14 enero 2008

Angel González

Epílogo

Me arrepiento de tanta inútil queja,
de tanta
lamentación improcedente.
Son las reglas del juego inapelables
y justifican toda, cualquier pérdida.
Ahora
sólo lo inesperado o lo imposible
podría hacerme llorar:

una resurrección, ninguna muerte.


Se ha muerto Angel González, y no me extraña que aparezcan tantos artículos sobre él, tantos elogios, tantos lamentos por su ausencia. Porque, más allá de lo que puedan llorarlo sus amigos, Angel González ha sido uno de los pocos poetas que verdaderamente ha llegado en los últimos años al corazón de un amplio público lector. Sin bajar la guardia de la calidad, González ha escrito poemas de una rara sencillez y hondura, poemas que circulan de verdad, y no sólo entre enamorados, poemas que ayudan a muchos a decir lo que las palabras propias no aciertan a formar.

En fin, mucho mejor leer a José María Romera. Él sí ha sabido explicar el milagro limpio y hermoso de esta poesía para todos los públicos.

06 enero 2008

Una biblioteca

El texto que viene a continuación aparecerá muy pronto en la revista TK, que editan anualmente los bibliotecarios de Navarra. El bloque especial del número de este año tiene una parte sobre bibliotecas privadas.

Mi biblioteca, un proyecto de lectura

Tengo una biblioteca en casa que en estos momentos rondará ya los diez mil volúmenes. Se ha ido formando sin ninguna pretensión, simplemente al correr de los días y de mi adicción por los libros y la lectura. No trato de batir ningún record ni pretendo alardear de nada. Tampoco me mueve un impulso coleccionista o inversor de ninguna clase. Sucede, sin más, que me gusta comprar libros, y que quiero que me acompañen y pueda consultarlos y disfrutarlos en cualquier momento. Eso sí, la biblioteca, desigual, desequilibrada, nutrida y al mismo tiempo modesta, pero muy personal, es, económica y sentimentalmente, mi posesión material más valiosa.

Comencé a comprar libros tarde, a los quince años, cuando gané mis primeros dineros trabajando. Antes, lógico, no tenía un real. En mi ambiente las pagas daban para muy poco. Al llegar a la adolescencia no poseía más de veinte títulos, porque en mi familia los libros brillaban por su ausencia. Mis padres no eran burgueses, o simplemente ilustrados que alimentasen un ambiente en el que poseer libros y leerlos fueran gusto y costumbre. Así que guardo memoria del ansia con que, sobre todo a partir de los nueve años, aguardaba el valiosísimo obsequio de un volumen, que siempre rogaba que fuera de Enid Blyton con aventuras de los cinco, excepto en 1970, cuando por cincuenta pesetas compré y tragué en horas lo que entonces consideraba una joya, el análisis del influyente periodista Pedro Escartín sobre el mundial de México, aquel que ganó la selección mágica del último Pelé. ¿Qué más pude leer? Algún libro que me dejaron en el colegio, especialmente a partir de los once años, y los que eran propiedad de mi hermana (diez o doce: Martín Vigil, El diario de Daniel, Corazón...). Ah, y muy especialmente los que me pasaba un primo que influyó mucho en mí, libros marxistas, o más exactamente troskistas, junto a otros cristianos y rojeras muy baratos de la editorial ZYX, que yo no entendía más que a medias pero deglutía sin pestañear.

A los quince años empecé a ganar dinero en verano, y mis compras se hicieron entusiastas y sostenidas. Aún conservo libros adquiridos en 1973, con una emoción inaugural, en un comercio de vida breve, la galería Artiza, en la calle del Carmen. Las conquistas cogieron velocidad de crucero cuando a los 24 años tuve ya un sueldo regular y satisfactorio, y desde entonces nunca han cesado. Para comprar he pasado miles de horas en librerías, refugios donde se me pasan sin sentir y que me atraen en sí mismas, al margen de si acabo o no llevándome algo. En las librerías puedo quedarme absorto mucho tiempo, en un estado de extrema concentración y felicidad, sorprenderme ilusionado con novedades aún calientes, detenerme otra vez en títulos que he hojeado varias veces sin terminar de decidirme, picotear sin prisa ni fatiga, coger el vuelo de una frase o de un fragmento en que he recalado sin más... Qué bien estoy en las librerías, en particular en aquellas espaciosas donde nadie pregunta ni molesta y se puede navegar de descubrimiento en descubrimiento, solazándome con la soledad, al albur de una cubierta llamativa, de una sorpresa, del recuerdo agradecido de otro libro del mismo autor, del lanzamiento que llama imperiosamente.

Una nota casi al margen: en las librerías, y muy de joven, fui miembro también del club de los que de vez en cuando distraían ciertos ejemplares, los cuales, no se sabe en virtud de qué misterioso procedimiento, desembocaban bajo el abrigo o dentro de los pantalones. No conozco a nadie que se jacte de esos despistes de juventud. Pero este asunto requeriría otro artículo. Creo que ahora es más prudente orillarlo, no sin antes recomendar un precioso texto de Nuria Amat, El ladrón de libros.

Como me gustan casi todas las librerías, no puedo ser cliente de una sola, ni siquiera en mi ciudad. En este rubro del consumo me importa mucho ser un hombre sin ataduras ni obligaciones, aunque sólo sean morales o amistosas. No me apetece ser fijo del mismo lugar, por muchos descuentos o condiciones especiales de pago que propongan. Prefiero distribuir mi dinero sin compromisos, abierto al hallazgo en cualquier puesto, local u ocasión. Este llamado de la libertad se ha visto reforzado con la aparición de internet, junto a una fuerte ampliación de oportunidades. En las librerías la vida de los libros cada vez es más breve, y la red ayuda a prolongarla. En ella rescatamos títulos desaparecidos del circuito, esos que en su momento tal vez tuvimos en las manos pero desdeñamos, hasta que al tiempo la sugerencia de alguien, un comentario leído en algún lugar o el descubrimiento de otros libros del autor que sea nos hace rastrearlos sin dilación.

En algunos campos sí compruebo que el tiempo me ha transformado. En los primeros años, esos en los que me hacía con muchos más libros en la época estival, adquirí cientos de novelas policiacas a bajo precio. Fue la época de las maravillosas colecciones de bolsillo de Alianza (todo lo que antes había publicado Emecé en Argentina), Enlace y Bruguera. Pude recorrer gracias a ellas, y entre otros muchos nombres, a los clásicos del género: Hammet, Chandler, Thompson, Ross Mac Donald, Horace McCoy. Como también eran años de cinefilia desbocada, me dio fuerte por los libros sobre este séptimo arte. Con los años esa pasión de juventud se ha deslavado, pero antes se hundió la de comprar y leer libros sobre él. Otro ámbito en el cual tiempo ha que no gasto nada es el de la educación. En el trastero se arrinconan, junto a propuestas teórico-prácticas que intentaban guiarnos en la ilusionada senda de la nueva escuela, los métodos de Celestin Freinet que Laia vendió a los rojeras en los setenta y ochenta —juguetes rotos tras muchos años de ilusión—, y también un puñado de títulos publicados, en coedición con la misma editorial, por la revista Cuadernos de Pedagogía, faro y guía ella misma de nuestros afanes liberadores. Guardo, en fin, en rimeros de incómodo acceso muchos tratados o panfletos más o menos marxistas, leninistas, maoístas y de otras ramas teosóficas, comprados en la época en que amábamos tanto a la revolución. Por cierto que en 1982 me aconteció algo que, de puro azaroso e improbable, nadie se atrevería a insertar en ninguna ficción: en un terremoto que sufrió Pamplona de mediana magnitud cayó sobre mi cráneo poco privilegiado, desde lo más alto de un armario con estanterías, el célebre manual de Marta Harnecker Los conceptos elementales del materialismo histórico, fatigado y subrayado con denuedo en los setenta pero en los ochenta condenado al destierro de las alturas. Tal vez este accidente fuese un ardid de alguna suerte de justicia comunista en venganza por mi desviación.

