desaparecidos del circuito, esos que en su momento tal vez tuvimos en las manos pero desdeñamos, hasta que al tiempo la sugerencia de alguien, un comentario leído en algún lugar o el descubrimiento de otros libros del autor que sea nos hace rastrearlos sin dilación.
En algunos campos sí compruebo que el tiempo me ha transformado. En los primeros años, esos en los que me hacía con muchos más libros en la época estival, adquirí cientos de novelas policiacas a bajo precio. Fue la época de las maravillosas colecciones de bolsillo de Alianza (todo lo que antes había publicado Emecé en Argentina), Enlace y Bruguera. Pude recorrer gracias a ellas, y entre otros muchos nombres, a los clásicos del género: Hammet, Chandler, Thompson, Ross Mac Donald, Horace McCoy. Como también eran años de cinefilia desbocada, me dio fuerte por los libros sobre este séptimo arte. Con los años esa pasión de juventud se ha deslavado, pero antes se hundió la de comprar y leer libros sobre él. Otro ámbito en el cual tiempo ha que no gasto nada es el de la educación. En el trastero se arrinconan, junto a propuestas teórico-prácticas que intentaban guiarnos en la ilusionada senda de la nueva escuela, los métodos de Celestin Freinet que Laia vendió a los rojeras en los setenta y ochenta —juguetes rotos tras muchos años de ilusión—, y también un puñado de títulos publicados, en coedición con la misma editorial, por la revista Cuadernos de Pedagogía, faro y guía ella misma de nuestros afanes liberadores. Guardo, en fin, en rimeros de incómodo acceso muchos tratados o panfletos más o menos marxistas, leninistas, maoístas y de otras ramas teosóficas, comprados en la época en que amábamos tanto a la revolución. Por cierto que en 1982 me aconteció algo que, de puro azaroso e improbable, nadie se atrevería a insertar en ninguna ficción: en un terremoto que sufrió Pamplona de mediana magnitud cayó sobre mi cráneo poco privilegiado, desde lo más alto de un armario con estanterías, el célebre manual de Marta Harnecker Los conceptos elementales del materialismo histórico, fatigado y subrayado con denuedo en los setenta pero en los ochenta condenado al destierro de las alturas. Tal vez este accidente fuese un ardid de alguna suerte de justicia comunista en venganza por mi desviación.
Salvo en estos cuatro ámbitos, en los que ahora compro muy poco, mis intereses han permanecido sólidos y estables: filosofía –mucha en ciertos periodos—, literatura –siempre—, política e historia –a rachas—, ensayo –creciendo—. Una novedad relativa, tal vez producto de la edad, es que cada vez conquistan más baldas las memorias, biografías y diarios –cuanto más personales, e incluso íntimos, mejor— y los libros que salvan correspondencia entre políticos o escritores. Hay en la magnética atracción por este campo de la memoria personal una necesidad, primero, de satisfacer mi curiosidad por las vidas ajenas; pero anida también la esperanza, por suerte a veces satisfecha, de sacar ejemplos y contraejemplos útiles para mi propia existencia, de atisbar vidas paralelas, o muy poco paralelas, que despejen unos centímetros mi confusión existencial, o al menos me regalen el triste consuelo de la identificación dolorosa y sin consuelo.
Como señaló Nicholas Negroponte en su célebre Ser digital, mientras que los bytes de cualquier documento electrónico no tienen color ni tamaño ni peso, y pueden desplazarse a la velocidad de la luz, los libros están compuestos de átomos, y por tanto conforman una masa, como dice el gurú, “voluminosa, pesada e inerte”. Vaya, que ocupan mucho sitio —y que transportarlos en grandes cantidades machaca cualquier espalda—. En mi caso, y en lo que se refiere al espacio, por ahora voy solventando el problema. Parto desde luego de una premisa: quiero tener los libros cerca, en mi casa. Por suerte las circunstancias personales y económicas hasta ahora me lo han permitido. Nunca he querido alquilar un espacio donde guardar al menos una parte, una bajera o similar. Sólo nueve meses estuvieron mis amados libros, los que entonces tenía, en un guardamuebles, en el intervalo entre un viejo y un nuevo domicilio. Los eché mucho en falta, incluso debido a circunstancias profesionales en las cuales algunos me hubieran venido de perlas. Cuando los reencontré y pude darles estantería en la nueva casa, sentí un genuino placer.
Los libros están en todas las habitaciones excepto los cuartos de baño. Como dice un personaje de La casa de papel, la preciosa fábula sobre bibliópatas, más que bibliómanos, del uruguayo Carlos Domínguez, para tener libros en los baños sería preciso manejar sólo agua fría, y a eso no estoy (todavía) dispuesto. Me gustan las duchas largas y con el agua muy caliente. Pero, cuartos de baño aparte, los libros llevan camino de atestar todas las habitaciones, si bien aún hoy los mantengo más o menos a raya. Eso sí, ya se han hecho dueños de un cómodo sillón donde antes dormía la siesta, han vivido alguna temporada en el suelo o en otros sofás mientras esperaba nuevas estanterías, y en muchas de éstas he dispuesto dos filas —los de delante ocultan a los del fondo— y además aprovecho los resquicios en las pilas verticales para que sostengan otros libros dispuestos horizontalmente.
