15 septiembre 2010

Oscura labor

En un libro de memorias que comencé hace poco sin demasiadas ganas, y que me fue envolviendo gozosamente, Stet (Vale lo tachado). Recuerdos de una editora (me temo que deben abstenerse quienes no vivan o sufran alrededor de la publicación de libros, aunque tiene una segunda parte de soberbios retratos de algunos escritores), su autora, Diana Athill, que trabajó muchos años junto a André Deutsch, el gran editor inglés, cuenta una experiencia sumamente aleccionadora. Tanto, que le lleva a concluir: “de una vez por todas me enseñó la naturaleza de mi oficio”.

Se trataba de editar un libro sobre el descubrimiento de Tahití. Pero “era un libro escrito por un hombre que no sabía escribir”. Tras diversas incidencias, fue la misma Athill quien tuvo que asumir, con todo su entusiasmo de juventud, una tarea abrumadora. “Dudo mucho que hubiera una sola frase (…) que no alterase y que a menudo tuviese que mecanografiar de nuevo”. El autor se limitó en ese largo periodo a consentir la reescritura. Diana Athill disfrutó con el esfuerzo. “Fue como ir retirando capas sucesivas de papel de estraza arrugado para desenvolver un paquete de formas extrañas e ir revelando el regalo atractivo que en efecto contenía”.

Cuando el libro se publicó, el Times Literary Suplement publicó una reseña muy elogiosa, en la que, entre otros aspectos, resaltaba la elegancia de su escritura. Diana Athill, quien se sentía muy orgullosa de su aportación, recibió sin embargo una nota del autor que decía: “Notará usted el comentario sobre el estilo, que confirma de hecho lo que siempre he pensado, y es que todo este jaleo nunca fue necesario”.

La editora concluye: “un editor nunca ha de esperar que le den las gracias (a veces se las dan, pero siempre hay que considerarlas como una propina). Hemos de recordar siempre que sólo somos las comadronas. Si queremos que se elogie a la progenie, tendremos que dar a luz a nuestros propios hijos”.

Es una lección que trato de no olvidar nunca. Y que deben respetar no sólo quienes trabajan estrictamente en la edición, sino también esos traductores, correctores o críticos que darían un brazo por triunfar en la otra orilla, en la de la creación, por ser reconocidos en ese lado de la luz, no en el lado oscuro.

PD. En muy pocos días colgaré una pequeña lista de libros de memorias que, en mi criterio, merecen la pena.

También quiero decir que agradezco mucho los comentarios que se han introducido a la primera entrada en este blog ¡después de veinte meses! No soy partidario de intervenir en el apartado de los comentarios, porque creo que es el espacio de los lectores, no el mío; pero, por supuesto, leo cualquier opinión atentamente. Bueno, puede que algún día responda a según qué. Tampoco es malo romper en ocasiones las normas que uno mismo se ha impuesto.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Solo hay una cosa que me joroba de esa posible lista de memorias y es que probablemente no pueda leerlas todas (la vida me requiere para mas asuntos y tendré que apechugar con que algunas cosas no podré vivirlas) pero en cuanto a que a veces no está mal saltarse las propias normas, quisiera ir un poco mas lejos y pensar que para lo que no pueden servir las normas, es para que nos pongamos a su servicio.
En el ámbito individual creo que puede servir como norma el respeto y la libertad y me parece que en cada momento el sentido común dicta sus propias normas.
Me gustaría explicarme bien y quizás todo esto resulta pedante,
pero no veo la necesidad de ponerse deberes.
En todo caso pido disculpas por el rollo y me pongo a esperar esa lista de memorias con mi agradecimiento por anticipado.
El peri

el náuGrafo dijo...

Esperamos con ansia esa lista de memorias y celebramos el regreso del ángulo. Hablo en plural, porque es un sentimiento así como colectivo.

abrazos