Salvo en estos cuatro ámbitos, en los que ahora compro muy poco, mis intereses han permanecido sólidos y estables: filosofía –mucha en ciertos periodos—, literatura –siempre—, política e historia –a rachas—, ensayo –creciendo—. Una novedad relativa, tal vez producto de la edad, es que cada vez conquistan más baldas las memorias, biografías y diarios –cuanto más personales, e incluso íntimos, mejor— y los libros que salvan correspondencia entre políticos o escritores. Hay en la magnética atracción por este campo de la memoria personal una necesidad, primero, de satisfacer mi curiosidad por las vidas ajenas; pero anida también la esperanza, por suerte a veces satisfecha, de sacar ejemplos y contraejemplos útiles para mi propia existencia, de atisbar vidas paralelas, o muy poco paralelas, que despejen unos centímetros mi confusión existencial, o al menos me regalen el triste consuelo de la identificación dolorosa y sin consuelo.

Como señaló Nicholas Negroponte en su célebre Ser digital, mientras que los bytes de cualquier documento electrónico no tienen color ni tamaño ni peso, y pueden desplazarse a la velocidad de la luz, los libros están compuestos de átomos, y por tanto conforman una masa, como dice el gurú, “voluminosa, pesada e inerte”. Vaya, que ocupan mucho sitio —y que transportarlos en grandes cantidades machaca cualquier espalda—. En mi caso, y en lo que se refiere al espacio, por ahora voy solventando el problema. Parto desde luego de una premisa: quiero tener los libros cerca, en mi casa. Por suerte las circunstancias personales y económicas hasta ahora me lo han permitido. Nunca he querido alquilar un espacio donde guardar al menos una parte, una bajera o similar. Sólo nueve meses estuvieron mis amados libros, los que entonces tenía, en un guardamuebles, en el intervalo entre un viejo y un nuevo domicilio. Los eché mucho en falta, incluso debido a circunstancias profesionales en las cuales algunos me hubieran venido de perlas. Cuando los reencontré y pude darles estantería en la nueva casa, sentí un genuino placer.

Los libros están en todas las habitaciones excepto los cuartos de baño. Como dice un personaje de La casa de papel, la preciosa fábula sobre bibliópatas, más que bibliómanos, del uruguayo Carlos Domínguez, para tener libros en los baños sería preciso manejar sólo agua fría, y a eso no estoy (todavía) dispuesto. Me gustan las duchas largas y con el agua muy caliente. Pero, cuartos de baño aparte, los libros llevan camino de atestar todas las habitaciones, si bien aún hoy los mantengo más o menos a raya. Eso sí, ya se han hecho dueños de un cómodo sillón donde antes dormía la siesta, han vivido alguna temporada en el suelo o en otros sofás mientras esperaba nuevas estanterías, y en muchas de éstas he dispuesto dos filas —los de delante ocultan a los del fondo— y además aprovecho los resquicios en las pilas verticales para que sostengan otros libros dispuestos horizontalmente.

Mi biblioteca no posee grandes joyas si calculamos en términos de valor bibliológico o de cotización. Ajeno al fetichismo, de normal no pongo los ojos en blanco ante una primera edición o un libro dedicado por el autor, y menos frente a uno antiguo simplemente porque el tiempo le haya hecho esa jugada —aunque he disfrutado muchas veces de ejemplares de estas categorías; pero siempre en función del contenido—. No invierto en libros al estilo de un coleccionista de objetos formalmente raros y valiosos o de un comerciante previsor, no quisiera hacer nunca negocio con lo que tengo. Los libros son para leerlos, o para consultarlos o picotear entre sus líneas, y el aspecto que tengan es, en mi ánimo, secundario. Evidentemente hay rasgos, como la legibilidad, que con los años aprecio cada vez más. Y no soy inmune a la seducción de los buenos papeles, de una impresión que manche con exacta proporción, de una composición bella, equilibrada y armoniosa —o a lo mejor chocante y rupturista—, y no digamos a los detalles pequeños y casi inadvertidos que anuncian a los diseñadores con talento tipográfico y sentido de la disposición. Pero llevo demasiados años, por mi oficio, viendo libros que llaman la atención sólo por los aspectos formales, y nada o casi nada por su contenido, por el texto. Es más, he llegado al hartazgo con los libros objeto, las naderías en cartoné, plata y tela pero con textos de puntuación y sintaxis menesterosas, o tediosos a secas, o con los imperdonables dispendios en libros institucionales. En mi vida, y en la de ciertas almas afines, nos han golpeado y desvelado libros de cuerpo tan mal armado que las hojas se desprendían por culpa de un encolado chapucero, y que embutían los textos en cajas de márgenes disparatados, horrendos tipos de letra e interlineados mataojos. Pero eran textos de pobre continente pero con tanta energía en su interior que pasear con ellos en el bolsillo del abrigo era como transportar dinamita o un gas que liberado podía ocasionar graves trastornos. Ante esta potencia, qué poco pesa una primera edición con dedicatoria, muchas veces escrita formulariamente para un pelma o un desconocido a quien el autor no se pudo quitar de encima. ¿No es mejor una edición reciente, limpia, completa, aunque esté despojada de los falsos prestigios de la antigüedad? No, por mi parte, fetichismos, los justos. O, en todo caso, situemos esa pasión coleccionista, o de rastreo de libros objeto, en otra casilla, en una bien lejana de la que ocupa ese lector voraz al que conmociona el espíritu una frase, una revelación, una historia subyugadora, un argumento contundente y trabado con insuperable belleza.

Con estas premisas, no extrañará que tenga un notable número de libros de bolsillo, o que compre con delectación en ferias de viejo y ocasión en cualquier puesto, mercado o caseta. Bolsillo, novedades rebajadas, chollos, distintas ediciones saldadas del mismo título, libros que poseo pero pillo para regalar y compartir con gente querida..., y de tanto en tanto, por qué no, rarezas o joyitas descatalogadas. Los libros de bolsillo, en concreto, me parecen un invento magnífico. Con ellos he sido dichoso en mi casa en un sillón, con los pies en alto, pero también en salas de espera y estaciones de viaje. No voy a ningún lugar sin un libro, ni espero en una cita sin algo que echarme a la vista. Los libros de bolsillo, ligeros, toscos, que en invierno escondo en los fondos de una trenka o abrigo, me han obsequiado con ratos inolvidables en esos intervalos en los cuales uno no puede hacer nada mejor que leer, esos tiempos muertos en no-lugares en que, bendita limitación, una de dos: o se berrea con desafuero por el móvil o, creo que mucho más dignamente, se lee.

Compro muchos libros pero no logro saciar la sed. Siempre me saca varios cuerpos mi ansia de conocer, mi curiosidad por mil asuntos, autores o personajes, o por nuevas historias urdidas por creadores que me gritan desde los escaparates o las mesas de novedades. De manera que también soy usuario de las bibliotecas, esos sitios, como las librerías, donde la dicha tiene su trampolín y acicate. El servicio de préstamo me permite picotear por libros de los que tengo pocas referencias, o de los que no estoy seguro de su valor. Hace posible especialmente que me asome a novelas que, a estas alturas, cuando soy mucho más selectivo, es decir, un lector exigente y menos fascinado, no tengo ganas de comprar y guardar. Pero, por suerte, a veces un libro comenzado en préstamo me atrapa de tal modo que lo dejo y corro a comprarlo.

