Cuando llego a la espaciosa habitación 612 del hotel donde me alojaré unas noches, lo primero es ensayar, supongo que como todo el mundo, la reconstrucción de un simulacro de hogar. Saca uno de la maleta ropas, zapatos, objetos de aseo y, en mi caso, algunos libros, y lo dispone por armarios, perchas, mesas y encimeras. Mientras me atareo, compruebo que las paredes son de papel. En la habitación de al lado, distingo con nitidez, una pareja habla en inglés con estridencia, tanta que en un principio imagino que discuten. No, medio minuto más tarde su tono es cálido, de confianza y juego.
Más tarde, al volver de la cena, en la cual, como suele ocurrir habitualmente en los encuentros profesionales, le hemos dado vueltas jocosas a un amplio surtido de anécdotas y gajes del oficio que nos emparenta y cohesiona, me lavo primero los dientes. El baño es un cubículo que en realidad parece estar en la habitación contigua. Ahora el tono de mis vecinos parece mucho más íntimo, y dominan las risitas apenas contenidas y las frases susurrantes. Vuelvo a la habitación y pongo la tele. Unos minutos de Buenafuente no es que sean como los de mi siempre añorado Seinfeld, pero hay suerte: Berto, con su cara inexpresiva de recién levantado, sus pelos locos y sus comentarios simples y brutales, me hace reír con ganas.
En cuanto caigo en la cama y el silencio reina de nuevo, veo que me va a costar conciliar el sueño. En el entusiasmo de la conversación con los colegas he comido y bebido en demasía. Lo peor es que al día siguiente tengo que estar muy despierto. Mis vecinos de la 611 van a su bola y están en plena faena. Dedican un buen rato a follar o hacer el amor –que esto de las denominaciones va en gustos-, con gran aparato de gemidos, gritos, resoplidos y casi aullidos femeninos en los instantes postreros. La tarea dura, se alarga, se prolonga. Giro en la cama a izquierda o derecha cada minuto, reajusto la altura de la almohada sin cesar, y recuerdo con rabia el espléndido rioja que hemos trasegado con tanto entusiasmo que, seguro, por la mañana me va a doler la cabeza.
Muy pronto, después de ducharme, bajo a desayunar frugalmente –la gente desayuna en los hoteles como si arrastrara un hambre de posguerra y cartilla de racionamiento-. Me entretengo saludando a los del gremio que no vi por la noche. Subo de nuevo a mi habitación a coger los papeles que necesito y lavarme los dientes –está claro que giro entre cuatro labores: comer, beber, hablar y cuidar mi dentadura-. Al salir de la 612 me encuentro con la pareja inglesa. Son jóvenes, muy rubios, y hacen un gesto mínimo y mudo de saludo. Yo, además de comprobar que cruzan por mi mente pensamientos y sentires que pudorosamente omitiré, recuerdo, como me pasa tantas veces en los hoteles, un fragmento que Alejandro Rossi incluyó en su maravilloso Manual del distraído, un libro que siempre tendrá lugar de honor en mi canon más restringido. Lo acaban de reeditar en bolsillo, y en cuanto retorno a casa lo busco: “Cuántas veces me descubro pensando en las innumerables personas que hacen el amor en este preciso instante detrás de esas ventanas. Es un reconocimiento que nunca deja de asombrarme y que me hace sentir, al caminar por las calles, como si yo fuera el cuidador de un gigantesco burdel”.
Un ángulo me basta entre mis lares, un libro y un amigo, un sueño breve, que no perturben deudas ni pesares.
17 noviembre 2007
04 noviembre 2007
La música me confunde
San Sebastián. Mañana de sábado. El día es limpio, espléndido, frío. La parte vieja no tiene todavía a estas horas, un poco antes del mediodía, la animación de txikiteo que ganará una hora después. Camino de la librería, me doy de bruces con un pequeño grupo de txistularis y trompetas que dirige, pequeño y enérgico, uno de los famosos payasos de la ETB (¿Txirri, Mirri? Txiribiton seguro que no: al desconocer el euskera, está condenado al silencio: es el que recibe las bofetadas). La banda suena muy bien. Como van en mi dirección, acompaso mi ritmo al suyo. Disfruto pegado a uno de los trompetas, mientras lanzo ojeadas a la pequeña partitura que lleva frente a sus ojos, cogida con una pinza al instrumento.
Justo al llegar donde la librería, la banda termina el pasacalles, y enseguida un hombre que les acompaña (¿del ayuntamiento?, ¿de alguna sociedad nacionalista?) comienza a repartir paquetes de hojas grapadas con letras de melodías populares vascas. En tres minutos se arremolina un pequeño gentío que apenas deja resquicios para que pase nadie. Nuestro payaso-txistulari, nariz aguileña y gestos de mando, indica en euskera el número del tema que vamos a cantar y marca la entrada a todos los que nos hemos hecho con las letras. A su señal, nos arrancamos, primero tímidamente y pronto con entusiasmo. Triste bizi naiz eta, hilgo banintz hobe (vivo triste, y ojalá muriera), entonamos a ritmo de tres por cuatro, bien apoyados en los músicos para no irnos de tono.
Nos engolfamos después con la deliciosa Ume eder bat, una de las que prefiero del bardo Iparaguirre. El orfeón ha crecido, porque han seguido parándose hombres y mujeres que acometen el estribillo a voz en grito. Los que no quieren ni mirarnos y sólo desean atravesar la masa que bloquea la angosta calle de Fermín Calbetón, son vistos con desprecio. Se trata sin duda de personas insensibles, inmunes al dulce y tibio entusiasmo que nos transporta cuanto más volumen ganamos.
Cuando llega la última canción en esta estación del viacrucis musical, el solemne Oi ama Euskal Herri, un quejido que Benito Lertxundi grabó incluso con orquesta sinfónica, ya me daría igual culminar gritando ¡Gora Euskadi Askatuta! o cosas mucho peores. Mi corazón rebosa nostalgia y añoranza de un mundo más cálido, y se desborda también de pena y gozo, de exaltación reivindicativa y de ganas de abrazar y besar a todos los que conmigo vibran cuando alcanzamos el éxtasis: Oi ama Eskual Herri goxua, zutandik urrun triste banua (Oh, dulce madre Euskal Herria, triste me alejo de ti).
Por la tarde, tras la copiosa y alcohólica comida con unas amigas queridas, inmóvil frente al mar con el sol como único compañero, y sin otro proyecto ni inquietud, me viene a la memoria Ernest Gellner. En el prólogo del libro póstumo de este gran filósofo y politólogo, Nacionalismo –texto implacable sobre esta teoría o religión política-, su hijo recordaba que Gellner, que aunque ciudadano británico era originario de Checoslovaquia, se emocionaba hasta las lágrimas cuando, de tanto en tanto, cantaba viejas canciones de Bohemia que él mismo se acompañaba diestramente con un acordeón. Empieza a hacer frío de verdad, y, como no sé qué hacer con tantos sentimientos encontrados, decido echar a andar a muy buen paso.
Justo al llegar donde la librería, la banda termina el pasacalles, y enseguida un hombre que les acompaña (¿del ayuntamiento?, ¿de alguna sociedad nacionalista?) comienza a repartir paquetes de hojas grapadas con letras de melodías populares vascas. En tres minutos se arremolina un pequeño gentío que apenas deja resquicios para que pase nadie. Nuestro payaso-txistulari, nariz aguileña y gestos de mando, indica en euskera el número del tema que vamos a cantar y marca la entrada a todos los que nos hemos hecho con las letras. A su señal, nos arrancamos, primero tímidamente y pronto con entusiasmo. Triste bizi naiz eta, hilgo banintz hobe (vivo triste, y ojalá muriera), entonamos a ritmo de tres por cuatro, bien apoyados en los músicos para no irnos de tono.
Nos engolfamos después con la deliciosa Ume eder bat, una de las que prefiero del bardo Iparaguirre. El orfeón ha crecido, porque han seguido parándose hombres y mujeres que acometen el estribillo a voz en grito. Los que no quieren ni mirarnos y sólo desean atravesar la masa que bloquea la angosta calle de Fermín Calbetón, son vistos con desprecio. Se trata sin duda de personas insensibles, inmunes al dulce y tibio entusiasmo que nos transporta cuanto más volumen ganamos.
Cuando llega la última canción en esta estación del viacrucis musical, el solemne Oi ama Euskal Herri, un quejido que Benito Lertxundi grabó incluso con orquesta sinfónica, ya me daría igual culminar gritando ¡Gora Euskadi Askatuta! o cosas mucho peores. Mi corazón rebosa nostalgia y añoranza de un mundo más cálido, y se desborda también de pena y gozo, de exaltación reivindicativa y de ganas de abrazar y besar a todos los que conmigo vibran cuando alcanzamos el éxtasis: Oi ama Eskual Herri goxua, zutandik urrun triste banua (Oh, dulce madre Euskal Herria, triste me alejo de ti).
Por la tarde, tras la copiosa y alcohólica comida con unas amigas queridas, inmóvil frente al mar con el sol como único compañero, y sin otro proyecto ni inquietud, me viene a la memoria Ernest Gellner. En el prólogo del libro póstumo de este gran filósofo y politólogo, Nacionalismo –texto implacable sobre esta teoría o religión política-, su hijo recordaba que Gellner, que aunque ciudadano británico era originario de Checoslovaquia, se emocionaba hasta las lágrimas cuando, de tanto en tanto, cantaba viejas canciones de Bohemia que él mismo se acompañaba diestramente con un acordeón. Empieza a hacer frío de verdad, y, como no sé qué hacer con tantos sentimientos encontrados, decido echar a andar a muy buen paso.
10 octubre 2007
Sólo los vi una vez (I)
El mes pasado murieron en muy pocos días dos hombres a los que sólo vi una vez en mi vida. Su recuerdo, sin embargo, volvió nítido, preciso y admirativo en cuanto leí la primera de las varias necrológicas que ambos merecieron en distintos medios. Hay personas que nos acompañan muchos años, familiares, amigos, amantes, y que son testigos y a veces actores decisivos en nuestro tránsito. Otras pasan muy fugazmente, pero dejan en nosotros un poso, algo que desafía nuestras mudanzas vitales más drásticas, y que resiste, por escondido y pequeño que sea, los cambios más violentos de ideas, de gustos, de escenarios. Algo, en suma, que igual no es más que un cierto estilo, una presencia y una voz, unos gestos, o la nostalgia de algo que en los cambios al correr del tiempo hemos perdido sin remedio pero no podemos dejar de añorar.
Pedro Espinosa. El curso 1977-78 repetí sexto de piano en el Conservatorio de Pamplona. En mi penúltima oportunidad de superar el curso, la de junio, me preparé, no sin muchos temores, para el examen final. Entonces era norma que el día señalado, en junio, nos juzgara un tribunal. Alcanzar ese nivel tan relativamente elevado en la carrera no significaba para mí gran cosa. Los cinco primeros cursos mi profesor había sido un hombre distraído, casi ajeno a nuestra suerte como ejecutantes. Le llamaban mucho más las menudencias de la ciudad, sobre las que inquiría en clase a cualquiera. Este hombre, olvidado de cualquier exigencia, toleró que mi técnica en el teclado se enfangara en el desastre mientras regalaba sobresalientes con alegría. La profesora que le sucedió en sexto aullaba ante mis vicios de posición.
En el claustro del Conservatorio había muchos curas y militares. Y casi todos los docentes, incluidas las señoras de avanzada edad que enseñaban piano y canto, tenían de la pedagogía musical una idea extraviada. Los castigos físicos eran habituales en el solfeo (¡a cuántos compañeros recuerdo de rodillas horas enteras!), aunque mucho más dañina resultaba la altanería y hasta el desprecio que diseminaban quienes se aburrían a muerte entre chavales. Por ejemplo, el santón de la Coral de Cámara de Pamplona, el notable (músico) Luis Morondo.