Mi biblioteca no posee grandes joyas si calculamos en términos de valor bibliológico o de cotización. Ajeno al fetichismo, de normal no pongo los ojos en blanco ante una primera edición o un libro dedicado por el autor, y menos frente a uno antiguo simplemente porque el tiempo le haya hecho esa jugada —aunque he disfrutado muchas veces de ejemplares de estas categorías; pero siempre en función del contenido—. No invierto en libros al estilo de un coleccionista de objetos formalmente raros y valiosos o de un comerciante previsor, no quisiera hacer nunca negocio con lo que tengo. Los libros son para leerlos, o para consultarlos o picotear entre sus líneas, y el aspecto que tengan es, en mi ánimo, secundario. Evidentemente hay rasgos, como la legibilidad, que con los años aprecio cada vez más. Y no soy inmune a la seducción de los buenos papeles, de una impresión que manche con exacta proporción, de una composición bella, equilibrada y armoniosa —o a lo mejor chocante y rupturista—, y no digamos a los detalles pequeños y casi inadvertidos que anuncian a los diseñadores con talento tipográfico y sentido de la disposición. Pero llevo demasiados años, por mi oficio, viendo libros que llaman la atención sólo por los aspectos formales, y nada o casi nada por su contenido, por el texto. Es más, he llegado al hartazgo con los libros objeto, las naderías en cartoné, plata y tela pero con textos de puntuación y sintaxis menesterosas, o tediosos a secas, o con los imperdonables dispendios en libros institucionales. En mi vida, y en la de ciertas almas afines, nos han golpeado y desvelado libros de cuerpo tan mal armado que las hojas se desprendían por culpa de un encolado chapucero, y que embutían los textos en cajas de márgenes disparatados, horrendos tipos de letra e interlineados mataojos. Pero eran textos de pobre continente pero con tanta energía en su interior que pasear con ellos en el bolsillo del abrigo era como transportar dinamita o un gas que liberado podía ocasionar graves trastornos. Ante esta potencia, qué poco pesa una primera edición con dedicatoria, muchas veces escrita formulariamente para un pelma o un desconocido a quien el autor no se pudo quitar de encima. ¿No es mejor una edición reciente, limpia, completa, aunque esté despojada de los falsos prestigios de la antigüedad? No, por mi parte, fetichismos, los justos. O, en todo caso, situemos esa pasión coleccionista, o de rastreo de libros objeto, en otra casilla, en una bien lejana de la que ocupa ese lector voraz al que conmociona el espíritu una frase, una revelación, una historia subyugadora, un argumento contundente y trabado con insuperable belleza.
Con estas premisas, no extrañará que tenga un notable número de libros de bolsillo, o que compre con delectación en ferias de viejo y ocasión en cualquier puesto, mercado o caseta. Bolsillo, novedades rebajadas, chollos, distintas ediciones saldadas del mismo título, libros que poseo pero pillo para regalar y compartir con gente querida..., y de tanto en tanto, por qué no, rarezas o joyitas descatalogadas. Los libros de bolsillo, en concreto, me parecen un invento magnífico. Con ellos he sido dichoso en mi casa en un sillón, con los pies en alto, pero también en salas de espera y estaciones de viaje. No voy a ningún lugar sin un libro, ni espero en una cita sin algo que echarme a la vista. Los libros de bolsillo, ligeros, toscos, que en invierno escondo en los fondos de una trenka o abrigo, me han obsequiado con ratos inolvidables en esos intervalos en los cuales uno no puede hacer nada mejor que leer, esos tiempos muertos en no-lugares en que, bendita limitación, una de dos: o se berrea con desafuero por el móvil o, creo que mucho más dignamente, se lee.
Compro muchos libros pero no logro saciar la sed. Siempre me saca varios cuerpos mi ansia de conocer, mi curiosidad por mil asuntos, autores o personajes, o por nuevas historias urdidas por creadores que me gritan desde los escaparates o las mesas de novedades. De manera que también soy usuario de las bibliotecas, esos sitios, como las librerías, donde la dicha tiene su trampolín y acicate. El servicio de préstamo me permite picotear por libros de los que tengo pocas referencias, o de los que no estoy seguro de su valor. Hace posible especialmente que me asome a novelas que, a estas alturas, cuando soy mucho más selectivo, es decir, un lector exigente y menos fascinado, no tengo ganas de comprar y guardar. Pero, por suerte, a veces un libro comenzado en préstamo me atrapa de tal modo que lo dejo y corro a comprarlo.
Los libros no se prestan. Prestar un libro es la vía más segura hacia su pérdida. Ciertamente, hay muchos lectores, la mayoría, que, como escribió C. S. Lewis, “nunca leen algo dos veces (...) La frase ‘Ya lo he leído’ es un argumento inapelable contra la lectura de un determinado libro”. Para ellos ese libro está muerto “como una cerilla quemada o un billete de tren utilizado”. No es extraño que esa clase de lectores presten, y que incluso hagan circular sus libros entre hermanas, amigos, cualquiera, o que no les importe desprenderse de ellos. Cualquier libro (una novela, de normal) ha dejado de tener ya el más mínimo interés, es algo liquidado. Pero hablo, claro es, de quienes tenemos otra relación con los libros (con determinados libros, por supuesto) y en general con la experiencia lectora. Y, entre esos, los más peligrosos son los semejantes, los heridos por la misma adicción. Con los años he aprendido a comprender a otros bibliómanos, y reconozco la mirada ávida y asesina del que pone los pies en casa y clava pronto sus ojos y sus manos justo en ese libro que andaba buscando, en ese ejemplar que anhela con premura. A esos hermanos en la enfermedad, nada de nada, polvorones en el desierto. Ahora bien, sí hay libros que hasta el más enfermo o posesivo presta, porque los tiene repetidos o porque su pérdida no le ocasionaría quebranto. Yo, por ejemplo, ya he dicho que puedo hacerme con varios ejemplares de un libro (es una forma de homenaje al recuerdo de su lectura), normalmente en saldos, que disfruto después regalando.
Los libros dicen mucho de su propietario, lo mismo que, por supuesto, no tener libros o exhibir sólo cuatro noveluchas o cinco mamotretos de los que regalaban las cajas de ahorro, también apunta a un rasgo muy relevante del que guarda tan magra posesión. Podríamos hablar largo y tendido sobre las falsas igualdades y los democratismos, la pérdida de la distinción entre el obligado respeto a las personas y el más rabioso desprecio por la banalidad y la estupidez, o de las diferencias, en una sociedad decente, entre la vulgaridad y la excelencia. Todos somos iguales ante la ley, pero no todo es lo mismo ni da igual. Pero, al margen de esta cuestión, que nos llevaría por senderos polémicos, creo, ubicándome en un terreno mucho menos conflictivo, que una biblioteca de varios miles de volúmenes anuncia, entre otras notas, a un propietario más bien sedentario. Y creo que hay un parentesco entre la lentitud, esa cualidad hoy reivindicada por ciertos grupos sociales incómodos en el mundo moderno, y la costumbre de leer, al menos cierto tipo de lectura. Las personas que viajan mucho, los nómadas, o sin más quienes cambian de domicilio a menudo, no suelen poseer grandes bibliotecas. En este mundo cada día más agitado y veloz, que entroniza el movimiento frenético y la novedad constante, quien ama los libros y los acumula y guarda y lee vive, casi de forma natural, con más lentitud, con la morosidad que impone ese particular fluir despacioso de la lectura. Soledad, silencio, calma, incluso pereza..., una constelación de inclinaciones hostiles al ruido, la prisa y la ansiedad, un modo de vida.
