Una tensión atraviesa El gran museo, la película sobre el Museo de Historia del Arte de Viena. Asistimos, de una parte, a las rutinas asociadas de siempre a un museo, mucho más si se trata de uno con riquísimos fondos de pintura, escultura y artes decorativas de varios siglos. Conservadoras, restauradoras, operarios moviendo y colgando o descolgando cuadros, técnicos absortos ante el ordenador que analizan aspectos de las obras digitalizadas. Guardar, sacar, colgar, embalar y desembalar, sopesar y ensayar distintas secuencias a la hora de exponer las obras, buscar y eliminar con denuedo agentes destructores de estas. Silencio, cuidado, concentración, lentitud.
Pero hoy a los grandes museos públicos no les basta con los presupuestos que las administraciones aportan para sostenerlos. Están forzados a captar más visitantes (que paguen entrada), a buscar fuentes complementarias y privadas de financiación, y toda suerte de ingresos más o menos atípicos por la venta de productos asociados, o por el alquiler de espacios para “eventos”, o por lo que sea. En El gran museo esta preocupación moderna y esencial la encarna un joven, no sé si gerente o responsable de las finanzas y el marketing, obsesionado por el control del gasto y la búsqueda de ingresos. Para ello vigila cualquier detalle que, según él, puede atraer o no a los potenciales visitantes y colaboradores. Desde la tipografía de las mayúsculas de un anuncio, que debe ser “amable”, sin aristas, hasta el uso de la palabra “Imperial” asociado a la colección, que estudios de mercado confirman que posee un gran atractivo para los visitantes. Eso sin contar con la importancia de mantener buenas relaciones con los políticos de turno y de atenderles exquisitamente cuando visitan el museo.
Muy avanzada la película, hay una escena en la cual el director financiero informa a la responsable de las exposiciones temporales de que le ha recortado diez mil euros del presupuesto para una gran muestra. Nadie grita, la contención es la norma. Pero el tono del director y de la mujer, y en especial el rostro de esta, dicen mucho sobre las dos lógicas que conviven con tensión en el gran museo.
Un ángulo me basta entre mis lares, un libro y un amigo, un sueño breve, que no perturben deudas ni pesares.
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07 marzo 2016
03 marzo 2016
Neil McGregor
Ayer vi en Filmin, gracias a la generosidad de Luis G., El gran museo, un documental sobre la vida diaria del Museo de Historia del Arte de Viena que se estrenó en salas hace un par de meses y recomiendo sin reservas.
Al comienzo, la cámara acompaña a una mujer (luego sabremos que es la directora del museo) que atraviesa salas imponentes del edificio, un palacio bellísimo del finales del XIX, en compañía de un visitante jovial y resuelto. En su conversación el visitante pregunta con tino y ante todo derrocha simpatía y savoir-faire.
En los créditos finales de El gran museo comprobé lo que sospechaba, que el visitante es Neil McGregor, director hasta hace muy poco del British Museum, el museo más visitado en el mundo después de El Louvre, y que antes lo fue, bastantes años, de la National Gallery. Sin duda, un peso pesado de la museística mundial, un representante cabal de los directores modernos de estos grandes centros, expertos en arte pero al mismo tiempo ejecutivos capaces de moverse a la perfección en el mundo de las relaciones de poder, el marketing y las rentabilidades económicas de la cultura.
Neil McGregor dirigió hace pocos años una obra maestra de la divulgación, el libro (y antes serie de radio en la BBC) La historia del mundo en cien objetos. Un recorrido por la historia a través de cien objetos seleccionados entre los muchos que guarda el British Museum, objetos que representan y ayudan a entender momentos fundamentales de la historia de todos los continentes y épocas. El libro ejemplifica una gran tradición inglesa, la que es capaz de aunar una capacidad de síntesis sobresaliente con la claridad y elegancia expositivas. No me extraña que la idea de McGregor haya tenido no sólo unas ventas de best-seller, sino también varias secuelas, historias de territorios más reducidos que se articulan igualmente sobre un elenco de objetos representativos. Y algunas que conozco, por cierto, son muy estimables.
Al comienzo, la cámara acompaña a una mujer (luego sabremos que es la directora del museo) que atraviesa salas imponentes del edificio, un palacio bellísimo del finales del XIX, en compañía de un visitante jovial y resuelto. En su conversación el visitante pregunta con tino y ante todo derrocha simpatía y savoir-faire.
En los créditos finales de El gran museo comprobé lo que sospechaba, que el visitante es Neil McGregor, director hasta hace muy poco del British Museum, el museo más visitado en el mundo después de El Louvre, y que antes lo fue, bastantes años, de la National Gallery. Sin duda, un peso pesado de la museística mundial, un representante cabal de los directores modernos de estos grandes centros, expertos en arte pero al mismo tiempo ejecutivos capaces de moverse a la perfección en el mundo de las relaciones de poder, el marketing y las rentabilidades económicas de la cultura.
Neil McGregor dirigió hace pocos años una obra maestra de la divulgación, el libro (y antes serie de radio en la BBC) La historia del mundo en cien objetos. Un recorrido por la historia a través de cien objetos seleccionados entre los muchos que guarda el British Museum, objetos que representan y ayudan a entender momentos fundamentales de la historia de todos los continentes y épocas. El libro ejemplifica una gran tradición inglesa, la que es capaz de aunar una capacidad de síntesis sobresaliente con la claridad y elegancia expositivas. No me extraña que la idea de McGregor haya tenido no sólo unas ventas de best-seller, sino también varias secuelas, historias de territorios más reducidos que se articulan igualmente sobre un elenco de objetos representativos. Y algunas que conozco, por cierto, son muy estimables.
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