30 julio 2012

Lenin, nunca más

Resulta curioso y sorprendente que con demasiada frecuencia se considere un mérito en sí mismo, o un dato que regala suplementos de prestigio, que alguien se conduzca contra la opinión dominante, sea en los medios de comunicación, sea en cualquier controversia pública. ¿Esa voluntad de enfrentamiento con un criterio mayoritario otorga per se más valor o consistencia a nuestras opiniones?

No, claro que no. Ir contra la corriente, sostener una postura minoritaria, atreverse a mantener y defender lo que uno piensa por mucho que contradiga lo más comunmente aceptado, no garantiza, en absoluto, el acierto de lo dicho. Puede que esa opinión minoritaria sea correcta, pero también cabe que sea una majadería, o una vileza que sólo merezca el desprecio de las mentes informadas y razonables.

Ese factor está vacío, no confiere valor en sí mismo: sirve para un roto o para un descosido, y en principio no otorga mayor entidad ni calidad a ninguna teoría u opinión. Sólo el análisis de los datos ofrecidos en cada problema, de los argumentos expuestos, permitirá saber si contienen verdad y merecen respeto o asentimiento, o si son, sobre minoritarios, falsos, erróneos o sencillamente repugnantes.

Ejemplos de lo que digo hay muchos. Defender públicamente el racismo, o la inferioridad natural de las mujeres, puede requerir hoy en día, en muchos foros, una dosis de valentía, o una notable capacidad de encaje de las durísimas críticas que le lloverán a quien lo haga. Pero el valor que implica sostener esas creencias no las hace menos despreciables. Lo mismo sucedió, hace pocos años, cuando se publicaron los libros de ciertos historiadores franceses y alemanes que negaban la existencia de los campos nazis de exterminio. Esos historiadores se sintieron perseguidos y víctimas por ir contra lo establecido. Sin embargo, esa persecución real o imaginaria (o muy relativa) no confería a sus teorías la más mínima categoría historiográfica o moral.

Viene esto a cuento porque la revista El Cultural, que publica el periódico El Mundo, incluía el viernes pasado un artículo de Ignacio Echevarría que bajo el título de “¿Lenin?” contenía una reivindicación del revolucionario ruso, y la invitación a leer la antología que de sus escritos últimos ha publicado el crítico y editor Constantino Bértolo.

Para comenzar cargándose de respetabilidad, Echevarría citaba a Ignacio Sotelo, quien en una reciente defensa de Marx traía a colación la parresia, “término éste que designaba en la democracia griega la cualidad consistente en atreverse a decir lo que uno piensa aun a riesgo de contradecir la opinión dominante, con todo lo que ello comporta”. Pero entendida la parresia de ese modo, ya he dicho que no garantiza a priori nada (bueno).

Este prestigio que parece exudar lo que no es dominante Echevarría lo aplica a la antología de Lenin, “un libro tan intempestivo como pertinente, que se enfrenta con valentía a los prejuicios que pesan como losas sobre la demonizada figura de Lenin”, a quien Bértolo y Echevarría consideran un “interlocutor válido para el diseño de una estrategia desde la que enfrentarse a los obstáculos que hoy encuentran quienes desean recuperar el horizonte de la emancipación”.

No me sorprende nada que Bértolo considere a Lenin un faro de nuestro tiempo, una guía de resistentes. Cosas mucho más siniestras y/o disparatadas defiende en la larga y campanuda entrevista con la que presenta su libro en la revista digital Rebelión, que he leído con atención y, en ciertos pasajes, con espanto. Sin ir más lejos, su respuesta sobre Stalin me parece que cabe ubicarla en la misma casilla que la de los historiadores “negacionistas” a propósito de los campos de concentración. Con todo lo que sabemos sobre lo que aconteció en la URSS en los años de Lenin, y muy acentuadamente en los años de Stalin, hay que tener valor, o sea, mucho morro y crueldad, ¡a la altura de 2012, no en la guerra fría!, para decir lo que, con retórica tecnocrática, aparentemente neutra, afirma Constantino Bértolo.

En la segunda mitad de los años setenta dediqué muchas horas a los textos de Lenin, como base de la formación comunista que recibía. Entre lo que leí entonces, con tozudez y fe entregada, y lo que he ido leyendo más tarde, me atrevo a decir, con tantos, que Lenin fue un gran político, signifique ello lo que signifique, pero un “pensador” muy mediocre que hizo un uso completamente instrumental de la teoría, es decir, que modificó en cada momento sus “teorías” en función de lo que le interesaba. Eso sí, en cada momento supo presentar esas diversas opiniones como indiscutibles, las verdades oficiales de los bolcheviques, a los que controlaba férreamente, al mismo tiempo que motejaba a sus oponentes, según conviniese en cada coyuntura, de oportunistas, reformistas, idealistas, pequeñosburgueses, traidores, revisionistas o izquierdistas infantiles. Como dice Robert Service en una gran biografía sobre Lenin, para este “la prueba más clara de que alguien era un revolucionario era simplemente que apoyara a Lenin en las luchas de facción”.

El viernes, tras leer el artículo de Echevarría, que va de crítico implacable, y que exhibe en este caso lo que sólo me parece que es una estupidez lacerante y culpable, saqué de la estantería, muchos años después, El Estado y la revolución, en una edición de la editorial Anagrama de 1976 que contiene, en anexo, varios textos de comunistas italianos. Volver a este libro ha sido una experiencia desoladora, por Lenin y por esos tipos italianos que disfrutan redactando abstrusos galimatías y fantasías sobre una democracia “verdadera”, esa que se plasma en una perfecta dictadura del proletariado. ¿Por qué perdí, por qué perdimos, tanto tiempo con esas lucubraciones, esos delirios tan delincuentes?

Éramos jóvenes, pero también ciegos y tontos. Y es que, con el mismo Robert Service, puede responsabilizarse al político Lenin de los rasgos esenciales del modelo comunista realmente existente, que él resume así: “Estado de partido único, monopolio ideológico, nihilismo jurídico, ateísmo militante, terror estatal y eliminación de todas las instituciones de autoridad rivales”. En esa notas se concreta esa dictadura del proletariado que Bértolo defiende sin ambages en su charla en Rebelión y que atraviesa su reivindicación de Lenin.