Los libros no se prestan. Prestar un libro es la vía más segura hacia su pérdida. Ciertamente, hay muchos lectores, la mayoría, que, como escribió C. S. Lewis, “nunca leen algo dos veces (...) La frase ‘Ya lo he leído’ es un argumento inapelable contra la lectura de un determinado libro”. Para ellos ese libro está muerto “como una cerilla quemada o un billete de tren utilizado”. No es extraño que esa clase de lectores presten, y que incluso hagan circular sus libros entre hermanas, amigos, cualquiera, o que no les importe desprenderse de ellos. Cualquier libro (una novela, de normal) ha dejado de tener ya el más mínimo interés, es algo liquidado. Pero hablo, claro es, de quienes tenemos otra relación con los libros (con determinados libros, por supuesto) y en general con la experiencia lectora. Y, entre esos, los más peligrosos son los semejantes, los heridos por la misma adicción. Con los años he aprendido a comprender a otros bibliómanos, y reconozco la mirada ávida y asesina del que pone los pies en casa y clava pronto sus ojos y sus manos justo en ese libro que andaba buscando, en ese ejemplar que anhela con premura. A esos hermanos en la enfermedad, nada de nada, polvorones en el desierto. Ahora bien, sí hay libros que hasta el más enfermo o posesivo presta, porque los tiene repetidos o porque su pérdida no le ocasionaría quebranto. Yo, por ejemplo, ya he dicho que puedo hacerme con varios ejemplares de un libro (es una forma de homenaje al recuerdo de su lectura), normalmente en saldos, que disfruto después regalando.

Los libros dicen mucho de su propietario, lo mismo que, por supuesto, no tener libros o exhibir sólo cuatro noveluchas o cinco mamotretos de los que regalaban las cajas de ahorro, también apunta a un rasgo muy relevante del que guarda tan magra posesión. Podríamos hablar largo y tendido sobre las falsas igualdades y los democratismos, la pérdida de la distinción entre el obligado respeto a las personas y el más rabioso desprecio por la banalidad y la estupidez, o de las diferencias, en una sociedad decente, entre la vulgaridad y la excelencia. Todos somos iguales ante la ley, pero no todo es lo mismo ni da igual. Pero, al margen de esta cuestión, que nos llevaría por senderos polémicos, creo, ubicándome en un terreno mucho menos conflictivo, que una biblioteca de varios miles de volúmenes anuncia, entre otras notas, a un propietario más bien sedentario. Y creo que hay un parentesco entre la lentitud, esa cualidad hoy reivindicada por ciertos grupos sociales incómodos en el mundo moderno, y la costumbre de leer, al menos cierto tipo de lectura. Las personas que viajan mucho, los nómadas, o sin más quienes cambian de domicilio a menudo, no suelen poseer grandes bibliotecas. En este mundo cada día más agitado y veloz, que entroniza el movimiento frenético y la novedad constante, quien ama los libros y los acumula y guarda y lee vive, casi de forma natural, con más lentitud, con la morosidad que impone ese particular fluir despacioso de la lectura. Soledad, silencio, calma, incluso pereza..., una constelación de inclinaciones hostiles al ruido, la prisa y la ansiedad, un modo de vida.

El que tiene miles de libros les ha perdido el miedo. “La gente verdaderamente culta es capaz de tener en su casa miles de libros que no ha leído, sin perder el aplomo, ni dejar de seguir comprando más”, escribe Gabriel Zaid. Son personas a las que no les importa acumular y no leer -aunque eso no significa ni remotamente que no lean—. Simplemente, comprar y leer son dos operaciones distintas. Ahora bien, el bibliómano que además es lector no tiene ninguna gana de dar el pego o alardear. “Tener a la vista libros no leídos es como girar cheques sin fondos: un fraude a las visitas”, dice el mismo Zaid. No, no. Creo más bien que “toda biblioteca personal es un proyecto de lectura” (José Gaos). Sólo que el empeño del lector bulímico se topa con la realidad, y el proyecto, fatalmente, queda, como el personaje de Italo Calvino, demediado. Vuelvo al maestro Zaid: “Después de leer miles de libros, no es un acto de fingida modestia [decir que no se ha leído nada]: es rigurosamente exacto. Pero ¿no es quizá eso, exactamente, socráticamente, lo que los muchos libros deberían enseñarnos? Ser ignorantes a sabiendas, con plena aceptación. Dejar de ser simplemente ignorantes, para llegar a ser ignorantes inteligentes”.

No todo es positivo en el afán acumulador. Por eso me gustaría terminar con dos notas tan personales como el resto del artículo y que me inclinan en ocasiones hacia la melancolía o el disgusto. La primera es que, de tanto en tanto, el comprador feroz, el poseedor de una nutrida y creciente biblioteca –yo mismo—, se nota invadido por una peligrosa mezcla de fatiga, desorientación y hastío. En esos desfallecimientos siente que la compulsión acumuladora conspira y pelea contra el placer lector. Ya he dicho que en la juventud cada libro era un objeto precioso al que dábamos dentelladas voraces, ciegas, un manjar raro y precioso, a veces pese a no entender buena parte. Ahora que acumulo en periodos muy cortos pilas y pilas de libros, la sobreabundancia provoca punzadas de ese cansancio que aqueja a quien de pronto, una tarde cualquiera, no sabe por dónde tirar, en qué volumen podrá encontrarse con la chispa que va a colmar su día, y mira sus tesoros, siquiera sea transitoriamente, con espíritu abotargado, empachado, como se mira extrañado y triste aquello que un día nos enamoró y hoy sólo provoca desasosiego o tibieza.

La segunda nota de inquietud brota de la relación entre leer y escribir, una relación compleja, dialéctica, fatal. El lector, casi siempre, acaba deslizándose, más pronto que tarde, hacia algún modo de escritura, por privada e informal que sea. Pero en mi experiencia la competencia lectora, y de normal la consiguiente atención puntillosa hacia la calidad de la escritura, son cualidades que conducen, en mayor o menor medida, a un nuevo estado de cosas que va en grave detrimento de la libertad lectora. Conozco excepciones admirables, lectores puros, personas sin compromisos, ágrafos, o gente que separa drásticamente su vida profesional y su experiencia lectora íntima, y que sólo leen al ritmo de sus apetencias libérrimas y tornadizas. Pero pertenezco al partido de los muchos a quienes los años han ido arrebatando libertad. Se lee en función de que se va a escribir algo, de que se va a dar una clase, porque se tiene en general una obligación, o porque alguien te ha pedido que leas lo suyo, te apetezca o no. Son, desgraciadamente, esos elementos o compromisos los que determinan las lecturas, que dejan de ser un acto dictado por el humor de cada día. Recuerdo que Miguel Sánchéz-Ostiz habló en una conferencia de que en este tiempo de su vida leía sólo los libros de los que tenía que pergeñar una recensión o comentario crítico para algún medio de comunicación. Yo, sin llegar a eso, ya no puedo dejarme conducir tampoco, casi nunca, por mi santas y soberanas ganas.

En fin, menos mal que exagero un poco. Todavía en ciertos días se abren huecos de serenidad, silencio y libertad en los cuales, rodeado de mis libros, picoteo de aquí y de allá, o simplemente me meto hasta el cuello en ese pozo de concentración y gusto que pertenece a otro mundo, a ese mundo aparte del que no quisiéramos salir entonces ni por todo el oro del mundo, a ese territorio o planeta aparte del que escribió Italo Calvino: “Pertenezco a esa parte de la humanidad –una minoría a escala planetaria pero creo que una mayoría entre mi público— que pasa gran parte de sus horas de vigilia en un mundo especial, en un mundo hecho de líneas horizontales en el que las palabras van una detrás de otra y en el que cada frase y cada punto y aparte ocupan su lugar debido: un mundo que puede ser muy rico, quizá incluso más rico que el no escrito, pero que, en cualquier caso, requiere cierto trato especial para situarse dentro de él. Cuando me aparto del mundo escrito para reencontrar mi lugar en el otro, en lo que solemos llamar el mundo, hecho de tres dimensiones, cinco sentidos y poblado por miles de millones de seres como nosotros, esto equivale para mí a repetir, cada vez, el trauma del nacimiento, a dar forma de realidad inteligible a un conjunto de sensaciones confusas y a elegir una estrategia para enfrentar lo inesperado sin que me destruya”. Exactamente.