El que tiene miles de libros les ha perdido el miedo. “La gente verdaderamente culta es capaz de tener en su casa miles de libros que no ha leído, sin perder el aplomo, ni dejar de seguir comprando más”, escribe Gabriel Zaid. Son personas a las que no les importa acumular y no leer -aunque eso no significa ni remotamente que no lean—. Simplemente, comprar y leer son dos operaciones distintas. Ahora bien, el bibliómano que además es lector no tiene ninguna gana de dar el pego o alardear. “Tener a la vista libros no leídos es como girar cheques sin fondos: un fraude a las visitas”, dice el mismo Zaid. No, no. Creo más bien que “toda biblioteca personal es un proyecto de lectura” (José Gaos). Sólo que el empeño del lector bulímico se topa con la realidad, y el proyecto, fatalmente, queda, como el personaje de Italo Calvino, demediado. Vuelvo al maestro Zaid: “Después de leer miles de libros, no es un acto de fingida modestia [decir que no se ha leído nada]: es rigurosamente exacto. Pero ¿no es quizá eso, exactamente, socráticamente, lo que los muchos libros deberían enseñarnos? Ser ignorantes a sabiendas, con plena aceptación. Dejar de ser simplemente ignorantes, para llegar a ser ignorantes inteligentes”.
No todo es positivo en el afán acumulador. Por eso me gustaría terminar con dos notas tan personales como el resto del artículo y que me inclinan en ocasiones hacia la melancolía o el disgusto. La primera es que, de tanto en tanto, el comprador feroz, el poseedor de una nutrida y creciente biblioteca –yo mismo—, se nota invadido por una peligrosa mezcla de fatiga, desorientación y hastío. En esos desfallecimientos siente que la compulsión acumuladora conspira y pelea contra el placer lector. Ya he dicho que en la juventud cada libro era un objeto precioso al que dábamos dentelladas voraces, ciegas, un manjar raro y precioso, a veces pese a no entender buena parte. Ahora que acumulo en periodos muy cortos pilas y pilas de libros, la sobreabundancia provoca punzadas de ese cansancio que aqueja a quien de pronto, una tarde cualquiera, no sabe por dónde tirar, en qué volumen podrá encontrarse con la chispa que va a colmar su día, y mira sus tesoros, siquiera sea transitoriamente, con espíritu abotargado, empachado, como se mira extrañado y triste aquello que un día nos enamoró y hoy sólo provoca desasosiego o tibieza.
La segunda nota de inquietud brota de la relación entre leer y escribir, una relación compleja, dialéctica, fatal. El lector, casi siempre, acaba deslizándose, más pronto que tarde, hacia algún modo de escritura, por privada e informal que sea. Pero en mi experiencia la competencia lectora, y de normal la consiguiente atención puntillosa hacia la calidad de la escritura, son cualidades que conducen, en mayor o menor medida, a un nuevo estado de cosas que va en grave detrimento de la libertad lectora. Conozco excepciones admirables, lectores puros, personas sin compromisos, ágrafos, o gente que separa drásticamente su vida profesional y su experiencia lectora íntima, y que sólo leen al ritmo de sus apetencias libérrimas y tornadizas. Pero pertenezco al partido de los muchos a quienes los años han ido arrebatando libertad. Se lee en función de que se va a escribir algo, de que se va a dar una clase, porque se tiene en general una obligación, o porque alguien te ha pedido que leas lo suyo, te apetezca o no. Son, desgraciadamente, esos elementos o compromisos los que determinan las lecturas, que dejan de ser un acto dictado por el humor de cada día. Recuerdo que Miguel Sánchéz-Ostiz habló en una conferencia de que en este tiempo de su vida leía sólo los libros de los que tenía que pergeñar una recensión o comentario crítico para algún medio de comunicación. Yo, sin llegar a eso, ya no puedo dejarme conducir tampoco, casi nunca, por mi santas y soberanas ganas.
En fin, menos mal que exagero un poco. Todavía en ciertos días se abren huecos de serenidad, silencio y libertad en los cuales, rodeado de mis libros, picoteo de aquí y de allá, o simplemente me meto hasta el cuello en ese pozo de concentración y gusto que pertenece a otro mundo, a ese mundo aparte del que no quisiéramos salir entonces ni por todo el oro del mundo, a ese territorio o planeta aparte del que escribió Italo Calvino: “Pertenezco a esa parte de la humanidad –una minoría a escala planetaria pero creo que una mayoría entre mi público— que pasa gran parte de sus horas de vigilia en un mundo especial, en un mundo hecho de líneas horizontales en el que las palabras van una detrás de otra y en el que cada frase y cada punto y aparte ocupan su lugar debido: un mundo que puede ser muy rico, quizá incluso más rico que el no escrito, pero que, en cualquier caso, requiere cierto trato especial para situarse dentro de él. Cuando me aparto del mundo escrito para reencontrar mi lugar en el otro, en lo que solemos llamar el mundo, hecho de tres dimensiones, cinco sentidos y poblado por miles de millones de seres como nosotros, esto equivale para mí a repetir, cada vez, el trauma del nacimiento, a dar forma de realidad inteligible a un conjunto de sensaciones confusas y a elegir una estrategia para enfrentar lo inesperado sin que me destruya”. Exactamente.
29 diciembre 2007
Con la sutileza de Jiménez Losantos
En un libro que pronto publicará la Universidad Pública de Navarra encuentro las cuartetas que reproduzco a continuación. Vieron la luz en enero de 1935 en El Mensajero de San Antonio. El colaborador de esta combativa revista católica quería contraponer su postura social y la que, supuestamente, mantenían “los socialistas” (no el PSOE, claro, sino en realidad cualquier laicista). Al margen de si tienen gracia o no, apenas encuentro diferencias importantes entre lo que quieren subrayar y muchas de las afirmaciones que vomitan ahora, día sí y día también, no pocos obispos y grupos católicos. Como dice Arcadi Espada en el periódico de hoy, “las religiones son un peligro (...) especialmente por la intolerable superioridad moral que exhiben sus fábulas”.