Para el examen de sexto, en junio de 1977, a trancas y barrancas había preparado las piezas que podían corresponderme en sorteo. El día de la gran prueba, el tribunal estaba presidido por Pedro Espinosa. Al pianista canario yo sólo lo había visto un par de veces en foto, nunca en clase ni siquiera por los pasillos del edificio. Pero su nombre no me era nada ajeno: sabía ya por entonces que se trataba de un músico extraordinario que, además, se arriesgaba con las composiciones más vanguardistas y endemoniadas.
¿Cómo es que había caído Pedro Espinosa por Pamplona? Supongo que, aparte de para ganarse la vida con una dosis de seguridad, la pequeña ciudad hacía de escalón en el acceso a conservatorios de más entidad. O bien, no lo sé, era amigo de Pascual Rodríguez Aldave, entonces director del centro (otro que tal, como Morondo), o conocía a don Fernando Remacha, el antecesor de Aldave en el cargo, que en 1977 vivía ya retirado, con el parkinson minándolo sin compasión. Pero la presencia de Espinosa en la escuela de música de una capital de tercer orden era llamativa, un punto estridente incluso. (El contraste entre su estatura artística y el hecho mismo de que tuviera que ganarse la vida en Pamplona no era nada, con todo, si pensamos en una escena que he recordado e imaginado con frecuencia en sus detalles: un músico como don Fernando Remacha viviendo y trabajando, en lo más tenebroso del franquismo, los años cuarenta y cincuenta, en la ferretería familiar de Tudela, después de haber exprimido en Madrid antes de la guerra su época más creativa e intensa. La etapa tudelana de don Fernando se me figura la versión más hirsuta del tantas veces mentado exilio interior.)
Aquel día de junio de 1977 yo temblaba pensando en lo inevitable de mostrar mis torpezas ante una autoridad como Espinosa. Él, alto, calvo, corpulento y muy amable, dijo algunas palabras más bien protocolarias y me invitó a sentarme ante el piano. Tras ejecutar sórdidamente las obras que me habían corrrespondido, me aparté del teclado imaginando que el mismo pianista canario, tan largo como era, se iba a incorporar para darme un bofetón por el brutal ataque a Bach y Debussy que allí se había perpetrado. Se limitó sin embargo a despedirme con una media y educada sonrisa. A los pocos días comprobé estupefacto que me habían aprobado con holgura.
¿Desinterés de Espinosa por nuestra suerte? ¿Deseo de no enemistarse con la profesora que había permitido que llegáramos hasta el final sin la suficiente preparación? ¿Convencimiento de que nuestras raquítica destreza en el piano no podía hacer mal a nadie, liberada como estaba de cualquier vanidad o ilusión de llegar a algo en ese camino?
Ahora Pedro Espinosa ha muerto, y he leído estos días muchas necrológicas donde se recuerda su enorme calidad interpretativa, su vocación pedagógica, su magisterio entre tantos músicos. Yo no volví a verlo en la ciudad tras aquel examen, y ni siquiera sé cuántos años continuó enseñando en Pamplona. Pero más de una vez he lucubrado sobre el sentido de su actitud aquel día, en aquel conservatorio en el cual no sé cuál era su lugar. Me quedó la duda, y también el recuerdo de su leve sonrisa tras mi examen, de la elegancia serena que transmitía el pianista obligado a juzgar a torpes jovenzuelos.
Pedro Espinosa. El curso 1977-78 repetí sexto de piano en el Conservatorio de Pamplona. En mi penúltima oportunidad de superar el curso, la de junio, me preparé, no sin muchos temores, para el examen final. Entonces era norma que el día señalado, en junio, nos juzgara un tribunal. Alcanzar ese nivel tan relativamente elevado en la carrera no significaba para mí gran cosa. Los cinco primeros cursos mi profesor había sido un hombre distraído, casi ajeno a nuestra suerte como ejecutantes. Le llamaban mucho más las menudencias de la ciudad, sobre las que inquiría en clase a cualquiera. Este hombre, olvidado de cualquier exigencia, toleró que mi técnica en el teclado se enfangara en el desastre mientras regalaba sobresalientes con alegría. La profesora que le sucedió en sexto aullaba ante mis vicios de posición.
En el claustro del Conservatorio había muchos curas y militares. Y casi todos los docentes, incluidas las señoras de avanzada edad que enseñaban piano y canto, tenían de la pedagogía musical una idea extraviada. Los castigos físicos eran habituales en el solfeo (¡a cuántos compañeros recuerdo de rodillas horas enteras!), aunque mucho más dañina resultaba la altanería y hasta el desprecio que diseminaban quienes se aburrían a muerte entre chavales. Por ejemplo, el santón de la Coral de Cámara de Pamplona, el notable (músico) Luis Morondo.
Para el examen de sexto, en junio de 1977, a trancas y barrancas había preparado las piezas que podían corresponderme en sorteo. El día de la gran prueba, el tribunal estaba presidido por Pedro Espinosa. Al pianista canario yo sólo lo había visto un par de veces en foto, nunca en clase ni siquiera por los pasillos del edificio. Pero su nombre no me era nada ajeno: sabía ya por entonces que se trataba de un músico extraordinario que, además, se arriesgaba con las composiciones más vanguardistas y endemoniadas.
¿Cómo es que había caído Pedro Espinosa por Pamplona? Supongo que, aparte de para ganarse la vida con una dosis de seguridad, la pequeña ciudad hacía de escalón en el acceso a conservatorios de más entidad. O bien, no lo sé, era amigo de Pascual Rodríguez Aldave, entonces director del centro (otro que tal, como Morondo), o conocía a don Fernando Remacha, el antecesor de Aldave en el cargo, que en 1977 vivía ya retirado, con el parkinson minándolo sin compasión. Pero la presencia de Espinosa en la escuela de música de una capital de tercer orden era llamativa, un punto estridente incluso. (El contraste entre su estatura artística y el hecho mismo de que tuviera que ganarse la vida en Pamplona no era nada, con todo, si pensamos en una escena que he recordado e imaginado con frecuencia en sus detalles: un músico como don Fernando Remacha viviendo y trabajando, en lo más tenebroso del franquismo, los años cuarenta y cincuenta, en la ferretería familiar de Tudela, después de haber exprimido en Madrid antes de la guerra su época más creativa e intensa. La etapa tudelana de don Fernando se me figura la versión más hirsuta del tantas veces mentado exilio interior.)
Aquel día de junio de 1977 yo temblaba pensando en lo inevitable de mostrar mis torpezas ante una autoridad como Espinosa. Él, alto, calvo, corpulento y muy amable, dijo algunas palabras más bien protocolarias y me invitó a sentarme ante el piano. Tras ejecutar sórdidamente las obras que me habían corrrespondido, me aparté del teclado imaginando que el mismo pianista canario, tan largo como era, se iba a incorporar para darme un bofetón por el brutal ataque a Bach y Debussy que allí se había perpetrado. Se limitó sin embargo a despedirme con una media y educada sonrisa. A los pocos días comprobé estupefacto que me habían aprobado con holgura.
¿Desinterés de Espinosa por nuestra suerte? ¿Deseo de no enemistarse con la profesora que había permitido que llegáramos hasta el final sin la suficiente preparación? ¿Convencimiento de que nuestras raquítica destreza en el piano no podía hacer mal a nadie, liberada como estaba de cualquier vanidad o ilusión de llegar a algo en ese camino?
Ahora Pedro Espinosa ha muerto, y he leído estos días muchas necrológicas donde se recuerda su enorme calidad interpretativa, su vocación pedagógica, su magisterio entre tantos músicos. Yo no volví a verlo en la ciudad tras aquel examen, y ni siquiera sé cuántos años continuó enseñando en Pamplona. Pero más de una vez he lucubrado sobre el sentido de su actitud aquel día, en aquel conservatorio en el cual no sé cuál era su lugar. Me quedó la duda, y también el recuerdo de su leve sonrisa tras mi examen, de la elegancia serena que transmitía el pianista obligado a juzgar a torpes jovenzuelos.
08 octubre 2007
Chéjov: La vida fracasada
En marzo de este año se estrenó en el teatro Gayarre de Pamplona un nuevo montaje de Las tres hermanas, tal vez el texto para el teatro más desolado y complejo de Anton Chéjov. La dirección, brillante, fue de Ignacio Aranaz. La obra, en la que amén de las instituciones navarras ha participado el Centro Dramático de Aragón, se está representado todavía en distintos lugares.
Fue idea de la gerente del Gayarre, Ana Zabalegui, repetir, tras los días de función, una experiencia ya ensayada después de las representaciones, hace dos años, de la lorquiana La casa de Bernarda Alba: que varios pintores, coordinados y animados por Pedro Salaberri, creasen una obra que tomara su punto de arranque e inspiración en lo que habían visto y oído. Para afinar el proyecto, y como es de rigor si se quiere soportar esta vida dignamente, fue preciso organizar una suerte de meriendacena, donde, entre chorizo, jamón y buen vino, y con la muy valiosa colaboración del propio Ignacio Aranaz, se habló del teatro de Chéjov, de su sentido e intenciones, de ciertos detalles traídos a colación oportunamente por el director, y de lo que la obra había sugerido, así, a botepronto, a los presentes. Se marcaron plazos y cada uno se fue a su casa a rumiar qué podía hacer a partir de Las tres hermanas.
Los cuadros producidos por los y las artistas que han participado en la propuesta (José Ignacio Agorreta, José Miguel Corral, Miguel Leache, Alicia Otaegui, Julio Pardo, Teresa Sabaté, Pedro y Pablo Salaberri, Sagrario San Martín) se encuentran ya expuestos en distintos lugares del Gayarre desde finales del mes pasado. Yo creo que sin ninguna duda merecen la pena, y que si uno se acerca al teatro a ver en estos meses un espectáculo debería dedicar algo de tiempo a contemplarlos. Chéjov está presente en todos ellos, aunque, es lógico, cada quien ha seguido libérrimamente su propio camino en la asunción de las cuestiones planteadas por el ruso.
En el vestíbulo del teatro podrá el visitante hacerse asimismo con un pequeño catálogo publicado por la Fundación Municipal Teatro Gayarre, y que reproduce las ocho obras, en algún caso junto a las explicaciones que los artistas han querido aportar sobre la suya. Figura además en ese folleto un texto, La vida fracasada, que he escrito sobre Chéjov, sus temas fundamentales y, muy en especial, estas Tres hermanas que, gracias al genial autor, no dejan de emocionarnos y entristecernos.
El texto es demasiado largo para reproducirlo completo en este blog, pero gracias a los buenos amigos de La casa de los Malfenti, una admirable revista literaria electrónica que ya está en su número 24, puede leerse
completo aquí. Como tantos otros, soy un apostol del teatro de Chéjov, y mi única pretensión es la de animar al mundo entero a que se adentre en unas obras maravillosas y radicalmente contemporáneas.
Fue idea de la gerente del Gayarre, Ana Zabalegui, repetir, tras los días de función, una experiencia ya ensayada después de las representaciones, hace dos años, de la lorquiana La casa de Bernarda Alba: que varios pintores, coordinados y animados por Pedro Salaberri, creasen una obra que tomara su punto de arranque e inspiración en lo que habían visto y oído. Para afinar el proyecto, y como es de rigor si se quiere soportar esta vida dignamente, fue preciso organizar una suerte de meriendacena, donde, entre chorizo, jamón y buen vino, y con la muy valiosa colaboración del propio Ignacio Aranaz, se habló del teatro de Chéjov, de su sentido e intenciones, de ciertos detalles traídos a colación oportunamente por el director, y de lo que la obra había sugerido, así, a botepronto, a los presentes. Se marcaron plazos y cada uno se fue a su casa a rumiar qué podía hacer a partir de Las tres hermanas.
