28 septiembre 2008

Menos fiestas, por favor

En Pamplona ha sido noticia de primera página durante varios días (y empezamos alucinando sólo por eso) la pendencia entre el ayuntamiento de la ciudad y cierta comisión “popular”, a propósito de la competencia para organizar o prohibir las fiestas de san fermín txikito de la zona de la Navarrería. Desde luego, hay que dar la razón al consistorio en su empeño de que los etarras y sus primos hermanos dejen de ser, por fin, y en cuanto amos de esas comisiones de fiestas, quienes decidan lo que hay y no hay en ellas. Los batasunos llevan años controlando las entidades supuestamente populares (basta con cuatro y el del txistu para montar una y arrogarse una representatividad que nadie les ha dado), y lo hacen en el casco viejo de Pamplona y en los demás barrios. No hay asociaciones de vecinos que funcionen de verdad ni mucho menos que sean plurales, porque, sencillamente, la gente no quiere participar en ellas ni nada de nada. De modo que los batasunos, que se bastan a sí mismos, llevan años, con su activismo incesante, aprovechando una carcasa vacía, la de esas asociaciones que tuvieron cierta vitalidad en otro tiempo, para llevar el agua a su molino. Organizar las fiestas no es más que un vehículo para exaltar a los del ramo de la pistola o la cloratita, para contratar a otros de los suyos para los diversos espectáculos, y de paso para mostrar una imagen euskaldun dizque normalizada de la ciudad que es más irreal que su voluntad democrática.

Pero lo que me tiene harto, por encima y debajo de este nuevo capítulo de la lucha contra la suplantación de la ciudadanía, es que nadie, de ningún sector o ideología, discuta algo más grave, más profundo y absolutamente generalizado, algo que les vienes de perlas a los de los “organismos populares”: la exaltación de la fiesta, la proliferación de festejos a cuento de lo que sea, o a cuento de nada, que es lo mismo. ¿No tenemos ya demasiadas fiestas, en Pamplona, en Navarra y en todos los lados? ¿No es el momento de que, al menos los ayuntamientos, recorten drásticamente el gasto y la permisividad con tanto rollo fiestero, tanto incordio a algunos vecinos que no participan del mandato moderno de "divertirse hasta morir", tanto cohete enharinado y con champán karry, tanta vaca, procesión, charanga, batucada, verbena, comida y cena popular, ronda copera, juegos para los críos, carreras en calzoncillos o con los cutos, lanzamiento de martillo o de rabiosa, chocolatada y toro de fuego? ¿Hasta cuándo la exaltación de la desmesura, la mierda y los decibelios, y eso en cualquier época del año y en todo lugar?

Durante mucho tiempo fui músico de verbena, y sé de lo que hablo. Recuerdo días en los que tocábamos por la mañana para cinco muetes, noches en las cuales no bailaba nadie porque todos estaban emborrachándose en los bares o en los piperos, procesiones que hubieran hecho las delicias de Buñuel o de Berlanga, ratos tediosos con las vacas parriba y pabajo… Así son muchas jornadas festivas, muchos días, en tantos pueblos españoles. Muchas veces pensaba que aquello no era más que un penoso remedo de la diversión, que sobraban días del programa en casi todos los sitios, que las festak, en el mundo actual, ya no cumplen la función excepcional y liberadora que pudieron tener en otras épocas, que componíamos una escena patética en la cual los papeles de la alegría y la juerga los representaban unos actores pésimos que fingían fatal.

En Navarrería, allí donde se ha montado este último cirio, no hacen falta fiestas, ni de sanfermín txikito ni del grande, las organice el ayuntamiento, o los etarroides o rita la cantaora. Ya tienen en la zona, y todo el año, bares, música, ruido, drogas, broncas, tipejos impresentables pasados o ciegos, hombres y mujeres matando el rato de mala manera cualquier fin de semana mientras sueltan gansadas o banalidades y esperan, en el mejor de los casos, no se sabe qué. ¿Fiestas? Ez, eskerrik asko. Ya vale, joder.