El Católico:
Quiero un pueblo que trabaje
y en su casa no se aburra,
que investigue, que discurra,
que lea y hasta que viaje.
Quiero un pueblo con labranza,
con industria y con caminos,
por donde anden sus vecinos
con holgura y sin holganza.
Quiero un pueblo con ciudades,
donde tengan sus recreos
institutos y museos,
sociedad y sociedades.
El Socialista:
Yo quiero un pueblo salvaje,
con los instintos de fiera,
que luche, que mate y muera,
coma, duerma y no trabaje.
Quiero un pueblo violador,
rebelado contra todo,
que esté metido en el lodo
para que huelgue mejor.
Quiero un pueblo sin ciudades,
con muchas selvas sombrías,
que coma todos los días
carne de obispo y abades.
El Católico:
Quiero un pueblo que trabaje
y en su casa no se aburra,
que investigue, que discurra,
que lea y hasta que viaje.
Quiero un pueblo con labranza,
con industria y con caminos,
por donde anden sus vecinos
con holgura y sin holganza.
Quiero un pueblo con ciudades,
donde tengan sus recreos
institutos y museos,
sociedad y sociedades.
El Socialista:
Yo quiero un pueblo salvaje,
con los instintos de fiera,
que luche, que mate y muera,
coma, duerma y no trabaje.
Quiero un pueblo violador,
rebelado contra todo,
que esté metido en el lodo
para que huelgue mejor.
Quiero un pueblo sin ciudades,
con muchas selvas sombrías,
que coma todos los días
carne de obispo y abades.
03 diciembre 2007
Público y privado
"Yo no sabría separar mi vida privada, porque para mí ha sido mucho más importante. Para mí ha sido más importante mi vida particular, digamos, que cualquier otra cosa pública que me haya ocurrido. (...) Para mí el mundo afectivo ha sido más importante que nada. De hecho, la única cosa que de verdad me hace sufrir, que me angustia, es ver sufrir a las personas que quiero. Y desgraciadamente, como todo el mundo, sólo he hecho sufrir a las personas que quiero, es decir, tengo fama de buena persona en el sentido de que no me meto mucho con nadie, pero casi todo el mundo me es indiferente. Ser malo es prestar una enorme atención a la gente, y como yo no les presto atención, no suelo ser malo con casi nadie. Pero desgraciadamente, en cambio, es a las personas a las que quiero a las que puedo hacer sufrir y las que me hacen sufrir a mí. Y en ese sentido ése es el mundo que más me ha ocupado. De cada pensamiento público, cívico, que he tenido en mi vida, por cada uno de esos, he tenido trescientos relacionados con mis afectos".
Fernando Savater. Conversación con Remedios Ávila en la Universidad de Granada el 24 de abril de 2006
Fernando Savater. Conversación con Remedios Ávila en la Universidad de Granada el 24 de abril de 2006
17 noviembre 2007
Paredes de hotel
Cuando llego a la espaciosa habitación 612 del hotel donde me alojaré unas noches, lo primero es ensayar, supongo que como todo el mundo, la reconstrucción de un simulacro de hogar. Saca uno de la maleta ropas, zapatos, objetos de aseo y, en mi caso, algunos libros, y lo dispone por armarios, perchas, mesas y encimeras. Mientras me atareo, compruebo que las paredes son de papel. En la habitación de al lado, distingo con nitidez, una pareja habla en inglés con estridencia, tanta que en un principio imagino que discuten. No, medio minuto más tarde su tono es cálido, de confianza y juego.
Más tarde, al volver de la cena, en la cual, como suele ocurrir habitualmente en los encuentros profesionales, le hemos dado vueltas jocosas a un amplio surtido de anécdotas y gajes del oficio que nos emparenta y cohesiona, me lavo primero los dientes. El baño es un cubículo que en realidad parece estar en la habitación contigua. Ahora el tono de mis vecinos parece mucho más íntimo, y dominan las risitas apenas contenidas y las frases susurrantes. Vuelvo a la habitación y pongo la tele. Unos minutos de Buenafuente no es que sean como los de mi siempre añorado Seinfeld, pero hay suerte: Berto, con su cara inexpresiva de recién levantado, sus pelos locos y sus comentarios simples y brutales, me hace reír con ganas.
En cuanto caigo en la cama y el silencio reina de nuevo, veo que me va a costar conciliar el sueño. En el entusiasmo de la conversación con los colegas he comido y bebido en demasía. Lo peor es que al día siguiente tengo que estar muy despierto. Mis vecinos de la 611 van a su bola y están en plena faena. Dedican un buen rato a follar o hacer el amor –que esto de las denominaciones va en gustos-, con gran aparato de gemidos, gritos, resoplidos y casi aullidos femeninos en los instantes postreros. La tarea dura, se alarga, se prolonga. Giro en la cama a izquierda o derecha cada minuto, reajusto la altura de la almohada sin cesar, y recuerdo con rabia el espléndido rioja que hemos trasegado con tanto entusiasmo que, seguro, por la mañana me va a doler la cabeza.
Muy pronto, después de ducharme, bajo a desayunar frugalmente –la gente desayuna en los hoteles como si arrastrara un hambre de posguerra y cartilla de racionamiento-. Me entretengo saludando a los del gremio que no vi por la noche. Subo de nuevo a mi habitación a coger los papeles que necesito y lavarme los dientes –está claro que giro entre cuatro labores: comer, beber, hablar y cuidar mi dentadura-. Al salir de la 612 me encuentro con la pareja inglesa. Son jóvenes, muy rubios, y hacen un gesto mínimo y mudo de saludo. Yo, además de comprobar que cruzan por mi mente pensamientos y sentires que pudorosamente omitiré, recuerdo, como me pasa tantas veces en los hoteles, un fragmento que Alejandro Rossi incluyó en su maravilloso Manual del distraído, un libro que siempre tendrá lugar de honor en mi canon más restringido. Lo acaban de reeditar en bolsillo, y en cuanto retorno a casa lo busco: “Cuántas veces me descubro pensando en las innumerables personas que hacen el amor en este preciso instante detrás de esas ventanas. Es un reconocimiento que nunca deja de asombrarme y que me hace sentir, al caminar por las calles, como si yo fuera el cuidador de un gigantesco burdel”.
