19 julio 2012

Eider Rodríguez

En diciembre de 2009, en un encuentro en la biblioteca de Barañain con el escritor Iban Zaldua para hablar de Porvenir, su valioso volumen de relatos, y casi cuando nos íbamos a levantar, alguien le preguntó por Kirmen Uribe, del que se hablaba mucho entonces con motivo del premiado Bilbao-New York-Bilbao. Iban Zaldua guardó silencio unos segundos, y respondió con una cambiada: a él quien verdaderamente le había interesado en los últimos tiempos, entre los autores que escriben en euskera, era Eider Rodríguez. Carne (Haragia) le parecía un gran libro de relatos. A mí el nombre de esta autora no me sonaba absolutamente de nada. Pero se me quedó, junto a una brizna de curiosidad.

A los pocos días me choqué en una mesa de novedades con Carne, que comprobé que llevaba año y pico en librerías, en el catálogo de 451 Editores. Su lectura fue una experiencia magnífica. Y más lo ha sido la de Un montón de gatos, que este año ha sacado en castellano otro sello editorial, Caballo de Troya. ¡Menuda escritora! No todos sus relatos son geniales, en cualquiera de los dos libros que he leído de ella, pero unos cuantos alcanzan ese calificativo, sin duda, en especial en Un montón de gatos.

Con acidez, saña, frialdad, Eider Rodríguez descubre y desmenuza un buen puñado de reacciones humanas, ay, demasiado humanas: trampas que nos ponemos unos a otros, mentiras cada dos por tres, sumisiones reales o fingidas para lograr otros objetivos, halagos femeninos interesados del ego masculino en busca de beneficios adicionales, autoengaños, miedos, inseguridades o brutalidades, o bien tópicos ridículos, del pensamiento o de la expresión, que revelamos en cualquier trato humano, en particular en los de pareja o familiares.

La mirada de Eider Rodríguez casi nunca es amable, aunque en Gatos, el relato que abre su último libro, domina un fondo triste y respetuoso sobre la soledad y el amor que no logra cristalizar, que se queda, frustrante, en los límites de lo inexpresado. Pero exceptuando ese gran relato, la autora brilla especialmente en la crueldad, en las espinas, en la sugerencia de muchos miedos y mezquindades, en la mostración escueta y fría de cómo somos una cosa y mostramos otra, de cómo ocultamos mal que bien el rencor o los temores o los deseos de todo tipo, o de cómo una frase, un gesto, un pequeño acto, dicen mucho sobre el juego de las relaciones personales, un juego de guerra en el que vale casi todo, y en el que cada uno o una aprovecha sus recursos, sean la belleza física (un asunto recurrente en varios relatos, bien porque se tiene y se rentabiliza sin escrúpulos, bien porque se está perdiendo o se busca con obsesión), el sexo (incluido el que prueban los niños, en el gran El verano de Omar), la agresividad verbal o el silencio.

Qué relatos. En este último libro, Un montón de gatos, cinco de los ocho que lo forman, Gatos, La muela, El verano de Omar, Capitalismo, Louis Vuitton, los he leído y releído con creciente admiración. Además, he aprendido o recordado unas cuantas cosas sobre las mujeres con la sabia mirada de Eider Rodríguez. Gracias a Iban Zaldua, mil gracias, porque me descubrió a una escritora de la que ya ansío nuevas historias.

1 comentario:

Eduardo Laporte dijo...

tomo nota.

saludos