Coda: “Horroriza el nivel de ignorancia de este país y, sobre todo, de satisfacción con esa ignorancia. Es un país con mucha inquina y mucha mala leche, de escasa –por no decir nula- categoría moral. Y a mí me parece que si eres mínimamente culto, estás perdido. Barcelona, por su parte, era una ciudad que al menos antes miraba a Europa y que tenía vida interesante, sobre todo intelectualmente. Pero la ciudad está espantosa ahora, por muy de moda que esté en el mundo. Está de moda, por otra parte, por esa permisividad que no están dispuestas a conceder otras ciudades europeas más importantes y más serias. Aquí a Barcelona viene todo el mundo a cagarse en la calle, y hasta les aplauden. La ciudad se ha vuelto un parque temático y no pienso tardar mucho en irme de ella para empezar una nueva y mejor vida”. (Enrique Vila-Matas. Dietario voluble)

8 comentarios:

Javier Díaz dijo...

Pues sí, la fiesta "popular y autogestionada", como atinadamente escribe nuestro Bloguero Mayor, se traduce en concentración de mierda tangible y de mugre mental. En cuanto a la fiesta oficial, debería ser comedida en el tiempo y medida en el gasto.

Y continúo totalmente de acuerdo: esas asociaciones de vecinos hace años que murieron por consunción, auque las mantienen en formol los últimos mohicanos, que sobreviven de la subvención y las prostituyen con sus intereses bastardos, inexorablemnte al servicio de HB, EH o como se llame en su permanente huída a ninguna parte.

Esas periclitadas asociaciones vecinales mostrarían su pulso publicando la memoria de actividades y los ingresos por cuotas de afiliados, que, me juego un "cachi", a que se cuentan con los dedos de una pezuña.

Anónimo dijo...

Muy bueno, Ayacam, muy bueno. Uno respira muy bien en este artículo (porque es un artículo en la mejor tradición polémica) furioso y espléndido. Al final, la auténtica fiesta es el silencio.

vidal dijo...

El viernes miré en el periódico el programa y dije mira qué bien, el domingo hay procesión y gigantes, con lo que le gusta al niño asustarse delante de los cabezudos, ya tenemos un plan estupendo. El día salió bueno también y allá que nos fuimos. Como la procesión tenía un recorrido más bien corto, seguimos a la comparsa todo el tiempo; al final vimos pasar al santo. Había gente, sí, pero no tanta como en sanfermines, las calles estaban razonablemente limpias y en el ambiente dominaba la ilusión infantil por los cabezudos y los gigantes. Pasó La Pamplonesa y pasó un grupo de música delante de un montón de jovencísimos danzaris, todo muy alegre y simpático. Cuando nos íbamos, tan contentos, el niño le dijo a Caravinagre: adiós, hasta el año que viene. Y nos vinimos.

Anónimo dijo...

No sé, supongo que es lástima lo que siento al leer su escrito. Lamento su provocación delirante sobre lo que sucede en el casco viejo. Estoy impresionado con su ignorancia. Por lo visto leer no es suficiente. Regálese una vuelta por la vida, tómese un vino, huela a las personas con todas sus contradicciones. Abandone su poltrona palaciega por un momento y aparque su tesis doctoral sobre buenos y malos. Seguro que todavía le queda algún viejo compañero –que, aunque confuso a ciencia cierta- podría conducirle por esas calles de dios.
Le aseguro que los batasunos no dominan –a pesar de su intento desesperado durante años- al grupo organizador de las fiestas de San Fermín txikito. Si usted no es capaz solito, pida ayuda y analice sociopolíticamente lo acontecido este año dentro del barrio ante la postura de la minoría municipal de UPN. No me hable de otras asociaciones de vecinos ni de otras mandangas festivas. Yo le puedo asegurar que una asociación de educación en el tiempo libre como es Aldezar, de reconocido prestigio nacional e internacional en su campo, está lejos de ese magma que usted describe. No le negaré que pueda haber miembros que trabajen en algunas de sus actividades y que comulguen con esos desgraciados mandamientos. Por cierto, decenas de actividades dirigidas a niños, jóvenes, familias, a grupos sociales desamparados, con riesgo de exclusión o directamente marginados. Buenos programas sociales, algunos de ellos amparados por el propio Ayto. de Pamplona o por los distintos departamentos de Gobierno de Navarra.
Aldezar es un punto clave en al organización de la fiesta.
Por favor, anímese con esa vuelta que sinceramente le propongo, quizás descubra matices y vida a la que engancharse, objetivos por los que seguir dando la cara para que los salvajes salvapatrias cada vez sean menos. Se disfracen como se disfracen. Se escondan donde se escondan, en los palacios del Ensanche o en la txoznas festivas de cualquier barrio pamplonés.