Más tarde, al volver de la cena, en la cual, como suele ocurrir habitualmente en los encuentros profesionales, le hemos dado vueltas jocosas a un amplio surtido de anécdotas y gajes del oficio que nos emparenta y cohesiona, me lavo primero los dientes. El baño es un cubículo que en realidad parece estar en la habitación contigua. Ahora el tono de mis vecinos parece mucho más íntimo, y dominan las risitas apenas contenidas y las frases susurrantes. Vuelvo a la habitación y pongo la tele. Unos minutos de Buenafuente no es que sean como los de mi siempre añorado Seinfeld, pero hay suerte: Berto, con su cara inexpresiva de recién levantado, sus pelos locos y sus comentarios simples y brutales, me hace reír con ganas.
En cuanto caigo en la cama y el silencio reina de nuevo, veo que me va a costar conciliar el sueño. En el entusiasmo de la conversación con los colegas he comido y bebido en demasía. Lo peor es que al día siguiente tengo que estar muy despierto. Mis vecinos de la 611 van a su bola y están en plena faena. Dedican un buen rato a follar o hacer el amor –que esto de las denominaciones va en gustos-, con gran aparato de gemidos, gritos, resoplidos y casi aullidos femeninos en los instantes postreros. La tarea dura, se alarga, se prolonga. Giro en la cama a izquierda o derecha cada minuto, reajusto la altura de la almohada sin cesar, y recuerdo con rabia el espléndido rioja que hemos trasegado con tanto entusiasmo que, seguro, por la mañana me va a doler la cabeza.
Muy pronto, después de ducharme, bajo a desayunar frugalmente –la gente desayuna en los hoteles como si arrastrara un hambre de posguerra y cartilla de racionamiento-. Me entretengo saludando a los del gremio que no vi por la noche. Subo de nuevo a mi habitación a coger los papeles que necesito y lavarme los dientes –está claro que giro entre cuatro labores: comer, beber, hablar y cuidar mi dentadura-. Al salir de la 612 me encuentro con la pareja inglesa. Son jóvenes, muy rubios, y hacen un gesto mínimo y mudo de saludo. Yo, además de comprobar que cruzan por mi mente pensamientos y sentires que pudorosamente omitiré, recuerdo, como me pasa tantas veces en los hoteles, un fragmento que Alejandro Rossi incluyó en su maravilloso Manual del distraído, un libro que siempre tendrá lugar de honor en mi canon más restringido. Lo acaban de reeditar en bolsillo, y en cuanto retorno a casa lo busco: “Cuántas veces me descubro pensando en las innumerables personas que hacen el amor en este preciso instante detrás de esas ventanas. Es un reconocimiento que nunca deja de asombrarme y que me hace sentir, al caminar por las calles, como si yo fuera el cuidador de un gigantesco burdel”.
04 noviembre 2007
La música me confunde
San Sebastián. Mañana de sábado. El día es limpio, espléndido, frío. La parte vieja no tiene todavía a estas horas, un poco antes del mediodía, la animación de txikiteo que ganará una hora después. Camino de la librería, me doy de bruces con un pequeño grupo de txistularis y trompetas que dirige, pequeño y enérgico, uno de los famosos payasos de la ETB (¿Txirri, Mirri? Txiribiton seguro que no: al desconocer el euskera, está condenado al silencio: es el que recibe las bofetadas). La banda suena muy bien. Como van en mi dirección, acompaso mi ritmo al suyo. Disfruto pegado a uno de los trompetas, mientras lanzo ojeadas a la pequeña partitura que lleva frente a sus ojos, cogida con una pinza al instrumento.
Justo al llegar donde la librería, la banda termina el pasacalles, y enseguida un hombre que les acompaña (¿del ayuntamiento?, ¿de alguna sociedad nacionalista?) comienza a repartir paquetes de hojas grapadas con letras de melodías populares vascas. En tres minutos se arremolina un pequeño gentío que apenas deja resquicios para que pase nadie. Nuestro payaso-txistulari, nariz aguileña y gestos de mando, indica en euskera el número del tema que vamos a cantar y marca la entrada a todos los que nos hemos hecho con las letras. A su señal, nos arrancamos, primero tímidamente y pronto con entusiasmo. Triste bizi naiz eta, hilgo banintz hobe (vivo triste, y ojalá muriera), entonamos a ritmo de tres por cuatro, bien apoyados en los músicos para no irnos de tono.
Nos engolfamos después con la deliciosa Ume eder bat, una de las que prefiero del bardo Iparaguirre. El orfeón ha crecido, porque han seguido parándose hombres y mujeres que acometen el estribillo a voz en grito. Los que no quieren ni mirarnos y sólo desean atravesar la masa que bloquea la angosta calle de Fermín Calbetón, son vistos con desprecio. Se trata sin duda de personas insensibles, inmunes al dulce y tibio entusiasmo que nos transporta cuanto más volumen ganamos.
Cuando llega la última canción en esta estación del viacrucis musical, el solemne Oi ama Euskal Herri, un quejido que Benito Lertxundi grabó incluso con orquesta sinfónica, ya me daría igual culminar gritando ¡Gora Euskadi Askatuta! o cosas mucho peores. Mi corazón rebosa nostalgia y añoranza de un mundo más cálido, y se desborda también de pena y gozo, de exaltación reivindicativa y de ganas de abrazar y besar a todos los que conmigo vibran cuando alcanzamos el éxtasis: Oi ama Eskual Herri goxua, zutandik urrun triste banua (Oh, dulce madre Euskal Herria, triste me alejo de ti).
Por la tarde, tras la copiosa y alcohólica comida con unas amigas queridas, inmóvil frente al mar con el sol como único compañero, y sin otro proyecto ni inquietud, me viene a la memoria Ernest Gellner. En el prólogo del libro póstumo de este gran filósofo y politólogo, Nacionalismo –texto implacable sobre esta teoría o religión política-, su hijo recordaba que Gellner, que aunque ciudadano británico era originario de Checoslovaquia, se emocionaba hasta las lágrimas cuando, de tanto en tanto, cantaba viejas canciones de Bohemia que él mismo se acompañaba diestramente con un acordeón. Empieza a hacer frío de verdad, y, como no sé qué hacer con tantos sentimientos encontrados, decido echar a andar a muy buen paso.