29 diciembre 2007

Con la sutileza de Jiménez Losantos

En un libro que pronto publicará la Universidad Pública de Navarra encuentro las cuartetas que reproduzco a continuación. Vieron la luz en enero de 1935 en El Mensajero de San Antonio. El colaborador de esta combativa revista católica quería contraponer su postura social y la que, supuestamente, mantenían “los socialistas” (no el PSOE, claro, sino en realidad cualquier laicista). Al margen de si tienen gracia o no, apenas encuentro diferencias importantes entre lo que quieren subrayar y muchas de las afirmaciones que vomitan ahora, día sí y día también, no pocos obispos y grupos católicos. Como dice Arcadi Espada en el periódico de hoy, “las religiones son un peligro (...) especialmente por la intolerable superioridad moral que exhiben sus fábulas”.

El Católico:

Quiero un pueblo que trabaje
y en su casa no se aburra,
que investigue, que discurra,
que lea y hasta que viaje.

Quiero un pueblo con labranza,
con industria y con caminos,
por donde anden sus vecinos
con holgura y sin holganza.

Quiero un pueblo con ciudades,
donde tengan sus recreos
institutos y museos,
sociedad y sociedades.

El Socialista:

Yo quiero un pueblo salvaje,
con los instintos de fiera,
que luche, que mate y muera,
coma, duerma y no trabaje.

Quiero un pueblo violador,
rebelado contra todo,
que esté metido en el lodo
para que huelgue mejor.

Quiero un pueblo sin ciudades,
con muchas selvas sombrías,
que coma todos los días
carne de obispo y abades.

03 diciembre 2007

Público y privado

"Yo no sabría separar mi vida privada, porque para mí ha sido mucho más importante. Para mí ha sido más importante mi vida particular, digamos, que cualquier otra cosa pública que me haya ocurrido. (...) Para mí el mundo afectivo ha sido más importante que nada. De hecho, la única cosa que de verdad me hace sufrir, que me angustia, es ver sufrir a las personas que quiero. Y desgraciadamente, como todo el mundo, sólo he hecho sufrir a las personas que quiero, es decir, tengo fama de buena persona en el sentido de que no me meto mucho con nadie, pero casi todo el mundo me es indiferente. Ser malo es prestar una enorme atención a la gente, y como yo no les presto atención, no suelo ser malo con casi nadie. Pero desgraciadamente, en cambio, es a las personas a las que quiero a las que puedo hacer sufrir y las que me hacen sufrir a mí. Y en ese sentido ése es el mundo que más me ha ocupado. De cada pensamiento público, cívico, que he tenido en mi vida, por cada uno de esos, he tenido trescientos relacionados con mis afectos".

Fernando Savater. Conversación con Remedios Ávila en la Universidad de Granada el 24 de abril de 2006

17 noviembre 2007

Paredes de hotel

Cuando llego a la espaciosa habitación 612 del hotel donde me alojaré unas noches, lo primero es ensayar, supongo que como todo el mundo, la reconstrucción de un simulacro de hogar. Saca uno de la maleta ropas, zapatos, objetos de aseo y, en mi caso, algunos libros, y lo dispone por armarios, perchas, mesas y encimeras. Mientras me atareo, compruebo que las paredes son de papel. En la habitación de al lado, distingo con nitidez, una pareja habla en inglés con estridencia, tanta que en un principio imagino que discuten. No, medio minuto más tarde su tono es cálido, de confianza y juego.

Más tarde, al volver de la cena, en la cual, como suele ocurrir habitualmente en los encuentros profesionales, le hemos dado vueltas jocosas a un amplio surtido de anécdotas y gajes del oficio que nos emparenta y cohesiona, me lavo primero los dientes. El baño es un cubículo que en realidad parece estar en la habitación contigua. Ahora el tono de mis vecinos parece mucho más íntimo, y dominan las risitas apenas contenidas y las frases susurrantes. Vuelvo a la habitación y pongo la tele. Unos minutos de Buenafuente no es que sean como los de mi siempre añorado Seinfeld, pero hay suerte: Berto, con su cara inexpresiva de recién levantado, sus pelos locos y sus comentarios simples y brutales, me hace reír con ganas.

En cuanto caigo en la cama y el silencio reina de nuevo, veo que me va a costar conciliar el sueño. En el entusiasmo de la conversación con los colegas he comido y bebido en demasía. Lo peor es que al día siguiente tengo que estar muy despierto. Mis vecinos de la 611 van a su bola y están en plena faena. Dedican un buen rato a follar o hacer el amor –que esto de las denominaciones va en gustos-, con gran aparato de gemidos, gritos, resoplidos y casi aullidos femeninos en los instantes postreros. La tarea dura, se alarga, se prolonga. Giro en la cama a izquierda o derecha cada minuto, reajusto la altura de la almohada sin cesar, y recuerdo con rabia el espléndido rioja que hemos trasegado con tanto entusiasmo que, seguro, por la mañana me va a doler la cabeza.

Muy pronto, después de ducharme, bajo a desayunar frugalmente –la gente desayuna en los hoteles como si arrastrara un hambre de posguerra y cartilla de racionamiento-. Me entretengo saludando a los del gremio que no vi por la noche. Subo de nuevo a mi habitación a coger los papeles que necesito y lavarme los dientes –está claro que giro entre cuatro labores: comer, beber, hablar y cuidar mi dentadura-. Al salir de la 612 me encuentro con la pareja inglesa. Son jóvenes, muy rubios, y hacen un gesto mínimo y mudo de saludo. Yo, además de comprobar que cruzan por mi mente pensamientos y sentires que pudorosamente omitiré, recuerdo, como me pasa tantas veces en los hoteles, un fragmento que Alejandro Rossi incluyó en su maravilloso Manual del distraído, un libro que siempre tendrá lugar de honor en mi canon más restringido. Lo acaban de reeditar en bolsillo, y en cuanto retorno a casa lo busco: “Cuántas veces me descubro pensando en las innumerables personas que hacen el amor en este preciso instante detrás de esas ventanas. Es un reconocimiento que nunca deja de asombrarme y que me hace sentir, al caminar por las calles, como si yo fuera el cuidador de un gigantesco burdel”.

04 noviembre 2007

La música me confunde

San Sebastián. Mañana de sábado. El día es limpio, espléndido, frío. La parte vieja no tiene todavía a estas horas, un poco antes del mediodía, la animación de txikiteo que ganará una hora después. Camino de la librería, me doy de bruces con un pequeño grupo de txistularis y trompetas que dirige, pequeño y enérgico, uno de los famosos payasos de la ETB (¿Txirri, Mirri? Txiribiton seguro que no: al desconocer el euskera, está condenado al silencio: es el que recibe las bofetadas). La banda suena muy bien. Como van en mi dirección, acompaso mi ritmo al suyo. Disfruto pegado a uno de los trompetas, mientras lanzo ojeadas a la pequeña partitura que lleva frente a sus ojos, cogida con una pinza al instrumento.

Justo al llegar donde la librería, la banda termina el pasacalles, y enseguida un hombre que les acompaña (¿del ayuntamiento?, ¿de alguna sociedad nacionalista?) comienza a repartir paquetes de hojas grapadas con letras de melodías populares vascas. En tres minutos se arremolina un pequeño gentío que apenas deja resquicios para que pase nadie. Nuestro payaso-txistulari, nariz aguileña y gestos de mando, indica en euskera el número del tema que vamos a cantar y marca la entrada a todos los que nos hemos hecho con las letras. A su señal, nos arrancamos, primero tímidamente y pronto con entusiasmo. Triste bizi naiz eta, hilgo banintz hobe (vivo triste, y ojalá muriera), entonamos a ritmo de tres por cuatro, bien apoyados en los músicos para no irnos de tono.

Nos engolfamos después con la deliciosa Ume eder bat, una de las que prefiero del bardo Iparaguirre. El orfeón ha crecido, porque han seguido parándose hombres y mujeres que acometen el estribillo a voz en grito. Los que no quieren ni mirarnos y sólo desean atravesar la masa que bloquea la angosta calle de Fermín Calbetón, son vistos con desprecio. Se trata sin duda de personas insensibles, inmunes al dulce y tibio entusiasmo que nos transporta cuanto más volumen ganamos.