Los cuadros producidos por los y las artistas que han participado en la propuesta (José Ignacio Agorreta, José Miguel Corral, Miguel Leache, Alicia Otaegui, Julio Pardo, Teresa Sabaté, Pedro y Pablo Salaberri, Sagrario San Martín) se encuentran ya expuestos en distintos lugares del Gayarre desde finales del mes pasado. Yo creo que sin ninguna duda merecen la pena, y que si uno se acerca al teatro a ver en estos meses un espectáculo debería dedicar algo de tiempo a contemplarlos. Chéjov está presente en todos ellos, aunque, es lógico, cada quien ha seguido libérrimamente su propio camino en la asunción de las cuestiones planteadas por el ruso.
En el vestíbulo del teatro podrá el visitante hacerse asimismo con un pequeño catálogo publicado por la Fundación Municipal Teatro Gayarre, y que reproduce las ocho obras, en algún caso junto a las explicaciones que los artistas han querido aportar sobre la suya. Figura además en ese folleto un texto, La vida fracasada, que he escrito sobre Chéjov, sus temas fundamentales y, muy en especial, estas Tres hermanas que, gracias al genial autor, no dejan de emocionarnos y entristecernos.
El texto es demasiado largo para reproducirlo completo en este blog, pero gracias a los buenos amigos de La casa de los Malfenti, una admirable revista literaria electrónica que ya está en su número 24, puede leerse
completo aquí. Como tantos otros, soy un apostol del teatro de Chéjov, y mi única pretensión es la de animar al mundo entero a que se adentre en unas obras maravillosas y radicalmente contemporáneas.
07 octubre 2007
Más sobre "Las Trece Rosas"
“Y las actrices tan contentas en el suplemento de El País del domingo 30 de septiembre. Las Trece Rosas utilizadas para promocionar moda. Qué indignidad”.
Susana Horcada (Pamplona). El País, 7 de octubre, en la sección El defensor del lector
Susana Horcada (Pamplona). El País, 7 de octubre, en la sección El defensor del lector
Un poema de Cristina Peri Rossi
Hay detalles que me irritan en la actitud sostenida estos días por la escritora Cristina Peri Rossi, de la cual, ya saben, este curso, y por hablar en castellano, han prescindido en la tertulia de Catalunya Radio en que colaboraba. El primero, el más obvio: parece haberse caído ahora de un guindo. Tal vez debido a que, como declaraba el otro día en El Mundo, Cristina Peri Rossi no suele hablar de política porque sencillamente no le interesa –afirmación, como señaló en este blog Andrés Bazin, que provoca estupor a estas alturas de su pelea—, hasta el momento, treinta años después de llegar a Cataluña, no había reparado en cómo se las gastan los prebostes nacionalistas, que educadamente aplican en los despachos lo que les dictan esos energúmenos que escupían a Antonio Muñoz Molina el año pasado en Barcelona, con sus cuerpos a punto de implosionar, “Bilingüismo es fascismo”. Bien dictamina Carod Rovira que catalanes son los que hablan en catalán. Los otros, los castellanoparlantes, son en Cataluña, y deben serlo, como los turcos en Alemania.
Claro que si no hablas de política me temo que acabas pensando de ella con cierta simpleza. Entonces tus análisis son conducidos por los movimientos del ego. El mundo es tu pequeño mundo, poco más que un estado de ánimo. Y acabas derrapando y profiriendo enormidades. “En Cataluña hay miedo, como en la dictadura uruguaya”, afirma furiosa la Peri Rossi. La intensidad del miedo de cada cual es difícil de objetivar y medir, pero, pese a mi nula simpatía por los nacionalismos,¿cabe comparar, hoy por hoy, la actuación del nacionalismo gobernante en Cataluña con la de los milicos que torturaron y asesinaron con saña en el Uruguay de Bordaberri de los años setenta y parte de los ochenta? ¿Podemos hablar del mismo miedo provocado por situaciones objetivas análogas?
En fin, para qué seguir. Cristina Peri Rossi es una estupenda escritora, y creo que trae más cuenta quedarse con su literatura. Por ejemplo, con este poema, incluido en el volumen de poesías completas que hace poco dio a la luz Lumen.
Alegría de vivir
Me levanto
con la certeza
de estar sola:
bajo a la calle
silbo un airecillo
camino contra el viento
enciendo uno de los cigarrillos
que el médico me prohibió
—Estoy sola—
tan contenta
que empiezo a echar monedas
en la máquina del bar
gáname perra,
gáname, tragaperras,
el patrón me mira satisfecho
(Ríete, estúpido, dinero
es lo único que me puedes ganar)
cuando estoy contenta
soy espléndida
tan alegre de estar sola
que enseguida me pongo a conversar
con gente que no me interesa
(Nunca sabrán cuán contenta estoy)
escucho tonterías
no me afectan: tengo alegría interior
soy generosa: digo piropos
a gente que no se los merece
¿Qué voy a hacer si estoy contenta?
Con la felicidad no se puede hacer nada
No se puede escribir poemas
No se puede hacer el amor
No se puede trabajar
No se puede ganar dinero
ni escribir artículos de periódico
La felicidad es esto:
caminar contra el viento
saludar a desconocideos
no comprar comida
(la felicidad es el alimento)
ser espléndida
como el viento gratis que limpia la ciudad
como esta llovizna repentina
que me moja la cara
me resfriaré
pero a mí qué me importa.
Claro que si no hablas de política me temo que acabas pensando de ella con cierta simpleza. Entonces tus análisis son conducidos por los movimientos del ego. El mundo es tu pequeño mundo, poco más que un estado de ánimo. Y acabas derrapando y profiriendo enormidades. “En Cataluña hay miedo, como en la dictadura uruguaya”, afirma furiosa la Peri Rossi. La intensidad del miedo de cada cual es difícil de objetivar y medir, pero, pese a mi nula simpatía por los nacionalismos,¿cabe comparar, hoy por hoy, la actuación del nacionalismo gobernante en Cataluña con la de los milicos que torturaron y asesinaron con saña en el Uruguay de Bordaberri de los años setenta y parte de los ochenta? ¿Podemos hablar del mismo miedo provocado por situaciones objetivas análogas?
En fin, para qué seguir. Cristina Peri Rossi es una estupenda escritora, y creo que trae más cuenta quedarse con su literatura. Por ejemplo, con este poema, incluido en el volumen de poesías completas que hace poco dio a la luz Lumen.
Alegría de vivir
Me levanto
con la certeza
de estar sola:
bajo a la calle
silbo un airecillo
camino contra el viento
enciendo uno de los cigarrillos
que el médico me prohibió
—Estoy sola—
tan contenta
que empiezo a echar monedas
en la máquina del bar
gáname perra,
gáname, tragaperras,
el patrón me mira satisfecho
(Ríete, estúpido, dinero
es lo único que me puedes ganar)
cuando estoy contenta
soy espléndida
tan alegre de estar sola
que enseguida me pongo a conversar
con gente que no me interesa
(Nunca sabrán cuán contenta estoy)
escucho tonterías
no me afectan: tengo alegría interior
soy generosa: digo piropos
a gente que no se los merece
¿Qué voy a hacer si estoy contenta?
Con la felicidad no se puede hacer nada
No se puede escribir poemas
No se puede hacer el amor
No se puede trabajar
No se puede ganar dinero
ni escribir artículos de periódico
La felicidad es esto:
caminar contra el viento
saludar a desconocideos
no comprar comida
(la felicidad es el alimento)
ser espléndida
como el viento gratis que limpia la ciudad
como esta llovizna repentina
que me moja la cara
me resfriaré
pero a mí qué me importa.
02 octubre 2007
Política no, por favor
Personas que aprecio de verdad se extrañan de que meta entradas políticas en este blog. Es evidente que se refieren a las que de tanto en tanto dedico al azote nacionalista, en su variante terrorista o en la otra. No entraré en la historia del pensamiento con mis escritos, sin duda, pero al margen de que la política forme parte inextirpable de nuestra condición vital, y de que sospecho que alguno no me reprocharía lo mismo si los textos despreciaran a Aznar y la llamada derecha extrema, me sofoca una razón básica: a estas alturas ya no puedo con el silencio y la simulación. Sobre todo en los ámbitos públicos, como lo son los blogs.
De política, de esta vertiente esencial de la política, aquí, en navarraeuskadi, únicamente hablan los profesionales de los partidos, o bien las gentes corrientes pero sólo en ámbitos muy homogéneos y de total confianza, complicidad y sigilo –los blogs, con los seudónimos, han liberado energías, es cierto, aunque sean de todos los signos-. Es un tema además sucio, grasiento, tedioso a fuer de irresuelto y mal administrado, en el que la mayoría no se quiere manchar ni complicar la vida, o tener broncas o, en el peor de los casos, que le pase algo. Y por eso no se habla claro, o sencillamente no se habla. Parece incluso de mal gusto. Un ejemplo de ayer mismo: en un admirable blog que miro todos los días, y precisamente porque quien lo mantiene había introducido una espina de denuncia, alguien dejó este comentario: “tienes un blog espectacular, alucinante y original. No lo rebajes metiéndote en cosas que se salen totalmente de la excepcional línea en que lo haces”. ¿No lo rebajes?
No tengo intención de reñir con ninguna de las personas que trato en los diversos círculos de amigos, conocidos o compañeros de trabajo –todo lo contrario, por mi carácter aborrezco los enfrentamientos y adoro los finales felices, las películas de Frank Capra, los buenos sentimientos y la cordialidad-. Pero tampoco me apetece seguir alimentando la confusión ni el silencio cómplice en estos graves asuntos. Mi contribución es nimia, irrelevante, pero quiero mantenerla en tanto siga suspendido sobre nosotros el problema político en sí, y encima de él, como un efecto perverso, esa niebla de temor a la libre expresión, ocultación, pasividad y, a la postre, consentimiento del mal. El mal consentido, seguro que habrá que dar más vueltas a esta vertiente, aunque sea sin la brillantez y profundidad que gana en la reflexión de Aurelio Arteta.
De política, de esta vertiente esencial de la política, aquí, en navarraeuskadi, únicamente hablan los profesionales de los partidos, o bien las gentes corrientes pero sólo en ámbitos muy homogéneos y de total confianza, complicidad y sigilo –los blogs, con los seudónimos, han liberado energías, es cierto, aunque sean de todos los signos-. Es un tema además sucio, grasiento, tedioso a fuer de irresuelto y mal administrado, en el que la mayoría no se quiere manchar ni complicar la vida, o tener broncas o, en el peor de los casos, que le pase algo. Y por eso no se habla claro, o sencillamente no se habla. Parece incluso de mal gusto. Un ejemplo de ayer mismo: en un admirable blog que miro todos los días, y precisamente porque quien lo mantiene había introducido una espina de denuncia, alguien dejó este comentario: “tienes un blog espectacular, alucinante y original. No lo rebajes metiéndote en cosas que se salen totalmente de la excepcional línea en que lo haces”. ¿No lo rebajes?
No tengo intención de reñir con ninguna de las personas que trato en los diversos círculos de amigos, conocidos o compañeros de trabajo –todo lo contrario, por mi carácter aborrezco los enfrentamientos y adoro los finales felices, las películas de Frank Capra, los buenos sentimientos y la cordialidad-. Pero tampoco me apetece seguir alimentando la confusión ni el silencio cómplice en estos graves asuntos. Mi contribución es nimia, irrelevante, pero quiero mantenerla en tanto siga suspendido sobre nosotros el problema político en sí, y encima de él, como un efecto perverso, esa niebla de temor a la libre expresión, ocultación, pasividad y, a la postre, consentimiento del mal. El mal consentido, seguro que habrá que dar más vueltas a esta vertiente, aunque sea sin la brillantez y profundidad que gana en la reflexión de Aurelio Arteta.
01 octubre 2007
Las trece rosas de moda
El País semanal enseñaba ayer en doble cubierta su tema estrella del número: las llamadas trece rosas, un grupo de mujeres jóvenes fusiladas en agosto de 1939 por el naciente e implacable franquifascismo. Y es que se estrena película sobre aquellas chicas modestas, comunistas, valerosas y entregadas a la causa, gente de otra época y otros modos de vida. Al final del reportaje, en el que aparecen también las actrices que participan en la cinta, leemos los créditos de la historia: Giorgio Armani, Valentino, Amaya Arzuaga, Prada, Chanel, Louis Vuitton, Christian Dior, Carolina Herrera... Escupiré sobre vuestra tumba, escribió Boris Vian.