Justo al llegar donde la librería, la banda termina el pasacalles, y enseguida un hombre que les acompaña (¿del ayuntamiento?, ¿de alguna sociedad nacionalista?) comienza a repartir paquetes de hojas grapadas con letras de melodías populares vascas. En tres minutos se arremolina un pequeño gentío que apenas deja resquicios para que pase nadie. Nuestro payaso-txistulari, nariz aguileña y gestos de mando, indica en euskera el número del tema que vamos a cantar y marca la entrada a todos los que nos hemos hecho con las letras. A su señal, nos arrancamos, primero tímidamente y pronto con entusiasmo. Triste bizi naiz eta, hilgo banintz hobe (vivo triste, y ojalá muriera), entonamos a ritmo de tres por cuatro, bien apoyados en los músicos para no irnos de tono.
Nos engolfamos después con la deliciosa Ume eder bat, una de las que prefiero del bardo Iparaguirre. El orfeón ha crecido, porque han seguido parándose hombres y mujeres que acometen el estribillo a voz en grito. Los que no quieren ni mirarnos y sólo desean atravesar la masa que bloquea la angosta calle de Fermín Calbetón, son vistos con desprecio. Se trata sin duda de personas insensibles, inmunes al dulce y tibio entusiasmo que nos transporta cuanto más volumen ganamos.
Cuando llega la última canción en esta estación del viacrucis musical, el solemne Oi ama Euskal Herri, un quejido que Benito Lertxundi grabó incluso con orquesta sinfónica, ya me daría igual culminar gritando ¡Gora Euskadi Askatuta! o cosas mucho peores. Mi corazón rebosa nostalgia y añoranza de un mundo más cálido, y se desborda también de pena y gozo, de exaltación reivindicativa y de ganas de abrazar y besar a todos los que conmigo vibran cuando alcanzamos el éxtasis: Oi ama Eskual Herri goxua, zutandik urrun triste banua (Oh, dulce madre Euskal Herria, triste me alejo de ti).
Por la tarde, tras la copiosa y alcohólica comida con unas amigas queridas, inmóvil frente al mar con el sol como único compañero, y sin otro proyecto ni inquietud, me viene a la memoria Ernest Gellner. En el prólogo del libro póstumo de este gran filósofo y politólogo, Nacionalismo –texto implacable sobre esta teoría o religión política-, su hijo recordaba que Gellner, que aunque ciudadano británico era originario de Checoslovaquia, se emocionaba hasta las lágrimas cuando, de tanto en tanto, cantaba viejas canciones de Bohemia que él mismo se acompañaba diestramente con un acordeón. Empieza a hacer frío de verdad, y, como no sé qué hacer con tantos sentimientos encontrados, decido echar a andar a muy buen paso.
10 octubre 2007
Sólo los vi una vez (I)
El mes pasado murieron en muy pocos días dos hombres a los que sólo vi una vez en mi vida. Su recuerdo, sin embargo, volvió nítido, preciso y admirativo en cuanto leí la primera de las varias necrológicas que ambos merecieron en distintos medios. Hay personas que nos acompañan muchos años, familiares, amigos, amantes, y que son testigos y a veces actores decisivos en nuestro tránsito. Otras pasan muy fugazmente, pero dejan en nosotros un poso, algo que desafía nuestras mudanzas vitales más drásticas, y que resiste, por escondido y pequeño que sea, los cambios más violentos de ideas, de gustos, de escenarios. Algo, en suma, que igual no es más que un cierto estilo, una presencia y una voz, unos gestos, o la nostalgia de algo que en los cambios al correr del tiempo hemos perdido sin remedio pero no podemos dejar de añorar.
Pedro Espinosa. El curso 1977-78 repetí sexto de piano en el Conservatorio de Pamplona. En mi penúltima oportunidad de superar el curso, la de junio, me preparé, no sin muchos temores, para el examen final. Entonces era norma que el día señalado, en junio, nos juzgara un tribunal. Alcanzar ese nivel tan relativamente elevado en la carrera no significaba para mí gran cosa. Los cinco primeros cursos mi profesor había sido un hombre distraído, casi ajeno a nuestra suerte como ejecutantes. Le llamaban mucho más las menudencias de la ciudad, sobre las que inquiría en clase a cualquiera. Este hombre, olvidado de cualquier exigencia, toleró que mi técnica en el teclado se enfangara en el desastre mientras regalaba sobresalientes con alegría. La profesora que le sucedió en sexto aullaba ante mis vicios de posición.
En el claustro del Conservatorio había muchos curas y militares. Y casi todos los docentes, incluidas las señoras de avanzada edad que enseñaban piano y canto, tenían de la pedagogía musical una idea extraviada. Los castigos físicos eran habituales en el solfeo (¡a cuántos compañeros recuerdo de rodillas horas enteras!), aunque mucho más dañina resultaba la altanería y hasta el desprecio que diseminaban quienes se aburrían a muerte entre chavales. Por ejemplo, el santón de la Coral de Cámara de Pamplona, el notable (músico) Luis Morondo.
Para el examen de sexto, en junio de 1977, a trancas y barrancas había preparado las piezas que podían corresponderme en sorteo. El día de la gran prueba, el tribunal estaba presidido por Pedro Espinosa. Al pianista canario yo sólo lo había visto un par de veces en foto, nunca en clase ni siquiera por los pasillos del edificio. Pero su nombre no me era nada ajeno: sabía ya por entonces que se trataba de un músico extraordinario que, además, se arriesgaba con las composiciones más vanguardistas y endemoniadas.
¿Cómo es que había caído Pedro Espinosa por Pamplona? Supongo que, aparte de para ganarse la vida con una dosis de seguridad, la pequeña ciudad hacía de escalón en el acceso a conservatorios de más entidad. O bien, no lo sé, era amigo de Pascual Rodríguez Aldave, entonces director del centro (otro que tal, como Morondo), o conocía a don Fernando Remacha, el antecesor de Aldave en el cargo, que en 1977 vivía ya retirado, con el parkinson minándolo sin compasión. Pero la presencia de Espinosa en la escuela de música de una capital de tercer orden era llamativa, un punto estridente incluso. (El contraste entre su estatura artística y el hecho mismo de que tuviera que ganarse la vida en Pamplona no era nada, con todo, si pensamos en una escena que he recordado e imaginado con frecuencia en sus detalles: un músico como don Fernando Remacha viviendo y trabajando, en lo más tenebroso del franquismo, los años cuarenta y cincuenta, en la ferretería familiar de Tudela, después de haber exprimido en Madrid antes de la guerra su época más creativa e intensa. La etapa tudelana de don Fernando se me figura la versión más hirsuta del tantas veces mentado exilio interior.)