Cuando llega la última canción en esta estación del viacrucis musical, el solemne Oi ama Euskal Herri, un quejido que Benito Lertxundi grabó incluso con orquesta sinfónica, ya me daría igual culminar gritando ¡Gora Euskadi Askatuta! o cosas mucho peores. Mi corazón rebosa nostalgia y añoranza de un mundo más cálido, y se desborda también de pena y gozo, de exaltación reivindicativa y de ganas de abrazar y besar a todos los que conmigo vibran cuando alcanzamos el éxtasis: Oi ama Eskual Herri goxua, zutandik urrun triste banua (Oh, dulce madre Euskal Herria, triste me alejo de ti).

Por la tarde, tras la copiosa y alcohólica comida con unas amigas queridas, inmóvil frente al mar con el sol como único compañero, y sin otro proyecto ni inquietud, me viene a la memoria Ernest Gellner. En el prólogo del libro póstumo de este gran filósofo y politólogo, Nacionalismo –texto implacable sobre esta teoría o religión política-, su hijo recordaba que Gellner, que aunque ciudadano británico era originario de Checoslovaquia, se emocionaba hasta las lágrimas cuando, de tanto en tanto, cantaba viejas canciones de Bohemia que él mismo se acompañaba diestramente con un acordeón. Empieza a hacer frío de verdad, y, como no sé qué hacer con tantos sentimientos encontrados, decido echar a andar a muy buen paso.

10 octubre 2007

Sólo los vi una vez (I)

El mes pasado murieron en muy pocos días dos hombres a los que sólo vi una vez en mi vida. Su recuerdo, sin embargo, volvió nítido, preciso y admirativo en cuanto leí la primera de las varias necrológicas que ambos merecieron en distintos medios. Hay personas que nos acompañan muchos años, familiares, amigos, amantes, y que son testigos y a veces actores decisivos en nuestro tránsito. Otras pasan muy fugazmente, pero dejan en nosotros un poso, algo que desafía nuestras mudanzas vitales más drásticas, y que resiste, por escondido y pequeño que sea, los cambios más violentos de ideas, de gustos, de escenarios. Algo, en suma, que igual no es más que un cierto estilo, una presencia y una voz, unos gestos, o la nostalgia de algo que en los cambios al correr del tiempo hemos perdido sin remedio pero no podemos dejar de añorar.

Pedro Espinosa. El curso 1977-78 repetí sexto de piano en el Conservatorio de Pamplona. En mi penúltima oportunidad de superar el curso, la de junio, me preparé, no sin muchos temores, para el examen final. Entonces era norma que el día señalado, en junio, nos juzgara un tribunal. Alcanzar ese nivel tan relativamente elevado en la carrera no significaba para mí gran cosa. Los cinco primeros cursos mi profesor había sido un hombre distraído, casi ajeno a nuestra suerte como ejecutantes. Le llamaban mucho más las menudencias de la ciudad, sobre las que inquiría en clase a cualquiera. Este hombre, olvidado de cualquier exigencia, toleró que mi técnica en el teclado se enfangara en el desastre mientras regalaba sobresalientes con alegría. La profesora que le sucedió en sexto aullaba ante mis vicios de posición.

En el claustro del Conservatorio había muchos curas y militares. Y casi todos los docentes, incluidas las señoras de avanzada edad que enseñaban piano y canto, tenían de la pedagogía musical una idea extraviada. Los castigos físicos eran habituales en el solfeo (¡a cuántos compañeros recuerdo de rodillas horas enteras!), aunque mucho más dañina resultaba la altanería y hasta el desprecio que diseminaban quienes se aburrían a muerte entre chavales. Por ejemplo, el santón de la Coral de Cámara de Pamplona, el notable (músico) Luis Morondo.

Para el examen de sexto, en junio de 1977, a trancas y barrancas había preparado las piezas que podían corresponderme en sorteo. El día de la gran prueba, el tribunal estaba presidido por Pedro Espinosa. Al pianista canario yo sólo lo había visto un par de veces en foto, nunca en clase ni siquiera por los pasillos del edificio. Pero su nombre no me era nada ajeno: sabía ya por entonces que se trataba de un músico extraordinario que, además, se arriesgaba con las composiciones más vanguardistas y endemoniadas.

¿Cómo es que había caído Pedro Espinosa por Pamplona? Supongo que, aparte de para ganarse la vida con una dosis de seguridad, la pequeña ciudad hacía de escalón en el acceso a conservatorios de más entidad. O bien, no lo sé, era amigo de Pascual Rodríguez Aldave, entonces director del centro (otro que tal, como Morondo), o conocía a don Fernando Remacha, el antecesor de Aldave en el cargo, que en 1977 vivía ya retirado, con el parkinson minándolo sin compasión. Pero la presencia de Espinosa en la escuela de música de una capital de tercer orden era llamativa, un punto estridente incluso. (El contraste entre su estatura artística y el hecho mismo de que tuviera que ganarse la vida en Pamplona no era nada, con todo, si pensamos en una escena que he recordado e imaginado con frecuencia en sus detalles: un músico como don Fernando Remacha viviendo y trabajando, en lo más tenebroso del franquismo, los años cuarenta y cincuenta, en la ferretería familiar de Tudela, después de haber exprimido en Madrid antes de la guerra su época más creativa e intensa. La etapa tudelana de don Fernando se me figura la versión más hirsuta del tantas veces mentado exilio interior.)

Aquel día de junio de 1977 yo temblaba pensando en lo inevitable de mostrar mis torpezas ante una autoridad como Espinosa. Él, alto, calvo, corpulento y muy amable, dijo algunas palabras más bien protocolarias y me invitó a sentarme ante el piano. Tras ejecutar sórdidamente las obras que me habían corrrespondido, me aparté del teclado imaginando que el mismo pianista canario, tan largo como era, se iba a incorporar para darme un bofetón por el brutal ataque a Bach y Debussy que allí se había perpetrado. Se limitó sin embargo a despedirme con una media y educada sonrisa. A los pocos días comprobé estupefacto que me habían aprobado con holgura.

¿Desinterés de Espinosa por nuestra suerte? ¿Deseo de no enemistarse con la profesora que había permitido que llegáramos hasta el final sin la suficiente preparación? ¿Convencimiento de que nuestras raquítica destreza en el piano no podía hacer mal a nadie, liberada como estaba de cualquier vanidad o ilusión de llegar a algo en ese camino?

Ahora Pedro Espinosa ha muerto, y he leído estos días muchas necrológicas donde se recuerda su enorme calidad interpretativa, su vocación pedagógica, su magisterio entre tantos músicos. Yo no volví a verlo en la ciudad tras aquel examen, y ni siquiera sé cuántos años continuó enseñando en Pamplona. Pero más de una vez he lucubrado sobre el sentido de su actitud aquel día, en aquel conservatorio en el cual no sé cuál era su lugar. Me quedó la duda, y también el recuerdo de su leve sonrisa tras mi examen, de la elegancia serena que transmitía el pianista obligado a juzgar a torpes jovenzuelos.

08 octubre 2007

Chéjov: La vida fracasada

En marzo de este año se estrenó en el teatro Gayarre de Pamplona un nuevo montaje de Las tres hermanas, tal vez el texto para el teatro más desolado y complejo de Anton Chéjov. La dirección, brillante, fue de Ignacio Aranaz. La obra, en la que amén de las instituciones navarras ha participado el Centro Dramático de Aragón, se está representado todavía en distintos lugares.