30 septiembre 2007
No siempre hay que hablar
Feria del libro viejo y ocasión. Abren las casetas el primer día y me abalanzo sobre los montones en venta. Maldita sea, al poco rato tengo a medio metro a una persona a la que suelo ver con frecuencia y agrado. De inmediato me acosa el temor de que reanude esa charla de mil y un asuntos que mantenemos en otros ámbitos. No es el momento, necesito mucha concentración para que no escape nada de interés. Pero el conocido me dirige un escueto holaquetal, tuerce la mirada ostensiblemente y sigue pesquisando. Es de los míos. El resto de la mañana está libre de encuentros peligrosos.
Los negocios de lo público
El nuevo periódico, Público, regalaba ayer un cedé con arias de ópera interpretadas por Luciano Pavarotti. Todo por un euro. Parece nada, pero esto del precio casi siempre acaba siendo relativo. El sonido del regalo es infame. Y la calidad del periódico por ahí anda. Páginas que te pringan los dedos de tinta y que aparecen atestadas de píldoras informativas o de opinión engarzadas en una composición mareante, de las de prensa gratuita y diseñador a la page. Y una ideología dizque de izquierdas sin sutilezas, matices o profundidad. Todo sueltos, breves, eslogans y sentencias sumarias. La buena conciencia del psoe servida con sencillez. Por favor, las gentes de izquierdas nos merecemos algo mejor (¿seguro?). “Público es como la hojita más o menos parroquial que dan en los cines progres”, decía el sábado Arcadi Espada. Pero es que lo importante no es la hojita, continuaba, sino la misa del negocio, del enorme negocio de la tele y los derechos del fútbol. A la larga, añado yo, el París (Cataluña, dicho sea sin metáforas) de las grandes operaciones empresariales bien valdrá incluso esa misa tan cara y relativamente poco rentable de la tele y, en un plano todavía mucho menos relevante, la inane vaselina ideológica del periódico.
25 septiembre 2007
Ni un pelo de tonto
Ayer pensaba hacer otras cosas, pero a media tarde me quedé pegado de nuevo, por enésima vez, a Ni un pelo de tonto, la película que Robert Benton dirigió apoyándose en la novela del mismo título de Richard Russo. Es una película decente, que se ve con mucho gusto, y en la cual un Paul Newman crepuscular borda su papel. Pero en mi caso su fuerza de atracción nace ante todo del recuerdo de la novela de Russo, una de las historias más cautivadoras que he leído. Yo no sé si es una gran novela, una de las que quedarán, y me da pereza ahora entrar en esa inquisición. Pero sé que pocas veces me he entretenido tanto como con las andanzas de Sully y la gente que le rodea en Bath, esa pequeña localidad del estado de Nueva York donde nieva mucho y las calles están casi intransitables.
Todo en esta extensa novela me parece feliz, y muy señaladamente los diálogos, soberbios, repletos de humor y viveza, y la trama envolvente, una sucesión de peripecias menores que divierten y emocionan. Pero es Sully quien nos atrapa desde el arranque. Como tantos antihéroes del cine y la narrativa americana, es un perdedor, un tipo que ha llegado a viejo con la rodilla hecha polvo, sin un dólar ni casa ni relación, al principio, con su exmujer e hijo, pero a quien acompañan una amante con la cual se lía cada vez menos y un pobre ayudante, Rub, un poco tonto pero incondicional de Sully y con el que éste trabaja para conseguir el dinero que le permita ir tirando en los bares con sus verdaderos semejantes. Hay dos bares esenciales en el libro. Allí se come, juega y bebe sin parar, entre bobadas mil veces repetidas, por más que a nosotros nos provoquen hilaridad. Pero, al igual que tantos otros antihéroes, Sully tiene un catálogo muy definido de conductas que ama y aborrece, un código ético más o menos agujereado, con el que ha trampeado más de una vez, pero que dota a sus actos de un precario espíritu de libertad y resistencia. Es un don nadie, pero como se tradujo el título, no tiene un pelo de tonto y ha tratado siempre de bandearse en la vida sin sentir vergüenza. De ese fondo insobornable, de su entereza y presencia de ánimo, brota el respeto ganado entre sus paisanos de Bath.
De Richard Russo hay traducidas varias novelas más, y me atrevo a recomendar asimismo Alto riesgo o Empire Falls –si bien ésta no satisfizo plenamente mis grandes esperanzas-. Pero Ni un pelo de tonto es otra cosa, la gracia delicada y absorbente de un escritor que teje una historia de la que no quisiéramos salir, una habitación maravillosamente oxigenada por el humor y la melancolía. Ayer lunes, entre la película y un buen rato revisitando fragmentos del libro, el día fue muriendo en paz. Qué más puedo pedir.
Todo en esta extensa novela me parece feliz, y muy señaladamente los diálogos, soberbios, repletos de humor y viveza, y la trama envolvente, una sucesión de peripecias menores que divierten y emocionan. Pero es Sully quien nos atrapa desde el arranque. Como tantos antihéroes del cine y la narrativa americana, es un perdedor, un tipo que ha llegado a viejo con la rodilla hecha polvo, sin un dólar ni casa ni relación, al principio, con su exmujer e hijo, pero a quien acompañan una amante con la cual se lía cada vez menos y un pobre ayudante, Rub, un poco tonto pero incondicional de Sully y con el que éste trabaja para conseguir el dinero que le permita ir tirando en los bares con sus verdaderos semejantes. Hay dos bares esenciales en el libro. Allí se come, juega y bebe sin parar, entre bobadas mil veces repetidas, por más que a nosotros nos provoquen hilaridad. Pero, al igual que tantos otros antihéroes, Sully tiene un catálogo muy definido de conductas que ama y aborrece, un código ético más o menos agujereado, con el que ha trampeado más de una vez, pero que dota a sus actos de un precario espíritu de libertad y resistencia. Es un don nadie, pero como se tradujo el título, no tiene un pelo de tonto y ha tratado siempre de bandearse en la vida sin sentir vergüenza. De ese fondo insobornable, de su entereza y presencia de ánimo, brota el respeto ganado entre sus paisanos de Bath.
De Richard Russo hay traducidas varias novelas más, y me atrevo a recomendar asimismo Alto riesgo o Empire Falls –si bien ésta no satisfizo plenamente mis grandes esperanzas-. Pero Ni un pelo de tonto es otra cosa, la gracia delicada y absorbente de un escritor que teje una historia de la que no quisiéramos salir, una habitación maravillosamente oxigenada por el humor y la melancolía. Ayer lunes, entre la película y un buen rato revisitando fragmentos del libro, el día fue muriendo en paz. Qué más puedo pedir.
23 septiembre 2007
No me arrepiento de nada
Un libro que comienza así augura lo mejor. Es preciso hincarle el diente sin dilación.
“Los hombres, y no sólo los autores de memorias, suelen decir que a pesar de los fracasos, las penas, los errores y las decepciones o incluso de las fechorías que llenan su pasado, a fin de cuentas están contentos de un destino que ya ha quedado atrás y, si volvieran a empezar, no elegirían una vida distinta.
No pienso lo mismo de la mía. Sin subestimar lo que hay en ella, respectivamente, de inevitable y de accidental, sin que ninguna de ambas sea deseable, en mi memoria se acumulan las circunstancias, pequeñas o grandes, decisivas o triviales, en las que tenía la facultad de elegir y me equivoqué. Mi memoria me recuerda tan pronto una orientación crucial de mi existencia como un detalle fútil de mi conducta en un episodio sin importancia. Pero casi no pasa un día sin que, en la mesa, en la cama, por la calle, en la playa, no emita un ronco gemido de arrepentimiento y vergüenza. Es cuando me remuerde el recuerdo de una estupidez fatal, una reacción vulgar, una mentira degradante, una fanfarronada ridícula que cometí hace mucho, hace poco o anteayer”.
Jean-François Revel. Memorias. El ladrón en la casa vacía. Editorial gota a gota, página 13.
“Los hombres, y no sólo los autores de memorias, suelen decir que a pesar de los fracasos, las penas, los errores y las decepciones o incluso de las fechorías que llenan su pasado, a fin de cuentas están contentos de un destino que ya ha quedado atrás y, si volvieran a empezar, no elegirían una vida distinta.
No pienso lo mismo de la mía. Sin subestimar lo que hay en ella, respectivamente, de inevitable y de accidental, sin que ninguna de ambas sea deseable, en mi memoria se acumulan las circunstancias, pequeñas o grandes, decisivas o triviales, en las que tenía la facultad de elegir y me equivoqué. Mi memoria me recuerda tan pronto una orientación crucial de mi existencia como un detalle fútil de mi conducta en un episodio sin importancia. Pero casi no pasa un día sin que, en la mesa, en la cama, por la calle, en la playa, no emita un ronco gemido de arrepentimiento y vergüenza. Es cuando me remuerde el recuerdo de una estupidez fatal, una reacción vulgar, una mentira degradante, una fanfarronada ridícula que cometí hace mucho, hace poco o anteayer”.
Jean-François Revel. Memorias. El ladrón en la casa vacía. Editorial gota a gota, página 13.
20 septiembre 2007
El diseño contra la lectura
En el buzón de casa encuentro un folleto que detalla los actos culturales previstos en mi pueblo hasta navidades. Peleo por enterarme de lo que pone pero, quiá, tampoco es plan dejar la vista en el empeño. Sospecho que nadie pensó seriamente en que pudiera leerse la información. El diseñador, temo que jaleado por los que lo contrataron, ha echado el bofe en virguerías y adornicos y en combinaciones de textos en distintas tintas. Pero el resultado es que su aliento supuestamente creador emborrona las páginas. No hay una normal, todas son desequilibradas, chillonas, mareantes. Peor: aquellas donde se informa de los eventos más importantes son las de lectura más penosa, al menos en castellano –porque en mi pueblo todos, absolutamente todos los anuncios oficiales son bilingües; pero vamos a orillar hoy ese respective-.
Trato a menudo con diseñadores gráficos. Algunos son excelentes, pero abundan los que piensan que cuanto más recargada esté la página, mejor. De modo que se aplican con entusiasmo a colocar, junto a los textos o como fondo de página, iconos más o menos originales, o figuras onduladas e irregulares que, a modo de aguas de diversa intensidad, recuerdan los papeles pintados de pared de hace años, o fotografías en distintos grados de nitidez, o líneas, filetes o dibujos en distintos colores y caprichosas formas. Una ristra de elementos que más de una vez saturan y hasta asfixian la página. En su afán pretendidamente artístico encuentran aliados entusiastas en muchos clientes que participan de idéntica opinión vulgar: que se note que hay un diseñador, que se gane la pasta que cobra, por tanto que la página rezume alegría y mucha frondosidad.
Sé que no son iguales las necesidades expresivas de un libro que las de un folleto publicitario o un cartel. Y que tampoco debe ser similar la disposición gráfica en un cartel que informa de las vacaciones del Inserso que el que avisa de un concierto de rock. Pero en todo caso debería respetarse un principio básico: que el texto aparezca limpio y claro y pueda leerse con comodidad. Muchas veces, sin embargo, el trabajo del diseñador tapa lo escrito, o lo desdibuja hasta tal punto, por mor de su impericia o de su concepción del conjunto, que obstaculiza gravemente su lectura. Hay una desatención hacia el texto, casi un desprecio, como si estuviéramos ante un elemento secundario, una mancha más en una composición que en realidad no habría que leer -desprecio que correlaciona con otros: muchos libros o folletos han costado un congo, por el diseñador, el papel especial, las muchas tintas en la impresión y el encuadernado de lujo, y no resisten una lectura: no sólo es que ésta sea fatigosa, es que nadie ha atendido a la corrección estilística y ortográfica de lo que pone-.