Aquel día de junio de 1977 yo temblaba pensando en lo inevitable de mostrar mis torpezas ante una autoridad como Espinosa. Él, alto, calvo, corpulento y muy amable, dijo algunas palabras más bien protocolarias y me invitó a sentarme ante el piano. Tras ejecutar sórdidamente las obras que me habían corrrespondido, me aparté del teclado imaginando que el mismo pianista canario, tan largo como era, se iba a incorporar para darme un bofetón por el brutal ataque a Bach y Debussy que allí se había perpetrado. Se limitó sin embargo a despedirme con una media y educada sonrisa. A los pocos días comprobé estupefacto que me habían aprobado con holgura.
¿Desinterés de Espinosa por nuestra suerte? ¿Deseo de no enemistarse con la profesora que había permitido que llegáramos hasta el final sin la suficiente preparación? ¿Convencimiento de que nuestras raquítica destreza en el piano no podía hacer mal a nadie, liberada como estaba de cualquier vanidad o ilusión de llegar a algo en ese camino?
Ahora Pedro Espinosa ha muerto, y he leído estos días muchas necrológicas donde se recuerda su enorme calidad interpretativa, su vocación pedagógica, su magisterio entre tantos músicos. Yo no volví a verlo en la ciudad tras aquel examen, y ni siquiera sé cuántos años continuó enseñando en Pamplona. Pero más de una vez he lucubrado sobre el sentido de su actitud aquel día, en aquel conservatorio en el cual no sé cuál era su lugar. Me quedó la duda, y también el recuerdo de su leve sonrisa tras mi examen, de la elegancia serena que transmitía el pianista obligado a juzgar a torpes jovenzuelos.
Pedro Espinosa. El curso 1977-78 repetí sexto de piano en el Conservatorio de Pamplona. En mi penúltima oportunidad de superar el curso, la de junio, me preparé, no sin muchos temores, para el examen final. Entonces era norma que el día señalado, en junio, nos juzgara un tribunal. Alcanzar ese nivel tan relativamente elevado en la carrera no significaba para mí gran cosa. Los cinco primeros cursos mi profesor había sido un hombre distraído, casi ajeno a nuestra suerte como ejecutantes. Le llamaban mucho más las menudencias de la ciudad, sobre las que inquiría en clase a cualquiera. Este hombre, olvidado de cualquier exigencia, toleró que mi técnica en el teclado se enfangara en el desastre mientras regalaba sobresalientes con alegría. La profesora que le sucedió en sexto aullaba ante mis vicios de posición.
En el claustro del Conservatorio había muchos curas y militares. Y casi todos los docentes, incluidas las señoras de avanzada edad que enseñaban piano y canto, tenían de la pedagogía musical una idea extraviada. Los castigos físicos eran habituales en el solfeo (¡a cuántos compañeros recuerdo de rodillas horas enteras!), aunque mucho más dañina resultaba la altanería y hasta el desprecio que diseminaban quienes se aburrían a muerte entre chavales. Por ejemplo, el santón de la Coral de Cámara de Pamplona, el notable (músico) Luis Morondo.
Para el examen de sexto, en junio de 1977, a trancas y barrancas había preparado las piezas que podían corresponderme en sorteo. El día de la gran prueba, el tribunal estaba presidido por Pedro Espinosa. Al pianista canario yo sólo lo había visto un par de veces en foto, nunca en clase ni siquiera por los pasillos del edificio. Pero su nombre no me era nada ajeno: sabía ya por entonces que se trataba de un músico extraordinario que, además, se arriesgaba con las composiciones más vanguardistas y endemoniadas.
¿Cómo es que había caído Pedro Espinosa por Pamplona? Supongo que, aparte de para ganarse la vida con una dosis de seguridad, la pequeña ciudad hacía de escalón en el acceso a conservatorios de más entidad. O bien, no lo sé, era amigo de Pascual Rodríguez Aldave, entonces director del centro (otro que tal, como Morondo), o conocía a don Fernando Remacha, el antecesor de Aldave en el cargo, que en 1977 vivía ya retirado, con el parkinson minándolo sin compasión. Pero la presencia de Espinosa en la escuela de música de una capital de tercer orden era llamativa, un punto estridente incluso. (El contraste entre su estatura artística y el hecho mismo de que tuviera que ganarse la vida en Pamplona no era nada, con todo, si pensamos en una escena que he recordado e imaginado con frecuencia en sus detalles: un músico como don Fernando Remacha viviendo y trabajando, en lo más tenebroso del franquismo, los años cuarenta y cincuenta, en la ferretería familiar de Tudela, después de haber exprimido en Madrid antes de la guerra su época más creativa e intensa. La etapa tudelana de don Fernando se me figura la versión más hirsuta del tantas veces mentado exilio interior.)
Aquel día de junio de 1977 yo temblaba pensando en lo inevitable de mostrar mis torpezas ante una autoridad como Espinosa. Él, alto, calvo, corpulento y muy amable, dijo algunas palabras más bien protocolarias y me invitó a sentarme ante el piano. Tras ejecutar sórdidamente las obras que me habían corrrespondido, me aparté del teclado imaginando que el mismo pianista canario, tan largo como era, se iba a incorporar para darme un bofetón por el brutal ataque a Bach y Debussy que allí se había perpetrado. Se limitó sin embargo a despedirme con una media y educada sonrisa. A los pocos días comprobé estupefacto que me habían aprobado con holgura.
¿Desinterés de Espinosa por nuestra suerte? ¿Deseo de no enemistarse con la profesora que había permitido que llegáramos hasta el final sin la suficiente preparación? ¿Convencimiento de que nuestras raquítica destreza en el piano no podía hacer mal a nadie, liberada como estaba de cualquier vanidad o ilusión de llegar a algo en ese camino?