Fue idea de la gerente del Gayarre, Ana Zabalegui, repetir, tras los días de función, una experiencia ya ensayada después de las representaciones, hace dos años, de la lorquiana La casa de Bernarda Alba: que varios pintores, coordinados y animados por Pedro Salaberri, creasen una obra que tomara su punto de arranque e inspiración en lo que habían visto y oído. Para afinar el proyecto, y como es de rigor si se quiere soportar esta vida dignamente, fue preciso organizar una suerte de meriendacena, donde, entre chorizo, jamón y buen vino, y con la muy valiosa colaboración del propio Ignacio Aranaz, se habló del teatro de Chéjov, de su sentido e intenciones, de ciertos detalles traídos a colación oportunamente por el director, y de lo que la obra había sugerido, así, a botepronto, a los presentes. Se marcaron plazos y cada uno se fue a su casa a rumiar qué podía hacer a partir de Las tres hermanas.

Los cuadros producidos por los y las artistas que han participado en la propuesta (José Ignacio Agorreta, José Miguel Corral, Miguel Leache, Alicia Otaegui, Julio Pardo, Teresa Sabaté, Pedro y Pablo Salaberri, Sagrario San Martín) se encuentran ya expuestos en distintos lugares del Gayarre desde finales del mes pasado. Yo creo que sin ninguna duda merecen la pena, y que si uno se acerca al teatro a ver en estos meses un espectáculo debería dedicar algo de tiempo a contemplarlos. Chéjov está presente en todos ellos, aunque, es lógico, cada quien ha seguido libérrimamente su propio camino en la asunción de las cuestiones planteadas por el ruso.

En el vestíbulo del teatro podrá el visitante hacerse asimismo con un pequeño catálogo publicado por la Fundación Municipal Teatro Gayarre, y que reproduce las ocho obras, en algún caso junto a las explicaciones que los artistas han querido aportar sobre la suya. Figura además en ese folleto un texto, La vida fracasada, que he escrito sobre Chéjov, sus temas fundamentales y, muy en especial, estas Tres hermanas que, gracias al genial autor, no dejan de emocionarnos y entristecernos.

El texto es demasiado largo para reproducirlo completo en este blog, pero gracias a los buenos amigos de La casa de los Malfenti, una admirable revista literaria electrónica que ya está en su número 24, puede leerse
completo aquí. Como tantos otros, soy un apostol del teatro de Chéjov, y mi única pretensión es la de animar al mundo entero a que se adentre en unas obras maravillosas y radicalmente contemporáneas.

07 octubre 2007

Más sobre "Las Trece Rosas"

“Y las actrices tan contentas en el suplemento de El País del domingo 30 de septiembre. Las Trece Rosas utilizadas para promocionar moda. Qué indignidad”.
Susana Horcada (Pamplona). El País, 7 de octubre, en la sección El defensor del lector

Un poema de Cristina Peri Rossi

Hay detalles que me irritan en la actitud sostenida estos días por la escritora Cristina Peri Rossi, de la cual, ya saben, este curso, y por hablar en castellano, han prescindido en la tertulia de Catalunya Radio en que colaboraba. El primero, el más obvio: parece haberse caído ahora de un guindo. Tal vez debido a que, como declaraba el otro día en El Mundo, Cristina Peri Rossi no suele hablar de política porque sencillamente no le interesa –afirmación, como señaló en este blog Andrés Bazin, que provoca estupor a estas alturas de su pelea—, hasta el momento, treinta años después de llegar a Cataluña, no había reparado en cómo se las gastan los prebostes nacionalistas, que educadamente aplican en los despachos lo que les dictan esos energúmenos que escupían a Antonio Muñoz Molina el año pasado en Barcelona, con sus cuerpos a punto de implosionar, “Bilingüismo es fascismo”. Bien dictamina Carod Rovira que catalanes son los que hablan en catalán. Los otros, los castellanoparlantes, son en Cataluña, y deben serlo, como los turcos en Alemania.

Claro que si no hablas de política me temo que acabas pensando de ella con cierta simpleza. Entonces tus análisis son conducidos por los movimientos del ego. El mundo es tu pequeño mundo, poco más que un estado de ánimo. Y acabas derrapando y profiriendo enormidades. “En Cataluña hay miedo, como en la dictadura uruguaya”, afirma furiosa la Peri Rossi. La intensidad del miedo de cada cual es difícil de objetivar y medir, pero, pese a mi nula simpatía por los nacionalismos,¿cabe comparar, hoy por hoy, la actuación del nacionalismo gobernante en Cataluña con la de los milicos que torturaron y asesinaron con saña en el Uruguay de Bordaberri de los años setenta y parte de los ochenta? ¿Podemos hablar del mismo miedo provocado por situaciones objetivas análogas?

En fin, para qué seguir. Cristina Peri Rossi es una estupenda escritora, y creo que trae más cuenta quedarse con su literatura. Por ejemplo, con este poema, incluido en el volumen de poesías completas que hace poco dio a la luz Lumen.

Alegría de vivir

Me levanto
con la certeza
de estar sola:
bajo a la calle
silbo un airecillo
camino contra el viento
enciendo uno de los cigarrillos
que el médico me prohibió
—Estoy sola—
tan contenta
que empiezo a echar monedas
en la máquina del bar
gáname perra,
gáname, tragaperras,
el patrón me mira satisfecho
(Ríete, estúpido, dinero
es lo único que me puedes ganar)
cuando estoy contenta
soy espléndida
tan alegre de estar sola
que enseguida me pongo a conversar
con gente que no me interesa
(Nunca sabrán cuán contenta estoy)
escucho tonterías
no me afectan: tengo alegría interior
soy generosa: digo piropos
a gente que no se los merece
¿Qué voy a hacer si estoy contenta?
Con la felicidad no se puede hacer nada
No se puede escribir poemas
No se puede hacer el amor
No se puede trabajar
No se puede ganar dinero
ni escribir artículos de periódico
La felicidad es esto:
caminar contra el viento
saludar a desconocideos
no comprar comida
(la felicidad es el alimento)
ser espléndida
como el viento gratis que limpia la ciudad
como esta llovizna repentina
que me moja la cara
me resfriaré
pero a mí qué me importa.

02 octubre 2007

Política no, por favor

Personas que aprecio de verdad se extrañan de que meta entradas políticas en este blog. Es evidente que se refieren a las que de tanto en tanto dedico al azote nacionalista, en su variante terrorista o en la otra. No entraré en la historia del pensamiento con mis escritos, sin duda, pero al margen de que la política forme parte inextirpable de nuestra condición vital, y de que sospecho que alguno no me reprocharía lo mismo si los textos despreciaran a Aznar y la llamada derecha extrema, me sofoca una razón básica: a estas alturas ya no puedo con el silencio y la simulación. Sobre todo en los ámbitos públicos, como lo son los blogs.

De política, de esta vertiente esencial de la política, aquí, en navarraeuskadi, únicamente hablan los profesionales de los partidos, o bien las gentes corrientes pero sólo en ámbitos muy homogéneos y de total confianza, complicidad y sigilo –los blogs, con los seudónimos, han liberado energías, es cierto, aunque sean de todos los signos-. Es un tema además sucio, grasiento, tedioso a fuer de irresuelto y mal administrado, en el que la mayoría no se quiere manchar ni complicar la vida, o tener broncas o, en el peor de los casos, que le pase algo. Y por eso no se habla claro, o sencillamente no se habla. Parece incluso de mal gusto. Un ejemplo de ayer mismo: en un admirable blog que miro todos los días, y precisamente porque quien lo mantiene había introducido una espina de denuncia, alguien dejó este comentario: “tienes un blog espectacular, alucinante y original. No lo rebajes metiéndote en cosas que se salen totalmente de la excepcional línea en que lo haces”. ¿No lo rebajes?

No tengo intención de reñir con ninguna de las personas que trato en los diversos círculos de amigos, conocidos o compañeros de trabajo –todo lo contrario, por mi carácter aborrezco los enfrentamientos y adoro los finales felices, las películas de Frank Capra, los buenos sentimientos y la cordialidad-. Pero tampoco me apetece seguir alimentando la confusión ni el silencio cómplice en estos graves asuntos. Mi contribución es nimia, irrelevante, pero quiero mantenerla en tanto siga suspendido sobre nosotros el problema político en sí, y encima de él, como un efecto perverso, esa niebla de temor a la libre expresión, ocultación, pasividad y, a la postre, consentimiento del mal. El mal consentido, seguro que habrá que dar más vueltas a esta vertiente, aunque sea sin la brillantez y profundidad que gana en la reflexión de Aurelio Arteta.