“Complicar es fácil; lo que es muy, muy difícil, es simplificar”, apuntó Bruno Munari. Intentando contar su estilo propio de amar esta máxima, recuerdo haber escuchado, por poner un ejemplo, a Jaume Vallcorba, propietario de la magnífica editorial El Acantilado, una disertación apasionada sobre la elección de los tipos y tamaños de letra para sus libros, de los márgenes de página y los espacios entre líneas, de los papeles apropiados, y de su control casi obsesivo del grado de entintado de la máquina impresora sobre cada clase de papel. Todo ello en pos de que, sin notarse, la legibilidad del texto en sus ediciones fuese máxima, de que el lector se sumergiera en cualquiera de los libros de El Acantilado olvidándose (o sin percatarse) de que se habían tomado previamente varias decisiones que buscaban que la lectura pudiera hacerse atendiendo sólo al texto, sin que la vista hiciese ningún esfuerzo adicional. Pues bien, como resume Lidia Mazzalomo, “un buen diseñador será aquel que interprete el texto del autor y la intención del editor de tal modo que, al traducirlo al lenguaje visual, su intervención pueda pasar inadvertida en el diálogo que se establezca entre el lector y su lectura”. Por favor, diseñadores, no molesten, que quiero enterarme de lo que dice sin echar a perder los ojos.
Trato a menudo con diseñadores gráficos. Algunos son excelentes, pero abundan los que piensan que cuanto más recargada esté la página, mejor. De modo que se aplican con entusiasmo a colocar, junto a los textos o como fondo de página, iconos más o menos originales, o figuras onduladas e irregulares que, a modo de aguas de diversa intensidad, recuerdan los papeles pintados de pared de hace años, o fotografías en distintos grados de nitidez, o líneas, filetes o dibujos en distintos colores y caprichosas formas. Una ristra de elementos que más de una vez saturan y hasta asfixian la página. En su afán pretendidamente artístico encuentran aliados entusiastas en muchos clientes que participan de idéntica opinión vulgar: que se note que hay un diseñador, que se gane la pasta que cobra, por tanto que la página rezume alegría y mucha frondosidad.
Sé que no son iguales las necesidades expresivas de un libro que las de un folleto publicitario o un cartel. Y que tampoco debe ser similar la disposición gráfica en un cartel que informa de las vacaciones del Inserso que el que avisa de un concierto de rock. Pero en todo caso debería respetarse un principio básico: que el texto aparezca limpio y claro y pueda leerse con comodidad. Muchas veces, sin embargo, el trabajo del diseñador tapa lo escrito, o lo desdibuja hasta tal punto, por mor de su impericia o de su concepción del conjunto, que obstaculiza gravemente su lectura. Hay una desatención hacia el texto, casi un desprecio, como si estuviéramos ante un elemento secundario, una mancha más en una composición que en realidad no habría que leer -desprecio que correlaciona con otros: muchos libros o folletos han costado un congo, por el diseñador, el papel especial, las muchas tintas en la impresión y el encuadernado de lujo, y no resisten una lectura: no sólo es que ésta sea fatigosa, es que nadie ha atendido a la corrección estilística y ortográfica de lo que pone-.
“Complicar es fácil; lo que es muy, muy difícil, es simplificar”, apuntó Bruno Munari. Intentando contar su estilo propio de amar esta máxima, recuerdo haber escuchado, por poner un ejemplo, a Jaume Vallcorba, propietario de la magnífica editorial El Acantilado, una disertación apasionada sobre la elección de los tipos y tamaños de letra para sus libros, de los márgenes de página y los espacios entre líneas, de los papeles apropiados, y de su control casi obsesivo del grado de entintado de la máquina impresora sobre cada clase de papel. Todo ello en pos de que, sin notarse, la legibilidad del texto en sus ediciones fuese máxima, de que el lector se sumergiera en cualquiera de los libros de El Acantilado olvidándose (o sin percatarse) de que se habían tomado previamente varias decisiones que buscaban que la lectura pudiera hacerse atendiendo sólo al texto, sin que la vista hiciese ningún esfuerzo adicional. Pues bien, como resume Lidia Mazzalomo, “un buen diseñador será aquel que interprete el texto del autor y la intención del editor de tal modo que, al traducirlo al lenguaje visual, su intervención pueda pasar inadvertida en el diálogo que se establezca entre el lector y su lectura”. Por favor, diseñadores, no molesten, que quiero enterarme de lo que dice sin echar a perder los ojos.
15 septiembre 2007
Desbarrando en la Diada
Los miércoles compro La Vanguardia. El suplemento Culturas, que viene encartado, incluye casi siempre, dentro de su irregularidad, algún artículo enjundioso. Pero esta semana el día de compra era el 12, y no pude por menos que deglutir además una extensa reseña de la celebración, el día anterior, de la Diada, el día “nacional” de Cataluña. Las celebraciones nacionales, comprobé de nuevo, son ocasión pintiparada para que los políticos disparen toda suerte de exabruptos, exageraciones, misticismos identitarios y baladronadas.
A la inmensa mayoría de los catalanes, que expresan su cabreo en las encuestas pero porque los servicios públicos tienden al desastre, las carnavaladas a destiempo, con todo, les traen al pairo. El ciudadano, reconoce el propio periódico “no se queda el fin de semana lamentándose o mirándose el ombligo, sino que aprovecha cualquier oportunidad para zambullirse en el Mediterráneo previa contratación de un vuelo barato pongamos que a la isla de Malta. Y a las penas, puñaladas”. Pero los políticos a lo suyo, a hinchar la vena y perorar sobre las grandezas y desgracias de la patria.
Y qué patria, válgame dios. El teólogo Jordi Pujol dejó sentado, nada menos, que “Cataluña es una realidad histórica, de materia y espíritu, de cuerpo y alma, de sentimiento e institución (...) que viene de lejos, de algo mucho más profundo”. ¿Cataluña nació entera y perfecta la semana de la creación del mundo? ¿Describe el Génesis este parto? Es lo que tienen los clarividentes nacionalistas, que dictaminan con desenvoltura que la nación lo es (este es tiene más carga metafísica que toda la filosofía de Heidegger) desde el origen, permanece sustancialmente idéntica a sí misma en el presente y así continuará hasta el día del juicio final. A los sujetos individuales, a los míseros cuerpos de los catalanes concretos y perecederos, sólo les queda asimilar esta verdad que mossén Pujol les recuerda y someterse a ella. Espíritu, alma, sentimiento...
El día reclamaba enormidades. No había que pararse en los ancestros. De modo que el sucesor de Pujol, Pascual Maragall, que es nacionalista mucho antes que socialista (¿qué diablos significa el término en estas exhibiciones de quién tiene más grande la identidad?), dobló la apuesta y defendió sin ambages la independencia de Cataluña, con estado y lo que sea menester. Sabíamos que Maragall puede decir una cosa y su contraria en cualquier momento, pero como ahora está, al alimón con Artur Mas, en temporada de defender que el nacionalismo catalán tiene que refundarse y conformar un nuevo partido, más allá de lo que ahora son los socialistas y CIU, pues qué mejor que ir ese día de más nacionalista que nadie y apelar a la necesidad de la rauxa (la desmesura un tanto enloquecida) frente a, dijo don Pascual, “la parsimonia”. Rauxa, y mucha, es la que tiene el ex molt honorable.
Ya puestos, escribe el periodista de La Vanguardia, “Maragall comparó la querella contra Jordi Pujol por el caso Banca Catalana con el asesinato de Ernest Lluch, lo que de hecho supone un reconocimiento de que el intento de juzgar al ex presidente fue una injusticia”. Hombre, no, el periodista yerra: su comparación lo que supone es el reconocimiento de que estamos ante un cretino y un miserable, o tal vez de que van a tener razón quienes dicen que es un dipsómano. Teniendo en cuenta la lozanía del Pujol que escuchaba a su lado este paralelismo, comparar el caso Banca Catalana y el asesinato de Lluch es como equiparar la tragedia irreversible de la muerte con una multa de tráfico.
Mientras, muy cerca, los más brutos del lugar, y tal vez porque les golpeaba el sol de pleno -no como a las primeras figuras, cómodamente a la sombra en la tribuna-, daban un paso adelante en la misma dirección que los ex presidentes. El actor Joel Joan (¿lo recuerdan en Periodistas?) hizo suyas las palabras de Xirinachs, que se declaró “amigo de ETA y de Herri Batasuna”, y dio paso a las palabras de un batasuno que había ido a Barcelona a lo suyo. Y, en otra vuelta de tuerca, independentistas de varios grupos minoritarios, los más plus del hipermeganacionalismo, llamaron “traidores” y abuchearon a los jóvenes de Esquerra Republicana, que por lo visto ya no tienen lo que hay que tener. ¿Alguien da más? El nacionalismo gana, ya ha ganado posiciones tan sólidas que sólo nos queda el pataleo.
A la inmensa mayoría de los catalanes, que expresan su cabreo en las encuestas pero porque los servicios públicos tienden al desastre, las carnavaladas a destiempo, con todo, les traen al pairo. El ciudadano, reconoce el propio periódico “no se queda el fin de semana lamentándose o mirándose el ombligo, sino que aprovecha cualquier oportunidad para zambullirse en el Mediterráneo previa contratación de un vuelo barato pongamos que a la isla de Malta. Y a las penas, puñaladas”. Pero los políticos a lo suyo, a hinchar la vena y perorar sobre las grandezas y desgracias de la patria.
Y qué patria, válgame dios. El teólogo Jordi Pujol dejó sentado, nada menos, que “Cataluña es una realidad histórica, de materia y espíritu, de cuerpo y alma, de sentimiento e institución (...) que viene de lejos, de algo mucho más profundo”. ¿Cataluña nació entera y perfecta la semana de la creación del mundo? ¿Describe el Génesis este parto? Es lo que tienen los clarividentes nacionalistas, que dictaminan con desenvoltura que la nación lo es (este es tiene más carga metafísica que toda la filosofía de Heidegger) desde el origen, permanece sustancialmente idéntica a sí misma en el presente y así continuará hasta el día del juicio final. A los sujetos individuales, a los míseros cuerpos de los catalanes concretos y perecederos, sólo les queda asimilar esta verdad que mossén Pujol les recuerda y someterse a ella. Espíritu, alma, sentimiento...
El día reclamaba enormidades. No había que pararse en los ancestros. De modo que el sucesor de Pujol, Pascual Maragall, que es nacionalista mucho antes que socialista (¿qué diablos significa el término en estas exhibiciones de quién tiene más grande la identidad?), dobló la apuesta y defendió sin ambages la independencia de Cataluña, con estado y lo que sea menester. Sabíamos que Maragall puede decir una cosa y su contraria en cualquier momento, pero como ahora está, al alimón con Artur Mas, en temporada de defender que el nacionalismo catalán tiene que refundarse y conformar un nuevo partido, más allá de lo que ahora son los socialistas y CIU, pues qué mejor que ir ese día de más nacionalista que nadie y apelar a la necesidad de la rauxa (la desmesura un tanto enloquecida) frente a, dijo don Pascual, “la parsimonia”. Rauxa, y mucha, es la que tiene el ex molt honorable.
Ya puestos, escribe el periodista de La Vanguardia, “Maragall comparó la querella contra Jordi Pujol por el caso Banca Catalana con el asesinato de Ernest Lluch, lo que de hecho supone un reconocimiento de que el intento de juzgar al ex presidente fue una injusticia”. Hombre, no, el periodista yerra: su comparación lo que supone es el reconocimiento de que estamos ante un cretino y un miserable, o tal vez de que van a tener razón quienes dicen que es un dipsómano. Teniendo en cuenta la lozanía del Pujol que escuchaba a su lado este paralelismo, comparar el caso Banca Catalana y el asesinato de Lluch es como equiparar la tragedia irreversible de la muerte con una multa de tráfico.