Ahora Pedro Espinosa ha muerto, y he leído estos días muchas necrológicas donde se recuerda su enorme calidad interpretativa, su vocación pedagógica, su magisterio entre tantos músicos. Yo no volví a verlo en la ciudad tras aquel examen, y ni siquiera sé cuántos años continuó enseñando en Pamplona. Pero más de una vez he lucubrado sobre el sentido de su actitud aquel día, en aquel conservatorio en el cual no sé cuál era su lugar. Me quedó la duda, y también el recuerdo de su leve sonrisa tras mi examen, de la elegancia serena que transmitía el pianista obligado a juzgar a torpes jovenzuelos.
08 octubre 2007
Chéjov: La vida fracasada
En marzo de este año se estrenó en el teatro Gayarre de Pamplona un nuevo montaje de Las tres hermanas, tal vez el texto para el teatro más desolado y complejo de Anton Chéjov. La dirección, brillante, fue de Ignacio Aranaz. La obra, en la que amén de las instituciones navarras ha participado el Centro Dramático de Aragón, se está representado todavía en distintos lugares.
Fue idea de la gerente del Gayarre, Ana Zabalegui, repetir, tras los días de función, una experiencia ya ensayada después de las representaciones, hace dos años, de la lorquiana La casa de Bernarda Alba: que varios pintores, coordinados y animados por Pedro Salaberri, creasen una obra que tomara su punto de arranque e inspiración en lo que habían visto y oído. Para afinar el proyecto, y como es de rigor si se quiere soportar esta vida dignamente, fue preciso organizar una suerte de meriendacena, donde, entre chorizo, jamón y buen vino, y con la muy valiosa colaboración del propio Ignacio Aranaz, se habló del teatro de Chéjov, de su sentido e intenciones, de ciertos detalles traídos a colación oportunamente por el director, y de lo que la obra había sugerido, así, a botepronto, a los presentes. Se marcaron plazos y cada uno se fue a su casa a rumiar qué podía hacer a partir de Las tres hermanas.
Los cuadros producidos por los y las artistas que han participado en la propuesta (José Ignacio Agorreta, José Miguel Corral, Miguel Leache, Alicia Otaegui, Julio Pardo, Teresa Sabaté, Pedro y Pablo Salaberri, Sagrario San Martín) se encuentran ya expuestos en distintos lugares del Gayarre desde finales del mes pasado. Yo creo que sin ninguna duda merecen la pena, y que si uno se acerca al teatro a ver en estos meses un espectáculo debería dedicar algo de tiempo a contemplarlos. Chéjov está presente en todos ellos, aunque, es lógico, cada quien ha seguido libérrimamente su propio camino en la asunción de las cuestiones planteadas por el ruso.
En el vestíbulo del teatro podrá el visitante hacerse asimismo con un pequeño catálogo publicado por la Fundación Municipal Teatro Gayarre, y que reproduce las ocho obras, en algún caso junto a las explicaciones que los artistas han querido aportar sobre la suya. Figura además en ese folleto un texto, La vida fracasada, que he escrito sobre Chéjov, sus temas fundamentales y, muy en especial, estas Tres hermanas que, gracias al genial autor, no dejan de emocionarnos y entristecernos.
El texto es demasiado largo para reproducirlo completo en este blog, pero gracias a los buenos amigos de La casa de los Malfenti, una admirable revista literaria electrónica que ya está en su número 24, puede leerse
completo aquí. Como tantos otros, soy un apostol del teatro de Chéjov, y mi única pretensión es la de animar al mundo entero a que se adentre en unas obras maravillosas y radicalmente contemporáneas.
Fue idea de la gerente del Gayarre, Ana Zabalegui, repetir, tras los días de función, una experiencia ya ensayada después de las representaciones, hace dos años, de la lorquiana La casa de Bernarda Alba: que varios pintores, coordinados y animados por Pedro Salaberri, creasen una obra que tomara su punto de arranque e inspiración en lo que habían visto y oído. Para afinar el proyecto, y como es de rigor si se quiere soportar esta vida dignamente, fue preciso organizar una suerte de meriendacena, donde, entre chorizo, jamón y buen vino, y con la muy valiosa colaboración del propio Ignacio Aranaz, se habló del teatro de Chéjov, de su sentido e intenciones, de ciertos detalles traídos a colación oportunamente por el director, y de lo que la obra había sugerido, así, a botepronto, a los presentes. Se marcaron plazos y cada uno se fue a su casa a rumiar qué podía hacer a partir de Las tres hermanas.
Los cuadros producidos por los y las artistas que han participado en la propuesta (José Ignacio Agorreta, José Miguel Corral, Miguel Leache, Alicia Otaegui, Julio Pardo, Teresa Sabaté, Pedro y Pablo Salaberri, Sagrario San Martín) se encuentran ya expuestos en distintos lugares del Gayarre desde finales del mes pasado. Yo creo que sin ninguna duda merecen la pena, y que si uno se acerca al teatro a ver en estos meses un espectáculo debería dedicar algo de tiempo a contemplarlos. Chéjov está presente en todos ellos, aunque, es lógico, cada quien ha seguido libérrimamente su propio camino en la asunción de las cuestiones planteadas por el ruso.
En el vestíbulo del teatro podrá el visitante hacerse asimismo con un pequeño catálogo publicado por la Fundación Municipal Teatro Gayarre, y que reproduce las ocho obras, en algún caso junto a las explicaciones que los artistas han querido aportar sobre la suya. Figura además en ese folleto un texto, La vida fracasada, que he escrito sobre Chéjov, sus temas fundamentales y, muy en especial, estas Tres hermanas que, gracias al genial autor, no dejan de emocionarnos y entristecernos.
El texto es demasiado largo para reproducirlo completo en este blog, pero gracias a los buenos amigos de La casa de los Malfenti, una admirable revista literaria electrónica que ya está en su número 24, puede leerse
completo aquí. Como tantos otros, soy un apostol del teatro de Chéjov, y mi única pretensión es la de animar al mundo entero a que se adentre en unas obras maravillosas y radicalmente contemporáneas.
07 octubre 2007
Más sobre "Las Trece Rosas"
“Y las actrices tan contentas en el suplemento de El País del domingo 30 de septiembre. Las Trece Rosas utilizadas para promocionar moda. Qué indignidad”.
Susana Horcada (Pamplona). El País, 7 de octubre, en la sección El defensor del lector
Susana Horcada (Pamplona). El País, 7 de octubre, en la sección El defensor del lector
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