01 octubre 2007

Las trece rosas de moda

El País semanal enseñaba ayer en doble cubierta su tema estrella del número: las llamadas trece rosas, un grupo de mujeres jóvenes fusiladas en agosto de 1939 por el naciente e implacable franquifascismo. Y es que se estrena película sobre aquellas chicas modestas, comunistas, valerosas y entregadas a la causa, gente de otra época y otros modos de vida. Al final del reportaje, en el que aparecen también las actrices que participan en la cinta, leemos los créditos de la historia: Giorgio Armani, Valentino, Amaya Arzuaga, Prada, Chanel, Louis Vuitton, Christian Dior, Carolina Herrera... Escupiré sobre vuestra tumba, escribió Boris Vian.

30 septiembre 2007

No siempre hay que hablar

Feria del libro viejo y ocasión. Abren las casetas el primer día y me abalanzo sobre los montones en venta. Maldita sea, al poco rato tengo a medio metro a una persona a la que suelo ver con frecuencia y agrado. De inmediato me acosa el temor de que reanude esa charla de mil y un asuntos que mantenemos en otros ámbitos. No es el momento, necesito mucha concentración para que no escape nada de interés. Pero el conocido me dirige un escueto holaquetal, tuerce la mirada ostensiblemente y sigue pesquisando. Es de los míos. El resto de la mañana está libre de encuentros peligrosos.

Los negocios de lo público

El nuevo periódico, Público, regalaba ayer un cedé con arias de ópera interpretadas por Luciano Pavarotti. Todo por un euro. Parece nada, pero esto del precio casi siempre acaba siendo relativo. El sonido del regalo es infame. Y la calidad del periódico por ahí anda. Páginas que te pringan los dedos de tinta y que aparecen atestadas de píldoras informativas o de opinión engarzadas en una composición mareante, de las de prensa gratuita y diseñador a la page. Y una ideología dizque de izquierdas sin sutilezas, matices o profundidad. Todo sueltos, breves, eslogans y sentencias sumarias. La buena conciencia del psoe servida con sencillez. Por favor, las gentes de izquierdas nos merecemos algo mejor (¿seguro?). “Público es como la hojita más o menos parroquial que dan en los cines progres”, decía el sábado Arcadi Espada. Pero es que lo importante no es la hojita, continuaba, sino la misa del negocio, del enorme negocio de la tele y los derechos del fútbol. A la larga, añado yo, el París (Cataluña, dicho sea sin metáforas) de las grandes operaciones empresariales bien valdrá incluso esa misa tan cara y relativamente poco rentable de la tele y, en un plano todavía mucho menos relevante, la inane vaselina ideológica del periódico.

25 septiembre 2007

Ni un pelo de tonto

Ayer pensaba hacer otras cosas, pero a media tarde me quedé pegado de nuevo, por enésima vez, a Ni un pelo de tonto, la película que Robert Benton dirigió apoyándose en la novela del mismo título de Richard Russo. Es una película decente, que se ve con mucho gusto, y en la cual un Paul Newman crepuscular borda su papel. Pero en mi caso su fuerza de atracción nace ante todo del recuerdo de la novela de Russo, una de las historias más cautivadoras que he leído. Yo no sé si es una gran novela, una de las que quedarán, y me da pereza ahora entrar en esa inquisición. Pero sé que pocas veces me he entretenido tanto como con las andanzas de Sully y la gente que le rodea en Bath, esa pequeña localidad del estado de Nueva York donde nieva mucho y las calles están casi intransitables.

Todo en esta extensa novela me parece feliz, y muy señaladamente los diálogos, soberbios, repletos de humor y viveza, y la trama envolvente, una sucesión de peripecias menores que divierten y emocionan. Pero es Sully quien nos atrapa desde el arranque. Como tantos antihéroes del cine y la narrativa americana, es un perdedor, un tipo que ha llegado a viejo con la rodilla hecha polvo, sin un dólar ni casa ni relación, al principio, con su exmujer e hijo, pero a quien acompañan una amante con la cual se lía cada vez menos y un pobre ayudante, Rub, un poco tonto pero incondicional de Sully y con el que éste trabaja para conseguir el dinero que le permita ir tirando en los bares con sus verdaderos semejantes. Hay dos bares esenciales en el libro. Allí se come, juega y bebe sin parar, entre bobadas mil veces repetidas, por más que a nosotros nos provoquen hilaridad. Pero, al igual que tantos otros antihéroes, Sully tiene un catálogo muy definido de conductas que ama y aborrece, un código ético más o menos agujereado, con el que ha trampeado más de una vez, pero que dota a sus actos de un precario espíritu de libertad y resistencia. Es un don nadie, pero como se tradujo el título, no tiene un pelo de tonto y ha tratado siempre de bandearse en la vida sin sentir vergüenza. De ese fondo insobornable, de su entereza y presencia de ánimo, brota el respeto ganado entre sus paisanos de Bath.

De Richard Russo hay traducidas varias novelas más, y me atrevo a recomendar asimismo Alto riesgo o Empire Falls –si bien ésta no satisfizo plenamente mis grandes esperanzas-. Pero Ni un pelo de tonto es otra cosa, la gracia delicada y absorbente de un escritor que teje una historia de la que no quisiéramos salir, una habitación maravillosamente oxigenada por el humor y la melancolía. Ayer lunes, entre la película y un buen rato revisitando fragmentos del libro, el día fue muriendo en paz. Qué más puedo pedir.

23 septiembre 2007

No me arrepiento de nada

Un libro que comienza así augura lo mejor. Es preciso hincarle el diente sin dilación.

“Los hombres, y no sólo los autores de memorias, suelen decir que a pesar de los fracasos, las penas, los errores y las decepciones o incluso de las fechorías que llenan su pasado, a fin de cuentas están contentos de un destino que ya ha quedado atrás y, si volvieran a empezar, no elegirían una vida distinta.

No pienso lo mismo de la mía. Sin subestimar lo que hay en ella, respectivamente, de inevitable y de accidental, sin que ninguna de ambas sea deseable, en mi memoria se acumulan las circunstancias, pequeñas o grandes, decisivas o triviales, en las que tenía la facultad de elegir y me equivoqué. Mi memoria me recuerda tan pronto una orientación crucial de mi existencia como un detalle fútil de mi conducta en un episodio sin importancia. Pero casi no pasa un día sin que, en la mesa, en la cama, por la calle, en la playa, no emita un ronco gemido de arrepentimiento y vergüenza. Es cuando me remuerde el recuerdo de una estupidez fatal, una reacción vulgar, una mentira degradante, una fanfarronada ridícula que cometí hace mucho, hace poco o anteayer”.

Jean-François Revel. Memorias. El ladrón en la casa vacía. Editorial gota a gota, página 13.

20 septiembre 2007

El diseño contra la lectura

En el buzón de casa encuentro un folleto que detalla los actos culturales previstos en mi pueblo hasta navidades. Peleo por enterarme de lo que pone pero, quiá, tampoco es plan dejar la vista en el empeño. Sospecho que nadie pensó seriamente en que pudiera leerse la información. El diseñador, temo que jaleado por los que lo contrataron, ha echado el bofe en virguerías y adornicos y en combinaciones de textos en distintas tintas. Pero el resultado es que su aliento supuestamente creador emborrona las páginas. No hay una normal, todas son desequilibradas, chillonas, mareantes. Peor: aquellas donde se informa de los eventos más importantes son las de lectura más penosa, al menos en castellano –porque en mi pueblo todos, absolutamente todos los anuncios oficiales son bilingües; pero vamos a orillar hoy ese respective-.