Mientras, muy cerca, los más brutos del lugar, y tal vez porque les golpeaba el sol de pleno -no como a las primeras figuras, cómodamente a la sombra en la tribuna-, daban un paso adelante en la misma dirección que los ex presidentes. El actor Joel Joan (¿lo recuerdan en Periodistas?) hizo suyas las palabras de Xirinachs, que se declaró “amigo de ETA y de Herri Batasuna”, y dio paso a las palabras de un batasuno que había ido a Barcelona a lo suyo. Y, en otra vuelta de tuerca, independentistas de varios grupos minoritarios, los más plus del hipermeganacionalismo, llamaron “traidores” y abuchearon a los jóvenes de Esquerra Republicana, que por lo visto ya no tienen lo que hay que tener. ¿Alguien da más? El nacionalismo gana, ya ha ganado posiciones tan sólidas que sólo nos queda el pataleo.
10 septiembre 2007
Un robusto sentido de sí mismo
"(Traum) se amaba a sí mismo con un amor apasionado y completamente correspondido".
Vladimir Nabokov. La dádiva. Página 208 de la edición en castellano de Anagrama.
Vladimir Nabokov. La dádiva. Página 208 de la edición en castellano de Anagrama.
Infantilismo
“Me encantan los osos. Los osos panda, los osos polares, los osos pardos...”, comienza la carta de una lectora en El País de hoy. El propio periódico considera que es la más relevante o llamativa de las que publica. Me encantan... ¿Cómo puede una persona de más de ocho años pensar que le vamos a tomar en serio con ese arranque?
08 septiembre 2007
Funcionarios: en dias como estos
¿Tú sabes algo? Dicen que la van a echar, no se habla de otra cosa. Y ella como si nada, haciendo planes. En el café nos cascamos tres cuartos de hora dale que te pego: me han dicho, yo creo, seguro que no, pues sí que estamos bien, cada vez peor, que se joda el tipejo ese, siempre dando lecciones, parece que han ofrecido el puesto a varios, ese dijo que ni hablar, que él en todo caso quisiera una sinecura, buen sueldo y no más de dos horas al día, pero que chollos así quedan muy pocos hoy en día. Eso es relativo, a nosotras entre recados y cafés y el cumpleaños de cada día con las pastas se nos va la mañana en un voleo. Pues anda que ese otro pájaro, haciendo pasillos y ofreciéndose a todo cristo. Pero ¿tú crees que acabarán largando al que vegeta en canonjías y suministros? No lo sé, no me creo nada, me da igual, total, lo mismo ponen a un cerdo que va de rojeras y tiene carnet de Izquierda Unida pero resulta más trepa, seboso y autoritario. En cuanto llegó el nuevo consejero, y aunque es del partido como todos, dijo: a este y este no quiero ni verlos, que ya sé que son unos maulas que están todo el día viajando e intentando ligar en las reuniones “técnicas” esas que se celebran preferentemente en Canarias o Palma. Pero los tipos no son tontos, tirando de teléfono y de viejas relaciones han conseguido otro chollo. Y el cabrón eterno, qué me dices, pasó unos días horribles porque ya veía aquí a los del tripartito, pero anda ahora exultante, sobrao. Pues a mí me contaban el otro día las administrativas que sueñan con que el jefe vuelva a dar clases, que están hartas de que las trate como a sus chachas. Aunque ya sabes, en el sueldo me engañarán pero en el trabajo no, que no sé qué hago yo aquí perdiendo el tiempo con la de cosas que tengo que hacer en casa. Y como decía Eutimio, no me jodas que soy del partido y ahora mismo llamo a mi amigo, seguro que lo pillo en la sede.
“En España hoy desde luego es práctica rara que a un alto funcionario de nombramiento político se le nombre por su competencia, más bien los criterios básicos son los compromisos y equilibrios políticos, y también las presiones y recomendaciones del candidato y sus amigos. La conveniencia de los gobernados, que depende en primer lugar de la idoneidad del nombrado, es la última de las consideraciones”. (Gabriel Tortella en El País)
“En España hoy desde luego es práctica rara que a un alto funcionario de nombramiento político se le nombre por su competencia, más bien los criterios básicos son los compromisos y equilibrios políticos, y también las presiones y recomendaciones del candidato y sus amigos. La conveniencia de los gobernados, que depende en primer lugar de la idoneidad del nombrado, es la última de las consideraciones”. (Gabriel Tortella en El País)
03 septiembre 2007
Conservar
1.- Pedro de Miguel murió hace poco. Yo era uno más en el nutrido grupo de fieles de su blog. Casi todos los días este escritor y periodista escribía una entrada, breve pero adornada con un toque sugerente, irónico y sabroso –y eso que su religiosidad militante me pillaba muy lejos-. En febrero falleció José Ramón Urío, amigo que alimentaba otra bitácora. Pensando en los textos de los desaparecidos, que permanecen varados en la red, me asalta la duda del ignorante: ¿cuánto tiempo estarán ahí? ¿Blogger, o Google, que no lo tengo claro, en todo caso el administrador del sitio web, los mantendrá indefinidamente?
2.- Asisto a un curso sobre revistas electrónicas, revistas a disposición de sus suscriptores en internet. La ponente habla de cómo las bibliotecas y otras instituciones, a diferencia de las suscripciones a las revistas editadas en papel, que llegan, se catalogan y quedan disponibles para los interesados, se ven ahora obligadas a pagar, más de una vez, únicamente para que los usuarios puedan consultar -leer en pantalla- artículos sueltos, o para que los impriman, pero sin posibilidad de transferir a los ordenadores del suscriptor el archivo completo de la revista. Estos cambios, en todo caso, y la misma existencia de revistas en internet, están exigiendo a las bibliotecas y centros de documentación nuevas disposiciones y acuerdos sobre la conservación de archivos electrónicos. En tanto esas publicaciones eran en papel no había problema, a lo sumo el del espacio físico disponible. Pero si sólo se compra el derecho a leer, y es la empresa editora la única que retiene todos los archivos, ¿no es lógico sentir una pizca de temor ante la eventualidad de que tales revistas acaben volatilizándose en el espacio virtual si la editorial desaparece o es absorbida por un gran grupo?
3.- Cambio de ordenador. Desde 1987 llevo comprados unos cuantos de estos caros y pronto obsoletos electrodomésticos –compárese la vida media de un ordenador con la de la más sofisticada lavadora doméstica, encima casi siempre más barata-. En los cambios me cuido de conservar lo que albergaba el disco duro, así que tengo, de estos veinte años, archivos en discos de cinco pulgadas y cuarto (aquellos disquetes grandes de plástico flexible), en disquetes de tres y medio, en cedés y en dvd’s. Están en distintos programas, muchos inencontrables hoy y a veces no compatibles (¿quién se acuerda de la serie Asistant de IBM, o del wordstar, o del wordperfect 5.1, o de aquella base de datos tan complicada, DBase?). Total, que la búsqueda y consulta de lo que guardo resulta más ardua que la de papeles. Y en lo que respecta a los correos electrónicos, el esfuerzo de archivarlos es, debido a mi impericia (¿dónde diablos se esconden en el disco duro?), un pequeño tormento. Sí, es verdad, hay gente muy diestra en la informática, y además tan sumamente organizada que estructura carpetas y etiqueta con pulcritud todos los discos de cualquier tamaño y formato. Pero me temo que mis problemas y dificultades de búsqueda y acceso no son tan inhabituales –a lo peor porque formo parte de la penosa cuadrilla de traperos obsesionados por guardar todo, sean átomos o bytes, y padezco ese síndrome de Diógenes virtual del que hablaba el otro día el señor de Passy-.
4.- “Antes, las personas, al morir, dejaban tras de sí un caos de objetos depositados en cajones y armarios. Ahora dejamos, sobre todo, una verdadera herencia electrónica, más amplia, rica y compleja, pero en una sola cosa este nuevo testimonio de nuestro paso por la vida no ha cambiado: es una herencia tan frágil e inestable, si no más, que la anterior” (Pedro Ugarte, este sábado pasado en El País).
2.- Asisto a un curso sobre revistas electrónicas, revistas a disposición de sus suscriptores en internet. La ponente habla de cómo las bibliotecas y otras instituciones, a diferencia de las suscripciones a las revistas editadas en papel, que llegan, se catalogan y quedan disponibles para los interesados, se ven ahora obligadas a pagar, más de una vez, únicamente para que los usuarios puedan consultar -leer en pantalla- artículos sueltos, o para que los impriman, pero sin posibilidad de transferir a los ordenadores del suscriptor el archivo completo de la revista. Estos cambios, en todo caso, y la misma existencia de revistas en internet, están exigiendo a las bibliotecas y centros de documentación nuevas disposiciones y acuerdos sobre la conservación de archivos electrónicos. En tanto esas publicaciones eran en papel no había problema, a lo sumo el del espacio físico disponible. Pero si sólo se compra el derecho a leer, y es la empresa editora la única que retiene todos los archivos, ¿no es lógico sentir una pizca de temor ante la eventualidad de que tales revistas acaben volatilizándose en el espacio virtual si la editorial desaparece o es absorbida por un gran grupo?
3.- Cambio de ordenador. Desde 1987 llevo comprados unos cuantos de estos caros y pronto obsoletos electrodomésticos –compárese la vida media de un ordenador con la de la más sofisticada lavadora doméstica, encima casi siempre más barata-. En los cambios me cuido de conservar lo que albergaba el disco duro, así que tengo, de estos veinte años, archivos en discos de cinco pulgadas y cuarto (aquellos disquetes grandes de plástico flexible), en disquetes de tres y medio, en cedés y en dvd’s. Están en distintos programas, muchos inencontrables hoy y a veces no compatibles (¿quién se acuerda de la serie Asistant de IBM, o del wordstar, o del wordperfect 5.1, o de aquella base de datos tan complicada, DBase?). Total, que la búsqueda y consulta de lo que guardo resulta más ardua que la de papeles. Y en lo que respecta a los correos electrónicos, el esfuerzo de archivarlos es, debido a mi impericia (¿dónde diablos se esconden en el disco duro?), un pequeño tormento. Sí, es verdad, hay gente muy diestra en la informática, y además tan sumamente organizada que estructura carpetas y etiqueta con pulcritud todos los discos de cualquier tamaño y formato. Pero me temo que mis problemas y dificultades de búsqueda y acceso no son tan inhabituales –a lo peor porque formo parte de la penosa cuadrilla de traperos obsesionados por guardar todo, sean átomos o bytes, y padezco ese síndrome de Diógenes virtual del que hablaba el otro día el señor de Passy-.
4.- “Antes, las personas, al morir, dejaban tras de sí un caos de objetos depositados en cajones y armarios. Ahora dejamos, sobre todo, una verdadera herencia electrónica, más amplia, rica y compleja, pero en una sola cosa este nuevo testimonio de nuestro paso por la vida no ha cambiado: es una herencia tan frágil e inestable, si no más, que la anterior” (Pedro Ugarte, este sábado pasado en El País).
29 agosto 2007
Las notas infelices
José Antonio Gabriel y Galán. ¿Quién se acuerda hoy de él? Pero en los años ochenta, hace como quien dice cuatro días, era un escritor elogiado y que publicó en editoriales de prestigio. Fue además, y entre otras cosas, director de una valiosa revista cultural, El Urogallo. De su poesía no puedo decir nada, pero de sus cinco novelas, que ahora sólo pueden encontrarse, y con suerte, en las bibliotecas, recuerdo haber leído con gran interés A salto de mata, relato de las andanzas de un delincuente de dieciséis años, y El bobo ilustrado, dignísima reflexión sobre un periodista culto, reformista, afrancesado y dubitativo que en la guerra contra los ejércitos de Napoleón en 1808 pasea su incomodidad entre las razones militares e ideológicas de los invasores y la resistencia de sus compatriotas, trabucaires y primitivos. Todos le exigen que se decante y él es incapaz, negado como está para el dogmatismo y las adhesiones incondicionales. Gabriel y Galán tuvo tiempo más tarde de ver premiada en América la que sin duda es su mejor obra, Muchos años después, inventario del naufragio de los sueños políticos y existenciales de tres personajes, uno de ellos jugador compulsivo en bingos y casinos. En 1993, cuando sólo tenía 52 años, Gabriel y Galán murió de un linfoma con el que convivía de mala manera desde 1980.
