25 noviembre 2008

Debatir en la red

Desde hace tres años estoy suscrito a Apuntes, una lista de correos (electrónicos) donde se debaten cuestiones de lenguaje. Es la más conocida y veterana en este ámbito, me parece, y fue creada por la agencia Efe, aunque ahora la mantiene y modera la Fundación para el Español Urgente, Fundéu, que nació a partir de la agencia, con dinero del BBVA, y que ofrece servicios de asesoramiento lingüístico a particulares, empresas e instituciones. En estos momentos unas cuatrocientas personas podemos enviar y recibir correos en Apuntes (subscribirse es muy fácil, no se exige ningún requisito, pero los moderadores pueden expulsar a quien burle con descaro los objetivos de la lista). En la práctica son muchos menos quienes plantean dudas y aportan sus criterios u opiniones. La mayoría intervenimos muy esporádicamente; nos limitamos a leer, con más o menos atención, los correos que circulan, y que pueden ser diez los días más silenciosos y sobre cincuenta los de mayor calor participativo.

En Apuntes he asistido a polémicas largas y encarnizadas sobre, sin ir más lejos, el uso de las maýusculas —la mayusculitis, convertida en una plaga del lenguaje administrativo y pomposo, tal vez es la enfermedad que más dudas y enconos suscita en Apuntes—, la introducción en el castellano de vocablos o giros provenientes del inglés, el sentido diverso de determinadas palabras en España y en los países americanos, la mejor forma de verter al castellano expresiones de otras lenguas, el empleo pertinente de cada preposición, e incluso sesudos debates sobre el subjuntivo o los complementos directos e indirectos. En todo caso, Apuntes me permite conocer con frecuencia opiniones muy bien argumentadas, correos espléndidos con los que he aprendido algo de sutilezas lingüísticas, o de lo que es correcto e incorrecto en la lengua que usamos a diario. Apuntes reúne a personas de un montón de países (España, Argentina o México, pero también Finlandia, Canadá o Italia), enzarzadas en un debate riguroso y animado.

En Apuntes, como en cualquier grupo de discusión presencial o virtual, hay criterios con más peso que otros, opiniones que según de quién vengan son aceptadas o comentadas con más o menos respeto. No tiene la misma audiencia, por fijarnos en un ejemplo extremo, un correo de José Martínez de Sousa, el santón de todos los que trabajamos en labores editoriales, que el de un chico que se inicia como traductor freelance con 25 años. Eso es normal, porque, en efecto, la manera de argumentar de Sousa y del joven no poseen habitualmente el mismo rigor, o no están sustentadas por la misma cantidad y calidad de información. Como también es lógico hasta cierto punto que algunos lingüistas o periodistas latinoamericanos hayan abandonado la lista, al advertir en varios de sus pesos pesados (ligados a la RAE o a Efe), con razón o sin ella, un signo muy castellanista, muy defensor de la norma del castellano de España frente a sus variedades americanas.

Pero lo que más me llamó la atención en Apuntes fue, desde el principio, el modo en que si bien se trata de una lista “poco conflictiva”, hay personas en ella con una habilidad portentosa a la hora de esparcir discordia con sus mensajes. Antes que Apuntes, conocí Editexto, otra lista para correctores y locos del lenguaje, organizada por personas que habían desertado, enfadadas, de la lista de Efe. Pero en Editexto brotaron enseguida, junto a intervenciones notables, conflictos y roces que la llevaron a morir por abandono de muchos de sus mejores elementos. Y es que en ella mandaban correos, y además con una asiduidad elevada, gentes que, por encima o debajo de su indudable saber, incluso de su brillantez descollante, introducían frases tan despreciativas hacia el discrepante, marcas o detalles de tal agresividad o desdén, que provocaban con presteza respuestas dolidas, airadas o insultantes, o sencillamente la huida de la lista de los atacados. A la manera del protagonista de Reunión, el cuento de John Cheever que cité aquí hace menos de dos meses, su manera de dirigirse a los demás, en este caso por escrito, envenenaba cualquier intercambio intelectual.

Recuerdo, por dar un ejemplo relativamente conocido, a Carlos Manzano, excelente traductor al castellano de autores como Proust, Celine, Henry Miller, Giorgio Bassani et al, pero autor de correos tan despectivos, agrios y dogmáticos que, triste fama la suya, ha sido expulsado de todas las listas en las que ha querido colocar sus opiniones. Manzano, o la misma coordinadora de Editexto, Silvia Senz, una verdadera experta en trabajos editoriales, u otros más, eran con frecuencia adictos al correo destemplado o brutal. Y no se trataba, me interesa distinguir, de que enviaran mensajes hirientes porque habían caído presas de ese calentón que el correo electrónico facilita por su misma inmediatez, y que constituye un verdadero peligro en las relaciones laborales o personales. No, en ellos era algo más asociado a su manera habitual de afrontar cualquier debate intelectual. Cuando Editexto desapareció, varios de estos belicosos retornaron a Apuntes, pero pronto volvieron las broncas, así que fueron expulsados nuevamente por los moderadores o abandonaron motu proprio.

Menos mal, insisto, que en Apuntes hay aspectos mucho más aprovechables. Por ejemplo, siempre he admirado los correos de un tal Vazman, que no sé quién es ni falta que me hace. Son mensajes muy bien trabados, de indudable vigor argumentativo. Pues bien, este Vazman alimenta, hace un tiempo, otro blog, Historias de Hispania, donde da rienda suelta a su saber histórico (él dice que de puro aficionado). Ahí firma como Juan de Juan. El otro día Vazman-JdJ colgó un post gigantesco, un texto que en PDF ocupa 96 páginas, sobre los últimos meses de Franco y su régimen, con especial atención al mes y medio agónico y final. Me parece que, sin decir nada nuevo, el texto de Vazman es un resumen sobresaliente del mundo postrero y grotesco del dictador.

3 comentarios:

náufrago digital dijo...

Me apunto, valga la redundancia, ahora mismo a estos 'Apuntes'. ¿¡Un debate sobre las mayusculitis?!, qué maravilla. ¿Y sobre el negligente uso de las comillas que hacen incluso editoriales prestigiosas como Anagrama? Ya digo, voy raudo a apuntarme. Gracias

mario moliner dijo...

Quizá yo también me inscriba en esa asociación electrónica.

Buenos días

náufrago digital dijo...

"El número de mensajes varía mucho con la época, pero suele estar entre 30 y 50 diarios". Creo que me lo voy a pensar...