Epílogo
Me arrepiento de tanta inútil queja,
de tanta
lamentación improcedente.
Son las reglas del juego inapelables
y justifican toda, cualquier pérdida.
Ahora
sólo lo inesperado o lo imposible
podría hacerme llorar:
una resurrección, ninguna muerte.
Se ha muerto Angel González, y no me extraña que aparezcan tantos artículos sobre él, tantos elogios, tantos lamentos por su ausencia. Porque, más allá de lo que puedan llorarlo sus amigos, Angel González ha sido uno de los pocos poetas que verdaderamente ha llegado en los últimos años al corazón de un amplio público lector. Sin bajar la guardia de la calidad, González ha escrito poemas de una rara sencillez y hondura, poemas que circulan de verdad, y no sólo entre enamorados, poemas que ayudan a muchos a decir lo que las palabras propias no aciertan a formar.
En fin, mucho mejor leer a José María Romera. Él sí ha sabido explicar el milagro limpio y hermoso de esta poesía para todos los públicos.