12 abril 2013

De la vida retirada

Como queremos publicar el nuevo libro de un religioso capuchino, bajo con un compañero en transporte público al convento donde vive, el de Extramuros de Pamplona. Es un hombre mayor, incluso muy mayor, lo que acusa ya en el movimiento, en esos huesos y articulaciones que el frío y la humedad han castigado sin compasión este largo invierno. Pero su mente funciona despejada y su discurso es claro, perfectamente organizado. A sus años sigue dedicando casi ocho diarias a leer, transcribir viejos documentos y preparar sus artículos y libros. Lo hace en su propia habitación, que cumple además de despacho, pero también en la magnífica biblioteca y archivo del propio convento, o, si hace falta, y pese a su edad, en los muchos archivos que ha fatigado en la vida. Sus manos teclean torpemente en el ordenador, pero si uno deja de lado las erratas, sus escritos transmiten el saber hondo que sustenta cualquiera de sus afirmaciones.

Después de acordar los pormenores técnicos de la edición de su original, recorremos el archivo, la biblioteca y la iglesia del convento. Hay documentos, libros, grabados, óleos y un retablo de enorme belleza. El religioso se entusiasma ponderando lo que ojeamos. Todo está limpio, ordenado, silencioso. Lujos, ninguno. La calefacción está apagada en casi todas las estancias, los ordenadores son vetustos, las sillas nada ergonómicas, los muebles y la decoración espartanos.

Cuando salimos al fragor de la calle, sentimos físicamente el choque respecto al ámbito que acabamos de dejar. Viví quince años muy cerca de donde nos hallamos, y recuerdo con viveza el ruido, el tráfico, la excesiva vivacidad desordenada e inhóspita de ese enclave. Pero, ahí mismo, en el corazón de la zona, el convento parece una fortaleza de calma frente al estrépito de fuera, un mundo dentro del mundo.

Mientras caminamos hacia la parada del autobús hablamos de los aspectos seductores que tiene esa forma de vida para nosotros, y con mayor intensidad conforme nos vamos haciendo mayores: la quietud, el estudio, el silencio, la soledad imprescindible y gozosa (física, no psicológica), o la concentración, esa concentración que, decía un escritor, es la condición de posibilidad de la felicidad, porque concentrados estamos en lo que queremos estar, benditamente absortos, y en ese momento no queremos otra cosa, no nos falta nada, sólo queremos lo que en ese instante disfrutamos.

Sabemos que habría otros muchos factores a considerar en el caso concreto que hoy hemos conocido. Para empezar, la íntima vinculación de ese estilo vital con la experiencia religiosa. Y también, claro, y siendo más pedestres, con una determinada organización interna de la comunidad de religiosos que simplifica notablemente la vida de muchos de sus miembros y los descarga de las obligaciones domésticas para que se puedan dedicar sólo a la vida del espíritu.

Pero lo que surge enseguida en nuestra charla, y ya pensando en nosotros, es la eterna cuestión sin resolver de los deseos que nos siguen acosando (los que satisfacemos y los frustrados), el ansia de plenitud, las necesidades emocionales que no sabemos cómo colmar, y menos en esta vida moderna que ha multiplicado la oferta incitadora de experiencias “maravillosas”. Y de cómo todo eso nos empuja en la dirección contraria a la del modelo de vida que hoy hemos admirado. ¿El tiempo nos calmará y curará? ¿Sólo en la vejez dejaremos de lado la ansiedad y la insatisfacción, la búsqueda alocada de la felicidad, o nunca nos libraremos de los muchos compromisos, deseos, ansiedades e incordios en que vivimos atrapados, en que nos hemos atrapado voluntariamente?

Como muchos de mis contemporáneos, estaba convencido de que cuantas más experiencias tuviera y cuanto más intensas y fulgurantes fueran, más pronto y mejor llegaría a ser una persona en plenitud. Hoy sé que no es así: la cantidad de experiencias y su intensidad sólo sirve para aturdirnos. Vivir demasiadas experiencias suele ser perjudicial. No creo que el hombre esté hecho para la cantidad, sino para la calidad. Las experiencias, si vive uno para coleccionarlas, nos zarandean, nos ofrecen horizontes utópicos, nos emborrachan y confunden… Ahora diría incluso que cualquier experiencia, aun la de apariencia más inocente, suele ser demasiado vertiginosa para el alma humana, que solo se alimenta si el ritmo de lo que se le brinda es pausado. (Pablo d'Ors. Biografía del silencio)

2 comentarios:

miguel leache dijo...


Leo esta "vida retirada" después del comentario acerca del título del post anterior.

Fallidas; son lecturas fallidas. Tengo en las manos "La caída en el tiempo" de Cioran" con el que no pude hace 20 años. En su día fue una lectura fallida y ahora lo leo con con enorme placer.

Anónimo dijo...

Magnífica la cita de Pablo D´ors. No puedo estar más de acuerdo.