Ahora la Junta de Extremadura publica un diario que el escritor mantuvo con intermitencias en los trece años de su enfermedad, un ramillete de anotaciones no preparadas en su momento para la salida a la luz y donde saltan a la vista los saltos temporales y los silencios sobre algunos aspectos. Son notas que más parecen ocasión personal de rumia y desahogo terapéutico. Supongo, por otra parte, que de las hojas que dejó Gabriel y Galán su familia habrá censurado no poco, dada su naturaleza tan íntima. Pero lo que ha permitido que podamos leer muestra un carácter tan descarnado que inquieta y subyuga.
Un diario –incluso este, deslavazado- ofrece siempre entradas muy variopintas. Pero cabe entresacar aquí cinco hilos esenciales de los que tirar, y que dicen mucho sobre la intimidad de Gabriel y Galán. El primero, omnipresente, es la enfermedad. Las notas se inician cuando al escritor, que acaba de obtener un éxito con su adaptación para el teatro de La velada de Benicarló, de Azaña, se le diagnostica un linfoma. Tras un primer y duro tratamiento, se sucede al correr de los años el registro de los rebrotes del mal, las falsas alarmas, los durísimos tratamientos y sus efectos secundarios, las pasajeras euforias y en suma toda la panoplia de circunstancias que cosen la trama de un tenaz y desesperado combate contra la muerte. Una guerra que comienza con la indignación y sorpresa que le provoca al hombre el primer ataque, y que a los cuarenta años le pilla totalmente desprevenido: “Vivimos tan ajenos a la idea de la muerte que cuando esta se anuncia uno se siente sorprendido e injustamente tratado. Todo ello a pesar de que la muerte nos rodea con una asiduidad y una persistencia feroz. Pero nos han educado haciéndonos creer inmortales. Esta civilización construye estos escudos protectores que de repente se desmoronan estrepitosamente”.
El segundo hilo que seguir, todavía más poderoso que el primero, es el muy precario equilibrio psíquico en que se mueve Gabriel y Galán. Su existencia se edifica sobre la insatisfacción vital, la permanente sensación de vivir rodeado de angustiosas amenazas y, en consecuencia, una lacerante ausencia de calma y alegría. El autor se siente espantosamente solo, se marea con frecuencia y padece una incurable nostalgia de lo que no tiene y una urgente apetencia de lo que ha dejado. “Me desestabilizo con cualquier alteración psicológica de mi cuerpo, psíquica o ambiental. Esta alteración me produce miedo y con el miedo entro en el proceso angustioso (...) Esa obsesión es un cajón de sastre donde entran: sensaciones de marginación, frustración acumulada, inseguridad, aislamiento, vacío y toda una serie de secuelas psíquicas conducentes a una fase de ansiedad e intranquilidad agudas”.
Pero antes del linfoma, y aquí vamos hacia el tercer hilo, Gabriel y Galán ya había comprobado que el mundo no es el lugar cálido y seguro que imaginó en su primera juventud. Un abandono amoroso profundamente turbador aparece y reaparece en el diario. “Yo he pasado muchos años instalado en el dolor amoroso, el sufrimiento. Desde mi separación con Livja –año 68- yo he vivido ese dolor insoportable, cotidiano, minuto a minuto, y eso durante unos diez años. Ese dolor ha provocado una tensión psíquica continuada, que se ha traducido en numerosas crisis y que ha provocado una especie de ‘rompimiento de mi sistema nervioso’. ¿Cuánto tiempo puede uno soportar el sufrimiento amoroso, la pérdida de la amada, la nostalgia, la soledad, la no aceptación de esa pérdida? (...) Ese periodo de diez años ha sido un robo en mi vida (...) He luchado mucho contra ello, pero no lograba salir del infernal círculo de la obsesión”.
El cuarto eje de la vida interior de Gabriel y Galán es el resentimiento. Jorge Vigil, en su excelente Diccionario razonado de vicios, pecados y enfermedades morales, dice que el resentimiento es el “sentimiento penoso y contenido del que se cree maltratado, acompañado de enemistad u hostilidad hacia los que cree culpables del mal trato”. Esta descripción se ajusta como un guante a lo que nuestro escritor padece, aunque trate de contenerlo, domeñarlo y disimularlo. Y es que, en lo que se refiere a su consideración en la sociedad literaria, se ve “puteado, agredido, engañado, perjudicado” por casi todo el mundo: estudiosos, antólogos de la literatura española, críticos, colegas y responsables de suplemente literarios. Se siente víctima de una “marginación (socio-literaria), de injusticia, de escaso reconocimiento, de determinados fallos de amigos e instituciones”. Es ilustrativo a este respecto un encuentro con el escritor Vicente Verdú, entonces un poderoso cargo en El País. Gabriel y Galán quiere controlarse, racionalizar su situación, rebajarle grados a la queja. Pero apenas lo logra, y lanza sobre su amigo Verdú un copioso memorial de agravios. Por dentro está, ese día y otros muchos, como una olla a presión. Lo paradójico es que Gabriel y Galán reconoce desear con intensidad la fama y el reconocimiento generalizado de sus méritos literarios, pero al mismo tiempo, si ese éxito llegara, le gustaría poder decir no, mantener las distancias. “Es mi contradicción: si me invitan a un estreno, a un acto, a una presentación o cóctel, me molesta, digo que no. Pero si no me invitaran, me sentiría frustrado. En definitiva, [quisiera] ser famoso para mandar a la mierda a la fama”.
El quinto y penoso hilo de las notas es su adicción incontrolable al juego. El autor supo dibujar con precisión al protagonista de Muchos años después porque él mismo llevaba muchos años gastando el dinero que tenía y el que no tenia en bingos y casinos, acumulando deudas, rabia y tensión, y dilapidando muchas tardes en esa frenética carrera por ganar. No es raro que se lamente por sus pocas lecturas, toda vez que, reconoce, no le queda mucho tiempo para los libros, poseído como se siente por la pulsión incontrolable: “El problema del jugador es que no tiene posibilidad de pensar (...) El tiempo adquiere una nueva dimensión: la de la obsesión, y esta impide pensar; los días van pasando y el jugador no se da cuenta de que sus pensamientos, es decir, la realidad, va siendo aplazada por otra realidad vertiginosa y ficticia”.
No es extraño, vistos estos cinco ejes que articulan sus anotaciones, que la impresión que se desprenda de ellas sea de una negrura desazonante, hasta el punto de que parecería que toda la vida de Gabriel y Galán no hubiera sido más que un campo de dolor, miedo, angustia, resentimiento y ludopatía. Una vida que, él mismo escribe, “daría lástima”. Por suerte, en esos casi trece años hubo también trabajo, buenas novelas, un amor correspondido hasta el final de sus días, triunfos provisionales sobre la enfermedad, ciertos reconocimientos de la sociedad literaria, periodos intermitentes de plenitud. “Naturalmente, en las notas, diarios, etc. sólo están apuntados los momentos dramáticos. De ahí la monotonía patética”. Lo que sucede, no obstante, es que resulta perfectamente imaginable que Gabriel y Galán, en realidad como todos nosotros, mantuviera más de una vez algo parecido a una doble vida. La exterior, más controlada, industriosa y “normal”, esa de la que damos cuenta y podemos enseñar, y la interior, la vida íntima que aparece en el libro, y en la cual pululaban por su mente los ejércitos de la noche más oscura. Para conocer esta última, esa que en las relaciones sociales, amistosas y familiares nosotros, como el escritor, queremos ocultar con celo, este diario, escrito por alguien que se examina sin contemplaciones, tiene un impagable valor. Leemos y sentimos que estamos ante un semejante, alguien que planta un espejo para que podamos hurgar en nuestras propias torturas.
Ahora la Junta de Extremadura publica un diario que el escritor mantuvo con intermitencias en los trece años de su enfermedad, un ramillete de anotaciones no preparadas en su momento para la salida a la luz y donde saltan a la vista los saltos temporales y los silencios sobre algunos aspectos. Son notas que más parecen ocasión personal de rumia y desahogo terapéutico. Supongo, por otra parte, que de las hojas que dejó Gabriel y Galán su familia habrá censurado no poco, dada su naturaleza tan íntima. Pero lo que ha permitido que podamos leer muestra un carácter tan descarnado que inquieta y subyuga.
Un diario –incluso este, deslavazado- ofrece siempre entradas muy variopintas. Pero cabe entresacar aquí cinco hilos esenciales de los que tirar, y que dicen mucho sobre la intimidad de Gabriel y Galán. El primero, omnipresente, es la enfermedad. Las notas se inician cuando al escritor, que acaba de obtener un éxito con su adaptación para el teatro de La velada de Benicarló, de Azaña, se le diagnostica un linfoma. Tras un primer y duro tratamiento, se sucede al correr de los años el registro de los rebrotes del mal, las falsas alarmas, los durísimos tratamientos y sus efectos secundarios, las pasajeras euforias y en suma toda la panoplia de circunstancias que cosen la trama de un tenaz y desesperado combate contra la muerte. Una guerra que comienza con la indignación y sorpresa que le provoca al hombre el primer ataque, y que a los cuarenta años le pilla totalmente desprevenido: “Vivimos tan ajenos a la idea de la muerte que cuando esta se anuncia uno se siente sorprendido e injustamente tratado. Todo ello a pesar de que la muerte nos rodea con una asiduidad y una persistencia feroz. Pero nos han educado haciéndonos creer inmortales. Esta civilización construye estos escudos protectores que de repente se desmoronan estrepitosamente”.
El segundo hilo que seguir, todavía más poderoso que el primero, es el muy precario equilibrio psíquico en que se mueve Gabriel y Galán. Su existencia se edifica sobre la insatisfacción vital, la permanente sensación de vivir rodeado de angustiosas amenazas y, en consecuencia, una lacerante ausencia de calma y alegría. El autor se siente espantosamente solo, se marea con frecuencia y padece una incurable nostalgia de lo que no tiene y una urgente apetencia de lo que ha dejado. “Me desestabilizo con cualquier alteración psicológica de mi cuerpo, psíquica o ambiental. Esta alteración me produce miedo y con el miedo entro en el proceso angustioso (...) Esa obsesión es un cajón de sastre donde entran: sensaciones de marginación, frustración acumulada, inseguridad, aislamiento, vacío y toda una serie de secuelas psíquicas conducentes a una fase de ansiedad e intranquilidad agudas”.
Pero antes del linfoma, y aquí vamos hacia el tercer hilo, Gabriel y Galán ya había comprobado que el mundo no es el lugar cálido y seguro que imaginó en su primera juventud. Un abandono amoroso profundamente turbador aparece y reaparece en el diario. “Yo he pasado muchos años instalado en el dolor amoroso, el sufrimiento. Desde mi separación con Livja –año 68- yo he vivido ese dolor insoportable, cotidiano, minuto a minuto, y eso durante unos diez años. Ese dolor ha provocado una tensión psíquica continuada, que se ha traducido en numerosas crisis y que ha provocado una especie de ‘rompimiento de mi sistema nervioso’. ¿Cuánto tiempo puede uno soportar el sufrimiento amoroso, la pérdida de la amada, la nostalgia, la soledad, la no aceptación de esa pérdida? (...) Ese periodo de diez años ha sido un robo en mi vida (...) He luchado mucho contra ello, pero no lograba salir del infernal círculo de la obsesión”.