Trato a menudo con diseñadores gráficos. Algunos son excelentes, pero abundan los que piensan que cuanto más recargada esté la página, mejor. De modo que se aplican con entusiasmo a colocar, junto a los textos o como fondo de página, iconos más o menos originales, o figuras onduladas e irregulares que, a modo de aguas de diversa intensidad, recuerdan los papeles pintados de pared de hace años, o fotografías en distintos grados de nitidez, o líneas, filetes o dibujos en distintos colores y caprichosas formas. Una ristra de elementos que más de una vez saturan y hasta asfixian la página. En su afán pretendidamente artístico encuentran aliados entusiastas en muchos clientes que participan de idéntica opinión vulgar: que se note que hay un diseñador, que se gane la pasta que cobra, por tanto que la página rezume alegría y mucha frondosidad.

Sé que no son iguales las necesidades expresivas de un libro que las de un folleto publicitario o un cartel. Y que tampoco debe ser similar la disposición gráfica en un cartel que informa de las vacaciones del Inserso que el que avisa de un concierto de rock. Pero en todo caso debería respetarse un principio básico: que el texto aparezca limpio y claro y pueda leerse con comodidad. Muchas veces, sin embargo, el trabajo del diseñador tapa lo escrito, o lo desdibuja hasta tal punto, por mor de su impericia o de su concepción del conjunto, que obstaculiza gravemente su lectura. Hay una desatención hacia el texto, casi un desprecio, como si estuviéramos ante un elemento secundario, una mancha más en una composición que en realidad no habría que leer -desprecio que correlaciona con otros: muchos libros o folletos han costado un congo, por el diseñador, el papel especial, las muchas tintas en la impresión y el encuadernado de lujo, y no resisten una lectura: no sólo es que ésta sea fatigosa, es que nadie ha atendido a la corrección estilística y ortográfica de lo que pone-.

“Complicar es fácil; lo que es muy, muy difícil, es simplificar”, apuntó Bruno Munari. Intentando contar su estilo propio de amar esta máxima, recuerdo haber escuchado, por poner un ejemplo, a Jaume Vallcorba, propietario de la magnífica editorial El Acantilado, una disertación apasionada sobre la elección de los tipos y tamaños de letra para sus libros, de los márgenes de página y los espacios entre líneas, de los papeles apropiados, y de su control casi obsesivo del grado de entintado de la máquina impresora sobre cada clase de papel. Todo ello en pos de que, sin notarse, la legibilidad del texto en sus ediciones fuese máxima, de que el lector se sumergiera en cualquiera de los libros de El Acantilado olvidándose (o sin percatarse) de que se habían tomado previamente varias decisiones que buscaban que la lectura pudiera hacerse atendiendo sólo al texto, sin que la vista hiciese ningún esfuerzo adicional. Pues bien, como resume Lidia Mazzalomo, “un buen diseñador será aquel que interprete el texto del autor y la intención del editor de tal modo que, al traducirlo al lenguaje visual, su intervención pueda pasar inadvertida en el diálogo que se establezca entre el lector y su lectura”. Por favor, diseñadores, no molesten, que quiero enterarme de lo que dice sin echar a perder los ojos.

15 septiembre 2007

Desbarrando en la Diada

Los miércoles compro La Vanguardia. El suplemento Culturas, que viene encartado, incluye casi siempre, dentro de su irregularidad, algún artículo enjundioso. Pero esta semana el día de compra era el 12, y no pude por menos que deglutir además una extensa reseña de la celebración, el día anterior, de la Diada, el día “nacional” de Cataluña. Las celebraciones nacionales, comprobé de nuevo, son ocasión pintiparada para que los políticos disparen toda suerte de exabruptos, exageraciones, misticismos identitarios y baladronadas.

A la inmensa mayoría de los catalanes, que expresan su cabreo en las encuestas pero porque los servicios públicos tienden al desastre, las carnavaladas a destiempo, con todo, les traen al pairo. El ciudadano, reconoce el propio periódico “no se queda el fin de semana lamentándose o mirándose el ombligo, sino que aprovecha cualquier oportunidad para zambullirse en el Mediterráneo previa contratación de un vuelo barato pongamos que a la isla de Malta. Y a las penas, puñaladas”. Pero los políticos a lo suyo, a hinchar la vena y perorar sobre las grandezas y desgracias de la patria.

Y qué patria, válgame dios. El teólogo Jordi Pujol dejó sentado, nada menos, que “Cataluña es una realidad histórica, de materia y espíritu, de cuerpo y alma, de sentimiento e institución (...) que viene de lejos, de algo mucho más profundo”. ¿Cataluña nació entera y perfecta la semana de la creación del mundo? ¿Describe el Génesis este parto? Es lo que tienen los clarividentes nacionalistas, que dictaminan con desenvoltura que la nación lo es (este es tiene más carga metafísica que toda la filosofía de Heidegger) desde el origen, permanece sustancialmente idéntica a sí misma en el presente y así continuará hasta el día del juicio final. A los sujetos individuales, a los míseros cuerpos de los catalanes concretos y perecederos, sólo les queda asimilar esta verdad que mossén Pujol les recuerda y someterse a ella. Espíritu, alma, sentimiento...

El día reclamaba enormidades. No había que pararse en los ancestros. De modo que el sucesor de Pujol, Pascual Maragall, que es nacionalista mucho antes que socialista (¿qué diablos significa el término en estas exhibiciones de quién tiene más grande la identidad?), dobló la apuesta y defendió sin ambages la independencia de Cataluña, con estado y lo que sea menester. Sabíamos que Maragall puede decir una cosa y su contraria en cualquier momento, pero como ahora está, al alimón con Artur Mas, en temporada de defender que el nacionalismo catalán tiene que refundarse y conformar un nuevo partido, más allá de lo que ahora son los socialistas y CIU, pues qué mejor que ir ese día de más nacionalista que nadie y apelar a la necesidad de la rauxa (la desmesura un tanto enloquecida) frente a, dijo don Pascual, “la parsimonia”. Rauxa, y mucha, es la que tiene el ex molt honorable.

Ya puestos, escribe el periodista de La Vanguardia, “Maragall comparó la querella contra Jordi Pujol por el caso Banca Catalana con el asesinato de Ernest Lluch, lo que de hecho supone un reconocimiento de que el intento de juzgar al ex presidente fue una injusticia”. Hombre, no, el periodista yerra: su comparación lo que supone es el reconocimiento de que estamos ante un cretino y un miserable, o tal vez de que van a tener razón quienes dicen que es un dipsómano. Teniendo en cuenta la lozanía del Pujol que escuchaba a su lado este paralelismo, comparar el caso Banca Catalana y el asesinato de Lluch es como equiparar la tragedia irreversible de la muerte con una multa de tráfico.

Mientras, muy cerca, los más brutos del lugar, y tal vez porque les golpeaba el sol de pleno -no como a las primeras figuras, cómodamente a la sombra en la tribuna-, daban un paso adelante en la misma dirección que los ex presidentes. El actor Joel Joan (¿lo recuerdan en Periodistas?) hizo suyas las palabras de Xirinachs, que se declaró “amigo de ETA y de Herri Batasuna”, y dio paso a las palabras de un batasuno que había ido a Barcelona a lo suyo. Y, en otra vuelta de tuerca, independentistas de varios grupos minoritarios, los más plus del hipermeganacionalismo, llamaron “traidores” y abuchearon a los jóvenes de Esquerra Republicana, que por lo visto ya no tienen lo que hay que tener. ¿Alguien da más? El nacionalismo gana, ya ha ganado posiciones tan sólidas que sólo nos queda el pataleo.

10 septiembre 2007

Un robusto sentido de sí mismo

"(Traum) se amaba a sí mismo con un amor apasionado y completamente correspondido".

Vladimir Nabokov. La dádiva. Página 208 de la edición en castellano de Anagrama.

Infantilismo

“Me encantan los osos. Los osos panda, los osos polares, los osos pardos...”, comienza la carta de una lectora en El País de hoy. El propio periódico considera que es la más relevante o llamativa de las que publica. Me encantan... ¿Cómo puede una persona de más de ocho años pensar que le vamos a tomar en serio con ese arranque?