Nota: en la sede de Aldezar no hay barra de bar, hay despachos donde trabajan sus profesionales y su voluntariado. También hay salas y cosas de esas necesarias para hacer sus actividades. En sus paredes lucen mogollón de posters y similares. Ni uno relativo a la movida batasuna. Lo he visto con mis propios ojos y usted lo puede ver con los suyos. Por cierto, si se anima también podrá visitar otras asociaciones vecinas que trabajan con emigrantes, con mujeres, con gitanos, con el euskera, con ancianos, con gente con problemas de drogas, con movimientos de liberación sexual. En fin, usted ya me entiende, tipejos impresentables pasados o ciegos, hombres y mujeres matando el rato de mala manera...

Anónimo dijo...

Disiento, disiento mucho de las cosas que dices, pero allá tú con tus historias y tu audiencia blogera. Ahora espero con ansiedad -sin prisas, tómate el tiempo que necesites- otro fantástico arrebato sobre los fiestorros en baluartes y civicanes, sobre los desenfrenos procesionales, comilonas y borracheras, favores, queridas y chóferes pagados por todos . Sobre esas orgías culturales tan nuestras. Sobre esos crápulas ignorantes y babosos que manejan el cotarro foral. Sobre la otra fiesta. Nos lo debes Ricardo.

náufrago digital dijo...

Veo que coincidimos en las lecturas. Me gustó esa patadica al ego barcelonés de EVM, y su deseo de irse a NY o París, para así idealizar una BNA un poco tontorrona.

Pero lo de Navarroa es de traca. Y qué fiestas. Lo dices muy bien: charangada, txistularismo, rabiosa al aire, encierro de cuticos e inmersión en vinacho cual melocotón de Chopeta en Pueyo de Jaca. Resultado: borrachera crónica, tontuna generalizada.

Envidio a menudo el esnobismo donostiarra, su festival de cine, su Semana Grande endomingada. Todo eso que cuentas alcanza el paroxismo en San Fermín, la fiesta que nos define. Surrealista y alcóholica. Así somos, después de todos, en este Reyno Floral.

Un placer leerte.

Anónimo dijo...

Estoy de acuerdo con los 6 comentarios que me preceden. Mézclense agitando suave y el producto será acertado...ni tanto ni tan calvo como lo pinta el Bloguero Mayor que dice Díaz.

Anónimo dijo...

Pues yo estoy con aquellos de sus lectores que atinadamente le solicitan un garbeo por el casco viejo, una buena tortilla, o mejillones –como los de antes, y al mismo precio-, en los bares de siempre y vino de marca, que ahora ofrecen hasta en los peores tugurios. El otro día, sin ir más lejos, escuché como dos parroquianos se deslizaban tranquilamente de Sanz y sus devaneos forales a la postura algo dubitativa del FMI con la que está cayendo. Vamos, igual que en el Niza o en el Gaucho. También observé como una pareja se entretenía repasando la prensa de aquí, toda, y alguna de Madrid también. Eso sí, no era fin de semana, pero tampoco parecían ser funcionarios del INAP ni de la Escuela de Idiomas. También tengo que comentarle que, aunque azucé mi oído, no escuché debate alguno, ni siquiera un leve comentario sobre el asunto, galgo o podenco, Vila-Matas. Eran gente del barrio, creo.