El cuarto eje de la vida interior de Gabriel y Galán es el resentimiento. Jorge Vigil, en su excelente Diccionario razonado de vicios, pecados y enfermedades morales, dice que el resentimiento es el “sentimiento penoso y contenido del que se cree maltratado, acompañado de enemistad u hostilidad hacia los que cree culpables del mal trato”. Esta descripción se ajusta como un guante a lo que nuestro escritor padece, aunque trate de contenerlo, domeñarlo y disimularlo. Y es que, en lo que se refiere a su consideración en la sociedad literaria, se ve “puteado, agredido, engañado, perjudicado” por casi todo el mundo: estudiosos, antólogos de la literatura española, críticos, colegas y responsables de suplemente literarios. Se siente víctima de una “marginación (socio-literaria), de injusticia, de escaso reconocimiento, de determinados fallos de amigos e instituciones”. Es ilustrativo a este respecto un encuentro con el escritor Vicente Verdú, entonces un poderoso cargo en El País. Gabriel y Galán quiere controlarse, racionalizar su situación, rebajarle grados a la queja. Pero apenas lo logra, y lanza sobre su amigo Verdú un copioso memorial de agravios. Por dentro está, ese día y otros muchos, como una olla a presión. Lo paradójico es que Gabriel y Galán reconoce desear con intensidad la fama y el reconocimiento generalizado de sus méritos literarios, pero al mismo tiempo, si ese éxito llegara, le gustaría poder decir no, mantener las distancias. “Es mi contradicción: si me invitan a un estreno, a un acto, a una presentación o cóctel, me molesta, digo que no. Pero si no me invitaran, me sentiría frustrado. En definitiva, [quisiera] ser famoso para mandar a la mierda a la fama”.
El quinto y penoso hilo de las notas es su adicción incontrolable al juego. El autor supo dibujar con precisión al protagonista de Muchos años después porque él mismo llevaba muchos años gastando el dinero que tenía y el que no tenia en bingos y casinos, acumulando deudas, rabia y tensión, y dilapidando muchas tardes en esa frenética carrera por ganar. No es raro que se lamente por sus pocas lecturas, toda vez que, reconoce, no le queda mucho tiempo para los libros, poseído como se siente por la pulsión incontrolable: “El problema del jugador es que no tiene posibilidad de pensar (...) El tiempo adquiere una nueva dimensión: la de la obsesión, y esta impide pensar; los días van pasando y el jugador no se da cuenta de que sus pensamientos, es decir, la realidad, va siendo aplazada por otra realidad vertiginosa y ficticia”.
No es extraño, vistos estos cinco ejes que articulan sus anotaciones, que la impresión que se desprenda de ellas sea de una negrura desazonante, hasta el punto de que parecería que toda la vida de Gabriel y Galán no hubiera sido más que un campo de dolor, miedo, angustia, resentimiento y ludopatía. Una vida que, él mismo escribe, “daría lástima”. Por suerte, en esos casi trece años hubo también trabajo, buenas novelas, un amor correspondido hasta el final de sus días, triunfos provisionales sobre la enfermedad, ciertos reconocimientos de la sociedad literaria, periodos intermitentes de plenitud. “Naturalmente, en las notas, diarios, etc. sólo están apuntados los momentos dramáticos. De ahí la monotonía patética”. Lo que sucede, no obstante, es que resulta perfectamente imaginable que Gabriel y Galán, en realidad como todos nosotros, mantuviera más de una vez algo parecido a una doble vida. La exterior, más controlada, industriosa y “normal”, esa de la que damos cuenta y podemos enseñar, y la interior, la vida íntima que aparece en el libro, y en la cual pululaban por su mente los ejércitos de la noche más oscura. Para conocer esta última, esa que en las relaciones sociales, amistosas y familiares nosotros, como el escritor, queremos ocultar con celo, este diario, escrito por alguien que se examina sin contemplaciones, tiene un impagable valor. Leemos y sentimos que estamos ante un semejante, alguien que planta un espejo para que podamos hurgar en nuestras propias torturas.
25 agosto 2007
El ala oeste
Me gusta mucho la televisión. Pero eso sucede “teóricamente hablando”. Porque mi interés, esa predisposición favorable, rastrea en busca en contenidos y no los encuentra. Así que puedo decir que me gusta ver la tele pero no me interesa casi ningún programa.
Una excepción: hace unos cuantos meses que trato, encantado, de reservar los viernes para ver a medianoche un nuevo capítulo de El ala oeste de la Casa Blanca. Es una serie que en España no ha tenido apenas suerte. La seguimos ocho raros. Desde que arrancó en 2003 a los adictos nos han forzado a estar muy atentos a sus apariciones guadianescas y a grabar en la madrugada temporadas enteras.
En El ala oeste no hay crímenes ni romances. Sólo hay asesores del presidente que se bandean entre congresistas, senadores, embajadores, periodistas y grupos de presión (los poderosos lobbistas). Esos fontaneros son todos, cosas de la idealización del espectáculo norteamericano, abnegados, honestos, eficaces, y enseñan a la menor su robusta convicción de que están sirviendo a la democracia. Nada que ver con lo que hemos leído más de una vez a propósito de quienes se mueven en ese entorno de los presidentes norteamericanos: gente muy lista y competente pero chanchullera, trapacera y si es preciso carente de escrúpulos a la hora de moverse en las alcantarillas, tender trampas a los rivales y urdir maniobras oscuras o delictivas. No, los asesores de El ala oeste son de muy buena pasta. Y, claro, sirven a un presidente demócrata tan perspicaz, bondadoso y enérgico que no pasa de ser una versión depurada del sueño de los Kennedy –el sueño, remarco, y no la realidad de la acción del Kennedy que mandó hasta su asesinato-. Nada que ver con individuos como los Bush o Reagan o, incluso, Clinton. Sólo recuerdo una excepción a esta visión embellecida: los capítulos en que se contó el diseño en el ala oeste del asesinato del heredero de un país islámico escorado hacia el radicalismo y la financiación de grupos terroristas.
Sin embargo, aun admitiendo las servidumbres y distorsiones con que carga la serie, nos enganchan al sofá los que llenan los pasillos del poder y participan en reuniones o conversaciones peripatéticas -que parecen durar sólo un par de minutos-. Sus charlas siempre versan sobre conflictos en los que hay que negociar acuerdos políticos, emplear el sentido de la oportunidad y de la anticipación, aplicar la razón de estado, o bien elegir la manera correcta de comportarse en dilemas o en situaciones angustiosamente problemáticas. Esas situaciones son servidas en unos diálogos brillantes, afilados, tensos, veloces y elusivos que exigen al espectador que permanezca muy atento para no perderse detalle.
Es verdad que A dos metros bajo tierra o Los Soprano han sido series maravillosas, puedo admitir que mejores que El ala oeste. Pero la primera me oprime el ánimo, me deja siempre hundido y con mal cuerpo. Tiene que ser una cosa de la edad. Y la segunda, admito, es soberbia, pero a estas alturas me fatigan los mafiosos y su violencia latente o brutal. Tengo un problema con el género, por mucho que en la serie le hayan dado una brillante vuelta de tuerca. En cambio, El ala oeste pertenece a otro rubro, el político, que si bien aquí aparece con limitaciones y americanadas, me es particularmente caro.
El ala oeste tuvo unas primeras temporadas fenomenales. Ahora estamos viendo ya el declive que precipitó su desaparición (además murió John Spencer, el inolvidable Leo MacGarry, jefe de gabinete del presidente, y sin él no era fácil imaginarse la historia). Abandonó la serie su creador, Aaron Sorkin, y se notó pronto en los guiones. Pero el nivel medio continúa mereciendo la pena, y mucho. Ayer, sin ir más lejos, vi un capítulo casi perfecto. Las promesas electorales que se lleva el viento, por cinismo o por efecto de los embates de la hirsuta realidad, los efectos reales y tangibles de la globalización y la deslocalización, la tentación del proteccionismo..., y detrás, como siempre, una visión de la política muy pegada al realismo -a veces demasiado-, una idea que, como dice Valentí Puig (y repito en este blog), reprueba los maximalismos y celebra lo posible, la reforma, el cambio que no olvida nunca la naturaleza imperfecta de lo humano.
Una excepción: hace unos cuantos meses que trato, encantado, de reservar los viernes para ver a medianoche un nuevo capítulo de El ala oeste de la Casa Blanca. Es una serie que en España no ha tenido apenas suerte. La seguimos ocho raros. Desde que arrancó en 2003 a los adictos nos han forzado a estar muy atentos a sus apariciones guadianescas y a grabar en la madrugada temporadas enteras.
En El ala oeste no hay crímenes ni romances. Sólo hay asesores del presidente que se bandean entre congresistas, senadores, embajadores, periodistas y grupos de presión (los poderosos lobbistas). Esos fontaneros son todos, cosas de la idealización del espectáculo norteamericano, abnegados, honestos, eficaces, y enseñan a la menor su robusta convicción de que están sirviendo a la democracia. Nada que ver con lo que hemos leído más de una vez a propósito de quienes se mueven en ese entorno de los presidentes norteamericanos: gente muy lista y competente pero chanchullera, trapacera y si es preciso carente de escrúpulos a la hora de moverse en las alcantarillas, tender trampas a los rivales y urdir maniobras oscuras o delictivas. No, los asesores de El ala oeste son de muy buena pasta. Y, claro, sirven a un presidente demócrata tan perspicaz, bondadoso y enérgico que no pasa de ser una versión depurada del sueño de los Kennedy –el sueño, remarco, y no la realidad de la acción del Kennedy que mandó hasta su asesinato-. Nada que ver con individuos como los Bush o Reagan o, incluso, Clinton. Sólo recuerdo una excepción a esta visión embellecida: los capítulos en que se contó el diseño en el ala oeste del asesinato del heredero de un país islámico escorado hacia el radicalismo y la financiación de grupos terroristas.
Sin embargo, aun admitiendo las servidumbres y distorsiones con que carga la serie, nos enganchan al sofá los que llenan los pasillos del poder y participan en reuniones o conversaciones peripatéticas -que parecen durar sólo un par de minutos-. Sus charlas siempre versan sobre conflictos en los que hay que negociar acuerdos políticos, emplear el sentido de la oportunidad y de la anticipación, aplicar la razón de estado, o bien elegir la manera correcta de comportarse en dilemas o en situaciones angustiosamente problemáticas. Esas situaciones son servidas en unos diálogos brillantes, afilados, tensos, veloces y elusivos que exigen al espectador que permanezca muy atento para no perderse detalle.
Es verdad que A dos metros bajo tierra o Los Soprano han sido series maravillosas, puedo admitir que mejores que El ala oeste. Pero la primera me oprime el ánimo, me deja siempre hundido y con mal cuerpo. Tiene que ser una cosa de la edad. Y la segunda, admito, es soberbia, pero a estas alturas me fatigan los mafiosos y su violencia latente o brutal. Tengo un problema con el género, por mucho que en la serie le hayan dado una brillante vuelta de tuerca. En cambio, El ala oeste pertenece a otro rubro, el político, que si bien aquí aparece con limitaciones y americanadas, me es particularmente caro.
El ala oeste tuvo unas primeras temporadas fenomenales. Ahora estamos viendo ya el declive que precipitó su desaparición (además murió John Spencer, el inolvidable Leo MacGarry, jefe de gabinete del presidente, y sin él no era fácil imaginarse la historia). Abandonó la serie su creador, Aaron Sorkin, y se notó pronto en los guiones. Pero el nivel medio continúa mereciendo la pena, y mucho. Ayer, sin ir más lejos, vi un capítulo casi perfecto. Las promesas electorales que se lleva el viento, por cinismo o por efecto de los embates de la hirsuta realidad, los efectos reales y tangibles de la globalización y la deslocalización, la tentación del proteccionismo..., y detrás, como siempre, una visión de la política muy pegada al realismo -a veces demasiado-, una idea que, como dice Valentí Puig (y repito en este blog), reprueba los maximalismos y celebra lo posible, la reforma, el cambio que no olvida nunca la naturaleza imperfecta de lo humano.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)